Nota del autor – Este es mi primer fanfic, cualquier comentario es bienvenido =). Al principio quería escribir un final alternativo a El Gran Lord pero como hay tropecientos me quedé sin opciones que no fueran repeticiones o mezclas. Pero como me encanta el mundo y Akkarin en particular decidí hacer un universo alternativo donde no existe Sonea, pero discurre más o menos en el mismo periodo de tiempo y hay muchos de los otros personajes. Espero que os guste.
Aviso – El mundo de Cronicas del Mago Negro pertenece a Trudi Canavan. Yo sólo pretendo hacer algo entretenido con él.
PROLOGO
Los Sanadores ya les habían dicho que no había ninguna cura para su enfermedad. Muchas personas estaban muriendo lentamente en Imardin, incluso, si los rumores no mentían, algunos de los enfermos eran Magos. Elia se sentía más débil cada día que pasaba y sabía que no le quedaba mucho tiempo, pero necesitaba ser fuerte, necesitaba luchar contra esa maldita enfermedad. No por si misma sino por la vida que estaba creciendo en su interior.
El día que se dio cuenta de que estaba embarazada convenció a Victor, su marido, para ir a ver a los Sanadores y comprobar que todo marchaba bien. Eso fue una pequeña victoria porque a Victor no le gustaban mucho los Magos, aunque nunca le había dado ninguna razón por su arraigada antipatía. Ese día lo cambió todo. La joven y simpática mujer que les atendió les dijo rápidamente que el embarazo no presentaba complicaciones y que el feto se estaba desarrollando rápidamente, pero luego frunció ligeramente el ceño y cuando se excusó para ir a buscar a otro Sanador sus corazones ya estaban llenos de ansiedad. Después de unos pocos minutos la Sanadora apareció junto con una mujer más mayor mujer que vestía la misma túnica verde. Se presentó a sí misma como Lady Vinara, cogió a Elia de la mano y cerró los ojos durante unos segundos. Cuando abrió los ojos sentimientos de tristeza y resignación pasaron por su cara como un relámpago antes de volver a poner la cara tranquilizadora que tanto caracterizaba a los Sanadores.
"Lo siento mucho Lady Elia… no conozco una forma amable de decir esto… está infectada con la Muerte Silenciosa". Elia se quedó en shock, ni si quiera se dio cuenta de que Victor estaba gritando a la mujer que debía curarla, que hiciera algo, lo que fuera, que para algo tenían la maldita magia. Ella sabía perfectamente que no había ninguna esperanza, incluso la misma Reina estaba muriendo lentamente por Muerte Silenciosa. La gente le había dado ese nombre porque no había ningún síntoma de enfermedad, sólo te cansabas un poco más cada segundo que pasaba hasta que un día ya no te despertabas. Así que hizo callar a Victor con un movimiento autoritario con la mano y preguntó qué le pasaría al bebé. Las Sanadoras dijeron que no tenían ninguna paciente embarazada pero que creían que ella moriría antes de que el bebé pudiera nacer.
Pero Elia no podía aceptar eso, no podía dejar morir a su niño sin ni tan siquiera la posibilidad de vivir. Así que lucho, estuvo luchando durante cada día de las últimas veinte semanas contra la extenuación y el deseo de dormir. Temiendo cada noche que esa fuera la última, pero levantándose cada mañana con toda su fuerza de voluntad para poder darle a su hijo una oportunidad de vivir. Pero era duro, demasiado duro, y la actitud de Victor no ayudaba en nada; durante todos los días del primer ciclo del Ojo estuvo murmurando que el feto estaba robándole las fuerzas y sería mejor deshacerse del él. Ella intentó hacer ver que no le oía cuando decía esas cosas, pero un día sintió que ya era demasiado. "Voy a morir Victor. Voy a morir y cuando antes lo aceptes mejor para todos. Lo último que quiero hacer en este mundo es tener a mi bebé en mis brazos. Así que no quiero volver a escuchar tus susurros estúpidos ni una sola vez más". Y ciertamente no volvió a escucharlo porque dejó de hablarle por completo. Ella sabía que él estaba en la fase de negación y que estaba enfadado con ella por aceptar su propia muerte, pero saber sus motivos no hacía más fácil perdonarle su actitud infantil y su falta de soporte.
Cuando Elia se despertó casi no tenía fuerzas ni para abrir los ojos, sabía que su final estaba cerca, demasiado cerca, demasiado pronto. Podía oír a Victor respirando a su lado, calentando ligeramente su oreja derecha. La utilizó para tratar de calmarse mientras intentaba contar las semanas. Es demasiado pronto, sólo es la treinta segunda semana, tengo que continuar luchando. Pero sabía que no podía seguir empujando su vida a continuar alargándose. "Victor, es el momento". Lo dijo sólo con un suspiro, pero estaba tan lleno de autoridad y serenidad que fue todo lo necesario para que Victor que levantara exaltado. "Elia, ¿qué pasa? Estás bien, ¿verdad?". El temor que se filtraba entre sus palabras era como un humo espeso y su cara era la angustia personificada. "Llama a los Sanadores, Victor."
Nadie esperaba que Elia sobreviviera al parto, pero cuando los Senadores dejaron entrar a Victor en la sala, allí estaba ella, abrazando a una cosita muy pequeña, arrugada y casi roja con sus brazos esqueléticos. Estaba mirado hacia el bebé con ojos llenos de orgullo y joya y cuando oyó a Victor preguntando cómo estaba, levantó la cabeza con una cálida sonrisa llena de alegría. "Es fuerte, vivirá. No la odies Victor, no ha sido culpa suya." Le respondió aunque sabía que él no le estaba preguntando por el bebé y cambió su mirada a la que siempre le ponía cuando le explicaba cómo de equivocado estaba con algo. "Me ocuparé de ella Elia, te lo prometo. Pero no me abandones, no tan temprano. Todavía no estoy preparado…" Imploraba con todo el miedo y el amor de su alma mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. "Nunca lo estarías." Ella le conocía demasiado bien y sabía que siempre se asustaba de las cosas que no entendía o no podía predecir. Y con una sonrisa cansada pero con amor en sus ojos miro hacia su niña y suspiró Lyria antes de cerrar los ojos por última vez. Él se quedó allí llorando en su espalda mientras murmuraba palabras en su oído que nadie podía escuchar y una Sanadora cogió el pequeño bebé que parecía estar dormido en un sueño tan profundo como el de su madre para que al menos ella pudiera vivir.
