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La Desesperanza

Cumbres de Acultzingo, 28 de abril de 1862

Un murmullo de nerviosismo recorría las tropas; desde la mañana, se habían tenido que apostar en la entrada de las Cumbres, armados y entorpecidos, esperando la entrada del enemigo que ya a esas horas cruzaba por entre las cadenas de cerros que circundaban el paisaje. Las sombras de los árboles eran todo lo que tenían como protección de la vista rival y del sol que ya despuntaba sobre sus cabezas.

-Dígame otra vez, general… -Zaragoza, de pie sobre el altiplano y franqueado por los otros dos jefes, esperaba. -¿Cuántos dice que son?

-Más de seis mil, si las cifras son correctas. –Álvarez apuntó bien con su catalejo a la curva del camino, esperando. –Seguro que no vienen de buen humor.

-Ni con fuerzas. –agregó Díaz. Llevaba toda la mañana sentado muy tieso sobre su caballo, como si se fuera a dejar ir con éste a la primera señal del lábaro francés. Zaragoza no dejaba de mirarlo, no estaba seguro de que fuera a contenerse por más tiempo.

Díaz no era el único alterado. Un poco más lejos, la avanzada francesa se abría paso por Las Cumbres, guiados esta vez por un capitán mientras, en el centro, iban juntos Lorecenz, Almonte y aún más atrás, Saligny. Estaban de un humor de perros; en su paso por los poblados próximos no habían visto señales de personas por ningún lado, y los pocos jacales a la redonda estaban deshabitados, los pozos secos, las cosechas cegadas con mucha premura. Eso los hizo sospechar que alguien había ordenado hacer la retirada y de paso dejarles sin posibles provisiones, lo que afectaba sobre todo al delegado que, acurrucado contra la carroza que llevaba la tienda, refunfuñaba.

Almonte tampoco se sentía a gusto. Lo que había comenzado como una aventura victoriosa para él, poco a poco, se convertía en una decepción; ni siquiera podía participar activamente de las decisiones, era Lorencez y Francis en segunda instancia los que habían movilizado a la tropa por la geografía que, para empeorar las cosas, se había encargado de ponerles trabas con cadenas montañosas y aguaceros repentinos.

-La señora está enojada. –comentaba, primero con desinterés, luego con temor, y ahora con un rencor insoportable. No era normal el mal clima en México… ¿acaso María estaba tratando de desbarrancarlos con alguna especie de ataque de berrinche? Muchos años antes había escuchado que mucho el clima tenía que ver con el ánimo del país, y en esos momentos creía sinceramente que así era.

Por esa razón el generalucho estaba repantigado en su corcel mirando con enfado reprimido a los dos franceses que lideraban la avanzada. Francis estaba especialmente histérico.

-¿Cuántos días? ¿Cuántos días han pasado y no he podido ni ver un mechón de cabello de mon cherié? ¡Ni una mano! ¡Ni una brisa que me traiga su perfume! ¡Qué desgracia, mon Dieu! ¡Qué desgracia…! –gimoteaba revolviéndose en su asiento. Lorencez, ya acostumbrado a los ataques de su nación, giró los ojos y le sonrió sarcásticamente.

-Deje de pensar así, monsieur. Cuando todo termine, podré tener a su cherié cuántas veces quiera… y como quiera. –le tranquilizó. Francis asintió tibiamente. –Además…

-Haut! –la avanzada se detuvo a una señal del capitán. Habían ya pasado un buen trecho de Las Cumbres y, sobre sus cabezas, sólo se veían las copas de los árboles que con ayuda del sol coloraban de verde todo lo que tocaban. Había un agradable silencio… demasiado silencio.

Lorencez suspiró, falsamente exasperado.

