Hola chicas. Ya estamos acabando. Os dejé asustadas con el capítulo anterior, ¿eh? Sí, Regina muere, pero no nos olvidemos que aquí hay magia. Ahora veremos en este capítulo qué pasa con nuestra heroína, porque eso es lo que es Regina en esta historia.
Un abrazo y espero que os gusten los dos capítulos que quedan.
¡A leer!
Capítulo 25
La cabeza le duele y las extremidades le hormiguean como cuando accidentalmente se te duermen encima. Abrir los ojos es una empresa de Oscar y lo primero que ve es una intensa luz azul sobre su cabeza. Vuelve a cerrarlos e intenta ponerse de lado. Después de varios intentos fallidos, consigue ponerse de rodillas. Es en ese momento que nota algo extraño. Sus cabellos están mucho más largos respecto a como los tenía. Están largos como cuando era joven y solía anudarlos en una trenza. Ahora, ondulados y largos, caían sobre sus hombros revestidos de una tela blanca.
Lentamente, se levanta sobre sus piernas temblorosas concentrándose en no caer. Después de algunos minutos de imprecaciones y de temblorosos movimientos, Regina logra caminar despacio, y comienza a inspeccionar el lugar en el que se halla.
Se encuentra en una estancia circular, muy amplia y sin ningún mueble. Solo había a lo largo de las paredes espejos rectangulares y altos que reflejaban su imagen. En ese momento se da cuenta de cómo está vestida. Llevaba un largo vestido blanco ceñido en la cadera y en los pechos. Con un escore cuadrado y mangas largas y anchas hacia la muñeca. Se pierde mirando su imagen y su rostro sin maquillaje. Era pacífico. Como nunca en su vida.
Cierra los ojos y respira profundamente, sintiéndose ligera como una pluma. De repente todo el peso de su pasado desaparece en la nada. Reabre los ojos, sorprendida y sonriente. Se siente en paz consigo misma.
«¿Qué lugar es este?»
Susurra para sí, mirando de nuevo a su alrededor, y recibiendo de los espejos la misma mirada confusa, pero feliz
«Estás en lugar especial, hija mía»
Regina, ante aquella voz, se endereza de golpe.
No puede ser. Sonríe esperanzada girándose hacia aquella voz que, a pesar del tiempo transcurrido, podría reconocerla donde fuera. Frente a ella, en uno de los espejos, se encuentra su padre, sonriente, vestido de oro y con una mirada pacífica. Regina corre hacia el espejo riendo feliz
«Padre, ¿eres de verdad tú?»
Regina apoya la mano sobre el espejo, y siente la fría superficie bajo la palma, nota cómo sus ojos se humedecen sin poder desviar la mirada de Henry.
«Sí, soy yo, hija mía. ¡Dios, cómo has cambiado!, estás más bella de lo que te recordaba»
Regia se sonroja, deseando abrazar al padre y embriagarse de su aroma, al menos por unos instantes.
«No entiendo…»
Susurra, comenzando a tomar consciencia de todos los acontecimientos que la habían llevado a despertarse en ese lugar.
«¿Estoy muerta?»
«Sí, y al mismo tiempo no, hija mía»
Henry es críptico, sin embargo mantiene en su rostro esa dulce sonrisa característica. Apoya la mano en el espejo y comienza a explicar.
«Se te ha dado la posibilidad de elegir…Venir conmigo o volver a la vida…»
Regina lo mira todavía más confusa
«¿Quieres decir que puedo elegir entre morir y reunirme contigo o vivir?»
Henry asiente, y va a abrir la boca, pero otra voz lo calla, esta vez femenina, proveniente de otro espejo.
«No solo te reunirás con él. Hay varias personas a las que volverás a ver»
Regina se da la vuelta y se encuentra, en un vestido plateado, a su amiga de rizos dorados que la miraba con un gesto divertido en la cara. La morena abre aún más los ojos acercándose al espejo donde Maléfica le sonreía divertida.
