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Lejos de todo y de todos
Se dio la vuelta, sin siquiera pasar a través del retrato, y se apresuró a volver a la Sala de los Menesteres. No lo entendía, había hecho lo mismo que cuando abandonó 1995, o al menos eso era lo que él creía, ¿por qué entonces seguía atrapado en esa época?
Caminaba de manera tan apresurada que podría llamar la atención de Filch, la Señora Norris o medio Hogwarts, pero le daba igual. Tenía que largarse de allí ya.
Justo cuando se encontraba en el pasillo del séptimo piso, a apenas unos pasos de la entrada a la Sala, alguien le detuvo.
―¡Te pillé! ―Filch había aparecido por detrás, agarrando el hombro de su túnica con una mano.
―¡Suélteme! ―gritó Harry.
―Ah, no, Potter, esta vez no te escapas. Esta vez te he pillado con las manos en la masa.
¿Cómo sabía que era él? Entonces recordó que ya había un Potter en esta época, su padre. Lo cierto es que casi parecían dos gotas de agua, era necesario verles mejor para apreciar las diferencias.
―No lo entiendo, yo no soy James Potter ―se defendió el muchacho.
―Claro, claro, Potter, ¿esperas que me lo crea? Un momento ―el celador analizó mejor al joven que seguía agarrando con una mano, tan fuerte que esta parecía una tenaza. Acercó su farol encendido a la cara de Harry y la examinó ―. Es cierto que no eres Potter, aunque te pareces muchísimo a él. ¿Eres familiar suyo? ―Harry negó con la cabeza ―. Aún así, chico, te he pillado fuera de tu Sala Común en mitad de la noche. Eso, como mínimo, se merece un castigo.
―Señor Filch, ¿qué está ocurriendo aquí?
Nunca Harry se había alegrado tanto como ahora de ver a la profesora McGonagall, aunque estuviese ataviada con su camisón para dormir y su bata de tela escocesa a cuadros. Llevaba un candil con una vela encendida. Y, por supuesto, era más joven que la McGonagall que él recordaba.
―Profesora, he encontrado a este alumno levantado a deshoras.
La mujer miró de arriba abajo al muchacho, como si lo analizase con su penetrante mirada. Finalmente, miró al celador y habló.
―Gracias, Argus, puedo ocuparme yo.
―Pero… profesora ―protestó el hombre ―. Es mi deber castigarle.
―Y mi deber, como Jefa de la Casa Gryffindor, pues imagino que habrá usted visto la insignia que luce en su pecho. Es mi deber, por tanto, imponerle un castigo. Le sugiero que vuelva a su ronda nocturna, señor Filch.
El celador refunfuñó pero no se atrevió a replicar a la mujer. Era su deber obedecer a los profesores.
Una vez Filch se perdió al final del pasillo, se quedaron solos.
―Gracias ―alcanzó a decir Harry.
Sin embargo, la subdirectora sacó su varita y le apuntó.
―Yo no daría las gracias tan rápido. ¿Cómo conseguiste la muestra de ese alumno?
―¿Muestra? ―Harry no entendía nada.
La profesora caminaba hacia él, por lo que Harry comenzó a retroceder.
―Un pelo, una uña… Piel. A los mortífagos os encanta eso. ¿A qué alumno se la has quitado? No hace falta ser muy inteligente para saber que se trata de James Potter. Aunque parece que la poción multijugos no te ha salido lo suficientemente bien, ¿no crees?
―¿Poción multijugos? Profesora, se equivoca, yo no he utilizado poción alguna. Si me deja explicarlo…
―Rostrum revelio ―soltó la profesora, pero el hechizo no hizo nada ―. Algo debe ir mal.
―Profesora, no soy un mortífago.
―Sigues siendo un infiltrado en el castillo ―agitó su varita y Harry sintió como si una gran ráfaga invisible le arrastrase hacia atrás, haciéndole volar por todo el castillo hasta salir despedido por una ventana hasta el Lago. Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, pues cayó fuertemente sobre el agua.
En cuanto salió a la superficie, miró hacia el Castillo. A pesar de estar tan oscuro, pudo reconocer la silueta de la profesora a través de la ventana por la que había salido volando. Decidió alejarse lo máximo posible y, una vez en tierra firme, corrió hacia el Bosque Prohibido.
Una vez allí, para empezar, necesitaba poner en orden sus pensamientos. Por alguna extraña razón, había viajado hasta la época de sus padres. Dado que su padre, Sirius, Remus y Colagusano dormían en una habitación de quinto año, dedujo que debía estar en algún momento de 1976. Faltaban dos años para que sus padres acabasen la escuela, y cinco para que Voldemort les asesinase y tratase de hacer lo mismo con él.
Su cabeza era un auténtico torbellino de sensaciones, siendo la principal la idea de que había viajado tan al pasado. Por su mente volaron montones de posibilidades acerca de lo que tenía entre manos, pero inmediatamente se materializó con fuerza la cara de Hermione y su advertencia capital en este tema: No se puede alterar el pasado. Cualquier cambio, por mínimo que fuese, haría peligrar su futuro y cambiarlo de tal forma que hasta fuese irreconocible para él.
No, debía hallar la manera de regresar al Castillo y a la Sala de los Menesteres y volver a intentarlo, intentar regresar a 1995.
―¿Está segura, profesora?
