Bueno, lo prometido es deuda capítulo 16.
Se que todos esperais algo de Levihan. Pero ya advertí que quería contar la historia de Erwin en mi fic. Mis tres protagonistas son ellos tres, así que cada cual tiene su granito de arena.
Además después de lo último que paso en el manga estoy muy inspirada para escribir.
Espero que os guste.
Si no os gusta el levihan, no os gusta Erwin o pensáis que en esta serie no puede haber relaciones románticas no sigáis leyendo.
Disclaimer: Singeki no Kyogin no me pertenece, si lo hiciera azotaría a los animadores por meter relleno en vez de continuar el anime y llegar a las partes realmente guays de la historia.
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Erwin Smith, hijo mayor de la familia Smith. Familia de comerciantes desde generaciones atrás. Excesivamente cuidadosos con su imagen social. No se podían permitir ni un solo fallo. Quién iba a decir, que sería el primogénito quien daría aquella mala imagen. Aquel que terminaría llevando el nombre de la familia y representándo su apellido en el futuro. Traidor.
- Me niego - el golpe sobre la mesa de caoba hizo crujir la madera - Ningún hijo mío será militar. Esta ciudad es lo suficientemente segura como para vivir en ella. Abandona esas vanas ilusiones de ver el exterior. Todos los suicidas que se unen a ese escuadrón acaban muertos en cuestión de segundos, harás más bien a la humanidad quedándote dentro de las murallas.
- Padre, mi decisión es irrevocable. - sus gruesas cejas se arqueaban con seriedad sobre sus penetrantes ojos - No pienso dar marcha atrás. Con o sin tu aprobación.
- Charles, por favor, deja que se vaya. Él ha tomado su decisión.- la mujer mayor de pelo rubio y ensortijado hacia atrás posó sus manos sobre su hijo - Erwin, pase lo que pase estaré orgullosa de tí. Solo intenta salir airoso en la batalla. Debes comprender el dolor que supone para una madre perder a un hijo... A otro de sus hijos...
- Gracias madre - la abrazo con fuerza - Por favor, dile a Elga que vendré a verla siempre que pueda.
- Erwin, quizás ella pronto...
- Tú solo dile eso.
Su pequeña hermana de 11 años yacía postrada en una cama inerte desde hacía varios meses. Ningún médico daba ninguna prueba positiva a su tratamiento. Sus ojos vidriosos siempre miraban hacia arriba sin llegar a cerrarse. Aquel funesto día que había acabado con el ser que más adoraba en todo el mundo. El único que realmente había llegado a importarle.
Solo por ella, por sus deseos de venganza, de averiguar porqué se encontraba así había decidido cambiar el futuro, tal y como ella habría querido. Cada vez que empuñase su espada, aquellos ojos azules, iguales a los suyos, le acompañarían en su mente.
Había decidido unirse al ejército para liberar su futuro. Pero, en ocasiones, pensaba que intentaba huir de su pasado.
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- Nuevo, ¿eh? Vaya primera misión te ha tocado. Me compadezco de tí - urdía su capitán.
Tras varios años de entrenamiento, entró en la legión de reconocimiento. No tenía la menor duda de a que cuerpo quería pertenecer. No pensaba quedarse ni un minuto más en aquellas murallas. Aspirando el olor a podrido que se expandía por las calles en las que solía pasear de pequeño. Conocer el exterior, disfrutar del aire limpio y alejado de toda aquella ponzoña que componia el interior. Pero para su suerte, su primera misión no era precisamente agradable.
20 familias distintas. Elegidas al azar. Para probar que podrían generarse nuevas ciudades cerca de los muros. Sin duda, una auténtica estupidez. Cada día cabalgaba en su caballo oteando la zona. El poder mirarlos desde la seguridad de su montura le hacía sentirse inútil. Las órdenes eran órdenes. Mirar y observar. Vigilar, solo eso.
Familias desnutridas. Niños hambrientos. Aquello era horrible. Tener que ver como sus demacrados cuerpos se descomponían en vida sin pestañear era algo que no podía simplemtene hacer. Su humanidad, aún latente, se lo impedía. Sin duda, el rey nunca pensaba en su pueblo cuando tomaba sus decisiones. Se deshacía de él como más rápido fuese. Sin tan siquiera pensar ni un segundo en que su pueblo se extingiría si continuaba tratándolos así.
