EPÍLOGO
Puebla, 8 de septiembre de 1862
Palpitaba en su seno la ansiedad, en sus labios llevaba el sabor agridulce de la incertidumbre, de la falsa calma, de un reposo que sabía podía terminar pronto. Sus últimas desventuras en el campo le habían demostrado cuán fácil se puede aprender a hablar cosas hermosas pero cuán difícil es llevarlas a cabo; seguía furiosa con aquél general soberbio y ridículo que la entregó a esa misma inestabilidad porque pudo más su orgullo que su valor, y se vio a sí misma gritándole en las faldas del cerro que, a fuerza de empellones por el mermado ejército enemigo, tuvieron que abandonar…
-¡Jesús, grandísimo pendejo!
-¡Señora…! –balbuceó el hombre, visiblemente ofendido.
-¡Pendejo, te he dicho, sí! ¡Porque sólo en la cabeza de un chamaco cabe hacer la estupidez que tú hiciste! ¡¿Me puedes explicar, en nombre de tu madre, qué te pasó por la cabeza cuando te echaste a roncar a medio cerro sin dejar vigilancia, delante de las narices del cabrón de Lorencez?!
El general Ortega balbuceó algo incomprensible, y sus mejillas se tiñeron del rojo de la humillación. Zaragoza, igualmente ofuscado pero con mayor temple, puso una mano sobre el hombro de María y, suavemente, la condujo lejos del hombre que ahora temblaba en un ataque de rabia y angustia que, a su nación, poco le importaba.
Habían pasado ya varias semanas desde ese desastroso incidente, y María supo que el ánimo de su general primario había decaído mucho desde entonces y no lo culpaba, pero su temor a que cometiera una imprudencia era tan tangible que, al poco, a nadie le pareció extraño verla cabalgando al lado del hombre de ojos azabache.
Nunca imaginó que su intuición tuviera tanta razón sino hasta que, de repente, le llegó un preocupante mensaje y, sin consultar siquiera a su presidente, regresó a Puebla. No podía dejar de repasar, mientras cruzaba por delante de las cadenas de cerros y de los bosquecillos, las horribles palabras escritas por alguna mano nerviosa:
N. E. S. México:
Con gran pesar informamos que su fiel general, Ignacio Zaragoza, ha caído enfermo de tifus hace unos días y que su estado actual es crítico. Al no tener más testigo que Ud. a lo que respecta de sus campañas, ha solicitado su presencia y le ruega no tarde. El médico mismo secunda esta última petición y suplicamos se presente apenas recibir este mensaje.
Habían pasado apenas dos días, y las prisas por llegar de la mujer alteraron el ambiente mismo, y cuando a primeras horas del día ocho de septiembre se presentó en la vivienda, nadie osó impedirle el paso.
Llevaba sobre el rostro la sombra del miedo, y las ojeras del cansancio por su alocada carrera pero poco le importaba; sólo cuando vio pasar por su lado a un muchacho, probablemente un secretario, que miró a sus ropas con mal disfrazado descaro, recordó que se había ido llevando un vestido de manta bastante simple y algo mugriento por ser el que usaba en sus labores de jardinería, pero poco le importó. Sólo estuvo ahí, esperando a que alguien le diera réplica y le explicara qué había pasado con su general.
Por fin se presentó un hombre, bastante nervudo a su parecer, de cabellos entrecanos y con la ropa limpia pero descuidada. Al verla, parpadeó varias veces y recogió la vista antes de preguntar con timidez:
-¿Es… usted la señora Fernández…?
-Sí. –contestó algo apurada en un susurro apremiante. -¿Cuál es el estado del general?
El hombre negó con la cabeza, abatido.
-Si al menos no hubiera seguido tanto tiempo combatiendo, tal vez… -repuso. –La fiebre está muy avanzada y a ratos delira, diciendo las cosas más inverosímiles… Pobre hombre, qué desperdicio de mente…
-¿Qué es lo que dice? –le cuestionó con el corazón en un puño.
-Disparates lamentables… A ratos pregunta por su esposa, y en otros… bueno… -el doctor la miró de soslayo, dubitativo. María le instó a continuar con un seco movimiento de cabeza. –A ratos va y me dice que habló con México, en persona… ¿ve cuán bajo ha caído su pobre cordura?
-Sí… lo veo… -María sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, uno como llevaba mucho tiempo sin sentir y que relacionó con la primera vez que ella y el agonizante se hablaron de tú. Pero luego recordó que quedaba poco tiempo; eran casi las diez de la mañana, y pasó por delante del galeno en busca de la habitación. No tardó mucho en dar con ella, y la abrió sin anunciarse.
