¿Os está gustando? Espero que sí. A partir de este capítulo la cosa se pone interesante entre nuestras dos protas, pero no esperéis saltos al cuello todavía. A disfrutar.

Capítulo 6

«Retrasadas, estamos intentando salvar el pellejo y estas dos vienen con retraso» Gruñón sube y baja los escalones que llevan al umbral de la biblioteca, mientras Blancanieves, James y el doctor Whale están sentados en un banco de la acera.

«Gruñón, cálmate, no sirve de nada ponerse nervioso. Cuando lleguen, comenzaremos el plan. Tesoro, no te preocupes»

El hada Nova se acerca al enano y le pone una mano sobre el hombro, y ante aquel toque, Gruñón, obviamente, se calma y se relaja. Blancanieves sonríe a la extraña pareja, mientras que con una mano dibuja círculos imaginarios en la palma de James que la mira amorosamente.

Un ruido de neumáticos les hace girar la cabeza hacia la calle donde un pequeño coche amarillo está aparcando. De él, salen Emma, Henry, Ruby y Regina. Esta última llama la atención de todos los presentes que, estupefactos, por poco no se les cae la mandíbula al suelo.

Regina llevaba pantalones vaqueros que le marcaban las piernas y sobre todo los glúteos. En los pies calzaba botas de piel de un negro brillante que le llegaban hasta las rodillas decoradas por una pequeña hebilla de plata en el empeine del pie. Una camiseta amarillo pálido con escote en V, muy pronunciado, le caía ligeramente ceñida, convirtiendo todo el conjunto en algo sexy y provocativo. Para protegerse de la ligera brisa, llevaba una chaqueta parecida a la roja de Emma, pero de color negro.

«¿Esta es la misma Regina que dejamos ayer en la central?» pregunta distraído James que no deja de mirar a la Evil Queen. Blancanieves con la boca abierta asiente mientras Gruñón busca la manera de volver a respirar.

«Creo que nunca la había visto con vaqueros»

«Yo tampoco. Es sexy»

Todos se giran hacia el doctor Whale que es quien ha pronunciado las últimas palabras sin pensarlo.

El pequeño grupito, ya habiéndose bajado del coche, se aproxima a ellos. Blancanieves salta y se acerca a Emma dándole un cálido beso en la mejilla. Saluda a Ruby y abraza al pequeño Henry sin dignarse a mirar a Regina que intentaba subir un poco el escote de la camiseta. Cuando alza la vista, se encuentra con el enano que la mira fieramente.

«Llega tarde»

«¿Por qué me miras a mí, enano de jardín?»

Regina se baja a su altura con movimientos que recuerdan a los de una pantera cuando se acerca a su presa. Gruñón asustado retrocede, para después mirar a Emma.

«Disculpad, es que pasamos a recoger a Henry y Ruby»

James se levanta y se pone la chaqueta para protegerse de las ráfagas de viento que amenazadoras le hacen temblar. Después se dirige a Regina señalando la puerta de la biblioteca.

«Adelante, debemos preparar este lugar lo más rápido posible para poder traer a toda la ciudad, así que, Regina…»

Regina le pone una mano en el pecho para apartarlo y sube las escaleras sin poner cuidado a las miradas que los otros le daban. Abre la puerta y entra seguida de los demás.

«Os abro camino»

Pone una mano sobre la pared de madera decorada con un cristal que está enfrente de ellos. Un ligero ruido metálico anuncia la abertura que se encuentra escondida en la pared. Delante de ellos hay un ascensor no muy grande.

«Alguien debe quedarse aquí. El ascensor se acciona manualmente, así que alguno debe quedarse para bajarlo y subirlo»

«¿Por qué crees que tú bajaras con nosotros?»

«Mi querida Blancanieves, es sencillo. Vosotros no es fiais de mí y por eso no dejareis nunca vuestro destino en mis manos. Sí, porque manejar este ascensor significa decidir si os dejo allí abajo para siempre, subiros o estamparos contra el suelo. Así que presumo que bajaré con vosotros. ¿Me he equivocado en algo?»

