Capítulo 24

La tienda está vacía, solo Regina se había quedado a estudiar el mapa de Storybrooke. Emma había ido a ver cómo estaba Henry, mientras James y los otros buscaban entre los ciudadanos nuevos aliados para la guerra ya cercana. Regina pasa sus brazos alrededor de sí misma en un abrazo protector intentando calmar el miedo que la llegada de Cora y de su pelotón le ha creado. Tiene que admitirlo. Su madre cuando quiere algo está dispuesta a todo. Suspira dándose cuenta al fin que pronto se enfrentaría de verdad a su madre. Lo que espera es poder deshacerse de ella de una vez por todas, para asegurar el futuro de su hijo, el de Emma y el de todos los demás ciudadanos de Storybrooke. Sonríe, y por primera vez se da cuenta de lo apegada que está a ese grupo que durante 28 años ha vivido a su lado. Leroy, dispuesto a gruñir y criticar cualquier cosa, la hermana Astrid tan dulce y amable con todos, e incluso aquellos dos críos de Ava y Nicolás Zimmer.

Se le encoje el corazón porque, en el fondo, se había acostumbrado a encontrar sus caras por la calle o en el restaurante de la abuela. Se había acostumbrado a ir a recoger a Henry al colegio y encontrarse con Blancanieves. Se había acostumbrado a la mirada desafiante de Mr. Gold cada vez que se encontraban, y sí, se había acostumbrado también a las miradas asustadas de todas las personas que cada lunes presenciaban la reunión en el ayuntamiento. Eran miradas asustadas y de odio, pero cómo juzgarlos. Ahora ha llegado hasta aquí y haría algo bueno por la ciudad. Los ojos de Emma aparecen en la mente de Regina haciéndola suspirar nuevamente. Nunca habría pensado volver a encontrar el amor, poder sentir de nuevo rodas aquellas sensaciones que pensaba que se habían…

«Deberías decírselo»

Regina se sobresalta al escuchar la voz dulce y cálida de Blancanieves. Sonríe interpretando el papel de la confundida y se gira hacia la mujer.

«¿Qué?»

Blancanieves se acerca a Regina manteniendo aquella sonrisa dulce que tanto caracterizaba a la mujer. Le pone una mano en el brazo y le da un cálido apretón.

«Deberías decirle a Emma como terminará todo esto»

Hace una pausa antes de suspirar y continuar

«Podrías morir»

Sonríe tristemente

«Moriré Blancanieves. No hay posibilidades o porcentajes. Es lo único cierto de esta batalla»

Blancanieves parecer aguantar un sollozo y Regina la mira intensamente. Tiene que admitirlo. Echaría de menos a aquella mujer de cabellos negros y de tanto coraje.

«Entonces, ¿no hay ninguna posibilidad?»

Regina sacude la cabeza

«El hecho es que el único modo de matar a mi madre es enfrentarme a ella con la magia que poseo. Pero usando mi magia para protegeros agotaré cada gota de mi energía vital. Y si no la enfrentó, os matará a todos. No tenemos salida. Debo dar una oportunidad a esta ciudad para que se salve»

Blancanieves sonríe, suelta el brazo de Regina y la encierra en un afectuoso abrazo. Regina responde torpemente al abrazo, se separa y la mira confusa

«¿Qué pasa?»

Blancanieves se enjuga una lágrima solitaria

«Nada. Solo que ahora logro ver en tus ojos a la Regina que me salvó la vida hace tantos años. Te echaba de menos»

Regina resopla alegremente

«Decir que te debo una excusa es un eufemismo. No fui una buena madrastra»

Blancanieves se encoge de hombros

«No importa. Has sido una buena casi nuera. Y además yo también tengo parte de culpa»

Ambas sonríen y Regina está feliz de ese momento íntimo de confesión entre ella y Blancanieves.

James entra en la tienda haciéndose notar y excusándose.

«¿Interrumpo algo?»

Ambas sacuden la cabeza sonriendo

«No, tranquilo amor. Solo le decía a Regina que debe confesarle a Emma las consecuencias que conllevará esta batalla»

James asiente acercándose a las mujeres y abrazando por detrás a Blancanieves.

«Tiene razón. Debería saberlo»

Regina asiente, cansada y triste.

«Se lo diré. Pero necesito que me hagáis un favor»

La pareja se endereza preocupada ante el tono serio de la voz de la morena

«¿Qué?»

«Debéis proteger a Emma e impedirle que haga cualquier estupidez. No va a permitir que yo me enfrente a mi madre»

«¿Quieres que la detengamos?»

«Atenla, golpéenla…no me importa. Os pido que hagáis cualquier cosa que esté en vuestras manos para evitar que Emma arriesgue su vida por salvar la mía»

James sacude la cabeza

«Sabes igual que nosotros cómo es Emma de testaruda»

«Por eso os estoy pidiendo este favor. Si no me enfrento a Cora, moriremos todos. Si la venzo, podré daros un futuro mejor a todos. Un futuro mejor para mi hijo, para Emma. Pero no podré concentrarme en la batalla si debo pensar en proteger a Emma»

La pareja asiente silenciosamente, la miran tristemente y salen de la tienda, cuando Emma estaba entrando.

