N.A: sigo de viaje, mi prima de siete años tiene una obsesión conmigo y no me deja en paz, pero no puedo ignorarla. Sin embargo, contra viento y marea he actualizado. En este cap entraremos un poco en materia y comenzarán a develarse ciertos misterios necesarios, y a formularse nuevas preguntas.

Espero que les guste y pido que me disculpen por los errores ortográficos.

Disclaimer: el Potterverso no es mío.


Uchronist

~O~

Capítulo 3 — Preguntas que no necesitan respuestas

—No, no. Esa palabra no. En serio… ¿podrías utilizar otras… frases para que pueda recordar que no sea necesariamente eso?

—Eres bastante aguafiestas.

—Se trata de que recuerde, no que me crees imágenes mentales traumatizantes.

— ¡Vamos, Harry! —Draco hizo un fingido mohín en su dirección—. Madam Pomfrey dijo claramente que necesitas recordar, y que las palabras familiares son muy útiles —informó, alzando su índice críticamente mientras mantenía su rostro falsamente serio—. Hemos comenzado con un tópico que te gusta, ¿cuál es el problema que te pregunte sobre sexo?

Rodó los ojos, posando su mirada esmeralda en el lago congelado que frente a sí se desdibuja gracias a la espumosa neblina que apenas deja entrever los retazos de hielo. Su tópico favorito, claro. Sexo es lo último que tuvo y lo primero que el pervertido de Malfoy le quiere hacer recordar. De verdad, ¿cómo demonios no se había dado cuenta de lo perverso que es este chico?

Pero aquello ya no importaba, Draco había estado parloteando palabras obscenas sin sentido en esa hora de descanso con el firme propósito, según este, de hacerle recordar un aspecto importante de su vida. Él cree fervientemente que esas palabras malsonantes definitivamente no concuerdan con su diccionario mental de relaciones sexuales frecuentes, palabras del mismo Malfoy.

Por primera vez en su vida desea recordar algo generalmente bueno y entretenido que le ha pasado en su triste existencia, y no lo evoca en absoluto. Alzó su vista hacia el nublado cielo donde apenas se podían entrever unas cuantas nubes grises. Cuando le había comentado a Malfoy su exigua memoria, éste había parecido realmente frustrado. De ahí las palabras impúdicas florecieron de su aristocrática cavidad bucal y Harry se sorprendió enormemente de saber cómo alguien tan, dícese noble y elegante, pudiese tener una boca tan sucia y pensamientos de dudosa procedencia.

Un suspiro quedo atrajo la atención de Malfoy, quien levemente acunó su fría mano entre las suyas, entrelazándolas para brindarle un calor que en esos momentos Harry no puede agradecer sinceramente. Una sonrisa esbozó por toda respuesta. Agradece que Draco sea un Slytherin, que no sea como Ron o Hermione, porque allí es donde obligatoriamente la sinceridad y los miedos de Harry deben ser expuestos sin miramientos.

La primera ventaja de ahora es que Malfoy definitivamente no necesita de frases vacías que escasamente describen lo que en el interior de Harry bulle como el silencioso murmullo de una chispa que apenas encendida, espera impaciente por explotarlo todo. La segunda es que su verdad aún está fielmente guardada bajo el pronóstico que la enfermera les dio hace media hora atrás:

—Está bajo un hechizo, señor Potter —fue lo que sentenció Madam Pomfrey cuando hubo terminado de examinarle con su varita.

En aquella enfermería extrañamente vacía, Harry sentado en la camilla observaba los resultados, y Malfoy aguardaba en un silencio expectante el anuncio definitivo. El olor a hierbas y a pociones de fragancias que distan mucho de su sabor verdadero, inundó sus fosas nasales. Por un momento se perdió en el aroma que en su vida anterior se había acostumbrado ante la racha de golpes y fracturas sufridas. Y ahora que Harry vuelve a inhalarlos, siente que es diferente, que algo ha cambiado.

—No puedo ultimar si es una derivación del Obliviate —explicó la enfermera, ante el tenso silencio—, porque de ser así, sería sencillo remover el hechizo, cosa que no sucede con éste.

