PRIMER DISTRITO
Un FanFic de Mai-HiME por Ms. Kanzaki
Advertencia Legal: Sunrise es dueño de Mai-HiME y su amplio universo; Miles Davis sólo contribuyó con los títulos y la música que empleo para escribir esta historia. ¿Mío? Sólo mi pobreza y locura.
CAPÍTULO CUATRO - A Medley Of... Tempus Fugit/ Enigma (with bits of GD)
DIÓCESIS VIGÉSIMOTERCERA DE LA AGENCIA PRIMER DISTRITO, CERCA DE ILMENAU, TURINGIA, ALEMANIA. DOCE AÑOS ATRÁS...
"Today is the first day of the rest of our lives...".
Saeko todos los días empezaba cantando canciones de su banda favorita, Green Day, cuando no encendía el reproductor de música a todo volumen y de paso así ahogaba con un botón el zumbido de la actividad del resto de la base. De hecho, parecía que siempre procuraba hacerlo justamente cuando me veía recién levantada y en preparación para nuestra rutina de estudio y entrenamiento. Por mi parte hacía lo necesario para concluir mi arreglo rápidamente, sea que mi oído no lograba aceptar el punk rock completamente o porque no podía contener la risa viendo a esa mujer mayor moverse y cantar como muchachita recién salida de la secundaria.
"Recuerda, mi pequeña Fujino, que solamente disponemos de 15 minutos para alistarnos, desayunar y partir. Y, conociendo la pasión de Tomoe por la puntualidad, ¡más vale que lo hagamos en 5!".
Después de su aviso, regresó a cantar a todo pulmón, "I'm not getting any younger as long as you don't get any older..."; su voz era como la colmena hallada en la oscura esquina del interior de un árbol, profunda, dulce y llena de los jugueteos de abejas descansando. Era para mí una maravilla el cómo podía con sus cuerdas vocales dar semejantes inflexiones.
"Lista me hallo, coronel Kuga".
"¡Pero qué formal aún suenas, niña! Ya te he dicho que me llames Saeko, creo que invierto más de tres ocasiones por día en recordártelo. Mi rango y apellido son para los demás, pero mi nombre, MI PRIMER Y MÁS IMPORTANTE NOMBRE, es para quienes me conocen y comparten conmigo afecto".
Y a volver a cantar. "If I promise to go to church on Sunday, will you go out with me on Friday night? If you live with me, I'll die for you and this compromise...". ¿Dijo "afecto"? Alguna vez me refirió que conoció a su marido Stephen en un concierto tributo a esa banda estadounidense, creo. Bailando slam, ella accidentalmente chocó con él, fracturándole la muñeca de paso. Amor a primera enyesada. ¡Vaya encuentro del destino!
Escuché un gruñido sustituir a sus cánticos post-punk. Podía advertir que batallaba en domar, forzar en una coleta a su cabello extraordinariamente negro. Miré hacia la ventana que regalaba una vista soberbia de la Selva Negra al modesto apartamento -más bien un lugar muy deficiente para llamarse así, apenas consistente en tres cubículos-, y dejé que el sol matutino llenara mis ojos escarlatas. Los cerré brevemente y los abrí al girar la cabeza hacia donde Saeko practicaba maniobras desesperadas en su pelea exhaustiva contra el peine.
Aunque intentara beber el trago más grande de sol posible, su negra cabellera absorbería más, una sombra que servía de cascada, capa y aureola a su única persona.
Más que platicar con ella, prefería observarla. A un año de haber sido incorporada al programa de jóvenes prodigios, conocía de ella bastante, si bien Kuga nunca fue alguien que gustara de disimular su personalidad. Sabía que era muy sociable, de gustos y hábitos sencillos, y que actuaba en acorde con lo que creía; y como gran extra, era sumamente compasiva. Era dueña, también, de un sentido del humor con gran tino. Casi desde que nos conocimos no cesaba de declarar que para ser una muchacha de quince años era yo quien actuaba como la más vieja de las dos.
"En serio, Fujino-ojousama," -y el honorífico lo subrayaba con la mayor ironía-, "a veces puedes ser más rígida que Armitage, y más reservada que Kikukawa... ¿por qué no te comportas más como las muchachas de tu edad?". Si estuvieras aún con vida, Saeko, ¡cómo te reirías en aún aplicarme ese discurso una y otra vez!