«Hey, ¿a dónde vais?»

Pregunta la rubia mirando a los que son para todos los efectos sus padres. James sonríe y mira primero a ella y después a Regina que se había vuelto a concentrar en el mapa de la ciudad en silencio

«Pensábamos dejaros un momento a solas, ya sabes, antes de la batalla»

La rubia asiente susurrando un gracias y observa cómo sus padres se alejan dados de la mano, dirigiéndose a los otros ciudadanos que se estaban organizando para la batalla del día siguiente. Suspira y deposita de nuevo su mirada sobre la morena que tiene en frente sonriendo.

«Parece surreal»

«¿Qué?» Regina levanta la mirada hacia los ojos verdes de Emma, sintiendo cómo el corazón acelera sus latidos, mientras la rubia reduce la distancia entre ellas dando unos pasos.

«Esta batalla, todo esto…es tan extraño. Soy la hija de dos personajes de cuentos y mañana tendré que combatir contra todos los villanos de los libros que de pequeña leí. Parece como si de un momento a otro me fuera a despertar y comprender que todo esto solo es fruto de mi imaginación»

Regina suspira dejándose caer contra la pared, tomando a Emma de las manos y entrelazando sus dedos.

«Todo es verdad…Querría que mi madre y su ejército fuesen solo una pesadilla, pero son reales, como real es el riesgo que correremos mañana»

Baja la mirada, no preparada todavía para decirle a la mujer que amaba la verdad sobre los resultados de aquella batalla. Emma, percibiendo que algo estaba atormentando a la morena, se acerca a ella, apoyado su cuerpo contra el frágil y sutil cuerpo de Regina, disfrutando del calor y alzándole el mentón.

«Hey, Regina, todo saldrá bien…fíate de mí»

La besa tiernamente en la frente, sonriendo y escucha un profundo suspiro por parte de Regina.

«Emma…»

Emma se aleja ligeramente, solo para poderla mirar mejor a los ojos

«¿Hay algo que no va bien?»

Susurra, mientras Regina se enderezaba, la tensión de la mujer es casi palpable. Sí, piensa Emma, algo no va ben.

Regina, por su parte, ha perdido la voz, cómo decírselo. Duele solo de pensarlo. Se muerde el interior de la mejilla un par de veces para finalmente abrir la boca, la voz temblorosa

«Mañana…tendré que enfrentarme a mi madre,,,»

Emma la mira, como si lo que acaba de decir fuese algo obvio

«Sí, lo sé…»

«El único modo para salvar la ciudad es que yo me enfrente a ella…»

Otra cosa obvia

«También sé eso Regina.. ¿qué te sucede? ¿Tienes miedo a enfrentarte a tu madre? Lo entiendo…»

Regina no la deja terminar la frase mirándola directamente a los ojos y susurrando

«No sobreviviré»

Emma abre los ojos desorbitadamente, separándose de ella y mirándola como si le acabase de decir que los asnos vuelan.

«Qué estás diciendo Regina, la vencerás…estoy segura»

«Emma…Para vencerla debo utilizar toda mi energía…esta batalla me secará definitivamente»

Emma cierra la boca mientras su cerebro comienza a unir todas las piezas del puzzle. La debilidad, la sangre de la nariz. Había tenido todas esas señales debajo de sus narices y no se había dado cuenta de que lo que estaba sucediendo a Regina, usar la magia para el bien, la estaba lentamente consumiendo desde dentro, arrastrándola despacio hacia aquel abismo del que no podría escapar. Siente que el corazón se le parte en mil pedazos mientras observa cómo la mujer que amaba sobre toda las cosas la miraba llena de dolor.

«No puede ser. Regina, dime que no es verdad…que es una broma. No puedes hablar en serio»

Regina se le acerca, y apoya sus manos temblorosas en la cara de la rubia, los ojos húmedos y la voz baja.

«Debo hacerlo…es el único modo de saber que tú y Henry estaréis a salvo»

«No…»

Susurra derrotada Emma, apoyándose totalmente en ese toque, mientras cálidas lágrimas descendían por su rostro. Regina se apresura a secárselas y la besa lentamente

«No hay otro modo»

«No»

Casi grita la rubia separándose de ese roce, mientras Regina dejaba caer sus manos a los lados.

«Debe haber un modo para evitarlo…»

Emma comienza, pensativa, a caminar adelante y atrás en la tienda, mientras Regina la mira preocupada, nunca hubiera querido hacerla sufrir, pero sabe muy bien que ese camino es el único para garantizar un futuro para ella y para toda la ciudad. Había traído tanta desgracia a estas personas que esto es lo mínimo que puede hacer para remediarlo.

«¿Y si no te enfrentaras?»