De repente, oyó una voz que le resultó familiar. Hagrid.
―Sí, Hagrid, le vi correr hasta el Bosque. Debemos buscarle, ahora que todavía debe seguir cerca, o de lo contrario se internará más y más y será imposible encontrarle. Porque estoy segura de que volverá al Castillo.
―Muy bien, profesora.
Mierda, debía haber seguido andando en vez de pararse a pensar en su desdicha. Además, la profesora iba con Hagrid, a quien había convencido de que un espía se había infiltrado en Hogwarts.
Lentamente, echó a correr, pero Hagrid conocía al dedillo el Bosque. Pronto se percató de su presencia.
―¡Allí!
Disparó su ballesta. ¡Le estaba disparando! Ni siquiera preguntaba primero y disparaba después, sino que directamente prefería liquidar al supuesto mortífago.
De nuevo, aquella ráfaga que le levantó por los aires. Pero esta vez no iba al Lago, sino a los límites de Hogwarts. Cayó fuertemente contra el suelo y vio cómo las grandes puertas de hierro forjado se cerraban. Notó cómo el ambiente se alteraba y agitaba brevemente. Las defensas alrededor de los terrenos se debían de haber reforzado.
―Dumbledore…
Ni siquiera el director creía posible que no fuese un espía quien había entrado en la escuela.
¿Y ahora, qué?
Se levantó a duras penas y miró alrededor. No estaba lejos de Hogsmeade, así que caminó hasta allí. Una vez en el pueblo, dedujo que no sería buena idea entrar en las Tres Escobas, así que se fue al Cabeza de Puerco. Una vez allí, vio que el viejo Aberforth no era tan viejo. Se sentó en una mesa, sin saber muy bien qué hacer.
―Buenas noches. Un poco tarde para un alumno el pasearse por Hogsmeade. Ni siquiera es día de visita ―Aberforth se había acercado a él ―. ¿Quién eres?
Harry meditó un momento su respuesta. Si hubiese sido un espía, se imaginaba que Aberforth le habría echado a patadas nada más entrar, sin necesidad de hechizos ni demás parafernalia. Y, sin embargo, estaba ahí, por lo que el tabernero debía seguir creyendo que era un alumno.
―Me he escapado.
El hombre le miró un momento sin entender.
―Hogwarts es el lugar más seguro en este mundo, ¿por qué alguien querría marcharse de allí?
―Tengo mis motivos.
El tabernero se encogió de hombros y le sirvió una copa con un líquido entre dorado y anaranjado.
―Bebe, te reconfortará ―pero Harry no bebió ―. Es hidromiel, chico. No voy a envenenarte.
Harry bebió un sorbo y, después, largos tragos. Ciertamente, le reconfortaba.
―Gracias.
―¿Ya sabes lo que vas a hacer? ―Harry no entendió ―. Chico, te acabas de fugar de Hogwarts. ¿Tienes algún plan acerca de cómo vas a sobrevivir a partir de ahora?
―Oh… No, lo cierto es que no. No lo había pensado.
―Esta juventud… Mira, tengo unos amigos en Londres. Son un grupo secreto, pero son buena gente. No les importará acoger a un desamparado hasta que este pueda valerse por sí mismo. Si te interesa, puedes tomar ahora mismo la Red Flu hasta su cuartel general.
Siempre era mejor que quedarse allí, o salir fuera sin rumbo fijo.
―Claro. Muchas gracias.
Aberforth caminó hasta la chimenea encendida y echó unos polvos grises. Dijo el nombre de un lugar, pero Harry no lo percibió. Acto seguido, el tabernero se volvió y le miró.
―¿Listo?
Harry asintió y caminó hasta la chimenea.
―Gracias por todo ―dijo antes de disponerse a entrar.
―Me llamo Aberforth. ¿Y tú?
Harry miró al hombre, al que apenas había visto alguna vez en su vida. Le resultaba tremendamente familiar.
―Harry. Me llamo Harry.
―Entonces… Buena suerte, Harry.
El joven entró en la chimenea y, tras cruzar el torbellino de chimeneas, cayó sobre un duro suelo.
―Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Aberforth acaba de avisar de tu llegada. De hecho, su patronus se acaba de desvanecer. Esa cabra siempre me hará gracia ―se rio por lo bajo.
Harry alzó la mirada. Ante él había una mujer de estatura mediana, con el pelo castaño con forma de media melena, totalmente liso. Su nariz respingona se agitaba cuando sonreía, y sus ojos eran negros como la noche. Vestía sencillos ropajes, pero no eran de estar por casa, sino que se parecían los de una persona aventurera.
―Ho-Hola ―alcanzó a decir.
―Hola, hola, desconocido. ¿Cómo te llamas?
―Soy Harry.
Sonrió de nuevo, como si todo aquello, o todo en la vida, le hiciese gracia.
―Muy bien, Harry, ya me dirás tu apellido cuando te sientas más cómodo aquí. Yo soy Dorcas Meadowes, y estás en el cuartel general de la Orden del Fénix. Bienvenido. Siéntete como en casa.
Harry miró alrededor. Aquello no era Grimmauld Place, era otro sitio. Pero sí, tenía toda la pinta de ser un lugar de reuniones de un grupo secreto con la misión de detener las acciones de Lord Voldemort.
Bueno, siempre era mejor que nada, ¿no?
