X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X—X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X—X

La puesta de sol es magnífica en este atardecer. El cielo vibra con los colores de un batido de fresa y arándanos con una capa de crema. Si me encontrara de un humor diferente, la imagen me llenaría de asombro y alegría. Tal como está la situación, el despliegue de arte contemporáneo por parte de los elementos fracasa rotundamente a la hora de levantarme el ánimo. Aunque es verdad que está consiguiendo que me sienta un tanto hambrienta.

He pospuesto mi regreso a casa hasta el último minuto, pero ya no puedo retrasarlo más. La visión del coche de Kiba junto a mi casa me sigue causando estupefacción y cuando abro la puerta de entrada la radio todo volumen y los silbidos de mi marido, que acompañan la melodía, asaltan mis sentidos. Llego hasta la cocina y arrojo las llaves del coche sobre la mesa, en medio de la cual se apilan varias bolsas de comestibles. No son la clase de artículos de oferta y al límite de caducidad que suelo adquirir, sino que se trata de productos de máxima calidad. Está claro que Kiba se ha acostumbrado a pagarse la gran vida durante su ausencia.

-¡Eh!- saluda mi marido, dándose la vuelta.

Esta planchando una pila de blusas de Mei. Ya ha acabado con un par de ellas, que ahora están dobladas y colocadas sobre el escurridero. Aun exhiben bastantes arrugas, lo que demuestra la falta de practica en esta tarea domestica por parte de Kiba; pero el hecho mismo de que lo intente me ha dejado atónita. Sus mejillas dejan ver el rubor provocado por el vapor y el esfuerzo.

-Debo de estar viendo un espejismo- digo yo.

-No te burles- responde Kiba entre risas- Ya te lo he dicho, he cambiado- Y señala las compras con la barbilla- He hecho un asalto al supermercado, pero pensaba que sería mejor dejar las cosas para que tú las coloques, así ves lo que he comprado. Además no me acuerdo donde hay que ponerlas-me lanza una mirada de disculpa.

-Muy bien- esto no puede estar pasando, ¿Kiba yendo al supermercado y planchando? – Voy a quitarme el abrigo y enseguida coloco todo.

-¿Te?- pregunta Kiba mientras yo sacudo mi cazadora de emergencia.

Agradecida, hago un gesto de afirmación. Necesito algo que me deshiele los huesos. Mi marido incluso se acuerda de apagar la plancha antes de pasar a la preparación del té, mientras yo hurgo entre las bolsas de compra. Da la impresión de que hay mayor cantidad de alcohol que de comida, pero en general, Kiba ha hecho un buen trabajo, por lo que no digo nada y empiezo a buscar hueco para los paquetes y latas.

-No te esperaba tan pronto- comenta Kiba mientras me entrega mi taza.

Intento esquivar su mirada.

-He tenido algunos problemas en el trabajo- respondo y me pongo a organizar una hilera de latas – He decidido que lo mejor era marcharme.

-¿Problemas? – La frente de Kiba se oscurece- ¿Quieres que me encargue de solucionarlos?

-No- le lanzo una mirada sarcástica- No quiero que soluciones nada. – Conozco muy bien la manera que tiene Kiba de solucionar las cosas- Dices que has cambiado ¿verdad?

-No quiero que nadie te cause problemas.

-Tu eres la raíz de todos mis problemas- replico yo, pero Kiba no llega a entender hasta qué punto estoy diciendo la verdad.

Se acerca a mí y me rodea la cintura con sus brazos. Intento no ponerme rígida.

-Ya no- dice el con voz monocorde- Aquellos días han terminado.

Mi expresión debe de dejar al descubierto cierta dosis de escepticismo, porque se inclina y me besa en la punta de la nariz.

-Te lo prometo- añade- Quiero que volvamos a hacer una familia.

-¿Por qué has vuelto ahora, después de tanto tiempo? – Pregunto.

-Porque te amo- responde Kiba.

Busca mis labios y me besa con pasión. Y yo albergo la esperanza de poder decir lo mismo, con el paso del tiempo.

XXXXXXXXXXXXXX-XXXXXXXXXXXXXXX-XXXXXXXXXXXXXXXXXXX-XXXXXXXXXXXXXXXXX-XXXXXXXXXXXXXXX-XXXXXXXXXXXXXXX-XXXXXXXXXXXXXXXX-XXXXXXXXXXXXXXXXXXX

Los montones y montones de documentos para la franquicia del concesionario se cumplimentaron con rapidez y relativa facilidad. Aun así, tuvieron que trascurrir 3 meses hasta conseguir el dinero del señor Jiraya y el del banco para la construcción del nuevo edificio. Luego pasaron otros tres meses para la aprobación de los planos por parte del departamento de urbanización. Aunque a mediados de verano cuando llegaron las excavadoras y empezaron a perforar, el terreno no estaba empapado de lluvia y el espléndido estado del tiempo permitió a los constructores tomarse la revancha. Pronto, una flamante gama de automóviles japoneses honraría con su presencia el patio delantero de la reforma.