Blancanieves se calla y asiente intentando hacer cualquier cosa menos mirarla a los ojos. Regina, por su parte, sonríe contenta por haber callado a esa insoportable. Mira a Emma que se le acerca.

«Está bien, Gruñón, por favor, quédate aquí junto al doctor Whale, Ruby y Henry, Regina, explícales cómo funciona esta cosa. Debemos bajar de inmediato»

Tras decir esto, entra en el pequeño ascensor seguida de Blancanieves, el hada Nova y James. Eran apenas cuatro y ya estaban estrechos. James contra la pared, Blancanieves apoyada completamente en él. Por otro lado, el hada madrina y Emma están espalda contra espalda, esperando la llegada de Regina.

Regina intenta no mirar al pequeño Henry que indiferente le cuenta algo a Ruby en una esquina de la sala. Es como si todo lo que ha hecho por él, haberlo criado, protegido, fuesen recuerdos ahora completamente desvanecidos.

¿No ha sido una buena madre? Aquella duda la asalta. En el intento de calmarse, comienza a explicar el funcionamiento del ascensor a Gruñón y al doctor Whale.

«Escuchadme bien, usad solo esta manivela, contra reloj para bajar y en sentido de las agujas del reloj para subir. Estaremos en contacto a través de este interfono. No hay necesidad de apretar ningún botón, siempre está encendido. Intentad no estropear nada y no toquéis ninguna otra cosa, esta estructura es muy vieja y complicada, no me gustaría morir en una explosión o quemada como mi casa»

Gruñón, recibida la indirecta, la amenaza con el pico, pero no obtiene ningún efecto

«Te lo merecías»

Regina se mete en el ascensor sin prestar atención donde se coloca y sonríe rabiosamente a los dos hombres que ya están accionando el ascensor.

«Hablaremos de eso cuando os transforme en babosas»

El ambiente se hace cada vez más oscuro, iluminado solo por una pequeña lámpara sobre sus cabezas. Regina mira hacia delante y se da cuenta en ese momento de donde se había colocado. Se encuentra entre la pared y Emma que está completamente aplastada contra ella. Sus rostros solo están separados por pocos centímetros.

Emma, cuyas mejillas están completamente sonrosadas por la visión directa que tiene del escote de Regina, intenta coger un poco de aire entre sus cuerpos. Una ligera sacudida empeora la situación, ya que Emma pierde el equilibrio y se ve obligada a caer sobre Regina que instintivamente coloca sus manos en sus caderas para frenar la caída. Sus miradas se encuentran y es como una enorme explosión.

Emma se siente lentamente arrastrada hacia aquel abismo castaño que son los ojos de Regina, mientras que esta siente el verde de la rubia entrarle hasta las venas. Blancanieves nota esa mirada abrazada a James que intenta mantener el equilibrio. Ve a las dos mujeres muy cerca, nariz contra nariz, que sin miran sin un arruga de expresión en el rostro. Sabe qué significa esa mirada. Es la misma mirada que ve en sus ojos y en los de James. La misma que había visto sobre el rostro de Cenicienta, de Belle, de Aurora. En suma, la típica mirada enamorada. Pero no algo sencillo, como un encaprichamiento. Aquello es la mirada del amor. Blancanieves se siente morir por dentro. Su hija y su madrastra. Relación compleja. Emma y la reina malvada que había arruinado la vida de muchas personas. Muy complicado. Blancanieves no quiere que algo parecido suceda, no porque sean dos mujeres. El amor es amor. Pero el hecho de que las dos mujeres sean Emma y Regina le resulta difícil de digerir. Cierra los ojos y hunde la cara en el pecho de su marido esperando que aquel descenso acabase pronto.