Era un cuartucho pequeño, lúgubre, limpio pero triste y oscuro, acomodado para las necesidades más básicas del enfermo, y sólo la gran ventana delante de la cama ofrecía algún rastro de luz, aunque una cortina de grosor tremendo forzaba a que las velas, medio consumidas, siguieran encendidas. Haciendo de tripas corazón, la joven buscó de inmediato la cama y se encontró a Zaragoza tendido en ella, temblando entre sueños y con la piel ardiendo. No era la primera vez que veía morir a alguien como consecuencia de heridas o enfermedades de batalla, pero sí era la primera vez que la sola idea de verlo era insoportable, y sintió un nudo en la garganta que le impidió hablar. Tendió un brazo y, tímidamente, le tocó un hombro. El durmiente se despertó con un sobresalto, la miró buscando escudriñar su rostro en las penumbras y luego, ladeó la cabeza.
-Eres… -dijo, en un jadeo desesperado que en nada se parecía a la potente voz con que dirigió a sus tropas –te pareces… a ella… a México…
-¿Qué… qué tal, Ignacio? –le saludó, buscando mantener la compostura. El aludido parpadeó, intentando enfocarla y cuando iba a darse por vencido, estiró una mano hacia la mesita de noche, donde entre otras cosas descansaban sus anteojos; María, servicial, los tomó y se los encasquetó con sumo cuidado sobre la nariz.
-Mi señora… -dijo por fin, intentando sonreírle. –Pensé que… no volvería…
-Eso qué más da, ya estoy aquí y me encuentro con que estás todo… -la joven se interrumpió, normalmente bromeaba sobre temas que otros encontraban funestos como la muerte, pero ahora se sentía incapaz.
Ignacio extendió entonces una mano temblorosa hacia ella; María la tomó de inmediato, dándose cuenta que a pesar del copioso sudor en su frente, la piel del hombre estaba gélida.
-Lamento tantas cosas... en mi vida… -explicó el moribundo, mirándola con enigmática ternura. –La primera fue… haber abandonado a… mi familia… sin decirles muchas cosas… La segunda… -hubo de interrumpirse para tomar aliento –fue no haber podido… protegerla… como debía.
-No pienses en eso, hombre, hiciste mucho más que una pelotera de cabrones cualquiera. –le dijo intentando animarlo. La risa de Zaragoza, a pesar de que estaba casi apagada e impregnada de tristeza, la hizo volver a temblar ansiosa.
-Si supiera acaso… cuánto temo irme… Siento que la estoy abandonando…
-Si así fuera… -María tuvo que tragar para aliviar el dolor de su garganta –no lo harías por gusto, sino porque… no puedes… no podrías…
Hubo un silencio, apenas roto por la acompasada y cada vez más pesada respiración del general, en tanto la mujer intentaba resistir las lágrimas. Cuánto le pesaba estar perdiendo a aquél muchacho grave, estoico y gentil que había hecho de su hora más oscura algo llevadero trayéndole una esperanza que nadie más le había ofrecido. Si tan sólo las vidas humanas no fueran tan frágiles, pensó descorazonada…
-Señora. –saltó de pronto, abriendo los ojos y posándolos en los de su callada compañera. –Por favor…
-¿Qué, qué ocupas? –dijo con igual intempestuosidad.
-Por favor… -musitó ansioso. –La ventana…
-¿Quieres que la abra? –el agonizante general asintió despacio, y María ni lerda ni perezosa fue a retirar la pesada cortina y a abrir, un poco, la ventana para dejar entrar el frío aire matutino y la luz del sol que parecían burlarse de ella. De inmediato volvió al lado de Zaragoza y sujetó su mano, tan débil que había caído ahí donde la nación la dejó.
-Gracias, señora… -susurró. Oyeron de nuevo el golpeteo del reloj; 10:08 de la mañana. María apretó la mano ajena contra su pecho en un arrebato repentino, cortado sólo por la pesadez de las siguientes palabras. –No debe llorar… no debe sentir miedo… debe ser fuerte… porque tiempos… peores… se avecinan y yo… no podré estar ahí… con usted para cuidarla…
-No empecemos con malas cosas, Ignacio, por favor, que contigo ya tengo suficiente. –le regañó con dulzura. De nuevo, el hombre sonrió.
