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Señor de la Guerra

Chalchicomula, marzo de 1862

El ambiente era tan tenso que podía cortarse con un cuchillo; o con una alabarda, pues el más alterado de todos era Antonio, que acababa de levantarse mirando hacia el extremo de la mesa con los ojos chispeantes.

-¡No lo permito! –chilló. -¡No acepto que tu ejército entre como si nada ahora que hemos llegado a un acuerdo! ¡Si en este momento tuviera mi alabarda te juro que…!

-Déjese de amenazas, garçon, o no llegaremos a nada. –Saligny, bien protegido por Francis y Lorencez, se divertía de lo lindo con las rabietas del español.

-¡Sí que llegaremos a algo, al homicidio de las ranas! –dando vuelo, Antonio saltó sobre la mesa y si no fuera por la intervención de Arthur y Wyke, seguramente habría alcanzado al delegado francés.

-¡Caballeros, por favor! ¡Somos todos hombres educados y cultos, no os comportéis como animales! –Prim tiraba del tobillo de su país buscando ponerlo de nuevo en su asiento, mientras Francis se tapaba la boca ahogando una risita burlona.

-Monsieurs… -en cuanto consiguieron apartar a Antonio, Lorencez se puso de pie, levantando la barbilla con gesto de superioridad. –Es deseo del emperador Napoleón que las tierras de Mexique queden bajo el amparo de su corona, como una forma de… comment on dit… expandir el dominio de Europa, que a ustedes seguro interesa… -añadió mirando de refilón las caras de ingleses y españoles –en contra del imperialismo despreciable y deforme de los Estados Unidos.

-The United bloody States is not deformed! –saltó Arthur, ofendido. -¡No es que me interese ese emancipado maldito, pero cuide sus palabras porque insultan al imperio británico!

-Imperialismo o no imperialismo… -continuó Prim, buscando mantener la calma –nosotros no hemos venido a conquistar ni a agredir a una nación que ha sido tan cordial con nosotros. Además, ¿qué les hace pensar que ellos desean un imperio?

-Los deseos de nuestros amigos… -comenzó Saligny, pero esta vez fue Wyke, que hasta el momento había permanecido en un aburrido mutismo, se levantó enardecido golpeando la mesa con el puño.

-¡Ellos mismos eliminaron el imperio y se formaron como república! ¡¿Porqué habrían de querer otra?!

-Además fue el partido expulsado quien quiso el imperio… no el pueblo. –concluyó Prim.

-And don't forget our pact, the Treaty of London!

De nuevo, Lorencez tomó el control de la situación, dirigiéndole discretamente una sonrisita a Francis que, repantigado en su asiento, estaba concentrado en otras cosas, más exactamente unos papelotes que llevaba buen rato revisando.

-Los deseos del emperador son, para nosotros, mucho más importantes. Mexique caerá tarde o temprano, monsieurs, y yo espero… -añadió y su mirada se ensombreció con la codicia que llevaba semanas resintiendo desde que el emperador le pidió ponerse al frente de la campaña –que nuestra misión sea contundente y rápida…

Aquélla fue la última entrevista diplomática ese año. Ofendidos por la traición de Francia, Arthur y Antonio volvieron con sus respectivas delegaciones, dejando el puerto a disposición de la armada francesa que ya empezaba a recorrer su trecho hacia la capital, con Lorencez y Francis a la cabeza. Luego de unos días, los dos a caballo marchaban por los caminos pedregosos y apenas sombreados por algunos árboles que iban hacia Puebla.

-Et, monsieur Bonnefoy… -le llamó la atención el conde. -¿Qué opina de nuestra labor… topográfica?

-Fue muy exacta, pero debe tener cuidado. –le advirtió poniéndose a su altura y aflojando el ronzal de su caballo de bellos flancos blancos. –Los paisajes de Mexique son tan variados como ella misma. Hoy hace un radiante sol y vamos por un camino recto, pero mañana se nublará y andaremos entre pantanos y ciénagas…

-La verdad eso no me importa. Mientras lleguemos, cuando lleguemos, tendremos a su ejército a nuestra merced… ¡si a eso se le puede llamar ejército! –añadió soltando una carcajada que recibió eco en Francis. Tras ellos, Almonte iba encogido en su caballo ruano, mucho menos vistoso que los corceles soberbios y bien arreglados de los franceses; se debatía en silencio entre sus ambiciones y su orgullo propio, que recibía constantes agijonazos por parte de las palabras mordaces de Lorencez.