Poner a todas aquellas personas contra un paredón y fusilarlos uno a uno habría sido más humano. A pesar de que se encontraban en una posición relativamente segura a la aparición de titanes, la gente estaba aterrada. El pavor cubría siempre sus rostros manchados de orina y pus.
Hacía solo pocos meses que se encontraban en aquel sitio cuando se originó un incendio. Era temprano, rozando el mediodía. Dos borrachos discutían con frustración. El cristal roto de una de sus botellas prendió la pólvora y...
Erwin se encontraba a varios metros de la zona accidentada, observando el pánico que cundía en cuestión de segundos incapaz de pensar en qué hacer.
- Smith, dirígete a la zona de refugiados y guíales hasta la puerta.
- Señor, creo que sería mejor comprobar la zona para que no haya heridos. Seguramente podríamos...
- Es una orden - no dijo nada más y abandonó al joven cabo observando como las llamas eran guiadas por el viento hacia la población errática.
- ¡Que le jodan a las órdenes! - agarró fuertemente las riendas de su caballo y le obligó a retroceder.
El foco del incendio hizo que su montura se quejase. Observó atentamente. Cuerpos quemados, calcinados. Algunos de ellos eran muy pequeños.
Recorrió la zona en busca de supervivientes. Alguien, debía haber alguien. Aunque fuese una sola persona. Las masas corrían atropelladas guiadas por el pánico. Muchos de ellos morirían tan solo debido a los golpes. Entre todas aquellas brasas hirvientes comenzó a perder la esperanza de encontrar a nadie vivo.
Pero, algo llamó su atención entre aquellas lenguas de fuego. Dos pequeñas sombras se movían cerca del foco del fuego. ¿Niños? Uno de ellos parecía gritar ¿Estaban vivos?
Bajó de su montura y se acercó a ellos. Un niño y una niña. La niña parecía muy pequeña. Inconsciente. Su ropa estaba bastante quemada y su piel presentaba muestras de abrasión.
Tenía que llevarla cuanto antes a un hospital.
Situó a la niña delante suya y ayudó al niño a subir a su montura. El niño parecía poco hablador. No era de extrañar que estuviese traumatizado por algo que hubiese visto. La niña perdió la consciencia tras llorar sin consuelo. ¿Dónde estaban los padres de aquellos niños?
Al acercarse a la cola de refugiados divisó a su superior. Que le miraba amenazante.
- Smith, le dije que no se alejase del pelotón y ayudase a la evacuación de los heridos. ¿Se puede saber qu- sus ojos se detuvieron contemplando las dos figuras que galopaban con él en su caballo. - Tendrás problemas por esto. La insubordinación-
- Me da igual – No miró siquiera a sus ojos y continuó su camino hacia la ciudad.
- No seré yo quién diga nada - su capitán se giró y volvió la vista hacia sus otros camaradas – Haz todo lo que puedas por ella, sálvala.
Conocía bien el distrito de Shingashima, su familia había vivido allí durante años. Sabía donde encontrar un hospital. Pequeño y siempre en funcionamiento. A pesar de estar destinado a el cuidado de menores, siempre estaba lleno de adultos. En tiempos de guerra, no podían quejarse ante los heridos.
Solo cruzar la esquina y lo encontraría. Sin duda los refugiados del desastre ya se encontraban en el lugar, pues el olor a humo de sus prendas invadía sus pulmones. Impregnando sus pulmones y haciéndole recordar viejos vestigios que prefería que desaparecieran de su mente en esos momentos. Varios doctores atendían en la puerta. Aquello era un caos.
Demasiado gente herida. Traslado de cadáveres. Lágrimas. Abrazos interminables. Sollozos.
Bajó del caballo y ayudó al pequeño niño a bajar. Acto seguido agarró a la niña entre sus brazos. Aún inerte y con la respiración muy débil. La piel quemada se volvía negra por momentos. Pero estaba viva, al menos, tenía una última esperanza.
