7
Animagia
La vida en el Hogwarts de 1976 no distaba de ser muy distinta a la de 1995. Salvo por algunos cambios en la plantilla del profesorado, había veces que Harry se olvidaba de en qué época estaba, aunque pronto dejaba de pensar en ello y se acordaba de las personas que le importaban y que había dejado atrás, sus amigos, especialmente Ron y Hermione, a los que echaba mucho de menos. Aún no podía creer que tendría que esperar años hasta poder volver a verles, y quizás entonces, llegado el momento, ellos no sabrían quién era él, porque también habría otra cosa cierta: sus padres acabarían teniéndole a él, a otro Harry Potter, el que en su quinto año retrocedería al pasado, igual que había hecho él ahora.
Mientras tanto, las cosas seguían su curso en aquella época, aunque Harry comenzaba a tener una leve preocupación. Sabía que era en su quinto año cuando su padre, Sirius y Pettigrew habían conseguido convertirse en animagos, movidos por su anhelo en ayudar a Remus a sobrellevar su licantropía. Ya estaban bastante adentrados en el año escolar, pero Harry no tenía indicios de que los tres Merodeadores hubiesen logrado su meta.
Una noche, Harry entró en su habitación en la Torre de Gryffindor. Allí estaban su padre, Sirius y Pettigrew, pero no había ni rastro de Remus. Miró hacía el calendario, donde hoy era una de las fechas señaladas como noche de luna llena. Su padre, con prisa, quitó el calendario de la pared y lo guardó.
―¿Dónde está Remus? ―quiso saber Harry.
―Está indispuesto ―comentó su padre con brusquedad.
―Oh… No le he visto por la Enfermería ―dejó caer.
Los tres Merodeadores se miraron. Al parecer, seguramente nunca se habían tenido que preocupar de explicar a la gente a dónde iba Remus ciertas noches, pero ahora que tenían un compañero nuevo, parecía que tenían que inventarse una excusa mejor.
―¿Y qué hacías tú en la Enfermería? ―le increpó su padre.
―Bueno… Tenía un dolor de cabeza y fui a ver si la enfermera Pomfrey podía darme algún remedio. Y claro, mientras esperaba, no vi a nadie en las camas de la Enfermería.
Nuevamente, los tres Merodeadores se miraron.
―Remus no va a la Enfermería. Su indisposición no puedes ser tratada allí ―fue Peter quien habló.
―Entiendo. ¿Y a dónde va? ―insistió Harry.
Esta vez fue Sirius quien se acercó hasta él.
―No es de tu incumbencia. Ni siquiera te conocemos lo suficiente. Remus se ha tenido que ausentar pero volverá mañana por la mañana. Fin del asunto.
Cada uno volvió a su cama, pero Harry se quedó cerca del alféizar de la ventana. Justo en ese momento se asomaba la luna llena y el muchacho se quedó mirándola largamente. Los tres Merodeadores observaron a Harry, preguntándose al mismo tiempo si él sabía algo.
A la mañana siguiente, como Sirius había dicho y como era de esperar, Remus apareció en el Gran Comedor para desayunar. Estaba muy desmejorado, y Harry supuso que tan sólo hacía unas horas que la transformación de licántropo a humano había tenido lugar.
―Buenos días, Remus, ¿qué tal estás? Anoche vi que no dormiste en la habitación.
Remus miró un momento a Harry, con cautela.
―Estaba indispuesto ―contestó al fin.
―Sí, eso es lo que James, Sirius y Peter me comentaron. Aunque no te vi por la Enfermería, ellos me dijeron que estabas en… otro sitio.
―Sí, me llevaron a la consulta médica que hay en Hogsmeade. La enfermera Pomfrey consideró que era lo mejor.
Harry no dijo nada más. Por supuesto, revelarle a Remus y al resto de Merodeadores que él sabía toda la verdad, que Remus era un licántropo, habría sido demasiado sospechoso, amén de que no llevaba demasiado tiempo con ellos. Y aunque Hermione averiguó por sí sola la verdad, bien es cierto que estuvo investigando por más tiempo.
Su padre, Sirius y Pettigrew aparecieron de repente.
―Ah, Remus, aquí estás. ¿Fue todo bien anoche? ―quiso saber Sirius.
―Sí, como siempre. Nada de lo que preocuparse.
