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Vino, Té y Tomates
Veracruz, enero de 1862
Hay ocasiones en que, cuando todo parece mejorar, no hace sino ir a empeorar, sin motivo aparente. Algo parecido ocurrió cuando las noticias del fuerte llegaron a la casa entre niebla de Orizaba.
María, acurrucada en una silla mirando el paisaje de Orizaba, dominado por una vasta montaña y árboles coníferos que le daban el aspecto de un retrato campirano, tomaba con la mano desnuda una pieza de pan dulce de un cestito que tenía a disposición a primeras horas de la mañana. A pesar del frío, el clima no era malo, un tanto húmedo pero no lo suficiente para enfriarle los ánimos, cada vez más exacerbados porque desde su encontronazo con Juárez no había novedad al frente, en el mar, donde los buques seguían sin dar señales de vida.
A sus pensamientos los interrumpió un muchacho que se adelantó con un papel en la mano.
-Señora, señora… viene del fuerte. –dijo tendiéndole el mensaje. María se metió a la boca entero el pedazo de pan que le quedaba y leyó a la luz de la ventana; momentos después escupió el pan con un estruendo espantoso.
-¡¿Qué QUÉ?! –gritó poniéndose de pie. -¿Ya mandaron el mensaje a la capital?
-Sí, señora, lo mandaron antes que al de usted.
-Bueno, pos se acabó. Me voy orita mismo al puerto. –aseguró vehemente echando a andar a la salida, seguida por el nervioso muchacho.
-¡Señora… usted no puede…!
-¡Claro que puedo! Hazme el favor de pedirle a don Camilo que me aliste un caballo, y… que no se espere que regrese a cenar como no se arregle este lío, ¿entendido?
El mozalbete no tuvo más remedio que obedecer mientras María, hecha un mar de rabia, se echaba encima un rebozo y se acomodaba los cabellos rápidamente en una larga trenza antes de salir. Afuera, un caballo palomino la esperaba, sujeto por el ronzal en la mano de un hombretón ya entrado en años, que miró a su nación con el mismo gesto suplicante que el mensajero en el palacio. Ella no lo atendió, subiéndose a horcajadas al animal y echando a correr por el camino cubierto de niebla, sin atender a los llamados del muchacho del telégrafo.
Azuzó al animal hasta lo soportable, viendo a sus espaldas ascender al sol hasta su cénit, deteniéndose apenas para evitar que el caballo, agotado, fuera a morir en el camino; pero ni ella descansaba realmente, su corazón latía con más fuerza a medida que abandonaba el campo alegre de Orizaba y se adentraba a los inhóspitos caminos de la costa, esperando ver la línea azul del mar, oler por encima del viciado aire montañoso la espesa salinidad y escuchar el torrente acuático y atisbar, de pronto, los barcos que esperaban por ella.
Más de mediodía pasó antes de que la mujer, con el caballo casi agotado, lograra dar con el inicio del puerto, que se abría ante sus ojos con una mezcla de calma chicha y de ansiedad; los pobladores no ignoraban lo cerca que estaba el enemigo, que esa mañana se había multiplicado.
Han llegado dos nuevas armadas, la una con bandera de Inglaterra, la otra con bandera de Francia.
-Mequetrefes cabrones. –gruñó al recordar el mensaje, y se apeó del caballo para ir al único punto de la ciudad donde aún tenía cierto poder.
Si en tierra la tensión era visible, en los barcos la historia no era muy diferente.
-Recuérdenme porqué estamos aquí. –gruñó Kirkland, trepado del pescante con cara de pocos amigos. A su costado, descansaba una nave española, en la que trabajaban afanosamente al menos cinco marineros arrancando de su casco las escoriaciones que la falta de movilidad había provocado.
-Hemos venido a saber porqué México no está pagando sus créditos. –contestó Antonio que, para salvar las distancias, había dispuesto una escalera rígida entre su barco y el de Inglaterra, y estaba trepado en ella sentado con las piernas colgando, a horcajadas. -¿Qué tal el viaje, muy lluvioso?
