Capítulo 22

La estancia está iluminada solo por una pequeña vela creando una atmosfera de misterio. Al lado de la ventana, donde la luna, en todo su esplendor, se deja ver, una vieja rueca de madera giraba lentamente bajo los suaves toques de Rumpelstiltskin que, con la mirada fija, hilaba. La casa está tan vacía sin Belle, piensa. Está preocupado, ya había perdido una vez la posibilidad de estar a su lado, la sola idea de estar sin ella una segunda vez lo hace sentir impotente. Ponerle obstáculos a Regina y al resto del grupo ya no era tan divertido como en el pasado.

A esta hora, Belle, está seguro, ya les habría contado lo que había descubierto. Regina estaba cambiando, estaba cambiando por la persona que amaba, también él amaba, amaba a Belle con cada fibra de su cuerpo. Entonces, ¿qué lo detenía para cambiar? Hace girar la rueca un par de veces y después la detiene, en la cesta una madeja de hilo de oro. Aquel objeto, ya desde hace mucho tiempo, lo usaba para borrar los malos recuerdos, pero ¿lo había logrado alguna vez? El hecho es que no quiere olvidar. Como ahora no quiere olvidar a Belle. Oh, sí, haría lo correcto, al menos una vez. Se levanta del diminuto taburete y lleno de fuerza y esperanzas sale por la puerta.

«Regina, Regina»

Blancanieves había tomado rápidamente en sus brazos el cuerpo tembloroso de Regina que, todavía con los ojos desorbitados, mira el punto del portal por donde el caballero de la Reina de Corazones había desaparecido. Ruby, asustada, agarra la tela que Henry le alcanza y se apresura a taponar la herida del estómago de Regina de la que la sangre manaba sin dar señales de querer detenerse. Belle está paralizada, de pie, frente al cuerpo de Regina, mientras que Henry, a su lado, lloraba y gritaba.

«¡Mamá! ¡Mamá! ¡No!»

James toma a su nieto por los hombros y lo aleja, a él y a Belle de Regina.

«Henry, quédate aquí con Belle y Jefferson»

«Pero…mamá…»

«Nada de peros, necesitamos espacio. Quédate aquí»

Tras decir esto, sin esperar la respuesta de Henry, le da la espalda y se acerca a la cabecera de Regina que continuaba temblando, mientras Blancanieves le acariciaba el pelo y la miraba aterrorizada.

«Regina puedes curarte. Haz como en el ayuntamiento. Tú puedes»

Regina siguiendo la voz de Blancanieves alza, ayudada, una mano hacia la herida. Nada.

«¿Por qué no funciona?»

Ruby continuaba apretando la tela, ya empapada, sobre la herida, mientras a su lado la lanza manchada de sangre reflejaba el alba.

«Yo…yo»

«No tiene suficiente fuerza»

Las palabras de Jefferson llegan a oídos de Blancanieves que se gira hacia él, los ojos rojos y llenos de lágrimas.

«¿Puedes hacer algo?»

Jefferson sacude el cabeza, mortificado, encogiéndose de hombros

«No, yo solo puedo abrir portales. No tengo ese tipo de poder»

Blancanieves aún más aterrorizada se gira hacia su marido. La voz que moría en su boca, mientras Regina convulsamente aferraba su bufanda.

James, en esa mirada, ve todo el terror y el dolor que aflige a su mujer, hubiera querido hacer algo, pero no sabe qué. En las cavernas no funcionaba el teléfono, así que no podía llamar para pedir refuerzos e intentar ir al hospital para coger medicamentos es imposible. Demasiado lejos. Regina está muriendo delante de sus ojos. Y ellos tienen las manos unidas.

«¿Qué hacemos James?»

James abre la boca un par de veces al vacío antes de ser interrumpido por Emma que se había quedado todo el tiempo de pie, inmóvil, delante del cuerpo de Regina.

«¡Regina!»

