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El Desencuentro
La Soledad, Veracruz, Febrero de 1862
Una guerra inminente. Esa era la preocupación de su jefe, y de su "padrino" quien, a pesar de su indulgencia, no podía negar lo inevitable.
-Si vuestros diplomáticos no logran entenderse con las delegaciones, podría entrar en guerra y no creo que sea lo más adecuado dada vuestra situación. –le explicó mientras, del otro lado, Antonio intentaba darle alcance a Chiquito que haciendo gala de sus habilidades llevaba a rastras una bota.
-No crea que no lo sabemos, padrino. –replicó María, ocupada en desgajar vainas de guisantes sobre su falda. –Pero en tanto no se abra el diálogo me mantendré al margen, esperando que los demás tengan sentido común.
Con "los demás" hablaba de Arthur, Francis y sus delegaciones, que los últimos días habían estado practicando un deporte nuevo: insulto vía mensajeros. La hospitalidad mexicana les permitía comunicarse con sus navíos, pero en el proceso a uno de ellos (jamás se supo quién exactamente) usó el sistema para mandarle burlas al contrario, y las notas ofensivas volaban de un lado a otro desde hacía un par de días.
-"Tu comida es tan mala que cuando llega al infierno la incineran…" Bloody idiot!
-"Tu ejército es tan débil que parecen señoritas con ropas de hombre"… uff, qué mal tino.
-"Tu pudín de Navidad me recuerda a una pocilga…"
-"Tus bagettes me recuerdan a algo que tú no puedes tener…" Espera… Quoi?
La lejanía entre Córdoba y Tehuacán impedía que los dos se enfrentaran directamente, pero luego de la batalla escrita más violenta (donde saltaron a la luz, entre otras cosas, tristes pormenores de la guerra de cien años) Francis, súbitamente, guardó silencio. Arthur, muy ufano, se burló una mañana sentado delante de su mesa de desayuno, acompañado de su delegación y del señor Wyke.
-That's it, esa rana amanerada decidió reconocer mi poderío. No es conveniente meterse con alguien que ha sido un pirata, don't you think, sir Wyke? –preguntó, divertido mientras saboreaba un huevo en canasta aún humeante.
-Wise words, sir England. –le celebró tibiamente el aludido. En realidad pensaba que esa "batalla" parecía más un pleito de niños que algo serio como los dos países se lo tomaban. Fue ahí cuando un mensajero entró.
-S… señor Arthur Kirkland y señor…
-What? What? –saltó el británico. -¡Ah! ¿Otra nota de Francia? That bloody frog is going to…
-¡No! no… es un mensaje de la señora María…
Las pobladísimas cejas del inglés se enarcaron; desde su entrevista con María no había vuelto a saber nada de ella. Tomó con mano temblorosa el sobre y lo rompió, leyéndolo con la lengua entre los dientes y con Wyke mirándolo inquisitivamente.
-Is there a problem? –preguntó.
-No… las negociaciones se iniciarán mañana, en un sitio llamado… La Soledad. Well, creo que es hora de que la distinguida diplomacia inglesa haga su labor, don't you think?
Durante el último día, sin embargo, Francis había cambiado de modo. Se la pasaba encaramado junto al ventanal inferior de la hacienda, espiando el horizonte con los ojos entrecerrados, como si así pudiera penetrarlo y ver, a lo lejos, el rostro de su enemiga; la actitud de perro de caza habría alertado a Saligny, de no ser porque lo tomaba de lo más natural y se reducía a tratar de arrancarlo de su vigía tentándolo con comida.
-Es verdad que la comida mexicana no es de lo mejor, monsieur France, pero si no come no tendrá fuerzas para lo que viene. –le instó esa mañana al ver al francés aún embutido en su bata, atisbando.
-Monsieur Saligny… el hombre que observa el terreno de batalla en lugar de preparar las armas está más propenso a vencer. –gruñó.
-Oui, monsieur, pero… -comenzó Saligny con voz afectada hasta que un campanazo los desconcentró. Momentos después un mensajero aparecía con un sobre cuadrado.
-Señor Francis Bon… Boni…
-Bonnefoy, garçon, ¡Bonnefoy! –saltó el delegado francés arrancándole el sobre de mala manera. El mensajero a discreción frunció el seño, a ninguno de los encargados de la hospitalidad prometida le gustaba mucho acercarse a Tehuacán.