-Mon Dieu, qué falta de táctica. Préparer des armes. –ordenó, y los hombres a su alrededor levantaron los fusiles, esperando. El mutismo era tal que podían escucharse respirar y tragar saliva, y la tensión no hacía sino aumentar; no pasaba nada, solo silencio, duda…

Arriba, algo parecido ocurría, y varios cuerpos de infantería improvisada estaban apostados entre los árboles, con las armas en la mano, y los de artillería no hacían sino mirar ya a los cañones, ya a Zaragoza, inseguros. Si disparaban en falso se pondrían en riesgo.

-General… -le instó Díaz, pero Zaragoza negó con la cabeza.

-Aún no. No están a distancia suficiente.

-¡Están a más que distancia suficiente! –de nuevo, el muchacho negó con la cabeza, haciendo que Díaz, enfadado, se diera media vuelta hasta llegar al lado de Álvarez, junto a la artillería. –Podrían dispararles desde aquí y mermar a sus hombres, vienen todos en pie…

-Supongamos que así sea… nos quedarían la caballería y la artillería que no podemos ver. Es gasto innecesario de balas. –le replicó Álvarez, encogiéndose de hombros. –Además debemos defender el campamento, aún hay muchas mujeres y niños allá.

-Sí… hablando de mujeres…

-Sé de qué hablas. –el general dio una cabeceada. –Se habrá quedado allá, nos despertamos muy temprano y no vi movimiento en el toldo de las mujeres. Mejor para ella, poner a un país al tiro…

-¡Atentos!

Los franceses volvían a moverse, y esta vez consiguieron ver a los soldados de a pie, marchando con el arma en ristre, esperando cualquier movimiento.

De nuevo, Díaz apremió a Zaragoza con la mirada, pero éste no lo atendía, sus ojos oscuros estaban fijos en los uniformes destellantes del ejército que, más abajo, iba hacia ellos.

-¿Cómo se les ocurre vestirse así para la guerra? –musitó Álvarez.

-Preparados. –ordenó el general superior a sus espaldas. La orden se hizo eco y, una vez más, los soldados esperaron, inquietos. En cualquier instante… -Fuego.

La polvareda producto de los disparos afectó más a los mexicanos que a los franceses. Hubo un pequeño remedo de zafarrancho, pero Lorencez, siempre con tono de aburrimiento, alzó la voz:

-Non! Préparer des armes! –sin saber ni a dónde, la infantería apuntó a todos lados, inseguros. –Feu.

Una segunda polvareda, y varios hombres en lo alto del camino tuvieron que repantigarse hacia atrás para esquivar las balas.

-Sigo pensando que es mala idea… -comentó Díaz. Subirán y no tendremos remedio.

Pero el remedio, fuera cual fuera, no llegó. Durante todo el día ambos ejércitos estuvieron disparándose sin saber muy bien ni a dónde apuntaban y a la larga, se replegaron; los franceses se refugiaron a la sombra de los árboles próximos y los mexicanos hicieron medio andar hasta la salida del camino, listos para disparar en cuanto vieran algo azul y rojo moviéndose a distancia. De María seguía sin haber ninguna señal, y cuando llegó la tarde Zaragoza empezaba a preocuparse.

-¿Alguno aquí ha visto a la señora? –preguntó a los soldados que se aprestaban a cambiar la guardia. Todos negaron con la cabeza; un grupito de al menos seis mujeres con ropas descoloridas pasaron por su lado, cargando cestos con los restos de comida. –Ustedes, ¿no han visto a una muchacha de trenzas largas y ojos dorados? –por un momento él mismo se extrañó en decir eso; no sabía porqué se acordaba tan bien del color de los ojos de México.

-No, señor. –respondieron antes de seguir su camino.

-Si la ven díganle que es orden del general que se…

-¡Socorro! ¡Chingado!

Una voz hizo que todos levantaran la cabeza en dirección al camino. Vieron pasar un destello de colores que lanzó un disparo al aire; otro disparo y el destello cayó, inmóvil, entre los matorrales. Varios soldados se aprestaron a acercarse, entre ellos Zaragoza seguido por Díaz. Era un soldado francés, vestido con su uniforme de infantería; el disparo del mexicano le había dado directo en la nuca y su cabello estaba tiñéndose de escarlata.