Poco después con un golpe tocaron tierra. Ella y James son los primeros en salir seguidos de Nova. Emma y Regina están aún paralizadas. Las manos de esta última todavía sobre las caderas, mientras que la rubia todavía está apoyada sobre el pecho de la morena. Los latidos están acelerados y las pupilas dilatadas por el deseo.

«Os espabiláis, vosotras dos»

James las hace volver a la realidad y a una velocidad inaudita se separan una de la otra, volviendo a respirar regularmente. Pero todavía no logran separar sus miradas. Emma da un paso hacia delante y sale de la cabina seguida de una Regina taciturna y con los ojos casi fuera de sus órbitas. Ha sentido su corazón, no el de Emma, sino el suyo. Su corazón que debía ser pequeño y reseco, escondido en alguna parte de su pecho se había reavivado. Durante años, si alguien hubiese tocado la parte oscura del pecho de Regina habría podido sentir un silencio casi aterrador.

Regina se lleva la mano a su pecho y permanece a la escucha. Nada. Sin embargo, ella ha sentido claramente que algo se movía, había sentido una ligera presión que quería salir de dentro. ¿Se ha vuelto loca?

«¿Vamos entonces?

Emma le sonríe aún un poco turbada por esa cercanía inesperada. Recostada sobre el pecho de la morena había sentido como un pequeño, pero grande, a la vez, ruido sordo proveniente del pecho de la mujer, mientras que su propio corazón por poco no sale de la caja torácica. Ve a Regina sacudir la cabeza y unirse a los demás.

James enciende una lámpara de aceite mostrando una larga galería subterránea que acababa en una grandísima superficie rocosa y con desfiladeros. En suma, el lugar ideal para una dragón. Emma al bajar hasta allí, recuerda su duelo con Maléfica. Ella que no creía en Papá Noel, tenía que enfrentarse a un monstruo que escupía fuego mientras su hijo estaba entre la vida y la muerte.

«No creo que sea adecuado para los niños»

El hada Nova camina por el lugar constatando cuánto de peligro había.

«Basta con poner barreras aquí, aquí y aquí. Tenemos en el ayuntamiento»

Regina había pensado también en aquello y sabe que no es el lugar ideal para traer a los niños, pero es el único modo de salvación. Así que había que conformarse. Nova la mira por un instante y cambia de opinión sobre aquella mujer. Sí, era malvada, pero cuando se trataba de niños inocentes sabe qué hacer. En el fondo nuca la había visto tratar mal a Henry en esos años que ha vivido en la tierra.

«Tendremos que hacer muchos viajes con el ascensor para traer aquí a toda la ciudad, y eso es otro motivo para darnos prisa»

Regina se acerca a Nova y le guiñó un ojo

«Eh, entonces, ¿hacemos esa magia?»

Nova se separa algunos pasos, disgustada, y después se recoge las mangas del hábito azul

«¿Qué tiene en mente?»

«Desde hace tiempo se sabe que los hechizos más potentes son aquellos hechos de común acuerdo entre las fuerzas del bien y las del mal. Por ejemplo, para proteger algo que ambas partes usarían de forma devastadora. Así que he pensado en una mezcla de poderes. Algo basado en la resistencia y en la durabilidad. No nos interesa mucho la potencia, debe solo ocultar este lugar a mi madre el tiempo necesario para destruirla. ¿Qué piensa?»

«Me es de verdad difícil admitirlo, pero es una óptima idea. Así que, ¿una especie de crisol entre las dos fuerzas?»

«Entonces, muévanse, no quiero ser una entrometida, pero…»

«Lo está siendo, Swan. Para la magia es necesaria la concentración, así que, por favor… cállese»

Emma cierra la boca, ofendida, y se une a James y Blancanieves que planean la organización

«Volviendo a lo nuestro Campanilla»

«No soy Campanilla»

«Sí, aunque sea aun crisol, es la palabra exacta. ¿Preparada?»

