N/A: Ahora les traigo un nuevo capitulo en la vida de Inuyasha como padre. Ojala les guste y no duden en dejarme sus comentarios.
¿Les gustaría ver a Inuyasha en cierta situación junto a su pequeño cachorro? ¿Qué su hijo hiciese tal travesura? No duden en dejar sus ideas para las aventuras de Inuyasha, Kagome e Inuko ;)
¡Leer y comentar!
Capítulo 3:
Inuyasha se encontraba, junto a Miroku, caminando de regreso a la aldea con dos grandes sacos de arroz y botellas llenas de sake y ron. Habían ayudado a un terrateniente a exterminar a una plaga débil de pequeños youkais sapo, y como recompensa habían recibido la comida, bebida y una que otras chucherías que el estafador monje traía consigo.
El hanyou también había recibido su parte, pero este solo consistía en juguetes para su cachorro y una nueva peineta rosada para Kagome. Dentro de solo semanas, se celebraría la lluvia de estrellas y la parejita estaba feliz, sería la primera vez que verían la lluvia de estrellas con el pequeño Inuko.
Mientras Miroku hablaba y hablaba sobre banales temas acerca del buen criado de ganado y mujeres hermosas, a Inuyasha le llego a su olfato el fino olor a quemado. Al principio, no reparo en ello. Era muy común que los aldeanos quemaran pasto seco para ahuyentar a la parvada de mosquito que había azotado la aldea luego de una semana intensa de lluvias. Semana que cabe recalcar, tuvieron que lidiar con su cachorro que no dejaba de jugar y demandar la atención de ambos.
Para Inuyasha no había sido nada tedioso, pues a contrario de lo que muchos pensaban, él atesoraba cada minuto que pasaba junto a su hijo. Y es verdad que a veces su cachorro puede ser molesto y más pesado de lo que alguna vez lo fue Shippo, pero aun así lo amaba y no cambiaría por nada del mundo los minutos que pasaban juntos.
Pero todo cambio en pocos segundos y su corazón dejo de latir al identificar el asqueroso aroma.
Aquello, el olor a pasto quemado, no provenía de los aldeanos trabajando. No. Aquello venia de un tema totalmente diferente.
Sin importarle los gritos de reclamos del monje Miroku, Inuyasha boto al suelo todo regalo de su trabajo y corrió como alma que lleva el diablo de vuelta a su hogar.
El olor a quemado no fue lo único que su olfato había llegado a percibir, sino también llegaron a él el olor a miedo, youkais y sangre ¡Habían atacado la aldea durante su ausencia!
A pocos metros de llegar, un demonio con forma de ciempiés morado le ataco, sin problemas a cabo con él y con otros pocos que trataron de detenerlo. En la aldea, los humanos corrían de un lugar a otro tratando de huir de los monstruos. Su vista asustada recorrió la zona hasta llegar a su cabaña que no era más que un manojo de madera destruida y fuego envolviéndole.
Sin detenerse siquiera a ayudar a sus vecinos, se deshizo del fuego que lo rodeaba con ayuda de su espada y comenzó a levantar los tablones.
Su corazón latiéndole peligrosamente en el pecho, sus nervios que poco a poco lograban desquiciarlos y sus ojos le picaban amenazándole con soltar las lágrimas. Tenía miedo. Tenía mucho miedo de correr las maderas calientes y encontrarse con los cuerpos calcinados de Kagome y su cachorro.
Pero no, ellos no estaban allí. A su olfato le llego el olor dulce de su compañera con el metálico de la sangre. Estaban en el bosque, los dos, y otros demonios estaban con ellos. Inuyasha gruño peligrosamente, mostrando sus colmillos y sus características franjas purpuras, esas que solo aparecían en sus mejillas cuando su lado youkai le dominaba, se adueñaron de su rostro.
El hanyou estaba furioso y sin pensarlo dos veces, corrió a todo lo que podía hacia el interior del bosque. Lo hizo, en el transcurso mientras mataba a cualquier youkai que se interponía en su camino, sin detenerse. Así llego a un claro.
Sus ojos se volvieron rojos al ver tal escena.
Kagome, sucia y con rastros de sangre cubriéndole las mejillas y brazos, sostenía fuertemente a Inuko en su pecho. El pequeño cachorro lloraba angustiosamente mientras sus pequeñas manos sucias por la tierra se sostenían fuertemente al kimono de su madre, buscando protección.
Ambos estaban acorralados al pie del Go-Shimboku. La miko se encontraba sin sus flechas y su rostro cansado mostraba que no faltaría poco para que desfalleciera sobre el suelo, dejando al pequeño cachorro de Inu sin protección.
Los demonios, cada uno con a paraciencia más grotesca que el otro, rieron entre ellos mientras veían a la mujer humana y a su pequeño bastardo.
