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Clase de Pociones

Harry tardó un buen rato en reaccionar, pero por fin habló:

―Harry… Granger. Me llamo Harry Granger ―casi estuvo a punto de decir su verdadero apellido, lo que le habría acarreado más de un problema.

―Encantado de conocerte, Harry Granger. La cena en el Gran Comedor ya debe de estar acabando, lo siento. Pero no te preocupes, mis amigos y yo siempre guardamos algo de comida aquí, por si las moscas.

Se acercó hasta un baúl y lo abrió, revelando cantidades de comida. Había los típicos dulces del mundo mágico, pero también un buen surtido de artículos muggles, como baritas de chocolate y bolsas de patatas fritas. Parecía más bien un alijo de comida basura y para posibles largas noches de los cuatro jóvenes que allí vivían, pero no para una emergencia como aquella. Sin embargo, Harry se moría de hambre, y lo que había comido en el cuartel de la Orden hacía tiempo que había dejado de saciarle.

―Tomaré una chocolatina de momento, gracias.

―Para lo que necesites, aquí lo tienes, aunque tendrás que proveer de vez en cuando. Es un baúl que utilizamos todos.

Harry asintió con la cabeza mientras le pegaba un mordisco a la chocolatina. Pasó entonces la mirada por la habitación, que había sido profusamente decorada por sus cuatro inquilinos, diferenciándose claramente a quién pertenecía cada lado: la parte decorada con pósters de quidditch y banderines de Gryffindor, de los que se llevaban al estadio, debía ser la de su padre. Había muchas fotos pegadas a la pared encima de la mesita de noche, y le pareció reconocer a cierta pelirroja en ellas, aunque esta se afanaba por huir de las fotografías. A un lado, imágenes de motocicletas se intercalaban con las de chicas. Esa tenía que ser la de su padrino Sirius, pues recordaba muy bien que tuvo una motocicleta como las que aparecían en las fotos y, por lo que le habían dicho de él, era bastante mujeriego. La zona que debía ser propiedad de Remus Lupin estaba recargada de libros. De la pared colgaban imágenes de libros, con complicados esquemas, pero lo que más destacaba era un calendario, el cual tenía varios días marcados al mes. Los días de luna llena, pensó Harry.

Y, por último, la parte que, por descarte, correspondía a Peter Pettigrew, porque en realidad Harry no tenía ni idea de cómo había sido Pettigrew durante su juventud, sólo conocía algunos detalles gracias a lo que les había contado Sirius y Remus y lo que recordaba de la conversación entre McGonagall, Flitwick, Hagrid y el Ministro Fudge aquella vez en Las Tres Escobas, durante su tercer año. Por lo que sabía, Pettigrew era el menos popular de los Merodeadores, el que siempre estaba a la sombra, al menos, de Sirius y su padre, siempre riéndoles las gracias, o siguiéndoles allá donde ellos fuesen. Peter no era listo, ni atlético… no destacaba, que Harry supiese, en ningún campo. Ya incluso el convertirse en animago fue todo un logro por su parte, al menos así lo veían sus amigos. Por eso nunca supo sus intereses personales, aunque ahora que miraba su zona de la habitación, se dio por fin cuenta, así como supo atar hilos.

Peter tenía algunas fotografías de animales, recortes de revistas. La mayoría eran de ratas y ratones. También tenía colgados diversos mapas y planos, de ciudades o de países, especialmente de Inglaterra. Y, por último, había una mezcolanza de objetos que debían haber pertenecido al resto de Merodeadores y de los que Peter debía haber tomado propiedad: un par de banderines de Gryffindor, los cuales debieron de haber sido de su padre, una fotografía de una chica semidesnuda, cosa de Sirius, y varios libros de Remus, los cuales no obstante, pensaba Harry, no debían haber sido leídos aún.

Parecía casi una broma, una mala pasada del destino. Fotografías de animales… de ratas y ratones. Estaba seguro de que entre esos recortes estaba la rata en que Pettigrew se convertiría, la misma con la que después sería conocido como Scabbers. Los planos y mapas, que habrían dado a Pettigrew un conocimiento exhaustivo de ciudades y países, aunque ahora mismo para él sólo fuese una afición, una simple afición de la que al final supo sacar partido. Harry casi hasta pensó en que los objetos que habían pertenecido al resto de Merodeadores y que Pettigrew guardó le habrían servido para conocerles mejor, aunque también era cierto que convivió con ellos durante siete años.

―¿Te encuentras bien? ―quiso saber Pettigrew.

Harry miró al chico, tras reaccionar al fin.

―Eh… Sí, estoy bien. Gracias por el chocolate, lo repondré cuando pueda.

Pettigrew sonrió y se fue a su cama. Al instante, otras tres personas entraron en la habitación.

―¡Tú! ―gritó una de ellas. James Potter.

Junto a Sirius Black, ambos se acercaron a Harry.

―Ha vuelto. La profesora McGonagall nos informó de la llegada de un nuevo alumno, pero no pensábamos que fueses tú ―confesó Sirius.

―Pues ya veis… Tenéis un nuevo compañero de habitación ―soltó Harry.

―Ya lo veremos… ―contestó James. Al parecer, no se había olvidado de lo ocurrido la noche anterior en esa misma habitación.

―Tío, se parece un montón de aquí. De no ser porque me he fijado mejor, diría que es tu hermano gemelo.

―Por favor ―se quejó James ―, es evidente que yo soy más guapo ―y dicho esto, se revolvió más aún el desordenado cabello.