Naruto se encontraba contemplando los cimientos del nuevo edificio y los elegantes muros de ladrillo gris, que ahora le llegaban a la altura de la cintura. Puede que todavía no llamara mucho la atención, pero acabaría por eclipsar la arcaica caseta prefabricada que se encontraba al lado. Una vez terminada, la sala de exposición sería un excelente ejemplo arquitectónico de acero y cristal. El terreno embarrado en el que ahora se encontraban los coches de segunda mano se convertiría, gracias al milagro del pavimentado en piedra, en una obra de arte donde se exhibirían filas y filas de brillantes vehículos de la marca Hivanti y Susuki. Los operarios bronceados y desnudos de cintura para arriba, se afanaban de un lado a otro de la estructura como si de un enjambre de abejas obreras se tratara. El señor Jiraya enfundado en un elegante traje negro de lino, sumaba un cigarrillo con el ansioso fervor propio de los japoneses. El nuevo socio de Naruto contemplaba las obras y soltaba gruñidos de aprobación mientras el sol del mediodía caya en ambos.

-Me gusta,

El señor Jiraya dio una palmada en la espalda de Naruto y luego señalo con amplio gesto de la mano la obra que tenía enfrente:

-Quedara estupendo- respondió Naruto con una nota de orgullo.

-Unos cuantos meses y te habrás convertido en un hombre diferente- comento su socio.

-Tienes razón.

Incluso a esas alturas, un destello de su proverbial sentido de la lealtad asalto a Naruto. ¿Quién proporcionaría a la población vehículos fiables, aunque fueran anticuados, ahora que el iba a dedicarse a la venta de vehículos mas lujosos?

El señor Jiraya consulto su reloj.

-Tengo que irme- anuncio.

Los dos se dieron la vuelta y se encaminaron hacia el reluciente Jaguar del japonés.

-Para ti será un cambio positivo, ya verás.

Y ya lo había sido. Durante los últimos seis meses se había encontrado mas ocupado que nunca, lo que en cierta manera conseguía que no todos sus pensamientos durante las horas que pasaba despierto estuvieran relacionados con Hinata. Aun asi las horas que pasaba dormido seguían suponiendo un problema, ya que constantemente soñaba con ella.

Estaban junto al coche del señor Jiraya.

-¿Hoy no contamos con la encantadora ayudante?

-No- respondió Naruto- Por desgracia, la encantadora ayudante ha emigrado a otras tierras. – Brindo una sonrisa serena a su socio.

-Es una lástima- respondió el Japonés de corta estatura- Era muy divertida y por no decir atractiva.

-Sí.

-Confiaba en que trabajara con nosotros en el concesionario.

-Yo también.

-Quiero que la sala de exposición tenga un toque de cordialidad femenina, que las mujeres jóvenes y modernas adquieran nuestros coches. Hinata habría resultado ideal para ese objetivo- El socio de Naruto le estrecho la mano con una leve inclinación de cabeza, se montó en su coche- Deberías llamarla- dijo- Y ofrecerle un empleo.

-Puede que lo haga- respondió Naruto.

Agito la mano mientras el señor Jiraya se alejaba en la distancia ronroneando suavemente y luego se dirigió con paso lento hacia la caseta prefabricada. Tal vez debería llamar a Hinata. Podía seguir la sugerencia de su socio y ofrecerle un trabajo. No tenía nada que perder.

Había tardado meses en volver a archivar los papeles en los ficheros correspondientes y la declaración de objetivos seguía acechando en el ordenador, por desgracia incompleta. Por otro lado, tal vez sería peor tener a Hinata trabajando a su lado día tras día, a sabiendas que se encontraba fuera de su alcance. Dicen que el tiempo lo cura todo pero quieres apoyaban semejante creencia popular no había sufrido heridas demasiado profundas. Naruto había seguido diferentes caminos a la hora de poner fin a su desconsuelo: grandes cantidades de alcohol, noches de juega con Sasuke, interminables horas en el negocio de vehículos incluso las clases de baile country con su madre, habían fracasado estrepitosamente. Seguía añorando a Hinata con la misma intensidad.

Si, decidió que la llamaría por teléfono, por simple cortesía nada más. ¿Qué tenía eso de malo? Mientras se dirigía a la oficina, un coche se detuvo y un hombre calvo con barriga y su escuálida mujer se bajaron del automóvil.

-¿Qué tal, amigo?- Saludo el recién llegado- Necesito un coche, por la señora. – Lanzo el pulgar en dirección a la mujer de aspecto un tanto agobiado.

