7

La Batalla

Puebla, 5 de mayo de 1862

El lábaro patrio se alzó, agitándose salvaje sobre los miles de ojos que le seguían a pie, ondeando en la mano del general que avanzaba delante de las tropas a lomos de su caballo mientras, a un lado en formación, los demás miembros de su rango escuchaban atentos, con los puños apretados, ansiosos, preocupados.

-Ellos dicen ser los primeros ciudadanos del mundo, pero nosotros somos los primeros hijos de México. –decía, en tanto iba de un lado a otro con la bandera en alto. –Hoy combatiremos como hombres libres, y les demostraremos que somos guerreros también de la nación más orgullosa. ¡Viva México, pero viva México libre!

La última exclamación inflamó algo en los espíritus titubeantes del grupo, y miles de voces se alzaron desde las alturas gritando al unísono, agitando al aire sus bayonetas, sus escopetas y sus machetes:

-¡MÉXICO! ¡MÉXICO! ¡MÉXICO!

Como si de una orden se tratara, apareció entonces un nuevo corcel de piel tostada, y a lomos de éste, una mujer que llevaba una casaca y una amplia falda adornada con listones verdes y rojos. Los ojos de la recién llegada pasaron, primero, por la multitud sintiendo el corazón apretado; muchos de ellos aún eran muy jóvenes y no habían recibido educación militar adecuada, otros, muchos otros, ni siquiera formaban parte del ejército, como ocurría con los indios que se les habían unido y que empuñaban como única defensa sus machetes. El grupo variopinto iba a causarle hilaridad a los franceses, pensó, pero ello sólo acrecentó su rabia; no iba a dejar que esos mimados se burlaran de su gente otra vez.

De pronto, la voz de Zaragoza volvió a romper con el mutismo.

-¡Viva México! –exclamó, y las otras voces le hicieron eco. Fue entonces cuando ambos, general y nación, se miraron a los ojos sosteniendo un diálogo secreto.

-¿De verdad crees que podamos contenerlos, soldado?

-Haré lo que esté en mis manos para ponerla a resguardo, señora.

-Haz lo que debas hacer. Yo haré lo propio.

-No haga algo peligroso, por favor…

En ese momento la mujer, altiva, se dirigió al grupo de caballería y, en las manos de uno de los soldados, dejó las riendas de su corcel y descendió, ante el desconcierto del resto.

-Cuídemelo hasta que lo ocupe.

-Señora… -balbuceó.

-Iré con la primera línea.

-No. –musitó Zaragoza, pero la mirada ardorosa de María lo silenció, aunque era obvio que rumiaba frustración al alejarse. Era su deber quedarse en el fuerte y dirigir los ataques, lo más lejos posible del alcance de los zuavos; así, María pudo unirse sin mucha dificultad al grupo de a pie que ya avanzaba sobre la ladera que por días anteriores habían estado arreglando. El momento ansiado había llegado por fin.

Del otro lado del campo de batalla, los franceses habían terminado de desperezarse y varios de ellos empujaban sus baterías hasta lo más alto del escarpado terreno. Lorencez, de un humor inigualable, le sonrió a Francis que ya estaba montando su blanco y emperifollado corcel.

-¿Piensa atacar usted también, monsieur France? –le preguntó mientras se acomodaba los cabellos tras los hombros.

-Eso sería devastador para los pobrecillos muchachos de abajo. –se mofó. –Non, lo que haré será ir, rápido como una flecha hasta la fortaleza que resguarda a mon cherié y atraparé a mi ave perdida para luego volver con ella en la grupa de Bonouvelle, y así dar por terminada esta absurda pelea de niños contra hombres.

-Como deseé, pero sería mejor que esperara un poco. La batalla no durará ni una hora, seguramente. –continuó Lorencez, cuando su confiada plática se interrumpió por el pequeño y mosqueado Almonte.

-Ah… monsieour Lorencez… -le llamó con un hilo de voz. El altivo conde se volvió a él.

-Oui?

-Hay algo… que debe saber sobre nuestras… -el hombrecillo carraspeó. –nuestras tropas de refuerzo.

-¿Pasa algo, están atrasadas?

-Esto… no. –Almonte inclinó la cabeza, consternado. –Ellos… no llegarán.

-¿No llegarán hoy? –el mexicano negó ferviente con la cabeza. -¿No llegarán… cuándo?