La mirada de Emma está tan llena de esperanza que a Regina le duele

«Emma, debo enfrentarme a ella, soy la única que puede destruirla»

«No, en ese sentido…Nosotros la distraeremos y tú la atacarás por detrás…De maneras que no te enfrentarás en el sentido verdadero de la palabra…Mientras nosotros la tenemos ocupada tú la golpeas, así no estarás obligada a usar toda tu energía»

Regina sonríe tristemente mirando a su amada comiéndose los sesos para encontrar una solución

«Emma…no creo que funcione…»

«Regina, te lo ruego…piénsalo. No quiero perderte, no ahora que he comprendido lo que siento por ti. No ahora que he comprendido que te amo»

Se acerca velozmente a ella y le toma su rostro entre las manos y da un casto beso en los labios rojos de la morena

«Te amo Regina, no puedo, no quiero perderte»

Regina suspira, mientras también ella cede a las lágrimas. Emma está tan determinada a salvarla que no le permitiría enfrentarse a la madre. Cierra los ojos y respira el aroma de la rubia, embriagándose, mientras las cálidas lágrimas descienden por sus mejillas y mueren en sus labios. Lo que iba a decir era una enorme mentira, sabe que no es correcto, sabe que Emma no lo merece, pero sabe también que está dispuesta a todo para salvarla.

«Emma…ok…puedo probar. No la enfrentaré y la golpeare por la espalda. Pero si esto no funciona, sabes muy bien también tú qué haré»

«Funcionará»

Dice segura Emma sonriéndole feliz por aquella pequeña victoria personal.

«Emma, debes comprender qué sucederá si no funciona»

Regina la mira seria y con tristeza

«He entendido, pero te he dicho que funcionará»

Añade segura sin escuchar las palabras de Regina. Esta la agarra con fuerza por los hombros y la mira seriamente

«Emma…si no funciona, yo moriré. Debes prometerme que saldrás adelante, ¿está claro? Quiero que tú y la ciudad os salvéis, que cojas a Henry contigo y que seáis felices finalmente, ¿ok?»

Regina suspira soltando a Emma

«Te lo ruego Emma»

Ante aquellas palabras, Emma ya no puede más, con rabia y con amor, empuja a Regina contra la pared, haciendo que esta pierda por unos segundos el aire de sus pulmones, a continuación la besa con pasión. Regina, reconociendo la necesidad, se aferra a ella, devolviéndole el beso y mordiéndole el labio inferior cuando las manos de Emma resbalan hacia sus glúteos que agarra fuertemente. Es todo lo que necesitan, desahogar la rabia y la frustración, mostrar el amor y la devoción que la una siente por la otra antes de una batalla mortal para una de las dos. Emma arranca sin comedimiento la ropa de Regina que acaba en el suelo hecha jirones, seguida de la de Emma. Ambas en ropa interior se besan, se acarician y se arañan durante minutos infinitos como si quisiesen imprimir en sus mentes cada curva, cada lunar, cada cicatriz de la compañera. Emma se lanza al cuello de Regina, mordiéndolo con rabia y amor, dejando visibles señales violetas, algunas marcas ligeramente sangrantes. En ese momento, el dolor físico es el único modo de apartar por algunos segundos el dolor interno que les horadaba el corazón. Escuchar a la morena gemir de dolor y de placer, sus uñas en su espalda, escavando como a la búsqueda de algo, sentir los pequeños ríos de sangre descender de esos arañazos, en aquel momento la hacen sentirse viva.

Cuando hubo acabado de martirizar el cuello y hubo desabrochado el sujetador, Emma encierra entre sus labios un túrgido pezón de la morena que, ante aquel ligero roce, suspira arqueando la espalda, la otra mano de la rubia se eleva hacia el otro pecho no queriendo dejarlo sin atención. Chupa, lame y muerde aquellos pequeños botones rosados sintiendo cómo el cuerpo de Regina responde ante cada movimiento. Vuelve a besar a la morena mordiéndole el labio que comienza a sangrar ligeramente, lame la zona herida y calma el dolor. Sus lenguas se encuentran y combaten por la dominación, se saborean, se palpan mientras sus manos están por todas partes. Regina peina con sus dedos los rizos rubios de Emma, mientras las manos de esta arañan las caderas de la morena hasta descender a sus piernas. Con un veloz movimiento la eleva haciendo que se ciña a ella para no caer. Se dirige a la mesa y con un movimiento de las manos tira al suelo todo para depositar a su Regina en la fría madera. Se separa de esos besos flameantes, deslizando los dedos por el borde del tanga, quitándoselo suavemente y observando la ligera brillantez de la humedad de Regina, mira a los ojos de la morena leyendo en ellos las tremendas ganas. Emma se agacha llenando de besos y de mordiscos el vientre plano de Regina que, como respuesta, separa las piernas e inspira profundamente. Emma, velozmente, se hunde sin tantos preámbulos en el centro caliente de la morena, provocándole miles de escalofríos. Pasa la lengua a lo largo de su intimidad, humedeciéndose aún más solo al saborear sus jugos. Pasa los brazos bajo las piernas de Regina, atrayéndola hacia ella y separándole aún más las piernas, devorándola con hambre inhumana. Lame cada centímetro, deteniéndose sobre el pequeño botón palpitante al que dedica mil atenciones, mientras siente los gritos y los gemidos de la morena bajo ella. Regina, presa del placer más absoluto, desliza una mano en los rizos de la rubia empujándola hacia ella para un mayor contacto, gimiendo cada vez que la lengua rozaba su entrada.

