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Flor de mis Labios*

Fuerte de Guadalupe, 4 de mayo de 1862

La multitud, echada alrededor de las fogatas, parecía totalmente fuera de sí. Se oían retazos de conversaciones, una guitarra acaso, sin canción, los pasos de las mujeres que repartían los alimentos de la noche y el susurro de los pocos caballos que, a distancia, descansaban.

Aquélla mañana, y el día anterior, no habían detenido su labor delante del fuerte, cavando, midiendo, trajinando sin parar y aprestándose para una lucha que no parecía llegar en ningún momento y que, sin embargo, estaba latente, como una amenaza velada al saber que del otro lado estaba apostado el ejército francés, llegados a Puebla mucho antes de lo que habían calculado y que adelantó, por un día, el enfrentamiento. Así lo anunció Zaragoza la noche anterior cuando un muchacho del ejército, que había estado cuidando la retaguardia de los heridos rezagados, le hizo saber que sobre Atlixco habían avistado una amenaza mayor: el ejército conservador.

En aquélla ocasión María fue la única que se atrevió a decir en voz alta lo que muchos pensaban:

-Ya nos amolamos, ¿verdad?

-No diga eso, señora, aún no comienza. –le increpó Zaragoza, estoico como siempre y revisando un tablero improvisado, con figuritas de madera gastada.

-¿Quién es su general? –preguntó la nación, volviéndose al soldado. -¿Quién?

-No… no me crea, pero… dicen que podría ser el general Márquez.

Lo que le faltaba, pensó María con un nudo en la garganta, otro cazador de liberales. Ese día trabajó junto con la infantería cavando trincheras a las faldas del monte, con la espalda vuelta hacia el fuerte donde Zaragoza, usando la artillería, derrumbó sus torres. El estruendo llegó al campamento francés donde Lorencez se divertía espiándolos con el catalejo.

-¿Qué fue eso? –chilló Saligny, levantándose de golpe.

-Alguna torpeza. –contestó Almonte, fingiendo más mofa de la que sentía.

-No crean eso, señores. –replicó entonces Lorencez, bajando el catalejo y con una sonrisa sardónica en los labios. –Esas dos torres era notre única referencia… et… ya no están.

Ni el delegado francés ni el mexicano lo comprendieron, pero de todos modos se miraron contrariados.

Sólo había una persona en todo el ejército más enardecida que María, y era Díaz, que había pasado las últimas horas empujando a los soldados más de lo que sus mermadas fuerzas les permitían y no cesaba de hacer cálculos y cálculos. Álvarez, al lado del general, se lo comentaba en voz baja.

-Creo que Díaz se volvió loco, general.

-No lo crea tanto, general Álvarez. Todos hoy estamos un poco transtornados.

Dicho esto, los ojos del hombre se dirigieron a un punto blanco junto a las trincheras; María llevaba un cesto sobre los hombros y caminaba hacia otro lado para amontonar la tierra sobrante. Sólo hasta que las primeras sombras los alcanzaron, dejaron de trabajar y volvieron alrededor de su campamento, cenando y hablando sin saber cuándo comenzaría lo peor.

En el campamento francés, tampoco los soldados descansaban; sólo Lorencez, Francis, Saligny, Almonte y su pequeña comitiva disfrutaban de una opípara cena. Durante su penoso viaje se habían encontrado con los peores cuadros, caminos abandonados y tierras donde lo único que quedaba de sus habitantes eran los escombros calcinados o simplemente destrozados de los huacales. Tampoco encontraron agua ni comida y el humor de Saligny empeoró; deseaba ya marchar sobre la capital para dormir en una cómoda cama y recibir un desayuno decente todos los días.

Cuando terminaron y la última copa de vino fue servida, Francis se dirigió a su general, sonriendo.

-Monsieur Latrille, sé que le envió esta mañana un mensaje al emperador… ¿podría contarnos lo que decía?

Sonriendo ufano, el general se puso de pie, como un actor dispuesto a complacer a su público.

-Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad en organización, disciplina, raza, moral y sentimientos, que ruego se le informe a Su Majestad que, desde este momento, al frente de nuestros 6,000 hombres, ya soy el dueño de México. –recitó, hablando con lentitud y suavidad para darle fuerza a sus palabras. La multitud aplaudió, rendida, mientras Almonte dirigía la vista a su plato. A ratos se preguntaba si ese era su lugar correcto.

-Mañana –anunció Francis, apurando su copa –Mexique será mía y la noble corona del imperio francés pesará también en su cabeza…

-O en sus hombros. –susurró Saligny. Sorpresivamente, la mirada de Francis lo advirtió en silencio de una manera hostil que no había visto en él jamás.

-Seré yo quien decida dónde habrá de llevar ese peso mademoiselle Marie. –concluyó. -¿No es así, monsieur Latrille?

-Por supuesto. –contestó el aludido, levantando su copa. Poco le importaba ya lo que Francis fuera a hacer con aquélla muchacha, en tanto le dejara el poder político a él. –Viva la France.

-Viva la France. –coreó el resto.

En el campamento mexicano, María terminó de apurar su exiguo plato de frijoles con chile y dirigió sus pasos hasta la entrada del fuerte; el umbral estaba casi en penumbras de no ser por un par de teas que los soldados colgaron, y más adentro, justo sobre la entrada principal, estaban amontonadas las cosas de los generales y capitanes. De los hombres no había rastro alguno, a excepción de una silueta que estaba clavada delante de la mesa y que a ella no le costó trabajo reconocer. En silencio, se acercó, extendiendo una mano para tocar su hombro.

Con un respingo, Zaragoza se volvió a ella y rápidamente se pasó una mano por la cara para espabilarse.

-Estaba… terminando de hacer los acomodos. –explicó atropelladamente, señalando las figuras del tablero que se amontonaban sin forma exacta. María, indulgente, le sonrió.

-Debería ir a dormirse un ratito, general, sino mañana no tendré quién me ande regañando.

Algo parecido a una sonrisa apareció en los labios del hombre, pero nada más. La joven nación se redujo a mirar los peones, amontonados delante del tablero, y recordó las trincheras que esperaban a sus soldados a la mañana siguiente, cientos de muchachos, indígenas que se les habían unido a última hora… todos con el destino sellado entre el horror de la guerra y la muerte. Cuánto hubiera deseado no tener que pasar tan pronto por esas dificultades otra vez, pero la vida parecía no sonreírle tanto desde que, un día, decidió que era hora de ser libre.

-¿Cree usted que podamos ganar, señora? –le preguntó de repente Zaragoza, sacándola de su ensimismamiento.

-La mera verdad… no lo sé, general. La última vez que peleé contra un ejército extranjero…

La voz se le ahogó en un silbido. Quince años, sólo quince años habían pasado desde ese entonces, y sin embargo le parecían a veces tan próximos como si solo fuera un asunto de días.

De nuevo, Zaragoza habló.

-Tal vez ellos sean el ejército más poderoso del mundo. –inquirió. –Pero su pueblo, señora, es el más leal, y la lealtad es algo demasiado valioso como para no considerarlo.

Noches en vela, días de horror y cansancio. Trabajar, caminar, atender… limpiar armas, preparar caballos, mendigar comida que no alcanzaba para las cuatro mil almas hacinadas en el calor de la primavera… Fue como si los años de silencio se agolparan en su pecho y un sollozo terrible, angustioso, brotó de los labios de María. Se cubrió el rostro con las manos y lloró, lloró el miedo propio y el miedo de su gente, lloró el cansancio de ambos, la desesperación, la desazón, la desesperanza… les había fallado, se dijo, les había fallado una y otra vez porque ella no era ni sería nunca lo que deseaban.

De pronto, se encontró atrapada bajo alguien. Cuando se dio cuenta, Zaragoza estaba abrazándola, una sola mano a la altura de su cintura y otra sobre sus hombros, un gesto protector y casi cariñoso donde pudo desahogarse a gusto. Ningún otro de sus jefes o de sus generales se había atrevido a hacer tal cosa, ni siquiera Santa Anna, y ahora que por fin sentía el calor de otro ser humano se le antojaba irreal y deseó que nunca amaneciera, que el juicio final les llegara ahí mismo para nunca tener que soltarse y vivir de nuevo el horror de lo que se avecinaba al bajar por el cerro.

