¡Hola a todos! Bien, creo que ya saben esto, pero se los repito. ¡Actualización! Les dejo el octavo capitulo, de lo que espero, sea una de las mejores historias que he hecho hasta este momento. ¿Por qué? Por que los tres primeros me parecen una –perdón si les gustó- porquería. Era nueva, hace mucho que empecé a escribir esto y créanme, era mucho más inexperta que ahora (no quiero decir que ahora sea el master de los masters en esto, pero maduré mucho en el concepto de escritura) Además, admitámoslo, eran muy cortos y aburridos. Supongo que los posteaba así de cortos y con mayor frecuencia por el hecho de que era la "emoción" de subir un nuevo capi y eso…
Hay que aceptarlo… Okey, dejando toda la tontería para otro momento, viene el momento de agradecer a todos los que están desde hace tiempo conmigo. Y los que dejaron su linda crítica- o su felicitación- en el anterior capi. No son muchos, pero me bastan y me hacen feliz :3
Gracias a: Yuna-Tidus-Love/ Guest (¡Gracias!) / Ary Lee (un millón de megas gracias) / Yui-0033 (gracias amigo Leo por unirse y crearse una cuenta xD)
Brad, por lo menos, sabía que estaba terriblemente aburrido. Había escuchado por la radio que Frost y Redfield habían entrado dentro de la casa. Pero eso hacía veinte minutos. Todo lo que le restaba hacer era esperar; quizás el criminal se escapara, y quizás fuera en su dirección. Pero de eso en uno en un millón. ¿Qué hacía él, junto con Dewey, mientras tanto? Aguardaban, el recostado contra una pared, a que algo pasara. Quizás sus suposiciones de que era completamente inútil eso de enviar a todo el equipo, fueran del todo ciertas.
Vamos, apenas si sabía manipular armamento pesado. No, más bien, apenas si sabía manipular un arma. ¿Y que hacía en los STARS? Cumplía su trabajo de pirata informático a la perfección. Quería mucho a esa gente, pero el trabajo le parecía absurdo. Suspiró, pateando una botella de plástico vacía. El repiqueteo sobresaltó a Dewey, dentro de un gran contenedor de basura. El rubio de los orbes azules alzó la cabeza. Dentro, la peste era nauseabunda.
-¿Quieres quedarte quieto?- Espetó el rubio. Brad enarcó una ceja, al tiempo que alzaba el dedo mayor. Dewey resopló y, lleno de frustración, volvió a su posición anterior. Brad suponía que se lo tomaba todo muy en serio. ¿Qué hacía dentro de un contenedor de basura? Era lo más estúpido que podía hacer. Además, la complexión del muchacho era amplia, y daba un poco de risa el hecho de que entrara sin más dentro de uno de los verdes contenedores. Cerró los ojos, al tiempo que dejaba que su cabeza reposara en la húmeda y viscosa pared del callejón.
Daba igual que lo llamaran gallina, sabía cuando hacer cosas "absurdas" No como Dewey… ¿QUIÉN EN SU SANO JUICIO ENTRARÍA A UN CONTENEDOR EN ALGÚN PROCEDIMIENTO COMO AQUEL? Era lo que quería saber… La radio pitó. Abrió de golpe los ojos. El castaño la recogió y pulsó el botón.
- ¡Aquí Chris Redfield, tenemos un oficial caído, repito, tenemos un oficial caído! ¡El sospechoso se ha escapado por la parte trasera de la casa! ¡Procedan a persecución!- Gritó el molesto y sumamente exasperante Redfield. No sabía cuando, pero sentía cierto recelo por él. ¿Sería por su acercamiento, más que obvio, a Valentine? Ni él se entendía.
Parte trasera… puede que se dirija hacia nosotros… Edward asomó nuevamente su cabeza.
-Prepárate, Vickers. Intenta no mearte en los pantalones esta vez.- ¿Esta vez? JAMÁS había hecho tal cosa. El humor extraño de Dewey era desconcertante… Casi como lo era el. Un poco cascarrabias, claro, pero desconcertante. No sabía que esperar. Los demás rodeaban la casa; seguramente, hubieran atrapado al criminal. Desenfundó el arma reglamentaria, sintiendo el reconfortante peso en sus manos.
El silencio era molesto, dejando su mente intranquila. ¿Qué esperaban de él? No podían esperar mucho de un hombre de unos treinta y cuatro, que regularmente asistía a un psicólogo, que leía libros de auto ayuda y que apenas si podía convivir con su empleo. Se sentía frustrado y nervioso. ¿Por qué él mismo se echaba abajo? ¿Qué no debería ser al revés? Su autoestima era un poco baja, pero intentaba sobrellevarlo. No es fácil sobrellevar un horrible trauma de la niñez. ¿Alguien le comprendía?
Que el supiera, solo se había abierto con Enrico, Kenneth y su psicólogo. Después, nadie sabía por que calvario tuvo que pasar. Y si seguían comportándose como Dewey, jamás lo sabrían. El sudor caía sin cuidado por sus sienes y espalda, dejándole la camiseta pegada a la piel. Suspiró para sus dentros, tranquilizándose. Ruidos, de pisadas y gritos, se acercaban a ellos.
Y rápidamente.
Al parecer, el criminal no había sido atrapado. Y eso lo intranquilizó. Fue capaz de dispararle a Joseph, asíque sería capaz de dispararle. ¿O no? Juntó valor, oyendo como de manera veloz se acercaban. Las pisadas se fueron haciendo claras. Comenzó a temblar. Sentía como ese sentimiento cobraba fuerza. Estaba completamente atemorizado cuando escuchó el jadeo del hombre. Observó su rostro, y este denotaba
locura. Había disparado a un oficial. Y eso se castigaba con una dura pena. El criminal lo observó, y sintió que el alma se le caía a los pies. NO quería morir. NO quería estar allí, y por nada del mundo, quería seguir siendo quien era hasta ese momento. Era una maraña de sensaciones, sentimientos y recriminaciones. Echó un pie hacia adelante sin conocer el motivo. El criminal se tambaleó, y finalmente cayó de bruces al suelo.