Francis recibió el sobre de manos de Saligny y leyó en silencio. Una sonrisita divertida se formó en sus labios.
-Mademoiselle Mexique dice que desea verme… han comenzado las negociaciones. ¿Me acompañará, Saligny?
-Merci, pero me encantaría quedarme para… ah, vous savoir… esperar a notre ami, como se concretó.
Los ojos celestes de la nación destellaron.
-Non, monsieur, no habrá necesidad, de ese asuntito nos encargaremos… después. Ahora, vayamos a cambiarnos de ropa, es momento de que mademoiselle Marie comprenda la naturaleza de nuestra labor…
Lejos de ahí, de vuelta en Veracruz, una pequeña esperanza renacía en el corazón de muchos hombres que, a esas alturas, ya avanzaban hacia el centro del país para defenderlo a como diera lugar si es que los tres invasores no se retiraban. Tal noticia fue una de las primeras cosas que el secretario le explicaba a María, ambos de pie a la sombra de una casa solariega.
-El presidente ha ordenado que los ejércitos se movilicen, pero no hay signos de que ataquen pronto.
-¿Ejército? ¿Qué ejército, hombre? –los labios de la morena se torcieron en una mueca de desdén. –Solo son muchachos, apenas algunos hombres con poca carrera… no son suficientes contra tres armadas y, sin embargo… no deseo pensar que el número ayude.
-No… pero ayudan mucho. –murmuró el hombre, cabizbajo. María lo observó de refilón, el señor Doblado siempre había sido de cariz bondadoso, a veces demasiado tibio para su gusto, y no estaba segura de que fuera a ser útil si los tres invasores se alebrestaban. –En fin, señora, me han dicho que ha convivido un poco con el general Prim… ¿cómo es él?
-Contrario a lo que me temía es un hombre cabal y justo, que piensa que es innecesario amenazarme. –una sonrisita cariñosa apareció en su boca. –Además me ha expresado mi pa… España que no es su deseo atacarme, dice que con que nos hayamos peleado dos veces le basta y le sobra.
-Ya veo. ¿Y los otros dos?
-Pa' serle sincera, no sé mucho del tal don Wyke, y el delegado de Francia…
Antes de poder continuar vieron venir a lo lejos tres coches adustos, cruzando el portal arbolado de la casa. Ambos contuvieron el aliento.
-Por cierto, señora… -añadió Doblado rápidamente. –El presidente ha enviado también un líder militar por si las cosas… no resultan.
-¿Líder? ¡Pero estamos a la defensiva! ¿Y a quién mandaron?
Del primer coche bajaron Antonio y el general Prim, los dos con un rostro afable y tranquilo de buena voluntad. El zafarrancho vino tras ellos, cuando Francis y Arthur empezaron a pelear, imposibilitados para salir ambos a la vez porque sus coches habían quedado demasiado juntos.
-¡Déjame salir, bloody wanker!
-¡No eres quién para darme órdenes, petit!
-¡Te digo que me dejes…!
-For God's sake… -gruñó Wyke, aún dentro del coche, dándole un fuerte empujón a su acompañante. Arthur salió disparado al suelo y Francis, por inercia, cayó sobre él. Gimoteando doloridos vieron bajar primero al delegado inglés y luego, con afectación ya característica, a Saligny.
-Qué bonito lugar para una reunión…-comentó con sorna en voz baja mientras Francis se levantaba, sacudiéndose sus finas ropas y acomodándose el cabello suelto tras las orejas. María, delante de las escaleras, cerró los ojos un momento y aspiró. Era momento de que todos aquellos días de tensión llegaran a su fin.
-Nantli… -susurró de modo que ni siquiera su secretario pudiera oírla. –Nantli, ouikakixtia ne…
-Buen día, señora México. –le saludó el general Prim. –Espero que os encontréis bien esta mañana.
-Muchas gracias. –repuso inclinando la cabeza.
-Good morning, miss. –continuó el señor Wyke, tomándole una mano para saludarla. María volvió a repetir la cabeceada, mirando luego a Saligny y Francis. Este último sonrió, haciendo una profunda reverencia.
-Bon jour, mademoiselle Mexique, qué radiante y encantadora te ves hoy.