Nova asiente y en silencio comienza a mover los brazos y las manos sincronizándose con los movimientos de Regina que hace un gran esfuerzo para concentrarse en sus poderes. Mueven el brazo derecho lentamente creando un pequeño círculo imaginario. Mientras repiten ese movimiento, con el otro brazo crean una espiral con la mano abierta. Poco a poco entre los dedos de ambas se forma una especie de nubecilla similar a vapor de agua.

Emma se queda asombrada, como los otros, mirándolas. La atmosfera, antes seca y cargada de tensión, se tranquiliza dejando en el aire un olor a musgo como cuando entras en el barco de los piratas en el luna park. Entre los dedos de Nova la nubecilla que se forma es blanca y brillante y poco a poco, colorea aquel círculo imaginario que lentamente continua formando con el brazo derecho. Lo mismo hace Regina, pero esta vez su nubecilla es violeta, como la nueve que pocos días antes había cubierto Storybrooke.

Cuando ambos círculos son bien visibles, con un gesto dulce como una caricia de sus manos, se unen en uno solo haciéndose siempre más grande. Regina continua llamando para sí al poder oscuro que, como un niño que no quiere bañarse, intenta escapar. Después, ambas mujeres dejan caer sus manos a los lados, mientras el círculo, como una cúpula, cubre todo el perímetro. Nova se sacude el polvillo imaginario del hábito, se baja las mangas y se gira hacia los otros

«Hecho, debería funcionar»

Blancanieves sonríe, seguida por James que felicita a la monja

«Bien Nova. Ahora volvamos a la superficie, debemos organizarnos para…»

Blancanieves, James y Nova se dirigen directamente al ascensor, mientras Emma observa perpleja a Regina que le da la espalda. No logra respirar bien y siente que las piernas le tiemblan. La debilidad la toma sin preaviso: ¿cómo puede pensar enfrentarse a su madre si no logra permanecer en pie después de un hechizo tan sencillo? Un dolor en la boca del estómago la obliga a doblarse y a apoyar las manos en las rodillas para intentar retomar la respiración.

«¿Todo bien?»

Emma se le acerca con miedo de tocarla. Durante todo el tiempo que lleva en Storybrooke no había visto a Regina así, ese color ambarino que la distingue del resto de los habitantes había sido sustituido por un color descolorido, casi de enfermo. Regina, al sentir la cálida presencia de Emma al lado, se endereza orgullosa, sonriendo sarcástica

«De fábula»

Un golpe de tos le borra la sonrisa que se transforma en dolor. Regina siente algo húmedo en la nariz, y saborea con la lengua un gusto metálico.

«Solo faltaba esto»

Se lleva la mano a la nariz que perdía pequeñas gotas de sangre, Emma preocupada se acerca con un pañuelo de papel en la mano. Casi inconscientemente Emma le sujeta la cara entre las manos intentando ver la gravedad del asunto. Regina, ante aquel toque, se siente derretir. Mira los ojos de Emma y se pierde en ellos por enésima vez. Esas sensaciones, esas emociones, solo una vez en toda su vida las había sentido. Con él, con…no, no puede permitirlo. Se separa bruscamente del toque de la rubia y sin aceptar el pañuelo corre hacia el ascensor.

Emma se queda quieta durante un par de segundos, después baja la mirada y se une a los demás.

«¿Qué tienes?»

Blancanieves, que esta vez, está cerca de ella, había visto toda la escena, incluyendo la cara de desilusión de su hija cuando Regina se había ido sin darle las gracias.

«Nada. Tranquila»

Una vez en la superficie, Blancanieves, Emma y James se pierden entre llamadas de teléfono y mensajes, organizando a toda la ciudad para el traslado. El doctor Whale junto con Gruñón, Nova y Ruby se han ido al hospital para ocuparse de todos los enfermos. Quedan sin hacer nada Henry y Regina. Uno que busca la manera de subir el volumen de su walkie-talkie, la otra que se mira en el espejo de una vitrina intentando eliminar los últimos residuos de sangre de la nariz.

