Pues sí, acertasteis todas, Daniel no es lo que parece. En este capítulo veremos qué se esconde detrás de este fantasma del pasado de Regina. Buena lectura.
Capítulo 10
Emma no se encuentra cómoda en esta situación. Está encerrada en casa con el novio de la mujer que, quizás, amaba. La atmosfera está cargada de tensión y mientras Daniel está sentado en el sofá leyendo una revista, Emma intenta acabar de limpiar la encima después de haber limpiado como loca toda la vajilla.
«¿En tu opinión, Paris le gustaría a Regina?»
Daniel habla mientras con la mano pasa las hojas de una revista de vacaciones estivales de Mary Margaret. Emma levanta la mirada hacia el hombre, que se gira para mirarla y esperar la respuesta.
«Ehm. Yo…no sabría decirte. Creo que sí, ¿quién no querría ir de vacaciones a París?»
«No pensé precisamente en unas vacaciones»
Emma hace una mueca y Daniel, leyendo la expresión de perplejidad sobre el rostro de la muchacha, se levanta del sofá, se dirige hacia ella y se da prisa en explicárselo.
«Cuando acabe todo esto, quisiera llevármela de Storybrooke, iniciar una nueva vida juntos»
Emma siente un dolor punzante en el pecho, como si le estuvieran extirpando los órganos internos. ¿Cómo es posible que imaginar a Regina lejos de ella le hiciese tanto mal? Pensar en estar lejos de sus ojos, de sus labios, incluso de sus ácidas puntillas es imposible. Sin embargo, es una posibilidad, ahora que Storybrooke está libre de la maldición, cualquiera, si quiere, puede marcharse. ¿Y por qué no Regina? Solo en el momento en que Daniel lo ha pronunciado, esa eventualidad podría ser real.
«Ah…buena…buena idea. Estoy segura de que Regina estará contenta de irse de aquí»
¿Qué podía decir? No tiene elección. No se había imaginado nunca la situación, pero quizás es mejor así. En el fondo no es que Regina amase esta ciudad. ¿Se alejaría Regina de ella?
«¿Todo bien, Emma?»
Emma vuelve en sí cuando siente un toque frio en su espalda cubierta. Es la mano de Daniel que le sonreía. Una sonrisa extraña, casi de miedo. Emma mueve la cabeza sonriendo.
«Ehm, sí, sí»
Daniel se le acerca aún más. Una luz diferente en los ojos.
«¿Te gusta, verdad?»
Emma se queda trastocada ante la pregunta. El rostro de Daniel está a pocos centímetros del suyo y una pátina gris cubre sus ojos, habitualmente claros. La mano de él se cierne sobre la muñeca de Emma en un agarre fuerte y gélido.
«¿Qué? ¿Quién?»
Daniel sonríe estrechando más la mano alrededor de la muñeca de la rubia. Emma intenta empujarlo, liberarse, sin éxito.
«No te hagas la estúpida. ¿La querrías para ti, verdad? Puedo leer tu deseo cuando la miras, cuando le hablas. ¿No te da vergüenza?»
«Déjame, Daniel, me estás haciendo daño. ¿Qué te pasa?»
«Regina es mía, ¿está claro?»
Emma comienza a tener miedo, el pecho de Daniel lentamente se alzaba y se bajaba como un toro que toma aire para atacar. Mira extrañada al muchacho, para después buscar la manera de zafarse de él.
«Está bien, Daniel, tranquilo. Sé que es tuya, pero ahora déjame ir o te arrancaré la posibilidad de procrear, te lo juro»
Daniel lanza una estrepitosa carcajada, después con la mano libre toma uno de los rizos rubios de Emma, para observarla con mucho interés.
«Oh, sheriff Swan, te estás enfadando. ¡Mia qué miedo! De todas maneras, para tu información, no puedo dejarte marchar. Se me ha ordenado»
Emma separa enfurecida la cara de la mano de Daniel que después de haber dejado el rizo se había puesto a acariciar la mejilla.
«¿Ordenado? ¿Pero, estás mal de la cabeza?»