Es un débil susurro que encerraba sin embargo todo lo que la rubia estaba sintiendo en ese momento.

En un primer instante, cuando Regina había vuelto del portal, ella se había sentido extrañamente aliviada. Después cuando la punta de aquella lanza se había hundido en la mujer, Emma había sentido el dolor como si fuera ella la que hubiese sido atravesada. A continuación, un fuerte dolor de cabeza acompañado de nauseas se había apoderado de ella al ver en el suelo, en un lago de sangre, a la morena. De repente, los recuerdos se abren camino en su cuerpo provocándole un dolor enorme y haciéndole perder el equilibrio por algunos segundos.

Todo iba a marcha lenta. Blancanieves que estrechaba en sus brazos a Regina, Ruby que, con las manos ensangrentadas, apretaba la tela ya roja sobre la herida. Henry que chillaba y lloraba y era sujetado por Belle para que no echara a correr hacia la madre y Regina que no le quitaba los ojos de encima. La piel visiblemente pálida, las ojeras más grande y más oscuras que le rodeaban los ojos profundos y brillantes y la mano izquierda que se alargaba hacia ella como llamándola.

En un abrir y cerrar de ojos comprende lo que no lograba comprender antes. En un abrir y cerrar de ojos recuerda lo que no lograba recordar. Regina. Su Regina.

Lentamente, como una autómata, se acerca cayendo de rodillas al lado de Regina que, al notar el movimiento de la rubia, había abierto aún más los ojos como para abarcar la belleza de su Emma. La mano que aferraba la bufanda de Blancanieves se mueve para aferrar la mano de Emma que, poco a poco, se le acerca más.

«E..Emma»

Su nombre suena tan hermoso pronunciado por ella, aun fragmentado por un golpe de tos. Blancanieves se hace a un lado para dar la posibilidad a Emma de aferrar entre sus brazos a la morena, mientras ella ayudaba a Ruby a parar el flujo de sangre.

«Regina, no me dejes, te lo ruego. Ahora no»

Todos pararon. Emma se acordaba, Blancanieves sonríe a la hija.

«La poción…¿Cómo ha sido?»

Jefferson, balbuceando, se levanta de donde estaba, mientras Henry liberándose del agarre de Belle se acerca a sus madres.

«El verdadero amor lo puede todo. Ya deberíais saberlo»

Regina estrecha más la mano de Emma, sorprendida

«Te acuerdas de…mí. Te acuerdas. Nosotras…»

Cada palabra era precedida de un gran respiro y de un sollozo. Ya las lágrimas descendían libres por el rostro de Regina, mientras que esta se siente particularmente cansada. Siente un hormigueo en sus manos, y ya no siente sus miembros inferiores.

«Sí que me acuerdo. He sido una estúpida. ¿Cómo he podido olvidarme de ti? Me avergüenzo Regina. Me avergüenzo tanto. Pero ahora debes resistir. Ahora que te he reencontrado, no puedes irte»

Regina ya no razonaba, la pérdida de sangre es abundante y ella como un disco roto continúa repitiendo la misma frase

«Te acuerdas…de mí…Te acuerdas de nosotras. Emma»

«Sí, me acuerdo, pero, te lo ruego, no me dejes»

El susurro de Emma era ahogado por un llanto al que se había unido Henry, que con la cabeza apoyada en el pecho de la morena, escuchaba el lento palpitar del corazón ya cansado.

James se acerca a Ruby que convulsamente continuaba presionando la herida, y la detiene tomándola de las manos, Blancanieves se levanta y con una mano manchada de sangre sobre la boca intenta aguantar el conato de vómito, mientras el llanto no le permitía respirar. Belle está de pie, con los dientes se mordía la uña del índice, mientras que su otra mano estrujaba la capa de Jefferson que miraba al suelo.

