11

Desafío

Bostezó profusamente. Tras echar un último vistazo a la calle desde el ático en el que se encontraba, se desapareció.

Apareció en mitad de una calle. Tras mirar a un lado y a otro, caminó hasta una casa que tenía frente a él y entró por la puerta principal. No había nadie en el vestíbulo, así que caminó hasta la cocina. Allí, únicamente, se encontraba Hermione.

―Harry ―saludó ella ― ¿De dónde vienes?

La joven leía El Profeta de aquel día. Sobre la larga mesa había cantidad de cubiertos, manteles y copas.

―De una misión ―contestó Harry.

La joven se extrañó.

―Creía que hoy no habría misiones. Dumbledore así lo había decretado.

Harry rebuscó algo en la despensa mientras hablaba.

―Lo sé, pero llevo semanas tras la misma pista. Y hoy me han dado un chivatazo, no podía dejarlo pasar simplemente porque… Por lo que hoy va a pasar.

Caminó hasta la mesa, con los brazos cargados, y lo dejó todo sobre ella. Comenzó a prepararse un emparedado.

―Sé que no es de mi incumbencia, pero… no te he visto muy entusiasmado con todo esto. De todas las personas implicadas, esperaba que tú fueses una de las que más, pero estas semanas has estado más centrado en las misiones de la Orden y menos en ayudar. Tu padre está un poco… mosqueado contigo. Esperaba que uno de sus mejores amigos se mostrase más interesado.

―Hermione, claro que estoy interesado, pero también lo estoy en las misiones de la Orden. Por si no te has dado cuenta, hay una guerra ahí fuera. Y el mundo no se detiene por cosas como lo que va a pasar esta noche. Voldemort no detiene su guerra por tales asuntos.

Hermione no protestó. Se levantó y, antes de irse, se dirigió a su amigo por última vez.

―Olvida hoy a Voldemort por una vez y céntrate en lo que está pasando, ¿quieres? Me voy a la cama.

Harry terminó de comer. Tras eso, lo recogió todo y salió de la cocina. Tras cruzar el vestíbulo y llegar al gran salón del cuartel general, vio que alguien más estaba allí. Su padre.

―James ―saludó.

Su padre apartó su mirada de las llamas de la chimenea y miró a Harry.

―Vaya… El hijo pródigo ha vuelto ―ironizó.

―Oye, sé que he estado un poco ausente estas semanas, pero…

Su padre se levantó mientras le hacía callar.

―No quiero oír excusas hoy, ¿de acuerdo? Estoy muy nervioso y necesito desconectar un poco de tanto preparativo.

Harry le miró con suspicacia.

―¿De qué estás hablando?

Su padre sonrió de medio lado.

―Peter me ha dado un soplo, varios mortífagos reunidos hoy en Londres. ¿Te interesa?

―Se supone que nosotros no podemos entrar todavía en este tipo de misiones, James. Sólo reconocimiento.

―"Sólo reconocimiento" ―se burló su padre ―. Vamos, ¿quién eres tú y que has hecho con mi amigo? Puede que Dumbledore piense que los novatos deberían esperar hasta empezar con las misiones fuertes, pero yo digo que no se aprende quedándose uno en un segundo plano ¿Qué me dices?

Harry dudó por un momento.

―¿Y qué me dices de lo que pasa hoy? ¿No crees que a Lily le molestará que te vayas por ahí de misión y… en fin, llegues tarde?

Su padre también desestimó eso con una media sonrisa.

―Me vendrá bien para quitarme el estrés de encima. Vamos… ¿Acaso tienes miedo?

El siempre recurso de herir el orgullo de un Gryffindor. Harry sonrió y sacó su varita.

―¿A qué esperamos, pues?

Minutos después, se aparecían en un largo y oscuro callejón. Sobre un contenedor de basuras cerca de la calle principal se encontraba una pequeña rata. Cualquiera que les hubiese visto, habría pensado que estaban locos. Y es que su padre se dispuso a hablarle a la rata.

―Buenas noches, Peter.

El pequeño animal miró un momento a los recién llegados mientras movía rápidamente su hocico. Al instante, allí donde se encontraba la rata había ahora un hombre joven, pequeño y regordete.