Cada cierto tiempo lanza una mirada fugaz hacia el muchacho que está demasiado ocupado para darse cuenta, Regina siente un dolor profundo cuando finalmente encuentra los ojos del muchacho que la miran con todo menos con amor. En sus ojos se lee claramente que todavía la considera la reina malvada.

Cierra los ojos recordando los momentos anteriores a todo eso, cuando lo había adoptado.

Había siso un subterfugio, aunque ella fuese la alcaldesa, el proceso de adopción hubiese sido largo, así que había hecho un pacto con Mr. Gold. Aquel malnacido. Le había metido en la cabeza el deseo de tener un hijo, le había llenado la mente de bellas palabras para convencerla. Era un día caluroso, agosto si no recordaba mal. Mr. Gold ya había arreglado todo, legalmente hablando. Le había dado cita en el ayuntamiento por la tarde. Allí ella le tendría lo que habían pactado a cambio. Se había pasado los días anteriores dejando vacía una habitación de la casa, pintándola y llenándola de todas las cosas útiles para un niño. Desde ositos de peluche hasta pañales, todo estaba listo.

El coche oscuro de Mr. Gold se paró delante de la mujer que, impaciente y un poco temerosa, esperaba sobre la acera. Camina de arriba abajo, pensando que la suela de los zapatos negros de tacón que llevaba ya estaría consumida. La oscuridad ya había caído sobre Storybrooke y Mr. Gold, al salir del coche y abrir la puerta, la luz del vehículo iluminó el capazo. Regina tenía la sensación de encontrarse en un cuadro.

Mr. Gold sonriendo depositó el capazo en el suelo y dulcemente sacó de él un pequeño fardo que depositó en los brazos de Regina. Ya se alejaba cuando Regina lo interpela

«¿Está todo bien así? ¿Nosotros, quiero decir?»

Mr Gold había sonreído

«Oh, alcaldesa, estoy seguro de que si en un futuro necesito de su ayuda, estará más que disponible»

Entró en el coche y por un momento Regina se lo pensó. Estaba por devolverle aquel fardo temerosa de deberle algo a un hombre como él. Pero, algo pequeño y cálido le agarra la cadena que sobresalía del escote de la blusa. Regina bajó la mirada sobre lo que era una pequeña y rechoncha manita que lenta y felizmente exploraba el pecho de la mujer. Regina no puede reprimir una sonrisa cuando un ronroneo reveló una carita tierna y sonriente que la miraba. Dejó que Mr. Gold se fuese, consciente de las consecuencias que le traería, pero al mismo tiempo consciente de la felicidad que aquel pequeño de ojos claros le daría.

«Regina, ¿me has escuchado?» Regina vuelve a la realidad cuando Emma la sacude para que le preste atención

«¿Qué pasa?»

«Cora ha aparecido en el centro de la ciudad. Debemos ir»

Regina abre la boca ante la sorpresa para después ser tomada por la manga de la chaqueta por Emma y empujada hacia el coche

No es propio de su madre. Esperaba que Cora estuviera deleitándose en la idea de haberla asustado y que atacase con mucha calma y precisión. Y en su lugar, se hacía ver. Una sensación extraña la golpea en pleno pecho cuando una Emma encolerizada frena delante del carruaje de Cora.

Esta última desciende rozando apenas el suelo y dándose la vuelta hacia el centro de la plaza. A su lado un hombre encapuchado, su criado, que simplemente se apoyaba en una pequeña jaula cubierta de una tela roja. El grupo saltó fuera del automóvil para colocarse frente a la bruja.

«¿Qué quieres, bruja?»

Cora explota en una estridente risa que hace temblar la tierra entera. Después, se acerca a su siervo acariciándole un hombro.