«Regina, te lo ruego, te lo suplico. Ne me abandones. No ahora que he comprendido que te amo. Te amo Regina. Pensaba que el amor era un cuento para niños, pero cuando te miro ese cuento se transforma en realidad. No te vayas»

Todos está en silencio, Regina respiraba fatigosamente y miraba a Emma. Todos están en silencio a la espera de algo que nunca hubieran querido que sucediese. Todos están en silencio, una parte de ellos a la espera de un milagro.

«¿Puedo ser de ayuda, querida?»

Aquella voz despierta a todos, incluso a Emma que no quiere apartar la mirada de los ojos de Regina por si en un batir de ojos se la encontrase ya muerta. Cerca de ellos se había materializado Rumpelstiltskin. La misma expresión divertida en el rostro. Belle se sorprende al verlo, aunque en su corazón siente la nostalgia de sus brazos. Lo mira durante unos segundos a los ojos, para después bajar la mirada. Rumpelstiltskin, por su parte, no saltaba de alegría por lo que iba a hacer. No está en su naturaleza, pero por aquellos ojos azules, por su Belle, esto y mucho más.

James da un paso al frente de manera protectora

«Márchate Rumpelstiltskin. No queremos nada que ver contigo»

Rumpelstiltskin sonríe acercándose lentamente a James y continua echando miradas a Belle.

«Y yo que solo quería ayudaros a salvar a Regina»

Ante aquellas palabras, Emma vuelve en sí y sin separar los ojos de Regina, habla

«¿Puedes salvarla?»

Rumpelstiltskin se gira hacia la rubia guiñándole un ojo, alegre

«Ciertamente. Pero daros prisa en decidiros. Una vez muerta no podré hacer nada»

«No queremos hacer tratos contigo Rumpelstiltskin»

Rumpelstiltskin se acerca a Blancanieves que había hablado desde la derecha de James.

«Querida, esto no se trata de ningún acuerdo. Piensa que es una oferta especial»

Blancanieves abre los ojos seguida de los demás. Ruby se levanta de su sitio, y se acerca a Rumpelstiltskin

«Tú nunca haces nada sin pedir nada a cambio. ¿Dónde está la trampa?»

Rumpelstiltskin resopla haciendo un teatral gesto con la mano y señalando el cuerpo de Regina, que continua repitiendo la misma frase a Emma, ignorante de lo que pasaba a su alrededor.

«Ninguna trampa. Si Regina muere, Cora no podrá ser destruida. ¿Y es interés de todo deshacernos de esa bruja, no?»

«¿Lo dices en serio?»

«Mi querida Ruby, daos prisa en decidor, no creo que vuestra Regina resista mucho más»

«Sálvala»

Es Henry el que habla. Se había quedado en la misma posición todo el tiempo, con la oreja en el pecho de Regina sintiendo los latidos de esta debilitarse por momento. Rumpelstiltskin se gira hacia el muchacho y le sonríe.

«¡Excelente elección, querido!»

James y los otros no dicen una palabra, se limitan a observar a Rumpelstiltskin que cogía una bolsa con los ingredientes de la poción que estaba al lado de Belle y se acerca a Regina.

«Bien, ¿dónde está el humo de la Oruga azul?»

Ruby se arrodilla al lado de Regina, separa lentamente a Henry que se acerca a su otra madre, y hurga en el bolsillo interno de la chaqueta de la morena. Toma la ampolla y se la pasa a las manos frías y expertas de Rumpelstiltskin, que se pone a trabajar con todos los ingredientes.

«Lo habéis logrado. Os daba por acabadas en aquel lugar»

«No es tan malo a parte de las flores que hablan, gatos que riman y gemelos que te dicen de apretarles la mano para presentarse»

Rumpelstiltskin sonríe

«Esos dos siempre me han hecho reír»

Emma continúa mirando a Regina que había dejado de hablar y se limitaba a mirarla a los ojos.