Harry miraba a su padre sin dar crédito. No es que supiese muchas cosas de él, pero siempre se lo habían presentado como un chico bastante popular en la escuela, pero nunca alguien tan arrogante y pedante como el joven que tenía ante sí. Se revolvía el cabello, hablaba con bastante suficiencia. Hasta casi se parecía a Draco Malfoy.

―Bueno, tengamos la fiesta en paz, ¿vale? Mañana tenemos clases y me gustaría descansar. Soy Remus Lupin, encantado. Ellos son James Potter y Sirius Black, y supongo que ya conoces a Peter Pettigrew.

―Encantado de conoceros, yo soy Harry Granger ―dio la mano a Remus y a Sirius, pero James se opuso a hacerlo.

De inmediato, todos se fueron a dormir.

Al día siguiente, Harry desayunaba a solas en el Gran Comedor. Remus y Peter habían insistido en que se sentase con ellos, pero James no pensaba lo mismo. Al parecer, su padre era quien llevaba la voz cantante en aquel grupo.

―Hola, buenos días.

Era una chica quien le habló de repente. Harry alzó la mirada y se quedó con la boca abierta, pues aquella era la persona que menos esperaba encontrarse en ese momento, aunque ya contaba con verla en algún momento, en algún pasillo o las aulas, pero nunca que le dirigiese la palabra de primeras. Alta, con una melena rojiza y larga que le caía por los hombros, el rostro cubierto de pecas y una permanente sonrisa en el rostro.

Lily Potter, su madre.

―Ho-Hola ―consiguió saludar él al final, cerrando la boca.

Se rio un poco, pero no con la intención de herir a Harry, sino porque en verdad el muchacho le hacía gracia. Además, a Harry le parecía una risa encantadora.

―Me llamo Lily Evans y soy prefecta de Gryffindor. La profesora McGonagall me ha contado que eres nuevo en la escuela y me ha pedido que te entregue tu nuevo horario de clases. Este es ―le tendió una pequeña cartulina con el horario ―. Y bueno, como prefecta que soy, es mi deber auxiliarte en lo que necesites, así que cualquier duda o problema que tengas, aquí me tienes.

―Gracias, de verdad ―confesó Harry.

Volvió a sonreír.

―Vaya, te pareces mucho a alguien que yo me sé ―hizo una leve mueca de desagrado, pues Harry sabía que se refería a su padre ―, pero tienes algo en la mirada que te hace distinto. Bonitos ojos ―soltó, un tanto avergonzada. Su rostro se volvió algo rojo.

―Los tuyos también. Diría que son…

―Iguales ―terminó ella la frase. Sonrieron y permanecieron en silencio un momento ―. Debo irme. Encantada de conocerte, Harry Granger.

―Igualmente, Lily Po… Evans.

Ella le miró un poco extrañada, aunque siguió sonriendo. Acto seguido, se marchó. Harry, instintivamente, miró al grupo de los Merodeadores, quienes le miraban a él. Cada una de sus caras era un poema: Peter y Sirius le miraban como queriendo hacer ver el lío en el que se acababa de meter, Remus miraba temeroso a James, y James… Su cara de rabia lo decía todo. Harry, por su parte, cogió sus cosas y decidió echar pies en polvorosa.

Aquella mañana tenía Pociones a primera hora. De inmediato se sintió alicaído, pues no le apetecía tener clases con Snape, aunque pronto recordó que el siniestro profesor no podía dar clases en esta época. Siendo como era de la misma época que sus padres, Snape debía ser un alumno más de la escuela.

Así pues, entró en la mazmorra donde se impartía el aula, preguntándose quién sería el profesor o profesora en esta época. Cuando llegó, comprobó que la clase era compartida con los alumnos de quinto de Slytherin. Se sentó en uno de los pupitres intermedios y esperó. Pronto, los alumnos de Gryffindor fueron llegando, entre ellos sus padres y el resto de Merodeadores. Y, por fin, el profesor.

Era un hombre bajito y con una gran panza, tan enorme que los botones de su túnica casi parecía que iban a saltar por los aires. En su rechoncha cara destacaba un enorme bigote marrón.

―Buenos días, alumnos, ahora que estáis todos aquí, vamos a comenzar con la poción del día.

El hombre comenzó a escribir los ingredientes en la pizarra. Harry comprobó que nadie se había sentado a su lado, igual que en el Gran Comedor. Esperaba al menos poder tener tiempo para ir hasta la Sala de los Menesteres e intentar volver a su tiempo. De repente, volvió a oírse la puerta de la mazmorra y unos pasos apresurados. Se oían cuchicheos y Harry alcanzó a ver a su padre y a Sirius mirando al recién llegado, fuese quien fuese, rodando los ojos e intercambiando breves palabras y sonrisas malévolas.

―¿Se puede? ―se oyó que preguntaba alguien.

―¿Eh? Sí, claro, claro ―comentó el profesor, sin mirar siquiera a quien había hablado.

Los pasos se acercaron hasta el pupitre de Harry, donde se detuvieron. La persona que acababa de llegar se sentó a su lado.

―Buenos días ―saludó por lo bajo y de manera formal.

―Buenos días ―contestó Harry mientras encendía el fuego de su caldero.

Miró entonces donde estaba el chico y casi se quema una mano. Con un cabello largo y negro que le caía como dos cortinas por ambos lados de su cara, la piel cetrina y una larga nariz. Era considerablemente más joven que el hombre que él conocía y aborrecía a partes iguales, pero era evidente que se trataba de él.

Le tendió una mano para estrecharla, a pesar de que tenía ante él a un Gryffindor. Quizás era pura cortesía.

―Severus Snape.