Okey... capítulo 6. Como ya expliqué al final del capítulo 5 este capítulo lo voy a dedicar a explicar la historia de Rivaille desde el nexo en común que tiene con Hanji, su infancia.

Muchas personas me han preguntado ¿qué incendio? …... Aparece en el primer capítulo, aunque intentaré explicarlo como pueda para que podáis seguir la historia sin necesidad de releer.

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Tenía 11 años cuando aquello ocurrió. El gobierno decidió elegir a una serie de familias al azar para ayudar en una extraña expedición. No era el único que pasaba por aquellos difíciles momentos. Otros niños de su edad pasaban por la misma penuria que él.

Aquello parecía un campo de reclusión. La comida era escasa, no podían ir a ningún lado, ni tan siquiera podían alejarse de la base. ¿Qué clase de experimento estaban haciendo con ellos?

- El gobierno apesta - pensaba para sí mismo.

Sus semi-viviendas se disponían en línea unas junto a otras. Pequeñas tiendas de lona y ladrillo construidas precariamente. La disposición parecía similar a las de las fichas de dominó, perfectas para caer en cuanto cayese la primera. Sin duda, parecía un plan estratégico montado por alguna razón en especial. Y desconocida para él.

Aquel día, igual que todos el resto desde que estaba allí, caminaba junto a aquella mujer que había llegado a considerar como su madre, una viuda que había decidido acojerle en su seno en un momento fatídico. Y tras algún tiempo de convivencia se había visto forzada a participar en aquella misión. Él no tendría porqué haberla acompañado, pero para aquel joven muchacho, aquella anciana mujer era todo lo que podía conservar de su pasado.

Anduvieron en silencio observando la extensa llanura que se abría ante ellos. Su auténtica familia era algo en lo que prefería no pensar. Levemente recordaba el rostro de su padre, y ya había huído de casa una vez para no volver a enfrentarse a aquel psicótico hombre.

En el fondo le alegraba que no estuviese con él allí viviendo aquella tortura. Probablemente a él le placería. Parecía un juego destinado a observar quién aguantaría mejor la inanición. Con esa edad ya había visto varios cadáveres descomponiéndose a pocas hectáreas de su zona asignada. Ni siquiera se habían molestado en ocultar sus muertes.

Entonces lo vio, cerca de la zona de almacenaje se produjo una pelea entre dos hombres ebrios.

Uno de ellos golpeó al otro y lo estampó contra una de las bolsas de pólvora, provocando que se rajase. El otro rompió una botella contra el suelo amenazadoramente.

Los ojos grisáceos del muchacho se posaron en los restos de vidrio rotos que había dejado en el suelo. El brillo se distinguía desde lejos mientras el sol jugueteaba con el trozo de cristal. Era mediodía cuando se originó la primera llama.

- ¡Tenemos que salir de aquí!¡La pólvora! - su determinación crecía por momentos.

- Agua... necesitamos agua...

La mujer de cabello oscuro salió corriendo hacia un pozo cercano. Introduzco un balde de agua en él y salió despavorida hacia el incendio.

El niño le miraba desde lejos observando su actuación heroica. Sin duda aquella mujer salvaría el día. Ágil, de pensamiento rápido. Sagaz. ¿Cuántos años había pasado a su lado? Menos de los que hubiera deseado. Tal vez aquella persona con la que no compartía lazos de sangre fuese su última posibilidad de encontrar una familia. No como aquella que había decidido esquivar, una de verdad.

Una sonrisa se esbozó en su rostro cuando sucedió la primera explosión. Su última sonrisa.

Gotas rojizas mancharon su rostro. Un brazo cayó a su lado. En su dedo anular pudo percibir un horrible destello dorado. Reconocería esa alianza de boda en cualquier lado. Ligeramente laminada y con unas inscripciones talladas a mano que había visto cientos de veces.

Comenzó a chillar de espanto cuando de repente otra explosión le impulsó hacia atrás, haciéndole perder el conocimiento. Su cuerpo chocó contra el suelo propinándole un estado de confusión. Un extraño siseo a su alrededor mantenía aún su mente consciente. ¿Acaso era aquello un regreso a su vida anterior?

No quería volver a aquello. Bebería agua estancada antes que volver con él. Pero una voz le llamaba. Estaba cerca, muy cerca. Un tono femenino y aniñado, nada parecido al de aquella señora. ¿Una niña?

