6

Quidditch

Harry salió de la Sala de los Menesteres por enésima vez. Lo había intentado todo para que la estancia funcionase y le permitiese volver a 1995, pero de nada servía, pues por alguna razón seguía atrapado en 1976. Ni siquiera pensó en la opción de los giratiempos porque, como Hermione le había dicho, sólo viajaban unas horas, de modo que no podría avanzar con uno los diecinueve años que separaban ambas épocas.

Tras dejar atrás la Sala, Harry se dirigió de vuelta a la Sala Común. Justo cuando entró, se cruzó con los cuatro Merodeadores.

―Hola, ¿vienes? ―quiso saber Pettigrew.

―¿Ir a dónde? ―Harry no sabía a lo que se refería. Además, aunque siempre trataba de parecer normal ante Pettigrew, era difícil hacerlo, ya que estaba ante la persona que había traicionado a sus padres. Era cierto que ya le había conocido e impedido que fuese asesinado, aunque eso supusiese la vuelta de Voldemort, pero había algo en ese chico que provocaba que su interior se retorciese de ira.

―A las pruebas de quidditch. James va a elegir nuevo equipo ―explicó Remus.

―Sí, así es, pero no era necesario que él lo supiese ―se quejó su padre.

La relación con su padre no es que hubiese mejorado precisamente, sino que cada día que pasaba él le tenía más tirria, sobre todo porque sus amigos hablaban con él, Lily hablaba con él… Y James veía que cada vez más y más sus intentos no servían de nada.

―¿Qué más da? Que venga a ver las pruebas. ¿O prefieres presentarte? ―quiso saber Sirius.

―¡Sirius! ―se quejó, otra vez, su padre.

―Me encantaría ir. Y quién sabe… A lo mejor me presento a esas pruebas ―afirmó Harry. La cara de su padre era de rabia total, pero el resto de Merodeadores sonrió.

Al rato, se encontraban ya en el estadio de quidditch. A pesar de que Harry había dejado 1995 ya avanzado, con las pruebas de quidditch ya realizadas, al parecer la Sala de los Menesteres no le había llevado al punto exacto diecinueve años antes, sino que incluso había retrocedido unos meses. Por eso ahora estaba todavía en las primeras semanas del curso escolar.

Más gente de lo habitual venía a presenciar las pruebas, quizás por la fama que su padre tenía. Harry, finalmente, decidió presentarse a las pruebas, por lo que se unió al grupo de candidatos. En las gradas pudo ver a Sirius, Remus y Pettigrew, y también a su madre y sus dos amigas, Mary y Alice. Pudo comprobar también que cerca de Alice se había sentado Frank Longbottom, con aire inseguro, pero Alice no se había dado cuenta de su presencia, ya que estaba absorta en las pruebas.

Tras varios candidatos, llegó el turno de Harry, quien caminó hasta su padre con una de las escobas que había en el estadio.

―¿Vas a presentarte finalmente?

―Sí ―afirmó Harry.

―¿Acaso crees que voy a dejar que estés en mi equipo?

―No pierdo nada por intentarlo.

Su padre rodó los ojos.

―Está bien. ¿Qué puesto?

―El de buscador.

Le dejó paso y Harry se montó en la escoba. Su padre liberó la snitch dorada, perdiéndose rápidamente.

―Tienes dos minutos para atraparla y traérmela de vuelta ―reveló.

Harry pegó una fuerte patada y se elevó. Dos minutos eran un margen de tiempo muy corto para encontrar una pequeña pelota dorada en un campo tan grande, pero no era la primera vez que atrapaba la snitch en tan poco tiempo. Guiándose por el lugar donde la pelota había escapado, pronto vio un destello dorado y, más pronto aún, atrapó la dorada pelota. Al instante, bajaba ante su padre.

―Aquí la tienes.

Su padre estaba rojo de ira, pero tomó fuertemente la snitch.

―Vuelve a tu sitio, las pruebas no han acabado ―contestó secamente.

Harry así lo hizo. Mientras regresaba al grupo de candidatos, pudo oír felicitaciones y vítores del grupo de Merodeadores y, especialmente, de su madre. Ni siquiera se dio la vuelta para ver la cara de furia de su padre.

Tras acabar la prueba del último candidato, su padre caminó hasta el grupo y comenzó a nombrar a las nuevas adquisiciones. Harry no estaba entre los elegidos, hasta que…

―Y, por último… Harry Granger. Pero como reserva ―recalcó.

Harry sonrió. No esperaba formar parte del equipo, seguramente a su padre le resultaba insoportable la idea, pero seguramente también supo ver el potencial en Harry y, por ello, decidió incluirle en el equipo. Aunque se desquitó metiéndole directamente en la reserva.

Tras eso, Harry fue recibido por Lily, sus amigas y el resto de Merodeadores.