«Estoy aquí para hacer una proposición, Príncipe»

«No haremos ningún pacto contigo si es eso lo que intentas decir»

«¿Qué te hace estar tan seguro de que la propuesta es para vosotros. Sois demasiado cándidos y buenos. Después de haber meditado toda la noche he decidido hacerte a ti, hija mía, una propuesta»

Todos se quedan sorprendidos, y girándose se quedan mirando a Regina que todavía está cerca de la pequeña macha amarilla que Emma llama coche.

«Vete al infierno madre»

«Oh, bambina mía, ya he estado y he vuelto a por ti, ¿no te hace eso feliz?»

Regina en una nube de humo violeta se transforma en su alter ego del mundo mágico. Un corsé burdeos le ciñe el pecho resaltando sus senos y el collar de diamantes que le adorna el cuello. El vestido desciende largo y libre hasta el suelo mientras los cabellos están recogido delante y se deslizan sueltos por la parte de atrás hasta la mitad de la espalda.

«Déjalo ya madre, no quiero tener nada que ver contigo»

Emma se queda ahí mirándola, quiere ir a su lado para darle las fuerzas necesarias. Con la piel tan blanca y los ojos tan profundos le parece una delgada ramita, víctima de la intemperie. Se obliga a quedarse quieta, sujetando a Henry que mira a Cora con desprecio.

«¿Ni siquiera si te propusiese un cambio? ¿Ni siquiera si ese cambio fuese de una persona por ti amada? Ni siquiera si fuese…»

Con un ligero movimiento de la mano, el siervo de Cora levanta la tela roja de la jaula, dejando ver en su interior a un hombre con el pecho descubierto, visiblemente enfadado y desaliñado. No es necesario que Cora termine la frase para hacerle comprender a Regina de quién está hablando.

«Daniel» susurra. De repente le falta la respiración y la cabeza le duele. Se lleva una mano al estómago, cree que se va a desmayar, abre la boca de nuevo un par de veces para hablar. Se siente la boca seca, la lengua pastosa, la voz recluida quién sabe dónde. Mira a su madre que exhibía un gesto de satisfacción.

Blancanieves da un paso hacia delante y habla en lugar de Regina

«Pero Regina me dijo que estaba muerto. Que tú lo habías matado»

Cora asiente.

«En cierto sentido es lo que le hice creer. Pensé que este palafrenero me era más útil vivo que muerto»

«¿Me hiciste creer que lo habías matado? Estaba allí entre mis brazos, sin vida. ¿Por qué todo esto? ¿Por qué?»

Es un grito desesperado lo que proviene de los labios de Regina. Un grito que hace temblar a todos los que estaban allí observando.

«Hija mía, el amor es debilidad, ¿lo has dicho también tú o me equivoco? Este pequeño idiota te estaba distrayendo de tu verdadero potencial. Cosa que has demostrado a todos ahora»

Los ojos de Regina están húmedos, pero intenta por todos los medios sofocar las lágrimas. No quiere llorar delante de esa mujer que dice ser su madre. El odio que siente hacia ella es secundario al dolor y al sentimiento de culpa. Durante todos estos siglos había llevado muerte y destrucción para vengar un hecho nunca ocurrido. Se siente una estúpida.

«Déjalo ir»

Daniel, ante aquellas palabras, como salido de un sueño, alza su mirada hacia Regina. Le sonríe, desesperado, mientras intenta ponerse en pie.

«No es tan fácil, tesoro mío. Lo dejaré libre si tú te unes a mí y me ayudas a destruir a esos sosos humanos»

«No»

«¿Cómo que no?»

«No te ayudaré a matarlos. Ahora, no. Hoy, no»

Emma sonríe, en el corazón una sensación de orgullo hacia aquella mujer que finalmente había revelado su verdadera naturaleza. En el corazón, otra sensación, lo sabe, tiene miedo de intentar explicarlo, pero al mismo tiempo sabe perfectamente lo que es.

Observa cómo Regina, mientras habla con Cora, no aparta la mirada de Daniel y de su prisión. Un golpe en su corazón la asusta y la hace sobresaltarse.

«¿Qué pasa?»