-¿Quién le ha disparado? –saltó Zaragoza. Un muchachito menudo, con la cabeza agachada, oculta por un kepis, levantó la mano mientras con la otra sostenía aún su fusil. En la cadera atado al cinturón llevaba un machete largo, y el general notó que parecía recién salido de su funda. –Tú, soldado, ¿porqué has…?

Varios gritos salvajes hicieron retumbar la tierra. El grupo apostado en el camino vio venir una multitud de individuos que agitaban al aire toda clase de armas y rugían como endemoniados.

-¿Qué son esos? –preguntó uno de los soldados. La visión era demasiado extraña, pero Zaragoza se recuperó y echó a andar cuesta arriba.

-¡Prepárense! ¡Apunten armas! ¡Artillería…! ¡Artillería!

El grupo de hombres que se abalanzaron sobre ellos aumentó de pronto; varias cabezas tocadas por un gorro rojo salieron de los alrededores, algunos muy cerca de donde vieron caer al espía, gritando como una jauría espantosa y descontrolada. Todos a una, las armas dispararon hacia el enemigo sin haber recibido la orden, y varios de los recién llegados cayeron de espaldas, pero el resto continuó avanzando.

-Carajo… -susurró el soldado que había matado al espía, cargando de nuevo su fusil estando codo a codo con otros dos muchachos, todos con el terror en sus ojos. –No se asusten, se ven muy salsas pero todavía son humanos.

La escaramuza se descontroló, forzando a los mexicanos a salir de sus posiciones y enfrentarse cara a cara con los franceses, pero éstos estaban en un estado de excitación desconcertante, y no dejaban de avanzar lanzando disparos y mandobles a diestra y siniestra. Y tras ellos, avanzando con más decoro, llegaba la infantería que vigilaba la entrada de dos caballos soberbios, uno negro como la pez y bien adornado, y otro blanco sobre el cual se oía una risita molesta.

-Hon hon hon… esos zuavos son una reliquia nacional, ¿no cree así, Latrille? –preguntó Francis. Ni él ni su general habían decidido entrar en la batalla, sino que se divertían viendo el destrozo de sus hombres más adelante.

-Oui. Diría que son un poco… sauvage. –bromeó Lorencez. –Incluso más que esos ignorantes indios de allá. –echó a reír sin notar el gesto dolido de Almonte a sus espaldas.

Los zuavos habían conseguido subir, y con ellos la infantería, empeorando la escaramuza. Los primeros cañonazos rompieron el aire, pero estaban demasiado lejos y las balas se estrellaron justo en el trecho entre la infantería y el resto de la avanzada, no haciendo más que levantar terrones a todos lados.

-Los cañones no los alcanzan. –gruñó Álvarez muy frustrado.

-Hay que resistir. Podemos un poco más. –contestó Zaragoza. Sus ojos pasaban a toda prisa de los zuavos a los mexicanos, y de éstos a la infantería; algunos por fuerza o por decisión se habían colado entre las filas francesas y atacaban a punta de golpes o disparos, pero varios de ellos no conseguían seguir demasiado porque se topaban con un fusil entre los ojos que sin piedad, descargaba sus balas en éstos.

-No van a pasar así, hay que mandar al resto. –sugirió Díaz, pero de nuevo vio la negativa del general superior. -¡Pero aún podemos…!

-Esta no es la batalla correcta, general Díaz. –contestó enigmáticamente.

Un fardo pequeño, de color caqui, pasaba veloz entre la infantería francesa, golpeando, esquivando, lanzando puños y golpes con su fusil; parecía dispuesto a cruzar hasta donde estaba Lorencez y luego de varios empellones, era el único de los soldados que había conseguido llegar tan lejos. La singularidad atrajo la atención de Zaragoza, que buscó al atrevido con el catalejo.