-Debe de ser muy valiente. –susurró el general. –Si usted lo es, lo serán todos ellos mucho más. Y entonces no deberá temer por la victoria.

Quería creer que era así, pero… ¿y si no lo era? Solo cuatro mil hombres, casi todos sin verdadero entrenamiento militar, sin saber cómo actuar delante de un enemigo como aquél. Francis no le tendría piedad esta vez, la última ocasión se redujo a apresar su puerto pero ahora… ahora no había escapatoria.

Pero ella no iba a dejarle el camino tan fácil. Poco a poco se soltó de los brazos de Zaragoza, se limpió las mejillas con un gesto rabioso de la mano y asintió, solemne.

-Así será, general Zaragoza. –dijo, por fin, más decidida de lo que se sentía.

Con esas palabras dio media vuelta y volvió al campamento.

La expectativa disminuía conforme pasaban las horas; muchos de los soldados dormitaban mal acomodados unos contra otros, y los menos continuaban revisando sus armas, alisando sus uniformes. María reapareció al filo de la madrugada con su casaca azul, sus botas de montar y, en lugar del pantalón, una falda larga hasta las pantorrillas, hecha de vil percal blanco y adornado con lazos verdes y rojos; en el cinturón llevaba su machete, y a la espalda el fusil, y se sentó en un círculo de soldados que todavía avivaban su cada vez más marchita hoguera.

Todos, al ver a su nación, se apartaron nerviosos. Era natural su miedo, no podían ni querían creer que una mujer, por más país que fuera, debiera pelear en las sucias trincheras que habían cavado, pero ahí estaba tan tranquila como siempre, afilando su machete con una piedra y dándole vueltas y más vueltas al fusil hasta que ella misma se hartó de su tic y lo dejó a su lado, apoyado contra el tronco sobre el que estaba sentada.

Una vez más, la guitarra rompió el silencio, pero esta vez María reaccionó. Antonio le tocaba música de pequeña para calmarla, y ella misma se acostumbró luego al rasguido del mismo instrumento, prefiriéndolo por encima de aquéllos que le decían eran más adecuados para las señoritas, junto con el tambor que era el único eco de memoria de su madre. Sin pensarlo mucho, se puso de pie, mirando a las últimas estrellas parpadeantes y en voz baja canturreó, siguiendo el ritmo de la guitarra. Luego, poco a poco, comenzó a cantar, tan alto que los demás círculos a su alrededor torcieron la cabeza para mirarla y los durmientes despertaron, extrañados.

-Dicen que tengo en los ojos, el camino de los vientos, que mi cielo se hace grande, mientras desgrano el silencio… Siento el olor de la noche, y tu nombre resuena en mi oído, endulzando el sabor de esta tierra, y llevando la muerte al olvido…

Sus ojos se alzaron hacia la sombra imponente del fuerte, y un estremecimiento de sismo le recorrió el cuerpo.

-Callada flor de mis labios, palpitante, tan oscura, deja que brille mi luna, ilumina mi tristura. Flor encendida en la noche, luz radiante infinita, píntame un cielo sin nubes, dale alivio a mi penar.

Tímidamente, protegido por la sombra de la construcción, un hombre vestido de uniforme y con cabellos azabaches se asomó, llamado también por la repentina canción que rasgara el futuro amanecer. Vio, de espaldas a la joven, meciéndose delante del fuego de modo que su silueta era trazada por el destello rojo de la hoguera.

-Callada flor de mis labios, palpitante, tan oscura, deja que brille mi luna, ilumina mi tristura. Flor encendida en la noche, luz radiante infinita, píntame un cielo sin nubes, dale alivio a mi penar…

Ella lo sintió, sintió los ojos ajenos clavados a su nuca pero no se dio por aludida en ningún momento, entregada en cuerpo y alma a los hombres que, frente a ella, buscaban algún alivio en su voz y ella, como madre y a la vez hija de ellos, les respondía con su dulce arrullo.

