8

El ciervo, el perro y la rata

―Concentraos.

Sirius bufó.

―¿Eres un experto o qué? ¿Acaso eres un animago y no nos lo has dicho?

―No, no soy un animago, pero he conocido a varios a lo largo de mi vida y sé que no es algo fácil. Además, vosotros estáis haciendo esto de manera ilegal, no os registraréis como animagos, así que debéis hacerlo bien. Concentraos.

Sirius protestó por lo bajo, pero no dijo nada más. James era, de los tres, quien más decidido parecía a lograr ese objetivo, a ayudar a Remus a sobrellevar su enfermedad. Peter, por su parte, parecía ser quien peor lo estaba pasando. Estaba muy concentrado, pero no lograba avance alguno. Además, había otra cuestión, y es que ninguno de ellos había decidido aún en qué animal tenían pensado convertirse, aunque Harry sabía perfectamente cuáles eran, pero no era oportuno de decirles a ellos que debían convertirse en un ciervo, un perro y una rata respectivamente. Ya llegaría el momento de que lo descubriesen por sí mismos, ahora era cuestión de que aprendiesen a ser capaces de alterar su cuerpo.

Al rato, salían de la Sala de los Menesteres, la cual estaban utilizando como lugar de entrenamiento. Sus esporádicas desapariciones hacían sospechar a Remus, quien no se tomaba a bien que a veces le dejasen solo. Aunque a los tres Merodeadores no les gustaba que Remus pensase así, sabían que todo quedaría a un lado cuando descubriese el por qué de tanto misterio.

Harry, por su parte, se limitaba a orientarles, aunque tampoco es que fuese un experto en el tema. Sólo esperaba que descubriesen pronto los animales en que querían convertirse.

―Últimamente te veo mucho con Potter, Black y Peter, Harry ―era su madre quien le hablaba durante la comida en el Gran Comedor. Al igual que a Remus le hacía sospechar el hecho de verles tan juntos y sus repentinas desapariciones, a su madre igual le parecía preocupante verle tanto tiempo con ellos. La fama de los Merodeadores, al parecer, era casi legendaria.

―¿Ah, sí? Bueno, son mis compañeros de habitación.

Su madre asintió, pero era evidente que no le parecía buena idea, aunque al menos Remus estaba en el grupo, algo bueno tenía que haber en todo eso.

Por la tarde, se encontró con Sirius en los terrenos.

―Hola ―saludó Harry.

―Hola ―devolvió el saludo.

Los dos permanecieron en silencio. El Sirius de 1976, aunque considerablemente más joven que el que Harry conoció en 1993, era también mucho más guapo. Harry sabía que, tras su estancia en Azkaban, Sirius perdió gran parte de su belleza natural propia de los Black, debido a la exposición ante los dementores durante trece años. En este momento, Sirius era un joven feliz, consciente de ser poco más que la oveja negra de su familia, pero alguien que se mostraba indiferente ante ello. Harry se preguntaba por qué había elegido ser un gran perro negro.

―¿Ya has decidido qué animal ser?

―¿Eh? No, aún no. Todo este tema de la animagia me gusta, me parece genial porque así podremos ayudar a Remus a llevar su… problema. Pero en realidad no sé en qué convertirme.

―Bueno, él es un licántropo. Cuando os convirtáis, dejaréis que él corra libre por los terrenos. Eso, ciertamente, es peligroso, así que se necesitarían animales grandes y fuertes para poder dominar a ese gran lobo en el que Remus se convierte. Seguro que hay algún animal con el que te sientas identificado, o alguna representación de él que siempre te ha acompañado. Sólo piensa en él y lo tendrás.

Sirius le miró un momento y asintió con la cabeza. Harry se levantó y volvió al Castillo. Allí, se cruzó con quien menos esperaba, un grupo de Slytherin, pero no uno cualquiera. Los años no alteraban la configuración de la Casa Slytherin, donde por lo general todos eran grandes y brutos. Harry no reconoció a la mayoría, pero estaba seguro de que algún día formarían parte de las filas de Voldemort. Sí que reconoció, no obstante, a Snape, oculto entre grandes moles, pasando casi desapercibido. Y también a ese chico, el buscador de Slytherin, quien se le quedó mirando, aunque pronto se dio cuenta de que miraba a otra persona que se había parado a su lado.

―Es mi hermano, Regulus ―comentó Sirius, que acababa de llegar.

―Nunca me habías dicho que tuvieses un hermano ―Harry lo dejó caer como si Sirius y él se conociesen de toda la vida, tanto que Sirius se le quedó mirando, extrañado.

―Esto… Pues sí, tengo un hermano pequeño. Regulus ―volvió a posar la mirada en él susodicho ―es todo lo contrario que yo, y todo lo que mis padres quieren en un hijo. Lo cierto es que llevamos tiempo sin hablar. En fin, te veo luego.