―Buenas noches, James. Harry ―saludó Peter Pettigrew.

Harry miró a Pettigrew. Nada más entrar en la Orden, a pesar de ser el más reticente del grupo a ello, Dumbledore le asignó misiones de reconocimiento. Por supuesto, los Merodeadores se creían los únicos conocedores de su secreto, pero lo cierto era que el anciano director sabía muy bien la capacidad de tres de aquellos jóvenes de convertirse en animales, aunque no se lo reveló. Mientras que dos animales como un gran perro negro y un ciervo llamarían demasiado la atención, una pequeña rata era el animal idóneo para el espionaje, porque las ratas resultaban ser siempre los animales más abundantes allá donde las misiones de espionaje tenían lugar. Y aunque Pettigrew siempre se quejaba a sus amigos, los Merodeadores, de la cantidad de ratas que veía morir a manos de los mortífagos, sólo para pasar el rato, siempre salía indemne de las misiones.

Harry sabía, o creía saber, por qué Pettigrew no había muerto aún. Era demasiado pronto para sacar conclusiones precipitadas, pues sólo llevaban unos meses en la Orden, pero Harry no podía parar de pensar de ver, en su mente, a Pettigrew sentado en una larga mesa, rodeado de mortífagos y Voldemort ordenándole que siguiese con su farsa. Por otro lado, también era cierto que Pettigrew aportaba información muy valiosa a la Orden.

Por otro lado, el vivir tantos meses como rata ya le comenzaba a pasar factura a Pettigrew, y aunque Harry pudo ver en su tercer año las consecuencias de vivir trece años como una rata, el Pettigrew de esta época comenzaba a mostrar pequeños síntomas, como olisquear como lo hacen esos animales.

―¿Cómo va? ―quiso saber James.

―Esto está tranquilo. ¿Qué haces aquí? Deberías estar preparándote. Dumbledore dijo que nada de misiones.

Su padre rió de manera irónica.

―¿Y tú qué?

―Pensé que se refería únicamente a ti y a Lily ―sonrieron. Su padre caminó hasta la entrada del callejón y miró a la gran avenida, atestada de gente ―. Eh, eh, eh, ten cuidado. Podrían verte.

―Venga ya, hay decenas de personas ahí, yendo y viniendo ―se quejó su padre.

―Lo cual es perfecto para esconderse ―replicó Pettigrew.

Siguieron escudriñando la gran avenida.

―¿Qué buscamos? ―quiso saber Harry.

―Lo mismo de siempre, mortífagos que se reúnen, alguna fechoría… Siempre es buena idea aprovechar sus ganas de capturar y torturar muggles para sacarles información. Por desgracia, los cabrones han aprendido a vestir como los muggles y es difícil reconocerles.

James miró atentamente a la gente que pasaba.

―Aquí hay mucha gente… No se atreverían a hacer algo delante de todo el mundo…

De pronto, se produjo una explosión en el centro de la calle. Una gran llamarada se elevó hasta el cielo y los tres jóvenes pudieron ver varios cuerpos saltando por los aires. Los escaparates de las tiendas y las ventanas de los coches y autobuses más cercanos se rompieron a causa de la onda expansiva, al mismo tiempo que empezaron a saltar alarmas.

Harry y su padre sacaron sus varitas y corrieron hacia el lugar donde se había producido la explosión, mientras que Pettigrew permaneció en el callejón, observando la calle por si aparecían mortífagos. En cuanto llegaron, la humareda que se había levantado apenas les permitía ver algo. Entonces, cuando ya conseguían ver algo, divisaron varias figuras negras, y cuando el humo se hubo disipado prácticamente, vieron que eran tres mortífagos los que daban la espalda a un enorme boquete sobre la calle. Los tres iban encapuchados y con las caras cubiertas por máscaras, de modo que era imposible verles las caras, pero para Harry, este era su primer encuentro con un verdadero mortífago. Y, por una décima de segundo, se sintió paralizado. Por supuesto que conocía hechizos y maleficios, y ya se había enfrentado al peligro en más de una ocasión, pero ante sí tenía a auténticos asesinos. Un paso en falso y podría verse muerto.