-Ese muchacho está loco, alguien hágalo volver.

-¿Qué loco? –Díaz también miró por el catalejo. –Ah, ya veo… en el calor de la batalla seguramente ya no se acuerda ni de su nombre.

-¿No era el mismo que mató al espía?

Le faltaban ya menos filas para llegar, y sus ojos fieros se clavaron en la menos distante figura de Lorencez y de Francis, quienes también seguían sus movimientos, uno displicente, otro divertido.

-Hay que ser estúpido para lanzarse así. No me sorprende. –comentó el general francés.

-Qué muchacho tan valiente, qué arrojo, qué energía… -Francis se balanceaba en su asiento visiblemente emocionado.

El soldado fue de frente… hasta que un zuavo, salido de quién sabe dónde, se lanzó sobre él y lo hizo rodar por el suelo. El hombre sacó entonces su misericordia y se aprestó a apuñalar al caído, pero éste giró aprisa hasta que tuvo distancia suficiente para levantarse; un mandoble casi le rozó el rostro y le forzó a echarse para atrás, haciendo que el kepis se cayera.

Zaragoza vio entonces una espesa mata de cabello ondulado y castaño caer sobre la espalda del soldado.

-¡Tenía que ser! –bramó, oyendo un gemido de exasperación por parte de sus otros dos generales.

María, sin importarle lo que acababa de ocurrir, empuñó el fusil y se lanzó contra el zuavo como si de justa medieval se tratara; ambos se embistieron, y la boca del fusil le dio de lleno en el pecho al francés, tirándolo al piso. La mexicana giró sobre sus talones y se dispuso a disparar cuando pasó junto a ella otros dos de infantería y tuvo que volverse para esquivar las balas. Francis había dejado de mecerse, con los ojos como platos clavados en la mujer.

-Mon Dieu… ¡es Mexique!

-Oui? ¿Y qué más da? –contestó Lorencez, sonriendo. Una pelea de dos contra uno, disparos y golpes por igual sin que el resto de los combatientes se preocuparan siquiera, y María, frustrada, tuvo que retroceder hasta quedar de espaldas con la caballería francesa.

-Oh, cherié… -dijo Francis. -¿Qué no te enseñó Espagne que las mujeres no deben meterse en conflictos de hombres? ¡No quiero tener que recibirte en la capital con tu bello rostro lastimado, hon hon hon…!

-¡Si tan hombrecito eres ven acá y ten los pantalones de pelear conmigo! –bramó, mirándolo con rabia. El europeo sonrió, apoyando la mejilla en su puño; cómo le encantaba verla furiosa, desorientada… aquélla aura de salvajismo le hacía, para él, ver más apetecible; y ahora no sólo él la contemplaba, también Lorencez parecía de pronto interesado en la muchacha que, jadeante y con varios cortes en el uniforme, los encaraba molesta.

-¡Retirada! ¡Retirada!- ordenó en lo alto la voz de Álvarez, y a lo lejos una marabunta azul y caqui echaba a andar a toda prisa por un costado del camino. Fue cuando María se dio cuenta de su error.

-Carajo. –escupió.

-Veo que esta noche tendremos a una hermosa prisionera. –susurró Francis. María, rápidamente, levantó el fusil directo hacia él, pero lo mismo hicieron contra ella el resto de la caballería y algunos de infantería que regresaban a su sitio; estaba en desventaja. Su pecho subía y bajaba dificultosamente, y las manos le temblaban de rabia y de angustia; no podía volverse y tampoco seguir adelante, estaba totalmente rodeada.

En lo alto de Las Cumbres, Zaragoza ordenó a un solitario soldado de artillería:

-Hazlo.

De repente, una bala de cañón fue a dar a los pies de la infantería, provocando una polvareda tremenda y varios minutos de confusión. María, sin pensárselo mucho, echó a correr sin saber bien ni a dónde, escuchando a sus espaldas gritos confusos, disparos, piafar de caballos, cascos que iban a darle caza…

-¡Señora! ¡Acá arriba!