«No te preocupes Regina. Te salvarás y estaremos juntas, lo quieras o no, ¿está claro? Tendrás que soportarme Regina. Te volveré loca y te permitiré lanzarme tus sarcasmos siempre que lo consideres oportuno. Te amo. ¿Me escuchas? Te amo Regina»

Regina, ante aquellas palabras pronunciadas con tanto ímpetu, se despierta por algunos segundos y le sonríe

«Te…amo también yo»

Dicho esto, cierra los ojos y la mano que apretaba la de Emma cae. Emma abre los ojos desorbitadamente.

«Regina, Regina…no. Rumpelstiltskin sálvala. Te lo ruego, sálvala»

Chillaba, aunque el hombre estaba a su lado. Todos los demás se acercan, mientras Henry se levantaba para correr hacia los brazos de Blancanieves.

«Cuánta prisa. Ya está, lista»

Rumpelstiltskin movía la ampolla, que había contenido el humo de la Oruga azul, llena ahora de un liquido rosa brillante.

Se disponía a echarlo sobre la herida de Regina cuando James lo detiene

«¿Cómo podemos saber que no es uno de tus truquitos?»

Rumpelstiltskin resopla de nuevo

«No podéis saberlo, pero una cosa es cierta, si quisiese dejarla fuera, la dejaría tal y como está. ¿No creéis?»

James, dudando, asiente, mientras Emma incitaba a Rumpelstiltskin que echa lentamente el contenido de la ampolla sobre la herida de Regina.

Durante los primeros diez segundos no sucede nada y James estaba dispuesto a bloquear a Rumpelstiltskin contra la pared, pero lentamente de la herida comienza a desprenderse pequeñas nubecitas de vapor y allí donde había un profundo corte la piel comenzaba lentamente a regenerarse. Regina, aún desmayada, recobra su color natural y poco a poco su corazón comienza a latir

«Hecho»

Emma suspira de alivio al ver el pecho de Regina alzarse y los labios abrirse para tomar una bocanada de aire, la besa en la frente y sonríe, mientras todos se acercan para constatar que Rumpelstiltskin había salvado a Regina. El hombre, mientras tanto, se había levantado dejando el lugar a la alegre pandilla que esperaba solo que Regina despertase. Belle era la única que no se había movido, miraba de lejos la feliz escena, a su lado Jefferson que suspiraba contento.

«Bien, saludos, ha sido un placer. Vuelvo a casa con mi hija»

Gira sus talones, toma por una pequeña calle y desaparece en la nada

Belle se despide de él, a continuación toma valor y se acerca a Rumpelstiltskin que ya estaba marchándose

«Gracias»

Rumpelstiltskin le sonríe asintiendo, indeciso sobre qué hacer

«No entiendo por qué nos estás ayudando»

Rumpelstiltskin se le acerca. Sus respiraciones cálidas que se funden. Sus ojos que se buscan. Las manos impacientes por tocarse.

«Alguien me ha sugerido que me redimiese. Quizás sea lo que haya que hacer»

Tras estas palabras, intenta tocar las mejillas de Belle, pero se para, le sonríe y desaparece.

Regina se siente por los suelos, era como si hubiera pasado la última hora en apnea y ahora tuviese que volver a respirar. Los ojos le pesan, pero los abre lentamente. Delante de ella, en círculo las caras de Henry, James, Belle, Ruby y Blancanieves.

«¡Qué diablos…»

Nota algo húmedo golpearle en la frente y cuando levanta la vista encuentra el verde que tanto le faltaba. Los ojos de Emma están allí, mirándola, brillantes y colmados de lágrimas. Los labios que fruncidos en una sonrisa temblaban, la mano que inconscientemente le acariciaba la mejilla.

«Emma…»

«Bienvenida…»

Regina se sienta, pero vuelve a caer al suelo cuando Henry le salta encima llorando de felicidad.