Daniel, con el dedo, dibuja el contorno de la nariz de Emma, después desciende a los labios, que intentan morderlo.
«Oh, tranquila. Sí, mi señora me lo ha ordenado. Ella te quiere muerta. Como a Regina, ¿sabes?»
«Tu…Oh, dios, Cora»
«¡Callada!»
Daniel, con los ojos en llamas, con una fuerza sobrehumana, lanza a Emma contra la nevera, haciéndola caer al suelo.
«No te atrevas a pronunciar el nombre de mi señora. Eres indigna»
Daniel, en pocos pasos, se acerca Emma, que está un poco mareada por el golpe, y cogiéndola por el cabello la vuelve a poner de pie. Le pone una mano en el vientre, después la desliza hasta la espalda, mientras la muchacha intenta de todos modos liberarse de ese hombre.
«Sabes, ahora comprendo por qué mi mujer se siente atraída por ti. Quizás mi divierta un poco antes de matarte»
«Ni lo intentes»
Lentamente, Emma logra estirar el brazo hasta el rodillo colgado al lado de nevera y con toda su fuerza golpea con él a Daniel en la espalda que, encolerizado, con un puño la empuja más allá, cerca casi de la puerta de entrada.
Emma se golpea la cabeza contra la pared de ladrillos y cae al suelo sin conocimiento. Daniel se masajea la zona herida y estira los huesos. A continuación, mira a la rubia desmayada en el suelo y sonríe malévolamente.
«Mi señora estará contenta. Mi señora lo apreciará. Ahora, rubita, nosotros. Nadie te vendrá a salvar, mi querida Salvadora»
Se está acercando velozmente a Emma, que dolorida se está levantado. Ve doble y siente que algo caliente se le desliza por la frente. La puerta se abre de repente y una figura que Emma no logra distinguir se coloca entre ella y Daniel.
«Déjala»
Se había materializado tan rápidamente ante la puerta de la casa que siente una ligera nausea en su estómago. El tiempo no está a su favor, así que Regina se aparta de encima esa sensación y se acerca a la puerta. Sus oídos pendientes de cualquier ruido que no tarda en llegar. Un golpe seco seguido de otro resuena en el portón. Acerca la mano al pomo y gira velozmente las llaves abriendo la puerta. Pone los ojos en blanco cuando, al dar el primer paso, ve a Emma encogida en el suelo, un hilo de sangre que emana de un pequeño corte sobre la frente. Delante de ellas, Daniel, o mejor dicho, algo que se parece condenadamente a Daniel. El rostro, la boca, la complexión y las palabras dulces dichas en los días anteriores son similares a las de Daniel. Regina se llama estúpida cuando, observándolo en profundidad, siente el poder oscuro bullir en él. No es Daniel, nunca lo había sido.
Se interpone entre Emma y Daniel cuando ve que este se acerca rabioso
«Déjala»
Emma finalmente distingue la presencia que se ha puesto delante de ella y sonríe. El corazón vuelve a latir regularmente como si la sola presencia de Regina le infundiese toda la fuerza necesaria para levantarse y luchar. Daniel se queda petrificado. No se lo esperaba. Pero el miedo a pagar unas consecuencias de un fracaso hace que recobre la razón. Emma intenta levantarse, mientras Regina se arrodilla a su lado ciñéndola por la cintura y controlando la herida.
«¿Cómo estás?»
Emma sonríe sarcástica.
«Para haber sido golpeada hace un momento por tu novio, bien. Pero la próxima vez coge un perro»
»El perro ensucia»
«Pero, por lo menos no golpea»
«¿De verdad quieres discutir ahora de eso?»
Emma mueve la cabeza, intentando levantarse, pero lo que consigue es marearse mucho. Regina se da cuenta y la vuelve a dejar en el suelo acariciándole el rostro.
«Quédate aquí»
Emma intenta pararla, pero está demasiado débil, así que mientras ella se apoya en la pared para encontrar un poco de equilibrio, Regina camina hacia Daniel que no había dejado de mirarla.
«Hacéis una bonita pareja, ¿sabes?»