-Nunca. Hubo una emboscada en Atlixco… No sabemos cómo pero les ha caído un grupo de rebeldes y…

La sonrisa de Lorencez flaqueó, e incluso Francis se revolvió nervioso en su asiento. Pero pronto, el conde volvió a la normalidad.

-¡Qué importa! Les ganaremos aún así, con seis mil hombres y las mejores armas es imposible perder. –despachó a Almonte con un gesto de la mano, volviéndose a Francis. –Recuerde las órdenes del emperador… eficaz y rápido.

-Como en tiempos mejores. –suspiró la nación, sonriendo ensimismado. Lorencez también sonrió pero de nuevo Almonte le cortó los pensamientos.

-Monsieur, insisto… deberíamos encontrar… ah… otro sitio para combatir. El terreno es muy escarpado y hay cientos de trampas naturales en las laderas del cerro que…

-He dado ya mis órdenes, Almonte. ¿O piensa que el ejército francés no puede contra un poco de tierra y un puñado de indios? –insinuó, altivo, haciendo que el mexicano retrocediera, en parte ofendido, en parte desganado, haciendo una reverencia. –Excellent… Que comience.

Los primeros grupos estaban reunidos por fin, frente a frente; los mexicanos, arrodillados o acostados pecho a tierra sobre la ladera, no le quitaban los ojos de encima a las baterías del ejército francés que apuntaban directo al cerro. El miedo corría por el grupo como un aire venenoso.

-¿Qué pasa si una de esas balas nos alcanza…?

-Si rompen la línea entonces…

-Romperán la primera línea, pero no pasarán. –advirtió un capitán de a pie. María, a un lado suyo y mezclada con varios muchachos de uniforme caqui, sujetaba su rifle a la altura de los ojos, buscando en silencio a su propia presa: Lorencez, o de ser posible Francis. Zaragoza, así como otros de sus generales, era muy claro en detalles de esa índole:

-Si cae la cabeza, el cuerpo también caerá. –le había dicho poco después de que llegaran los refuerzos, mostrándole sobre un tablero de ajedrez un improvisado croquis de la ubicación de cada grupo del ejército.

-¡Atentos todos! –gritó el capitán, cortándole los pensamientos. Los franceses, del otro lado, ya estaban listos. Otro capitán alzó su brazo, y exclamó:

-Baril numéro un… feu!

El disparo rompió el aire, y la bala fue a parar a la cumbre de la ladera, haciendo saltar terrones gigantes y polvo por doquier.

-Baril numéro deux… feu!

La bala se estrelló cerca del final de la línea, y hubo un amago de zarfarrancho frenado por un bramido del capitán:

-¡Aguanten!

-Baril numéro trois… feu!

El tercer disparo acertó de lleno a una de las trampas cavadas, y los que estaban a su alrededor vieron sus ropas llenas de polvo, pero nada más.

-Baril numéro quatre… feu!

El tiro fue tan bajo que cayó a pocos metros del matorral tras el cual se escondía María. Luego de eso, hubo un alto al fuego; Lorencez, desde las alturas, torció los labios.

-Ni siquiera les hemos golpeado. –gruñó, pero seguía tranquilo. Aún no empezaba nada.

Una nueva orden, y un grupo descomunal de soldados de a pie, tocados con un gorro escarlata y las bayonetas en la mano, avanzaron por el terreno a toda marcha. La prueba de las trampas había dado efecto, y el ánimo de los mexicanos había mejorado un poco; estaban seguros, por ahora, de que los cañones no iban a alcanzarlos.

-¡Aguanten! –volvió a ordenar su capitán. María tenía las manos tan agarrotadas que la sangre le fluía con dificultad dejándole los nudillos blancos. Vieron avanzar a pocos metros a la masa humana… sin detenerse. Aquello no pasó desapercibido a los ojos de la nación.

-¿Han… pasado de largo? –susurró, mirando de reojo al capitán.

De súbito, los franceses se detuvieron, dando media vuelta y apuntando hacia ellos. Los dos capitanes gritaron:

-FEU!

-¡FUEGO!

El intercambio de disparos fue breve, pero brutal. Muchos ni siquiera llegaron a apuntar cuando las bayonetas francesas ya les habían abierto el cráneo o alguna extremidad, y otros hubieron de arrojarse al suelo para evitar la lluvia de plomo alrededor de ellos; María, sin apuntar, disparaba, esperando que al menos una de sus balas diera a cualquiera de los franceses en tanto veía caer, a su lado, a un buen grupo de hombres y muchachos que no pudieron superar la primera prueba.