Naruto contemplo la posibilidad de hacer un chiste acerca de no aceptar esposas como parte del pago, pero se lo pensó mejor. Aún no había superado el trauma de la golpiza que le habían propinado meses atrás y por lo que parecía su cliente no mostraba una actitud muy jovial y relajada.

-¿En que limite de precios está pensando?

El hombre se giró hacia un hilera de Opel Corsa de ocasión.

-Algo de ese estilo.

-Perfecto- dijo Naruto- Este de aquí va bien. ¿Quiere que lo saquemos a dar una vuelta?

La pareja asintió con entusiasmados gestos de cabeza.

-Voy por las llaves- dijo Naruto.

Mientras se dirigía a zancadas hacia la caseta prefabricada, cayó en cuenta de que había estado a punto de ponerse en ridículo con Hinata aun vez más.

X-X-X-X-X-X-XX-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-XX—X-X-XX—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X—XX—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X—X-X

Estoy tumbada boca abajo sobre la manta de picnic a cuadros y contemplo a Ryu y a Kiba mientras juegan al futbol. Mi hijo trata de agarrarse a la piernas de mi marido mientras este hace expertos pases con el balón.

-¡Quítamelo! ¡Quítamelo!- Grita Kiba para darle ánimos al tiempo que Ryu lanza chillidos de alegría y se pone frenético por momentos.

Mi chaqueta de lana y la de Mei han sido requisitas para delimitar la portería que mi hija se encuentra defendiendo en estos momentos.

-¡Tira! ¡Tira! – Grita Mei, aunque no tiene ni idea de lo que esta hablando. Su atracción por David Beckham es lo más cerca que ha llegado a la hora de valorar este deporte.

Agito mis pies descalzos en el aire y, con aire distraído, tiro del matojo de hierbas que tengo alado y selecciono una brizna que me pongo a mordisquear. Me rodean los restos del almuerzo campestre a medio comer, pero me encuentro incapaz de reunir la energía suficiente para recogerlos. Tengo que decidirme de una vez, porque lo que queda de comida empezara a estropearse por el calor.

Este ha sido otro largo y caluroso verano, de eso que contradicen al que dice el clima en la tele y mi familia y yo estamos sacando el máximo provecho. Los fines de semana desayunamos al sol de nuestro pequeño jardín, salimos de picnic con frecuencia y organizamos cenas a la luz de la luna, disfrutando asi de un breve ejemplo de estilo de vida mediterráneo. Tal vez la abundancia de aire libre y el ambiente de jovialidad que el buen estado del tiempo trae consigo sean las razones por las cuales a Kiba y a mi nos ha resultado relativamente fácil retomar nuestra relación. No nos habría ido tan bien si hubiéramos estado encerrados puertas adentro durante un largo y lluvioso invierno.

Contemplo como una de las coloridas barcas se desplaza por la fresca y verde superficie del Lago. Pintada de rojo brillante y adornada con las tradicionales y llamativas flores características de las vías navegables, su silueta se recorta en el intenso azul del cielo. Los sauces lloran y, con timidez, sumergen en el agua las delicadas puntas de sus hojas. Los pájaros lanzan sus cantos, la verdad es que el ambiente es de lo más idílico.

Kiba marca un gol y se lanza al suelo agitando los pies en el aire para celebrarlo. Los niños se arrojan encima de él y empiezan a apalearle hasta que se forma una maraña de piernas y brazos. Una vez más, me siento como una simple observadora, apartada de tan alegre escena. Tengo la sensación de estar flotando en lo alto, observando cuanto ocurre en torno a mí como si se tratara de una experiencia extracorpórea; me siento distanciada como si no estuviera del todo presente. Me pregunto cuando empezara todo esto a resultarme mal. Mi marido se libera de sus asaltantes, recoge a Ryu y lo trae hacia mí, Deposita al inquieto niño sobre la manta de picnic. Con renovado entusiasmo, mi hijo ataca las salchichas.

-Hola- dice Kiba, y se inclina a besarme los labios.

Tiene la cara enrojecida a causa del sol y de un exceso de cerveza. Respira con dificultad.

-Estoy agotado. Deberíamos haberle criado para que fueran más tranquilos.

Una vez más, me muero de ganas de corregir la versión que tiene de la vida, de decirle que no hemos sido nosotros dos quienes hemos criado a los niños, que he sido yo sola. Yo fui quien tuvo que luchar para sacarles adelante sin ayuda mientras él está ahí, haciendo quien sabe que, con quien sabe quién. Una vez dicho esto, Kiba ha sido el marido perfecto desde su regreso, bueno casi. Es como si se hubiera leído un libro sobre cómo convertirse en el cónyuge ideal y lo estuviera siguiendo al pie de la letra. Aun no puedo decidir si encaja o no con el papel, de modo que me callo el comentario y trato de pasar por alto el daño que me ha hecho. Pero no puedo evitar la sensación de que aún estamos pegados a la pared, evitando la pista de baile. Observo a mi marido mientras se tumba y se despereza encima de la manta. La danza de la cólera es muy potente, y sus pasos no se olvidan con facilidad.