-Mi bella… bella señora… -repuso, nostálgico –qué grandiosa se veía… peleando como uno de nosotros… y qué frágil se ve ahora… Por favor…
-¿Sí, ocupas otra cosa?
-Una sola… ¿podría… querría… darme la despedida de… un héroe aunque yo… no lo haya sido?
La desconcertada nación ladeó la cabeza, con los ojos como platos.
-¿Quieres mi bendición?
Zaragoza negó con la cabeza.
-Tan sólo un… beso… por más sencillo que fuera… me basta ahora.
Las mejillas de María se encendieron con tanta brusquedad que agradeció estar de espaldas a la luz o no habría resistido tanta vergüenza, pero accedió a los deseos del moribundo y asintió antes de inclinarse sobre él y besarlo en la mejilla, cerrando los ojos y escuchando un prolongado suspiro, ese tipo de suspiros que exhalan quienes, luego de un largo y tortuoso viaje, ven el fin de sus penas y encuentran la paz.
10:00 de la mañana.
-México… -susurró Ignacio, con voz trémula, casi apagada, cargada de una mezcla de cariño paternal y de ágape que envalentonó a su nación que, sonriendo con dulzura, acercó sus labios al oído ajeno.
-Ignacio…
Pero fue lo último que el hombre escuchó.
-…te amo.
Lo sintió, sintió un doloroso golpe en el pecho, frío como un puñal, enterrándosele cada vez más en el corazón, y apenas y se dignó a echarle un vistazo al general para entender qué fue lo que pasó. La casa entera se estremeció con un gemido desgarrador.
Y la verdad fue que no se olvidó de él nunca. Ni de su advertencia final, ni de sus regaños, ni de sus halagos y mucho menos de la energía que siempre le acompañó, como un destello de luz propia que sólo ella podía reconocer. Y cuando de paso alguien lo mencionaba, se perdía en sus memorias que, lejos de ser angustiosas, la llevaban a un tiempo en que pudo ser feliz a pesar de las sombras que la amenazaban, y también a un tierno secreto que no reveló a nadie nunca y del que sólo su corazón era dueño, y que cada que pasaba delante de su sepulcro en San Fernando, primero, y luego en su rotonda, no podía evitar sonreírle y mirar al cielo, pensando contenta que había perdido una guerra, pero ganado algo infinitamente mayor y revestido de eternidad. Un héroe.
FIN
…
Se acabó, ¡por fin! Luego de quién sabe cuántos meses este fic al fin terminó n.n Bueno, hasta a mi me deja un poco triste pero no todo lo bueno puede durar para siempre (lo digo por Ignacio u.u yo era su fan en la primaria).
Notas históricas:
*Jesús Ortega fue general durante la batalla del Cerro del Borrego. Para este punto, los franceses estaban casi expulsados de México, pero el general Ortega se "durmió en sus laureles" y, en parte por su soberbia, en parte por su ineficacia, no pudo combatir a los franceses que dieron con su campamento en el cerro y los expulsaron sin dificultad (según algunas crónicas, encontraron al ejército mexicano literalmente dormido).
*Zaragoza murió de fiebre tifus la mañana del 8 de septiembre de 1862, consecuencia de sus largas campañas contra Lorencez y su ejército (empezada desde febrero y sólo culminada cuando literalmente no pudo más). Lo curioso es que según algunos historiadores, en sus últimas horas sufrió de delirios en los que pensaba que su esposa Rafaela seguía viva y "hablaba con alguien" que nadie más veía y a quien le advirtió que venían tiempos peores.
Ahora los comentarios:
Chiara Polairix Edelstein: XD mejor un Nobel (?) ok aún no llego a tanto u.u pero admito que me divirtió mucho redactar la batalla. El ZarMex no se sintió mucho pero hoy sí ;D; buaaaa.
Wind und Serebro: ¡AAAAAAAASÍ ES! Le has atinado n.n aunque admito que yo misma me había olvidado que aparecía también en "Pasión de Ultramar" o_O En fin, ya me dirás qué gustas de one-shot :D Y en cuanto a Chiquito… creo que le prepararé un fic para que reaparezca, porque hoy estuvo algo abandonado (igual no era prudente llevarlo al campo de batalla).
Gracias a todos los que siguieron la historia, a quienes comentaron y espero sea de su gusto. Escribir fics históricos es algo difícil así que agradezco profundamente su paciencia y aclaraciones varias. Nos vemos en otro fanfic, ¡adiosito!