―Enhorabuena. Tratándose de James, creí que no te iba a incluir en el equipo ―confesó su madre.

―Hay que estar loco para no meter a alguien que es capaz de atrapar una snitch en menos de dos minutos ―confesó Sirius.

―Sí, aunque dos minutos me parece muy poco tiempo para atrapar esa pelota ―se quejó Lily.

―El quidditch no entiende de tiempos, Evans. Una snitch puede tardar horas en atraparse… o puede tardar segundos. El récord de duración de un partido fue de un mes, en 1843, cuando Gawain Brooks, de los Essex Firestarters atrapó, por fin, la snitch. Y el récord del partido más corto es de tres minutos, cuando Sylvia Lowe, de las Arpías Sagradas cogió la pelota al poco de empezar el partido, proclamándose campeonas de la Liga. Todo depende de lo habilidoso que sea el buscador ―su padre había aparecido de repente. Era la primera vez que Harry veía a sus padres tan cerca el uno de la otra.

―Entonces Harry es muy habilidoso, ¿no crees?

James miró con desdén a su futuro hijo.

―También podría tratarse de pura suerte.

Lily bufó.

―Si dedicases esa desmesurada pasión que tienes por el quidditch hacia tus estudios, te iría mucho mejor. Bueno, nosotras nos vamos. Adiós… Harry ―su madre únicamente se despidió de él. Harry, de no haberse dado cuenta, diría que incluso el tono de su madre había sido complaciente. Ni siquiera quería pensar en el hecho de que su madre estuviese tonteando con él.

Tras marcharse las mujeres, Harry vio que su padre se acercaba más a él.

―Aún puedo echarte de una patada del equipo, ¿sabes? Aléjate de Evans.

Harry no dijo nada. Simplemente se dio la vuelta y se marchó sin despedirse de nadie. Su padre reprochó, pero no le escuchó. Sus amigos, además, le detuvieron.

Una vez fuera del estadio, caminó con rumbo hacia el castillo, pero alguien le detuvo.

―¡Eh! Pe-pe-perdona, ¿pu-pu-pu-puedo hablar un momento con-con-contigo?

Era Frank Longbottom quien se había acercado hasta él.

―Claro. ¿En qué puedo ayudarte?

―Me lla-llamo Frank Longbottom. Nos vi-vi-vimos el otro dí-dí-dí-día en el Gran Comedor, cu-cu-cuando le llevé a Alice su li-libro. Quisiera… pe-pedirte un favor.

―¿Un favor? ¿Qué clase de favor?

Frank tomó aire. Costaba creer que se tratase del padre de Neville, pues por lo que le habían contado en la Orden, Frank Longbottom era auror del Ministerio, lo cual requería gente decidida, y aquel joven no se lo parecía.

―Tú-tú pa-pa-pareces muy amigo de Li-Lily.

―Bueno, tanto como amigo. Hablamos de vez en cuando.

―¿Po-podrías hablarle de-de mí? ―preguntó él.

Harry miró a Frank, sin comprender.

―Pero tú ya hablas con Alice, el otro día te acercaste a ella.

―Sí-sí, pe-pe-pero ella no pa-pa-parece entender lo-lo que si-si-siento.

―Quieres que haga ver a Alice cómo eres en realidad, ¿no? Para que se interese por ti ―Frank asintió con la cabeza. Harry, por su parte, suspiró. Tampoco es que se le diese bien hacer de Cupido ―. Haré lo que pueda.

―Gra-gra-gracias.

Dicho esto, se fue por su camino. Harry ni siquiera sabía por qué había aceptado. Lo suyo no era hacer de intermediario entre enamorados, sino buscar la maldita manera de regresar a 1995 y no alterar por más tiempo la línea temporal. Tan sólo esperaba no tener que unir también a sus padres.

Su camino hasta la Sala Común de Gryffindor le llevó a pasar por la Sala de los Menesteres. Había casi perdido la fe en intentar volver, pero se dijo que por una vez más no iba a pasar nada. Se metió dentro y meditó largamente acerca de su tiempo, de lo mucho que quería volver a 1995, junto a sus amigos, a pesar de que allí también lo esperaba una gran amenaza. Cuando por fin abrió los ojos, la Sala seguía igual que siempre, sólo que no sabía si había regresado o no.

―La Sala de los Menesteres es uno de los grandes misterios de este castillo y su historia, Harry ―el joven se dio la vuelta, asustado. Ante él estaba el profesor Dumbledore. Sus rasgos físicos le decían a Harry que seguía en 1976, algo que Dumbledore pudo notar en su rostro ―. No, no te has ido a ninguna parte.

―¿Cómo sabe de la Sala? ―por lo que Harry recordaba de su cuarto año, Dumbledore una vez habló de una misteriosa sala que le proporcionó una ingente cantidad de urinarios, pero nunca más supo de ella.