«Emma…» susurra temblando. La rubia sonríe comprendiendo lo que su mujer quiere, y de un movimiento la penetra con la lengua. Regina, tomada de improviso, se arquea gritando el nombre de la rubia. Sus caderas comienzan a moverse hacia la lengua de la mujer, mientras se dejaba caer en la fría mesa, una mano aún en los cabellos de la rubia y la otra masajeando sus propios pechos. Cierra los ojos y siente la humedad en sus parpados, está llorando.

Emma percibiendo los movimientos de Regina bajo ella, sustituye la lengua por dos dedos, penetrándola profundamente y observando cómo la morena dobla la espalda y pronuncia su nombre como si fuese la cosa más excitante de su vida. Se endereza comenzando a moverse dentro de ella, doblando los dedos para alcanzar aquella delicada zona de placer que aprendió a conocer en el curso de las noches compartidas. Alcanza los labios de Regina, haciéndole degustar su propio sabor, mientras que con el cuerpo se ayudaba a empujar más profundamente en la morena. Regina ya ha perdido la luz de la razón y deja que sea el placer quien la guie. Se saborea sobre los labios de Emma, mientras siente a la rubia penetrar en ella con velocidad y ritmo. El clímax está cerca y puede notar los escalofríos salir de su vientre y alcanzar la punta de los dedos. Comienza a repetir el nombre de Emma, para sustituirlo después por un dulce "Te amo".

Después de poco segundos, cuando el orgasmo la invade se agarra a Emma marcándole la espalda con sus uñas, y ambas gimen, una por el placer y la otra por el dolor. Emma acompaña cada sacudida del orgasmo, mientras con el pulgar comienza a estimular el clítoris llevando a la morena a alcanzar otro orgasmo, si es posible, más devastador que el primero.

Cuando sale de Regina, esta permanece en la mesa, ojos cerrados y una mano sobre el pecho intentando respirar. Emma, sonriendo, la observa, dándose cuenta una vez más de lo hermosa que es la morena, el sudor que le perlaba la frente, los labios enrojecidos, los cabellos despeinados. Las huellas de sus lágrimas están todavía frescas cuando Regina reabre los ojos y la mira sonriendo. Emma se aleja de ella ayudándola a descender de la mesa, pero se encuentra de repente pegada a la pared, dándole la espalda a Regina, la mejilla apoyada en la fría piedra. Regina siembra de mordiscos y de besos el cuello y la espalda de la rubia, devolviéndole el placer y el dolor que poco antes le había hecho probar en las mismas zonas. Después de haber marcado el terreno y pasado la lengua sobre los arañazos de la espalda, busca los labios de la rubia, mientras que sus dedos torturaban los pezones. La dedicación de Regina junto con la fría piedra que rozaba sus senos hace gemir a Emma sin control provocando una risa ronca y satisfecha por parte de la morena. Regina se arrodilla detrás de Emma, y muerde y besa los duros glúteos, mientras hace desaparecer por los pies de la rubia el tanga. Se levanta, empujando su propio cuerpo desnudo contra el de Emma, con una mano le acaricia el vientre, y la baja hasta alcanzar la intimidad de la rubia para comenzar a acariciar velozmente el clítoris. Emma debe apoyar sus manos en la desnuda roca para sostenerse. El masaje dura relativamente poco, Regina tiene hambre y quiere saborearla. Se sienta, la espalda contra el muro, entre las piernas de Emma que se separan para dejarle sitio a la morena. La frente de Emma se apoya en la roca, lo que le permite observar a Regina sentada bajo ella comenzando a lamer y besar el interior de sus muslos provocándole escalofríos que la obligan a cerrar por algunos segundos los ojos. Una vez reabiertos, los pone en blanco cuando siente la lengua experta de la mujer atacarla con fuerza y velocidad. Comienza a penetrarla con la lengua, mientras los dedos jugueteaban con el clítoris ya hinchado. Los gemidos de la rubia se hacen más frecuentes y más ruidosos, sus caderas se mueven hacia la cara de Regina que de nuevo había perdido la luz de la razón rodeada del aroma y del sabor de la rubia. Entra en ella con dos dedos, y la escucha gritar encima de ella, comienza a moverse velozmente empujando con fuerza y rítmicamente. Emma aprieta la mandíbula, pero grita de placer cuando Regina vuelve a lamer y chupar su intimidad. En pocos minutos, aquellos movimientos la llevan a un potente orgasmo que la hace gritar el nombre de Regina, mientras cae al suelo, sus piernas incapaces de sostenerla. Regina sonríe agarrándola al vuelo y acompañándola al suelo, sin dejar sin embargo de empujar dentro de ella. Encuentra sus pechos que muerde y succiona, mientras Emma empuja sus caderas contra los dedos de Regina y grita su nombre. Emma, con fuerza, lleva una mano hacia la intimidad de Regina penetrándola velozmente, provocando un grito de sorpresa por parte de la morena. Ambas continúan aquella lenta danza sincronizada hasta que un enésimo orgasmo las convulsiona y las deja caer al suelo exhaustas. Desnudas, sudadas y cansadas se aferran la una a la otra besándose, esta vez con dulzura, entrelazan sus piernas y se miran a los ojos.