«Cállate»
«¿Por qué, Regina? ¿Tienes miedo al comprender que has logrado traicionar también a tu prometido que ha vuelto del más allá?»
«Cállate. Tú no eres Daniel»
Daniel empieza a reír.
«Oh, sí que lo soy. O mejor. Soy su parte oscura. Mi señora me creó a partir de sus cenizas. Soy Daniel, solo que un poco más perfeccionado»
«¿La parte negativa es una mejora?»
«Ciertamente. ¿No me digas que tú no lo crees así, Regina? Eres la prueba»
«Cállate»
«La verdad es dura de escuchar, ¿eh?»
Regina, harta de escuchar a aquel hombre, mueve velozmente las manos para lanzar un hechizo. Cuando el movimiento acaba, no sucede nada, y Regina se mira aterrorizada las manos.
«¿Sorprendida? Mi señora logró anular cualquier magia en esta casa. Gran truco»
Regina retrocede para proteger a Emma que, silenciosa, observa la escena. Daniel, ágilmente, se le acerca y la coge por un brazo, dándole una patada a Emma que ya se había levantado del suelo. Resultado: Emma se encuentra de nuevo en el suelo doblada por el dolor. Regina intenta acercarse a ella, pero Daniel le retuerce el brazo y la empuja lejos de la rubia, contra el sofá.
Ella abre desorbitadamente los ojos cuando ve a Daniel completamente inclinado sobre ella.
«Oh, no temas, Regina. No te mataré, por lo menos no tan rápidamente. Quiero conseguir lo que debía obtener después del matrimonio»
Tras decir esto, posa una mano sobre un pecho apretándolo mientras un gesto de dolor asoma al rostro de Regina.
«Déjame»
«¿Por qué debería? Me toca Regina. Sé que te has divertido mientras yo no estaba»
Daniel, con un gesto veloz de la mano, le toma el cuello del suéter y lo rasga revelando la piel ligeramente ambarina de Regina y un trozo del sujetador negro y azul que lleva puesto. Regina siente una quemazón en el cuello, allí donde las manos de Daniel se habían posado para rasgarle la camisa. Le pone las manos sobre el pecho intentando inútilmente separarlo de ella, pero él, aún más excitado, la empuja aún más contra el sofá. Una mano comienza a pasar por su cuello, por el valle de los senos, bajando y parándose sobre el vientre. Regina se siente perdida, mira más allá del hombre y ve a Emma que, turbada, intenta de todas las maneras levantarse y salvarla. Se siente tan impotente. La iba a violar y ella no logra ni siquiera coordinar brazos y piernas para levantarse. Debe hacer algo por Regina. No debe rendirse.
«El rey Leopold y después aquel sheriff, ¿cómo se llamaba? Graham. Ellos se divirtieron contigo, ¿por qué no debería hacerlo yo? Eh»
La mano baja hasta desabrochar los pantalones y tirando hacia abajo consigue quitárselos. Regina, ahora en ropa interior, comienza a llorar, mientras con la mente intenta hacer venir sus poderes, pero sin éxito. Es el fin, no sabe cómo reaccionar. Sin sus poderes, solo es una mujer indefensa. Cierra los ojos y se imagina que está lejos, muy lejos, con Emma de la mano y con un pequeño Henry en los brazos. Sonríe mientras Daniel le muerde sin delicadeza el cuello.
Hubiera querido morir en la batalla contra su madre, si morir es su destino. Y no así. Reabre los ojos. No, tiene que luchar. No. Regina Mills no puede rendirse. Con fuerzas renovadas, muerde la oreja de Daniel que la suelta para llevarse las manos a la herida que salpicaba mucha sangre. Retrocede y deja a una Regina todavía algo turbada apoyada en el sofá. Se da cuenta de lo que ha pasado, entonces se le acerca otra vez, pero ahora con otra cosa en la mente.
«¡Zorra! ¿Por qué?»
Le asesta un puñetazo en el estómago que hace que se desplome en el suelo, y a continuación empieza a darle patadas. Regina se encoge sobre sí misma intentando amortiguar los golpes que le cortan la respiración.