Edward, rápidamente, salió de su "escondite estratégico" y se echó sobre el muchacho. Comenzaron a forcejear, el criminal intentando escapar, y Edward intentando detenerlo. Brad no sabía como reaccionar. Estaba petrificado.
-¡No te quedes ahí mirando! ¡Pásame las esposas!- Gritó el rubio, furioso con la actitud del joven Vickers. Brad, sin pensarlo dos veces, echó su mano atrás y tomó lo que sintió frío y circular. Le tendió rápidamente las pesadas argollas, viendo la expresión completamente enloquecida, de aquel joven. Seguramente estaría bajo la influencia de algún narcótico o sustancia alucinógena. Finalmente dominado, el rubio de orbes azules como el mar del caribe, esposó al joven.
Los demás, que venían detrás del criminal, se detuvieron al lado de ellos. Forest, aún jadeaba cuando observó la escena. Jill ayudó a Edward a incorporarse, y emitió una mueca de desagrado. El muchacho rubio, aún olía a basura. Demás miembros, junto con algunos policías excedidos de peso, llegaron a la escena.
Todos aplaudieron la hazaña de Dewey, pero este, con cara de pocos amigos, los mandó a callar.
-Fue él quien lo hizo caer.- Señaló descortésmente a Brad, que aún no daba crédito. Al fin había echo algo bien. El joven sureño, ya recuperado de la carrera, le palmeó el hombro. Jill lo felicitó. Los demás igual.
Al fin era distinto. Sonrió bobamente ante las palabras de aliento y felicitación de los demás.
Habían pasado ya tres semanas después de todo el incidente. Y la vida seguía su curso. La noticia de que Brad había sido lo suficientemente listo como para adelantar el pie, provocando la caída del agresor de Joseph, y luego –mientras este trastabillaba- taclearlo como hacen en el futbol americano, fue furor por todo el precinto. ¿Qué se podía decir? Brad había, finalmente, hecho su trabajo.
Joseph, como los médicos estimaban, se recuperaría satisfactoriamente antes de la incursión a las montañas Arklay. El papeleo seguía agobiando a todos, pero ya era rutina. En cuanto a la relación de Chris y Jill, se podría afirmar que estaba sobre raíles. Solo demostraban su afecto en privado, con temor de ser el nuevo objeto de burlas del equipo. ¿Por qué les importaba tanto? Ambos eran miembros "muy distinguidos" dentro de la unidad, y –sinceramente- sería un poco molesto tener a algunos idiotas bromeando sobre ellos dos.
Las caricias y los besos se los guardaban para las noches de sábado, las cuales se suponía que eran libres. En cuanto a las "relaciones"… se reservaban a sus momentos mas íntimos. Eran felices con las cosas como estaban; y francamente no se quejaban. Ambos tenían vidas, que aunque fueran similares, había kilómetros de diferencia entre ellas. Jill era libre, como un ave, y no se dejaría aprisionar de nuevo en una relación tan fácilmente.
Creía en el amor verdadero, pero los dos últimos hombres que se cruzaron por su vida, le habían hecho perder la ilusión del verdadero amor. En cuanto a Brad… Siempre sería un muy buen amigo de ella. Nada más. Chris era distinto a todos ellos. No quería admitirlo, pero tenía cierto temor a que un hombre la lastimase de nuevo.
Jill, sentada en el escritorio, dejó volar su imaginación. Aún tenía cierta migraña por la incursión a su apartamento de su viejo novio en busca de una explicación a la aparente rotura entre ellos dos; que por motivos dolorosos, se vio obligada a finalizar la relación. Aunque Chris, Sandy y Edward estuvieron ahí, nada evitó que el muchacho hiciera ciertos disturbios en su apartamento.
Ahora, más que nunca, deseaba olvidarlo. Y Chris, como "amante" celoso, le aconsejó que se deshiciera de sus cosas.
El último paso, para finalmente olvidar a Scott, era deshacerse de la fotografía en su escritorio. Pero, sin saber muy bien por que, aún la conservaba. ¿Era a caso, una estupidez? Para ella era parte importante de su vida. Casi se comprometían…
Frunció el ceño, volteando la fotografía de su ahora "ex novio", y concentrándose de nuevo en la pantalla. El trabajo… eso si NO podía esperar. Wesker había desaparecido junto con Marini. Tal parecía que la reunión con Irons se estaba complicando más de la cuenta. Enrico –aunque fuera un bastardo a la hora de obligarlos a entrenar- cuidaba muy bien a sus hombres. El tema era sobre la inminente incursión de ambos equipos en la zona de avistamiento de los cuerpos, y de las criaturas desconocidas. Marini, por nada del mundo, quería enviar a sus hombres dentro de territorio hostil. Era casi suicida todo. Eran personas, y él mismísimo Enrico lo sabía. Además, a todos los más jóvenes –incluyéndola- los tomaba como sus hijos. Y eso, aunque fuera un completo hijo de puta a la hora de obligarlos a entrenar, lo convertía en un ser maravilloso.
Jill se alejó momentáneamente del escritorio. Oía las voces masculinas de Forest y Joseph, conversar activamente. Al parecer, Forest había roto con su novia de la secundaria, y se sentía un poco dolido. También era de esperarse que la chica decidiera ponerle fin a la situación, luego de enterarse que su novio de toda la vida se acostó con otra chica…
Al parecer, el duro chaval sureño tiene sentimientos… Parecía un hueso duro de roer, pero era una maravillosa persona. Un poco molesto en ocasiones, pero siempre estaba dispuesto a ayudar.