-La torre… -susurró, nerviosa, apuntando su rifle a un soldado que se aproximaba, envalentonado por su éxito. –La torre, por favor.

Zaragoza levantó la vista de los mapas y ordenó a uno de los oficiales que seguían con él en el fuerte:

-Batería.

-¡Cañón número uno… fuego!

El disparo fue mucho más contundente que el francés, y varios soldados extranjeros salieron disparados por los aires al primer golpe.

-¡Cañón número dos… fuego!

Un número igual volvió a dispersarse, algunos heridos, varios muertos. Aquélla fue la señal que estaban esperando todos, y los mexicanos se levantaron con las armas en alto listos para el primer combate cuerpo a cuerpo.

-¡Cañón número tres… fuego!

Hubo un eco similar del otro lado, pero era inútil, los cañones seguían mal posicionados y la única forma de causar daño era forzando al ejército a retroceder, y esa fue la justa orden. De un momento a otro, una verdadera masa humana se abalanzaba disparando, golpeando y dando mandobles; los indios fueron los primeros en saltar, como impulsados por una fuerza desconocida, levantando los machetes y dejándolos caer indiscriminadamente sobre la cabeza, torso o brazo del enemigo, aunque muchos de ellos recibieron a cambio un disparo que los hizo rodar, agonizantes, por el suelo.

María, tirando de los dos jovencitos que estaban materialmente paralizados a su lado, se unió a la refriega. Recibió de frente a un zuavo que, enloquecido, levantó su sable sólo para recibir un golpe con el mango del rifle y, después, su disparo. La demencia colectiva hacía que volaran balas, destellaran sables y machetes, se llegara incluso a usar los puños para vencer a los contrincantes y, sobre todo, atraer a las trampas de tierra al enemigo para hacerlo caer y rematarlo sin compasión. Y México, en medio de aquélla danza de la muerte, sólo buscaba avanzar hacia adelante, buscando a Francis para trabar pelea con él y, de una vez por todas, deshacerse de su odiosa presencia.

-Baril numéro doux… feu!

La bala se estampó contra una pequeña ladera, y mexicanos y franceses cayeron en ella lanzando un grito colectivo de dolor. Hubo un amago de forcejeo cuando otro francés se lanzó contra la nación, pero se vio interrumpido por un indio casi salido de la nada que le hundió su machete en el estómago; María giró sobre sus talones y continuó avanzando, viendo caer aquí y allá sangre de su sangre, sangre de su enemigo, y el polvo que cubría el sol se le adhería a los cabellos sin que le importara nada más que avanzar más y más por la ladera.

Ahí su corazón se detuvo. Una nueva fila de soldados de a pie avanzaban hacia ellos, infinitamente mayor que la primera, y al frente de éstos marchaba un hombre con un tambor y otro con una trompeta incitándolos a combatir; mientras, a sus espaldas, su línea de muchachos intentaba mantener lejos del fuerte al invasor. Su rabia y desesperación hicieron pronto mella y exclamó, enardecida:

-¡FRANCIS! ¡DA LA CARA, COBARDE CABRÓN!

Del otro lado, Francis, delante de su grupo de caballería, no dejaba de mover el catalejo.

-Monsieur? Qui se produit-vouz? –preguntó otro soldado.

-Rien, garçon, je suis à la recherce pour… -ahí mismo se interrumpió al ver surgir, entre el mar de polvo y uniformes franceses, el rostro moreno y enfurecido de María. –Mexique…

Aquello era justamente lo que deseaba, la nación americana estaba a pie, indefensa, sola… De inmediato tomó las riendas de su corcel y ya iba a avanzar cuando escuchó un grito a su espalda.

-Non, France! –era Lorencez, que disfrutaba de lo lindo con el espectáculo de horror que la segunda línea producía en los mexicanos. –Aún no. Podrás ir por la mujer cuando nuestros soldados hayan terminado con los demás.

-¿Y si le hacen daño a mon fleur? –protestó.

-Si es así… entonces es una nación más débil de la que pensamos. –zanjó, aburrido. No tenía miedo, aquélla muchacha enclenque y patética no le significaba nada, por muy país que fuera. La guerra no era ni sería jamás cosa de mujeres, se dijo, y su sonrisa se acrecentó.