-"Ya veremos a quien prefieren, franchute… y cuando la señora vea lo que logré no volverá a decirme Nepomuceno ni a rebajarme en público…" –se decía constantemente mientras esbozaba sonrisitas estúpidas para los invasores.

Sobre el estado que se aprestaba a ser invadido un grupo de poco más de dos mil hombres se apilaban en un campamento improvisado, protegido por la vegetación baja y con vista hacia las cañadas del eje volcánico. Acompañándolos había mujeres y unos cuantos niños, todos estos con ropas humildes y raídas que se dedicaban a cocinar y limpiar las heridas de los soldados, a traer agua y descargar los fardos de las mulas y los pocos caballos que les quedaban. Días atrás, cuando el pacto de los europeos se rompió, habían perdido mucho armamento en un atentado que a nadie le quedó claro, pero que enardeció, más si era posible, el espíritu de su nación.

María no estaba entre los suyos; se encontraba apartada un poco más arriba, vigilando la constante marcha de los profesionales que aún le quedaban, distinguibles por su insignia en los kepis y por las tiras de cuero que cruzaban sobre su pecho y espalda en forma de cruz; le habían dicho que ese día llegarían por fin los generales, y no dejaba de mandar a un muchachito al paso del camino para ver si los encontraba. Justo en ese momento el pequeño, vestido con calzón y camisa de manta, se dirigía a ella agitando los brazos.

-¡Señora, señora… vienen unos caballos!

-¿De qué tipo?

-¡Unos caballos altotes, armados, y con tres señores arriba vestidos como soldados!

No eran las mejores señas, y María temía desde días anteriores que por causa de Almonte algunos miembros escondidos del ejército conservador le jugaran chueco, por lo que se levantó, tomando su machete, y fue caminando tras el niño, dejando al ejército ajeno a lo que se venía.

Justo cuando llegaban al arco de árboles que protegían el camino vio alzarse tres caballos de piel oscura, franqueados a su vez por otros castaños y montados en su mayoría por muchachos con el característico uniforme azul y blanco. Uno de los hombres la miró de refilón y gritó:

-¡Aparta, muchacha!

-¡Oye! –la mexicana hubo de saltar hacia un lado para que los caballos no la arrollaran, y en el proceso tomó en brazos al niñito. –Majadero que me salió éste.

-¿Esos son, señora? –preguntó con timidez la criatura. La mexicana asintió y lo depositó en el piso, volviendo al campamento donde los tres generales se apeaban de sus monturas y marchaban hacia una tienda de campaña improvisada. Tímidamente, se acercó hasta la multitud que se apilaba en la tienda, escuchando fragmentos atropellados por parte del hombre que le había gritado en el camino.

-…Si nos acercamos demasiado podríamos detenerlos todavía antes de que entren a Puebla. Yo digo que formemos una pinza…

-No tenemos hombres suficientes, general Díaz. –le reclamó otro. –Somos apenas unos dos mil efectivos y si sufrimos una baja aunque sea de la cuarta parte, no tendremos manera de expulsarlos.

-Pero, general… -protestó Díaz, visiblemente contrariado. Su interlocutor levantó la mano.

-Ya veremos qué opina nuestro general en jefe de esto. Por cierto, -añadió volviéndose a los hombres que los habían franqueado. –el presiente nos dijo que posiblemente México estuviera por aquí… ¿alguien le ha visto?

María había pasado varios días de incógnito, mezclándose con las mujeres y poco deseosa de atender a preguntas incómodas. Por tanto, cuando les hicieron la pregunta casi todos los soldados se encogieron de hombros; fue entonces que el niñito vigía se coló como pudo entre los adultos, gritando emocionado:

-¡Sí! ¡Sí!... ¡La señora está aquí, yo la he visto, he hablado con ella!