Kiba me agarra de la mano.

-¿Contenta?- pregunta.

-Si- me obligo a esbozar una amplia sonrisa.

Da la impresión de que existe una pantalla de humo que oscurece la escena, que me empaña los ojos y me impide ver la verdad. Me pregunto si el proceso de ir despegando de una en una las capas de nuestro amor está dejando al descubierto el tejido áspero, inflexible y lleno de cicatrices que yace en el fondo.

He vuelto a adoptar el papel de esposa de Kiba y tengo el firme sentimiento de haber dado un paso atrás. Ahora no tengo empleo, porque a mi marido no le gusta. Me he batido en retirada sin protestar y he vuelto a ejercer de ama de casa y madre. Tampoco veo a Sakura con frecuencia, ya que ahora no tiene que cuidar de Ryu, asi que las obligatorias cargas y descargas diarias han desaparecido. Además, desde el principio de los tiempos, mi amiga y mi marido han sido acérrimos enemigos. Ella es capaz de calar a Kiba mucho mejor que yo, es decir, lo era. La verdad, todo resulta mas fácil si se mantienen apartados, de modo que Sakura últimamente no viene a verme a menudo, y la echo de menos. Añoro su carácter mandón, nuestras charlas de mujeres, su sentido bizarro del humor.

Al contemplar la escena familiar que tengo enfrente a mi – Kiba dando una cabezda, Ryu terminándose los restos del picnic, Mei persiguiendo mariposas en la orilla del canal entre los ranúnculos y las margaritas- me pregunto cuanto va a durar esta fachada. No estoy enamorada de Kiba como antes. No se me ilumina la cara al verlo. No sufro cuando no está conmigo. Pero ya que los momentos de éxtasis que solíamos tener se han vuelto inexistentes, puede que en el futuro tampoco se repitan los momentos de horror. Y prefiero no pensar en los momentos de horror que he pasado con Kiba. Por lo demás, llevamos una vida familiar bastante agradable. Tenemos relaciones sexuales, pero yo aún me siento como una muñeca de trapo cuando estoy con él y cabe mencionar que no quiero llamarlo hacer el amor, pues no amo a Kiba. En realidad se trata de un acto mecánico, y mi cuerpo se mantiene en estado de tensión que no puedo ignorar. Me freno y soy consciente de eso. Ya no lo puedo dar todo y sospecho que el lo sabe.

Trato de no pensar en Naruto con excesiva frecuencia, ni en lo que habría podido ocurrir entre nosotros. Kiba se pasa el día entero trabajando, aunque no se con exactitud de que. La construcción es un término muy amplio. El caso es que se pasa muchas horas en las obras y le pagan bien; acaso demasiado bien, aunque no tengo ánimos de indagar más a fondo. En parte porque no estoy segura de quererme enterar; con cierto nivel de ignorancia, puedo apartar mis recelos con más facilidad. Así que, en apariencia, todo es perfecto. ¿Qué más podría pedir?

Admito que algunas veces he estado a punto de coger el teléfono, solo para enterarme de cómo esta Naruto. Me dolió marcharme de aquella manera y … En fin, seria agradable volver a hablar con él. Sakura ha tenido que apartarse de Sasuke, y si mi amiga puede hacerlo, y también. Eso si, continúo sintiendo ligeras nauseas cuando me paro a reflexionar que esta va a ser mi vida en un futuro previsible. Mei, libre de preocupaciones da vueltas y vueltas sin parar. Ryu está limpiando sus pringosos dedos en su camisa. Espero que en los años venideros mis hijos sepan agradecerme la decisión que he tomado.

El cielo empieza a adquirir un tinte oscuro que resulta inquietante.

-Deberíamos irnos- comento.

Kiba abre los ojos y se reincorpora.

-Como quieras.

Hace calor y me duele la cabeza. Me parece escuchar un trueno. Creo que va a caer una tormenta. Mi marido me ayuda a recoger y cargamos las cosas al coche. Los niños protestan, no quieren volver a casa. Ryu se echa a llorar por que esta exhausto y caluroso, y albergo la esperanza de que no vomite por culpa de todas esas salchichas. Va a ser un infierno conseguir que se quede dormido en su sofocante habitación.

-Yo conduzco- digo.

No, conduciré yo- insiste Kiba.

-Has bebido demasiado.

No me hace el mas mínimo caso, se sube al volante y arranca el motor. Me coloco su lado y me aprieto las rodillas con las manos.