Después, nada. Alza la mirada y ve a Emma subida en la espalda de Daniel intentado estrangularlo. Las lágrimas le nublan la vista, pero observa que algo brillaba en la encimera de la cocina. Coge aire y arrastrándose se acerca a aquel objeto.
Mientras tanto, Emma había puesto todas sus fuerzas para intentar atacar a Daniel. Cuando había visto a Regina en el suelo, inerme, sintió que algo le quema en las sienes y de repente se encuentra sobre Daniel. Regina. Tenía que salvarla.
Daniel corre hacia atrás, hacia una columna contra la que estrella a Emma que cae al suelo con dolor lacerante en la espalda.
«¿Sabes? También me divertiré contigo»
La coge por el pelo y la estrella contra la mesa. A continuación, le aprieta la garganta cortándole la respiración con una mano, con la otra intenta arrancarle la camiseta. Emma cierra los ojos. Está de verdad muy cansada.
A continuación siente un ligero gorgoteo y cómo Daniel afloja su agarre. Abre los ojos y se lo encuentra delante de ella, de pie, de la boca le brota una hilo de sangre y los ojos completamente exorbitados. Lo ve alejarse de ella y cuando le da la espalda ve un cuchillo de cocina clavado en su columna vertebral. Detrás de ellos, una Regina dolorida, pero en pie, las manos manchadas de sangre. Emma, mientras intenta levantarse, puede comprobar que no es su sangre.
«¡Emma, Regina!»
La voz de James suena a música en la mente de las dos mujeres que observan el cuerpo moribundo de Daniel que lentamente intentaba acercarse a su asesina. Blancanieves, que se encuentra en el umbral, al lado de James, se tapa la boca, ahogando un grito ante la visión de las dos mujeres heridas. James le pone una mano delante con gesto protector mientras comprueba que esa cosa, porque se trata de una cosa, no es ya una amenaza.
Daniel siente la vida abandonando su cuerpo, aquello especie de vida que su señora le había dado para un fin preciso. Alarga la mano hacia el cuello de Regina y le arranca el collar con el anillo cayendo al suelo muerto. Poco después desaparece en una nube grisácea llevándose con él aquel símbolo de amor que había unido a Regina y al verdadero Daniel.
Blancanieves corre hacia su hija, la ciñe de la cintura y la ayuda a mantenerse en pie, mientras James se acerca a Regina que, paralizada, mira fijamente el punto donde Daniel ha desaparecido, una mano en el cuello, la otra en el vientre. James la agarra cuando se deja caer al suelo.
«Todo ha acabado»
Dice seguro y mira a su hija.
«¿Emma?»
«Estoy bien, un poco magullada, pero haber pasado tiempo en prisión me ha servido de algo»
Emma se aferra a su madre que la acompaña hacia la primera silla que ve libre, para ir a buscar el botiquín y un teléfono.
«Me has asustado. Pensé que te perdía»
«Tranquila, tengo la piel dura»
James coge en brazos a Regina que, silenciosa, continua mirando al vacío. La tumba en el sofá y se sienta al lado mirando a su hija.
«Teníamos que haberlo sabido»
Blancanieves, tras constatar que su hija está bien, coge una manta, se acerca a Regina y la tapa.
«Tenía que haberlo sabido. Yo…tenía…»
Regina no dice nada más en todo el día, ni siquiera en el hospital donde permanecieron toda la noche.
«¡Diablos!»
Cora lanza un sortilegio hacia el espejo a través del cual observaba a su hija y lo rompe en mil pedazos.
«La verdad es que si quieres que una cosa salga bien tienes que hacerlo tú misma»
«Tengo una propuesta»
Cora se gira, y ve a la figura sonriente y desenvuelta que se sentaba en una de sus sillas.
«Tú. No me digas. ¿Quieres hace un pacto conmigo?»
«Diría que ese es mi trabajo»
La figura da un salto y se acerca a Cora mientras está sonríe divertida.
«¿Y tu enamorada?»
«Esta es una cuestión personal entre Regina y yo»
«¿Qué me ofreces?»