-Ah… gracias. –a escondidas de todos, María arrugó la nariz. Sabía que las palabras de Francia eran pura trampa pero no pensaba comenzar un embrollo verbal delante del señor Delgado, quien a su vez ya había saludado a los delegados de España e Inglaterra. Saligny apenas y se dignó a dirigirle un seco "buenos días" antes de plantarse en el primer asiento que encontró.
Para la reunión, Doblado le había recomendado el exterior, dejando que el paisaje y el ambiente relativamente tranquilo hicieran un efecto positivo, o por lo menos soporífero en sus visitantes, de modo que no fuera a estallar alguna trifulca si no lograban ponerse de acuerdo. Los cuatro hombres, acompañados de sus países, se sentaron a la mesa donde recibieron, primero, un almuerzo bien dispuesto, al estilo mexicano, recibiendo por ello comentarios de sorpresa y curiosidad por parte de todos. Solo Francis y Saligny se negaron a participar en la algarabía colectiva.
A continuación, la charla tomó un cariz más oficial, y los hombres hablaron largo y tendido sobre los puntos de la invasión (o como Doblado dijo, la "sorpresiva visita" al puerto); María estuvo sentada, bien recta, con las piernas juntas y las manos en el regazo, respirando fuerte y pausado con la cabeza agachada; Antonio la había forzado a sentarse así muchas veces siendo Nueva España, como única condición para estar presente en sus reuniones con el virrey y el inquisidor general, y de nuevo se sentía como en ese tiempo, pequeña, vulnerable, insignificante… y detestaba esa sensación.
Frente a ella, Arthur no dejaba de darle vueltas a su vaso de cerveza, inquisitivo. Al lado del inglés estaba Antonio justamente, muy entretenido con una fuente improvisada donde habían adornado varios canapés salados con rodajas de tomate fresco que el español no dejaba de mirar, tan ansioso como un hombre ante la vista de su amante desnuda; Francis, en el otro extremo y más cerca de María, tenía los dedos entrelazados y una sonrisa de suficiencia que la exasperaba, pero no podía abrir la boca, ninguno de los países lo hacía. Era una regla no escrita, un código entre nación y jefe, que cuando este último hablara, ellos debían callar y obedecer, una sumisión necesaria, como le había explicado el virrey en su momento a la joven, para asegurar el bienestar del pueblo.
Las horas transcurrieron, y el viejo reloj de sol que descansaba en el jardín, convertido ahora en una pileta para pájaros marcaba ya la hora nona y, por consiguiente, la comida. De nuevo la mesa se cubrió de escudillas y platones llenos de delicias del mar, pescados y mariscos se amontonaban en una visión de color y frescura que hizo suspirar, de súbito, al delegado inglés.
-I'm sorry… -dijo pinchando su pescado ahumado. –Es que un hombre que vive del mar siempre añora lo que viene de él. –explicó en un forzado español.
María, para sus adentros, sonrió. Ya habían caído Wyke y Prim, solo le faltaban los franceses y sus problemas se arreglarían en poco tiempo.
Al finalizar la comida, los vasos de cerveza se amontonaron en la mesa y los diplomáticos seguían charle que te charle; la tensión había disminuido en gran parte, y los modos de Doblado, cordial hasta lo que más, habían terminado de derribar las murallas entre los delegados de Antonio y Arthur. Los propios países sonreían complacidos viendo caer la hostilidad con que dos meses atrás habían aparecido.
-Me alegra sobremanera que hayamos podido arreglar esto como caballeros. –felicitó Doblado a la concurrencia. –Y como muestra de amistad permítanme ofrecerles puros.
Una larga cartera de madera oscura apareció en la mesa y Doblado la abrió, mostrando la fila de gruesos habanos que Prim aceptó de buena gana, sonriendo.
-Ahora sí nos entendemos. –dijo en tono de familiaridad, agradeciendo con un gesto de la mano el ofrecimiento. La caja pasó ahora hacia Wyke, que repitió el gesto.
-No tenemos whisky –se disculpó Doblado mientras el inglés tomaba el puro –pero podemos ofrecerle un buen tequila.
-Mexican beer is enough, thank you. –agradeció el hombre. Arthur, por su lado, tenía una pequeña fila de vasos vacíos y los miraba con ojos entornados. María no estaba segura de si estaba ya con el alcohol por los aires o solo estaba distraído.
