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Mentiras

Harry caminaba por las estancias del cuartel general de la Orden del Fénix mientras seguía a Dorcas Meadowes, que describía cada uno de los lugares a los que iban. Aquello le resultaba tan familiar y a la vez tan extraño. Era la Orden de su tiempo y a la vez no lo era. Aunque apenas estuvo unos días en Grimmauld Place, estuvo lo suficiente para imbuirse de aquel espíritu de resistencia, de lucha. Y aquí se respiraba lo mismo, aunque Harry era consciente de una cosa: otras eran las personas que luchaban aquí. Y pronto se les unirían más, entre ellas sus padres.

Y luego estaba Dorcas, que a Harry le recordaba fugazmente a Tonks, en su manera de caminar tan torpe, que casi parecía que se iba a chocar con cualquier cosa. En su forma de hablar, tan alegre, y en su forma de ser, tan vivaracha. A veces se preguntaba si aquella chica sabía realmente dónde se encontraba y lo que allí se hacía.

―Y hasta aquí la visita. ¿Tienes alguna duda?

Harry se quedó mirando a Dorcas, confundido.

―Esto… No, me ha quedado todo claro, gracias.

Dorcas sonrió. De repente, un hombre apareció por una puerta. Vestía ropas similares a las de Dorcas y tenía el pelo corto castaño y una barba poblada.

―Dorcas, ¿quién es?

―Ah, hola, Caradoc. Este es Caradoc Dearborn. Te presento a Harry, nos lo ha mandado Aberforth.

―¿Y le dejas pasearse sin más por el cuartel? ¿Se puede saber en qué estás pensando?

Dorcas bufó, pero Harry sabía que el tal Caradoc tenía razón. Con una guerra de por medio, no se podía confiar en nadie, menos en las personas recién llegadas.

―¿No crees que Aberforth ya se habrá preocupado de eso, Caradoc? ―preguntó Dorcas con ironía.

―¿Y vas a confiar en ese tabernero borracho, Dorcas? ―Caradoc Dearborn sacó su varita y apuntó a Harry ―. ¿Quién eres? Tu nombre completo.

―Harry… Granger. Harry Granger ―confiaba en que un apellido tan muggle como el de Hermione le ayudase a pasar mejor desapercibido.

―Está bien, Harry Granger, veo que tienes puesto un uniforme de la escuela… ¿Por qué no estás allí?

―Porque me he escapado.

Dorcas y Caradoc se miraron un momento, sin entender nada.

―¿Por qué querrías escapar de Hogwarts? Es el… mejor lugar de la Tierra ―sólo Dorcas podría decir algo así.

―Yo… tengo mis razones. Razones personales que me impedían seguir en la escuela. Por eso me fui.

Miraron a Harry un momento, pero no dijeron nada más. Caradoc bajó su varita y la guardó.

―Está bien, puedes quedarte por un tiempo. Después… Ya verás lo que haces.

―¿No puedo quedarme? ―soltó Harry.

Caradoc se le quedó mirando. Dorcas se puso al lado de Harry.

―Por supuesto que puede quedarse. Y puede unirse a nosotros si así lo desea.

Caradoc pasó la mirada de uno a la otra.

―¿Formar parte de la Orden del Fénix? Dorcas, mírale, aún es menor de edad. Dumbledore no permitirá jamás que menores de edad formen parte de las filas de este grupo. Puede quedarse, si no tiene a dónde ir, pero deberá permanecer ajeno a nuestras reuniones. Y ahora, si me disculpas, quiero ir a descansar.

―¡Recuerda que esta noche hay reunión! ―gritó Dorcas cuando Caradoc se estaba ya perdiendo de vista. Este alzó un brazo en señal de que había captado el mensaje y desapareció ―. En fin, ¿tienes hambre?

―Pues… sí, la verdad. Pero antes me gustaría cambiarme de ropa, ¿es posible? No quisiera que siguiesen identificándome como alumno de la escuela.

―Claro, tenemos un ropero con prendas viejas que ya no utilizamos, o que empleamos en misiones de incógnito. Sígueme.

Al rato, entraban en una cocina. Harry iba ya ataviado con ropa muggle sencilla y discreta. Su uniforme de 1995 se había quedado en el armario ropero, pensando que no iba a necesitarlo más en esta época.

Miró a su alrededor. La cocina le recordaba mucho a la de Grimmauld Place, toda de piedra, con una larga mesa de madera en el centro. Dorcas agitó su varita y el instrumental de cocina se puso a trabajar solo. El horno se encendió, un cuchillo pelaba patatas, otro cortaba cebollas… Pronto Harry se despreocupó del tema de la comida y centró su atención en Dorcas. Era demasiado joven como para pertenecer a la Orden, se preguntaba cuánto hacía que dejó Hogwarts.