El sonido que ahora escuché fue la del peine siendo puesto en un estuche de madera tallada estilo Ainu (Kuga estaba orgullosa de sus raíces, de su procedencia de la llamada "lejana frontera norte" de nuestro amadísimo Japón, la isla de Hokkaido). Hubiera estado por unos minutos más observándola en silencio, al mismo tiempo meditando si debía ya permitirme confianzas así con mi colega y superior, mi compañera de combate en el ambicioso proyecto al cual el entonces Cónsul Jean-Bernard Lemesurier había respaldado con todo su capital político (y con el que consiguió conferir un poder sin precedentes a la leal y grandiosa agencia que encabezaba, Primer Distrito); pero el clamor de un claxon me sorprendió de tal modo que la coronel consiguió pescarme con la mirada fija en su persona frente al espejo, intrusa en su reflejo.
"Hay que irnos. Tomoe, fiel a su costumbre, llegó cinco minutos antes de lo acordado. Ya que me miras con esa libertad, Shizuru, ¿podrías por favor llamarme Saeko?".
Está demás decir que acompañó sus palabras con una sonrisa demencialmente triunfal.
Suspiré. Levanté las manos como en señal de rendición, pasé a su lado para ganarle el acceso al vehículo doble T, y bajé mis brazos. Mis manos me eran indispensables para acabar de anudar mi corbata.
o - o - o
Sus ojos, tan semejantes a rubíes, se abrieron lentamente. Podía apreciar en trocitos minúsculos propios del confetti los rayos del astro matutino que pasaban alterados por los colores de los vitrales en el pasillo. También comprobó que en su campo visual habían hilos negros largos, largos y negros cuales líneas de trazado de algún dibujo que el Creador se disponía a insuflar de vida, vida y más vida. De hecho, ya sentía aquella "creación" respirando pesadamente sobre su cuello...
- ¡¿Pero qué acaba de ocurrir?!-, apenas la mujer de cabellos rubio cenizo pudo espetar merced a su respiración restringida.
El percance hizo que la kyotoka cayera de cara al suelo, su mejilla izquierda grabada con la imagen en relieve de la insignia de la bienhechora y abnegada institución bautizada como Primer Distrito, hallada en cada cuadro de la loseta; su brazo derecho extendido horizontalmente. Sobre su cuerpo, una vez pasada la temporal confusión producto del choque, pudo advertir el peso de otro cuerpo, y que incluso dicho cuerpo tenía su brazo descansando sobre el suyo de tal modo que parecía tenerle atrapada, la Física y el descuido ajeno la subyugaron.
De inmediato, la general brigadier Shizuru M. Fujino miró de reojo a quien yacía encima de ella. No puede ser, empezó a repetir dentro de su cabeza, no puede ser. ¡Cáspita! Su voz la traicionó al hacer audible en murmuros su sorpresa.
Aún cuando la culpable del incidente embarazoso se levantó lo más pronto que sus músculos le permitieron, y le tendió la mano en forma instantánea para ayudarle a reincorporarse, Shizuru sentía que en sus huesos persistía el peso del cuerpo de Natsuki. Natsuki Kruger, la hija de Saeko y Stephen, idéntica a su madre excepto en la coloración esmeralda de sus ojos...
... y una dureza apenas perceptible en sus facciones salvo para quienes la conocieron de niña, como yo...
- ¿Te- emmm- se encuentra bien, gen- no, ¡profesora! Fujino?-, la confusión y preocupación en esa voz casi copia carbón de su madre traslució en Natsuki.
Era demasiado para la japonesa. Tomó la mano cálida de una Kruger arrepentida de su audacia y ansia por ver a su amiga y hermana del pasado, irguiéndose cuan alta era y sin perder la oportunidad de mirar, no, inspeccionar esa mirada que le trajo a la mente la taiga que recta alcanzaba el cielo, inconmovible e inmodificable como Arkhanguelsk.
... o los envolventes y complejos arabescos en que se manifestaban los verdes brazos de la extrañamente nombrada Selva Negra...
Menos mal que con todo y el paso de los años, Shizuru seguía siendo la más alta de las dos; este hecho hizo que se relajara un poco, sus labios desanudaron su gesto de inicial disgusto con la caída.
- Cadete Natsuki Kruger, número de identificación 081588, originaria de los Países Bajos, ¿verdad? Acompáñeme a mi oficina, por favor.
Su tono, para su alivio, no delató la urgencia de la que su emoción se tildó. Un tono sin mucha inflexión, preciso y al final sazonado con el ligero cantado de su acento kyotoka. Profesional, estrictamente profesional.
Natsuki, que acaba de concluir de atar de vuelta su larga cabellera a la cola restrictiva y aburrida -¡qué choque! ¡hasta deshizo su peinado de un sólido golpe y porrazo!- que era reglamentaria en el pétreo y poco imaginativo mundo de Primer Distrito, contempló por unos instantes el andar acentuadamente militar. No le gustó, ciertamente.