«Mamá, pensaba de verdad que te perdía. No me asustes más de esa manera. Por favor»

Regina lo estrecha fuerte contra ella, sonriendo y besándole los cabellos, mientras unas cálidas manos la sostenían. Henry no daba señales de querer separarse de la madre, que con la ayuda de James y de Ruby había conseguido levantarse usando toda su fuerza, para poder mantenerlo en sus brazos.

«Bienvenida Regina. Pensábamos que te perdíamos»

James le da una suave palmada en la espalda, mientras que Blancanieves la mira con dulzura y la abraza. Regina torpemente se lo devuelve, mientras hacía peso sobre un lado para mantener a Henry en los brazos.

«Ok, Blancanieves, esto es un poco embarazoso»

«A quién le importa Regina»

Ambas ríen hasta que es el turno de Ruby para abrazar a la Evil Queen.

«¿A qué viene esta broma? Después de haberme divertido tanto contigo en el País de las Maravillas»

Regina ríe.

«Si quieres llamo a Jefferson y lo repetimos»

Ruby sacude la cabeza y levanta los brazos en señal de rendición

«Todo, pero eso no»

Mientras reían, Belle golpea sobre el hombro de Regina que se gira sonriéndole

«Estoy contenta de que estés viva»

Regina asiente

«Yo también. Y por lo que parece le debo un favor a tu novio»

Belle sacude la cabeza, chocando la lengua

«No creo. Estoy feliz de decir que, quizás al igual que tú, ha comprendido lo que es correcto»

Ambas sonríen, después Regina nota que le rodean la cintura, no necesita girarse. El dulce perfume de Emma, que tanto había echado de menos, es inconfundible. Los otros del grupo, incómodos, se alejan algunos metros, para ponerse a hablar entre ellos.

«Necesito sentarme»

Emma sonríe y sin separarse de Regina se va a sentar en un banco al lado de la morena que aún tiene entre los brazos a un Henry que poco a poco se estaba quedando dormido. La toma por un hombro, mientras que la otra mano inesperadamente se esconde tras los cabellos de la morena, que empuja sus labios carnosos hacia la boca hambrienta de Emma.

Sus labios se encuentran y sin demora, la lengua de Regina toca los dientes de Emma que la acoge. La nostalgia de esos toques parece desparecer ante el intercambio de amor que en aquel momento provenía de sus bocas. Regina sonríe sobre los labios de Emma, una lágrima solitaria desciende por su rostro para desaparecer en ese beso lleno de pasión.

Cuando se separan, solo es para respirar, sus cuerpos temblaban por tocarse, por sentirse aún más cerca. Ambas se echan a reír silenciosamente. Apoyan sus frentes una contra la otra y se miran a los ojos.

«No lo hagas más»

«¿Qué?»

«Morirte en mis brazos»

Regina sonríe pero no responde. El temor de lo que pasaría una vez Cora desaparecida la invade. Aleja esa sensación concentrándose en los ojos de Emma. Deja un dulce beso en la nariz de esta, y vuelve a apoyar su frente en la de la rubia.

Después de lo que les ha parecido una eternidad, las dos mujeres son interrumpidas por Blancanieves que aclarándose la voz las miraba feliz.

«¿Qué me decís de ir a casa y descansar un poco?»

Regina asiente intentando levantarse con un Henry pesado y dormido. James se le acerca y toma en sus brazos al muchacho sin despertarlo.

«Duerme con nosotros esta noche, id a casa»

Regina, en agradecimiento, le sonríe, y le da un dulce beso a Henry en la cabeza. Emma le toma la mano y se sorprende de cómo sus dedos se entrelazan tan fácilmente entre los de ella. Saludan a los demás y se marchan.

«Se ha salvado. ¡Diablos!»

Byron lanza un hechizo sobre la silla haciéndola explotar en mil pedazos. Está encolerizado.

Cora, por su parte, está tranquila ante el espejo mirando a la morena y a la rubia caminando dadas de la mano.