Harry no podía permanecer en silencio ante la información que estaba obteniendo de Madam Pomfrey en aquel instante. Había dicho que está hechizado. Sería extraño que yaciera en un mundo donde no pertenece, y pudiese andar a sus anchas libremente sin consecuencias a la vista. Pero ahora que tiene la dolorosa certeza de que sí está bajo los efectos de un hechizo del que no tiene autoría alguno, un temor súbito nace en su estomago.

¿Será bueno o malo? ¿Beneficioso o no?

Lentamente volvió su mirada hacia la enfermera que aguardaba, su rostro recio expresaba una muda espera, como si esperara que Harry hiciera una pregunta para poder continuar con su debida explicación.

— ¿Sabe de qué hechizo se trata? —preguntó, no sabiendo si era la pregunta acertada, mas no le importó.

Su mente aún es una bruma espesa de confusión, y obtener un nuevo problema a su vida no es algo de lo que esté muy ansioso por saber. Sabe que está hechizado, que debe removerse el jodido hechizo de alguna forma u otra, ¿pero acaso es lo que realmente desea?

—Señor Potter —Madam Pomfrey habló, su voz cargando cada gota de paciencia que posee. Harry volvió su vista hacia ella una vez más, de reojo sintiendo una mirada gris clavándose en su nuca con insistencia—. Si supiera de qué hechizo se trata, en estos momentos usted estuviese seguramente en coma ante los recuerdos que ha perdido. Son aproximadamente cuatro años, más las lagunas mentales de su infancia —informó críticamente, escudriñándole con la mirada—. Ciertamente usted ahora no es un saco muerto en la cama, ¿me equivoco?

Harry negó rápidamente con la cabeza, sintiendo un punzante dolor ante el rápido movimiento oscilatorio. Atrás escuchó como Malfoy reprimía una risita, carraspeando, y tuvo que verse en la obligación de girar y obsequiarle una mirada airada, recriminándole silenciosamente que aquello no era un juego. Por suerte el otro calló, y se detuvo a esperar silenciosamente que la enfermera continuara con su pronóstico tan serio y circunspecto como siempre.

Con un suspiro, Harry nuevamente encaró a Madam Pomfrey.

— Aun así, ¿hay posibilidad de revertir el hechizo? —preguntó, plenamente consciente de la duda que dejó entrever en aquella oración.

Sabe que aún no está del todo seguro respecto a aquella pregunta que formuló. ¿Es lo que desea realmente? No sabe qué esperar de ello, pero aun así silenciosamente decidió que tarde o temprano deberá recuperar sus recuerdos y develar el enigma principal. Además, si deja translucir su poco interés por la recuperación de sus memorias, Malfoy volvería a sospechar de él, y lo último que él desea es que el rubio le acose con más preguntas.

—Hay posibilidades —fue la escueta respuesta de la enfermera.

Ella caminó por todo el recinto hasta llegar a su escritorio. Sacó de algún cajón un pergamino y allí garabateó algo que Harry no pudo ver. Luego se volvió hacia él, su rostro envuelto en una maraña de circunstancias que no le gustó, porque inmediatamente su vista avejentada se volvió hacia el rubio que aguardaba fielmente a su lado.

— ¿Qué? —inquirió Malfoy, receloso.

—Sr. Malfoy, deberá seguir este sencillo tratamiento y ayudar al Sr. Potter con la tarea. Según mis conjeturas, el hechizo no debe afectar la vida del paciente, por lo que usted está a cargo —informó Madam Pomfrey entregándole una hoja con apenas una frase escrita.

Harry arguyó que ella simplemente debió decírselo en voz alta, clara y fuerte. Pero no sucedió de esa forma, Malfoy mantuvo su mirada gris posada sobre el pergamino con la sencilla oración escrita a tinte fresca. Parecía releerla una y otra vez, su tez manteniéndose imperturbable, mas sus orbes hablando por sí solas.

—Está bien. Será sencillo —aceptó finalmente, doblando el pergamino y guardándolo en su túnica. Harry quería saber qué había escrito allí.

—Bien —asintió la enfermera, esta vez posando sus ojos sobre Harry, quien no pudo evitar enarcar una ceja—. Sr. Potter, me temo que ahora no puedo darle noticias claras sobre el hechizo, pero puedo reportar el caso al director para que usted tenga un permiso especial.