«Al que no muere se lo vuelve a ver… Oh espera…creo que ese dicho no se aplica aquí»
Maléfica se echa a reír para a continuación detenerse y fijar sus ojos azules en los oscuros de Regina. Parece tan diferente, tan pacífica. Sí, esa es la verdad. Tanto su padre, como Maléfica o como Regina misma parecen, en aquel lugar, más pacíficos.
«Mal…»
Regina traga saliva, y de repente un gran sentimiento de culpa la invade
«No es necesario, sé que lo sientes, amiga mía. No importa…»
Maléfica le sonríe con dulzura, mostrando unos dientes perfectos y blancos. Dobla la cabeza hacia un lado ante la mirada sorprendida de Regina que la miraba como si hubiese visto un asno con alas.
«Pero…pareces diferente Mal…como si tú…»
«Sí, estoy en paz conmigo misma…como está tu padre y como lo estarás también tú si vienes con nosotros»
Regina dirige otra vez su mirada hacia su padre y lo vez asentir felizmente, mientras Maléfica continua hablando.
«Si decides seguirnos, no podrás retroceder, pero…aquí encontrarás la paz. El dolor y la rabia con los que has convivido durante todos estos años desaparecerán. El sentimiento de culpa y el peso que llevas en tu corazón se disolverán y encontrarás tu equilibrio»
Regina, mientras escuchaba, percibe que en cada espejo empezaban a aparecer diversas personas, algunas de las cuales no reconocía, y a otras las sabía muertas por su propia mano. Cerca del espejo del padre, aparece Graham con su ropa de cazador y le sonríe guiñándole un ojo.
«Graham…»
Susurra, cerrando los puños como si la sensación del corazón del cazador al reducirse a cenizas estuviese todavía presente. Graham le sonríe con dulzura y le hace señas para que se acerque a su espejo. Regina obedece, la mirada baja y las manos temblorosas.
«Su majestad, no debes sentirte culpable. Te perdoné, apenas me hube encontrado en este sitio. Era mi destino, Regina, como el tuyo era vivir y enamorarte de Emma. Todo era una enorme puzzle ya preestablecido»
Regina abre los ojos ya fuera por la sorpresa del perdón de Graham o por la última frase.
«¿Qué? ¿Todo preestablecido? ¿Quieres decir que mi muerte ya estaba escrita?»
Tanto Graham como Maléfica y Henry sacuden velozmente la cabeza
«No, por eso ahora te encuentras aquí, querida mía, debes decidir a dónde quieres ir, cuál es tu próximo destino»
Regina sacude la cabeza, para a continuación palidece cuando dirige su mirada al espejo de la derecha de Henry y Graham. Dos ojos demasiado familiares la miran con amor mientras el hombre al que pertenece esa dulce mirada se materializa lentamente en el espejo. Regina desencaja los ojos y comienza a temblar, mientras su corazón late a mil por hora ante esa visión.
«Regina…»
El hombre le sonríe con dulzura, una dulzura infinita que lo había caracterizado siempre. Regina se acerca al espejo, las lágrimas en los ojos, una mano levantada hacia la superficie reflectante
«Daniel»
Susurra presa de miles de emociones, mientras las lágrimas discurren veloces por sus mejillas. Observa al hombre que tiene enfrente, pensando en todo lo que había sucedido entre ellos. ¿Aún lo ama? Cierto. Lo amaría siempre. Daniel había sido una parte importante de su vida, su constante durante mucho, muchísimo tiempo y esos sentimientos por él nunca desaparecerían de su corazón. Como intuyendo sus pensamientos, toca ligeramente el espejo para hacerla despertar de sus ensoñaciones y le sonríe con amor.
«Amor mío. Te amo y te amaré por siempre. Estoy tan orgulloso de ti…»
«¿Orgulloso? He sido un monstruo…»
Daniel la calla antes de que pueda continuar.