La caja ahora se tendió hacia Saligny. Ahí, el buen ambiente se enfrió cuando el delegado, con un movimiento displicente, rechazó el puro y sacó, con toda parsimonía, un cigarrillo muy delgado de su chaqueta y lo encasquetó en su pitillo, encendiéndolo y dando una calada, todo con una expresión de suficiencia en el rostro que no incomodó sólo a María y su secretario, sino a la concurrencia entera. Francis, extrañamente tieso en su silla, arqueó el cuello y sonrió, tomando un puro para sí antes de que la caja fuera definitivamente retirada. Aquello no evitó las miradas de contrariedad de los otros delegados, y probablemente hubiera desatado una tormenta de no ser por Arthur quien, de súbito, exclamó dando un golpe en la mesa:
-¡Traigan agua, I've gota an idea!
-Sir England, please… -susurró Wyke, igual de sorprendido que el resto. Arthur, con ademanes de borracho, se desembarazó de él.
-¡No no no no no! ¡Voy a hacer… *hic* un milagro! ¡Voy a convertir el agua en r… *hic* ron!
-Please, sir England!
El país se puso terco y, al final, fue necesario sacarlo entre empellones por su delegado, Antonio y Prim.
-¡Entonces… podemos firmar nuestro tratado mañana! ¿Les parece? –preguntaba Doblado buscando hacerse oír por encima de los gritos necios de Arthur.
-Yes, of course! –Wyke miró de soslayo a su país, quien ahora reía enloquecido.
-Bloody idiots, bájenme! I can fly!
-Maybe next week, míster Doblado. –agregó a toda prisa el delegado.
-¡Sí, la próxima semana suena bien! –le secundó Prim. -¡Que pasen una excelente tarde!
-¡Adiós, María! –alcanzó a chillar Antonio. Francis y Saligny cerraban la comitiva, despidiéndose de los mexicanos con una inclinación breve, sin pronunciar palabra. Por fin el pelotón se retiró, y la mujercita se dejó caer aliviada en una silla.
-Estoy mareada.
-Es por la cerveza, señora. –dijo Doblado.
-No, no es solo eso… ¿No notó que Francia y su delegado estuvieron muy callados? No es normal… y menos en el franchute que adora ser el centro de atención.
-¿Qué piensa, que traman algo?
La mirada de María bastó para contestarle. Los dos, entonces, se quedaron en silencio viendo el camino de piedra por el que ya habían desaparecido los coches.
Los tratados se firmaron, ratificados a toda prisa por España e Inglaterra (quien luego de su cruda física y moral había prometido a su delegado no tocar alcohol de ninguna clase y por tanto se eximió de beber el consabido caballito de tequila con el que el resto de los reunidos celebró su acuerdo). Fue entonces cuando Doblado se aventuró a preguntar:
-¿Alguien ha visto al señor Saligny?
-Creo… -comentó en voz baja Prim, pasando una mano por su barbilla- haberlo visto salir junto con su acompañante, pero pensé que vendrían hacia acá.
-Tal vez fueron a sus barcos. –dijo el secretario un tanto contrariado. –Para ver los preparativos del regreso.
-That's right. We need to do the same, don't you think, míster Prim? –preguntó entonces Wyke, cuidando de soslayo que Arthur, quien vigilaba de cerca la botella de tequila, no fuera a quebrar su promesa.
-Por supuesto, debemos ir inmediatamente a nuestros navíos. –asintió el aludido.
-Si lo desean podemos acompañarlos. –dijo rápidamente Doblado, seguido por una cabeceada positiva de María. No lo admitiría en voz alta nunca, pero iba a extrañar pasar los días ahí, cerca de la costa y acompañada del español y su padrino de nombre.
Las tres parejas aceptaron y dirigiéronse aprisa al puerto. Era un día encantador y soleado de principios de marzo, los problemas de los conflictos le parecían ya tan lejanos a México que deseaba salir, correr y reír como no lo había hecho en mucho tiempo, dejando que la brisa de la costa le hiciera volar los cabellos y le acariciara el rostro.
Juntos, los seis individuos fueron hacia el muelle, charlando con tanta familiaridad como si fueran amigos de años, y Antonio abrazaba a María con tanta fuerza como una lapa.