En silencio Kiba dirige el coche de camino a casa. En cuention de segundos, Ryu queda dormido en su sulla para niños y Mei tararea canciones de rap, cortesía de Eminem, en las que no faltan toda clase de blasfemias y palabrotas. Debido al calor que entra por la ventanilla y mi absoluto agotamiento, empiezo a sentir una agradable sensación de letargo y el arullo del coche hace que me quede dormida. De pronto Mei suelta un grito.

-¡Mira!- exclama.

Abro los ojos de golpe. Mi hija señala a través de la ventanilla.

-¡El tío Naruto!

Giro la cabeza y sigo la dirección de su dedo. Tiene razón. Estamos pasando por la tienda de coches y ahí, en medio del patio de exposición, esta Naruto con un cliente. Es la primer vez que paso por aquí desde que me marche sin previo aviso, porque siempre procuro buscar una alternativa para evitar esta situación. Me da un vuelco al corazón al verlo. Naruto está bronceado y se le ve con buen aspecto. Charla animadamente al tiempo que esboza esa característica sonrisa suya tan llena de bondad y sinceridad. Empiezo a sentir los golpes sordos en la cabeza y me noto las palmas de las manos frías y pegajosas.

Kiba aparta los ojos de la carretera y contempla la escena. Mei ha bajado la ventanilla.

-¡Tío Naruto!

-¡Mei, sube esa ventanilla ahora mismo!- digo yo con brusquedad.

Mi hija, cuya euforia acabo de cortar en seco, sube el cristal con aire huraño, tal como le he ordenado.

-Solo quería saludarlo- protesta.

El rostro de mi marido ha adquirido una expresión sombría.

-¿Quién es el tío Naruto?

-Es mi jefe. Bueno, lo era- me corrijo.

-¿Por qué le llama tío?

-Nos llevó a los niños y a mí a pasar un día en Londres- le explico- Hace mucho tiempo.

-Es adorable- suelta Mei. Podría estrangularla, aunque la pobre desconoce por completo su culpa.

-¿Ah sí?- Replica Kiba con voz tensa.

-Es un hombre muy amable- tercio yo- Se portó bien con nosotros en los malos momentos.

-¿Algo más?

Kiba atenaza con las manos el volante hasta que los nudillos le empalidecen. Igual que mi cara.

Me humedezco los labios, nerviosa.

-No.

Dejamos atrás la tienda de coches y resisto la tentación de volver la cabeza atrás. Mei carece de semejantes escrúpulos y se queda mirando a Naruto hasta que desaparece en la lejanía. Por lo que se ve, mi hija también echa de menos a Naruto, lo cual me entristece en mayor medida.

Tengo las manos cerradas en un puño. Mientras evito dirigir mi vista a Kiba, mis viejos temores regresa. Cuando amas a una persona, no deberías vivir en constante temor por su culpa. Cuando amas a una persona, no deberías pasar la vida caminando de puntitas para evitar sus impredecibles cambios de humor. Acabo de vislumbrar al antiguo Kiba y me da la impresión de que el volcán dormido empieza a activarse una vez más. Me pregunto cuanto tardara en producirse una autentica erupción.

Todo rastro de sonrisa se ha esfumado de su semblante. De pronto el sol se oculta tras una nube oscura, amenazante. Parece que el buen tiempo ha llegado a su fin.

X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X—X-X-X

-Te he organizado una cita- dijo Sasuke.

-No, no y no.

-Sí, si y si- Sasuke dio un trago a su botella de cerveza.- Una cita a ciegas.

-Por descontado, ella tendría que estar ciega para salir conmigo.

-La gran Tayuya es una mujer encantadora. Justo de las que te van.

-¿La gran Tayuya?

Con las manos, Sasuke reprodujo la parte de la anatomía de Tayuya que destacaba por su gran tamaño. No daba la impresión de que fuera el cerebro.

-Es una de las que has desechado ¿verdad?

Sasuke evito mirarle a los ojos.

-La he probado antes de ofrecértela, si te refieres a eso.

-Venga ya, teme- protesto Naruto.- Ya tengo bastante con los coches usados. No quiero novias de segunda mano.

-¿Te han dicho alguna vez que eres muy exigente?

Se encontraban en All Bar, un establecimiento situado en el bulevar. El ambiente era tranquilo, aun no se había producido la aglomeración habitual de última hora de la tarde, pero tal circunstancia no impedía que Sasuke pasara minuciosas revista a las escasas mujeres que por allí merodeaban. Naruto pensó que le gustaría ser como su amigo, y sin más problemas, volver a poner su atención sobre alguna otra mujer; pero ellos eran como el día y la noche. Aunque por otra parte, tampoco estaba seguro de que Sasuke lo hubiera hecho, pero si se le daba mejor que a el disimular si tristeza.

-Nos reuniremos con ellas en el CINCUENTA POR CIENTO.

-No- respondió Naruto.

-Sí, es la alternativa a la clase de baile de tu madre y sus septuagenarias amigas, esas que van vestidas con los colores de la bandera norteamericana.