- Mamá, papá...- una voz llorosa se oía a lo lejos.

Abrió poco a poco los ojos y contempló la escena. Todos huían despavoridos mientras una pequeña niña corría en dirección al fuego. Sus piernas parecían estar impregnadas de aquel tizne negruzco que dejaba la pólvora y podía apreciciarse cuan graves comenzaban a ser sus quemaduras.

De repente, cayó al suelo y la gente la pisoteó por encima. A este paso la matarían por aplastamiento. Tenía que hacer algo o dejaría este mundo por la estupidez de los ciudadanos enloquecidos. El joven muchacho se levantó con sumo dolor. Afortunadamente no tenía ninguna herida grave. Aún podía andar. Con eso le bastaba, mientras pudiese ergirse no se dejaría abatir. No otra vez.

Se acercó lentamente a la niña, parecía estable, pero muy magullada. Apenas parecía mantener la consciencia, su mirada parecía perdida entre el pasto ardiente que les rodeaba. Miró hacia todas direcciones, estaban los dos solos en aquel sitio.

- ¡Necesito ayuda, maldita sea! - gritaba mientras sentía que el calor le abrasaba la garganta y penetraba con fuerza en sus fosas nasales - ¡Esta niña no puede moverse!

Comenzó a cargarla en su espalda cuando sintió un caballo aproximarse. ¿Un soldado?

El hombre tenía una gentil mirada, bajó de su montura inmediatamente y observó a ambos niños. Cabello rubio y ojos azules como el color del cielo. Un cadete, un novato. Probablemente un recién incorporado con un extraño semblante y una seriedad impropia de su edad.

Otra mecha prendiendo y otro temblor en el suelo debido a la siguiente explosión. Con agilidad esquivó los trozos de cieno endurecido que cayeron junto a él. El soldado cogió a la chica en brazos y le hizo indicaciones para correr hasta su cabalgadura. No pensaba discutir esa orden.

Con ayuda montó a la pequeña semiinconsciente en la parte delantera del caballo y al pequeño muchacho sobre la grupa. Parecía callado pero sin ningún tipo de lesión. Tal vez traumatizado por toda la violencia que había presenciado en apenas unos instantes.

- Me llamo Erwin Smith.¿Cómo te llamas pequeño?

- Rivaille...

- ¿Cuál es tu apellido Rivaille? - preguntó el hombre mientras comprobaba el estado de la pequeña.

- Ya no tengo apellido...- su respuesta apenas llegó a los oídos de su salvador. Había sido acallada por el clamor de las llamas y el frenesí de la gente al huir.

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No tenía heridas graves. Ninguna razón para permanecer ingresado en un hospital. Su único familiar vivo y reglado había muerto en aquel incendio. No tenía ninguna otra alternativa. Por lo que se le dictaminó vivir en un orfanato. Prefirió aquello antes que volver a aquel lugar. No tardaría en arrepentirse de su desición.

La niña que había ayudado a rescatar del infierno, no la había vuelto a ver desde que bajó del caballo del soldado mientras éste la llevaba al hospital. Y conociendo su situación, no esperaba verla nunca más. ¿Terminaría ella también en ese asqueroso hospicio?

Aquel sitio, era increíblemente sucio. En tiempos de guerra era habitual encontrar un sinnúmero de niños sin padres, por lo que el personal a disposición solía ser escaso. Pero el número de huérfanos aumentaba cada día. Más y más. Abarratodos en las mismas estancias. Sin tan siquiera un halo de aire fresco para respirar.

La limpieza no era lo primordial en ese edificio. Le provocaba una inmensa repulsión vagabundear por aquellos pasillos. Beber del agua estancada que conseguían de la lluvia. Lavarse bajo el agua que caía de aquella tubería oxidada, con la misma pastilla de jabón para todos los miembros masculinos. Sencillamente repugnante.

Con casi 13 años, decidió escapar de aquellas paredes. No podía soportar vivir en un clima tan deprimente. Tarde o temprano, su salud se lo agradecería. Así como su cordura mental. ¿Cuántos de sus compañeros se habían suicidado en el tiempo que pasó allí? Simples niños que preferían viajar al otro mundo antes que preservar su vida allí. Era como una sutil y lenta tortura.