-En invierno siempre se pone mal el clima. –Arthur lo miró con el espeso ceño fruncido. -¿Porqué no nos esperaste? No sabes lo que es pasar tanto tiempo en el mar con los talones pisados por ese bloody frog.
-Y hablando de eso, ¿dónde está Francis? –Antonio giró el cuello cual veleta.
-Creo que mencionó que sus hombres habían enfermado, así que debe estar en su camarote llorando como una…
-Pitié! Pitié! –chilló una voz familiar del otro lado del barco de Arthur. De pronto, un buque de tamaño considerable fue a estrellarse contra el de él, haciendo que la escalera de Antonio oscilara de forma peligrosa.
-Bloody idiot! ¡Cuídate con lo que haces y no te pegues tanto a mí! –exclamó el inglés agitando los puños. Del barco recién llegado saltó una figura vestida con extrema pomposidad, aunque la cara tiznada y los cabellos rubios y revueltos del hombre no concordaban con el cuadro.
-¡Misericordia, te digo! ¡No me dejes morir así! –gimoteó saltando hasta el pescante y colgándose del cuello de Arthur.
-¡Te… te digo que me sueltes, maldita sea!
-¡Si vous plait, ayúdame! ¡Tantas semanas en el mar me han dejado agotado y mis hombres languidecen! ¡No nos dejes morir así, ¿oui?!
-¡Te digo que me dejes…!
-Tal vez María quiera ayudarnos. –apuntó Antonio sonriendo ingenuamente. Los dos contendientes de volvieron a él con ojos desorbitados.
-¡¿Es que estás loco!?
-¡Ella no nos ayudaría, nos odia!
-Claro que no, ella nos quiere. –continuó el español mientras a sus dos acompañantes la sangre se le subía a la coronilla. Nunca, en los últimos cincuenta años, habían conseguido que entendiera que el "pequeño conflicto" independentista era una buena razón para que su hija no quisiera ni verlo.
-Well… -accedió Arthur al fin. –Tal vez a ustedes dos los odie luego de lo que le han hecho, pero a mí…
-¡A ti te debe odiar más luego de que la raptaste de niña! –saltó Francis muy alterado.
-¿Ah sí? ¿Y de qué sabor era el pastel que te arruinó, wanker?
-¡Cállate, no quiero hablar de comida contigo! ¡De solo mencionarla la envenenarías!
-¿Qué has dicho?
-Tíos… tíos… -Antonio entendió que los dos europeos iban a seguir discutiendo, así que volvió a su barco y se entrevistó con el general Prim, encargado suyo durante la misión. Prim era un hombre de aspecto amable y espíritu benevolente, que al ver al alegre muchacho lo trató como un hijo muy querido y muy mimado.
-¿Habéis conseguido algo con los otros barcos? –le preguntó.
-Nada, señor, se han puesto a discutir.
-¿Quiénes vienen con ellos?
-Un tal Wyke y un tal Saligny, señor… ¿Señor? –añadió Antonio tímidamente. -¿Cree que debamos solicitar hospitalidad para nuestros hombres?
-Podemos intentarlo, y además… -los ojos de Prim se fijaron en la cubierta del buque inglés, donde Arthur y Francis estaban trabados en una lucha grecorromana por la cual los marineros británicos estaban haciendo saltar, a falta de dinero, platos de comida y pellejos de agua. –Sí, será mejor que lo solicitemos nosotros. Y cuando vuestros amiguitos recuerden que deben comportarse, tal vez les pasemos el dato.
-Será lo mejor… aaah, volver a las tierras de Nueva España… -suspiró el español con ilusión.
Las muy acertadas palabras del "niñero" de Antonio llegaron rápidamente a tierra, y María se encargó de leer el papel al resto de los hombres y oficiales que, apilados, morían de ganas por saber qué pasaba en las cubiertas extranjeras.