Naruto no necesitaba una cita a ciegas. Lo que le hacía falta era alguien con quien hablar. Una persona que le devolviera su magullada autoestima. Ser abandonado por dos mujeres en el mismo año era más de lo que cualquier hombre podía soportar. Pero sus amigos, Sasuke entre ellos, eran un desastre a la hora de ofrecer consuelo. Naruto había albergado la esperanza de que, ahora que los dos habían sido rechazados por las mujeres que amaban, encontrarían un terreno común para las conversaciones relativas a lo emocional, pero no había sido el caso. Si le hubiera confesado a Sasuke que de vez en cuando mantenía pensamientos de suicidio, que estamparse contra un árbol a toda velocidad parecía en ocasiones una idea atractiva, su amigo habría chasqueado la lengua en señal de apoyo y hubiera dicho:

-¡Mujeres! Por cierto, ¿me toca a mí esta ronda?

Tal vez esa clase de conversaciones podían perjudicar a Sasuke, pero Naruto deseaba hablar de Hinata, sentía la necesidad de hablar de ella. Necesitaba saber que el mismo no era un fracasado total y que algún día, preferiblemente antes de perder el cabello y los dientes, encontraría a otra persona que lo amara. Deseaba compartir sus inseguridades y sus penas con su mejor amigo. En cambio, Sasuke le había concertado una cita con la gran Tayuya.

A las mujeres les resultaba más fácil. En el momento en que algo sale mal en una relación, legiones de amigas se planta a su puerta pertrechadas con pañuelos de papel, helado, botellas de vodka, películas de DVD o series protagonizadas con Orlando Bloom, Tom Welling o Chris hemswort y cajas de chocolates. Se ponen a soltar frases del estilo "Mejor para ti, el imbécil ese no valía la pena" y luego diseccionan maliciosamente hasta el más mínimo fallo de la técnica sexual del individuo. Siempre que se produce una crisis, una docena de amistades se encuentran a la distancia de un mensaje de texto dispuestas a ofrecer una solidaridad totalmente parcial. Si todo eso falla, existen una docena de revistas a la que las mujeres pueden recurrir, las cuales ofrecen páginas y más páginas de consuelo por parte de sus congéneres. En el caso de los hombres, el tema es bien distinto. Si te abandonan, te quemas más solo que nunca. Y aun así todo el mundo, en particular otras mujeres, espera de ti que te encojas de hombros y te dirijas al bar más cercano con paso alegre para escoger a tu siguiente víctima. Naruto volvió la vista a Sasuke, que estaba haciendo eso mismo. Suspiro.

-Venga- dijo Sasuke mientras se acababa de un trago su cerveza- No hagamos esperar a las chicas.

-Quiero que sepas que actuó bajo la más absoluta negación.

El bar empezó a llenarse de mujeres escasas de ropa y e hombres bien arreglados, dispuestos sin duda a pasar un buen rato. Sasuke y el encajaban en el perfil. Naruto no soportaba salir de caza, siempre le había parecido una experiencia humillante. Incluso cuando tenía suerte, no era de la clase de hombres capaz de meterse en la cama con una mujer sin más preámbulos, si bien parecía ser lo normal en los días actuales. Si eso era lo que esperaba de ahora en adelante, tendría que empezar a prestar atención a las uñas de los pies y los pelos de la nariz, dejar de comer los postres de su madre y acudir al gimnasio con mas frecuencia. La idea de quedarse desnudo ante una desconocida le aterrorizaba y es que estaba pasando por una especie de entumecimiento sexual. Si no podía ser con Hinata, el sexo no le interesaba.

-No pienso volver a casa con ninguna mujer. Declaro Naruto con firmeza mientras seguía a su amigo a la salida del bar. –Quiero dejarlo claro desde el principio.

Sasuke le guiño un ojo.

-Cuando la gran Tayuya se haga cargo de ti, puede que no tengas elección.

Las septuagenarias amigas de su madre vestidas con flecos propios del oeste norteamericano se le iban antojando más atractivas que terminar en esa situación.

X-X-X-X-X-X-X—X—X-X-X-X-XX—X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-XXX-X-X-X-X-XX-X—X-X-X-X-X-X-X

Ryu lleva horas fuera de combate. Entro en su habitación para verle y compruebo que duerme plácidamente. Me pregunto cuando ha sido la última vez que yo he disfrutado de un sueño tan apacible. Le acaricio el cabello, del mismo tono que el mío, tan sedoso, y le planto un beso en su frente. Se retuerce y empuja hacia adentro el pulgar que ya tiene en la boca. Aunque solo lleva puesto un pañal, las mejillas le arden por culpa del calor y abrió más la ventana para que entre el aire nocturno. No corre una gota de brisa, pero no parece que le afecte en absoluto.