María alzó su rifle y lo dejó caer sobre el cráneo de un soldado que, sin más, soltó su misericordia y cayó para no levantarse más. La nación continuó avanzando y enardeciendo a su pueblo con gritos, pero eran innecesarios, pues su propia voluntad ejercía en ellos, como un imán innegable, el deseo de continuar sin sentir ya dolor ni cansancio, ni miedo.

-¡Más adelante! –gritó, volviéndose a ellos desde la ladera. -¡Más arriba! ¡Sin miedo!

El grito de "¡México!" volvió a romper el aire, y ni los sonoros pitidos de la trompeta ni los golpes sordos del tambor francés lograron acallarlos, y la confiada segunda línea se vio atacada por un mar de hombres que se les echaban encima como fieras, sin importar que algunos avanzaban con un brazo inmóvil o el rostro manchado de sangre. Era como una visión del infierno, con aquélla multitud lacerada que avanzaba, firme, gritando de tal modo que la tierra retumbaba. Y, detrás, una alfombra de cadáveres en color azul y escarlata no hizo sino angustiarlos en el fondo de sus corazones.

Se redobló la lucha; los dos grupos lanzaban cañonazos sin piedad, los grupos de a pie se atacaban ferozmente, y cuando la segunda línea comenzaba a retroceder, se toparon con la caballería que, ya preparada, iba sobre ellos como un mar de gritos y relinchos estridentes.

Del otro lado, Porfirio no hacía sino agitar los brazos, nervioso.

-Debemos seguir avanzando, hay que atacarlos con todo. Si en este momento me lo ordena, general…

-Pero no le estoy ordenando nada. –le cortó Zaragoza, estoico. -¿Han roto la primera línea?

-No queda casi nada de ella. Hubo muchas bajas pero si siguen avanzando…

-¿Qué hay de México? ¿Sigue ahí?

Lo dijo con toda la calma que pudo, pero sus ojos se clavaron ansiosos en el rostro de Díaz. Éste se redujo a encogerse de hombros.

-Aún no existe un arma capaz de matar a un país, mi general. –contestó.

-Excepto el arma de otro. –dijo, mirando a la flamante reina blanca de ajedrez que estaba del lado opuesto del tablero.

Un relámpago aturdidor hizo que por un segundo la lucha se detuviera mientras todos, mexicanos y franceses por igual, miraban cómo el cielo se ennegrecía rápidamente. Fue ahí cuando una voz sensata, del lado francés, rogó al iracundo conde:

-Monsieur, si vouz plait… detenga la batalla.

-Non! –exclamó Francis. –Monsieur Lorencez, le suplico… deje avanzar a la caballería, iré ahora mismo por Mexique y daremos por terminada la batalla.

-Mon general, se lo ruego, tenemos muchos hombres heridos y con este clima no lograremos nada. –continuó el capitán. Lorencez estaba enrojeciendo de rabia y frustración, la batalla ya llevaba más tiempo del esperado y el enemigo no caía, debía pensar en otra estrategia, buscar un modo de hacer que el entusiasmo endemoniado de los mexicanos se apagara…

-Bien, bien. –gruñó. –Ordene el cese al fuego. Et vous, monsieur France… -agregó dirigiéndose a Francis. –No te preocupes, pronto conseguirás lo que deseas, esos indios no podrán aguantar mucho más.

-En tiempos de Bonaparte ya habría yo avanzado por el campo de batalla.

-Pero estos son tiempos de otro Napoleón. –zanjó el conde. –Y sus órdenes deben respetarse; no quiere ver una innecesaria pérdida de… ho ho ho… material valioso para el nuevo imperio.

Los dos grupos emprendieron el camino a sus campamentos. El de México estaba en la explanada del fuerte, donde un grupo de estudiantes de medicina ya los esperaba para atender a los heridos que, por su propio pie o ayudados por camillas y compañeros, se apilaban en todos los rincones; Zaragoza salió al encuentro de sus capitanes, usando su mano como visera para atisbar la entrada, ignorando las largas y atropelladas explicaciones de quienes lo acompañaban hasta que el general Álvarez exclamó:

-¡General Zaragoza! ¿Me escucha usted?

-¿Qué?... Sí, general. Refuerce la artillería, ponga a resguardo la pólvora… la caballería debe alistarse para cuando la lluvia cese.