Pero parecía que, luego de tanto tiempo, este no quería sentar cabeza. Había hablado con él mucho antes de que se incorporara al equipo B, y este le manifestó su aversión al compromiso. "solo quiero encontrar a la chica adecuada, Jill. No quiero casarme en mis veinte y con alguien que no es la indicada para mi" Sonrió y meneó la cabeza. Era un poco "típico" de los hombres eso de no querer casarse hasta ya entrados sus treinta años. Scott le hubo planteado la misma situación mucho antes. Esperaba que, si la relación con Chris marchaba de manera adecuada, no fuera como los demás.
Volteó y observó a dicho castaño, recostado sobre el escritorio. Kenny, a su lado, revisaba algunos papeles de otros casos. Este, estaba enfrascado con unos folders anaranjados, casi sin prestarle atención al murmullo que generaban los demás. Era un lindo muchacho. Algo malhumorado, pero lindo. Sin darse cuenta, sonrió.
Apartó la mirada, para no resultar tan obvia. Había algunos que sospechaban, pero eran agentes de calle, y casi nunca podían fundamentar sus sospechas. Se sentía volar por dentro, casi como si estuviera fuera de sí. Se obligó a reprimir aquellos sentimientos, era demasiado adolescente. ¡Por todos los santos! ¡Tenía 23 años! Además, tiempo atrás, se dijo a si misma que no volvería a confiar en los hombres, y mucho menos en hombres como Scott. Ya bastante daño le había hecho.
Richard, sin decir más, se sentó a su lado, con unas hojas sueltas y un extraño cuadernillo naranja.
-Cariño, si sientes algo por Chris, no seas tan obvia.- Susurró. A Jill se le erizaron los vellos de la nuca. ¿Richard sospecharía algo? Se obligó a calmarse y a actuar con naturalidad.
-¿Por qué lo dices?- Respondió, restándole importancia.
-Por que se te ve a kilómetros de distancia. Además, si fueras un poco más disimulada para verlo…
-Yo NO lo estaba viendo.- Encaró la castaña. Su compañero adoptó un semblante serio.
-No te creo
-Pues hazlo. Y que quede claro. Todavía estoy con Scott y… me siento feliz de estar con él. Lo conozco de toda la vida. Su padre es amigo del mío, aunque este esté en prisión. Se quien es. Lo vi todos los días, desde los cuatro años. Si hay alguien con quien debo estar, es con él. Además, hacerle ojitos a otros es para otras mujeres, no para mí.- Su tono sonó convincente. Ella quería que le creyera, o quería creerse a si misma. No reparaba en que aún se seguía lastimando con lo que ella creía, aún sentía una atracción por el tipo. No había oficializado su ruptura, ni mucho menos, habérselo dicho a alguien. Pero seguía sintiendo que Scott era parte de ella.
-No te engañes más, Jill.- Contestó enfadado- Ayer, varios de nosotros te escuchamos llorar cerca de los lockers. Scott es una mierda, y está haciendo de ti lo que quiere. Solo sufres. No importa si están ya demasiado distanciados o si se supone que siguen en algo, sigue tratándote como juguete. No eres SU juguete. Lo único que hace es buscar mujeres, mientras tú te pasas la vida trabajando y manteniéndote fiel a su supuesta palabra. No tienen ningún derecho a hacerte sufrir de la manera que te hace sufrir. Nadie lo tiene.
La joven de cabellos castaños lo observó, con el rostro contrariado. Tenía razón. Él se caracterizaba por ser imparcial, siempre ser justo, y decir lo que se tenía que decir; además de acompañar en los momentos difíciles. No sabía como encarar ahora el nuevo dilema que se le presentaba. Si accedía a darle la razón, tendría que hacer lo que desde hace mucho tiempo, tendría que haber hecho. Pero no dejaría que alguien más se entrometiera en su relación. Lo aceptaba, si, Scott era un bastardo mal nacido; la engañaba desde hacía años, pero aún lo soportaba. Por gusto de su padre, continuaba a su lado. Este concluía que lo mejor era estar junto a él. O era lo que él quería. Pero ella no quería verlo contrariado. No a su mejor amigo.
Además, no era ninguna santa. Las pequeñas aventuras que nunca resultaban en nada mas que un coqueteo o algún revolcón, decían lo contrario. El revolcón con Chris no había sido nada que no haya hecho ella en el pasado. El beso con Vickers decía, también, lo contrario. Luego, claro, se sentía como mierda; pero recapacitaba y se prometía nunca volver a hacerlo.
Scott era… algo agresivo en situaciones. Recordaba la "rabieta" que había protagonizado el día que se marchó al centro de reclutamiento, completamente decidida a integrarse. Era, claro, un crío de diecisiete años, pero demostraba un comportamiento muy inestable, hasta el punto de ser algo violento en situaciones. Jill siempre supo como mantenerlo al margen, pero sabía como utilizarla. Su padre lo quería a sobremanera, y siempre lo defendía, a pesar de amarla a ella por igual. Ahora tenía armas, sabía como ser fuerte; pero a Dick le rompería el corazón ver al apuesto caballero de cabello negro como el carbón, dejar de ser su yerno.