El director sonrió.

―A veces prefiero guardarme mis propios secretos. La sala fue creada durante la fundación, aunque ninguno de los fundadores esperaba llegar a dotarla de tanta capacidad. Inicialmente creada como un lugar de descanso para cada uno de ellos, de modo que la sala se amoldase a las necesidades de cada uno, los fundadores fueron adicionando hechizos a la sala, sin saber que le estaban dando capacidades que iban más allá de su capacidad de modificar su espacio, sino también…

―El Tiempo ―terminó Harry.

Dumbledore asintió con la cabeza.

―La sala es capaz de moverse en el Tiempo, allá donde ella hubiese existido anteriormente.

―¿Anteriormente?

Dumbledore permaneció en silencio, dejando que la verdad cayese sobre Harry como un jarro de agua fría. No había dicho nada de poder ir al futuro, porque, teóricamente, la sala, como todo Hogwarts, como él y todos los que existían ahora mismo, como todo el futuro en sí mismo, aún no existían, aún no se habían producido, aún no se habían escrito en las páginas de la Historia. Luego, teóricamente, no había forma inmediata de volver a 1995, sólo por medio del método habitual, vivir los diecinueve años que separaban ambas épocas, sólo que aquello le pasaría factura.

―¿Es usted un viajero del Tiempo? ¿Ha utilizado la sala con anterioridad?

Harry rió por lo bajo.

―Es evidente, ¿no? ¿Si no por qué estaría aquí, tratando de regresar a mi tiempo? ―Dumbledore no dijo nada. Al parecer, no se tomaba a bien la ironía ―. Vengo de 1995. Me encontraba en la Sala tras hablar con una amiga mía, quien me habló de esa posible capacidad de la sala para viajar en el Tiempo. Automáticamente, pensé en mis padres, muertos en mi época, pero vivos todavía en esta. Ni siquiera me di cuenta, cuando salí, seguía en Hogwarts, pero no pasó demasiado tiempo hasta que me di cuenta de que estaba en 1976. Traté de regresar. He tratado de regresar desde entonces, pero es imposible.

―Sí, es imposible. No existe en el mundo ninguna otra forma de viajar en el Tiempo. Y los giratiempos apenas viajan unas horas.

―Bueno, pues parece que tendré que acostumbrarme a vivir aquí. 1976 no dista mucho de ser distinto a 1995. Allí también tenemos una guerra.

Dumbledore miró a Harry.

―¿Cómo dice? ―el joven titubeó un momento. ¿De verdad era buena idea contarle cosas sobre el futuro a este Dumbledore? ―Acompáñame a mi despacho.

Al rato, Harry bebía pequeños tragos de un vaso de hidromiel. Habían pasado horas durante su definitivo intento fallido de regresar al futuro.

―¿Qué quiere saber? ―preguntó Harry ― ¿Es seguro que le cuente… cosas?

Dumbledore bebía de una copa de whisky de fuego.

―Yo… tengo mis planes. Pero es cierto que un poco de información nunca me vendría mal. Una cosa son las palabras y otra las acciones. Una cosa es decirlo y otra cosa es hacerlo. Una cosa es querer matar a alguien y otra, muy distinta, es matarla. Puede hablar.

―En mi tiempo, Voldemort ha regresado. En 1981 fue derrotado, despojado de sus poderes y de su propio cuerpo, convertido en una sombra, menos que el menor de los fantasmas.

―¿Quién lo hizo? ―aunque Harry podía ver en la mirada del anciano que sabía a quién podía referirse.

―Yo.

―¿Quién eres?

―Me llamo Harry Potter. Mis padres fueron asesinados por Voldemort en 1981 y, cuando él trató de eliminarme a mí, no pudo hacerlo ―Dumbledore dejó la copa sobre la mesa, se levantó y caminó por la estancia ―. Sé lo que está pensando. Cómo pudo ser posible. Mi madre murió por mí. Su amor fue lo que me salvó.

―Creo que podemos dejarlo por hoy. Ahora es cuestión de determinar qué hacer con usted.

―Bueno, dado que no puedo volver… Confiaba en quedarme aquí.

Dumbledore miró al muchacho.

―Se ha hecho tarde. Vuelva a su Sala Común, mañana tiene clases. Y… enhorabuena por su entrada en el equipo de Gryffindor.

Aquello entonces era un sí, un salvoconducto, una afirmación segura de que Harry podía quedarse en aquel lugar. Pero lo cierto es que aquello era lo que menos le importaba a Harry en ese momento. Estaba atrapado en 1976, y no podría regresar a su tiempo hasta que pasasen diecinueve años. O quizás ya no pertenecía más a su época, ahora era parte de aquella, de 1976.

Y el futuro, como ya se había demostrado en la Sala de los Menesteres, aún no estaba escrito.