-¿Y dónde está, niño? –continuó preguntando el general. Por toda respuesta, el niñito giró a su alrededor y señaló a María, medio escondida detrás de la aleta de la tienda. Dos de los tres generales se volvieron a verla, y con ellos, todos los otros soldados. El desconcierto en sus caras ya no le resultaba tan grosero como cuarenta años antes, al fin y al cabo todos seguían sorprendiéndose de que su nación fuera una mujer.

Los dos generales avanzaron hacia ella, y el que había preguntado estiró una mano para tomar la de María y saludarla.

-Señora… México… no sé cómo decirle pero… es un honor conocer por fin a mi nación. Soy el general Antonio Álvarez, a su servicio.

-Muchas gracias. –repuso con sequedad. El otro general saludó más secamente, y podía ver ella la vergüenza que sentía por casi haberla aplastado con su caballo.

-General Porfirio Díaz. –dijo agachando la cabeza.

-Un placer… Entonces… -añadió estirando el cuello hacia donde estaba el otro general, de espaldas, con las manos juntas. Aquél debía ser… -¿Ese de allá es…?

-¡Oh, por supuesto! –Álvarez la tomó de la mano y la condujo entre el pequeño mar humano hasta plantarse frente al otro silencioso hombre. –Señora, le presento al general en jefe, Ignacio Zaragoza. General, esta es la señora Mé… México.

Lentamente, el hombre se giró. Los ojos del humano y del país se encontraron, y este último, en un gesto extraño, agachó la cabeza sin despegar la vista de él; Ignacio no tenía nada de especial en su aspecto, pero era joven, al menos aparentemente más joven que los otros generales, y tenía rasgos afilados y angulosos; solo sus ojos, oscuros y protegidos por unos anteojos, destellaban algo de bondad. Fuera de eso, su aspecto era el de un hombre envejecido por las circunstancias, y a María le recordó vagamente a un muchacho que conoció en la independencia.

-Es un gran honor y placer para mí… señora. –dijo tomando su mano para saludarla.

-S… sí… qué gusto me da… también. –contestó atropelladamente. Se sentía idiota, pero por fortuna luego de ese apagado saludo Zaragoza volvió a girarse, luego de murmurar un casi inaudible "perdón" y sumirse otra vez en su mutismo.

La conmoción tenía a María completamente helada, y tuvo que retirarse aparte con Álvarez y Díaz para intercambiar sus impresiones.

-Es un buen general, tal vez un poco meditativo. –inquirió Díaz.

-Tiene cara de que le sirvieron tacos sin frijoles. –contestó María, echando un vistazo a cada paso hacia el taciturno muchacho. -¿Se bajó del lado equivocado del caballo o qué?

-No, no es eso, es… -Álvarez se rascó una mejilla, nervioso. –Es que hace unas semanas le informaron que… su esposa había fallecido.

María volvió a mirarlo. Había envejecido, se había dicho… lo habían mandado a combatir con el fantasma de la muerte de su compañera a cuestas. De pronto sintió un arrebato de cariño a él.

-¿Y porqué lo mandaron si andaba de luto? –preguntó, sorprendida por la suavidad de su voz al preguntarlo.

-La patria va primero siempre, señora. –replicó Díaz inclinando hondamente la cabeza hacia ella. –Desde niños nos enseñan que la patria es nuestra madre, nuestra hija, y que debemos defenderla del mismo modo que si lo fuera realmente, sangre de nuestra sangre…

-Y de todos modos no se habría quedado quieto. –agregó Álvarez. –Nos contaron que de muchacho trató de enrolarse cuando usted tuvo su guerra contra Estados Unidos y… -hizo una pausa, una mueca de aversión había aparecido en cara de María, y quiso respetar su arranque de rencor hacia la nación vecina que tanto daño le había causado en apenas dos años. –Bueno, el caso fue que no lo admitieron, y desde entonces…

-Es secretario de guerra y marina, señora, un buen rango para un hombre bien preparado. Usted estará bien a su cuidado… y al nuestro. –agregó Díaz. María le dirigió un vistazo de refilón y un murmullo sardónico; llevaba años sin oír a alguien tratar de congraciarse con ella de ese modo, aunque si mal no recordaba a Miramón le daba por tratarla como niña de pecho durante su breve tiempo como presidente.