No tenía dinero, así que decidió alojarse en un viejo hostal abandonado. Sus dueños, muertos, nadie lo reclamaría. Puso orden en aquel sitio y lo acomodó a su gusto. Después de vivir dos años en aquel vertedero no quería volver a revivirlo.

Comenzó a robar comida y dinero a los transeúntes. Vivía a costa de los demás. No tenía preocupación alguna. Trapicheos, robos, asaltos. Siempre conseguía salir indemne de todos. Su velocidad se acrecentó con cada acto criminal. Su cuerpo se fortalecía increíblemente, sin embargo su altura no mejoraba.

Mientras paseaba por la calle los niños de su edad se burlaban de su estatura. No dudaba en utilizar la fuerza para darles su merecido. Aquella fuerza que nunca había deseado tener, pero que sin embargo le ayudaba en aquellos momentos.

Tenía solo 14 años cuando se encontraba encima de aquel niño. No sabía como habían llegado a aquella situación. La nariz del niño sangraba y estaba inconsciente. Probablemente continuaría así durante horas. O probablemente, días.

Se levantó y observó a sus compinches que minutos antes alentaban la pelea. Se habían quedado mudos tras contemplar el espectáculo barbárico que habían tenido frente a sí. Observó sus puños bañados en su inmunda sangre. Sacó un pequeño pañuelo de su bolsillo trasero y se limpió cuidadosamente las manos.

- No pienso dejar que escoria como vosotros me ensucie – dirigió una mirada penetrante al resto, asustándoles – Si no queréis correr la misma suerte, largaos.

Pasaron los años y su historial delictivo fue aumentando cada vez más y más. Llegando a perpetrar grandes hurtos y a propinar horribles palizas.

A pesar de su fuerza, formar una banda era algo que se le antojaba subliminal. Cada vez que había recaudado a suficientes aliados para perpetrar sus delitos, terminaban amotinandose o actuando en su contra. Otros, sin embargo, no tenían tanta suerte y morían sin que fuese capaz de protegerlo. Por ello terminó decidiendo que actuaría solo, no necesitaría a nadie más. No necesitaba confiar en nadie más que en sí mismo. Eso era lo que se repetía continuamente.

Había sido arrestado varias veces pero, al cabo de varios días, salía de aquellas mazmorras. No obstante, aquella vez fue bastante singular. Sin darse cuenta, se había vuelto bastante engreído y se terminó metiendo en líos con el ejército. El peor de sus enemigos.

Tenía 19 años. Múltiples antecedentes por saqueo y agresión. Podían caerle perfectamente varios años de cárcel o incluso la pena de muerte. Su futuro estaba echado a la suerte. No tenía demasiadas alternativas.

Ya se había resignado a esa posibilidad, cuando recibió una visita inesperada entre aquellas paredes.

Un soldado de ojos azules y cabello rubio.

Una cara que nunca podría olvidar nunca en su vida. El inicio y el final de su suave tortura durante toda su vida.

- Vaya,... la vida no te ha sonreído, ¿cierto? - se sentó enfrente suya con una tranquila sonrisa.

- Piérdase.

- Supongo, que no me reconoces. Tú has cambiado mucho, apenas puedo reconocerte tras tanto tiempo. - bajó la mirada evocando al pasado - Hace algunos años yo...

- Recuerdo aquel incendio perfetamente. Que sea pobre no significa que sea estúpido. Mi memoria sigue estando intacta – dirigió una profunda mirada de desprecio a su interlocutor – Quizás se arrepienta ahora de haberme sacado de aquel infierno. Debería haber ardido allí. Para lo que ha servido...

- No se que circunstancias te han llevado a esta situación. Pero estoy aquí en representación del ejército. El haberte conocido previamente, no cambia los motivos por los que estoy aquí – se levantó dispuesto a proseguir su discurso – Comprenderás que esto no es fácil.

- ...

- He venido a proponerte un trato Rivaille, ingresar en el ejército a cambio de no ir a la cárcel.

- Ju, ¿una muerte segura o vivir en este asqueroso ambiente de por vida? - escupió irónicamente el muchacho.

- Tienes mi propuesta. Actualmente lidero el batallón 15 de la legión de Reconocimiento. Puedes ingresar en él, si quieres – le dio la espalda dejándole claras sus intenciones de no esperar una respuesta inmediata.