«Nunca has sido un monstruo. Has sido una mujer sola y desesperada que había perdido la esperanza, has cometido tus errores y has pagado el precio. Te has sacrificado por toda la ciudad. Y las personas aquí presentes…»
Daniel alarga el brazo y varias personas comienzan a materializarse en los espejos que la rodean. Un lento rumor comienza a hacerle compañía, mientras Maléfica se había transferido mágicamente al mismo espejo de Daniel, detrás de él. La rubia acaba la frase del hombre
«Todas las personas que ves han visto tu cambio, han conocido tu pasado y finalmente han comprendido. Y todos, del primero al último, te han perdonado»
Ok. Regina está literalmente enloqueciendo. ¿Qué diablos está diciendo? ¿El perdón? ¿Ella? ¿Cómo podía merecerlo? ¿Y por qué no está muerta? Se acordaba de la explosión de magia, de la muerte de la madre, de la mirada de Emma preocupada y su dulce voz. Regina abre los ojos. ¡Emma!
«Emma. Debo volver con ella. Estará sufriendo. Habéis dicho que puedo regresar, ¿verdad?»
Daniel asiente, pero Henry responde a la hija pasando a un espejo más cercano seguido de Graham.
«Sí, pero primero debes saber qué te espera. Si te quedaras con nosotros, encontrarías la paz interior, todos tus errores se borrarían y el peso de tu corazón se iría. Puedes sentir ya los efectos ahora, hija mía»
Regina asiente atenta a las palabras del padre, poniendo una mano sobre su corazón. Es verdad. Desde que se había despertado en ese extraño lugar se siente ligera, ningún mal pensamiento, ninguna sensación dañina o ganas de usar la magia. Se siente como cuando era joven e inocente,
«…podrás también observar a Emma y a Henry vivir sus vidas, podrás ser, por así decirlo, su ángel de la guardia, pero nunca podrás, nunca, tener contacto con ellos o hacerles sentir tu presencia»
Maléfica da un paso hacia delante, colocándose delante de Daniel que continua mirando a Regina con amor.
«Pero si eliges vivir, podrás estar con Emma y con tu hijo, crearte una vida y ser feliz. Cierto, el peso de tu culpa volvería a hacerse sentir y deberás vivir para siempre como un ser humano normal. Y nadie sabe qué le reservará el futuro a ti y a tu familia. Pero podrás vivir»
Maléfica asiente ante sus propias palabras, mientras más personas aparecían en los espejos alrededor de Regina.
Regina está turbada. No sabe qué decir o hacer, le parece casi inverosímil que todas esas personas, casi todas muertas por su culpa, la hayan perdonado. Ni siquiera es capaz de concebir como posible tal pensamiento. Se da la vuelta, mirando hacia varios espejos y recibiendo siempre la misma mirada dulce y pacífica de cada persona que se reflejaba en los espejos.
«Pero…pero cómo es posible…yo…no logro comprender. He provocado tanto dolor y tanta muerte. ¿Cómo podéis, todos, perdonarme?»
Regina alarga la mano y da una lenta vuelta sobre sí misma mirando a cada espejo, para después volver a mirar a los tres hombres y a la rubia. Graham sonríe amorosamente con una mano en el corazón y mirando a Regina. Regina lo observa en silencio, su mirada la conmueve, nunca la había mirado de esa manera, ni siquiera cuando con el corazón en mano le ordenaba amarla, tomarla y hacerla sentir cualquier cosa. Ni siquiera obligándolo a quererla, logró recibir miradas de admiración, de amistad o de amor. Mirada que ahora se dibuja en el rostro del joven cazador.