Asintió, y se enfrascó de nuevo en su lectura. Richard seguía observándola, pensando como alguien tan inteligente o fuerte como ella podía resultar tan cabezota. Era demás saber, que Jill siempre se demostraba inflexible en situaciones, lo que la convertía en una persona de difícil trato. Era muy buena, pero determinada. Y eso a veces le jugaba en contra. ¿No se daba cuenta que lo único que hacía era moler su autoestima con ese idiota? Tenía que haber un motivo por el cual no quisiera separarse de ese colosal imbécil. Mentalmente le deseó lo mejor, esperando que tomara la decisión correcta.
Dos horas habían pasado desde que Richard le había encarado; el informe estaba completamente leído. Había sustraído cada dato, aunque fuera insignificante. Según el buen Marini, todo contaba. En diez minutos tendrían que encaminarse a la sala de reuniones y soportar durante dos horas, la molesta presión de Wesker por más datos. ¿Qué buscaba? No había muchas cosas que responder. Los casos seguían apareciendo, pero con un periodo de tiempo indeterminado. Las victimas tenían el mismo tipo de heridas y la misma causa de muerte. La locación siempre variaba. Nadie sabía con qué más complacerlo. El noticiario estaba encendido. La pelirroja, enfrascada en su chaqueta de color granate, leía las últimas noticias. Todos preparaban sus hojas y biromes, esperando que fuera el tiempo.
Edward, desde la esquina, al fondo de la habitación, hablaba con su esposa. Esperaba muy buenas noticias, según se atrevió a decir. Kenneth, junto a Forest, Joseph, Chris y Brad, conversaban tranquilamente, y ocasionalmente reían. Marini y Wesker se habían marchado a preparar la sala. Rebecca había ido al baño, y luego se pasaría a ayudar a su capitán. Y Richard acomodaba su escritorio. De vez en cuando, le dirigía furtivas miradas, cargadas de preguntas. Sabía por que mano encararía el rubio. Lo conocía, quizás no tan bien como los demás, pero lo conocía. Bebió el último sorbo de su botella de gaseosa y la arrojó al papelero. Lo observó un momento más, mientras llenaba su bolso con papeles y algunos objetos personales.
Era buen muchacho, competente y buen amigo. Pero llegaba a ser muy directo, y su franqueza podía molestar a los demás. Por lo demás, era muy bueno en su trabajo, además de un genio en las comunicaciones. Era muy preciado dentro de los STARS. Suspiró, y continuó observando el noticiario.
-Supongo que aún piensas en nuestra pequeña charla de antes, ¿verdad?- Richard se apoyó contra el escritorio lindero, mirándola directamente. Esta volteó la mirada y asintió.
-Supongo que fuiste directo y bueno, me sentí un poco frustrada.
-Disculpa- dijo, y sonó sincero. Era una de sus cualidades.- Pero también tienes que admitir que es verdad. Jill, ese tipo no te ama, solo te utiliza.
-¡Ya se!- Dijo, exasperada, bajó la voz, al ver que los demás le dirigieron momentáneamente la mirada- Pero no puedo evitarlo, Rick. Supongo que aún siento algo por ese imbécil. Lo conozco desde los tres años. ¿Cómo puedo olvidarlo en un momento, habiendo compartido mi vida con él? Además, mi padre lo considera un hijo y no creo que quiera que me separe de él…
-No deberías complacer a los demás. Ellos solo evalúan lo que quieren, pero no lo que tu quieres. En el hipotético caso de que piensen en ti, ¿Crees que te dirían lo que en verdad piensan? Prefieren mantener en secreto lo que piensen, evitando que se expongan sus ideas.
-No conoces a mi padre. Piensa en todos y en cada uno de los que le rodean… Pero este caso es especial. Scott es como "el hijo que nunca tuvo"- diciendo esto, levantó las manos, haciendo comillas en el aire- Y piensa que lo mejor es que permanezca con él. Cree que lo que él hace está bien… No quiero decir a ciegas, pero es algo así.
Richard meditó un momento.
Siempre empujó y empujó, solamente para que lo nuestro funcione. Siempre pasaba por alto mis quejas; y siempre trataba de suavizar la brecha que se abría entre nosotros. Recuerdo que cuando cumplí mis veintiuno, Scott quería que nos mudáramos juntos, aunque él fuera un año menor. Presionó y presionó. Pero yo no quería. ¿Por qué lo haría? Pensaba que era como las demás chicas con las que se acostó, tonta, que me arrastraría a sus pies como si nada. Pero de golpe me ofrecieron aquí el empleo. Tardé en convencerlos a todos, pero por fin pude aceptar e incluirme en las filas. Pero él seguía oponiendo resistencia, diciendo que lo único que hacía era arriesgarme de forma innecesaria por alguien que no merecía mi vida.
Luego recurrió a las amenazas. Siempre decía "Voy a contarle a todos tus secretos, y vas a volver arrastrándote" o "Tu padre sufrirá más cargos innecesarios… ¿De verdad quieres que esté otros diez años metido en ese antro?" Nunca llegó a nada físico, pero siempre existía la posibilidad…
-Hay algo que no comprendo. ¿Tu padre ni siquiera movía un dedo en ayudarte con ese hijo de puta? ¿No pedía que alguien te ayudase desde fuera?
-¡Hey! Cuidado con lo que dices- le advirtió- y no. Estaba enceguecido. Además que, desde la cárcel, lo único que podía hacer era hablar con Aimee, su pareja, y decirle lo que él quería. Ella siempre volvía y decía "El mismo discurso" y nada más. A veces el gran Dick no sabe bien lo que quiere…
Edward, con los ojos humedecidos, y con una sonrisa en su rostro, interrumpió a todos. Todavía llevaba el teléfono en la mano. Estaba desbordando felicidad.
-¡VOY A SER PADRE!- Rió- ¡En tu cara, Frost!
-¿Y yo que hice?- Preguntó, confundido.