- Escuchame. Dijiste que te llamabas Rivaille, ¿no? Vamos a entrar, no te sueltes de mi chaqueta. Hay demasiada gente - el niño asintió y se agarró a la prenda con fuerza.
La marabunta de gente no le dejaba avanzar. Agolpados en la entrada, clamando por ayuda. Muchos de ellos sin heridas graves pero cuyo egoísmo traspasaba el bienestar de los que realmente lo necesitasen.
- Por favor, déjenme pasar, llevo a una niña pequeña. Por favor - la gente ignoraba sus ruegos y continuaba empujando.
De repente el niño se soltó de su agarre y pateó a un adulto haciéndole caer al suelo. Como si no le costase nada y estuviese habituado a ello, ¿qué clase de infancia violenta había pasado aquel niño? Un pequeño pasillo se abrió tras su golpe y le permitió avanzar. No dudó un instante y se introdujo por la puerta del hospital.
Miró hacia todos lados. Todos los médicos parecían ocupados. Depositó a la niña sobre un asiento y comenzó a pensar tranquilamente. Si la ayuda no iba a venir, debería buscarla él mismo.
- Por favor, cuídala mientras voy a por un médico - el niño asintió aún sin expresión – Voy a buscar un médico para que la ayude. Si ves alguna fuente pequeña o algo de agua traélo e intenta que ella beba. Si despierta, intenta tranquilizarla – volvió a asentir.
Nadie, nadie para ayudarle. Solo enfermos y doctores rodeados de pacientes. El caos. A lo lejos vislumbró a una mujer rubia con el cabello recogido en una trenza. Llevaba un uniforme blanco manchado de sangre ¿Una enfermera?
- Perdone señorita, pero podría...
- ¿Un militar? - miró hacia el escudo de su pecho con total indiferencia - Lo siento, estamos muy atareados no pienso acatar las estúpidas órdenes del ejército ahora. Váyase.
- No es por mí, es que...
- He dicho que se vaya, ¿ha observado la cantidad de refugiados que han llegado de su estúpida misión? ¡Hay un hospital militar para que dejen de molestarnos a nosotros! ¡Si le duele la barriga de tanto beber, aquí no va a encontrar ningún remedio! - hastiado de su actitud, Erwin cogió con fuerza sus muñecas y la guió hasta la niña.
- ¡Esta niña tiene quemaduras graves y necesita atención urgente! ¡No he venido hasta aquí para que me atiendan a mí! - los ojos de la mujer se abrieron de golpe y no dijo nada. Tan solo reaccionó para comprobar sus constantes vitales y lo suficientemente rápido como para cogerla en brazos y llevarla a una habitación particular.
- Debe quedarse hospitalizada aquí. Localizaré a un médico lo antes posible. Tal vez sea necesario llevarla a quirófano. No te preocupes, yo me encargaré de ella.
- ¿Se pondrá bien?
- No lo sé... Tiene quemaduras graves, ya es un milagro que siga respirando por sí sola - cerró la puerta lentamente dejándolos afuera – Lamento aquello que dije antes...
- No importa, soy consciente de que este uniforme puede resultar muy repulsivo para los civiles – sonrió con desgana - ¿Qué hay de él?
- El niño no presenta ninguna herida. Solo manchas de barro y tierra. Parece que está bien.
- Lo siento pequeño, será mejor que te quedes aquí por ahora. Debo volver a mi puesto a ayudar a otros heridos, ¿estarás bien?
El niño asintió sin mediar palabra. Al día siguiente, cuando fue a ver el estado de la pequeña, ya no estaba.
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Curiosamente, la pequeña se ganó un hueco en su corazón. En cierta manera le recordaba a su hermana, enterrada ya años atrás. Sus padres, sin haber podido soportar la presión de su muerte, fueron encontrados en extrañas circunstancias.
Tal vez, suicidio.
Solo le quedaba la pequeña muchacha. Iba a verla cada día que podía. Sus pequeños ojos siempre le miraban con furia y rabia contenida. Para nada parecía la mirada de una pequeña adolescente. Frustrada por haber tenido que soportar toda aquella soledad. Encerrada día tras día en aquel diminuto hospital. Conocía sus pensamientos, pero no podía hacer nada por ella.