- Aquella niña...

- Sana y salva, quizás puedas reencontrarte con ella próximamente. Pero sería mejor que estuvieras más presentable cuando la veas – observó su cabello desmadejado y descuidado, y su ropa ajada por las peleas.

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Tal y como habían acordado, ingresó en el ejército. Sin duda, destacaba frente a sus otros compañeros. Perdía el tiempo inútilmente entre aquellas filas de inútiles soldados. Un mes más tarde, se solicitó su traslado definitivo.

Había recortado su cabello, a un estilo más militar, rapando la parte inferior de su cabeza. Anudó un pequeño pañuelo en su cuello. Cuando se miró al espejo creyó ver una vieja sombra de su padre. Quizás no estaría orgulloso de él en aquellos instantes, pero no podía vivir aferrado a qué habrían dicho de su actitud con respecto a los últimos años de su vida.

Había bebido la noche anterior a su ingreso, no recordaba muy bien por qué, pero se había visto envuelto en una pelea. Como siempre, había terminado en aquellos horribles y sucios calabozos.

Su nuevo jefe le vino a buscar bastante temprano. Acompañado de un hombre con gafas que le resultó algo afeminado.

- Menudos soldados se alistan en estos tiempos - pensó para sí sin quitarle la vista de encima.

Aquella tarde fue ajetreada, la limpieza de su nuevo hogar fue extenuante. Había anochecido cuando acabaron, así que su jefe decidió enseñarle el comedor aprovechando para llevar su cena hacia el barracón donde viviría de ahora en adelante.

- Erwin, ¿no? Dígame, ¿dónde está entonces aquella niña? Me dijo que la vería cuando ingresase a este mugriento sitio. ¿Acaso fue otra de tus tretas? - preguntó el muchacho mientras cargaban varias bandejas de comida de vuelta.

- No fue ninguna treta. ¿No la has reconocido? - increpó el hombre sorprendido – Supongo que ella también ha cambiado mucho.

- ¿Reconocido?

Minutos después se encontraba con una extraña mujer en las duchas. Aquel mismo soldado que previamente había confundido con un hombre afeminado. Al verla con el cabello suelto y sin gafas, su mente viajó varios años atrás. ¿Podría ser verdad?

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De vuelta al presente, aquella misma mujer le miraba con ojos acusatorios. Lo sabía todo, no tenía porqué disimular más acerca de ello. En cierta manera le resultaba como quitarse un peso de encima por tener que fingir que todo aquello no había pasado. Que no la conocía de antes y que no recordaba bajo que extrañas circunstancias había sido su primer encuentro.

Y a pesar de no haber existido aquel primer encuentro, la realidad sería la misma. Una científica obsesiva por la que no era capaz de definir esa necesidad de tenerla cerca. Siempre tan incomprensible. Aquel tipo de temas le sofocaban y evadía en la medida de lo posible pensar en ellos.

- ¿Ya te has aburrido de jugar con tus probetas y tus tubos de ensayo? Si vas a estar por aquí, se útil y ayuda al resto a limpiar.

- ¡Déjate de estupideces, sabes porqué estoy aquí!

- No se de que me estás hablando.

-Leíste mi informe, sabías que yo había estado en aquella zona igual que tú. ¿Por qué no me dijiste nada? - su cuerpo temblaba intentando contener las lágrimas - ¡Todos los niños que conocí en aquel lugar murieron después por sus heridas! ¿¡Acaso crees que fue fácil para mi ver eso!? ¡Hubiera dado lo que fuese por saber que no fui de los pocos supervivientes de aquel infierno! ¿No sabías quién era yo? ¿Acaso no me recuerdas?

- No necesitaba leer ese informe para recordarlo – la ignoró volviendo de nuevo su rostro hacia el arma que tenía frente a sí y retornando a comprobar el trabajo de sus subordinados.

Perfectamente limpio. Ya lo sabía, lo había revisado mil veces, pero no se veía con ánimos para enfrentarse a Hanji en aquellos instantes. Y menos sabiendo hacia dónde degeneraba aquella conversación.

-¿Y por qué nunca me lo has comentado? - arrojó aquella carpeta ferozmente hacia el suelo empedrado. Un sonido sordo que apenas fue oído por ningún alma viviente. Pero eso no disminuyó la presencia del impacto – Quiero que me cuentes todo, que dejes de guardar secretos para tí mismo.