«Te amo Emma»

Susurra Regina, las lágrimas aún vivas en su piel.

Emma le sonríe tristemente y la besa rodeándola entera, como si quisiese englobarla en su propio cuerpo.

«Yo también te amo Regina»

No hubo necesidad de más palabras aquella noche, hubiera estado de más. El amor apenas consumado lo demostraba todo. Demostraba aquel gran sentimiento que las unía y el dolor que ambas experimentaban sabiendo que muy probablemente esa noche sería la última que pasarían juntas.

«En serio, ¿tendré que colaborar con uno con los bigotes engominados y con rizos?»

Jafar suspira, derrotado, hundiéndose en el sillón del castillo de Cora. Madre Gothel, a su lado, sorbía su té leyendo un libro de artes oscuras

«Hey, cuidado con lo que dices» refunfuña Grafio, mientras intentaba ponerse su querida extremidad. Madam Mim roncaba ruidosamente al lado de la chimenea, una mano sobre su gorda barriga, la otra directamente en contacto con las llamas como si nada pasase.

«Desgraciadamente estamos rodeados de idiotas»

Ruge Scar, uno de los recién llegados.

«¿Y tendré que colaborar con animales?» resopla otra vez Jafar, masajeándose las sienes con pereza.

Scar se le acerca amenazadoramente.

«Animal o no, estoy mucho más dotado que la mitad de los incapaces aquí presentes, querido Jafar»

Con la mirada señala a Yzma, que tenía la cara manchada de negro y la pluma que llevaba en la cabeza quemada, al parecer otra de sus pociones había explotado resultando totalmente inútil.

Madre Gothel harta de estas estúpidas peleas que se estaban produciendo, cierra el libro, dejándolo en la mesa.

«Escuchad, sabemos muy bien que no nos soportamos»

Tuerce la nariz cuando Madam Mim se gira sobre un lado rascándose el trasero y volviendo a dormirse.

«Pero, Cora ha sido clara. Estamos aquí para tener nuestra victoria. No digo que colaboremos, pero al menos soportémonos hasta mañana. En la batalla combatiremos contra nuestros enemigos, venceremos y después cada uno volverá al lugar de donde ha venido, ¿ok? Sois extenuantes y estáis provocándome migraña»

Jafar asiente

«Aunque me cueste admitirlo, la señora tiene razón. Evitemos pelear por tonterías, todo acabará pronto»

Scar y los demás presentes asienten, y vuelven a sus cosas. Unos a dormir y otros, como Garfio, comienzan a desahogarse con el ron.

Para ser una mañana primaveral, toda Storybrooke siente el frío penetrar en los huesos, mientras avanzan hacia el ejército de Cora que, como riéndose de ellos, les había comunicado la hora y el lugar de la batalla.

Regina está al frente de su ejército, a su lado Emma, el cuerpo protegido por una armadura plateada, que le daba de verdad esa apariencia de la Salvadora. Detrás de ellas, James y Nieves en sus ropajes de soberanos del Bosque encantado las siguen armados con la espada y el arco. Y finalmente el ejército. Compuesto por todos los que podían combatir. Se distinguen a Ruby, Aladino, los príncipes Thomás, Philipe y Eric, Peter Pan y los Niños Perdidos, Jhon Smith y Pocachontas y tantos otros personajes que habían dejado estupefacta a Emma en el momento de la formación. Delante de ellos, a varios metros de distancia, se encuentra Cora, sentada en un pequeño trono, a su lado el rubio Byron, que intentaba arreglarse su leonina cabellera, detrás de ellos un ejército entero de malvados. Regina reconoce a Comefuegos, Madre Gothel y a tantos otros. Será duro. Una batalla sangrienta. Pero están preparados.

A penas se hubieron despertado, habían creado una formación de batalla, además del ejército de tierra, en el cielo, entre los tejados de los edificios, están todas las hadas preparadas para ayudar. En cambio, en el bosque, a su alrededor, se encontraban todos los animales como Simba y sus leonas, preparados para atacar por la espalda. Están dispuestos.

Regina suspira mirando a Emma, y a continuación mira a James y a Nieves. Están preparados y se siente más segura sabiendo que Henry está lejos de la batalla bajo el amoroso y protector cuidado de la abuela armada con su ballesta.

«Regina, así que hemos llegado al final»

Cora habla levantándose del trono que desaparece rápidamente en una nube grisácea. Regina la mira con disgusto y aprieta la mano de Emma, mientras esta apoyaba la otra sobre la empuñadura de la espada

«Eso parece, madre»

«Todavía estás a tiempo de unirte al lado correcto Regina»

Cora sonríe tendiéndole una mano sonriendo. Byron, a su lado, observa a Regina.