-El tal Prim dice que sus hombres están exhaustos, casi sin comida ni agua… piden hospitalidad en nombre de las buenas relaciones y un montón de palabras bonitas. –dijo con tono cortante antes de volverse a uno de los oficiales. -¿Debo dejar entrar las tropas de mi padre a tierra?
-El presidente no ha dicho nada al respecto, sólo que no debemos empezar ninguna acción ofensiva hasta que nuestro diplomático haga su labor. –repuso.
-Pero se va a tardar… -México dejó el mensaje en la mesa, pasándose una mano por la barbilla y mirando hacia el mar. ¿Aún odiaba a su padre? ¿Era su rencor lo suficientemente fuerte como para dejarlo languidecer arriba de su buque? Él le había hecho pasar por tantas penurias…
Y sin embargo, ¿quién más se apiadó de ella cuando era apenas una criatura, hija de la muerte de un imperio y de la victoria de otro? Aunque posesivo, siempre la había querido bien… nunca la había abandonado hasta ahora…
-Díganle al señor Prim que… sus hombres pueden ir a descansar a Orizaba. –dijo por fin, sin apartar los ojos de la ventana. A su espalda notaba las miradas inquisitivas del resto de los soldados, y se volvió a ellos con displicencia. –No seré yo quien inicie una guerra, es todo.
Se retiró de ahí en dirección al puerto. Ellos no tenían porqué saber ni entender sus razones personales.
No había ni siquiera puesto un pie en la playa cuando vio venir hacia ella, desde el muelle, una silueta roja y amarilla que gritaba emocionada:
-¡NUEVA ESPAÑAAAAA~!
-¡¿Qué ching…?! –alcanzó a exclamar antes de que se viera aprisionada en los brazos de Antonio, entretenido en estrujarla y besarla.
-¡Aaah, estás bien, estás tan bien! –gemía pletórico de felicidad. -¡Te extrañé mucho, Nueva España, no peleemos nunca más…!
-¡Que… te quites de encima…! –jadeó buscando zafarse del sofocante abrazo del español. -¡Y deja de decirme… Nueva España…!
-Ya veo las prisas por venir aquí. –dijo una voz en son de burla tras ellos. Antonio, ya satisfecho con haber apretujado a una desenfocada México se cuadró. Su general había bajado también del buque y ahora saludaba a la nación anfitriona. –Es un gran placer para mí venir a vuestras tierras, señora… General Juan Prim a vuestro servicio. –añadió tendiéndole una mano que María, temblorosa todavía por el ataque, tomó a duras penas.
-Sí… sí, mucho gusto, don Prim… -saludó agitando la cabeza para acomodarse el pelo. –Por favor, si me siguen…
Antonio, dando saltitos, se apostó a un lado de su ex colonia.
-Nueva Es…
-¡Que no!
-Bien, Me… México… -dijo con gran dificultad. -¿Cómo… cómo has estado?
-¿Cómo te parece que he estado? –preguntó buscando no sonar muy hostil.
-Pequeña princesa, no sigas enojada conmigo. ¡Sé feliz! –gritó emocionado, sujetándola de las mejillas con fuerza inusitada. –Estás muy delgada, necesitas comer más… ¡ah! ¿Te apetece algo de carne de puerco, un corderito, unos churros, paella…?
-La tercera es la vencida… -susurró rendida, a sabiendas que a partir de ese momento no iba a poder quitarse de encima a España.
La batalla campal por el honor en las delegaciones inglesas y francesas no duró mucho; cuando la comida se agotó y apostar por los combates cuerpo a cuerpo de los países dejó de ser un negocio lucrativo y se encontraron a tres grumetes buscando rifar sus ropas, Arthur y Francis decidieron que habían llevado la resistencia demasiado lejos y que era hora de tragarse su orgullo.
-Iré yo primero, ya que soy el más diplomático. –dijo Arthur, por fin, buscando poner un pie en el muelle; Francis lo empujó.