—Asesinen primero al asqueroso hanyou, luego nos divertiremos un rato con la humana… —dijo un demonio con forma de centauro.
Cuando sus cómplices rieron entre ellos mientras se acercaron a la humana y su hijo, el hanyou vio rojo.
De un poderoso salto se aventó contra un demonio ogro despedazándolo con la ayuda de sus garras, se volteo y aterrizo en el suelo cubierto de restos de demonios. A la joven miko le hubiese gustado pronunciar el nombre de su compañero y salvador, pero el ardor en su garganta y sus pocas energías le impidieron hacerlo. En cambio, Inuko, volteo su cabeza para ver plenamente a su padre. Feliz y asustado, dijo por lo bajo intangibles palabras que por los ruidos de destrozos y gruñidos de demonios no se entendió.
Los youkais se aproximaron a Inuyasha para atacar, pero este en un ágil movimiento desenvaino a Colmillo de Acero y pudo detener las agresiones. El demonio Oni, en un vano intento de desarmar a Inuyasha, tomo con su propia mano la hoja filosa de Tessaiga. Pero la espada rechazo el contacto del demonio, enviándole millones de electrochoques que lo quemaron vivo, el cuerpo carbonizado del Oni cayo pesadamente al suelo.
Aun así, con su amigo caído y la clara amenaza que era Inuyasha con la espada, los demonios le siguieron atacando.
Un Ciempiés surgió debajo de la tierra, elevando a Inuyasha y haciéndole caer. Otros tres demonios lo golpearon, pero el hanyou se los quito de encima con un movimiento de la espada. Otro monstruo, igual al Oni, lo tomo por detrás y le abrazo a tal punto que Inuyasha sintió que sus costillas en cualquier momento iban a destrozarse.
Con la ayuda de sus garras de fuego logro córtale los brazos y matar al demonio.
Un grito horrorizado de Kagome le distrajo, haciéndole vagar su mirada en su familia. Lo que vio le quito el aire.
La miko estaba echa un pequeño ovillo en el suelo, protegiendo a Inuko escondido en su pecho, mientras el centauro apuntaba con su alabarda. Estaba por matarlos.
De pronto, un golpe en seco mando a Inuyasha a volar y estallarse contra unos árboles, partiéndolos. Los pocos demonios que quedaban rieron sonoramente, ya creyendo su victoria. El centauro bajo la alabarda y tomo fuertemente a la mujer humana del cuello de su kimono y la elevo a la altura de su rostro. Con la otra mano tomo al pequeño Inuko desde su bracito y trato de separarlos, aún tenía pensado violar a la miko.
—¡No! ¡No, suéltalo! ¡No te atrevas! ¡Bastardo! ¡Inuyasha! ¡No, Inuyasha! ¡Ayuda, alguien, por favor! ¡No! ¡Inuyasha! —eran los gritos escandalizados de Kagome, tratando de retener con sus pocas fuerzas a Inuko.
El pequeño hanyou lloraba, tratando también, de no alejarse de su madre.
Los demonios reían, claro, hasta que su líder fue cortado en pedazos, haciendo que Kagome cayera y volviera a la protección del Árbol sagrado.
Los demás demonio vieron incrédulos como el hanyou, ahora todo un youkai completo, reaparecía en escena. Solo que ahora poseía una maniática mirada y no tenía con él aquella poderosa espada. Inuyasha rio cruel e hiso crujir sus garras cubiertas de espesa sangre, un gruñido espectral salió de su garganta al ver como los demonios desviaron su mirada en la humana, seguramente pensando que la veía como presa.
¡Khe! Malditos ignorantes, él no atacaría a su hembra y a su cachorro.
Furioso, Inuyasha ataco a los demás demonios. Despedazándolos uno a uno, sin tener ninguna clase de compasión. Le hacía muy divertido y entretenido el matarlos.
Kagome, aliviada y asustada levemente, ocultaba la mirada curiosa de su hijo en su pecho. No quería que en su tierna edad viera a su padre de aquella manera tan descontrolada y salvaje, sin una pisca de estabilidad. Además sabía que si Inuko le veía, estaba la posibilidad de que se asustara.
Si Inuko mostraba, al menos solo un poco de temor hacia su padre, sabía que Inuyasha no podría soportarlo. Sabía que para el hanyou, su hijo lo era todo. Era todo su mundo y su felicidad. Si Inuko le temía, sería un golpe devastador. Podría matarlo en vida, literalmente.
La miko vio con alivio como el último de los youkais caía muerto bajo las garras de Inuyasha. Dejo de abrazar tan ferviente a Inuko, estaba cansada y poco faltaba para que cayera desmayada. Cerro sus ojos solo un momento, hasta que sintió el youki de su compañero demasiado cerca, al abrirlos, se encontró con el hanyou viéndole fijamente. No supo cómo interpretar aquella mirada. Iba a decir algo, a tratar de hacerle reaccionar. Pero Inuko se le adelanto, arrojándose literalmente a los calidos brazos de Inuyasha.