-Pos… más le vale que sea así. Y también a ustedes, señores. –añadió encarando a los dos generales. –Por lo pronto les tengo dos peticiones; la primera, que me consigan un caballo, uno bueno que aguante, uno de guerra.

Los dos asintieron, mirándose sin entender.

-Y segundo… -dijo de vuelta María. –Quiero un uniforme a mi tamaño. De esos de capitán si no encuentran de otro rango.

-¿Uniforme? –saltó Álvarez.

-¿Pero es que usted pretende…? –comenzó Díaz cuando la nación levantó una mano, silenciándolos.

-No voy a dejar que franchute uno y dos se burlen de mí. Voy a combatir.

-¡Pero señora…!

-¡Una mujer en cualquier condición…!

-¿Creen que no puedo? –saltó fríamente. -¿Ustedes también piensan que soy una chamaquita buena para nada?

-¡No, señora!

-¡Jamás diríamos eso!

-Pero pensarlo sí. –María se dio la vuelta, con las mejillas rojas. –Serán muy señores generales y lo que se les antoje, pero he estado en más batallas que ustedes, así que respeten mi rango, también, que yo respeto el suyo. Permiso.

Tras ella, Álvarez negaba con la cabeza, mirándola como si fuera una hija malcriada, y Díaz se escurrió de vuelta a la tienda, aunque fue detenido a medio camino por su acompañante.

-¿Qué pretende hacer? ¿De verdad le va a dar el uniforme?

-No creo que le haga daño. –respondió. –Al fin y al cabo, algo de verdad hay en sus palabras.

-Una mujer no va a combatir en el ejército jamás.

-¿Y quién le dijo eso? –los dos miraron, en silencio, a María perderse en la distancia; Díaz le hizo señas a Álvarez de acercarse más. –Le entregaremos el uniforme y la pondremos en la línea de retirada, así podrá estar en la batalla sin combatir.

-¿Y si la línea de retirada se desaparece? Dos mil contra seis mil hombres no es un número muy bueno.

-Los números no ganan batallas. –los dos hombres dieron un respingo. Zaragoza estaba junto a ellos, mirándolos con severidad. Acto seguido pasó de largo, en la misma dirección hacia la que fue María.

-Le dije que no era buena idea. –concluyó Álvarez.

-Tiene razón, los números no ganan batallas… atacar primero, sí. –repuso Díaz.

(Y desde entonces, como María pudo comprobar algunos años después, el general Porfirio siguió creyendo fielmente en esa idea).

De nuevo en su puesto, sobre la ladera que custodiaba el campamento, María contemplaba la cañada del eje, perdida en sus pensamientos. La última guerra interna la habían dejado agotada y de nuevo tenía que ir a enfrentarse a un invasor con menos de los hombres que había dirigido alguna vez; casi podía escuchar, a lo lejos, la burla de los que salieron victoriosos en su segunda gran guerra, y aquéllos rostros sonrosados, burlones, se reían mientras la amenaza de la destrucción volvía a cernirse sobre su cabeza.

-¿Señora? –llamó una voz y María encaró al recién llegado, dando un respingo.

-¡Ay… general!

Zaragoza, tímidamente, se sentó a un lado de ella, todavía con la imperiosidad de sus gestos pero con la mirada suave, familiar.

-Le debo una gran disculpa. –dijo por fin. –Primero, por tardarme tanto en movilizar a mis efectivos, y segundo, por no haber estado con usted el día del desembarco.

-No, no… está bien, lo comprendo porque usted estaba… -María enmudeció. Si él no le contaba directamente su tragedia, no iba a revelar que ya la conocía. Entre los dos se situó un silencio incómodo, roto de nuevo por el general.