«Escucha a tu madre, Regina, podría incluso perdonarte por tu insolencia de nuestro último encuentro»

Regina aprieta la mandíbula observando al hombre, y después vuelve a mirar a su madre

«Pero madre-dice riendo-yo estoy en el lado correcto»

Cora irritada baja la mano cerrándola en un puño. En el aire, todos pueden sentir la crepitación de la magia que flotaba entre las dos mujeres

«Regina, es tu última oportunidad»

«Madre, te destruiremos, a ti y a tu estúpido ejército»

Ante aquellas palabras, del ejército de villanos se alza un murmullo de quejas. Cora levanta la mano y los calla al instante

«Bien, Regina. Estás dispuesta a morir por estos estúpidos… Te arrepentirás»

Cuando baja la mano, su ejército se da por avisado.

El enorme ejército grita y comienza a correr hacia Regina y los ciudadanos de Storybrooke.

«¡A la carga!»

James grita como un verdadero líder, subiendo a su caballo seguido por Blancanieves y adentrándose en la batalla. Todos los siguen, espadas desenvainadas y dispuestos a perecer por el bien de la ciudad. Regina observa el choque, aún dada de la mano con Emma, intentando visualizar a su madre cuando se siente empujada al suelo junto con Emma. Alza la mirada, Byron, enfrente, se ríe groseramente.

«Mi querida Regina, te mereces una buena lección, ¿sabes?»

Crea una bola de energía que lanza derecha hacia Regina, que tomada de improviso lleva sus manos a la cara intentando protegerse, pero la bola no llega, cuando abre los ojos, entre ella y Byron hay una reluciente espada.

«No te atrevas a tocarla»

Regina levanta la vista observando a Emma, con la espada desenvainada y una mirada homicida en la cara. Byron la mira, por un momento confundido, pero esconde todo detrás de su máscara y se echa a reír.

«Oh, bien, el caballero al rescate de su Reina. Comenzaré contigo entonces»

«Emma…»

Regina se pone en pie y mira a Emma preocupada, ella le sonríe y le guiña un ojo

«Regina, no te preocupes, de este idiota me encargo yo. Tú respeta nuestro plan, ¿ok?»

Regina asiente con tristeza porque sabe que no podrá respetar aquel plan, y sonríe.

«Te amo»

Susurra, para después desaparecer en una nube de humo violeta.

James y Nieves, hombro con hombro, seguidos de los enanos, combaten a fuerza de espadas y flechas, Ruby, transformada en lobo, parece tomar la batalla más con una diversión, aterrorizando a grupos de soldados, jugando con ellos como si fuesen sonajeros, agarrándolos, lanzándolos al aire, destrozándolos y poniéndoles emboscadas. Los tres príncipes pelean con Úrsula, Madre Gothel y Lady Tremaine. Regina, antes de la batalla, había encantado armaduras y espadas para rechazar cualquier hechizo o maldición, lo que iba a favor de los ciudadanos de Storybrooke.

De improviso, se escucha un rugido que rompe la tensión y todos se levantan y dirigen sus miradas hacia el puente, Troll Bridge, donde Simba y sus leonas caminaban en círculos preparados para atacar a Scar y sus hienas.

Para completar el sombrío ambiente, comienza a llover. Cuando la primera gota toca el terreno, la batalla se recrudece. Los rugidos, los chillidos, los alaridos provocan escalofríos hasta al más valiente de los guerreros. Sangre y cadáveres siembran aquella llanura, una vez caracterizada por su verde hierba y sus flores, ahora apestando a muerte y dolor.

Hasta ahora no había ni vencedores ni vencidos, las pérdidas eran las mismas. La sangre mana libre de las heridas de Comefuegos, ya muerto en el suelo, a su lado Pinocho con una flecha en el corazón. Más allá, bajo un árbol algunos Niños Perdidos yacen sin vida, las manos manchadas de sangre de algún enemigo. Las nubes se formaban negras sobre la batalla, mientras esta se intensificaba por ambos lados. Héroes y villanos pelean con uñas y dientes y mueren bajo el mismo cielo.

Algunos se preguntas cuándo va a acabar esta locura, otros, aterrorizados, desaparecen en el bosque. Las hadas se alza en el cielo como pequeñas estrellas, preparadas para ayudar a sus amigos y ralentizar a los enemigos, mientras personajes como Madam Mim intentan aplastarla como a simples moscas.

Emma cae a tierra, exhausta, los cabellos mojados que se le pegaban a la cara. Enfrente Byron la mira divertido.

«¿Es toda la fuerza de la Salvadora? Me desilusionas Emma»

Emma se alza ayudándose con la espada, se estira el cuello y lo mira fijamente a los ojos. Byron es fuerte, no solo físicamente, Emma descubre que es muy hábil usando la espada, pero con la magia tampoco bromeaba.

«¿Entonces? ¿Comienzas a tener miedo, rubita?»

Byron escurre el agua de sus cabellos y se los peina hacia atrás con los dedos.

«Todavía no has visto nada»

Emma cierra los ojos por un segundo pensando en Regina y en Henry y en cuánto los ama. Piensa en sus padres, en la ciudad. En sus amigos. Rumpelstiltskin le había dicho que muy posiblemente ella también tenía magia, aunque no la supiese usar. Quizás es el momento del todo por el todo.