«Regina, llegamos a este lugar con conocimiento de muchas cosas, pasadas, presentes y futuras. Percibimos nuevos matices y observamos el mundo desde otra perspectiva. Otros puntos de vista que nos permiten comprender mejor cada detalle de nuestra vida y de aquellos a nuestro alrededor. Por eso, cada uno de los presentes en esta sala te ha perdonado. Nosotros sabemos. Comprendemos y hemos ido más allá de los acontecimientos terrenales, ahora coexistimos en paz»
Regina traga saliva un par de veces escuchando las palabras de Graham, se mordisquea el labio, mientras que las manos se enredan en el tejido blanco de su vestido. Cuando el hombre termina de hablar, la morena intenta recapitular en su mente cada palabra que le había dicho. Debe elegir. Elegir entre la vida y la muerte parece sencillo en el fondo, a no ser por el pequeño detalle de que…si elige la muerte viviría, si así se puede hablar de un muerto, en paz. Una paz completa que nunca en su vida había conseguido. Es algo que siempre quiso, sentirse libre de todo ese peso, de todas sus culpas y volver a sonreír como si nada de su pasado hubiese tenido lugar. Renacer con la consciencia necesaria, con la paz interior necesaria para comprender cada filamento de la vida misma.
«Si elijo quedarme con vosotros, morir… ¿Estaré en paz conmigo misma? ¿Me sentiré bien?»
Henry asiente dulcemente y Regina continúa hablando
«¿Podré velar a Emma y a Henry? ¿Para siempre?»
«Ciertamente, hija mía. Como Daniel y yo te hemos velado a ti o como Graham ha velado a la muchacha lobo. No podrás tener contacto con ellos, pero estarás siempre a su lado»
Regina se muerde el labio. La propuesta es tentadora. Pero al mismo tiempo hay algo que le falta.
«Pero si elijo vivir, volveré con Emma, ¿verdad? ¿Recordaré todo? ¿Y podré vivir feliz con ella?»
«Volverás con Emma, volverás a estar entre los vivos y recordarás lo que necesites recordar. Y sí, podrás ser feliz…pero no tendrás conocimiento del futuro y de sus imprevistos. Esa es una incógnita que no está permitida a los vivos, saber el futuro»
Daniel le sonríe con amor y le hace señas para que se acerque
«Hagas la elección que hagas, nunca dejaré de amarte y de estar a tu lado»
Regina se apoya contra el cristal como buscando el calor de aquellos brazos que tanto había amado. Cierra los ojos y es como un milagro. Siente que el hombre le besa la cabeza y la estrecha fuerte. Inhala aquellas sensaciones y sonríe, echa de menos a Daniel y una parte de ella aún lo ama. Pero solo ahora, entre sus brazos, Regina comprende que elección debe tomar. Se separa de él, abre los ojos encontrándose frente al frío espejo desde el que Daniel la está mirando.
«Te amaré por siempre Daniel»
Se aleja de él y se acerca al padre
«Padre, he decidido»
Henry asiente señalándole un punto detrás de sí. Un lento clic seguido de un chirrido anuncia que una puerta se ha abierto detrás de uno de los muchos espejos. Regina observa la oscuridad más allá de la puerta y traga saliva dando unos pasos adelante, un poco temerosa. Se detiene y se gira hacia las cuatro personas a las que les había quitado mucho, pero que la habían perdonado.
«Gracias por todo. De verdad»
«Ehm, Regina…»
Regina se gira para mirar a Graham que con una mirada incómoda se rascaba la cabeza
«¿Puedes…puedes decirle a Ruby que tiene un ángel de la guarda que siempre la mantendrá segura?»
Regina sonríe asintiendo mientas Graham completamente rojo retrocede. Todos sonríen en silencio. Maléfica le guiña un ojo, y todos comienzan a desvanecerse de los espejos que poco a poco comenzaban a reflejar otra vez su imagen. Se humedece los labios y con una mano en el corazón atraviesa aquella puerta que la adentraba en la oscuridad.