- No creo que fuese algo que mereciese la pena recordar – en su mente aún preservaba la imagen de la inscripción del anillo de boda de su madre adoptiva, manchada de sangre.

La chica se acercó lentamente hacia él. La tierra era firme bajo sus pies, a pesar de encontrarse a más de 50 metros de altura, no temía caer. Nunca había caminado de manera tan segura.

- La razón por la que odias tanto a Erwin... es... ¿por qué el no te salvó a tí también de ir al orfanato? - clavó su mirada en él sin pestañear - ¿Y porque te obligó a formar parte del ejército con él tras haberte abandonado a tu suerte aquel día?

- No... - apretó su puño fuertemente mientras hablaba - ¿¡Acaso crees que esas mierdas me importan lo más mínimo!? ¿¡Crees que era la primera vez que un adulto me dejaba a mi suerte!?

- Rivaille... basta...

- Viví un infierno en aquel campo de concentración, ¡lo único que me recordaba la realidad era haber cruzado las murallas con una niña inconsciente a mi lado! ¡Han pasado 9 años, Hanji, 9! ¡Ni siquiera sabía si estabas viva!

- Por favor... para...

- Por mis venas corre la sangre de un desgraciado que me ha convertido en lo que soy. La única persona que se preocupó realmente por mí murió allí. Y la única acción que demostraba que no era el mismo indeseable que mi padre desapareció de mi vista. Durante 9 años. ¿Acaso sabes lo que supone llevar esa carga en tu espalda?

- Claro que lo sé. Lo sé perfectamente.

- Tú no sabes nada.

- He leído ese informe. Sé de quién eres descendiente. Y tú no eres como él.

- Mis manos no están solo manchadas de la sangre de las bestias a las que nos enfrentamos, Hanji.

- Me da igual, Rivaille. No tengo miedo de tí – sus cuerdas vocales emitían sonidos directos y concisos, como una canción sin estrofas – Nunca voy a tenerlo.

- ….. Puedo hacerte daño... Puedo... romper tu espalda con una sola mano si así quisiera.

- Puedes intentarlo si quieres, aunque no te garantizo que lo consigas – una ligera carcajada, casi desapareciendo por el frío que arreciaba a esa noche.

- Idiota...

Ella siempre se había sentido sola, sus padres habían muerto. Así que decidió no confiar en nadie más, excepto en Erwin. Sólo él y ella en aquel devastado mundo. No había espacio para ninguno más.

En aquel mundo ponderaba la ley del más fuerte. Si no eras lo suficientemente fuerte, no sobrevivirías. Con el paso del tiempo tenías dos opciones, o morir fuera o morir dentro. Si tomabas la opción de pudrirte bajo la sombra de las murallas, probablemente desperdiciarías tu vida.

Si salías afuera, al menos gozarías de libertad, la muerte era un pequeño precio a pagar por respirar algo de aire no viciado. Cada vez que salían de expedición, ella volvía con nuevas cicatrices que marcaban su cuerpo.

Pero, desde que él se uniera a su escuadrón, las cicatrices disminuyeron. Pensaba que se había vuelto más poderosa, más madura, más mortífera. Y con mayor determinación. Pero, quizás era también debido a que él había estado cuidando de ella. Desde que era una niña había estado pendiente de que diese los pasos adecuados, sin permitirle tropezar en vano.

Se preguntó que habría pasado con ambos de no haber pasado tanto tiempo sin contacto. Quizás habrían tomado destinos opuestos. O quizás habrían terminado en el mismo sitio. Nunca podría saber que habría ocurrido.

La chica se acercó a él y hundió su cabeza en su hombro.

- No me dí cuenta entonces. No me doy cuenta ahora. Me siento realmente estúpida...

El muchacho comenzó a sentir una extraña humedad en su hombro. Muy parecida a la que sintió aquel día en que la vio llorando por primera vez. Por rabia y frustración, y de alguna manera sabía que no sería la última.

- Lo eres, eres una estúpida – como siempre igual de borde y malhumorado. Pero no percibía ninguna de aquellas irracionalidades mientras la rodeaba con sus brazos – La mujer más estúpida que conozco.