«Un portal. No para ella. Para otro»
«Explícate»
Al día siguiente Emma ya está en pie. Tiene alguna tirita y algún moratón por aquí y por allá, pero está bien. Casi toda Storybrooke había ido a visitarla al hospital, sumergiéndola en flores o tartas caseras. Blancanieves le había hecho de enfermera personal sin dejarla ni siquiera para ir al baño. Solo alrededor del mediodía, bajo el consenso del doctor Whale, había podido dejar su habitación sin ser seguida. ¿Su destino? Obvio, la habitación de Regina. El doctor Whale le había dicho que aparte de algún moratón y alguna costilla magullada estaba bien. Lo que le preocupaba era la elocuencia de la mujer, que por costumbre era ácida y arrogante.
Emma casi se echa a correr en los últimos metros que la separan de la habitación de Regina, toca y si esperar una invitación, abre la puerta, revelando una habitación, a diferencia de la suya, vacía y aséptica. ¿Es posible que nadie hubiera ido a verla? Regina está en la cama, en el centro de la habitación, con ojos cansados, hundidos y fijos en la pared de enfrente.
«Eh, Regina»
La mujer se limita a mirarla sin emitir ningún sonido. Se siente tremendamente culpable, había puesto en peligro la vida de Emma solo porque se había fiado de aquel hombre que decía ser Daniel. Podía morir.
«¿Cómo te sientes?»
Ninguna respuesta. Emma sin pedir permiso se sienta en el borde de la cama y estrecha entre sus manos la de Regina que, temblando, la aparta en seguida.
«¿Qué te sucede?»
Nada
«Oh, pero ¿dónde está Regina Mills? Deberías decir algo sobre el hecho de haberme salvado la vida»
«He puesto en peligro tu vida, Swan»
«¿Qué?»
Esta vez Regina mira intensamente los ojos de Emma como si aquel verde pudiese ser la cuerda que la arrastrara fuera del abismo de dolor y de sentimiento de culpa en el que lentamente se está hundiendo.
«Daniel. Debía haberme dado cuenta de que no era él. Me dejé llevar por el momento y casi mueres»
Emma le coge la mano sin claudicar a los intentos de Regina por soltarse.
«¿Qué estás diciendo? Ayer, si no hubieses intervenido, me habría matado, o algo peor. Te debo la vida y créeme si te digo que me cuesta mucho admitirlo. Regina, nadie lo vio venir. Tu madre, por mezquina que sea, es condenadamente hábil»
Regina suspira dejándose llevar por el roce cálido de las manos de Emma. Sonríe ante esas palabras infundiendo un poco de esperanza en la rubia. Inconscientemente, ambas entrelazan sus dedos sin dejar de mirarse a los ojos. Ambas con una gran necesidad de contacto. Se están acercando. Los rostros nuevamente tan cerca, cuando una enorme masa de globos de colores entra por la puerta. Ambas abren la boca ante la sorpresa, soltándose las manos.
Detrás de esa cantidad de globos, está James sonriente y Blancanieves un poco incómoda.
«He penado en dar un poco de color a esta habitación»
James ata los globos a la cabecera de la cama, mientras Blancanieves deposita una caja blanca en las piernas de Regina que la mira perpleja.
«Es una tarta, la ha hecho Granny»
Regina mueve la cabeza mirándolos uno a uno
«¿Una tarta? ¿Para mí? ¿Estás segura?»
Blancanieves asiente satisfecha de haber dejado sin palabras a la Evil Queen que miraba con curiosidad el paquete color blanco.
Emma se acerca a James, alejándolo de la cama de Regina
«¿Dónde está Henry?»
James la mira triste y desilusionado.
«Rechaza categóricamente venir»
Emma sonríe tristemente, y se gira hacia Regina que está discutiendo con Blancanieves sobre algo de la tarta. Ambos se acercan y James con un dedo prueba la tarta.
«Tenemos que hacérselo pagar a Cora»
Regina sonríe malvadamente observando un punto lejano
«Lo pagará, eso es seguro»
Todos miran atemorizados a la mujer que después de haber cortado la tarta, se come un pedazo. Blancanieves sonríe divertida.
«Aunque esa mirada me da miedo, esta es la Regina que quiero»