Un aluvión de buenos deseos y algunos "Felicitaciones" se hicieron sentir en el aire. Nunca se sabe que buenas noticias surcaban por las mañanas a aquella abarrotada estancia. Los muchachos, le rodearon, mientras que el rubio casi derramaba lagrimas. Se notaba que quería tener ese bebé. Jill sonrió y decidió integrarse al grupo. Aunque Dewey a veces fuera un completo idiota, se merecía las cosas buenas que le sucedía.
Sala de Reuniones- 15:30 PM
La sala, como siempre, olía a café. Algunas latas de soda, a medio consumir, habían quedado sobre las mesas que se alineaban a los costados de la estancia. La puerta, que daba a la sala de utilería, estaba cerrada. El pizarrón, tenía el área de la ciudad dibujada. Un mapa se encontraba a su lado, sujetado por unas chinches de colores Poco a poco, todos se iban ubicando en distintos asientos, dando paso a la calma. Jill se había cargado con todos los papeles que le parecieron necesarios. No sabía que llevar. Wesker seguía conversando con Irons, y de ello ya había pasado más de dos horas. Parece que el gordo jefe estaba disgustado. Marini, detrás del atrio, miraba a todos con rostro serio, casi inexpresivo. Si no fuera por que conocía su profesionalismo, pensaría que es el tipo mas aburrido del mundo.
Jill acomodó su brazalete, regalo de su último cumpleaños. Le gustaba, pero le resultaba incomodo. Además, ella confiaba que ante toda adversidad, le confiaba suerte. Marini carraspeó su garganta, y las últimas charlas cesaron. Su voz grave inundó la sala.
-Bien gente, como siempre y cada semana, los reúnen aquí para conversar sobre los últimos datos que se pueden obtener sobre estos brutales asesinatos.- Carraspeó nuevamente, y luego continuó.- Se que no se han obtenido nuevos datos, pero confío que hayan podido resolver algunas de las antiguas cuestiones que rondaban los informes la semana pasada. Gracias a Speyer, que por su increíble colaboración, pudo obtener datos certeros sobre la última victima.
Forest asintió, complacido. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro juvenil.
Además, los aportes brindados por Frost de la última autopsia despejaron muchas dudas que los demás miembros tenían. Pero queda la ultima cuestión, y es identificar la causa de por qué siempre es en la zona del bosque, y no en las carreteras y los confines o inmediaciones. –Tomó un rotulador, y con el mapa que le habían cedido, marcó cuatro círculos, donde se suponían que se habían encontrado a las victimas.- Tenemos hasta ahora cuatro sectores, dentro de la zona veintidós y veinticuatro. Allí se encontraron los cadáveres de las victimas, que en la actualidad, la cifra asciende a nueve victimas, y no se descarta que puedan aparecer más.
-Al costado del mapa, marcó palabras claves y los nombres de las victimas. Jill observó sus papeles y asintió. Estaban utilizando sus datos, y le daba un poco de orgullo. Se sentía bien por haber colaborado.
-Debido a la naturaleza territorial de los asesinos, se puede afirmar que los cuerpos son mutilados y, hasta mordidos, por la causa de la territorialidad. Demás reportes afirman haber visto criaturas, de apariencia canina, acompañando el área. Se supone que los atacantes utilizan los canes como defensa ante cualquier incursión de una posible victima que porte armamento. Lo que no se sabe a ciencia cierta, es por que, en ocasiones, solamente los canes atacan. Se puede afirmar, a su vez, que están entrenados para que defiendan el territorio que sus duelos marcaron como propio.
La estancia estaba sumida en el silencio. No había bromas, no había comentarios al azar, ni chistes, ni nada. Todos estaban concentrados en su tarea. Y, si se podía ser franca, le resultaba extraño.
Aunque también, los asesinos no tienen un rango de edad determinado. No prefieren victimas jóvenes, sino que se conforman con tener alguna. Tal es el caso de las primeras dos victimas, llamadas… Becky y Priscilla McGee, de nueve y siete años. –A Jill se le produjo un nudo en la garganta, y fue incapaz de tragar. Todavía le pesaba mucho las muertes de sus dos pequeñas amigas. Recordaba como se quedaban en su jardín, jugando tranquilamente; y ella le llevaba una jarra con limonada. Le habían hecho una gran compañía, y ahora, habían muerto.- Fueron encontradas en el sector veintidós, por un transeúnte. Este describió haber visto rastros de sangre a lo largo de un trecho de su recorrido. Y luego, al costado del camino, vislumbró a las primeras victimas.
La familia declaró que las pequeñas habían perseguido a su cachorro, que aparentemente se había fugado. Los cuerpos tenían mordidas, que los forenses determinaron como humanas, poseían restos de tejido en avanzado estado de descomposición y signos de una aparente lucha.
Jill dejó de escuchar, un momento, sintiendo las lágrimas que le quemaban. No podía con aquella imagen. Ella había ido, junto con un policía del sector de investigación, y reconoció ambas caritas. Se había jurado que atraparía a aquellos que habían arrebatado la vida de dos inocentes criaturas, y lo había grabado con fuego en su mente. Jill meneó levemente la cabeza, e intentó volver a concentrarse en las palabras de Enrico.
Pero no lo logró. No lograba apartar de sus pensamientos aquella imagen. La acompañaba desde entonces, en su vida cotidiana. En sus sueños… en todos lados. La noche pasada, se despertó de un sobresalto, luego de soñar que las niñas gritaban su nombre, en señal de auxilio. Siempre llegaba tarde. Algo le detenía; y cuando arribaba donde estaban las pequeñas, las encontraba en la misma posición… como cuando las había reconocido.
Observó los rostros de sus compañeros, tan concentrados como les era posible. Paso por cada rostro, cada seño fruncido, y concluyó que pensaban lo mismo que ella. Se necesitaba justicia. Las victimas necesitaban que sus asesinos fueran apresados.