El sol comenzaba a destilar pequeñas ondas anaranjadas. La luz de aquel día prácticamente se había perdido. Se extinguiría hasta la siguiente mañana. Se acogieron a la oscuridad de la noche en aquel reconfortante abrazo. Hanji se separó lentamente del pequeño hombre y bajó su rostro hasta entrar en el radio del pequeño hombre.

- Rivaille... lo que me dijiste hace meses... ¿De verdad me...? - enunció con una triste sonrisa.

- Piensa lo que quieras.

- ¿Puedo pensar... que... yo también quiero estar contigo?

- ¿Es eso lo que quieres?

- Sí.

Sus labios se juntaron dulcemente. Llevaba demasiado tiempo reprimiendo ese deseo. Esta vez no tuvo necesidad de ansiar que sus labios se deslizasen varios centímetros porque impactaban diretamente dónde ella deseaba.

Una pequeña figura con cabello anaranjado contemplaba en la lejanía la escena. Deslizó sus ganchos y bajó por la pared en silencio.

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Sus ojos se abrieron lentamente. Se encontraba recostaba sobre una extraña almohada. Demasiado dura, sin duda no era la suya. No era ni el tacto, ni la suavidad a las que estaba acostumbrada. Ni siquiera estaba mullida.

Comenzó a tantear con los dedos el tejido, sus dedos encontraron una pequeña pieza redonda con dos diminutas hendiduras en medio. ¿Un botón? Poco a poco, comenzó a enfocar lo que tenía ante sí. Una fila de botones, ¿una camisa? ¿De quién?

Sus enfocaron el resto de la prenda hasta que pudo atisbar dónde se encontraba. Ya lo recordaba, el día anterior había sido agotador. Se habían quedado dormidos en la cama de él sin quitarse siquiera los uniformes.

Se incorporó lentamente y observó los pies de la cama. Habían caído sobre ella sin tan siquiera deshacer las sábanas. Aún llevaba sus arneses y las botas puestas.

Sin duda, descansar con las cuerdas de sujeción era realmente incómodo, apretaban su cuerpo y no estaban hechas para dormir. A pesar de ello, en algunas misiones largas había tenido que pasar la noche con ellas puestas, y al día siguiente no podía casi caminar debido al inmenso dolor que suponía. Pero aquella mañana, parecía que hubiese dormido mejor que en años.

Giró su vista hacía el chico que dormía junto a ella.

No pudo aguantar la risa al observar su expresión dormida. Ceño fruncido, labios arqueados hacia abajo y su fino cabello perfectamente peinado.

- Jajajaja, ¿Es que ni durmiendo pierdes esa expresión? - incapaz de contenerse, estalló en carcajadas, despertando a su acompañante.

- Mmmmmm... ¿A estas horas de la mañana y ya organizas semejante escándalo? - se mesó la frente el hombre, mientras abría los ojos - Debería haberte dejado en tu habitación.

La chica seguía riéndose. Hasta recién levantado mostraba aquella penetrante mirada. Debía haber nacido con esa expresión de mal humor constante.

- Cállate ya idiota, es muy temprano, déjame dormir – se giró hacia el otro lado de la cama dispuesto a volver a su mundo de sueños.

- Esta bien...- se tumbó a su lado contemplando el techo en silencio. Ni siquiera había una mísera mota de polvo en las esquinas del embellecimiento – Creo que iré a reunirme con Erwin. Seguramente estará enfadado. Ayer dejé mi trabajo en manos de Mike y salí corriendo detrás tuya probablemente se enfade.

La chica se levantó y se ajustó las botas dispuesta a salir de la habitación. Comprobó que sus arneses se ajustaban a la perfección como de costumbre y comenzóa caminar hacia la salida.

-Espera...- sus ojos nuevamente abiertos la detuvieron - ¿Así te vas a despedir? - le pareció ver un poco de enrojecimiento bajo sus ojos.

-Ohhh... ¿este pequeño rubor que veo bajo tus ojos es por mi? Que tierno

- Estúpida loca cegata.

Con un ágil movimiento la derribó en la cama quedándose encima suya. Comenzó a acercarse a su rostro cuando se oyeron fuertes golpes en la puerta.

- ¡¿Quién es?! - preguntó con mal humor.

- Rivaille, soy el comandante Smith, me da igual si no estás presentable, voy a entrar - anunció al tiempo que se oía el pomo de la puerta.