Hechizos y maldiciones volaban. Rayos verdes y relámpagos rojos se entrecruzaban y chocaban, pero ninguno de los presentes apenas conseguía ver algo.

―¡Tenemos que irnos! ―gritó Harry a su padre. Ambos se habían guarecido tras un coche volcado. De vez en cuando lanzaban algún hechizo ― ¡Ni siquiera deberíamos estar aquí!

―¡No podemos dejar que escapen, Harry! ―contestó su padre, furioso. Harry pocas veces le había visto en pleno combate, pues casi siempre habían ido a misiones de espionaje y reconocimiento, pero desde que le había conocido, Harry había descubierto que su padre odiaba las Artes Oscuras más que nada.

―¡¿Es que quieres que te maten?! ¡Porque si eso ocurre, Lily jamás me lo perdonaría! ―y Harry no llegaría a nacer, por poner un ejemplo.

Su padre dudó un momento, pero finalmente echó a correr, esquivando las maldiciones que aquellos mortífagos les lanzaban.

Mientras tanto, Peter permanecía en el callejón. La gran humareda apenas le permitía ver lo que estaba pasando, aunque se percató de los destellos rojos y verdes. De repente, notó que algo se removía detrás de sí. Se dio la vuelta y notó el callejón más oscuro de lo normal. Una especie de humareda negra se extendía por el suelo y las paredes de ladrillo, cubriendo cubos y contenedores.

―¿Qué… qué pasa? ―la humareda fue tomando forma, hasta adoptar la de un hombre alto, el más alto que alguna vez hubiese podido ver, con la piel muy clara y los ojos rojos inyectados en sangre ― Merlín ―alcanzó a decir Peter.

La figura, envuelta en una túnica negra, sonrió con malicia.

―No exactamente, Colagusano.


Harry y su padre llegaron de nuevo al callejón.

―¿Peter? ―llamó James. Buscó entre los contenedores de basura hasta encontrar a su amigo, el cual estaba escondido y, sobre todo, temblaba de manera compulsiva ― Peter, ¿qué te ocurre? ¿Qué ha pasado? Peter, háblame.

Harry miraba a Pettigrew. Estaba muy asustado, casi como si hubiese visto a un fantasma ¿O quizás era a otro a quien había visto? Por desgracia, no tenía tiempo para averiguarlo, pues una gran explosión se produjo en el callejón. Tanto él como su padre salieron volando por los aires, mientras que Pettigrew se vio protegido de la onda expansiva gracias a los contenedores entre los que se encontraba. Harry sentía que le iba a estallar la cabeza. Había mucho humo, parte de las paredes de ladrillo presentaban grandes boquetes y podía sentir el calor de incendios cercanos. Y esas tres figuras negras encapuchadas, esos tres mortífagos a los que aún no podía ponerles cara.

Su varita… ¿Dónde estaba su varita? Miró a un lado, donde su padre a duras penas hacía esfuerzos por levantarse mientras un hilo de sangre le caía por la frente. Tampoco tenía su varita a mano ¿Y dónde demonios estaba Pettigrew? ¿Tan asustado se encontraba? ¿A quién o qué había visto mientras ellos luchaban? Miró entonces a los mortífagos, que alzaban sus varitas hacia ellos. No, no era así como debía acabar todo.

Entonces, tres rayos volaron por encima de ellos, iluminando de manera momentánea el callejón. Los tres mortífagos tuvieron que defenderse y, acto seguido, protegerse, porque más hechizos volaban hacia ellos. Harry miró atrás, desde donde se suponía que venían los rayos. Vio a tres figuras encapuchadas, pero no eran capas negras. Fueran quienes fuesen, estaban de su lado.

Finalmente, Harry encontró su varita y la de su padre. Le ayudó a levantarse y le instó a correr hacia las tres figuras que les cubrían con sus hechizos. Él, por su parte, corrió a por Pettigrew. Como se esperaba, seguía acurrucado entre dos contenedores. Tenía restos de polvo cubriéndole todo el cuerpo.

―¡Vamos, Peter, tenemos que irnos de aquí!

