Luego de una discusión con el director, acordamos, o mejor dicho él acordó, que echarnos del colegio no sería una lección porque eso sería lo mejor que podría pasarnos, así que nos asesoró un castigo: pintar el salón de artes. Inmediatamente Trunks y yo negamos, pero el director insistió en que si no lo hacíamos llamaría a nuestros padres y los citarías y nosotros no queremos que eso suceda, así que accedimos.
La escuela se encontraba vacía, no encontré a Trunks por ninguna parte. Estaba comenzando a pensar que el maldito se había ido, si eso era así iba a matarlo.
Decidí ir al salón de arte y esperarlo allí. Deje mi mochila en el suelo y me senté sobre una mesa de madera, con latas de pintura, que se encontraba allí. La sala era grande y se encontraba cubierta de papel de diario. Las paredes eran de color blanco.
El sonido de mis uñas chocando con el escritorio hacían eco en la sala y eso era lo único que se escuchaba. Maldito Trunks, ¿Dónde diablos estas?
Me volveré loca si sigo aquí, viendo las malditas paredes blancas.
Me baje de la mesa y comencé a dar pasos venir de afuera. Espere un segundo hasta que la puerta se abrió. Suspiré aliviada, Trunks estaba aquí.
Llegas tarde mi querido amigo- Digo de tono burlón.
Trunks no responde y tampoco me mira, lo único que hace es apoyarse de espalda contra la mesa de madera.
Fui hasta la misma mesa y observé las pinturas. Había ocho latas de pintura y solo cuatro colores. Cada pared llevaban un color, según la profesora de arte, eso era muy llamativo.
Traje la lata verde hacia mí y traté de abrirla, pero no pude. Una risa llamó mi atención. Miré hacia un lado y mis ojos se encontraron con los azules de Trunks, quien tenía una expresión burlona en el rostro, se estaba burlando de mí.
Sosteniendo la mirada de Trunks y con un poco más de fuerza que la de antes, en un segundo la lata de pintura estaba abierta y el sonido de la tapa chocando con la mesa hizo eco.
Trunks negó con la cabeza y miro hacia el otro lado. Me di cuenta que la lata era muy pesada para que yo pudiera bajarla y si se trataba posiblemente la pintura caería sobre mí. Por el rabillo del ojo vi que Trunks estaba observando todo, ya que se estaba riendo.
¿Puedes bajar la lata al suelo?- pregunté tratando de sonar amable. Inmediatamente Trunks la bajo.
Tomé una brocha de la mesa y la hundí en la pintura para luego llevarla a la pared y pasarla con algo de violencia. Estaba realmente fastidiada. Escuché el ruido de las latas de pintura abrirse, y luego se detuvieron.
Lindo trasero- escuché a Trunks decir.
Un comentario de esos y te haré tragar la brocha- dije sin siquiera apartarme de la pared. Me volteé, él se encontraba apoyado sobre la mesa, mirándome con los brazos cruzados sobre su pecho.
¿Piensas hacer algo?- pregunté.
De hecho pensé en dejar que tú hagas todo- sonrió burlón. Rodee los ojos y me fui a la mesa. Tomé una brocha y la puse con brutalidad sobre su pecho. Trunks emitió un gemido debido a mi brutalida.
Pinta- ordené fría.
No quiero – respondió de la misma manera, pero con burla.
Hazlo si no quieres que tu cara quede verde al igual que todo ese pelo bonito- lo miré fulminante y él sonrió.
Está bien tigresa, tu ganas- se levantó y se dirigió hacia la pared que yo estaba pintando.
Ti… ¿qué?- pregunté, él se volteo y se acercó a mí.
Tigresa- murmuro a centímetros de mi rostro.
Y, ¿por qué se supone que me llamas así?- pregunté sin desviar mi mirada de sus ojos.
¿por qué?- Sonrió- Porque eres una chica demasiado sexy y caliente, con la actitud de una fiera- se acercó a mí- pero la palabra fiera no queda con tus grandes pechos, ni con tu buen trasero, en cambio la palabra tigresa le quedan perfectos.
¿a mi trasero o a mis pechos?- pregunté con sarcasmo.
A todo. Sobre todo porque estoy seguro, de que no dejas que nadie te toque- Su aliento chocaba con el mío. Di unos pasos hacia atrás- Dime una cosa… ¿eres virgen?- Dio un paso hacia adelante.
Que te importa- retrocedí. Él sonrió.
¿has besado a alguien alguna vez?- se acercó aún más-
No es de tu incumbencia- traté de retroceder pero choqué contra la mesa. Trunks se acercó y colocó sus brazos sobre la mesa, a mis costados, acorralándome.
Apártate- ordené.
No- sus ojos no se encontraba con los míos, ahora estaban sobre mis labios, mientras que nuestros alientos chocaban.
Apártate si no quieres que…- Me besó
El beso era suave, como nunca antes había besado. Tardé un rato en seguirle el movimiento. No quería hacerlo porque sabía que solo era un juego, pero no pude, su sabor era como caramelo, y me encantaba. El beso duro unos segundos. Trunks me mantenía apretada contra la mesa, mientras que sus manos se deslizaban por mi cintura.
Estuve a punto de colocar mis manos alrededor de su cuello cuando reaccioné. Lo aparté de mí.
¿Qué estás haciendo?- Me alejé de él.
Solo trato de comprobar que lo que digo es verdad- se acercó a mí e intento besarme. Me alejé y rápidamente tome la lata de pintura verde.
Comprueba esto idiota- arrojé la mitad de la pintura verde sobre él. Trunks se sacó la pintura de la cara con la mano y luego me miró. Había un brillo raro en sus ojos.
Deje la pintura en el suelo y lo miré. El ojiazul retrocedió unos pasos hasta llegar a la mesa con pinturas. Tomo la lata de pintura roja y se acercó a mí con una expresión de chico malo y divertido.
Tragué gordo y cerré los ojos inmediatamente sentí chocar la pintura contra mi pecho. Abrí los ojos y miré a Trunks quién contenía su risa mientras me miraba.
Es hora de tu muerte chico.
Corría hacia la mesa y tomé la lata de color violeta mientras que Trunks tomaba la naranja, metí la brocha dentro y comencé a salpicarle la pintura violeta a Trunks. Este hacia lo mismo pero con la naranja y lo tiraba hacia mí.
Yo mantenía mi cabeza hacia el costado procurando que no llegara pintura a mis ojos y Trunks hacía lo mismo. Mis labios estaban unidos mientras que Trunks sonreía. Quise levantar la lata de pintura verde para tirarla sobre él pero resbalé y esta cayó sobre mí. Trunks comenzó a reírse de mí sin parar. Y como buena karateka que soy, pateé sus piernas haciendo que este cayera al piso, haciendo que la pintura naranja cayese sobre él. Ahora la que reía sin parar era yo.
Nuestra guerra pudo haber continuado, pero no fue así, ya que la profesora de arte había entrado al salón y se encontraba mirando la sala con los ojos sorprendidos.
¡Oh mon Dieu!
Y con ese grito francés, llegaba otro castigo.