¿Segundos? ¿Minutos? ¿Horas? Emma no lo sabe y no le importa. Solo le importa ese pequeño y frágil envoltorio que una vez había sido Regina Mills. Se limita a acariciarle el rostro contusionado y a acunarla entre los brazos como si aquel cuerpo exánime fuese un bebé necesitado de sueño y de amor.
James había intentado un par de veces acercarse para convencerla de que se levantara, pero el único resultado había sido un puño en su mandíbula y poder alejar a un Henry, dormido, en lágrimas, sobre el pecho de Regina.
Blancanieves observa a la hija arrodillada en la tierra, el cuerpo de Regina entre sus brazos y los labios sobre la frente de la morena como susurrándole algo. Se le rompe el corazón, no solo por el dolor de la hija sino por su propio dolor. Regina y ella estaban inevitablemente ligadas, lo demostraba el continuo intento de matarse y nunca conseguirlo. Regina era parte de su vida, casi la más importante. Solloza ligeramente acurrucándose en los brazos del marido que se limitaba a observar a Emma desde lejos.
Henry dormía entre los brazos de Ruby, después de que esta con la ayuda de las hadas y de Belle hubiesen desalojado el campo de batalla, recuperado a los heridos y dando a los muertos digna sepultura. La lluvia bate ahora más violenta sobre sus cabezas, pero nadie da señales de querer irse.
Todos miraban el terreno bañado de sangre y de las armas destruidas en el centro de cual está la mujer que los había maldecido, pero que se había redimido dando su propia vida para salvarlos. Incluso Whale tiene que admitir que se había equivocado con Regina. Había cambiado de verdad.
Los relámpagos y los truenos habían desaparecido dejando el cielo oscurecido de nueves grises, mientras la lluvia arrastraba la sangre del terreno.
Rumpelstiltskin no había previsto este fin, a pesar de sus acuerdos, había pensado que el Verdadero Amor encontraría un camino para ganar la batalla. Y sí, la batalla se había ganado, pero su alumna, su mejor alumna había perdido la vida. Con ese sacrificio, el duende abre finalmente los ojos observando el mundo desde un nuevo punto de vista. Punto de vista que lo había empujado a ayudar a los heridos usando su propia magia para curarlos. Belle está asombrada del cambio de Rumpelstiltskin, cierto, sigue siendo el hombre sarcástico, irónico y a veces inquietante que había conocido, pero ahora parece haber comprendido en qué gastar sus energías. Es como enamorarse por segunda vez. Se acerca al duende y se apoya en su hombro, mientras este, sentado sobre lo que quedaba de un árbol, miraba hacia su alrededor.
«¿Qué era aquella…aquella cosa mágica que rodeó a Regina y a su madre?»
Pregunta con curiosidad. Rumpelstiltskin se gira hacia ella y la mira a sus ojos claros, le toma la mano y vuelve a fijar su mirada en el campo de batalla
«Era la energía vital de Regina, unida a su magia más profunda, la que proviene del corazón, para entendernos»
«¿Quieres…quieres decir que ella sabía que iba a morir?»
Rumpelstiltskin asiente, sonriendo ligeramente y apretando la pequeña mano de la joven en las suyas
«Créeme, Regina sabía muy bien qué estaba haciendo y a qué consecuencias se tendría que enfrentar. Ha querido sacrificarse por lo que amaba»
Ríe dándose la vuelta hacia Belle y mirándola con amor
«Sabes, es divertido. Durante siglos, la convencieron, la convencí de que no sabía amar, pero ¿sabes una cosa? Creo que Regina ha sido la mujer con la mayor capacidad para amar que haya conocido. Por lo que parece, ha sido necesario su sacrificio para abrirme los ojos a mí y a toda la ciudad»
Con la mirada señala a los ciudadanos que, en silencio, bajo la lluvia, permanecían parados alrededor del socavón donde las dos mujeres yacían como en una foto fija. El único movimiento era el ligero balanceo de los dos cuerpos abrazados.