Consiguió levantarle y corrieron hacia su grupo. Los mortífagos ya no lanzaban maldiciones hacia ellos, pero Harry tenía una sensación general de que algo peor iba a suceder en cualquier momento. Y justo cuando llegó al grupo, se produjo otra explosión. Pero esta vez, algo en el centro de ellos surgió y se expandió, lanzándolos a todos por los aires. Las tres figuras encapuchadas cayeron sobre unas cajas de cartón que había amontonadas, mientras que Harry, su padre y Pettigrew golpearon contra una pared de ladrillo. Harry se sintió mareado, pero abrió los ojos lo suficiente como para ver de quién se trataba.

Y no era otro que Voldemort, alto y ataviado con una capa negra. Sus ojos rojos como la sangre le miraron un momento, pero pronto dejó de interesarse por él. Y con razón, porque ahora mismo Harry no era nada para él. No era aún aquel aparente ser insignificante que le despojara de todos sus poderes. No, Voldemort parecía estar interesado en otras personas.

Su padre se levantó y le apuntó con su varita, lanzándole un hechizo, pero James Potter no era rival para el Señor Tenebroso. Las tres figuras encapuchadas que les habían ayudado también se alzaron y comenzaron a disparar con sus varitas, de modo que esta vez el Lord tuvo que esforzarse más.

Harry seguía apoyado contra la pared, intentando recuperarse. Voldemort y sus cuatro oponentes seguían luchando. Y juraría que intercambiaban breves palabras, pero los cuatro contestaban de la mejor manera que sabían, con hechizos y maldiciones. Al rato, como si Voldemort cortase el aire con su varita, neutralizó a los cuatro duelistas y se desvaneció.

Al instante, su padre corrió hacia él. Al mismo tiempo, Harry comenzó a oír ruidos de sirenas.

―Harry, tenemos que irnos de aquí ya.

Horas después, Harry se encontraba en una pequeña habitación del cuartel general de la Orden, frente a un espejo, mientras trataba de ajustarse una túnica vieja pero elegante. Detrás de él se abrió una puerta, dejando ver a Remus Lupin. Él también iba ataviado con una túnica elegante.

―Hola ―saludó Harry ― ¿Cómo ha ido?

Remus suspiró.

―Bueno, ya conoces a Dumbledore. Si está enfadado, sólo él lo sabe. Aunque admite estar muy decepcionado con vuestros actos de hoy, de no ser por vuestra alocada acción, no habríamos sabido del ataque de hoy.

―¿Y quiénes eran esos que nos han ayudado? ―quiso saber Harry ― ¿Eran miembros de la Orden?

Remus asintió con la cabeza.

―Eran Frank y Alice… Y Lily.

Harry se dio la vuelta y miró a Remus, sin dar crédito.

―¿Lily? ¿Qué hacía ahí?

―Ellos tres eran quienes antes podían llegar para ayudaros.

Harry se quedó un momento con la mirada perdida antes de volverse hacia el espejo. Siguió luchando con la túnica.

―Él estaba allí, Remus. Voldemort.

El joven se estremeció al oír aquel nombre, pero Harry no se inmutó. Las cosas no cambiaban, ya fuese en los noventa como en la época en la que se encontraba ahora.

―No comprendemos muy bien por qué se dejó mostrar en público, aunque Dumbledore tiene sus conjeturas.

―Se enfrentó a James, Lily, Frank y Alice. A los cuatro juntos. Pero ellos no tenían nada que hacer. Aunque…

―Aunque… ¿Qué? ―quiso saber Remus.

Se dio la vuelta pero no miró a Remus, aún pensativo.

―Les dijo algo. Pero el fragor del momento me impidió escucharlo. Intercambiaron unas breves palabras, pero creo que ellos se negaron respondiendo con hechizos. Después Vol… él se fue ¿Qué crees que les dijo?

Remus se encogió de hombros.

―Probablemente lo mismo de siempre. Seguidores. Estamos en guerra y él necesita partidarios. Seguramente haya visto en ellos cuatro a habilidosos magos y brujas y por eso ha ido personalmente hasta allí, para tentarles.

―Pero ellos se han negado, ¿qué ocurrirá ahora?