Empero lo imitó. Los dioses sabrán qué ocurrirá, y para anticipar cualquier hecho potencialmente desagradable era mejor emplear la careta y movimientos de la gente aquí.
Servían, también, para calmar sus nervios.
o - o - o
La conexión por videófono que pidió la mujer bella e inusualmente elegante sentada tras un escritorio de caoba pulidísima, en medio de una oficina inundada de decoración exquisita y a la vez barroca en su exceso, por fin se había establecido. Con un gesto de su mano cuidadosamente manicurada, despidió a su secretario Ishigami, y esperó a que éste cruzara el marco de la puerta de oscuro y sólido ébano para iniciar la conversación que en su día ocupado era la prioridad máxima.
Tomoe Angelique Lemusurier, la Cónsul más joven en la historia de la organización que dirigía, esta agencia benemérita y casi todopoderosa designada como Primer Distrito, sacudió un poco su melena castaño oscuro, cortada en modo asimétrico con rayos verde mar, y que confería a su rostro un toque sofisticado. Enseguida, alisó con sus manos perfectamente manicuradas las solapas de la chaqueta de su traje sastre azul grisáceo ribeteado con púrpura.
Se hallaba, ahora sí, en condiciones de tomar la llamada de su Imperial Majestad:
- ¿Cónsul Lemesurier? ¿Esta línea es segura?
La joven funcionaria, aunque impuesta a la insistencia de dicha pregunta, exhaló un poco de aire. Los acontecimientos recientes, desafortunadamente, habían bajado un poco las reservas de su paciencia, y tener paciencia con la paranoia de tu superior puede a veces ser una experiencia verdaderamente extenuante.
- Lo es, sire. Veo que hoy nos acompañará la augustus heredera.
- Muy buenos días tenga, madame Cónsul-, expresó Mashiro Annabelle de Miramar, primera en la línea de sucesión al trono imperial, con la suavidad de la seda.
- La princesa Mashiro será a partir de ahora mi liason con usted en caso de que me halle indispuesto. Está demás decir que también es para irla preparando en los asuntos que atañen a su futura herencia.
- Bien, sire-, declaró Lemesurier, llevándose su mano derecha a su elongado fleco para impedir que éste se inclinara sobre su rostro,- El proyecto, en estos momentos, se encuentra en plena resucitación, aproximadamente en un 80%. El doctor y jefe del laboratorio a cargo de las Diarquías, John Smith de la sección de Ciencias, afirmó que tendrá todos los sistemas en línea para mañana en la noche.
- Impresionante, la presteza con que Primer Distrito emprende todo, Cónsul-. Por lo que escuchaba y veía en el rostro de la augustus, Tomoe deducía que ésta se hallaba asombrada.
Sonrió y continuó:
- Todo por servir a vuestras majestades debidamente. Un desastre como el de hace diez años es lo que nos proponemos prevenir.
El hombre más poderoso de la Tierra, el Imperator, se movió en su asiento tapizado en pieles y terciopelo.
- Lemesurier...- pausó un poco para disimular una tos algo escandalosa,- según el reporte fechado hace tres días, la general brigadier Shizuru Fujino fue reintegrada a la agencia, y por recomendación expresa suya. Me imagino que será parte vital de los planes de Primer Distrito, empero, no puedo evitar inquirirle... ¿Se puede confiar en alguien como Fujino que, con todo y ser vista como una heroína de guerra, renunció entregando la carta más dura jamás escrita, y además jamás se disculpó por el incidente de la medalla?
- No se alarme, sire. Fujino mostró en su tiempo de servicio que podía ser el soldado más fiel y entregado al deber posible, tan así que puedo declarar que no habido persona alguna que le iguale. Su poder... su poder y capacidad serán indispensables. Además, como consúl y mujer, estoy segura que la general razona como yo: el pasado es el pasado.
Tomoe desvió la mirada ligeramente. Una luz en el lado derecho del videófono brillaba de modo intermitente.
- Hasta aquí llega mi actualización al informe matutino, majestades. Nuevamente me declaro a vuestro servicio, y les envío mis saludos más calurosos.
- Agradezco que siempre prefiera dar los informes a través de este medio, Angelique. Tu padre, que en gloria descanse, obraba con la misma efectividad que usted, y hasta el último día de servicio nunca me entregó información por mediación de un tercero o un papel. Hasta entonces.
La princesa inclinó su cabeza y dio sus cumplidos a la cónsul.