Harry miró a cada uno de ellos hasta que se dio la vuelta. Bien mirado, lo mejor que podía hacer era no hacer nada. Él no pertenecía a ese tiempo, no tenía por qué alterar nada. Simplemente debía adecuarse al entorno y esperar, esperar por años. Y, sin embargo, no podía parar de olvidar lo ocurrido en la sala, el hecho de que no podía volver a su futuro porque aún no había un futuro al que volver. ¿Qué quería decir todo eso? ¿Acaso sus acciones determinarían el futuro? ¿Acaso tenía que dar un empujón a sus padres y amigos de estos para escribir su futuro y que fuese igual que siempre?
No tenía ni idea. De momento tenía que concentrarse en las clases, pues estando en quinto año debía dedicarse en cuerpo y alma a los TIMOS. Y pasado mañana sería su primer partido de quidditch, Gryffindor contra Slytherin, aunque él no jugaría, simplemente estaría en la reserva. Haría falta un milagro para que su padre le dejase jugar.
Finalmente, el día del partido llegó. En el Gran Comedor, ataviado ya con su ropa del equipo, Harry desayunaba. Frente a él estaban Sirius, Remus y Pettigrew, así como su madre y sus dos amigas.
―¿Nervioso? ―quiso saber su madre.
Harry la miró un momento.
―¿Yo? ¿Nervioso? ¿Estando en la reserva? Me parece que estoy bien ―comentó con ironía.
―No te des por rendido, nunca sabe lo que puede ocurrir en un partido de quidditch ―explicó Sirius.
Harry prefirió no contestar. Bien era cierto que cualquier cosa podía suceder en un partido, pero tanto, tanto como que al buscador titular le pasase algo que le permitiese a él jugar en su lugar… Eso era ya más improbable.
Sea como fuere, minutos después Harry ya se encontraba en los vestuarios del equipo de Gryffindor en el estadio de quidditch. Su padre, como capitán, estaba dando una charla a los jugadores, pero Harry apenas prestaba atención. Una vez salieron al campo, Harry se quedó en la parte baja de las gradas, contemplando el encuentro. Al menos desde allí nunca había visto un partido.
Trató de dejar a un lado el leve resentimiento que tenía hacia su padre, por no dejarle jugar, y se concentró en verle jugar a él, pues esta sería la primera vez que lo vería. Y su padre, como siempre había imaginado, no lo hacía nada mal. Volaba con perfecta elegancia, en sincronía con sus compañeros cazadores y sabía interactuar con ellos y ejecutar buenas jugadas. Además, no dudaba en aconsejar al resto de jugadores. Harry casi hasta perdió el interés en el resto de jugadores del equipo. Por eso fue que no vio la bludger golpeada por un rival del equipo de Slytherin impactando en el buscador de Gryffindor y a este cayendo al suelo. Lo siguiente que recordaría fue a su padre pidiendo tiempo para ver cómo estaba su jugador.
Al instante, estaban de nuevo en los vestuarios, evaluando la situación. Su padre daba vueltas, pensativo, aunque todo el mundo en la estancia sabía que no había nada que pensar. Finalmente, su padre habló:
―Iré a ver a la señora Hooch y le diré que nos retiramos.
La indignación fue general.
―Capitán, tenemos un buscador de reserva ―protestó uno de los golpeadores.
―Ya lo sé, Malcolm, pero no está preparado. Salir a jugar con él sería como salir sin buscador.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
―¿Pero tú qué sabes, si ni siquiera me has visto jugar? ¿Por qué no me dejas intentarlo y juzgas por ti mismo?
―Prefiero no arriesgarme, ¿sabes? No hay más que hablar.
Los jugadores siguieron protestando y pronto aparecieron Sirius, Remus, su madre y Petigrew, para saber qué estaba pasando.
―¿Qué ocurre? ―quiso saber Lily.
―James quiere que nos retiremos. Tenemos un buscador de reserva y no quiere que juegue. No cree que esté lo suficientemente preparado ―explicó la guardiana del equipo.
―James, ¿qué problema tienes con él? Déjale jugar ―fue Remus quien habló, pero su padre siguió en sus trece.
―Potter, ¿qué tienes que perder? ¿Acaso no eres un Gryffindor? ―preguntó su madre.
Su padre se acercó a ella, herido en su orgullo.
―¿Me estás llamando cobarde? Porque no lo soy, estoy siendo objetivo. Él no está listo.
―Hagamos una cosa ―Harry decidió tomar el toro por los cuernos ―. Déjame jugar. Si ganamos, me haces titular. Si no ganamos, dejo el equipo.