-General Zaragoza, ¿qué…?

Pero no recibió respuesta alguna, porque entonces el general avanzó, casi sin fijarse por dónde pasaba, hacia el arco de piedra que daba entrada al fuerte. Apretando el rifle contra su pecho y el uniforme lleno de polvo y sangre, apareció María, seguida por los dos muchachos que habían estado con ella en la primera línea; se le veía terriblemente contrariada, pero sana.

-Ma… Señora México. –se corrigió Zaragoza. La mujer se redujo a mostrarle su rifle, partido por el mango.

-Un soldado francés se me escapó y le pegué a una roca. –se excusó, desolada. –Era mi mejor rifle. Lo mandé traer desde mi casa cuando recién llegué a Veracruz hace unos meses.

Zaragoza no pudo reprimir una sonrisa indulgente y, a la vez, enternecida. Otras mujeres se quejaban de zapatos, de vestidos sucios, de encajes rotos… Su patria se quejaba de que su mejor rifle había quedado abierto en canal.

-Le daremos otro rifle, señora. Por eso no se preocupe.

-No, general. No hay suficientes armas; me conformo con mi machete y mi pistola, si no le importa. –dijo, dejando sobre una carrera los restos humildes de su arma. –Nomás le quiero pedir que cuando acabe la gresca me deje darle cristiana sepultura.

Lo imposible sucedió; luego de meses de silencio, de formalidades y de distancia, Zaragoza no pudo reprimir una risa divertida. María, sin proponérselo tampoco, sonrió.

-Cristiana sepultura… -dijo el general, quitándose los anteojos para limpiarlos, con el fantasma de la risa aún adherida a sus labios. –Como guste usted, señora, pero tendrá que esperar a que pasemos por tierra a… los pobres que quedaron allá.

Instintivamente, los dos se volvieron a la ladera. Abajo, cadáveres de franceses y cadáveres de mexicanos cubrían la llanura sin que nadie se preocupara por ellos; la lluvia no permitía el traslado seguro y, de todos modos, no tenían dónde enterrarlos. Esperaban que, fuera el resultado que fuera, pudieran al menos tener tiempo de darles un justo descanso.

-Los hubiera visto, general. –dijo de pronto María, sonriendo entristecida y con la voz repentinamente rota. –De verdad dieron pelea. Aunque muchos ni sabían por dónde agarrar el rifle y… otros no llevaban uniforme… Hicimos chillar a los franchutes, ¿verdad?

El general, comprensivo, le dio una suave palmadita en el hombro. ¿Cuánto podía realmente soportar una nación? Ver nacer y morir a todos y cada uno de sus ciudadanos, perder niños por el hambre, hombres y mujeres por la guerra… Verse invadida, humillada, desolada; pasar la misma hambre y la misma miseria que los humanos, y aún así levantarse, día con día de su casi infinita existencia. Desde muchacho se había prometido, aún sin saber cómo era su país realmente, que jamás dejaría que volvieran a vejarla como cuando los Estados Unidos los atacaron, y ahora ni siquiera podía garantizarle su propia seguridad.

-Todo saldrá bien, señora. Pelearemos por usted hasta que el último de nosotros caiga. –le juró. Era lo único que podía jurarle, su propia vida.

-Gracias, Ignacio. –dijo, y a la segunda vez que lo llamó por su nombre, el general se estremeció. –Ora déjeme ir a buscar tantita agua, estoy seca.

-Descanse. –le dijo, casi como un deseo y no como una orden, viendo pasar por su lado a la mujer que sorteaba las camillas abandonadas y los soldados que iban y venían con cajas de armas y vendas.

De repente, un zumbido rompió el aire. Todos a uno se volvieron, desconcertados, hacia el arco de piedra. Y entonces, lo vieron.

Un nuevo grupo de franceses, menos numerosos que los anteriores, se abrían camino hacia el fuerte disparando a diestra y siniestra. Una traición bastante simple, orquestada por el conde de Lorencez:

-Ir por ellos. Mátenlos a todos y… traigan a mademoiselle Mexique sin lastimarla… demasiado. –añadió en voz baja para que Francis no lo escuchara.

El tumulto siguiente fue un zafarrancho entre los heridos, médicos y mujeres que buscaban escapar de la marabunta, y entre los soldados que ya se aprestaban a hacerles frente y echarlos. Zaragoza no se lo pensó mucho y comenzó a disparar, viendo caer a por lo menos dos soldados en tanto retrocedía al fuerte.