―¿Qué pasa? ―quiso saber ella.

―Es que… me pareces demasiado joven como para estar aquí.

La joven bajó la mirada y sonrió.

―Dejé Hogwarts el año pasado.

A Harry casi no le sorprendió. Sus padres también se unieron a la Orden al poco de acabar la escuela. Se imaginó que la media de edad era bastante baja.

―Vaya. ¿Y Caradoc?

―Él lleva más tiempo. Tres años.

La comida pronto estuvo lista y picaron algo.

―¿Esta noche tenéis una reunión?

Dorcas removía su comida sin mucho apetito.

―Sí, pero no creo que puedas asistir. Son reuniones privadas. Muchas veces acogemos a refugiados, a gente que ha de esconderse, o a veces que tenemos que protegerles. Pero nunca pueden asistir a las reuniones, a menos que sea necesario su testimonio. Esta noche, el hombre que nos dirige vendrá a vernos.

―¿El hombre que os dirige? ¿Dumbledore?

Dorcas asintió con la cabeza mientras apartaba su plato. Este, mágicamente, voló hasta el fregadero.

―Él es nuestro benefactor, quien nos guía. Él parece saberlo todo y de todos. Nunca dejará de sorprenderme.

Ya, y Harry tampoco, pero eso era algo que Dorcas no tenía que saber. No esperaba unirse a la Orden tan pronto, prácticamente ni tenía pensamiento de ello, lo único que quería era averiguar la forma de regresar a su tiempo, pero la única forma posible, aparte de aparentemente imposible, se había blindado aún más. Ahora era casi imposible entrar en Hogwarts.

―Creo que voy a ir a descansar un poco. Gracias por la ropa, la comida… Por todo ―confesó Harry.

―No hay de qué. Hay habitaciones libres en el piso de arriba, descansa. Esta noche tendremos la reunión, esperamos no hacer mucho ruido.

―No os preocupéis ―sonrió y salió de la cocina.

Subió las escaleras hasta el primer piso y eligió una de las habitaciones del final del pasillo al azar. Era un pequeño cubículo, pero cálido y confortable. Se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos, tratando de dilucidar cómo iba a entrar en Hogwarts y llegar hasta la Sala de los Menesteres, pero pronto se quedó dormido, de tan agotado que estaba.

Al rato, comenzó a oír ruidos de voces, ruidos de pasos. Pronto abrió los ojos y, justo cuando se dispuso a levantarse, vio que ya había alguien en la habitación.

―Buenas noches ―saludó él recién llegado de manera solemne, aunque bien mirado, podría estar allí desde hacía horas.

―Profesor Dumbledore ―no valía la pena fingir no saber quién era. Todo el mundo conocía al gran Albus Dumbledore.

―¿Se encuentra bien? ¿Más descansado?

―Sí ―dijo Harry, simplemente.

Dumbledore se levantó. Harry le contempló de arriba abajo. A pesar de ser una de las personas más ancianas que alguna vez había conocido, el Dumbledore de 1976 se le notaba más joven, aunque no dejaba de ser un hombre que entraba en la ancianidad.

―Tenía ganas de hablar con usted, porque hace unas horas mi subdirectora y profesora de Transformaciones me confesó que un espía se había infiltrado en Hogwarts, lo cual es bastante improbable, ya que me preocupo bastante por la seguridad de mi colegio y, sobre todo, por la de mis alumnos y profesores. Y ahora, hace un momento, el señor Dearborn me ha dicho que tenemos a un alumno fugado en el cuartel.

―¿Qué quiere saber? ―le cortó Harry, sin rodeos.

―Quiero saber quién es usted y qué hacía en mi escuela. Porque sé perfectamente que usted no es alumno mío ni nunca lo ha sido, pero también es muy improbable que se haya infiltrado en la escuela. Aunque yo admito ser humano y cometer errores.

Harry meditó un momento su respuesta. Decirle a Dumbledore que venía del futuro no le parecía demasiado… creíble. Entonces, ¿qué?

―Soy… el hermano pequeño de James Potter. Fui a verle y él me prestó prendas suyas de la escuela, para que pudiese pasear por el colegio.

Dumbledore se le quedó mirando un momento.

―¿Y cómo es que nunca ha asistido a Hogwarts?

―Porque soy squib. Durante mucho tiempo quise poder ir a Hogwarts, y mi hermano James me tiene mucho aprecio, pero le duele saber que yo jamás aprenderé magia. Por eso se las ingenió para colarme en el castillo, pero no sé cómo lo hizo.

―James Potter es muy celoso de su intimidad y sus prácticas ―corroboró Dumbledore.