«Quizás haya comprendido el momento cuando me enamoré de ti…»
Emma susurra sobre la piel fría y pálida de la frente de la morena, continuando con el balanceo y acariciando el brazo de aquel pequeño cuerpo sin vida, como infundiéndole calor. Sentía un enorme peso en el pecho y llorar no ayudaba. Los cabellos mojados, manchados de fango, se le pegaban a la frente y las mejillas, mientras la ropa empapada le pesaba, pero no como el dolor que tenía en el corazón.
«Cuando Henry estaba en peligro…en las minas»
Sonríe ligeramente recordando el día en que, por primera vez, las dos mujeres habían colaborado para salvar la vida al hijo. Emma levanta un poco la mirada para observar el rostro de Regina, le acaricia la mejilla, apartándole un rizo húmedo, para a continuación acariciarle los labios, dulcemente como si estuviese tocando un frágil cristal.
«Por primera vez…confiaste en mí. Pusiste en mis manos la vida de Henry. Te acercaste a mí y me pediste que te lo trajera»
Emma solloza de nuevo, mientras la lluvia se mezclaba con sus lágrimas. Aprieta el cuerpo de Regina contra sí y vuelve a acunarlo, inconsciente de las personas que, alrededor, la observaban.
«Por primera vez en tus ojos vi a la verdadera Regina. Y me enamoré. Bajé la mirada y vi tus labios temblorosos. Y me enamoré»
Está tan absorta en sus recuerdos que no siente cómo de improviso el cuerpo de Regina se va calentando, no siente cómo el cuerpo de Regina comienzo a teñirse de un velado y ligero color rojo. Emma le besa la frente, pero no nota el cambio de temperatura…pero James y Blancanieves sí se dan cuenta.
Estaban mirando a su hija, sin saber cómo consolarla, cuando de repente, al mirar el cuerpo de Regina, perciben algo distinto. Algo diverso en su piel. Emanaba calor, la lluvia se abatía sobre su piel evaporándose al momento, mientras Regina, poco a poco se iba tiñendo de un rojo casi incandescente.
Emma parece no darse cuenta de esa particularidad, hasta que las partes de su cuerpo en contacto con la morena no comienzan a arderle. Instintivamente se separa dejando en el suelo el cuerpo de Regina. Siempre más rojo, siempre más ardiente.
«¡Regina!»
Chilla llevando sus brazos hacia delante deseando abrazar a la morena e intentar detener aquel extraño suceso que la estaba asustando enormemente. James es más rápido. Se lanza al socavón, hundiéndose en el fango y agarrando al vuelo a la hija, estrechándola en sus brazos, alejándola del cuerpo de Regina que, como parecía, se estaba quemando bajo la lluvia.
Sí, las llamas se alzan del pecho de Regina y se expanden por todo su cuerpo que, poco a poco se arrugaba y se ennegrecía. Emma patalea y chilla intentando liberarse del férreo agarre de James para correr hacia su amada. No puede ser, debe ser una pesadilla, una broma macabra.
Aquel extraño fenómeno dura relativamente poco, dejando finalmente un cúmulo de cenizas que se mezclaban con la tierra y la lluvia. Emma abre los ojos desorbitadamente, aterrorizada, sintiendo cómo su corazón se paraba. Sabía que Regina había muerto, pero abrazar su cuerpo le daba la ilusión de un final mejor. Pero ahora lo que quedaba de la reina del mal, de la alcaldesa de Storybrokke, de Regina Mills, son cenizas, la realidad de los hechos la golpea en la cara haciéndola caer a tierra. Ya sin lágrimas, los ojos rojos y el pecho que continuaba doliéndole, Emma se encierra en los brazos del padre apoyando la frente sobre su armadura, apretando convulsivamente ente las manos la capa oscura.