«Byron, querido, frena tu rabia, no era nuestro objetivo»

«Pero, vuestra majestad. Rumpelstiltskin nos ha traicionado. Si no fuese por él, a esta hora Regina estaría muerta.»

Velozmente se le acerca y le da una bofetada. A Byron le toma unos minutos volver en sí.

«Primero, no debes chillar. Segundo, y lo repito, no era nuestro objetivo. Rumpelstiltskin es un alma incomprensible y no me sorprende su acción. Lo que es importante es que Regina en su viaje ha consumido mucha energía. Cuando nos enfrentemos a ella, será más fácil vencerla. No importa que haya sobrevivido a esto»

Byron resopla

«¿No se lo haréis pagar a Rumpelstiltskin?»

Cora se echa a reír acariciando la zona en la que le había abofeteado.

«Querido, a su debido tiempo me ocuparé de su amada Belle. Por ahora, debemos pensar solo en eliminar a Regina. Después la ciudad será nuestra»

Cora se echa de nuevo a reír seguida de Byron.

Su pequeña guerra personal con Regina está casi acabada y Cora tenía más de un as bajo la manga para la hija.

Regina y Emma entran en casa. Zapatos fuera, como autómatas, se dirigen a la habitación de Emma, y se sientan una al lado de la otra en el borde de la cama. Están cansadas, pero al mismo tiempo tienen ambas el deseo de algo más.

Regina quiere saborear el cuerpo de Emma. Esos días alejados de su rubia le habían despedazado el alma y ahora más que nunca quiere unirse completamente a Emma. Por su parte, Emma quiere hacer suya rápidamente a Regina, había tenido tantas ocasiones de probarle su amor, pero siempre todo acababa con ambas dormidas o con la llamada de algún aguafiestas.

Este puede ser el momento adecuado. Las dos han vivido las experiencia más horrible, la de ver a su amor esfumarse en el aire como polvo.

Sus manos, apoyadas en la sábanas, se encuentran y se entrelazan. Regina se gira.

«Emma, yo…»

Pero no puede continuar, Emma se le echa encima mordiéndole los labios y estrechando sus caderas con sus manos. La morena emite un chillido divertido cuando las manos, prepotentes, se deslizan bajo la camiseta provocándole agradables escalofríos por toda la espalda. Toma el rostro de Emma entre sus manos, presionando para tener más contacto con aquellos labios tan sabrosos que amaba. Emma en un movimiento se le sube a horcajadas, mientras Regina se deslizaba hacia atrás para tocar el cabezal de la cama, y se echa seguida de Emma que lentamente le deposita dulces besos en el ángulo de la boca

Emma, apoyándose en las manos, se separa para mirar el rostro de la mujer que amaba.

«Regina…»

«¿Sí?»

«Te quiero»

Regina sonríe

«No sabes desde cuándo esperaba este momento»

Se alza sobre los codos para encontrarse de nuevo con los labios de Emma. Sus lenguas bailando una danza completamente de ellas.

Regina lentamente le quita la chaqueta a Emma, dejándola al final de la cama, para dedicarse después a la camisera. Faltó poco para que la rasgara antes de quitársela.

Se separa lentamente de los labios de Emma para dibujar un sendero de besos que partían de la boca de esta última para descender hasta el nacimiento de los pechos, remarca ese sendero sembrándolo de besos y mordiscos que hacen que Emma emita gemidos de placer.

«Eres mía»

Regina le susurra cerca del oído, antes de morderle el lóbulo. Las manos bajan hacia la cintura y en pocos segundos los pantalones desparecen del cuerpo de Emma que gemía divertida ante el roce de los sutiles dedos de la morena. Se incorpora, sentada siempre a horcajadas sobre Regina, y le sonríe.

«¡Hey, ahora estoy yo en desventaja!»