-Jill, noto que te encuentro un poco distraída el día de hoy.- Comentó en voz alta el moreno. Jill sintió deseos de que le tragara la tierra. Todos voltearon a verla, y esperó no ser tan idiota como para sonrojarse.- ¿Quieres iluminarnos con tus ideas?
Dudó un segundo, sin saber que responder. Había escuchado la voz de Kenneth, comentando una teoría de por qué aquellas horribles personas realizaban aquellos cruentos actos. Leyó por un segundo la pizarra y se ubicó precariamente en la situación actual.
-Por los datos que sabemos hasta ahora, y por la información que vamos obteniendo de las ultimas victimas, se puede concluir como algún tipo de ataque hacia la forma de gobierno, tanto local como a nivel nacional. Los asesinos intentan intimidar a las autoridades, demostrando el dominio de la situación y aparentando grandeza. El hecho de que quizás no se los haya atrapado, les da una especie de confianza.
Creen que son inmunes. También pueden sentirse confiados por el hecho de que no hay indicios sólidos. No sabemos si se trata de un grupo o si es solo una pareja con canes entrenados para matar. Y también, por el número de victimas, quizás estén demostrando su poderío, eligiendo niños o adultos que paseaban por las colinas.
Jill esperó, pacientemente, observando el rostro de Enrico. Este, denotaba confusión e intento de comprender su punto. Fue lo que mejor supo explicar y su teoría más sólida. Su corazón latía tan fuerte, que temía que se oyera el ruido. El moreno asintió y escribió en la pizarra "poderío" y "amenaza al gobierno"
No supo como, pero sintió que podía volver a respirar. Se tranquilizó, y volvió a prestar más atención, con temor a que volvieran a pedirle su "ayuda". Chris le dedicó una sonrisa alentadora, y se sintió más en calma. Suspiró y dedicó toda su concentración a su trabajo.
Oficina STARS- 17:45 PM
Terminaba de guardar sus últimos papeles en el bolso, cuando Joseph interrumpió. Entro a trote en la estancia, con una sonrisa en su juvenil rostro. Jill lo observó, largo y tendido, descifrando que había hecho. Se escondió tras el vacío escritorio de Wesker, riendo como un niño pequeño. Otra vez, se había mandado de las suyas. Kenny, que también estaba presente, lo observó y le dirigió una mirada divertida. Jill asintió. El rubio intercambió miradas cómplices con ellos dos.
-Si Edward viene, yo ni siquiera existo.- Susurró. Unos estridentes pasos se escuchaban por el pasillo. El rubio, de contextura fuerte- y bailarín por excelencia- tenía el poder de enojarse con facilidad. Su trato podía convertirse en un infierno, si él quería que fuera un infierno. Jill había tenido un intercambio de palabras con él. Y había descubierto lo "mejor" que Edward Dewey tenía.
Se sentía un poco mal por la esposa del rubio. Aunque, cuando quería, era la mejor persona del mundo.
Entró de lleno en la casi vacía sala, mirando a todos lados. Su rostro denotaba furia, en su estado más puro. Llevaba el cabello mitad rubio, mitad azul… Y restos de papel crep. Jill intentaba mantener la compostura. Terminó de guardar lo suyo y se dispuso a salir. El muchacho frenó su salida.
-Disculpa, Jill, pero nadie se va hasta cerciorarme que el hijo de puta de Frost no esté aquí. –Dijo, estridente. Caminó lentamente por la estancia. Miró debajo de los escritorios, uno por uno. Removió la pila de cajas –repleta de papeles de casos viejos- y seguía sin encontrar al bromista. Solo quedaba un lugar posible…
-Amigo Frost- Dijo, y su voz fue dulce. Tanto como una reprimenda de un padre- Sal de donde estés, y prometo no arrancar tus entrañas y usarlas de alimento de mi perro.- Se aproximaba lentamente al más grande escritorio. Jill se sintió apenada por Jo, que sufriría la ira explosiva del rubio.- Con tu piel me haré un gran abrigo, y tu cabello, tan rubio como el de una princesa, ¡ME SERVIRÁ DE PELUCA!
Salto de pronto, detrás del escritorio. Joseph gritó como niña, al tiempo que le pateaba sus "partes bajas" y salía corriendo. No sin antes agradecerle a Jill y a Kenny por su silencio. Emprendió camino hacia la librería. Edward seguía en el suelo, adolorido. Mentalmente juraba que lo haría pagar, pero en ese instante, lo único que le importaba era el dolor agobiante que sentía en sus "partes"
Calle Raccoon, 18:30 PM
El sol con lentitud, casi parecida a la pereza, se ocultaba. El agotador día finalmente llegaba a su fin. Los niños, ya fuera de la escuela, jugaban en sus jardines. Las mascotas correteaban felizmente alrededor de ellos. Algunas parejas de ancianos salían a caminar por las calles, felizmente tomados de la mano. Era casi ensoñador todo. O por lo menos, eso le parecía a Jill; quien era acompañada por el joven y apuesto Redfield. Las nubes, con lentitud, se desplazaban, ocupando el atardecer sin ningún tipo de reparo. El perfume de las flores, que iban dejando atrás, era el perfume perfecto para completar la tarde. Aspiró con fuerza, intentando que su interior recordara ese aroma mucho más adelante. El aroma del césped recién cortado se esparcía sin reparo alguno. Algunos sistemas de riego se encontraban funcionando, sin que nadie le supervisara. Un derroche innecesario, pero mantenía con vida los jardines.