- Descanse, sire. Hasta la tarde-. Acompañó su despedida de una genuflexión sencilla.
Inmediatamente cambió el canal de conversación. Su gesto de cortesana fue descartado en favor del de la funcionaria responsable del acontecer del Imperium. Encendió la modalidad línea codificada, apagando la pantalla y dejando únicamente la voz, dirigiendo ésta a través de un auricular que se colocó en forma rápida:
- Claudel, esperaba tu reporte hace tres minutos... Hmmm,-, sus dedos golpeaban rítmicamente la superficie de su amplio, su entrecejo se frunció ligeramente,- hagan todo lo que sea, Claudel, y te quiero al frente de la operación. Recuerda, alta discreción, ¡alta discreción! Sí, considera esto mi autorización para clasificar esto como código #5 de los estatutos secretos, bajo mi responsabilidad directa...
Caminó hacia la puerta de cristal que conduce al balcón. Quiso abrirla, y recibir los rayos del astro dorado. Tal vez, así, tendría una iluminación.
- Entendido. ¿Claudel?-, su voz se suavizó,- Protege tu persona. Necesitaré que... tú misma me entregues el reporte. ¡Godspeed!
Debía modificar uno o varios aspectos más del proyecto. Tal vez acelerar o frenarlos. Eran muchas cosas sobre qué decidir, y sin embargo eran más las que tenía que reconsiderar.
Genio, cálculo y habilidad. Nada de iluminación. No había necesidad de un ruego o petición, y de todos modos Tomoe Angelique Lemesurier, hija del barón Lemesurier de Maginot y cónsul de Primer Distrito, nunca ha requerido un milagro.
o - o - o
"I've been waiting a lifetime for this moment to come...".
Salí brevemente para preparar té, aunque no era una infusión lo que requería esta inesperada situación. Lo que más necesitaba en estos momentos era un milagro.
A punto de abrir la puerta de vuelta a mi oficina, casi suelto la bandeja con el servicio de té al escuchar aquella voz entonando melodías que a pesar de que nunca fueron parte de mi bagaje cultural, me eran familiares y queridas.En verdad no debía extrañarme que aquella joven de nuevo ingreso en esta agencia, al igual que su madre, sabía de memoria y recurría a canciones de Green Day cuando nada mejor había qué hacer.
"I'm destined for anything at all...".
- "Waiting", am I right?-, permitiéndome una sonrisa pequeña y cómplice.
Natsuki dejó de cantar y se levantó de la silla de plástico ergonómico Kendall, tomando de mis manos la bandeja y colocándola sobre el también plastificado escritorio, tan limpio en su diseño y libre de grecas, curvas o cualquier intento de detalle, acentuando el carácter aséptico de todo el espacio.
- Yes. Glad you still remember-, soltó su boca algo de incomodidad mezclada con otro sentimiento, ¿sonó eso como un velado reproche?,- Will we be having this conversation in English, Neerlander, Deutsch, Francais, Español, Italiano, Nihon-go, or sign language?
Ya entendí, estás sumamente molesta, pero no se me ocurre otra forma de distender la situación mas que servir tu taza y después la mía, haciéndolo con la debida ceremonia con que fui educada.
- Perdona la tardanza en preparar el té, y... en saludarte-, dije apologética, depositando la taza azul profundo con una franja lineal verde frente a su persona.
La joven de pelo largo y oscuramente majestuoso como lo fue el de su progenitora tomó el plato y la taza, cerrando sus ojos mientras soltó un suspiro e inhaló ruidosamente el aroma de la infusión. Esa costumbre suya de oler el té antes de beberlo no ha cambiado, y me complací de que no se haya convertido en una completa extraña para mí en estos diez años.
- Creo que quien debe disculparse soy yo. No debí haber emprendido esa carrera tras de ti con tan poco cuidado, Shi- digo, gen-
- Shizuru, por favor. Llámame Shizuru. Aunque sea lo apropiado dirigirse a mí por mi rango y apellido, viniendo de ti no se oye bien... después de todo, eres como una hermana para mí, pequeña Natsuki.