Ahí fue cuando reapareció María, atraída por los disparos.

-¡Zaragoza! ¿Qué está…?

Uno de los franceses la avistó y sin pensarlo mucho dirigió su arma a ella. Zaragoza lo vio antes y se lanzó sobre María, empujándola dentro del fuerte mientras la bala chocaba sin éxito contra el resquicio.

-¡Cabrones! –gruñó el general, perdiendo toda la compostura. Volvió a enarbolar su arma y ya se disponía a salir cuando hubo un segundo disparo.

-¡Ignacio! –gritó María tirando de él a tiempo justo. La segunda bala acertó contra el rostro de un Cristo que colgaba delante de la mesa donde estaban esparcidos los mapas y el tablero de ajedrez. Los dos, general y país, miraron primero al Cristo, luego a la explanada del fuerte, y no se lo pensaron dos veces y salieron, hombro con hombro, a enfrentar al enemigo; entonces el general Álvarez empujó de vuelta a Zaragoza.

-¡¿Qué carajos…?!

-¡No, mi general! ¡Usted debe quedarse aquí a dirigir la batalla! –gritó Álvarez forcejeando con el terco hombre. Por fin, éste resignado pero furioso, se detuvo. –Sus órdenes.

Zaragoza dirigió sus ojos al ajedrez, luego a María, que también parecía haberse vuelto de piedra.

-La caballería. Dígale a Díaz que avance. –dijo, por fin.

-Mi caballo. –ordenó entonces la nación, y ambos dejaron al general solo en el fuerte.

No pasó mucho tiempo antes de que un nutrido grupo de soldados se reuniera a un costado del fuerte, todos a lomos de sus corceles y con Díaz al frente, agitando la bandera del mismo modo que Zaragoza. En el arco del fuerte, el ejército había conseguido echar a los franceses, pero no iban a contenerlos por siempre. Díaz miró a su espalda, expectante, viendo la cada vez más pequeña marabunta azul y escarlata que ascendía por la ladera, preguntándose cuándo podrían atacar.

Entonces, por el lado derecho, vieron avanzar a un soldado y a México, ambos a caballo, y respiró profundamente. Aquélla era la señal que esperaba; cuando el soldado se unió a las filas y María se quedó a su lado, desenfundó el sable y exclamó, presa de un entusiasmo nacido de la ansiedad:

-¡Vamos a demostrarles a esos cabrones de qué están hechos los mexicanos!

Un bramido fue su respuesta, y la caballería comenzó a avanzar a toda prisa ladera abajo, donde se toparon con una desagradable sorpresa. Del otro lado, la caballería francesa también los esperaba, y al frente de ellos, al lado de su capitán, estaba Francis.

-Ahí estás, cabrón. –gruñó María.

-Oh, mon cherié… -suspiró Francis. –Por fin serás mía.

Los dos grupos detuvieron su marcha, mirándose, midiéndose. Detrás de los mexicanos, avanzaba su propia gente, y de los franceses, sólo veían manchones de su línea de a pie retrocediendo por momentos.

María cerró los ojos, respirando lentamente, pensando… Abrió los ojos, mirando el cielo aún oscuro por las nubes. Y, entonces, un débil rayo de sol, demasiado tenue para iluminar el terreno, pero límpido y dando de lleno en su rostro.

Fue entonces que vio la silueta enorme, majestuosa, de un ave. No era un ave cualquiera, su forma y tamaño delataban que se trataba de una gigantesca águila real que, al pasar por el rayo de sol, dibujó su silueta de dorado.

-Nantli… -susurró la mexicana, tomando aire antes de volver sus ojos al frente. Tomó su machete, lo alzó y luego, apuntó con éste a Francis. La orden estaba dada, y los dos grupos fueron a su encuentro a toda velocidad, saltando matorrales y cuerpos, rocas y trampas; María no escuchaba nada más que el latido de su corazón, del corazón de su pueblo, y el llamado del águila que sobre su cabeza se lanzaba al vacío lista para atacar.

Francis, del otro lado, gritó entusiasmado mientras sacaba su sable:

-Viva la France!