En el dormitorio de Mei do la escena es bien distinta. Esta nerviosa y agitada. Ha tirado al suelo el edredón, así como al repulsivo Doggy, y se revuelve en la cama jadeando y soltando resoplidos. Recojo el edredón, lo doblo cuidadosamente y coloco el peluche en lo alto.

-¿Qué hace Doggy aquí?

-Pensaba que a lo mejor se sentía solo.

Me siento junto a mi hija.

-¿Va todo bien?

-Tengo mucho calor.

El flequillo de Mei esta empapado y se le pega a la frente. Las ventanas de la habitación permanecen abiertas de par en par. Se escucha un ligero zumbido de tráfico que proviene de la carretera que se encuentra a corta distancia de la casa. Ahí afuera, en algún lugar al otro extremo de la cuidad, Naruto sigue adelante con su vida.

-Puede que haya tormenta- le explico.

-Genial- responde Mei, aunque sé que se está haciendo la fuerte por que las tormentas la asustan, como a mí de pequeña.

Ahora entiendo por qué se ha traído a Doggy del cuarto de su hermano y me doy cuenta que sigue siendo mi niña pequeña, a pesar de lo mucho que se esfuerza por demostrar lo contrario. Ahora, a mis años, se que la vida esconde mucho más terror que el que puede provocar una simple, pero aparatoso choque de nubes.

-Tranquilízate e intenta dormir- le aconsejo- Si dejas de moverte, no tendrás tanto calor.

Apago la lámpara de la mesita de noche.

-Mama- dice Mei en la oscuridad- ¿Volveremos a ver al tío Naruto alguna vez?

Se me contrae la garganta y el corazón se me rompe.

-No lo creo.

-¿Por qué?- Pregunta ella- Era bueno. Y divertido. Me caía muy bien.

-A mí también- le confieso con voz baja.

-¿Es una de esas situaciones complicadas de las personas adultas?

-Si- respondo- Muy complicada.

-A veces pienso que no quiero hacerme mayor – Susurra Mei.

-A veces yo tampoco quiero que crezcas.

Beso a mi hija en la mejilla. Albergo la esperanza de que disfrute de una vida más sencilla que la mía, de que encuentre un hombre maravilloso que la ame y la cuide, y de que su experiencia en el amor esté libre de dolor y sufrimiento. Espero que sepa amar como es debido, y no de forma imprudente. Y cuando sea mayor, confió en poder hablar con ella de estos asuntos y evitar que cometa los mismos errores absurdos que cometió su madre. Suspiro profundamente y le doy otro beso antes de marcharme.

Cuando abro la puerta de mi dormitorio veo que Kiba se pasa nervioso de un lado a otro. No ha dejado de beber desde que regresamos a casa después del picnic y tiene un aspecto terrible.

-Creí que ya te habías metido a la cama- digo yo.

-¿Qué pasa con ese tal Naruto?

-Nada.

La ansiedad me produce un nudo en el estómago. La cólera ensombrece el rostro de Kiba. Es una expresión que reconozco al instante. Atravieso la habitación hasta la cómoda y abro un cajón para sacar una camisa limpia para dormir.

-Es un hombre agradable- continuo con voz tranquila, aunque los dedos me tiemblan – Se portó muy bien con los niños.

-Con mis niños, querrás decir- La voz de Kiba denota un tono de amenaza.

-Solo son tuyos cuando te conviene- replico mirándolo por encima del hombro.

Acabo de cometer un error.

Kiba cruza la habitación a la velocidad de un rayo. Me empuja hacia un lado, agarra el cajón de la cómoda y lo arroja sobre la cama, provocando que las prendas que contiene se esparzan sobre el edredón. Y como no, la tanga de marabú que compre en el sex shop aterriza en primer plano. Las absurdas plumas resaltan como un faro en plena noche; resultan de dudoso, gusto en comparación con mi colección de bragas desgastadas y más propias de una abuela.

Kiba recoge la tanga y lo agita entre los dedos.

-¿Te compraste esto para Naruto?

-No seas ridículo.

Debería recordar que cuando Kiba se encuentra en ese estado es mejor no contrariarle. Lo más sensato es permanecer inmóvil, en silencio, y prepararse para lo que está por venir. Pero como lleva meses haciéndose pasar por el esposo perfecto, he bajado la guardia.

Al instante se lanza contra mí y de un golpe me arroja hacia la pared. Sitúa su rostro, contorsionado y horrendo, a escasos centímetros del mío.

-¿Ridículo yo? – Pregunta a gritos mientras me restriega con brusquedad la tanga por la cara. Noto que me araña la mejilla y me hace un corte en la piel. - ¿HA ESTADO FOLLANDOTE EL TIO ESE?

-No.