Tomé un sorbo a mi taza amarilla con una franja lineal roja. Miré a mi amiga de reojo, por encima del borde de mi bebida, y me dediqué a estudiarla rápida y eficientemente. Puedo apreciar que su paso por el sistema educativo imperial, modelado en gran parte sobre el estilo prusiano, le ha dado a su complexión signos evidentes de fuerza y agilidad; el contacto frecuente con el sol en aquellos ejercicios al aire libre le regaló un tinte de bronce en polvo a su tez blanca; su postura y movimientos son rectos y sencillos. Aún así, cuando levanté un poco la vista para examinar su rostro, aquel rostro prácticamente el de mi ex-compañera y superior la general brigadier y Deus de la Primera Diarquía, Saeko Kuga, mis pupilas una vez comparadas a una estrella gigante roja fueron sorprendidas por sus pupilas espectro verde de un cercano quasar. Habían en ellas un ruego y varias preguntas conglomeradas, mas de sus labios rosas sólo salió una:
- Shizuru. Shizuru... ¡¿por qué demonios dejaste de visitar, llamar, ESCRIBIR?!
- Natsuki-, preferí beber un trago largo al té caliente; acaso el calor me obligaría a improvisar una respuesta a una interrogante justa, precisa, y cargada de un sentimiento ante el cual estaba desarmada, impotente. Sabía que ninguna verdad calmaría la sed que su ignorancia, perdón, MI OLVIDO, había propiciado.
Ahora fui yo quien suspiró largo, y deposité mi taza sobre la bandeja decorada con los colores del escudo de este envase del destino designado como Primer Distrito.
- Natsuki...
Kruger dejó también su taza sobre la superficie más próxima, y se irguió de su asiento, mas permaneció en su lado del escritorio.
- Shizuru, dímelo.
Pudo haber dicho "Shizuru, necesito saberlo", pero el efecto haciendo eco en mi sangre habría sido más catastrófico.
o - o - o
Años, décadas, centurias han pasado, y pasarán; y las ciudades, las obras maestras del arte de la fortificación y vivienda, esas muestras del más claro desafío a la madre Naturaleza, siempre hervirán de vida mientras habitantes posean. Y si los pierden, sus ruinas se mantendrán de pie, aún si es un ladrillo el que quede, una piedra que únicamente tenga al viento para remover el escombro de las catásfrofes sobre ella.
Todos sabrán que alguna vez los hombres ahí hicieron su asiento para dominar su alrededores y proclamar su gloria, más aún si se trata de una ciudad capital.
Y esta ciudad capital, Baku, aún sin ser la magnífica y soberbia joya que era la sede del poder imperial, tenía ciertamente algo qué decir sobre las cosas extraordinarias de la provincia donde mandaba. Poseía edificios que databan desde hace casi dos milenios (en especial sus templos y palacios de gobierno), calles empedradas y limpias, un clima templado y seco la mayor parte del año, escaso tráfico dado que fue de las primeras ciudades donde se implentó con éxito la ordenanza 215 para sólo permitir el paso del transporte público y favorecer el uso de la bicicleta en forma privada. Sin duda, Baku era una de las urbes modelo del imperio.
Esta mañana en Baku, todo parecía ser un día más. Quien fuera de los pocos que conocían sobre el incidente con los nihilistas cerca de la capital imperial preferían callarlo. ¿Alguna restricción, censura? No, sólo que ahí nada que no fuera una confirmación de una existencia despreocupada y sin complicaciones era tomado en cuenta. Si por casualidad algo se murmuraba y alcanzaba a los oídos de la mayoría, entonces la policía imperial hablaría directamente con quien(es) iniciaba(n) un innecesario "alboroto". Y es que los días en paz son como cristales transparentes, lucen tan esplendorosos que comentar sobre lo que ocurre fuera de su enmarcación sería un pecado capital, una piedra que rompería con la estructura de la misma.
Nada hay más triste que el aparador de una bella tienda de haute couture con sus cristales rotos.
Y precisamente fuera de una boutique decorada con columnas de mármol de Leuke y unas buenísimas imitaciones de estatuas griegas, en la acera contraria se hallaba un joven de mediana estatura, recargado contra un poste de luz de gas estilo parisino del siglo XIX. Sus botas de minero lucían algo gastadas, todavía con el polvo de una jornada ardua que tarde en la madrugada concluyó; la tela de sus pantalones de mezclilla mostraban más cansancio que su rostro, con una barba incipiente mal cuidada; su abrigo, la textura, era tan ralo que habría servido para un artista callejero como manto mágico. ¡Pero qué le importaba, siempre y cuando que a la chica que esperaba tampoco le interesara su apariencia y escasos bienes, y con eso bastaba para todos los días sonreír, aún con la desgracia y demás dificultades!