-Cuando me alisté en el ejército liberal tenía… ambiciones. –repuso por fin. –Deseaba ver por fin un país libre, pero me topé con un montón de gente que no pensaba igual, y comencé a dudar de mi decisión.

-¿Y… duda todavía?

-No. Dudar en momentos como este no es adecuado, es peligroso.

-Lo sé… -de pronto María recordó a Santa Anna y sus muy espléndidas retiradas antes de tiempo. –No todos están hechos para la guerra, aunque sean soldados.

-Y hay quienes sin ser soldados están mejor preparados para la guerra. –inquirió, y le dirigió una mirada significativa. María volvió a sentir un estremecimiento; ¿qué demonios pasaba? –Ya la invadieron una vez, señora, no creo justo que lo hagan otra vez. Todos los que estamos aquí… -abarcó con su mano el campamento a sus pies. –han venido voluntariamente, todos tienen el mismo deseo de seguir siendo libres, todos quieren defender su patria, porque la patria es…

-Es madre e hija. –repuso sin ánimos.

-Y también es esposa. –agregó su interlocutor. María tuvo que mirar al cielo y respirar profundo para hacer bajar la sangre que se le había agolpado en la cara. –Es la mujer que más debemos amar y proteger… y no utilizar para los deseos secretos de cada quien.

-Todo eso suena muy bonito, general, pero no crea que estoy libre de preocupaciones. –contestó.

-¿Por qué, por los franceses? ¿O tal vez porque piensa que nuestros hombres son muy pocos?

-Es por todo. Vivo en tensión desde el año pasado y, cuando pensé que todo se solucionaría felizmente… va el franchute cabrón a moverme las cosas. –María cogió una piedra y la lanzó lejos. No se dio cuenta de que había caído en una olla con frijoles hasta que varias mujeres se aprestaron a sacarla con la cuchara, dando voces y riñendo con los hombres que se reían del espectáculo.

-No piense mucho en ello. –le pidió Zaragoza, y María sintió su mano cerrándose con suavidad en su muñeca. Volvió a estremecerse y rezó por que el general no se diera cuenta. –Concéntrese en dar lo mejor de sí… Todos haremos lo mismo.

La joven asintió. De repente, la cañada rodeada de espesos árboles y el murmullo de las aves en contraste con un cielo azul que comenzaba a enrojecerse por el atardecer le parecía la visión más bonita del mundo.

Aaaaay, qué cosas… Las interacciones entre humanos y países son tan dramáticas…

Notitas históricas:

*Les guste o no a sus detractores, Porfirio Díaz participó en la batalla de Puebla, y más tarde fue uno de los más acérrimos detractores del Segundo Imperio, y no cesó en sus campañas hasta haber expulsado definitivamente a los franceses en 1867 (sí, ironías de la vida…).

*Zaragoza realmente trató de enrolarse como cadete en el ejército durante la guerra contra Estados Unidos y se lo denegaron. Desde entonces siguió una carrera militar más o menos importante durante la revolución de Ayutla y luego en la guerra de reforma, siempre en el bando liberal. Su esposa Rafaela, murió en enero de 1862 a causa de una neumonía.

Ahora, los felices comentarios:

Chiara Polairix Edelstein: Jajaja así es XD y ella que no se da cuenta. No te creas, aún hay muchos enredos con Francis… y con Lorencez ;D

Natsumipantoja: Arthur ebrio es la causa y solución de muchos conflictos (?) ok not; Francia no tiene mucho sentido de lealtad, sobre todo con Inglaterra, y como vio burrito se le antojó el viaje desde mucho antes, sólo aprovechó el viaje.

Cinthia C: Francis de villano, lo mejor que le ha pasado a la historia universal… antes del siglo XX (coff coff Alemania y Rusia coff). Buaaa, yo también espero retomar el GerMex como se debe.

Según mis cálculos, nos quedan unos… 3 capítulos más (proyecto corto, pls). Así que espero que os guste y… ¡celebren el 5 de mayo que está ya tan cerca! (mi intención de hecho era terminar este fic para ese día pero… me atrasé lo siento). ¡Adiosito!