Cuando abre los ojos, la espada brillaba con una cálida aura blanca, mira a Byron que ahora la observaba con un gesto menos fanfarrón. Grita con todo el aliento que le queda en la garganta y corre hacia el rubio que comienza a lanzarle bolas de energía intentando ponerla fuera de combate. Esquiva todos los golpes saltando y ayudándose con la espada hasta que llega a pocos pasos de Byron. Sus espadas se golpean desprendiéndose chispas que morían bajo la lluvia. Se enfrentan con todas sus fuerzas, esquivando golpes y encajando algunos como lo probaba la nariz rota de Byron y el corte en la ceja de Emma.

«Lo admito, eres fuerte, pero no me vencerás, rubita»

Emma sonríe, retrocediendo algunos pasos

«Sin embargo lo haré… y ¿sabes por qué?»

Él la mira confundido bajando la guardia por unos momentos.

«¿Por qué?»

Emma aprovecha para lanzarse contra él, cogerlo por un hombro y hundirle la espada en el estómago, abriendo los ojos y la boca ante la sorpresa y el dolor

Empuja la hoja hasta la empuñadura arrodillándose junto al hombre. La sangre que manaba de la herida manchaba la armadura de Emma y la tierra. Un hilo de sangre desciende de la boca de Byron que tartamudea y mira a Emma confuso y derrotado.

«Porque estoy protegiendo a las personas que amo»

Dice, y con un golpe seco saca la hoja del cuerpo de Byron que se derrumba en la tierra entre el fango y la sangre.

Emma respira profundamente, se levanta y observa el cadáver del hombre en la tierra. Se limpia el rostro de la sangre y suspira. Es la primera vez que mata, y en verdad no le gusta y después de esta guerra espera no tener que volver a hacerlo, pero…lo superaría. Lo ha hecho para proteger a Regina, a Henry y toda su familia.

Un grito rompe el silencio. Emma abre desorbitadamente los ojos al reconocer la voz.

Después de haber dejado a Emma combatiendo con Byron, Regina observa la batalla intentado buscar a su madre, pero sin encontrarla.

«¿Me buscabas, hija mía?»

Regina se queda paralizada ante aquella voz y se gira haciendo sonar la capa negra que llevaba puesta. Su madre estaba delante de ella, con una sonrisa descarnada estampada en el rostro y un pequeño paraguas negro que la protegía de la incesante lluvia.

«Madre…»

Regina aprieta los puños respirando profundamente y mirando a la madre con atención.

«Sabes que te espera la muerte si combates contra mí, ¿verdad?»

Regina suspira, sabe muy bien que, pase lo que pase en la batalla, ella morirá. Y lo hará de buen grado si eso significaba salvar a la ciudad.

«Sí, madre, lo sé, pero no me importa»

«No te importa. ¿Has perdido la cabeza hija?»

«No madre. Por primera vez estoy más lúcida que nunca»

«Morirás. No lo comprendo»

Y es verdad. Cora siempre le había enseñado a pensar en sí misma y en conseguir más poder. Aquel comportamiento es completamente extraño para Cora.

«Nunca podrías comprenderlo madre. Tú no sabes qué es el amor. Yo finalmente lo he comprendido y es por eso que estoy dispuesta a sacrificarme por esta ciudad. Me han dado una segunda oportunidad, incluso muchos de ellos me ha perdonado. He encontrado el amor en un hijo y finalmente también el Amor Verdadero en Emma»

«Estupideces Regina. El amor es debilidad, siempre te lo he dicho, es una lección que no quieres aprender y por eso hoy morirás»

Regina se echa a reír dejando perpleja a Cora que mientras tanto había creado una bola de fuego y estaba preparada para lanzársela a la hija.

«Moriré, pero juro por Dios que tú vendrás conmigo madre…»

Tras decir esto, lanza un rayo directo al pecho de la madre que es empujada y cae varios metros más allá. Ahí comienza el deseado y temido combate. Bolas de fuego, rayos e incluso rocas y árboles vuelan de un lado al otro del campo de batalla.

Los villanos ya han sido derrotados, muchos han muerto, otros han sido expulsados a través de los portales con la ayuda de Jefferson y su fiel sombrero. Ahora todos son espectadores del combate entre madre e hija, un combate sin reglas. Regina era la más segura, Cora la más fuerte. Cae al suelo después de la segunda descarga de rayos dirigida al pecho, la respiración que no quiere regularizarse, la sangre que lentamente descendía de la nariz y los miembros que temblaban. La energía está lentamente desapareciendo y con ella Regina.

««No puedo rendirme» se susurra a sí misma, levantándose dolorida y mirando a la madre.

«Patética, eso es lo que eres, Regina. No te he enseñado estas cosas. Mírate, sucia de sangre y fango, sin fuerzas. Solo por estas estúpidas personas. Podrías comandarlas, podrías ser su reina y tener todo el poder»

«No quiero poder»

Susurra Regina, mientras piensa en cómo deshacerse de la madre. Solo le queda un as en la manga, aquella magia que la había guiado en el combate contra Byron en el ayuntamiento-

«Ah, perdón, es verdad. Tú ahora quieres…amor»

Gruñe creando una bola de energía, preparada para ser lanzada contra su hija.