Click clack. Click clack. El muchacho giró su cabeza hacia su derecha apenas distinguió los familiares tacones de su novia, los tacones de unos stilettos de marca que ella tuvo la suerte de hallar en una segunda y que le han servido bastante bien en la oficina gubernamental donde labora como recepcionista. Observa que viene ataviada con un vestido blanco con cinturón negro parcialmente oculto por un abrigo de pelo de camello, el rostro cubierto por unas enormes gafas oscuras, y que en la mano izquierda carga una bolsa de compras cuyas letras grandes son fáciles de asociar con una empresa de gran prestigio. Ella se acerca, le sonríe esa sonrisa de fantasía carmesí e imprime la particular alegría sobre sus labios resecos y que hace unos días empezó a tratar con un labial de prescripción médica.
- ¿Listo?-. Ella susurra como si exhalase el humo de un cigarrillo delgado, al tiempo que deposita en la mano de él la bolsa.
- Como nunca, mi amor. ¿Te veré más tarde?-. Él se separa del poste y emprende un paso hacia la calle.
La sonrisa de ella se hace más grande, y sus ojos disminuyen un poco para ceder espacio a esa boca abundante en dicha:
- Claro, te esperaré. Hasta luego.
Él la atrae hacia sí y le da un beso más. El violeta en los ojos de ella destellan como los anillos en el mostrador de la joyería de la esquina. Azorado por unos segundos, él contempla su marcha, y sólo cuando ella desaparece en la vuelta de la calle es cuando prosigue su camino, a zancadas atraviesa la vía para evitar algún camión o bicicleta. Siente que puede hacerle frente a cualquier cosa, puesto que había pasado un instante maravilloso con esa bella mujer, una mujer de belleza real.
Llega a la otra banqueta. Está frente a la boutique. Hace un gesto de asco ante los maniquíes cubiertos con capas de las modas nuevas y cautivantes. ¡Falsa belleza! Agarra una enorme bocanada de aire, aferra con presión de hierro el lazo de la bolsa de papel que la chica le obsequió, y entra.
Un ruido sordo, de repente. Es como una pedrada gigantesca, puesto que los vidrios de los edificios estallan, el mármol de las columnas y de las estatuas se desintegran en añicos, adquiriendo alas y volando por doquier. Los gritos son ahogados por la insistencia del reclamo de oxígeno por parte del humo negro y las llamas mandarinas.
Minutos después, la policía imperial llega junto con los tragafuegos de la ciudad. Unos sofocan el pánico y otros el fuego.
Horas después, los tragafuegos dejan entrar a la policía. Los policías salen con una caja que lee "Evidencia". Los siguen unos hombres de una agencia no identificada que llevan parcialmente cubierto el cuerpo lleno de quemaduras y laceraciones del joven minero.
Si hay algo que la explosión no pudo destruir ni los tragafuegos extinguir, fue la sonrisa en sus labios.
o - o - o
Debo corregir una observación inicial que había hecho. Rectificar una opinión hecha más en base al recuerdo y no en la realidad.
Shizuru sí cambió. Tanto física como anímicamente.
Apenas caí encima de ella cuando sucedió el infortunado choque, pude constatar lo pálida que se había vuelto su piel antaño de tono aceitunada, ahora parecía... parecía "almendrada", a falta de mejor comparación. Sin embargo, su cabello rubio cenizo seguía siendo tan rico en textura como los granos de arena del desierto de Altar, aunque más largo de lo que recordaba. Cuando se irguió la diferencia de estatura entre ambas se hizo muy evidente: gracias a una buena alimentación, un decente estilo de vida y heredar unos cuantos genes de raza germánica de mi padre, era unos centímetros más alta de lo que fue mi madre, ¡pero maldición! ¡La mejor Dominus en la historia de Primer Distrito, general brigadier Shizuru M. -¡¿qué diablos significa la "M", Shizuru?!- Fujino, seguía rebasándome por casi media cabeza!
Eso no era todo. Al contemplarla de lleno, lo que vi me absorbió tanto que no escuché las risas y los chiflidos de los cadetes y demás personal del lugar, casi todos sin excepción burlándose de mi brutalidad y mala suerte. Ni siquiera percibí si mi ahora profesora y superior intentaba decir o hacer algo, entre mis ojos que capturaban su imagen y mi mente que actualizaba su ícono en todos mis recuerdos con ella, no podía ni quería moverme. Y es que aunque no fuera hombre o integrante del panel del certamen de Miss Universo, la belleza de Shizuru acaparaba tanto mi vista que quedar rendida a ella no era una opción, era la única alternativa.
El rostro, un óvalo perfecto. Sus labios, ambos de un rojo que delataba el vivo color de su sangre, el superior algo delgado y el inferior un poco más grueso, armonizando en un gesto amable y sensual. Su nariz, un perfecto puente recto entre la carnalidad sofisticada de la boca y la expresión madura y sabia de su mirada, conocedora de cosas, ideas, hombres, mujeres y experiencias de distinta índole. El tono escarlata, daba la impresión de haber ensanchado su reino en el blanco del globo ocular...