El pequeño Henry apoyado en su madre se da cuenta de ese ligero movimiento.

«Nada, Henry, pero ahora ponte detrás del coche junto a Ruby»

«No quiero»

«Henry, te lo ruego»

Ruby, recibiendo el mensaje, coge al chico casi en peso y se esconden detrás del coche, vigilando todo por encima del maletero.

«Hija mía, me ayudarás, Sí, porque si no lo haces, el pobre Daniel morirá. Esta vez de verdad»

Tras decir esto, su criado saca de la jaula a Daniel que cansado y herido cae de rodillas ante Cora. Las manos y los pies encadenados. Mueve ligeramente los labios en un susurro silencioso. Blancanieves lee en los labios el nombre de Regina. También Regina se da cuenta, pero se debate sobre lo que debe hacer.

Cierra los ojos e intenta concentrarse lo máximo posible. Los minutos pasan lentos mientras el silencio como un asesino serpenteaba entre ellos. Reabre de golpe los ojos, en la cara una máscara inexpresiva. Se gira hacia Emma y la mira fijamente, esta última con una expresión de terror. Si, Emma tiene miedo. Miedo de la elección de esta mujer que la está mirando. Regina aparta la mirada de ella para posarla en Ruby y en Henry que desde detrás del coche esperan la sentencia. Después, dirige su mirada a James y a Blancanieves, para después darse cuenta de que la mitad de la ciudad, que se preparaba para el inminente traslado, había llegado allí y esperaba su decisión.

Vuelve a mirar a la madre y a Daniel. Suspira y da un paso adelante sonriendo lascivamente a su madre.

«No» el grito de Emma es un grito estrangulado que paraliza a Regina. Cierra los ojos y vuelve a caminar hacia la madre que le sonríe. Cuando la tiene delante, Cora le pone una mano sobre el hombro con un gesto materno, mientras ella no aparta la mirada.

«Tú no eres como ella, Regina. No puedes hacer eso. Te estábamos dando una segunda oportunidad»

Blancanieves se le acerca junto con James que sostiene a su hija

«Tiene razón, Regina. Todos estábamos dispuestos a dejarnos ayudar por ti» Como única respuesta, Regina sonríe con malicia, segura de lo que estaba haciendo.

Cora la mira

«Déjalos estar, hija mía, estoy contenta de que finalmente hayas decidido unirte a mí. Sabes muy bien que es peligroso hacer enfadar a una reina»

Regina se coloca frente a su madre y le sonríe burlona, mientras que con todo su ser llama para sí el poder

«Oh, madre, lo sé. Pero debo corregirte, es peligroso hace enfadar a… ¡Regina!»

Tras decir eso, con un movimiento fulminante de la mano arroja con todas sus fuerzas a su madre una decena de metros, cosa que deja sorprendida a la misma Cora.

Con el mismo poder, coge a Daniel y lo aleja de la pelea sin darse cuenta de que detrás de ella se encuentra el siervo de Cora dispuesto a lanzarse contra ella con una espada.

«¡Regina!»

Esta vez quien chilla es James, que llama la atención de Regina, y le lanza su espada, recuperada hace poco de las cavernas de la biblioteca. Regina la coge al vuelo parando el golpe que ya se descargaba sobre ella. Comienza una lento retroceder, mientras recupera un poco las fuerzas en la mano izquierda. Cuando está segura del golpe, arranca del pecho del criado el corazón y lo convierte en polvo. El hombre cae al suelo desapareciendo en una nube gris.

«No has debido hacerme esto, hija ingrata»

Cora volando, golpea a su hija que aterriza unos metros más allá, bajo un árbol. El golpe le corta la respiración, pero velozmente se levanta para lanzar contra su madre un par de coches aparcados en ese lado.

Cora fácilmente esquiva uno haciéndolo explotar, pero el otro la golpea de lleno arrojándola lejos.