Regina cierra los ojos

«Sí, madre, quiero amor. Porque ahora sé con certeza que…el amor no es debilidad»

Lentamente deja correr su magia mezclándola con el amor por Emma y por Henry, concentrándose en lo que quería hacer, sacrificarse para salvar Storybrooke. Un aura, esta vez blanca, la rodea, ahora esa magia la hace por amor y no por rabia, y cuando abre los ojos estos son luminosos y blancos, sin pupilas.

«el amor no es debilidad…¡es fuerza!»

Grita, y comienza a mover las manos, mientras aquel majestuoso dragón formado por la niebla púrpura se transformaba en un enorme fénix plateado que rodea completamente a Regina que, como un titiritero, lo maneja contra la madre.

Todos se habían quedado inmóviles, incluso Cora que, sorprendida, busca primero contratacar lanzando cualquier tipo de hechizo, pero sin resultado, y después retrocediendo y huyendo del peligro. Aquella magia es nueva para ella y del todo desconocida. Regina parecía poseída desde el interior por el fénix plateado que batiendo las alas se acerca más a ella.

«¡Regina, para!»

Grita antes de ser apresada también ella por ese animal hecho de luz. Comienza a gritar, asustada, al sentir cómo se quemaba su piel. Regina cierra los ojos, abre los brazos haciendo que también el fénix abra las alas. En paz, incrementa la luz, es tanta que los espectadores deben por algunos segundos cubrirse los ojos para acostumbrarse a la intensidad de la misma. Cora continua gritando mientras sus ropas se convierten en cenizas, seguidas de su piel y de sus huesos. Su existencia termina en un cúmulo de cenizas y es ahí cuando Regina, con una sonrisa pacífica en su rostro, junto a su fénix explota en el aire, obligando a todos a caer al suelo.

La luz era tan cegadora que Emma tiene que echarse en el suelo para evitar ser golpeada. Cierra los ojos hasta que se hace el silencio.

Después de haber escuchado el grito de Regina, se había puesto a buscarla, encontrándola en pleno combate con la madre. Se había puesto a gritar y por un momento intenta llegar hasta la morena, pero fuertes brazos, los de James, se lo impiden, obligándola a observar el martirio de Regina. La observa transformarse en aquel fénix majestuoso y elegante, y después ve cómo destruye a la madre y cómo explota.

Ahora que la luz se había ido, mira a su alrededor buscando a la morena. Quiere verla sonreír, quiere abrazarla y volver a casa y descansar. Se levanta, ayudando a su madre y mirando a su alrededor para ver que todos están bien. Entonces se gira hacia la destrucción que la explosión había provocado. Abre los ojos desmesuradamente cuando ve una figura temblorosa en pie.

«¡Regina!

Grita, feliz, comenzando a correr hacia ella

Regina escucha la voz de Emma, sonríe dándose la vuelta muy lentamente y casi de forma mecánica hacia la mujer, susurra su nombre antes de desplomarse en la tierra. Emma vuela hacia su lado, levantando sobre su regazo el rostro sucio de sangre de la mujer. Percibe lo fría y pálida que está, los labios por lo normal rojos y carnosos, eran violáceos y tumefactos.

«¡Regina, no…te lo ruego!»

Le acaricia los cabellos, retirándole la sangre y le sonríe. James y Nieves se le acercan y rápidamente los dedos de James se colocan en el cuello de la morena, mira a Nieves y sacude la cabeza.

«Emma…»

«¡No está muerta, no puede morir!. ¡No…!»

Esas palabras salen como un río en crecida, y Emma acuna el cuerpo exangüe de Regina entre sus brazos.

«Emma, lo siento…ha muerto. No podemos hacer nada»

Dice James, mientras Nieves se acerca a la hija buscando el modo de consolarla. Emma aferra contra sí a Regina besándola repetidamente y cogiéndole la mano para llevarla a su propio rostro.

«¡No Regina, te lo ruego, despiértate!. ¡Te lo suplico! Hemos ganado…Tu madre ha muerto. Finalmente podemos vivir en paz. No puedes dejarme así. Te lo ruego»

Un grito rompe de nuevo aquel silencio

«¡Mamá!»

Henry corre y cae de arrodilla ante sus madres. James y Nieves se levantan y ven a Granny acercarse a Ruby para curarle las heridas.

«Lo siento, quería venir por todos los medios»

James y Nieves asienten tristemente, y se alejan para dejar un poco de espacio a las mujeres y al niño.

Henry se acerca y toca la frente de su madre.

«Mamá, no puedes…este es nuestro final feliz… Está escrito también en el libro, mientras estaba en casa vuestra historia se completó»

Saca el libro de la mochila mostrando una imagen en la que la Salvadora en su armadura plateada besaba a la Reina del Mal. Emma la mira acariciando con los dedos machados de sangre los contornos del rostro dibujado en la hoja y se echa a llorar. Henry al verla se arrodilla junto a ella y observa el rostro sin vida de Regina y comienza a llorar.

Habían vencido. Los villanos habían sido derrotados. Ahora Storybrooke es libre. Pero, ¿a qué precio?