―Enfrentarse al Señor Tenebroso, rechazarle y sobrevivir a él es todo un desafío. James, Lily, Frank, Alice… Estarán marcados a partir de esta noche. No son los primeros miembros de la Orden, ni serán los últimos, a los que él trata de llevar a su lado. El problema es que muchos de los que se negaron a él ahora…

―Están muertos ―Remus asintió ― ¿Cómo está Peter?

―Bien, está bien. Recuperándose. Ha hablado con Dumbledore personalmente, pero ha sido a puerta cerrada.

Harry se mordió la lengua, pero finalmente habló.

―¿Crees que… que Voldemort ha hablado con él?

Esta vez Remus no se estremeció. La pregunta de Harry, más bien su sospecha, había copado toda su atención.

―¿Qué quieres decir?

Pero Harry no contestó, sino que volvió a insistir.

―¿Lo crees?

Remus tomó aire.

―Quiero a Peter, Harry. Es mi amigo. Es nuestro amigo. Pero seamos serios, es Peter. Nadie se interesaría por él. Menos el Señor Tenebroso ―se mantuvo callado un momento ―. Es la hora, te veré abajo.

Salió de la habitación y, a los pocos minutos, así lo hizo también Harry. Bajó hasta el salón principal del cuartel, el cual estaba lleno de gente, en su mayoría miembros de la Orden. Todos vestidos de manera elegante. Al fondo y en el centro estaba su padre, con una bonita túnica negra. Sirius estaba a su lado, en el lugar que le correspondía. Harry, por su parte, se situó junto al resto de la gente. Entonces, comenzó a sonar una música, y por la entrada principal apareció su madre, vestida de novia.

Hoy, a pesar de las advertencias, de la alocada misión a la ciudad, era la boda de sus padres. Ciertamente, había estado un poco apartado de ese tema, quizás porque no quería influir en él o cambiarlo drásticamente. Pero todo parecía salir como debía ser. Miró a su padre y después a su madre y los dos parecían contentos e ilusionados, a pesar de lo que había ocurrido tan sólo unas horas antes, a pesar de que Lord Voldemort casi los mata, o al menos tentado para unirse a él. Nunca había oído semejante cosa sobre sus padres, sabía que habían sido unos luchadores, pero no creía que fuesen lo suficientemente importantes como para que el mismísimo Señor Tenebroso los quisiese en sus filas, a dos Gryffindor, más aún a una hija de muggles. Aquello no tenía sentido, a menos que Voldemort estuviese muy desesperado.

Los novios iban pronunciando sus votos ante el sacerdote, pero Harry apenas escuchaba, sino que miraba hacia un invitado en concreta. Miraba a Pettigrew. Las palabras de Remus habían sido muy duras, pero eran ciertas. Pettigrew no era importante, nadie se fijaría en él, pero era precisamente esa poca importancia lo que le hacía el candidato idóneo para macabros planes, como planear el asesinato de un mago y una bruja, así como el pequeño hijo de ambos. Sí, Harry estaba seguro al cien por cien. No sabía cómo, pero sí estaba seguro de una cosa. En su ausencia, Voldemort había visitado momentáneamente a Pettigrew, quizás el tiempo suficiente para hacerle saber que volverían a verse. El miedo, el horror en la mirada de Pettigrew, habían sido suficientes para Harry. A partir de esa noche, el reloj se había puesto en marcha, contando los segundos, minutos y horas hasta el fatal desenlace.

―Podéis besaros.

Harry prestó atención en el momento justo en que sus padre se besaron. Sonrió y aplaudió, como el resto de los presentes. No todo el mundo podía decir que había asistido a la boda de sus padres, pero a pesar de lo feliz que se sentía por ellos, un negro pensamiento cruzó su mente en aquel momento. Sus padres habían firmado su sentencia de muerte aquel día.


Nota del autor: mis disculpas por tardar en actualizar, estos días he tenido mucho trabajo en la universidad (por ejemplo, he tenido que terminar y entregar mi trabajo de final de carrera). Espero que os haya gustado el capítulo y que, sobre todo, hayáis sido conscientes de lo que ha pasado. Podéis dejar vuestras impresiones en un review, gracias.