Debería superar por sí misma sus miedos, sus ansias, sus deseos de venganza. Solo así se haría fuerte, dura e inteligente. Lo suficiente como para no errar al tomar sus desiciones. Cuando la veía leer con atención aquellos harapientos libros que le suministraba parecía emerger algo dentro de ella. Tal vez, con más tiempo, volviese a ser como la niña que había creído ver aquel día entre las llamas.
Alguien que realmente pudiese aportar prosperidad a aquel mundo arruinado.
Aquel día, como cualquier otro, fue a visitar a la pequeña. Mientras subía las escaleras se cruzó de nuevo con aquella mujer uniformada. Esta vez de color verde, probablemente acababa de ayudar en alguna operación. Y por las manchas de sangre que portaba su ropa dudaba que hubiese sido exitosa.
-¿Otra vez aquí? - aquella enfermera, Helenka, le miraba con infinito desprecio - ¿Por qué se preocupa tanto por ella? ¿Acaso es un pervertido? Como siga viniendo sin motivo alguno, le denunciaré. Usted no es su tutor ni parte de su familia, no se que hace aquí. Desde el hospital ya nos hemos encargado de buscarle una familia de acogida, su trabajo aquí ha terminado, soldado.
- Lo siento. No pretendía molestar. Es tan solo que ella, me recuerda a mi hermana pequeña - a ella le gustaba leer libros y tenía un carácter similar, quizás era solo el mero reflejo del pasado que veía en ella. Una mera ilusión.
- ¿Su hermana?
- Sí, ella murió - la mujer retiró su mirada avergonzada.
- Lo lamento, yo.. - se aclaró la gargante - Perdona, los... militares me ponen nerviosa. Muchos de los vuestros pasean por los hospitales como si no hiciésemos lo suficientemente bien nuestro trabajo. Se pavonean como si fueran animales. Piden medicamentos que no necesitan. Muchos adictos a la morfina tan necesaria para otros pacientes. Roban recetas para comprar drogas. No creo que te esté contando nada nuevo.
- No todos son así.
- ¿Y tú eres la excepción que cumple la regla?
- Quizás no, pero no quiero ser un miembro inútil que solo piensa en engordar su barriga.
- ¿Eres de un barrio adinerado?
- No, al contrario. Mis padres eran meros comerciantes. Vivía en este mismo distrito.
- ¿Eran?
- Se suicidaron – o al menos eso era lo que le habian notificado. Cada dia dudaba más de esa interpretación.
-...- la chica suspiró con resignación - Lamento haberte dicho esas cosas. No creo que haya sido adecuado.
- No importa - le ofreció su mano - ¿amigos?
- Amigos.
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Finalmente llegó el día en que la pequeña niña saldría de aquel sitio. Parecía realmente incómoda con los hospitales. Su doctor la ayudó a incorporarse y la llevó hasta la entrada. Pequeños pasos tambaleantes tras tanto tiempo postrada en una cama.
Erwin recogía sus cosas en una pequeña bolsa. Realmente poco había podido acumular en aquellos años que llevaba allí. La llevaría a su casa, y la instruiría en la milicia. Ella ya lo había decidido. Y desde la muerte de sus padres, aquel sitio le parecía excesivamente grande. Una compañía no vendría mal.
- ¿Se va? - se giró para ver la silueta de la mujer con cabello rubio. Su trenza caía despeinada hacia un lado. Uniforme verde, ya sabía que significaba eso.
- Pareces cansada.
- Una operación inesperada. Tuve que ayudar en ella. Entonces, ¿se va?
- Finalmente ha conseguido recuperar la movilidad completa. El médico ha dicho que puede realizar el resto del reposo en mi casa.
- Así que te la llevas a tu casa...Tan joven y padre soltero - rió con sarcasmo.
- No, no pretendo adoptarla. Ella... quiere mantener su apellido. Dice que no le avergüenza su pasado. Que quiere recordar el origen de cada una de sus heridas. Muy profundo para una niña tan pequeña, ¿no crees?