Todos miraron a James. Este rodó los ojos y se dio por vencido. Minutos después salían de nuevo al campo. Para Harry fue como rememorar viejas sensaciones, como verse de vuelta en 1995. El viento en la cara, los vítores de la gente desde las gradas… Pronto Harry comenzó a rastrear la snitch, mientras los jugadores proseguían el partido. A veces veía a su padre, que le echaba miradas mientras pasaba, pero no le decía nada.
Y entonces la vio al fin, la pequeña pelota dorada, tan clara como el día. Y fue el único que consiguió verla, porque ni siquiera el buscador de Slytherin aún había logrado encontrarla. Para cuando se percató del acelerón que Harry había dado, ya era demasiado tarde y la snitch se encontraba aprisionada en la mano del joven.
Gryffindor había ganado.
Al rato, la celebración se había trasladado a la Sala Común. A pesar de ser el primer partido de la temporada, habían ganado a Slytherin, y eso era motivo suficiente como para celebrarlo.
Los miembros de Gryffindor aclamaban y vitoreaban a Harry. Remus, Sirius y Pettigrew, así como su madre y sus amigas, Mary y Alice, estaban cerca de él. Su padre, entonces, se acercó. Se hizo el silencio en la estancia y todos les miraban a ellos dos.
―Enhorabuena, eres el nuevo buscador del equipo ―ni siquiera estrechó la mano de Harry. Miró al resto de miembros de Gryffindor y siguió hablando ―. Pero no podemos olvidarnos de algo. Lyle, nuestro amigo y compañero, sigue en la Enfermería, recuperándose de ese golpe en la cabeza recibido por la bludger. Si me disculpáis, voy a ver qué tal está.
Se marchó, dejando a todos los miembros de Gryffindor en silencio, uno que pronto desapareció.
―No le hagas caso, siempre lo hace. Le cuesta admitir las cosas, especialmente cuando no es él quien lleva la razón. Hoy le has dado una lección y, probablemente, no te lo perdonará tan fácilmente, pero se le pasará ―comentó Sirius.
Harry asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Al instante, dejó su cerveza de mantequilla sobre una mesa y desapareció discretamente. Caminó por los vacíos pasillos hasta la Enfermería, donde encontró a su padre sentado al lado de una cama, donde un chico dormía plácidamente, con la cabeza vendada.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó su padre.
Harry le miró. Muchas cosas le habían contado sobre su padre, pero no que fuese alguien que se preocupase tanto por los demás. Pero, en cierto modo, él era el capitán del equipo. Él tenía que velar por sus jugadores.
―Venía a ver cómo estaba él.
―Ha tenido una conmoción, pero Madame Pomfrey ha dicho que no hay nada de lo que preocuparse, que peores cosas ha visto. Gracias por preocuparte… supongo ―permanecieron callados un momento, con Harry aún de pie y su padre sentado ― ¿Quieres alguna cosa más?
―Esto… Sí. Ven conmigo, he de enseñarte algo ―James enarcó las cejas ―. Vamos, te interesará. Y Lyle está bien.
Se encogió de hombros y se levantó, siguiendo a Harry. Finalmente, llegaron a su destino.
―¿La Biblioteca? ¿Para esto me has sacado de la Enfermería? ―preguntó él, irónico.
Harry no dijo nada. Caminó hasta la sección que estaba buscando y sacó un libro, el cual abrió por una página.
―Mira ―señaló el título.
James leyó.
―¿Animagia? ―Harry asintió ―. ¿Y qué quieres explicar con esto?
―Sé lo que está pasando. Sé lo que Remus es. Un licántropo.
James miró a su alrededor, creyendo que podría haber alguien oyéndoles.
―¿Te has vuelto loco? ¿Crees que todo el mundo sabe eso? Si alguien se enterase, Remus no podría estudiar aquí. ¿Y cómo sabes tú eso?
―¿Desapareciendo precisamente las noches de luna llena? No conozco ninguna otra afección que tenga lugar todas y cada una de las noches de luna llena. Sólo la licantropía.
James suspiró mientras le miraba seriamente.
―Está bien, genio, lo has adivinado. ¿Y qué?
―Os he visto. Remus es vuestro amigo y a vosotros os afecta demasiado ver que esas noches se tiene que marchar, que tiene que estar solo… en algún lugar. Sin sus amigos.
―¿Qué estás queriendo decir?
Harry miró un momento la página y pasó la mano sobre ella.
―Tú, Sirius y Peter vais a convertiros en animagos. Y vais a hacerlo por Remus.