Justo a su lado, trotaba un caballo moteado y montado por un oficial de su ejército; tras él, los tres generales iban apareciendo, aprovechando la confusión de los franceses. María extendió una mano y el oficial la cargó sobre la grupa del animal, espoleándolo para que fuera más rápido.

-¡Señora, no vuelva a cometer una imprudencia así, por favor! –gritó Zaragoza a sus espaldas. La aludida se volvió; su voz denostaba molestia, pero había tal expresión de miedo en su cara que le costó creer que fuera de verdad un general. -¡Todos, subamos antes de que los otros nos alcancen!

Los tres corceles de los generales viraron e hicieron trecho sobre los riscos; el oficial maniobró igual, un poco más tarde, pero entonces tiró con violencia del ronzal al escuchar un disparo y el caballo se tambaleó; un segundo disparo hizo que el animal relinchara, encabritándose. María sujetó las riendas a toda prisa sin saber qué pasaba, hasta que vio al oficial desplomarse sobre el lomo del animal.

-¡Chingado! ¡FRANCHUTES DE MIERDA! –bramó enardecida, empujando al oficial hasta el frente, como fardo, y azuzando al caballo sobre el escarpado camino lateral, lejos de los franceses y del camino que trataron de defender.

Abajo, Francis estaba en un estado de nerviosismo total.

-¡La han matado! ¡La han matado, idiotas!

-Nadie ha tocado a la muchacha, monsieur France. –trató de tranquilizarle Lorencez. –Almonte…

-¿Sí? –el aludido sonrió, contento de que se acordaran que seguía ahí.

-Vaya a hacer el recuento de las bajas de la tropa. –ordenó el general, y Almonte descendió del caballo ocultando su decepción. –Monsieur Bonnefoy, pudo asegurarle que solo le han disparado al animal…

-¡¿Y qué si una de esas balas rozó a Mexique?! ¡No quiero que llegue lisiada a presenciar mi gran triunfo! –replicó mordisqueándose los puños de la casaca.

-Si por mí fuera llegaría con el cuello retorcido…-susurró Lorencez lo suficientemente bajo para que un desesperado Francia no lo escuchara. El atrevimiento de esa criatura de plantarse frente a ellos y apuntarles con un fusil… ¿cómo se atrevía? Era solo una mocosa, una tierra indómita y maleducada que precisaba con urgencia que alguien la pusiera en su lugar. No iba solo a conquistarla, iba a invadirla, a forzarla a obedecerle fielmente como cualquier perrito amaestrado y a no osar siquiera mirarlo a los ojos, como su subordinada, como su mascota… a ver si así aprendía un poco de respeto por sus superiores.

En el campamento, recién levantado, los generales pasaban por las filas de hombres heridos que eran atendidos; algunos eran apartados de las camillas improvisadas que se distribuían por el suelo y llevados, a cuestas, a las afueras donde otro grupo se encargaba de cavar tumbas. Como Zaragoza parecía perdido en su cabeza, Álvarez carraspeó llamando la atención de una mujer:

-¿Cuántas bajas?

-Pos unos veinte, por ahora.

-Suman casi cincuenta con los que perdimos en batalla. –añadió, dirigiéndose a los otros dos generales. El grupo estaba reducido, y con varios heridos a cuestas su ejército era apenas y la mitad de lo que era el ejército francés. No guardaban mucha esperanza, no con tantos heridos alrededor y con las armas agotadas.

Díaz comenzó a murmurar algo de que pudieron haber aguantado un poco más, pero Zaragoza no lo escuchaba; miraba el horizonte fijamente, con los puños crispados. No lo entendía, ellos venían justo tras ellos, ¿porqué tardaban tanto en subir? ¿Habrían tenido un contratiempo? Y, de ser así, ¿cómo estaban? ¿Se habrían lastimado? ¿Los habría alcanzado la tropa francesa? ¿Y ella, cómo estaba? ¿Dónde estaba?