-Non! Seré yo, ya que soy el más elegante.
-¿Y eso qué tiene que ver, frog? –el inglés lo forzó a retroceder. -¡Iré yo, ya que yo reconocí primero la independencia y tengo órdenes del comodoro de vigilar que ni tú ni el bloody spaniard hagan algo estúpido!
-¿Quién te erigió jefe nuestro? ¡Iré yo, ya que conozco mejor a Mexique!
-¡Iré yo, idiota, porque soy más rico que tú!
-¡Iré yo porque soy indeciblemente más atractivo que tú!
-¡No digas estupideces…!
A un lado, en su respectivo buque, sir Wyke miraba de soslayo a Saligny, un hombre de aspecto pulcro a pesar de sus demasiados días a bordo, que se ocupaba de sacudir su guardapolvo con el dorso desnudo de la mano. Al ver que no tenía intenciones de detener la nueva pelea se adelantó hacia el inglés, pero antes de poder decirle algo los combatientes rodaron al suelo y cayeron de boca en el muelle. Solo entonces, el jefe francés se dignó a bajar, pasando por encima de los cuerpos maltrechos de los países.
-Avant, monsieur France. –le apuró caminando con la barbilla muy en alto. Francis se desembarazó de Arthur y caminó tras su jefe, indeciblemente contrariado.
-Bloody idiot… -murmuró Arthur sacudiéndose el polvo mientras sir Wyke se plantaba junto a él.
-I think we should goa head. –le inquirió el caballero, y los dos se pusieron en marcha buscando rebasar a Francis y Saligny, que caminaban sin ninguna prisa.
-Monsieur. –dijo Francis calmadamente. –Qu'en est-il de notre lettre à l'empereur?
-Patience, France, patience. –respondió Saligny aumentando su sonrisa de gato contento. –La victoire est à qui sait attendre.
Arthur entrecerró los ojos. Había pasado mucho tiempo pero aún guardaba en su memoria el idioma odioso del francés, y le susurró a su jefe:
-Be carefull with those wankers.
-Yes, sir. –respondió, clavando su mirada en su contraparte gala.
A los franceses les cedieron Tehuacán para descansar, y a los ingleses Córdoba, con lo que sin saberlo se habían puesto al tiro de la mirada de la mexicana, que esos últimos días los había pasado de visita con su padre; Antonio tenía un humor excelente y contagioso, y su jefe resultó del sorprendente agrado de María. La alegría familiar terminó cuando las otras dos delegaciones ocuparon sus terrenos y la anfitriona tuvo que despedirse de su padre y su "padrino", como bautizó a Prim.
Al primero que visitó por la cercanía fue a Arthur. El inglés estaba repantigado en su rancho prestado, bebiendo té y "aburriéndose", otro modo de llamarle a sus horas muertas cuando permanecía inmóvil sin hablar con nadie.
-Hola, señor Kirkland…
-Hello, Mary… -saludó sin apartar la vista de su té. –Bonito lugar es este… el clima…
-Hace frío aún pero dentro de poco la neblina se irá.
-It's okay, la neblina me recuerda a mi casa. –se excusó, rápidamente volviendo la cara a otro lado. –No es que sea igual ni me guste, pero… es… tolerable.
María sonrió. Nunca, en doscientos años de conocerlo, había logrado arrancarle una sola frase buena sin que viniera acompañada de excusas ridículas como ésas.
-Lo que sea. Disfruta de tu estancia. –le deseó antes de seguir en marcha.
-Hey, wait… ¿cuándo vendrá tu embajador? –le preguntó antes de que se fuera.
-¡Dentro de unos días! –exclamó ya llevando buen trecho caminado.
Solo le faltaba visitar a Francis, apostado con sus muy numerosos hombres en Tehuacán. A diferencia de Arthur y Antonio, su humor había empeorado apenas pisar tierra.