-Viva la France! –contestó su ejército. Ya faltaba menos para la colisión, apenas veinte metros… quince metros… diez… Francis y María se miraron a los ojos, el primero con soberbia, la segunda con furia… Cinco metros. Todos los hombres gritaron, unos Francia, otros México…

Y entonces la colisión se dio de golpe. El caballo de María saltó sobre el de Francis, que frenó con brusquedad al suyo para maniobrar bien con su sable, y el choque de las armas produjo un chasquido ensordecedor. Al mismo tiempo, se encontraron soldados con soldados, trenzándose entre bayonetas, sables y machetes, haciendo un muro humano en el medio del terreno fangoso y escuchando cómo volvían los rugidos de los cañones.

Del lado del campamento francés, Almonte estaba desconcertado.

-Ahí está Porfirio… y… ¿la señora?

-¿Qué más da quién esté? Les ganaremos, son nuestros, ¿no es así, Almonte? –replicó Lorencez, aún a resguardo de su carpa. El mexicano balbuceó algo, azorado. –Quoi? ¿Piensas que un montón de indios van a ganarnos?

-Monsieur… yo…

-Quoi? QUOI? –Lorencez lo empujó y fijó su catalejo en el campo de batalla. Lo que vio lo enardeció; su segunda línea estaba tan dispersa que era imposible saber dónde estaban, en cuanto a su caballería libraban una triple lucha entre los soldados de a pie, los de a caballo y los cañones del fuerte. Guadalupe no había sido tomado, los mexicanos aún resistían… ¿y porqué?

Entonces vio a Francis luchando a lomos de su corcel contra María, y un chispazo le cruzó la cabeza. Soltó el catalejo y salió de la carpa.

-Mon cheval! –gritó, levantando una mano.

-Mon general, que pensez vous? –preguntó un alarmado soldado que se acercó a él con su corcel. Por toda respuesta, el conde fijó sus ojos en el lejano punto que era México y gruñó:

-Je vais chercher le cœur de cette nation maudite.

Se guardó en el cinto, lo más cerca posible de su mano, un afilado puñal de plata, orgulloso regalo del emperador por sus antiguas y gloriosas campañas, y se lanzó por el terreno seguro de no ver su marcha detenida por nadie.

Ni Francis ni María dejaban de dar vueltas lanzándose mandobles cada vez más peligrosos. En un momento dado, la mexicana apenas logró esquivar el sable de Francis y vio cómo el grueso moño en que había sujetado su cabello se soltaba.

-Te ves más hermosa con el cabello suelto, chérie. –se burló Francia, avanzando de nuevo para ver su sable trabado contra el machete de la joven.

-¡Y tú te verías mejor sin cabeza, franchute!

-¿Es que nunca te agradaré? ¡Si sólo deseo hacerte una nación importante! Y parte de mi imperio, claro. –añadió lanzando un mandoble que hizo al corcel ajeno retroceder. María intentó, sin éxito, darle alcance al francés.

-¡Nunca seré tuya ni de nadie! ¡Soy libre! –chilló.

-¿Y de qué te sirve? Mira a tu alrededor… ni siquiera tienes un ejército decente, hon hon hon… Si te unes a mí por las buenas entrenaré a tus hombres para que sean los mejores soldados del continente, ¿qué te parece?

-¡Me parece que han caído más tuyos que míos el día de hoy! –replicó, volviendo a atacar. Francis bloqueó el golpe, pero al intentar maniobrar así perdió el equilibrio, viendo como única defensa atacar al caballo de María; el corcel relinchó dolorido cuando el filo del machete le rozó el pecho y se alzó en dos patas, haciendo que su jinete cayera también. María apenas logró detener el sable que dio contra ella estando aún en el piso, y con una patada consiguió apartar a Francis, dejando que la pelea siguiera a pie.

Estaban ambos tan enardecidos que no notaban lo que pasaba a su alrededor, pero Lorencez sí. Y lo que veía era un grupo de hombres de piel morena avanzando por el terreno, tras los franceses que buscaban una mejor posición para atacar sin conseguirlo, pues las trampas cavadas estaban inundadas y no hacían sino caer en ellas y salir chorreando lodo, sólo para enfrentarse a un grupo de caballos y de soldados que no paraban de acosarlos. Sabía lo que debía hacer, encontrar a México y herirla, aunque no sirviera para hacerle un daño real, sí desmoralizaría a sus soldados y entonces la balanza se inclinaría a su favor.