―¿Me cree entonces? ―quiso saber Harry.

El director se le quedó mirando un momento, con deje de suspicacia.

―No. No le creo en absoluto. Pero sé que no es usted un espía. Tampoco un alumno ni, menos aún, el hermano pequeño squib de James Potter. No sé quién es y espero averiguarlo algún día, pero hasta entonces… No es usted una amenaza.

―¿Me va a echar de aquí?

―No soy de ese tipo de personas, Harry. No te echaré de aquí, pero tampoco puedes quedarte en el cuartel, nunca habrá gente para atenderte y los miembros de la Orden no pueden dedicarse a cuidar a un menor. No, creo que… podrás quedarte en Hogwarts.

―¿En serio?

El director asintió con la cabeza.

―Sí. Tienes la edad y no levantarías sospechas. Podemos crear una historia falsa para ti, sólo algunos de los profesores lo sabrían. Y podrás quedarte el tiempo que necesites, hasta que vuelvas… al sitio del que has venido.

Harry tenía la impresión de que Dumbledore podía leer sus pensamientos y, por tanto, sabía la verdad.

―De acuerdo ―contestó.

―Perfecto entonces. Nos iremos de inmediato. Toma mi brazo, vamos a desaparecernos en los terrenos.

Harry posó una mano en el antebrazo tendido de Dumbledore. Nunca se había desaparecido, así que no tenía ni la más remota idea de cómo sería la sensación, pero cuando ya se encontraban en los terrenos, sintió que no quería probar algo similar en mucho tiempo, pues era como si a uno lo estrujasen y lo pasasen a través de un tubo muy fino. Una sensación horrible.

―Te acostumbrarás algún día. Bien, andando.

Entraron en los terrenos y, de ahí, caminaron hasta el castillo. Una vez dentro, fueron hasta el despacho del director. Al instante, la profesora McGonagall entró también.

―Director Dumbledore, creo que no sabe hasta qué punto nos estamos arriesgando con este joven. Podría ser un espía de Quién usted sabe.

―No es un espía de Voldemort, Minerva ―la subdirectora se estremeció, pero no así Harry, que se mantuvo igual que siempre al oír ese nombre, cosa que para Dumbledore no pasó desapercibida ―. Por el momento, me complace anunciarte que el señor Granger se va a unir a las filas de los miembros de Gryffindor, y que a partir de mañana comenzará sus clases.

La profesora miró al director y luego a Harry, con la boca abierta.

―No me parece una buena idea.

Y dicho esto, se dio la vuelta y se marchó. A Harry no le parecía muy diferente de la Minerva McGonagall que conocía en 1995, así que no se preocupó demasiado por ella.

―No te asusta su nombre ―comentó Dumbledore, de repente.

―¿Perdone?

―El nombre de Voldemort. No te asusta en absoluto. He visto a mucha gente temer ese nombre, pero la indiferencia con la que tú has respondido al oírlo… Pocas veces soy testigo de ello.

―Oh, sí. Sé… Sé algo sobre Voldemort.

Dumbledore sonrió de nuevo, igual que había hecho en su anterior encuentro.

―Mientes de nuevo. No necesito saber Legeremancia para saber cuándo alguien me miente. Sabes de Voldemort y mucho.

Harry se dio por rendido. Contra Dumbledore, ninguna defensa valía.

―Digamos que… Nuestros caminos se han cruzado más de una vez a lo largo de mi vida.

―Interesante… ¿Quiere matarte?

Harry asintió con la cabeza.

―Sí, tiene esa intención. Hasta ahora no lo ha conseguido pero… no cejará en ello.

―Curioso que Lord Voldemort se preocupe por liquidar a un joven como tú, aparentemente tan poco… importante. Pero me preocupa más no haber sabido de ti hasta ahora. Conozco todos los movimientos de Voldemort, absolutamente todos.

―Entonces parece que algo se le ha escapado, ¿no cree?

Dumbledore sonrió de nuevo pero no dijo nada más sobre el tema.

―Está todo dispuesto. La contraseña de la Sala Común de Gryffindor es Veni, vidi, vici. He dispuesto tus prendas y materiales en la habitación de los alumnos de quinto, la cual compartirás con otros cuatro chicos. Buena suerte.

Harry se dio la vuelta y se fue a la Sala Común. Tras ser reconocido por la Dama Gorda, caminó hasta su nueva habitación.

Una vez dentro, comprobó que allí había alguien más, un chico bajito y regordete, con la cara redonda.

―Hola ―saludó él.

―Hola ―devolvió Harry el saludo, aunque ahora era consciente de ante quién estaba.

―La profesora McGonagall comentó la llegada de un nuevo alumno. Debes de ser tú. Me llamo Peter Pettigrew, encantado.