-¿Puedo venir a visitarte luego, princesa? Me encanta estar aquí, me trae recuerdos tan lindos de cuando eras pequeñita, pequeñita…
-¿Qué es eso? –saltó Prim, haciendo que la comitiva se detuviera a los pies del muelle. Justo del otro extremo un barco de tamaño prominente, abanderado con el lábaro francés estaba apostado, con una tabla a guisa de puente y por él bajaba una multitud bastante grande de hombres vestidos con un llamativo uniforme azul y rojo. Delante de ellos avanzaban Francis… y Saligny, ambos con la cabeza tan erguida que parecían mirar el cielo, y junto a ellos iba un tercer hombre, también vestido de uniforme pero uno con mucha más elegancia y menos soltura que la de los que marchaban tras ellos.
María recibió un empujón, y tanto ella como sus compañeros avanzaron por el muelle hasta encarar a los recién llegados. Primero, Saligny con su sonrisa gatuna se detuvo casi delante de Doblado y los otros dos países; luego Francis a un lado, delante de María, abandonando cualquier gesto afectado y mirándola directamente con superioridad. En el centro, el tercer hombre anónimo recorrió con franca mirada a la antaño alegre comitiva y torció los labios.
Al principio María pensó que le recordaba mucho a Francis; él también tenía el pelo largo y rubio, una barba un poco más poblada que la del país y por supuesto, los mismos ojos celestes y afilados. Además tenía nariz larga y aguda, mucho menos estilizada que la "flautilla" (como la había bautizado en secreto la mexicana) de Saligny y los labios rectos y entornados permanentemente en una sonrisa burlona. Era atractivo, pero a la nación americana le dio mala espina desde el comienzo.
-¿Y… esto de qué se trata? –saltó Prim visiblemente contrariado.
-¿Caballeros? –preguntó tímidamente Doblado.
-Caballeros, les presento al general Charles Latrille, conde de Lorencez. –dijo Saligny, señalando al gemelo de Francis. Éste no hizo sino acentuar más su sonrisa, mirando airadamente a los delegados y, luego, a María.
-Discúlpenme, señores, pero esto a mí me parece un atropello. –continuó el delegado español ya que Doblado, a todas luces, se había quedado mudo. -¿Porqué traer a un… general de guerra cuando acabamos de celebrar un pacto?
-Por invitación de nuestros amigos mexicanos. –agregó Saligny, dando un paso hacia atrás. A espaldas de los franceses un individuo bajito, rechoncho y de rostro moreno con idéntica sonrisa burlona saludó a los presentes. María sintió la sangre hervirle en las venas y miró con infinita rabia al hombrecillo.
-¡Nepomuceno!
-Buenas tardes, mi señora. –saludó el aludido. –Con todo respeto, desearía que usted me llamara Almonte, si no es una molestia.
-Llamarte Almonte cuando fui yo la que te vio nacer ¡escuincle nalgas miadas! –saltó la mexicana perdiendo el control y abalanzándose sobre el aludido; habría ahorcado al traidor con sus propias manos de no ser porque los demás reaccionaron a tiempo y Lorencez se interpuso entre la joven y el mexicano, y a su vez Antonio, Prim, Arthur t Wyke la sujetaron de los brazos.
-Madame, please, keep calm! –pidió Wyke.
-¡No es momento de actuar así, señora! –agregó Prim dejando que Antonio la abrazara de la cintura para apartarla en definitiva de Almonte.
Ante el desconcierto de todos, Lorencez se rió. El familiar "hon hon" de Francis era idéntico en el general, lo que hizo estremecerse a la mexicana.
-Monsieur France, ¿es esta la nación? –preguntó, señalando a María con un gesto de la cabeza. La aludida iba a replicarle con un "ésta tiene su nombre", pero todavía sentía las manos de todos apretujándola.
-Oui, mon general, esta es mi muy querida Mexique. –contestó Francis con afectación. Lorencez avanzó un paso hacia adelante, escudriñando sin pudor alguno a la muchachita que todavía forcejeaba contra su padre y los delegados extranjeros. Arthur había desistido y estaba plantado frente a Francis, muy malhumorado.
-Mademoiselle, –dijo Lorencez por fin, dirigiéndole una mirada indescifrable a María –no tiene porqué pelear contra nosotros… es tan simple –añadió levantándose y dirigiéndose a nadie en particular –como que me digan en dónde puedo encontrar al… presidente Juaréz.
Almonte ahogó una risita, igual que Saligny. Eso bastó para enardecer más a México.