El hanyou, apenas tuvo el cálido cuerpito de su hijo en sus brazos, volvió en sí.
—Papá… —susurro Inuko mientras frotaba su frente contra el cuello de Inuyasha.
Inuyasha abrazo más fuerte a Inuko, sintiéndose aliviado de tenerlo a salvo. Vio a su compañera quien le sonreía, ambos estaban a salvo, con él.
Pero…
Un escalofrío le recorrió entero. Apestaba a sangre, con cautela vio a su cadera, Colmillo de Acero no estaba en su vaina. Giro su cabeza, despacio, y vio como los restos de los demonios se esparcían por doquier.
Su corazón se apretó en su pecho, había perdido el control. Se había dejado llevar por su sangre youkai.
Inuyasha, con la vista oculta bajo su fleco, le entrego a Kagome el pequeño. Luego, simplemente huyo de allí tan rápido como podía hacia el rio. De lejos, pudo escuchar los gritos de la miko y de su hijo llamándole.
[…]
En la noche, Kagome salió en busca de Inuyasha. Se había ausentado todo lo que había quedado del día, después de asesinar a los demonios, Inuyasha no volvió a aparecer.
Sabía que estaba asustado, que temía haberles hecho daño.
Decidida, y dejando a Inuko dormido en casa de Sango, partió en busca de su compañero.
Lo encontró, luego de un rato, a orillas del rio viendo a la nada. Estaba sentado y el viento movía ligeramente sus cabellos. Despacio camino hacia él y se sentó a su lado, ninguno dijo nada por un breve rato hasta que la miko quiso terminarlo.
—No… —
—Vete con Inuko, Kagome. No estoy de humor… —le corto Inuyasha con un susurro.
—Me iré si vienes conmigo… —le insistió.
—Te dije que no estoy de humor… —le gruño, enojándose.
—Inuyasha, mírame… —le pidió con ternura, al ver que este no obedecía, ella misma tomo su mejilla e hiso verla— Todo está bien, Inuyasha… —
—Pude haberlos lastimados… —dijo acongojado y la mirada triste.
—Pero no lo hiciste… Te controlaste, nos salvaste. Si no hubiese sido por ti, si no hubiese llegado… —
Pero la miko callo. Inuyasha la había abrazado contra si fuertemente, no deseaba oír lo que hubiese sucedido si no hubiese llegado a tiempo a ellos. Lo que hubiese sucedido si Miroku hubiese aceptado el pasar otra noche en la aldea, por prevención de la llegada de más demonios. Porque sabía que sí, tan solo se hubiesen retrasados unos pocos segundos… Kagome e Inuko… Ellos hubiesen muertos.
Y él… Él los hubiese sigo al otro mundo sin dudarlo.
Pero no, Inuyasha había llegado a tiempo. Los había salvado a ambos.
Puede que estuviera confundido, pero su familia seguía aun con él. Kagome le devolvió el abrazo y acuno su rostro en su pecho, Inuyasha inhalo profundamente el aroma de la sacerdotisa. Olía a flores, a hierbas medicinales, pergaminos, a él y a Inuko.
—Tranquilo, estamos contigo… —le susurro mientras acariciaba su cabello— No seas tonto, Inuyasha. Vamos a casa, Inuko estuvo preocupado por ti… Hoy lo salvaste y es lo único que cuenta. Te amamos y nos preocupamos por ti, Inuyasha. Volvamos a casa… —
Inuyasha asintió, sí. Quería volver a casa. Quiera abrazar a su cachorro.
Hoy tuvo mucho miedo, tuvo terror a perderlos. Pero ellos estaban a salvo ahora, ellos no se habían ido de su lado.
Ahora tenía que ser fuerte, no podía dejar que su cachorro le viera de esta forma o lo preocuparía más.
/
El hanyou y la miko volvieron juntos a la cabaña, una de las tantas que se mantenían en pie, tomando en sus brazos a un cansado Inuko. La familia, agotada tanto física como mentalmente después de un bastador día, se dieron el lujo de acostarse los tres en una misma cama. Inuyasha en el medio del futon, con Kagome a su izquierda e Inuko a su derecha.
El hanyou atrajo a sus dos amores más cerca, los abrazo y vigilo toda la noche. Solo cuando el sol apenas se asomó entre los árboles, se permitió dormir. Ya que, los tenía a ambos, a Inuko y a Kagome. Con ellos a su lado, no estaba solo. Con ellos a salvo, ya nada importaba.
Con ellos iluminándolo, no tenía miedo.