- Una chica inteligente. Acabará mal si sigue relacionándose contigo.
- Tal vez tengas razón.
Ambos rieron. No obstante, sus voces sonaban secas, como si sus gargantas les abrasasen intentando exhalar alguna frase. Tal vez, arrepentimientos por no haber hecho lo que ambos batallaban por hacer.
- Helenka...yo...
- No es necesario que digas nada, espero que os vaya muy bien – callado y quieto, observó su figura alejarse con impotencia.
Durante aquellos años. No sabía porqué había llegado a desarrollar auténtico afecto por aquella mujer. Mucho más que a ninguna otra mujer que hubiese conocido antes. Había estado con otras chicas anteriormente. Pero ella era especial.
Sus manos sudaban. Podía sentir el temblor de sus pies. Algo le indicaba que corriese tras ella.
Estúpido. No lo hizo, recordó todas aquellas familias ardiendo bajo aquella noche estrellada.
¿De veras pensaba mantener una relación que podría traer tanto sufrimiento en el futuro?
Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos.
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El alcohol corría por sus venas. Sus compañeros de escuadrón bebían con él. Se sentía deprimido y colérico. Ya hacía un año y medio que su pequeña amiga se había alistado. Y por lo que estaba demostrando, no cuidaba mucho de sí misma. Entrenar hasta altas horas de la noche, investigar, leer. Ya no quedaba ni el más mínimo atisbo de la niña asustada que salvase hacía varios años. La desición de alistarse había sido suya. Por supuesto, él no estaba de acuerdo, pero la chica era increíblemente terca.
- Le salvé la vida para que ahora la pierda...- volvió a beber otro trago.
- No digas eso Erwin, la niña ha crecido admirándote. Quiere ser como tú. Cuando se licencie quizás entre en tu mismo escuadrón. Sería toda una suerte.
- No sería fácil protegerla del ataque de un titán. Es muy impulsiva. Dudo que siguiese mis órdenes al pie de la letra. Algo me dice que será una soldado problemática – otro trago.
- Por supuesto, pero quizás ella sea más habilidosa que tú y termine dejándote atrás. Déjala que siga adelante su curso. Tal vez algún día ella te de órdenes a tí.
- Quizás...sea mejor así. Seguro que sería mejor que yo liderando a algún escuadrón. Es lista – incluso podría ella sola comandar a todo un ejército si se lo propusiera – Aunque espero que sea lo suficientemente lista como para saber combatir a todo tipo de enemigos.
- ¿Ya estás preocupado por los buitres que puedan acechar a la pequeña?
- Espero que por vuestro bien, ninguno de vosotros lo intente – finalizó con rudeza.
- Venga, sabes que no podríamos ni acercarnos a ella sin que nos cortases las manos antes – aquellas risas no fueron compartidas con él – Y dudo mucho que ella nos hiciese caso. No parece muy interesada en hombres.
- Al contrario que los borrachos que tengo a mi alrededor Hanji no se preocupa de su estado como mujer. Para ella es prioritaria su función como soldado.
- Eso suena aburrido.
- Deberíais aprender algo de ella. Como sigáis así, no seré yo quién garantice vuestra pervivencia en nuestra próxima incursión.
- Venga, danos un respiro – rieron de nuevo - Por cierto, Erwin. He oído que eres muy popular entre las mujeres. Ya podrías compartir alguna.
- No creo que eso sea buena idea. Ninguna de ellas aceptaría tener nada contigo. Son mujeres con buen gusto - reía entre dientes – Señoritas con las ideas claras y fijas que saben lo que quieren ...- aquella fina trenza rubia cruzó su imaginación.
- Erwin, ¿estás bien?
- Sí, solo creo que estoy algo mareado. Volveré a mi habitación.
Aquel día no pudo parar de pensar en aquella mujer. ¿Qué habría sido de ella?. Ya hacía casi dos años que no la veía. Pensó en un pretexto para verla. Pero, ¿que haría un militar en un hospital pediátrico?
Se agarró a su almohada e intentó dormir. Las relaciones duraderas y a largo plazo eran una mera distracción de su auténtico objetivo.