Regina permanece a la espera. El silencio se vuelve soberano, ninguna señal de Cora. James se acerca corriendo para sujetarla antes de que cayese al suelo. Todos se le acercan y, asombrados, permanecen en silencio. Emma se le acerca y la ciñe por la cintura, mientras Blancanieves la mira con respeto.

«Gracias. Pensaba haberte perdido»

«Intenta no recordarme que os elegido a vosotros»

Suspira. Oye un lento susurro proveniente de fuera de la muchedumbre. Esta se abre dejando que la mirada de Regina se encuentre con aquellos ojos color del cielo y del mar.

Daniel está ahí, todavía encadenado, pero feliz. Feliz de ver a Regina delante de él.

«Daniel»

Regina, cansada, hace señas a James y a Emma para que la dejen caminar y arrastrando los pies se acerca, como en sueños, a Daniel. Con un gesto de sus ojos las cadenas desaparecen. Daniel suspira feliz, un poco magullado, pero está bien.

Están a pocos centímetros de distancia y para Regina es como si nunca se hubiera separado de él. Como si estuviesen todavía en aquellas caballerizas, aquella noche. Cautamente, acerca su mano al rostro de Daniel, temerosa, como si de un momento a otro, se despertase o él desapareciese en una nube. Sus dedos tocan la piel de Daniel y como por magnetismo su otra mano se apoya sobre su rostro. Acaricia cada curva, cada pequeña arruga. Después suspira, y una mano de Daniel le seca la lágrima que fugazmente se había escapado de sus ojos.

Todos están mirándolos, con aire soñador, y aunque el odio hacia Regina era grande, se sienten felices ante lo que ven. También Gruñón deja que una ligera sonrisa se dibuje en su rostro.

«Pensé que estabas muerto»

Daniel le pone un dedo en los labios para callarla y vuelve a mirarla a los ojos, aquellos ojos chocolate que habían perdido durante tanto tiempo la esperanza y la alegría de vivir han vuelto a brillar. Emma sonríe aunque un tumulto de sensaciones en su corazón la ha destruido. Blancanieves la toma de la mano con gesto materno, intuye algo. En el fono era su madre, ¿no?

«Sssh, Regina»

Daniel le acaricia un mechón de pelo, mientras ella ha vuelto a ser la persona de siempre. Daniel, sorprendido, sonríe ante la ropa de dura y se pone a juguetear con el collar del que colgaba su anillo de compromiso. Después, toma en su mano la barbilla de Regina, que, mientras, había apoyado sus manos en el pecho del amado, y la acerca hacia él. El beso es lento y casto. Un ligero roce de labios que esconde mucho más. Es un ligero roce de almas que finalmente se han encontrado. Cuando se separan solo es para coger aire.

Regina sonríe y todos se dan cuenta del cambio, es una sonrisa de felicidad. Una verdadera sonrisa de amor. Una sonrisa que Blancanieves solo había visto una vez. En aquellas caballerizas cuando ella le había hablado de Daniel. Cuando ella solo era una niña.

Daniel abraza a Regina riendo a carcajadas, levantándola en peso y girándola en el aire. Regina es feliz. Por primera vez en su vida, es feliz. Cuando Daniel la deja en el suelo, se separa de él solo para mirarlo a los ojos. Como si su supervivencia dependiese de eso.

Blancanieves y James se abrazan impregnados de la emoción del momento, mientras Henry de la mano de Ruby comienza a cambiar de opinión sobre Regina. Después un golpe.

«Regina»

Regina está en el suelo, desmayada. Un hilo de sangre desciende de la nariz. A su lado, Daniel que preocupado intenta despertarla. La primera en acercarse es Emma que ante la visión de Regina desmayada cree morir.

«Llamad al doctor Whale»

Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿A qué no os esperabais esa sorpresa? Jajajajajajajajaj. No desesperéis. Es un fic SwanQueen. Solo puedo decir eso. Ya sabemos lo que siente Emma, pero para Regina nunca nada es tan fácil.