-General, es mejor que acampemos un poco más lejos para evitar cruzarnos con los franceses. –Álvarez se plantó tras él, buscando sacarlo de su mutismo. -¿General? General…

De entre los riscos apareció una figura pequeña, sucia y manchada de sangre, que tiraba de las riendas de un caballo que daba traspiés.

-¿Pero qué…?

-¡Ayúdenme! ¡Rápido! –gritó una voz femenina. Varios soldados fueron tras ella y Zaragoza suspiró aliviado.

Sobre el corcel aún estaba el oficial; los soldados se aprestaron a bajarlo y lo llevaron al campamento, dejando tras de sí un reguero de sangre. El animal dio unos cuantos pasos más y entonces, con un débil relincho, se desplomó casi llevándose con él a María, que logró soltarlo a tiempo pero que se inclinó sobre él acariciándole la cabeza.

Zaragoza y otros soldados contemplaban al herido, extendido sobre una camilla recién puesta.

-¿Qué ha pasado? –preguntó. El hombre entreabrió los ojos.

-Perdóneme, general… no los vi… tras nosotros… dispararon… no pude esquivar… no con el caballo…

Mientras lo atendían, Zaragoza fue al encuentro de María; ésta, conmocionada, no dejaba de acariciar la sedosa testa del caballo agonizante, y al ver de pie a su lado al general lo miró, consternada, y negó con la cabeza. Zaragoza contestó con una triste cabeceada y sacó su pistola, acercándola a la cabeza del caballo; los ojos negros del animal se parecían a los de él, y tuvo que mirar a otro lado mientras descargaba un balazo para librarlo del sufrimiento. María se cubrió la cara con ambas manos, y no las apartó sino hasta que oyó cómo el general regresaba el arma a su funda.

-¡General! ¡General! –un soldado se acercó corriendo a él. –Señor. –saludó aprisa. –El oficial acaba de morir.

María y Zaragoza miraron al soldado, ambos con el mismo desencanto. Fue el general quien habló.

-¿Pues qué espera? Vaya y dele cristiana sepultura.

-Sí, señor. –contestó el soldado volviendo rápidamente al campamento. De nuevo, general y país se quedaron solos, con el cuerpo del caballo como única barrera física, mientras el silencio parecía separarlos aún más.

-Yo… -habló entonces el general –voy a enviar un telegrama a la capital. Les diré que enviaré a un destacamento… para escoltarla a usted de vuelta a su casa.

Por fin María logró salir de su mutismo.

-¿Qué?

-No podemos darnos el lujo de que se vuelva a poner en peligro…

-A ver, óigame usted. –contestó alterada, poniéndose de pie. -¿Cuál peligro, eh? ¿Cuál peligro?

-Acaba de ver cómo…

-Todos están en el mismo peligro, ¿bueno? Soldados, mujeres… usted. Todos estamos aquí sabiendo lo que hacemos y lo que puede pasar, ¿o qué, piensa mandar a medio ejército a su casita?

-Esto es mucho mayor que nosotros, usted debe estar a salvo.

-¡A salvo, ora resulta! ¡En la capital igual ese cabrón de Francis me va a alcanzar! Si lo único que pretende es atrasarle el gusto de joderme pos se equivocó de línea de telegrama porque yo me voy a quedar aquí.

-Señora, atienda a razones, ¿qué logramos si la perdemos, eh? ¿Qué logramos si usted sale herida o…?

-¿O qué? ¿Se piensa usted también que yo no sé cómo es una guerra? ¿Le tengo que recordar lo que me hicieron a mí hace unos años, eh? ¡Contésteme, hombre!