Años y años pasaban. La pequeña niña había llegado a estar muy unida a él. Podría pensar que era algún tipo de afecto. Pero al convertirse en líder de escuadrón no creyó que fuese conveniente ahondar en esa cuestión, era mejor no desarrollar vínculos con subordinados que podrían morir ante sus propios ojos. Sin hacer nada.
La chica que él veía se mostraba alegre en ocasiones. Pero manteniendo la seriedad ante su trabajo. Aquel trauma infantil se borró de sus ojos en el momento en que comenzó a ver a sus presas con ojos investigadores. Y cada día más parecida a ella. A aquella pequeña niña que le acompañó en su infancia. En ocasiones le costaba tanto diferenciarlas...
Al forzar tanto su trabajo, había comenzado a llevar gafas, lo que para el hombre le daba un aspecto divertido y aún más feroz. Ya que con el reflejo del sol no podía adivinar su expresión. Pero, no la veía como una mujer. No era por su juventud. Tan solo era que la consideraba una pequeña hermana, había crecido con ella y había llegado a sustituir a su hermana muerta.
Nadie podía llenar su corazón. O eso pensaba.
No había manera humana de detener a aquella jovencita impulsiva. Así que cuando sucedió la ocasión, quiso participar en una difícil misión de búsqueda y recolecta de unas extrañas hierbas medicinales. La chica era brillante. El plan parecía perfecto. Parecía.
En efecto, ella resultó gravemente herida en un desprendimiento. Viéndose obligado a abandonar a aquella pequeña junto a su subordinado. No llevaba demasiado tiempo con aquel chico. Pero era el mismo niño callado que ayudó siendo más joven. Eso era suficiente para él como para confiarle su vida.
Mientras cruzaba las puertas de la ciudad no dejaba de pensar en la joven Zoe. Se había convertido en toda una mujer. Le quedaba mucha vida por delante. Seguramente se recuperaría de sus heridas como había hecho otras veces.
Aunque volvería a pasar el infierno de aquel hospital.
Hospital. En ese momento lo recordó. Aquel viejo y raído distrito. Estaba dirigiéndose a aquel viejo edificio. Era donde debía depositar las medicinas. Lo primordial era sanar a los niños. La epidemia quedaría resoluta.
Mientras el doctor examinaba las hierbas y las raíces, inconscientemente pensaba en aquella chica ¿seguiría allí? Posiblemente no. La última vez que la había visto hací años. De haber sobrevivido a la epidemia no pasaría su vida en un hospital. Probablemente se hubiera casado o habría tenido hijos. Era una mujer hermosa e inteligente, no dudaba que hubiera podido tener más de un pretendiente.
Estaba a punto de abandonar el hospital cuando un fuerte brazo le agarró.
- Por favor, ¡ayúdeme a trasladar a este herido! - sus miradas se cruzaron en cuanto terminó la frase. La misma trenza rubia. Sus ojos cálidos y pasionales. Ella también pareció reconocerle - ¿E-Erwin?
Hacía mucho tiempo que no la veía. Pero su corazón volvió a latir acelerado. La había encontrado. Y ya no podía reprimir sus sentimientos.
Aquella sala de diagnósticos se convirtió en su secreto. Ninguno de los dos se resistió. Llevaban demasiado tiempo reprimiéndolo. Sus bocas se entrelazaron como si llevaran tiempo conociéndose.
Tras unos minutos exhalaron fuertemente. Recuperando el aliento.
-¿Qué se supone que-? - intentó decir ella.
- No puedo... reprimir esto más - besó lentamente sus labios. Sintiendo como se hundían con los de ella - Te quiero - ella sonrió.
- ¿Acaso tienes un extraño fetiche con las enfermeras?
- Solo contigo.
Se desenvolvieron de sus ropas y se entregaron al placer.
Durante los primeros meses, no parecían definir su relación. Teniendo tórridos encuentros ocasionales. Sin embargo, ella parecía cada vez más y más molesta cada vez que volvía de una batalla. Siempre errática, frases cortantes. Miradas esquivas.