Hanji se arrojó rápidamente al suelo y se escondió bajo la cama. Ahogó un quejido al golpearse la espalda contra el suelo.

-¿Qué quieres? - inquirió el pequeño chico de pelo azabache mientras fingía estar anudando su pañuelo.

- ¿Ya estás uniformado?- se mostró gratamente sorprendido - En fin, mejor, necesito que tú y los chicos que habías seleccionado para tu escuadrón os reunáis hoy mismo con Dot Pixis. Se ha precisado de vuestra presencia urgentemente. Así que no pierdas el tiempo y sal ya de aquí.

- ¿Van a permitirme por fin utilizarlos para algún tipo de misión? Pensaba que debían terminar primero el entrenamiento no reglado antes de salir afuera conmigo. ¿O acaso tengo que evaluarlos? Ya te dije Erwin que no estaba interesado en eso.

- Se te especificará tu función cuando estés allí.

- Como quieras, reuniré a esos mocosos lo antes posible.

- Gracias.

Dicho esto, la puerta se cerró y Hanji salió de su escondite sin apenas contener la respiración. Pareia haber encontrado su precaria situación más divertida que otro tipo de hazaña o proeza que hubiera hecho anteriormente. Como un niño al que detenían robando dulces de la despensa de sus padres.

- Por poco...- se levantó y abrió la puerta levemente observando a su superior alejarse – Creo que se ha ido. Me iré yo también para no levantar sospechas. Adiós – agitó la mano despidiéndose.

Desapareció de la habitación y se coló rápidamente en la suya. No había dado lugar a sospechas, tan solo estaba en su cuarto, no había nada de raro en ello. Se vistió con sus ropas de civil y se dirigió a la puerta de Petra a pedirle que la acompañase a llevar su uniforme. Extrañamente no obtuvo ninguna contestación.

Seguramente ya se habría reunido con su superior. En aquella misión que había recibido por la mañana temprano. Aquella llamada urgente de Erwin, algo le escamaba, pero no llegaba a vislumbrar que podría ser. Una vez vuelta de la lavandería se encontró con Mike que estaba ensillando un caballo y dando órdenes a su tropa.

No sabía que había ocurrido en el ejército. Pero hoy todos estaban muy alterados. Ya había visto a otros grupos esa mañana y todos parecían estar en constante movimiento. Posiblemente tendría que movilizar también a los chicos que formarían su escuadrón para aquella instrucción. No era esa la manera en que deseaba iniciar a dar órdenes como capitana, pero dudaba que el ejército pensase alguna vez en sus deseos.

- ¿Por qué hay tantos soldados movilizándose? ¿Será por aquella orden que le dio el comandante antes a Rivaille? - pensó

Se dirigió hacia el despacho de Erwin dispuesta a recibir más informes, como de costumbre. Rutina habitual, nada emocionante. Ansiaba poder salir de una vez hacia el exterior. Desde que había sido dada de alta no había podido ser partícipe en ninguna misión. Ni tampoco se había designado ninguna para un plazo próximo.

Aburrimiento, rutina, informes. Le esperaba un día realmente tedioso. Antes de que pudiera tocar el pomo, una inesperada figura conocida de cabellos plateados abrió la puerta de golpe. Parecía tan alterada como había encontrado a la totalidad del cuartel.

- R-riko... ¿qué haces aquí? - no cabía en si de gozo - ¿Has venido a verme?

- N-no, estoy aquí por motivos de trabajo, Hanji. Algo... algo serio ha ocurrido.

- ¿Es por eso que todos en el ejército parecen haberse levantado exaltados?

- Hanji, disponga rápidamente un caballo y colóquese su equipo tridimensional - resonó su voz algo tocada – acompañe a la señorita Brzenska y haga todo lo que ella le diga.

- ¿Qué ha ocurrido?- preguntó extrañada.

- Petra Ral ha desaparecido – comentó en silencio seriamente - Sospechamos que puede haber sido un abandono de su puesto.

Hanji conocía bien el castigo por deserción: pena de muerte.

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Jummmm, estuve pensando seriamente que final darle a este capítulo para enlazarlo con el resto de la historia que quiero desarrollar.

Ya que este fin de semana toca el ansiado capítulo que todos esperamos... quería poder hacer un capítulo dedicado a Petra.

Espero ansiosa vuestros reviews y vuestros ánimos.