Todo ello, sin duda, habría quitado el aliento a varios y más de decenas de denuncias por robo de aire y asesinato de corazones aparecerían en sobres gruesos en el buzón postal de la policía imperial, si no fuera porque el aire de serenidad, sabiduría y eficiencia que de ella emanaba era alterado por un flujo que mi instinto de inmediato identificó sólo como "apesadumbrado". ¡Qué palabra tan ambigua y tan poco útil en estos momentos! Por otro lado, a ello mismo podía atribuir el por qué su hermosura, que de ninfa adolescente se graduó a la de mujer diosa, se volvió prohibitiva.
O de "mírame pero no me toques... es más, no me mires tanto", como me dijo en aquella ocasión en el kindergarten un mocoso bonito mas patanzuelo...
- Oye, Natsuki, ¿en serio la general Fujino no te regañó? Ha pasado un rato desde que regresamos al dormitorio y aún sigues con expresión de cachorro castigado-, dijo algo preocupada una Nao ya lista para irse a dormir con su pijama de dos piezas cortas color rosa y gris oscuro.
- Es la última vez que lo digo, Juliet. Nada pasó. ¿Me dejas al fin terminar de leer este libro?
Observé que mi compañera de clases china bajó de vuelta a su sección de la litera, no sin antes mascullar un "¡majadera! ¡eso recibo por preocuparme por seres como tú, cachorra!".
Como si fuera acto reflejo, regresé al asunto que no me abandonaba desde el mediodía. Un asunto que empezó al salir la profesora Fujino en busca de una bandeja de servicio de té, dentro de una oficina que daba las trazas de recién mudanza, cajas aún sin abrir, un escritorio que poseía un portarretratos con dos fotos, ambas en blanco y negro: una consistía en una jovencísima japonesa vestida con un abrigo pesado y un uniforme cuyo cuello azul con franjas blancas delataban que era de una academia naval, posando junto a una anciana de rostro anguloso mas de gesto dulce. Su abuela Elizaveta, sin duda.
La otra imagen amenazó de inmediato con inundar mi pecho de sentimientos agridulces, todos ellos compuestos de amor y dolor: La Primera Diarquía, unidad de combate especial bajo las órdenes de su Imperial Majestad, justo después del éxito que las elevó al favor popular y a la cima del ranking de los mejores soldados jamás entrenados; mi madre, en todo el apogeo de su edad, fuerza y habilidad, al lado de quien hizo en parte posible sus triunfos, una muchacha de un talento precoz que gracias a su seriedad y sencillez no se permitió jamás un solo acto de arrogancia. Miré ambas fotografías, y comparé a las Shizurus ahí retratadas.
Canté a media voz, lo suficiente para escucharme a mí misma. Mas no bastó para sofocar las dudas, pues seguía dirigiendo vistazos que se me antojaban analíticos a ese portarretratos, y el enigma de la que fuera por derecho de cariño mi hermana mayor crecía en forma alarmante, tanto que cuando percibí el zumbido de la puerta electrónica y el choque ligero entre las piezas de porcelana casi salté de mi lugar lista para dispararle sin misericordia cuanta maraña había en mi mente.
No lo hice. Y no fue así porque esa sombra de pinot noir en aquellos carbones encendidos se oscureció aún más al hacer contacto de nuevo conmigo. Tal vez dije alguna cosa que la incomodó, pero su disculpa fue genuina. Bueno, trataremos de ser civilizados, me dije, y tomé de sus manos finas y largas esa taza azul; aspiré el aroma y con gusto comprobé que recordaba mis preferencias, una fragante y fresca infusión de Earl Grey con té verde.
- ¡Apaga la luz ya, Kruger!
- ¡Ya voy, Tokiha!-, gruñí por encima del libro que se supone que debería estar leyendo. -¡Dame cinco minutos!
- ¡Maldición, Kruger! ¡Debes llamarme siempre Sargento Mayor Tokiha, que no soy tu madre o hermana para que así me trates! ¡Y si en cinco minutos no veo ese foco apagado será todo un placer ver si aguanta el impacto con tu cabezota!
- Ya ya pues...-. Ni siquiera me molesté en terminar mi réplica para la pelirroja bustona, que pasó como bala hacia el otro extremo del dormitorio. He escuchado chismes de que probablemente ella pida licencia en los días siguientes, algo sobre una amiga querida que resultó gravemente herida en los sucesos de ha poco. Espero que le aproveche si es así, y regrese con mejor humor. ¡Geniuda geniuda, sí que lo es!