Aquel día llovía. Sus soldados estaban muy contentos por haber vuelto. La joven Hanji, junto con una amiga que había hecho en ña tropa le daban la bienvenida. Se dirigió a su despacho cansado. Debía pasar a limpio las bajas antes de intentar disfrutar de la comitiva.
Abrió la puerta de su despacho y la encontró. Allí sentada. Sobre su silla, mirándole en silencio.
- Has tardado en llegar.
-¿Cómo has llegado aquí? - cerró la puerta sin hacer ruido.
- Estaban bastante entretenidos como para fijarse en una ciudadana cualquiera.
- ¿Has venido a verme? - sonrió.
- No, he venido a acabar con esto. No creo que debamos seguir viéndonos. Se lo preocupante que es que tengas pareja en tu posición. Más aún con este ascenso, demasiado arriesgado.
- Eso no me importa - se acercó lentamente hacia ella que le miraba sin pestañear - Esta vez tampoco viniste a despedirme, ni a recibirme...
- Ni lo haré nunca. Es demasiado doloroso verte partir. Nunca sé cuando volverás. Nunca se cuando terminarás en mi hospital. Quién sabe si con una pierna o un brazo menos.
- Aunque perdiese un brazo eso no me cambiaría. Seguiría siendo yo.
- Lo se, pero sería igualmente doloroso. No puedo...No quiero...enamorarme más de tí. Será aún peor - se puso la mano en su cara para no llorar y se levantó para irse de allí - Debemos terminar esto, sea lo que sea.
Erwin la atrapó entre sus brazos sin dejarla abandonar el sitio.
- Helenka Karlaa Zchrongüer, me da igual si vuelvo sin un brazo o sin ninguno. Mientras esté con vida quiero pasarla contigo - Ella se apoyó sobre la mesa sin poder contener las lágrimas.
- No hacía falta que dijeses mi segundo nombre...- se abrazó a él sin ser consciente de la chica que espiaba estaba dolida tras aquella puerta.
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Hanji se colocó aquellos zapatos planos con los que solía pasar sus días de permiso y se soltó el pelo. El trabajo excesivo de los últimos meses no le había dado mucho tiempo para tener tiempo libre. Tanto tiempo sin poder pasar un solo día sin acudir al trabajo.
Pero merecía la pena. Llevaba una falda larga de color café. Y una blusa holgada del mismo color. No era algo demasiado bonito. Pero era la ropa más femenina que tenía. Los bordes de la tela estaban desgastados debido a su uso y las mangas comenzaban a quedarle cortas. Recordaba esa ropa, se la había regalado Erwin años atrás, cuando aún era una adolescente confusa. A pesar de ser ropa vieja y desgastada, el mero hecho de haber sido un regalo suyo hacia que fuesen las prendas por las que mayor afecto tenía.
A su izquierda, Petra terminaba de recogerse el pelo con sus habituales horquillas. Se colocó una flor azul en el pelo para decorarselo. Sin duda era muy femenina, guapa, elegante, llevaba un vestido ajustado de color granate. Y unos bonitos tacones a juego.
A su derecha, Nanaba peinaba su cabello hacia el lado. Le daba un aspecto muy sensual. Camiseta negra ajustada y vaqueros. Sandalias que dejaban ver sus delicados pies. Ninguna de las tres chicas parecía concordarse con las otras dos.
- Cualquiera diría que vamos a una boda - sonrió Nanaba mientras Petra se acercaba a aplicarle un ligero maquillaje.
- Bueno, Erwin tampoco ha querido dar mucho revuelo. Nos ha pedido que solo vayamos los más allegados de él y los miembros de nuestro escuadrón en quiénes más confiemos - Hanji pasó un poco de bálsamo labial haciendo que sus labios brillasen.
- El heichou ha decidido que vayamos Erd, Gunther, Auruo y yo. Todo el escuadrón al completo – comentó emocionada - Aunque dijo que a cambio de poder asistir nos doblaría el entrenamiento...
- No me extraña ese comentario de Levi – rió Hanji. - ¿Quién irá del tuyo? Vosotros sois bastante numerosos.