Ambas ríen, mientras Emma, besando a Regina, le quita la camiseta y los pantalones. Desciende los besos desde el cuello hasta el vientre en el que se detiene para admirar y acariciar la lisa barriga. Regina siente un escalofrío recorrerla cuando la pierna de Emma se encaja entre las suyas.

Sus cuerpos solo están separados por dos minúsculos trozos de tela, una roja fuego, la otra blanca y azul.

Regina, con un movimiento de riñones, le da la vuelta a la situación, y se encuentra ahora encima de Emma que ríe satisfecha. Le deposita un dulce beso en la frente para a continuación dedicarse al cuello de la rubia que ya mostraba las señales del paso de Regina. Sus manos vagaban por el cuerpo esculpido de la morena hasta llegar al broche del sujetador que sin mucho esfuerzo cede bajo sus dedos, Aquel trozo de tela roja se va a hacer compañía al resto de ropas de las dos mujeres.

Emma palidece ante la vista de los perfectos pechos de la morena, con una mano roza un pezón que como despertado de un largo sueño se alza. Regina gime de placer lo que convence más a Emma para tomar un pecho entre sus manos, y ponerse a juagar con aquel botoncito rosado oscuro.

«Dios…»

Regina encuentra un poco de lucidez para llegar al broche del sujetador de la rubia y hacerlo desaparecer. Sin dar tiempo a Emma para moverse, se hunde en los florecientes pechos de la rubia aferrando con los dientes un pezón para empezar a succionarlo y acariciarlo con la lengua. Siente que Emma, debajo de ella, está siendo recorrida por profundos escalofríos, mientras que sus uñas se clavan en su espalda ambarina. Sonríe feliz de provocar esas sensaciones en la rubia. Con la otra mano, comienza a acariciar en vientre de la rubia, y desciende por el interior de los muslos, la nota temblar bajo sus roces

«Regina, te lo ruego…»

Regina la calla con un beso a través del cual siente toda la excitación de sus compañera también correr en su interior. Lentamente, recorre con un sendero de besos el cuello hasta el vientre. Siente el perfume de la pasión emanar de Emma y eso la excita aún más.

Emma, al sentir la respiración de Regina acercarse cada vez más a su intimidad, cierra sus puños alrededor de las sábanas que esa noche son espectadoras de su demostración de amor. Regina deposita dulces besos en los muslos de Emma que, mecánicamente, se abren dejando ver las bragas de encaje ya húmedas por la pasión. Sonríe sintiéndose libre para amar a Emma con todo su ser. Con un dedo, cosquilleando la piel de Emma, le quita también la última prenda que la separaba de aquello que para ella es el cofre del tesoro.

Regina se queda trastocada ante su belleza y se da cuenta de que tiene hambre de ella. Coloca un beso sobre el monte de Venus de la rubia, para a continuación descender lentamente hacia su punto más sensible. Emma se arquea deseosa de sentir más contacto y Regina la contenta. Abre los labios para cerrarlos en torno al clítoris de la rubia que ante aquel gesto solloza mientras con una mano se masajea sus pechos.

«Sí…»

Regina se calienta ante esa palabra y comienza a pellizcar el clítoris con los dientes y con la lengua gimiendo de placer ante cada súplica de Emma para que continúe. A continuación lleva su índice hacia la abertura de Emma que le suplica que quiere más. Se mofa de ella acariciándola hasta que, inesperadamente, la penetra, con un chillido de apreciación de Emma que con los ojos cerrados, doblaba la espalda sonriendo.

Regina comienza a moverse lentamente continuando sin embargo prestando atención al clítoris de la rubia. A continuación aumenta los dedos y la velocidad, percibiendo que Emma comenzaba a mover su pelvis hacia sus dedos, deseosa de más contacto. Regina cierra los ojos disfrutando plenamente las sensaciones que la estaban embargando y que estaba proporcionando a Emma, que gritaba su nombre.