Chris, sin que ella se hubiera dado cuenta, le tomó la mano entre la suya. Estaba tibia. Como por arte de magia, un calor recorrió el cuerpo atlético y estilizado de la joven castaña. Sonrió para sus dentros. Parecía una niña con su primer novio. Recorrieron las calles con silencio. No necesitaban hablar. ¿Por qué hacerlo? Disfrutar de aquellos sonidos, completamente naturales, era la mejor charla que podían dar. Las casas, pequeñas, lentamente quedaban detrás. Los ruidos de los coches se fueron difuminando con la distancia. Las farolas de las calles, una por una, se iban encendiendo. Era el escenario más pintoresco que jamás hubieran vivido.
Llegaron a la pequeña casa –pero perfecta- antes de que se dieran cuenta. Chris le acarició y besó.
-¿Tiene que ser en mi jardín? – Preguntó Jill, al tiempo que se estremecía por las caricias del castaño.- ¿Qué pasa si alguien del equipo que vive por aquí pasa y ve esto?
-Son solo caricias, Jilly, no van a molestarnos…- Dijo, y la besó con dulzura. El roce de ambos labios provocó una marea de sensaciones que Jill no sabía explicar. ¿Cómo podía sentir tanto por él? Lo conocía desde hacía mucho, mientras se formaba para entrar en la academia de policía, pero jamás sintió lo que sentía en aquel momento.
Dejó que sus manos se apoyaran en su cintura, al tiempo que dejaba descansar las suyas alrededor de su cabeza. Estaba feliz. Finalmente era feliz con alguien del sexo opuesto. Scott le había dejado una marca en su corazón, que apenas comenzaba a cicatrizar; pero poco a poco lo lograría. Además: el pasado, pisado. La calida brisa dejaba que sus cortos cabellos se mecieran, casi con dulzura. Sus ojos se encontraban cerrados, disfrutando del momento a ciegas. No necesitaba ver, solo sentir. Muy a su pesar, lentamente se separó del joven.
-Tenemos que entrar. Los mosquitos comienzan a molestarnos.- Bromeó. Chris soltó una risita- ¿Quieres pasta del día anterior? No se me antoja realmente cocinar.
-No me molesta, en lo más mínimo.- Dijo, y acarició su rostro. – Si tiene albóndigas, es mejor para mí.- Rieron.
-¿Por quien me tomas? ¿Por un chef francés de una cadena de hoteles de lujo? Pasa ya.- Ingresaron en silencio. La casa se encontraba limpia, ordenada y sin nada fuera de lugar. Necesito dejar de ser tan obsesiva… Nunca lo notaba, pero ahora, su orden casi perfecto le daba nauseas. No quería causarle una impresión negativa a Chris. Siempre se reprochaba lo mismo cuando algún amigo decidía pasarse por su casa. Se sentía como si fuera una persona controladora y no dejaba de preocuparse en mantener todo en completo orden. Dejó su bolso en un sillón de cuero, arrojó sus llaves a una cestita y se adentró en su cocina.
-Siéntete como en casa.- Gritó.
-Ni mucho menos- Respondió el castaño, que dejó sus pertenencias en el suelo, al lado del sofá. Este, miró alrededor, comprobando el buen gusto y el orden que siempre caracterizaba a Jill. Le gustaba, y lo hacía sentirse algo especial. Se preguntó si el orden solamente era por su presencia, o si siempre fue tan ordenada.
Jill tomó los sobrantes de su cena anterior, que le había resultado excesiva. Encendió el horno, agregó un poco de agua caliente, y especias. Dejó la apetitosa cena dentro del viejo aparato; y dejó que todo se fuera calentando. No había prisas. Ni necesitaban prisas. Abrió un armario y tomó dos platos. Dejó uno frente al otro. Hizo lo mismo con los cubiertos y los vasos. Estuvo satisfecha con el resultado. Volvió al living y encontró al apuesto castaño sentado, mirando a su alrededor.
-Sabes…-Comentó, y se sentó a su lado.- Cuando miras para todos lados, me haces sentir incomoda.
-¿Por qué?
-Por que me siento mal por el orden que dejo a todo. ¿No crees que soy un poco obsesiva?- Chris negó con la cabeza. Ella se sonrojó.
-¿Por qué deberías serlo? Te gusta el orden, y que apliques eso a tu hogar no te hace obsesiva. – Le sonrió.- Tu tienes esto; yo soy la persona mas desordenada del planeta. La gente es así. Yo fumo, tu no. ¡No te preocupes!
-Si…- respondió, acomodando su cabello tras su oreja- pero a veces me resulta incomodo. Para todo es lo mismo, y a veces se me resulta complicado… Ya sabes…
El castaño asintió, y la miró con ternura. A Jill se le borraron todas sus locas ideas de la mente, casi como si fuera al sonido de un chascar de dedos. Chris podía hacerla sentir cómoda, tranquila, pero le daba una fuerza y seguridad que jamás experimentó. Eran muy buenos amigos. ¿Y algo más? Se sentía confusa.
-Me agradó tu forma de pensar hoy en la reunión- Comentó el castaño, Jill asintió.-Fue la manera mas fácil de responderle a Enrico sin saber que estaba sucediendo en la estancia. ¿O me equivoco?
Jill rió y asintió.
-Si te puedo ser franca, me había perdido completamente. Desvié el rostro un momento y ¡Pam! Enrico me vio y sugirió que dijera lo que pensaba. Dios bendito que no fui la primera en hablar. Si te digo que no me temblaban las piernas, te miento. Además, nunca me sentí tan aliviada cuando aprobó mi teoría.
-Y debo añadir que se pareció mucho a las que ya habían dicho; pero con el típico toque femenino.- Ambos rieron.
-Solo tengo una pregunta… ¿Me veía como estúpida antes de hablar?