El marido que tan bien conozco aprieta el cuerpo violentamente contra mis costillas. El dolor me resulta insoportable. Me agarra del cabello y tira de el con todas sus fuerzas. Me arranca varios mechones.

-¡DIMELO!

-No tengo nada que decirte- Mi voz suena temblorosa y acobardada.

¿Cómo he podido pensar que este animal había cambiado? La última vez me jure que jamás permitiría que volviera a intimidarme y sin embargo, aquí estoy, de nuevo en una situación que se ha venido repitiendo una y otra vez, como una pesadilla recurrente.

Hago acopio de todas mis fuerzas y le propino un rodillazo en los testículos. No sé si será porque he acertado en el blando o porque es la primera vez que respondo a sus agresiones, pero una expresión de sorpresa le recorre la cara. Baja las manos para protegerse y aprovecho la oportunidad para apartarlo de un empujón. En el instante mismo en que intento alejarme, Kiba se recupera, me agarra del brazo y me empieza a zarandear como a una muñeca de trapo. Aterrizo en el suelo con un golpe sordo. De inmediato se coloca encima de mí. Me inmoviliza contra el suelo y me aplasta con su peso.

-¿Crees que puedes engañarme?- espeta, lanzándome saliva a la cara.

Me rodea el cuello con las manos y luego me asesta un fuerte puñetazo que me desplaza la cabeza a un lado. Vuelve a apretarme la garganta y trato de gritar, pero solo me sale una especie de gorgoteo. Va a estrangularme y no puedo impedírselo. Antes mis ojos flotan luces rojas y negras y tengo la impresión de que los tímpanos me van a estallar.

De pronto escucho a Mei.

-¡Mama!- Grita.

-¡Lárgate!- Gruñe Kiba, y oigo un golpe.

-¡Suéltala!¡Suéltala!

Mi hija emite alardidos histéricos y Kiba me suelta la garganta. La oscuridad se desvanece y veo que Mei golpea con todas sus fuerzas a Doggy contra Kiba mientras este trata de apartarla a un lado.

-¡Deja a mi madre!- Grita ella.

Me incorporo del suelo. Apenas me quedan fuerzas, como si me hubieran machacado el cuerpo entero.

-¡Mei!- trato de gritar, pero solo consigo emitir un graznido.

Aun así, mi hija me escucha y sale disparada hacia mí, se arroja contra mi cuerpo a toda velocidad y me rodea con sus brazos. Está llorando, la acuno mientras la abrazo.

-Tranquila cariño.

Kiba se tambalea; su cólera ha pasado. Le miro y solo soy capaz de sentir odio hacia él. Se encamina hacia la puerta.

-Volveré- me advierte.

Mei se da la media vuelta y me mira. Nunca, jamás quiero volver a ver esa expresión de terror en los ojos de mi hija. Seguimos abrazadas mientras Kiba baja las escaleras y ambas damos un respingo cuando oímos que la puerta principal se cierra de golpe.

-Ya ha pasado- digo con tono tranquilizador, pero en mi fuero interno sé que no es verdad.

Nada cambiara hasta que logre expulsar para siempre a ese hombre de nuestras vidas. La garganta me quema y apenas consigo articular palabra.

-Ya ha pasado.

A Doggy le falta la cabeza. El relleno de peluche se derrama por una infinidad de agujeros y al recoger su cuerpo destrozado me parte el alma. Pues yo misma me reflejo en él.

-No te preocupes, mama- dice mi hija con voz temblorosa – Conseguirás arreglarlo. Podrás hacer que todo vaya mejor.

-Tenlo por seguro, cariño- le respondo- Doggy se pondrá bien- Acaricio el cabello de mi hija, que empapado, se le aplasta contra la cabeza -, Igual que nosotras, te lo prometo.

-No dejes que vuelva papa – Suplica Mei entre lágrimas – No me gusta. Me da miedo.

Aprieto a mi hija contra el pecho. A mí también me da miedo Kiba. Por última vez, el castillo de naipes en que consiste mi vida se derrumba.

X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X-X—X-X-X-X-X

¡Hola! :D ¿Cómo están? Yo esto definitivamente en modo zombie. x_x

Es normal, pues no he dormido bien lo últimos 3 dias, y acabo de enterarme de mi horario de exámenes finales y entrega de proyectos, mañana tengo prueba, el viernes, el próximo lunes, martes y jueves y finalmente el viernes. Así que como podrán notar, tengo esta y la próxima semana llenas con unas deliciosas pruebas y proyectos, eso sin mencionar que trabajo los fines de semana. ¡La vida universitaria es tan cruel y despiadada! Por eso decidí adelantar y subir el capítulo 13. ¡Realmente me gusto como me quedo! Espero que también a ustedes

En fin, me voy a dormir un rato porque tengo que estudiar u_u . Gracias por comprender y su apoyo. ¡Los quiero! 3

¡Nos leemos pronto!