Cuando Emma está llegando casi al clímax obliga a los labios de Regina a unirse en su boca, mientras esta con las manos la hace alcanzar el orgasmo. Regina sofoca el grito de Emma entre sus labios, mientras esta meneaba la pelvis para disfrutar plenamente aquel momento.

Cuando la última descarga eléctrica la abandona, Emma no pierde tiempo, y tumba a Regina y le lame los labios para compartir juntas su sabor. Encaja la pierna entre las de la morena comenzando a moverse hacia delante y hacia atrás excitándola todavía más.

Regina, que poco antes era la más lúcida de las dos, pierde cualquier contacto con la tierra sintiendo aumentar el placer y el perfume de la piel de Emma sobre la suya. Siente sus pechos encontrarse y acariciarse dulcemente, hasta que Emma, hambrienta, muerde un pezón haciéndola jadear.

Con la otra mano, le arranca literalmente las bragas. A continuación se dedica lentamente a cada centímetro de piel de la morena, saboreándola e imprimiendo en su mente cada pequeña particularidad como el lunar bajo el pecho izquierdo que besa y muerde más de una vez. La está torturando dulcemente mientras continua acercándose a su centro, para después volver sobre sus pasos y ascender por su cuerpo escultural.

Regina se halla suplicando, para sorpresa de Emma

«Te lo ruego Swan, te lo suplico»

Emma sonríe y vuelve a torturar los pezones de la morena que ya estaban turgentes y enrojecidos. Lentamente desciende finalmente hacia el centro de la morena que palpitaba de excitación. Sonríe comprendiendo el efecto que tiene sobre Regina.

Le estira las piernas y se coloca cómodamente en el medio, para atacar cada centímetro de piel del interior de los muslos sin acercarse demasiado al centro de la morena. Regina hace fuerza sobre los codos para alzarse ligeramente y mirar a la rubia que desaparece entre sus piernas.

Piensa que esa es una imagen muy sexy y que pocos minutos antes era ella la que se encontraba en esa posición. Se lame los labios para saborear todavía el gusto de su mujer, para a continuación encontrarse arqueando la espalda y sacudiendo la cabeza hacia atrás cuando Emma deposita un dulce beso sobre su clítoris. Se deja caer sobre la cama.

«Emma. Te lo ruego. Emma»

Emma se sorprende, es la primera vez que se dirige a ella sin usar su apellido. Se siente llena de felicidad y sin demora se lanza al punto más sensible de la morena que comienza a mover su pelvis hacia la rubia.

La atmosfera está cargada de electricidad que parecía verterse en forma de escalofríos en el cuerpo de Regina. Emma se da cuenta de que siente placer también sabiendo que está proporcionando placer a Regina. Sus gritos, sus gemidos la excitan como nunca antes. Toma el clítoris entre sus dientes y, al igual que la morena antes, comienza a pellizcarlo y a torturarlo succionándolo ávidamente y degustando el sabor dulce, pero fuerte de su mujer.

Cuando siente que la morena está preparada, la penetra con la lengua continuando con la estimulación del clítoris con su mano derecha.

«¡Más…Más Emma Dios…!»

Emma recibe el mensaje, acerca su mano a su abertura y la penetra, primero con uno y después con dos dedos. Regina grita el nombre de Emma al cielo, mientras ambas aumentan el ritmo. Regina se corre entre gemidos y Emma para hacer que se relaje recorre su cuerpo con besos hasta llegar a sus labios rojos y carnosos.

La besa con pasión, y Regina la abraza entrelazando sus piernas, todavía temblorosas, a las suyas.

«Te amo Emma Swan. Te amo como no he amado nunca a nadie»

Emma sonríe besando la frente perlada de sudor de la morena.

«Yo también te amo. Más que en toda mi vida»

Se duermen abrazadas, cubriéndolas solo los rayos del sol matutino que, molesto, se infiltraba entre las persianas. Ambas se sienten finalmente completas. Ambas felices.