Se marchó hacia las escaleras de mármol mientras los Slytherin entraban en las mazmorras. Vio como el tal Regulus se quedaba mirando a su hermano. Lo cierto era, pensó Harry, que las historias de las familias durante la guerra estaban llenas de dificultades. Por lo que sabía, los Black no fueron una excepción. Destinados a pertenecer a la Casa de las serpientes, cuando Sirius fue destinado a Gryffindor, Harry se imaginó que fue una gran decepción para todos. Por eso se imaginó a Regulus como un diamante en bruto que tanto él mismo como sus padres fueron puliendo con los años: Slytherin, buscador del equipo, hijo ejemplar… Todo aquello que Sirius nunca fue, ni era, ni sería, todo aquello que, Harry estaba seguro, su madre se encargaría de restregarle siempre que pudiese. Tan sólo faltaba poco más de un año para que Sirius abandonase para siempre el hogar familiar.

Alguien se cruzó en su camino.

―Hola, Harry ―era Alice quien saludó.

―Hola, Alice, ¿cómo estás?

La joven suspiró.

―Voy camino de la Biblioteca, a hacer la redacción de Transformaciones, ¿y tú?

―Vuelvo a mi habitación. Oye, me encantaría ayudarte con esa redacción, pero sé de alguien que sabría ayudarte mejor. Creo que ahora está en la Biblioteca.

―¿Ah, sí? ¿Quién?

―Tendrás que ir allí y averiguarlo ―sonrió Harry ―. Por cierto, este año es el de los TIMOS, ¿ya sabes a qué quieres dedicarte cuando dejes Hogwarts?

―Bueno, lo cierto es que me encantaría entrar en la Oficina de Aurores, pero soy una negada para las Transformaciones, y estas son muy importantes para ellos.

―Es cierto. Bueno, espero que tengas suerte. Hasta luego.

―Adiós, Harry ―se despidió ella y tomó rumbo hacia la Biblioteca.

Gracias a su amplio conocimiento de los pasadizos secretos de la escuela, Harry se plantó en la gran biblioteca antes de que Alice llegase, justo a tiempo para ver cómo Frank salía.

―¿A dónde crees que vas?

―Yo a-a-acabo de ter-terminar mi-mi-mi redacción de Trans-trans-trans…

―De Transformaciones, lo sé. Pero sé de alguien que aún no la ha hecho y está perdida. Necesita ayuda. Tu ayuda.

―¿Ah, sí? ¿Y-y-y quién es?

Harry le miró con desdén.

―¿Tú quién crees, genio? Ve a la sección de Transformaciones y quédate allí. Espera a que llegue Alice y ofrécele tu ayuda. Sé que será difícil, pero tienes que ser valiente. Vale que eres un Hufflepuff, pero tienes que intentarlo. Y por cierto, ¿nunca te has planteado ser auror? ―Frank se le quedó mirando, sorprendido ―. Por allí viene… ¡Venga!

Le dio un empujón tal que le hizo entrar de nuevo en la biblioteca. Harry también entró, aunque tomó otro camino hasta la sección de Transformaciones. Cuando llegó, Alice ya estaba allí. Frank pronto apareció.

―Ho-hola, Alice ―saludó él.

Alice sonrió al verle.

―Hola, Frank, ¿cómo tú por aquí?

―Bue-bueno, acabo de terminar mi-mi redacción de Trans-trans-trans…

―Transformaciones― terminó ella, sonriente.

―Eso ―sonrió él también ―. Y estaba a punto de-de-de irme, pero me he de-de-dejado algo y… Aquí estoy. ¿Tú que-que-que tal lo lle-llevas?

―Es horrible, no consigo concentrarme. Y tengo que sacar una buena nota en el TIMO, sobre todo si quiero ser auror.

Frank, armándose de valor, se sentó en la mesa.

―Entonces pue-pue-puedo ayudarte, si quieres.

―Claro que quiero ―contestó ella, casi con ímpetu.

Los dos rieron. Inmediatamente sacaron pergaminos y tinta.

―A mi tam-también me-me-me gustaría… ser auror ―comentó él, de manera casi decidida. Incluso su tartamudez había desaparecido momentáneamente.

Alice se quedó mirando al chico.

―¿En serio? Eso sería genial, Frank.

Harry se quedó mirándolos un momento hasta que desapareció, sonriente. Ahora era cosa de ellos dos, su trabajo ya estaba hecho.

Al rato, entraba en su habitación. Allí estaba, únicamente, Pettigrew. Estuvo a punto de darse la vuelta, pero fue demasiado tarde. Él ya le había visto.

―Hola ―saludó, cansado.

―Hola, Peter, ¿todo bien?

El joven se encogió de hombros.

―No creo que pueda convertirme en animago.

Harry caminó hasta la cama de enfrente y se sentó en el borde.

―No digas eso, nunca sabes qué puede pasar.

―James y Sirius son los mejores, ellos lograrán convertirse en grandes y poderosos animales. ¿Y yo qué?

―A veces no hace falta convertirse en alguien grande y poderoso para ser importante. A veces, hasta el ser más pequeño puede cambiar el curso de los acontecimientos. Como una rata ―señaló los recortes pegados en la pared. Cogió uno que, misteriosamente, se parecía mucho a Scabbers ―. Son pequeñas, llegan a sitios donde otros no podrían llegar, pasan desapercibidas…

Le tendió el recorte a Pettigrew, quien lo cogió y se quedó mirádolo.