-Mmm... No. Si te habías sonrojado, pero no mas que ello. Dabas gracia.
Jill enarcó una ceja, fingiendo sentirse ofendida. Chris se descostillaba de la risa. Esa situación se le antojaba bonita… Y le gustaba.
Carretera 45, 18:59 PM
Scott conducía a gran velocidad por el corto trayecto que le quedaba hasta Raccoon City. No podía creer que la jodida Jill haya decidido romper con él. Nunca lo haría. No dejaría que lo hiciera. El viento alborotaba su cabello negro azabache, lleno de ondas. Sus ojos, verdes como el césped en el verano, tenían un brillo aterrador. El sol del atardecer inundaba el coche, y molestándole de sobremanera. Estaba furioso. No esperaría para encontrarla. NO podía dejarle… Se había convencido, mientras una de sus fantabulosas y voluptuosas amantes, le echaba un buen polvo, que la encontraría y la obligaría a romper. No le importaba que se hubiera enterado de todos sus deslices amorosos, y mucho menos si se victimizaba como siempre lo hacia.
No, nada de lo que dijera o hiciera le dejaría tranquilo; planeó verla en su horroroso trabajo, y echarle en cara de sus patéticos compañeros toda la mierda. Si, así sería su pequeña venganza. Nunca se sentiría mas humillada en su vida si revelaba los pequeños secretitos que guardaba. La perra se sentiría desdichada y volvería corriendo a sus brazos, completamente avergonzada. Si, siempre lo hacia. Era débil, comparado con él.
Era fuerte, de contextura amplia y musculosa. Sabía como hacer sentir a los demás inferiores. No quería recurrir a el maltrato físico, pero si no quedaba mas opción… Además, Dick lo adoraba. Desde pequeño que siempre le decía que era el hijo que nunca pudo tener. Y la pequeña Jill siempre obedecía obedientemente sus deseos. Sonrió, con cierta sorna en su sonrisa. Aceleró, esperando que el momento que tanto planeó en toda su travesía, se consumara. No lamentaba afirmar que él era mal tipo. Más bien, le gustaba. Le daba respeto. Lo que todos le tuvieron y seguirían teniéndole.
Toda la secundaria fue el mayor matón, saliendo con la chica más guapa y bonita que asistía. Todos le envidiaban, y eso incrementaba de sobremanera su ego. Y hasta ese momento, su ego sobrepasaba las nubes. Disminuyó la marcha, cuando tomó una de las primeras salidas a las calles que surcaban las afueras de la comunidad. Había reservado de un día para el otro en uno de los hoteles de mejor lujo que la comunidad poseía. Esas eran las ventajas de ser hijo de uno de los mejores ladrones de la historia. Su rostro mantuvo su semblante serio, casi imperturbable. Estaba seguro de lo que iba a hacer. Le parecía lo mejor. Alguien debería aprender algunas nuevas reglas.
Se detuvo ante una anciana que cruzaba con dos niños a su lado, con el semáforo a su favor. Apretó con fuerza el claxon, pero la anciana ni siquiera se inmutó. Estaba acostumbrada a los jóvenes de ahora. Siempre tan mal educados. La anciana se había alejado, y el muchacho aceleró. Su Ferrari, ultimo modelo, rugió por las calles poco transitadas. No podía hacer que su bebé se detuviera. Nadie lo detenía jamás. El Holliday Inn estaba a unas calles más de distancia, en uno de los barrios de los que mejor acomodados estaban. Actualmente se relacionaba con gente importante. Grandes ladrones de banco, altos cargos en los carteles de droga, asesinos a sueldo. Un ambiente para nada agradable.
Pero ahí dentro tenía su respeto, el que siempre mereció. Era una lastima que Jill se hubiera vinculado con la ley. Ella era muy buena desbloqueando cerraduras; y los explosivos también eran su especialidad. Pero no, la niña buena tenía que complacer a papi… Y podía afirmar que un poco la odiaba, y siempre sentiría cierto resentimiento por ella.
Llegó a las puertas del parking, y dejó que uno de los botones tomara su equipaje y lo llevara directamente a su suite. Su coche –supervisado con ojo de águila- fue correctamente estacionado, y sin dañar la hermosa pintura negra. Se registró, y con caminar un poco soberbio, se encaminó al ascensor. Una chica, guapa y de cabello rubio, pasó a su lado. Volteó su rostro y admiró aquellos dos glúteos. ¿Qué podía decir? Amaba los culos. Y, claro, amaba a las mujeres. Presionó el botón y esperó. Admiró el lujo que se costeó. Alfombra roja, siempre bien aspirada, paredes de un color crema, bonitos apliques con forma de flor, y mesas con cruentos floreros, llenos de hermosas rosas y orquídeas. Se sentía a gusto en un lugar así.
Y era, específicamente, donde tenía que estar.
Las puertas se abrieron.
Un perfume floral, junto con la típica musiquilla, asaltaron sus sentidos. Se sentía completamente a gusto. No tardaría en desempacar su traje de baño y dirigirse al sauna, a descansar después de semejante viaje. Respiró profundamente y marcó el piso número diez.
Aguardó pacientemente que el gran aparato llegara a su destino. Con un zumbido, una pequeña sacudida, y el pitido de la campanilla; llegó a su destino.
Se instaló cómodamente, dejando sus aparatos de rastreo policial a un lado, y sus objetos personales, en otro. Era, aún, muy buscado. Se sentó en la cómoda silla del salón. Un juego de copas de cristal, mas una buena botella de whisky, estaba a su disposición. Se sirvió un trago, para relajarse aún más.
Su vida era buena, y Jill estaría en ella. Quisiera o no. Y tenia muchas ganas de divertirse…