¡¿Por qué demonios dejaste de visitar, llamar, ESCRIBIR?!
Unas tremendas ganas de aporrear mi frente con la palma de mi mano se apoderaron de mí; empero, necesito de mi cerebro lo más intacto posible. Mi inteligencia, mis talentos, el genio que mi padre insiste que poseo...
Hablando de genio, ¡cómo exploté! ¡Y es que les puedo asegurar que esa pregunta no la tenía enlistada en mi interrogatorio! Mi madre, yo sólo deseo saber sobre ella, desde la noche en que mi padre confesó que aquella lujosa tumba de pórfido y mármol de Rodas, que tenía el nombre de la mujer que me dió la vida en letras de oro, sólo eso tenía: riquezas y adorno, mas no un cuerpo, porque ella desapareció.
"Pérdoname, hija, pero verte arrodillarte y hablar ante ese monumento como si fuese ella no me causa mas que rabia y desesperación... tenías que saberlo, supongo... mas soy un mal padre porque ya no deseo que rindas homenaje a un cascajo hueco por el dolor que me causa, ¡por mí! ¡Por mí!". Acompañó su confesión de las lágrimas más amargas que he visto derramar jamás, y creo que sólo por ello le perdoné ipso facto.
Escuché los pasos apresurados de las botas de la sargento. Sabiendo que venía a cerciorarse de que apagara, fundiera o quebrara mi foco para que todos durmieran, presioné el botón del mini control de luces. Hecho esto, dejé mi cabeza caer sobre la almohada de plumas de ganso, y el techo me devolvió la mirada con inmovilidad absoluta, aunque de buen grado se prestó a auxiliarme a proyectar mis pensamientos:
Shizuru, dímelo.
Apenas dije eso, y los ríos de dolor que brotaban como el llanto de Cordelia en "El Rey Lear" eran tan abundantes que me asusté al tiempo que sentí una profunda vergüenza por provocar esa respuesta. Acto seguido, como vencida, giró su sillón hacia la ventana; sé que no quería que la viera llorar (no recuerdo ni un instante de los días pasados que ella llorara, ni por asomo; sí me viene a la mente una que otra ocasión que ella secó mis lágrimas, las típicas de la niña que se cae, pierde su juguete favorito, o hace una rabieta para que le hagan caso).
Lo siento, Natsuki. No... no puedo contestar...
Mi corazón hizo varias maromas en mi pecho. Caminé para acortar la distancia, detener su sufrimiento. Apenas la tuve cerca, la alcé de forma semejante como en el pasillo ha poco. La abracé intentando obviar una disculpa, una gota de comprensión, un raudal de afecto que que acabara con esa lluvia de mayo, tan bella, luminosa, ardiente y adolorida.
Así nos quedamos un rato, así hasta que ella vio su reloj y se separó para sacar un papel y garabatear una nota para el profesor Tanner:
Servirá para justificar tu inasistencia a su clase... Descuida, si es necesario que hable con él, lo haré. Te- te prometo que en otra ocasión hablaremos. Es una deuda.
Al final de todo, esa promesa obtuve. ¡Ay, Dios de mi abuelita, a quien le rezaba con fervor! ¡¿Pero qué no se supone que debí de haber inquirido sobre mi madre?! Ese libro de Sommerfeld se me antoja para ser mi verdugo, golpeando mi cráneo obtuso hasta el cansancio. Poco aprendería, porque a unos minutos de cerrar mis párpados y dar la bienvenida al amadísimo Morfeo, podía de modo persistente sentir la fuerza de sus músculos, lo agitado de su respirar, el calor de su ser, el olor de su cabello, la humedad de sus ojos profundo carmesí... y algo desconocido me inducía a un rapto sin igual.
Lo divino y lo catastrófico se encontrarían en mis sueños esta noche.
Nota de Autor: Aunque en cuestión musical hasta ahora ha dominado el West Coast Cool con Miles Davis, introduje en este capítulo pedacitos de la banda estadounidense Green Day. Al ir esta historia avanzando, también el lenguaje musical sufrirá une que otra intervención, pero descuiden, que les advertiré cuando así sea. Agradezco que sigan comentando y que sigan leyendo; créanme que para cualquier escritor, sea de hobby o de profesión, es vital tener feedback. Dudas, críticas, propuestas indecorosas o cheques en blanco (¡Uuups!), a mi Inbox. ¡Gracias miles! ^_^