Fue ahí cuando la vio, poniéndose violentamente de pie y levantando el machete con ambas manos, dejándolo caer sobre su enemigo que apenas y alcanzó a bloquear su ataque. La sonrisa de Lorencez aumentó al ver que María estaba de espaldas combatiendo; si lograba pasar por su lado sin que lo notara…

Espoleó a su caballo y se abalanzó sobre ella, mirando pasar por su lado a varios de sus soldados pero estos ya poco le importaban. Acortó rápidamente el paso y sacó su puñal, viendo a su propia nación enfrascada en un combate desesperado contra su enemiga; imaginó que se disgustaría por su afrenta, pero ya encontraría el modo de convencerlo que era lo mejor. Ya le faltaba poco por llegar, por lo que levantó la mano con el puñal y gritó:

-Victoire!

Pero antes de darse cuenta, un chillido ensordecedor lo distrajo estando a pocos metros y vio cómo un águila, salida de quién sabe dónde, habíase lanzado sobre él y sus monstruosas garras se clavaron en su mano. Lorencez dio un alarido de dolor y sacudió la mano, viéndose forzado a detener su carrera, sólo para ver cómo el águila reemprendía el vuelo con su valioso puñal entre las garras.

-NON! –gritó, mirando a su alrededor donde los pocos soldados franceses que quedaban no hacían sino correr, desesperanzados, seguidos unos por la caballería y otros por los soldados de a pie que aún resistían. –MERDE! MERDE!

Se arrodilló en medio del campo, tirándose los cabellos y con una mueca de demencia en el rostro. Era imposible, imposible, una pelotera de indios y de campesinos no podrían haber hecho ese daño, pero era así… Y ahora, el ejército más poderoso del mundo salía en desbandada, buscando refugio.

En ese momento, con un solo limpio mandoble, el sable de Francis salió volando por los aires y se vio cara a cara con el machete de María. Miró a un lado, miró al otro en busca de socorro pero no quedaban ya franceses completos en la ladera. Sus ojos se clavaron en los de su enemiga y, con resignación, alzó las manos.

-Se acabó. –jadeó México. –Se acabó.

De la lluvia sólo quedaba el débil rastro de unas nubes. A lo lejos, la caballería mexicana acorralaba a los franceses, y sobre el fuerte se oían los vítores que anunciaban la victoria del ejército contra su invasor. Todo había terminado, y cuando María alzó la cara pudo ver, en el arco de piedra, al general Zaragoza. Los dos, aunque no se dieron cuenta, sonrieron al unísono.

Sé que me tardé mucho en escribir esto x_x lo siento de corazón, pero más siento informarles que sólo falta el epílogo y habré concluido.

Notas históricas: Toda la batalla descrita aquí es, si nos atenemos a las crónicas, tal y como sucedió la batalla de Puebla, excepto por algunos detalles como:

-El general Lorencez jamás entró al campo de batalla. Esta libertad la tomé yo y, también, los productores de la película en que basé este fanfic.

-El incidente con el Cristo que recibió el disparo es real, pero no sucedió en el fuerte de Guadalupe sino en una iglesia cercana donde el general Zaragoza estaba apostado.

*Las cifras oficiales de los combatientes son éstas:

EJÉRCITO MEXICANO:

4700 soldados

4 baterías de artillería

Bajas totales -83 muertos, 131 heridos, 12 desaparecidos

EJÉRCITO FRANCÉS:

6048 soldados

6 baterías de artillería

Bajas totales -476 muertos, 345 heridos

*El general Zaragoza tampoco combatió directamente; quien sí lo hizo fue Porfirio Díaz, y durante los años subsecuentes se esforzó por expulsar a los franceses del territorio (irónicamente luego hizo tratos monumentales con ellos pero… bue)

Ahora los hermosos y sensuales comentarios:

Chiara Polairix Edelstein: Exaaacto ;D más en el amor que en la guerra claro.

Wind und Serebro: Aquí está la batalla por fin *-*

Natsumipantoja: Wiiii otra fan del ZaraMex n.n sí, fue apenas un preludio, por eso lo compensé con un megacapítulo hoy.

Como dije, sólo nos falta el epílogo u.u espero disfruten de este capítulo y… y… Por cada comentario un franchute sale golpeado. Por cierto, una trivia: ¿alguien reconoce la referencia del águila y en qué fanfic mío apareció? De ser así háganmelo saber y se ganarán un sándwich… de jamón (?) Nah, mentira, se ganarán un one shot n.n ¡Adiosito!