HISTORIA: Aegon no puede concentrarse en nada de lo que está sucediendo en la reunión de su Consejo. En nada excepto en la mirada de Arya y sus movimientos. Quizá tener a su reina en el consejo sea demasiada distracción para el pobre Aegon.


Distracción.

Ojos violetas la observan desde el otro extremo de la mesa. Arya devuelve la mirada con intensidad, párpados laxos en un gesto perezoso, con sus largas pestañas generando sombras sobre sus pómulos.

El Gran Maestre del consejo sigue hablando, algo sobre la visita de su hermana Sansa y su esposo desde Altojardín, pero ninguno de los dos lo está escuchando.

Uno de los bordes de la boca de Aegon se curva en una sonrisa maliciosa y la imagen no podría saberle más exquisita a Arya. Se remueve en el asiento ligeramente, para que nadie excepto él note sus movimientos, y entreabre los labios en una invitación silenciosa. Las pupilas en los ojos violáceos se dilatan y parece que el negro se está tragando al violeta, dejando sólo un borde de color.

Él ladea la cabeza y deja que su mirada viaje por el rostro de Arya, para luego viajar por su cuello hacia abajo. Ella se estremece de forma casi imperceptible, pero Aegon lo nota y se maravilla en su reacción, saboreando el regusto a orgullo que deja el conocimiento de saber que tiene este efecto sobre ella en su boca.

Arya toma una respiración profunda, deliberadamente lento. Su pecho se alza y vuelve a caer al exhalar. Se endereza y la corona de diamantes, plata y madreperla que tiene sobre la cabeza se balancea, pero no caerá pues está laboriosamente enredada entre su cabello en un intrincado peinado que le han obligado a llevar. A estas alturas, ya no le importa. Aegon se endereza también, sosteniéndole la mirada. Ella acaricia la mesa de roble con la yema de los dedos, hacia adelante y hacia atrás, en un proceder que a él se le antoja erótico y casi obsceno. Se relame los labios y Arya vuelve a estremecerse.

Su pequeño juego de provocaciones ha pasado inadvertido para todos los miembros del consejo, excepto para uno.

Lord Varys.

—Quizá Su Alteza —interrumpe el eunuco con presteza cuando Arya evoca un suspiro para provocar a Aegon y el Rey parece estar luchando contra el impulso de saltar sobre la mesa, agarrarla y tomarla allí, frente a todo su consejo— preferiría continuar con la reunión más tarde. Parece... distraído.

En cuánto las palabras abandonan la boca de Varys, Aegon se pone de pie, casi volteando su silla en el proceso. Su mirada no ha dejado la de Arya en ningún momento.

—Tenéis razón, Lord Varys. Prefiero continuar más tarde —se aclara la garganta—. Retírense.

El Gran Maestre parece presto a discutir, pero basta una sola mirada desde los ojos gris plata de la reina para silenciarlo y el resto del consejo se retira sin rechistar. Lord Varys se demora un poco y abandona la estancia con lentitud.

Para cuando llega a la puerta, Aegon ya tiene a Arya de espaldas contra la mesa y ella solo se ríe. Lord Varys piensa que es curioso que sea a la loba a quién le guste ser perseguida aunque también es cierto que es ella quién lo caza a él con su mirada.