- Pues, Renne, Gerger, Henning y yo. Al igual que el capitán Levi, decidió que fuéramos todo el equipo al completo, los que aún continuamos a sus órdenes tras años de duro trabajo. Dijo que era nuestra recompensa por ser siempre tan leales.
-¿Renne viene? ¿Por qué no ha venido a arreglarse con nosotras?
- Ella... se fue con Gerger. Creo que han comenzado un tipo de relación especial. Dijo que se arreglaría en su habitación y vendría con él.
- Vaya, que romántico. Yo también quiero alguien con quien compartir el ramo de la novia...-comenzó a decir Petra.
- ¿Y el chico de tu escuadrón?
- Por favor, Nanaba, no me emparejes más con ese idiota – respondió algo avergonzada.
Hanji observó a ambas chicas y rió con gusto. Por fin su viejo amigo sería feliz. El lugar designado para la ceremonia fue la antigua y vieja casa del comandante. A esas alturas ya habrían terminado de limpiar. Seguramente Rivaille se habría encargado de que la casa quedase impoluta.
El salón principal de la casa era simplemente perfecto. Colocaron los muebles del comedor a un lado dejando espacio suficiente para todos los adultos.
En una esquina en un viejo piano, dónde la mitad de las teclas no sonaban, Rivaille tocaba aquella canción tan triste. Al fondo, el capitán Mike Zakarius oficiaba la ceremonia. Hanji permanecía al frente confortando a Petra que no dejaba de llorar.
Erwin llevaba una camisa blanca impoluta y una chaqueta azul marino. A juego con sus pantalones. Helenka vestía un traje blanco de lino que dejaba mostrar sus bonitas piernas. Como ramo, llevaba 4 flores agarradas con un pequeño lazo blanco. La boda fue rápida y concisa. Ambos se besaron y se pusieron sus anillos.
Todos estaban emocionados. Excepto los tres superiores que veían la escena satisfechos.
- Bueno, chicas, colocaos que tire el ramo – Helenka hizo un nudo para que las pocas flores no se soltasen al arrojarlas.
Las cuatro chicas se colocaron juntas. Hanji parecía aburrida por aquella ceremonia; en oposición, Petra se peleaba por colocarse la primera. La novia se dio la vuelta y se puso de espaldas a ellas. Hanji sintió la mirada de Rivaille que miraba la escena inquieto.
Se giró hacia él justo cuando el ramo dió en su cabeza y cayó en las manos de Nanaba. La chica de cabello rubio se puso nerviosa inmediatamente. Siendo confortada por todos los de la sala.
Sería un día que no podrían olvidar en mucho tiempo. Posiblemente el último de aquella vana y falsa felicidad espontánea.
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El sonido metálico la despertó. Se había quedado dormida en su mesa. El papeleo no dejaba de aumentar. Por muchas expediciones que hicieran nada resultaba más claro. ¿Cuántos años más tendrían que pasar para arañar siquiera la verdad?
Se frotó los ojos y levantó la vista hacia su superior. Que recogía los papeles de su mesa.
- No hace falta que te levantes. Aunque deberías acostarte en tu cama - el anillo que colgaba junto a su colgante era el causante de aquel ruido metálico.
- No importa. Anoche no descansé bien. Es mejor que me vaya - se levantó de su mesa y agarró el fajo de hojas bajo su brazo - Por cierto, hace tiempo que no la veo, ¿cómo está Helenka?
- Bien, aunque últimamente tiene muchas náuseas. El trabajo le agobia demasiado y termina agotada a diario. Espero que en la próxima expedición podamos darle menos cadáveres y heridos de los que encargarse.
- Yo también lo espero.
Era el año 845. Ninguno de ellos esperaba los acontecimientos que ocurrirían meses más tarde.
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Me siento malvada. Hemos conseguido llegar al año que yo quería llegar.
El terrible ataque del titán colosal. Quería tratar esta parte de la historia en mi fic. Espero que os haya gustado.
Ya hacía tiempo que quería tratar un poco la historia de Erwin. Porque es un personaje que idolatro mucho y más desde el capítulo 49 donde demostró ser todo un machote.
Nos vemos en el siguiente capítulo.
Au revoir!