Toda la ciudad está de luto, todos alrededor del socavón, delante de ellos una mujer destruida en los brazos del padre y una vida sacrificada por el bien común.
«Todos a casa, necesitamos descansar y ellos necesitan un momento para estar solo»
Granny, ballesta en mano, comienza a alejar despacio a la muchedumbre del epicentro de los hechos, mientras Blancanieves le sonría agradecida por todo lo que había hecho. Los ciudadanos, poco a poco, se van dando la vuelta y caminan hacia sus casas, cuando de repente Henry grita zafándose de los brazos de Ruby y señalando el socavón.
Todas las personas presentes se paran, siguiendo la mirada del niño que señalaba el cumulo de cenizas y fango que estaba comenzando a incendiarse emanando una luz blanca.
«¡Imposible!»
«¡Dios mío!»
El murmullo se va acrecentando, tanto que James se da cuenta y desencaja los ojos al observar lo que estaba sucediendo frente a él. Golpea ligeramente el hombro de la hija que lentamente se gira. Sus ojos claros posados sobre el cúmulo de cenizas del que emanaba un calor intenso, pero al mismo tiempo no doloroso. James se levanta, atrayendo con él a su hija que, aún trastornada por lo sucesos precedentes, se apoya totalmente en él.
Las cenizas comienzan de nuevo a incendiarse, las llamas, esta vez de un azul intenso, se alzan hacia el cielo.
«¿Qué está pasando?»
Logra de algún modo murmurar Emma, mientras intenta recuperar el equilibrio. Hay algo en esas llamas, algo familiar que le reconfortaba el corazón. Quiere acercarse, quiere tocarlas, pero el agarre de su padre sobre su brazo se lo impide.
«Es como un fénix, ella renace de sus propias cenizas»
Es Rumpelstiltskin el que habla acercándose a Emma inmediatamente tras ver el extraño fenómeno. Emma lo mira por unos largos instantes, las llamas azules se reflejaban en los ojos del duende, y una remota esperanza le nace en el corazón. Vuelve a fijar su mirada en las llamas que parecían expandirse mucho más obligando al grupo a retroceder.
De repente una enorme onda mágica los tira al suelo y las llamas explotan despareciendo en la nada. Emma, en el suelo, se da la vuelta y sus ojos casi fuera de las órbitas al ver una figura de pura luz dentro del socavón, en el lugar de las llamas. Se levanta de un salto para observar a esa criatura mágica, entrecerrando los ojos y acercándose a ella a pasos lentos. La criatura se gira hacia ella y comienza a acercársele. En ese pequeño tramo de distancia, la luz comienza a dejar sitio a la piel olivácea, a los ojos oscuros y profundos y a los cabellos castaños que Emma tanto amaba. Emma se detiene mirando a Regina. Regina se detiene mitrando a Emma. La ciudad entera se detiene observando a las dos mujeres.
Emma tiene delante a su Regina, en un largo vestido blanco brillante, como si las estrellas hubiesen sido bordadas en el tejido. Llevaba una gargantilla plateada y con plumas blancas, mientras la larga capa, hecha de suaves plumas de un blanco luminoso, se apoyaba en el fango sin ensuciarse. La lluvia deja de caer, la luna llena hace su aparición entre las nubes, arrojando un rayo sobre las dos mujeres, aún una frente a la otra.
«Emma…»
Susurra Regina, todavía temblorosa por ese extraño viaje y con sus recuerdos aún no demasiado nítidos. Estaba muerta. De eso sí se acordaba. Pero ahora está frente a su amada. Los cabellos rubios mojados que le caían sobre la reluciente armadura. Las gotas de lluvia que aún le quedaban descendiendo por su blanco cuello, desapareciendo bajo la armadura.
«Regina»
Susurra Emma, incapaz de decir otra cosa. Se echa de nuevo a llorar, esta vez sonriendo, mientras corre para cerrar la distancia entre ella y su amada. Regina, por su parte, se le echa encima, aferrando su cuello con sus brazos, sintiendo una mano de la rubia en sus caderas y la otra en su rostro, acariciándola para constatar que no fuese un sueño.