-Callada flor de mis labios… -dijo a medio grito, mirando de reojo al fuerte. –Deja que brille mi luna, ilumina mi tristura… Flor encendida en la noche, luz radiante infinita, píntame un cielo sin nubes, y una tierra sin pesar…

De pronto, un grito alteró la dulce atmósfera, y vieron correr hacia ellos a uno de los vigilantes.

-¡Ahí vienen los soldados, y son muchos! –exclamó agitando los brazos. Todos a una se levantaron, cogieron sus armas y dieron vuelta al fuerte. Zaragoza, libre de la silueta de México, regresó al interior del fuerte aprestándose a llamar a sus otros generales; María, al frente de la multitud, tomó al vuelo el fusil y se plantó ante la extraña comitiva que se acercaba. Había caballos, muchos de ellos, y también hombres a pie que se detuvieron apenas encontrarse con el ejército, pero ninguno llevaba una sola insignia.

-¿Quiénes son ustedes y de dónde vienen? –les interrogó, colocándose el fusil a la altura de los ojos.

-Venimos de Atlixco –dijo una voz, y un soldado de mediana edad se plantó en el medio, saludando a María con una mano en la frente. –Y venimos a luchar junto al general Zaragoza.

Ya por fin viene la razón de que estemos leyendo acá XD (?) En primer lugar, una sincera disculpa por haberme tardado tanto en actualizar, pero muchas cosas me obligaron a dejar temporalmente abandonados mis fics.

Notitas históricas:

*Aunque aquí no se menciona, hubo otra batalla previa al cinco de mayo en Atlixco, donde el ejército conservador que pretendía reforzar a las tropas francesas fue atacada por los liberales. El resultado fue favorable para estos últimos, añadiéndole poco menos de 1000 soldados al ejército mexicano (sumando los 4000 oficiales de la Historia).

*El episodio mencionado de la otra pelea con Francis es, naturalmente, la primera Intervención Francesa (dícese la Guerra de los Pasteles), donde el ejército francés bloqueó el puerto de Veracruz en tanto el gobierno mexicano no accediera a sus exigencias… perdón, quise decir sus peticiones (?)

Y ahora, los salvajes comentarios:

Chiara Polairix Edelstein: *o* sí, ama el ZaraMex, ¡ámalo! Aunque sabemos que vale mad… luego de unos meses u.u

Cinthia C: María será muy mujer pero también es muy terca, y a Nachito no le quedó otra que seguirle la corriente XD ok not. Pues sí, es bastante triste, es el precio de la longevidad-casi-inmortalidad de los países, y hablando a nivel hetaliano, seguro todo país tiene a alguien especial a quien recordar.

AgenteYumi: Holi~ ¡Jajaja, camper! X'D sabía que todos esos chistes iban a rendir fruto.

Flannya: (te contesto por TODOS los comentarios que hiciste de cada cap n.n) "Amar" a Juárez es considerado deber nacional… que en el fic me he pasado por donde he querido pero bueno; papá Toño es amor, papá Toño es vida (?) aunque le ande yendo mal en el fútbol últimamente, ¡JA!; Francis, encajoso como siempre pero bueno, todos hicieron sus dagas en el siglo XIX, y cuando digo todos estoy hablando de todos. Con él y Arthur a la cabeza; Díaz es como el gamer loco que se pone a disparar a lo bestia, me imagino que de ahí sacó lo de "mátalos en caliente", Zaragoza es más camper pero sí, también tiene sus momentazos n.n por eso se entiende con México. Puesss… Miramón no estaba taaan feo :/ pero él era conservador así que para la SEP no cuenta como persona, y de Santa Anna mejor ni hablar.

En fin, es todo por hoy, el próximo capítulo ya comienza la batalla al 100% (perdonen por el cap tan cortito). Oh, y si buscan la canción del fic búsquenla como "Flor de mis labios –Jaramar"; oigan la versión de la película, porque hay otra que… bueno, no me gusta tanto y no queda con el cariz :/ ¡adiosito!