-¿Y qué le hace pensar a usted que vamos a dejarlo pasar tanto? –preguntó por fin, retadora. Los ojos de Lorencez se clavaron en los suyos, visiblemente desconcertado; pero aquello no duró mucho y recuperó aprisa la compostura.
-Si no desea evitar el conflicto, no tengo problema. Al fin y al cabo siento que nuestra pelea, de tenerla, sería bastante breve… y cómoda, ¿no lo creen, señores? –añadió volviéndose a su comitiva. Todos rieron, incluidas dos muchachas que María no había notado al principio al ser sus vestidos del mismo color que los uniformes franceses. La mirada que les dirigió las forzó a guardar silencio.
-Basta. –saltó Prim, liberando el brazo de María. –Quiero que los aliados discutamos esto en privado. ¿De acuerdo todos? –al decir esto su mirada cayó en Saligny, quien se encogió de hombros y miró a su vez a Lorencez, quien asintió secamente.
El resto soltó a María, y tanto la delegación española como la inglesa se encaminaron. Cuando la mexicana pretendió lo mismo se topó con el general francés, quien en tono afectado repuso:
-Excuse moi, mademoiselle, pero esto es solo un negocio entre… hombres.
La comitiva de delegados se apartó, y María quedó plantada ahí, sintiendo que el estómago le daba vueltas. Sabía desde el fondo de su corazón que Francis tramaba algo, y ahora el problema real acababa de desembarcar en su costa y nada podía hacer. A no ser…
-Doblado… ¡Doblado! –gritó, haciendo volver en sí al desconcertado secretario.
-¿S… señora?
-Dígame, Doblado, ¿cuál es el general que envió Juárez para mi batalla?
-¡Ah! Por supuesto… -el secretario asintió. –El general Ignacio Zaragoza, señora.
-Zaragoza… -repitió, y quién sabe porqué razón, le regresó el estremecimiento al cuerpo.
…
Francis diario saliendo con sus pen… samientos extraños -.- en fin.
Notitas históricas:
*Los Tratados de La Soledad fueron aquél pacto por el cual Inglaterra y España se comprometieron a retirar sus armadas de México y, en cambio, el gobierno mexicano les otorgó un pagaré con el que asegurar que pagarían sus deudas en un lapso de tiempo razonable.
*La frase que dice María en náhuatl se traduce a "Madre, madre, sálvame de este peligro".
*A principios de marzo, llegó a Veracruz una avanzada enviada por el emperador Napoleón III y comandada por el general Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, irónicamente célebre por sus exitosas campañas en campañas de Argelia y Crimea.
*Hablando de Lorencez, uno de sus rasgos más acusados en las crónicas es que era exageradamente soberbio y altanero, y se negó a escuchar hasta el final a los generales conservadores, lo que le acarreó… bueno, ya sabemos.
*Tanto la escena de la comida entre los delegados extranjeros y el diplomático Manuel Doblado (secretario de relaciones exteriores en aquél entonces), como la del desencuentro en el muelle pertenecer íntegramente a la película de "5 de mayo", igual que la descripción de Lorencez (si no se lo imaginan, busquen en san Google al actor William Miller, quien hace de Lorencez en esa película).
Ahora los comentarios:
Natsumipantoja: España siempre es un amor n.n (bueno casi siempre). Oh sí, en general la visita del presidente francés al país me pareció de lo más… gay, en toda su descripción XD Bueno, este cap también quedó largo, espero te guste.
Cinthia C: Francia viene teniéndole ganas a México desde 1524 de hecho XD y sigue insistiendo. Siempre me quedo pensando en lo fatal que la hubiéramos pasado si nunca hubiesen llegado a un acuerdo con España e Inglaterra, digo, pelear con uno vale, pero con tres a la vez… Damn, GerMex D: no he tenido inspiración pero si para nada, prometo algún día retomar a la linda parejita.
Chiara Polairix Edelstein: Francis de villano es de lo mejor XD igual que Gilbert de villano. Ñee, tal vez… aunque eso sería en un lejano futuro ;D
Buaaaa no hubo tantos comentarios uwu pero al menos la historia avanza y ya viene lo mejor… *turururu* ¡Zaragoza! Y con él empezará la gresca. ¿Francis dejará de ser tan abusivo? ¿María no volverá a perder los estribos y a gritarles peladeces a los demás? Las respuestas… son no pero no importa XD ¡Adiosito!