«Dime que no es un sueño y que eres tú de verdad»
Dice sollozando. Regina le sonríe con amor, para a continuación hacer la única cosa sensata para que comprendiera lo real que era ese momento. La besa. Apoya sus labios sobre los de la rubia y espera que Emma se lo devuelva. No se necesita mucho. Emma la estrecha contra su pecho y sella los labios de Regina con los suyos. Saboreándolos y amándolos de nuevo. Sus lenguas se encuentran, volcando en aquel beso todo el amor y el alivio que sienten, mientras la ciudad sorprendida y feliz comienza a gritar y aplaudir. Blancanieves salta literalmente entre los brazos de James, Belle toma el rostro de Rumpelstiltskin y lo besa con dulzura.
«¡Mamá!»
Un pequeño Henry corre hacia el socavón, sacando a las dos mujeres de su amor y haciéndolas girar hacia el chico que se arroja a los brazos de las madres abrazándolas tan fuerte que Regina tiene que arrodillarse para no perder el equilibrio y caer. Emma pasa los brazos alrededor de la mujer y de su hijo y los aprieta contra ella, mientras cálidas lágrimas de felicidad continúan descendiendo por sus mejillas. Se quedan así, en ese abrazo, durante minutos infinitos hasta que Henry se separa, pero sin dejar las manos de ambas mujeres. Mira a Regina.
«Pensaba que te había perdido»
«¡Oh, tesoro!»
Regina le acaricia una mejilla, y lo mira a los ojos
«Henry.. no os dejaré nunca. Nunca, nunca. Lo sois todo para mí»
Alza la mirada hacia Emma y le acaricia lentamente el rostro, la rubia cierra los ojos abandonándose a ese roce.
«Todo ha acabado. Ahora podemos vivir felices…juntos»
Emma asiente, abre los ojos, se le acerca, y le estampa otro beso sobre las comisuras de los labios, y le susurra aquellas palabras que no había dejado de pronunciar sobre el cuerpo sin vida de la morena
«Te amo»
Regina gira ligeramente la cabeza para capturar los labios de la rubia en un largo y dulce beso
«Te amo Emma»
Se estrechan la una a la otra, conscientes de que ahora en adelante tendrían un poco de paz. Henry se une al abrazo, apretándose con fuerza entre las dos mujeres, riendo y limpiándose las viejas lágrimas.
«Finalmente tendremos un poco de paz»
Susurra Regina sobre los labios de Emma, mientras estrechaba a su familia.
«¡Regina!»
El grito agudo y feliz de Blancanieves las hace sobresaltarse y Regina se obliga a separarse del abrazo, para verse en seguida entre los brazos de Blancanieves que la besa en la mejilla
«No nos vuelvas a hacer algo parecido»
Sopla Blancanieves, para aferrarse a su madrastra. Regina le devuelve torpemente el abrazo, sonriendo, mientras poco a poco toda la ciudad se acercaba para felicitarla.
Ruby se le acerca, los ojos aún rojos, y apoya una mano sobre el hombro de la morena, señalándole el vestido.
«¿Es que en el más allá has encontrado un estilista?»
Regina se echa a reír y abraza a la amiga. En pocos segundos un fugaz flash le relampaguea en la mente. Se separa de ella y le sonríe, señalándole la gargantilla con el colgante de lobo que Ruby llevaba. De algún modo sabe quién se lo había regalado a la loba.
«Eres afortunada, ¿sabes? Tienes un ángel guardián que vela por ti»
Le guiña un ojo dejando sorprendida a Ruby y regresando a los brazos de Emma que la estrecha y la besa de nuevo.
Con arrebato y amor. Sí. Había hecho la elección correcta. Esta es su casa.