La visión doble de la mujercita enojada y el general rendido era bastante buena como para no ignorarla, y muchos en el campamento contemplaban el pleito sin saber muy bien ni qué ocurría. Por fin, Zaragoza repuso con voz débil:

-No me puedo dar el lujo de perder a alguien más otra vez.

Parecía un pretexto al aire, pero María dejó de inclinarse como si fuera a saltarle a golpes en cualquier momento, comprendiendo que él hablaba de otra cosa más delicada, más… personal. Y casi pudo ver en sus ojos oscuros un fantasma que lo debilitaba y lo volvía más humano.

-Perdóneme, general… pero no me va a convencer de dejar a mi gente sola. Tiene dos opciones, o me deja quedarme y estar con el ejército, o me manda a casa y le va a llegar primero una nota diciéndole que se hallaron a varios soldados moqueteados en el camino y segundo una buena cachetada por incrédulo, con todo respeto.

"Con todo respeto"; esa frase nunca la había usado la primera vez que Santa Anna había propuesto la misma idiotez estando a media guerra contra los norteamericanos. A su ex general lo amenazaba muy seguido y desde entonces no conocía mucho el bien hablar aún con militares, al menos, no hasta ahora.

-¿De verdad quiere quedarse tanto así, señora?

-Pos claro, ¿de qué me sirve estar de niña bonita sentada en mi casa? Así, general Ignacio, no se ganan las guerras.

Era también la primera vez que lo llamaba por su nombre, y el efecto fue mucho más inusitado de lo que esperaba.

-Está bien. –cedió por fin. –Le dejaré quedarse, pero mejor consiga un uniforme decente… ¿a quién le robó ese?

El uniforme, color caqui y con una cruz de cuero, estaba ya roto y sucio por la pelea contra los zuavos, y se resbalaba seguido por su hombro dejando ver, a veces, el nacimiento del pecho, sobre el que se había atado una venda para poder pasarla de incógnito durante toda la mañana.

-A nadie, estaba en los tendederos y me lo… afiancé. –comentó inocente.

-Buscaremos uno a su medida, con casaca, pantalón, botas…

-No, general. –le interrumpió. –La casaca y las botas se las acepto, pero los pantalones no.

-¿Y cómo piensa pelear?

-Oh, espérese… -los ojos de la mujer miraron de reojo la cañada. –Con que una mujer no puede meterse en peleas de hombres… pos vas a tragarte tus palabras con todo y chilito amortajado, franchute…

Ya era hora de que empezaran a partirse la jeta. Ahora solo falta un interludio antes de… *chan chan chan* ¡LA BATALLA DE PUEBLA! Ok ya n.n

Notitas históricas:

*La batalla de Las Cumbres se dio en (valga la redundancia) Las Cumbres, Apaltzingo, el 28 de abril de 1962. Las Cumbres era el único sitio por el que se podía llegar a Puebla a causa de la gran cantidad de terrenos peligrosos que le rodeaban, por lo que el ejército mexicano decidió frenar al enemigo ahí; cuando por la tarde las escaramuzas empeoraron por la cercanía de los franceses a los mexicanos hubo necesidad de hacer retirada. El total de bajas fueron 500 franceses contra 50 mexicanos (algo así como 10 franchutes por mexicano).

Ahora los comentarios (son pocos… buaaa):

Chiara Polairix Edelstein: Pues sí xD

Natsumipantoja: ZaraMex en todo caso ;D igual de trágico (qué ironía) que el FraJean u.u Porfirio era el típico niño rata que juega solo al Call of Duty (?) ok no pero casi; no fue tan mal presi, después de todo.

Como dije, ya falta poco para la gran madriza y los ánimos están calientes. ¿Qué pasará? ¿Francis dejará de hacerse menso? ¿Alguien por fin notará a Almonte? ¿Zaragoza y María se van a dar cuenta de lo que les pasa o van a seguir en el limbo eternamente? Averígüenlo en su siguiente capítulo y recuerden, por cada comentario que dejan un franchute recibe un fusilazo de María. ¡Adiosito!