-Mademoiselle Mexique. –saludó en tono afectado mientras, tras él, Saligny se ponía de puntas buscando ver a la nación recién llegada. –Empezaba a temer que te olvidaras de mí, ya que me has apartado tanto…
-Solo te puse donde tenía espacio, trajiste mucha gente y está…
-Enferma, lo sé. –dramatizó. –Si tan solo tuviéramos más víveres, un poco de agua fresca…
-Tienen mucho de donde comer y beber, Francis. –le recriminó la mujer.
-Oui, ¿pero cómo podemos cocinar con eso las crépes? ¿El cordone bleu? ¿La bullabaise?
-¡Óyeme eso lo será tu mamá!
-Garder son calme, garder son calme si vous plait. –saltó de pronto Saligny, extendiendo las manos en son de paz. –No es el momento ni el lugar de propiciar una guerra. –agregó en tono bromista, guiñándole un ojo a Francis que se apartó dócilmente mientras su jefe se plantaba delante de María y tomaba su mano para saludarla con un beso. –Salut, mademoiselle, je suis Dubois de Saligny.
-Mucho gusto. –replicó. No le agradaba mucho, pero se mantuvo neutral. –Espero que su estancia les esté resultando cómoda y disculpen las molestias del clima.
-¡No se preocupe, mademoiselle! Se está peor en Crimea. –dijo y tanto él como su país se echaron a reír. María no lo encontró nada gracioso y solo esbozó una sonrisita tonta. Mantener la calma y no matar a nadie era su forma de interpretar la diplomacia. –Por supuesto nos faltan menesteres, los hombres extrañan su patria…
-Podemos proveerles de comida compartida. –contestó. –Queso, pan, vino…
-Sin vino francés no se está en casa, mademoiselle, pero muchas gracias por sus… comment on dit… galantes atenciones. –replicó Saligny sonriendo con esa misma mueca que hacía que pareciera tener la boca de un gato.
María se despidió con una cabeceada de los dos hombres y volvió a su recinto. Saligny, ya al tener a la nación a distancia, se volvió a su acompañante y le dijo:
-Alors… est-elle la nation qui vous le désirez? (Entonces, ¿es esta la nación que tanto deseas?)
-Elle est trés beau, vous ne pensez pas? (Es muy bella, ¿no lo crees?) –contestó Francis.
-Elle me semble… sauvage. Et se qui est sauvage être apprivoisé. (Me parece… salvaje. Y lo que es salvaje debe domarse).
Francis ahogó una risita.
-Eso es lo que haré, monsieur… eso es lo que haré.
Y del bolso de su chaqueta sacó una carta sellada, la carta que había estado esperando desde días anteriores y que le aseguraba el total triunfo de su plan.
…
Muajajaja, como soy mala los dejo en la parte emocionante. Ya vamos a lo importante, cuando todo valió gorro y la guerra empezó, así que sean pacientes por favor n.n
Notitas históricas:
*A causa del hacinamiento en el viaje, muchos de los miembros de las armadas enfermaron, y con España a la cabeza solicitaron la hospitalidad del país para bajar a tierra.
*De las tres delegaciones, la de España tuvo mejor repercusión en gran parte por el comportamiento del general Juan Prim (básicamente fue quien se puso primero a favor de México cuando las cosas con Francia empezaron a ponerse raras).
*Las delegaciones fueron acomodadas en diferentes partes de Veracruz: Orizaba para España, Córdoba para Inglaterra y Tehuacán para Francia (en realidad no sé porqué a estos los mandaron tan lejos XD).
Ahora los comentarios n.n
Chiara Polairix Edelstein: ¡Hey! Bienvenida de nuevo a mis fics n.n espero te guste.
Lady Raven Baskerville: Llevaba tiempo queriendo hacerlo y ahora para vacaciones me decidí :3 Sí, vi las noticias (luego de que me avisaras) XD FraMex a la orden del día. ¡Saludos!
Algo malo pasa y la triple alianza ya está empezando a sospechar… pero lo peor apenas y viene. ¡Adiosito!