―Sí, creo que tienes razón…

Siguió mirándolo mientras Harry se dio la vuelta y se marchó. Ya sólo quedaba su padre por determinar en qué animal se convertiría, por ver de qué manera averiguaría que tenía que convertirse en un ciervo.

Fue en una pequeña aula donde le encontró.

―¿Qué haces aquí? ―quiso saber Harry.

―A veces me gusta estar solo, para poder pensar mejor. Estaba viendo en qué animal convertirme.

―¿Y lo has averiguado?

Su padre negó con la cabeza.

―Aún no. No me siento identificado con ninguno.

Harry pensó por un momento.

―¿Sabes hacer un hechizo patronus? ―preguntó.

Su padre se le quedó mirando.

―Eso es magia muy avanzada, nosotros aún no lo hemos aprendido.

Por una vez, y por increíble que pareciese, su padre no lo sabía todo.

―Da la casualidad de que yo sí. Un gran hombre me lo enseñó una vez. Es muy útil, sobre todo cuando tengas que enfrentarte a un dementor ―bromeó. Sacó su varita y apuntó. Se concentró en un recuerdo feliz y pronunció el hechizo ―. Expecto patronum.

El gran ciervo plateado salió de la varita, cabalgó un poco por la estancia y, después, permaneció quieto.

―Impresionante ―confesó su padre mientras observaba el animal.

―Los patronus adoptan la forma del animal que más nos representa. De nuestro animal interior, se podría decir. Trata de conectar con ese animal y tendrás la respuesta que estás buscando. Te veré mañana en la sala.

―¿Y tú? ―preguntó su padre en el último momento.

―¿Yo, qué? ―quiso saber Harry.

―¿En qué animal te convertirás?

Harry permaneció callado un momento.

―Yo no necesito ser un animago, James. Sois vosotros quienes han de ayudar a Remus, sus amigos. Yo sólo estoy de paso.

Se marchó, dejándole solo.

Al día siguiente, y al siguiente y al siguiente, siguieron practicando, avanzando y mejorando. Hasta Pettigrew mostraba importantes avances, hasta que, finalmente un día, llegó el momento. Harry observaba a los tres Merodeadores.

―Bueno, ¿listos? ¿Quién quiere ser el primero?

Los tres se miraron hasta que, sorprendentemente, Pettigrew fue el primer en dar el paso. Se concentró fuertemente y dio un salto adelante. Fue un joven bajito y regordete lo que se alzó, pero fue una pequeña rata marrón lo que aterrizó en el suelo de piedra.

James y Sirius aplaudieron y vitorearon.

―El siguiente ―pidió Harry.

Sirius fue quien se adelantó. Al instante, un enorme perro negro, con el pelaje revuelto, olisqueaba a la rata. Harry y su padre sonrieron. Tras eso, Harry le miró, a la espera.

James Potter, por su parte, tomó aire. Fue un segundo, pero al instante un enorme ciervo, con una espléndida cornamenta, cabalgaba por la estancia, de igual manera que el patronus de Harry lo hizo. Tras eso, tres animales, un ciervo, un perro y una rata, observaban a Harry. Tres animales que volvieron a ser los tres muchachos que habían sido inicialmente.

―Buen trabajo, lo habéis conseguido. ¿Puedo preguntar cómo llegasteis a esos animales?

―Bueno, el perro es el animal que aparece en el escudo de mi familia ―explicó Sirius ―. Son perros elegantes, por eso decidí darle mi toque y convertirme en un perro de aspecto salvaje. Un poco para diferenciarme de mi familia.

―Yo decidí convertirme en una rata porque son pequeñas, discretas, pasan desapercibidas… Como yo, pero sé qué también pueden ser muy útiles. Discretas, no ser vistas cuando no ellas no quieren, y llegar a donde nadie llega ―explicó Pettigrew.

Finalmente, miraron a James.

―Alguien me ayudó a identificarme con mi animal interior, creo que eso fue. Si ahora mismo conjurase un patronus, creo que sería un ciervo lo que aparecería.

Harry sonrió.

―Bueno, creo que ya hemos terminado.

―No tan deprisa, aún tienes que transformarte tú ―soltó Sirius.

―¿Qué? Yo no me he preparado.

―No es verdad. Te has preparado con nosotros. Inconscientemente, pero lo has hecho. Ahora es tu turno ―explicó Pettigrew.

Dejaron a Harry solo en medio de la estancia. Este, sin más remedio, se concentró. Era cierto que había practicado con ellos. Era cierto que había sometido a su cuerpo a profundas transformaciones, pero nunca había pensado en convertirse en un animago. Eso era cosa de su padre, de Sirius y de Pettigrew, porque ellos eran Merodeadores, no él.

Y, sin darse cuenta, lo había hecho. Se encontraba posado sobre el suelo de piedra y miraba hacia un lado y arriba, hacia los tres muchachos, quienes sonreían al contemplar a una pequeña lechuza blanca de ojos ambarinos y con pequeñas motas negras. De inmediato, alzó el vuelo y sobrevoló la estancia.

Lo había logrado. Se había convertido en un animago.