¿Permiso especial? Harry sopesó las ventajas de que hayan más personas enteradas sobre su situación actual, y su rotunda conclusión fue que no. De soslayo observó a Malfoy, y a pesar de su tez inmutable, sus ojos expresaban que la decisión corresponde a su persona.

— ¿Lo considera necesario? —preguntó, esperando la respuesta casi con impaciencia.

—Ciertamente no —concluyó la enfermera, meditando unos segundos antes de volver su atención a los alumnos—. Su vida, al menos el cincuenta por ciento, no se ha visto afectada. Puede reconocer rostros, nombres, fechas, más no los recuerdos sentimentales, ¿cierto? —inquirió, y Harry asintió—. Bien, mientras pueda recordar, las emociones olvidadas volverán —ella sonrió apenas—. Eso sí, si presenta problemas con el hechizo, el director deberá entrar en acción. El trabajo del señor Malfoy es evitar los inconvenientes, de momento.

—Bueno, eso es un alivio —dijo sin ironía, observando de reojo a Draco que le sonreía levemente.

Mas en el fondo un pánico sordo se apoderó de Harry, sintiendo como lentamente se hundía. Sería verdaderamente problemático dejar que los demás se enteraran de la situación.

¿Había estado bien ir con la enfermera, en primer lugar?

—Prometo investigar sobre su caso para que así sus recuerdos puedan estar donde deben —comunicó, sacándole de sus elucubraciones—. Sólo puedo darle la certeza de que sobrellevar su vida ahora no será inconveniente debido a la parte instintiva de su cerebro.

—Está bien —dijo Harry, encogiéndose de hombros, pretendiendo ignorar con todas sus fuerzas el presentimiento que le persigue—. Puedo vivir con ello mientras tanto.

Y ahí estaba. No había mentido al respecto. Puede vivir con ello porque eso es lo que ha estado haciendo últimamente: vivir con lo que tiene. El décimo suspiro de ese mediodía escapó de su boca, manifestándose en un vaho blanco que se entrelazó con la neblina, perdiéndose entre la bruma que hoy arropa a Hogwarts.

¿Qué hacían afuera? Los hechizos de calentamiento apenas le confortan. Tal vez Harry no quiere enfrentarse a la cruda realidad que le aguarda dentro de las paredes del castillo. Lo que desea es huir, no pensar jamás en las consecuencias y mucho menos en lo que sucedería si Madam Pomfrey decide comunicarle a los demás su situación.

—Bien —Malfoy habló en tono crítico, sacándole de sus pensamientos una vez más—. ¿Qué recuerdas si te digo: "posición del misionero"?

Harry volvió a suspirar, ya perdiendo la cuenta de las veces que le había dicho a Malfoy sobre su adorable forma de ayudarle en el proceso de recuperación de memorias. Sabía que, por palabras del propio rubio, la enfermera le relegó el trabajo de auxiliarle para poder recordar, diciéndole explícitamente que debía describirle a Harry sobre sus recuerdos compartidos para que así el muchacho pudiera hacer memoria más rápido, en lo que ella iniciaba su investigación.

Pero si Malfoy no salía del tópico sexual, avanzarían nada.

—En serio-, Draco —masculló. Ahora podía decir el nombre de pila del rubio, pero cada vez que intentaba decirlo su lengua se atragantaba y debía hacer una pausa incómoda—. No puedes decirme, no lo sé, ¿otra cosa? Algo que no sea generalmente referido al sexo.

A Harry no le incomodaba en sí que Malfoy le relatara cada una de las posiciones que hay en los libros de sexología. Bueno, sí le inquieta, pero lo que más le turba es que el chico le diga cada una de las posiciones en la que dos hombres tienen relaciones sexuales. Él ya estaba consciente de lo retorcido que era al saber que en su vida pasada, la ausencia de mujeres en su cama fuese notable, pero que el rubio se lo recordara cada tanto, le perturbaba a niveles que no estaba muy dispuesto a admitir.

—En serio, Harry —Draco le imitó burlón, viéndole de soslayo—. ¿No recuerdas nada de la posición? Es la que más te gust-

— ¡No, no! —exclamó, llevando sus manos a los labios de Malfoy, aprisionándolos rápidamente—. ¡No pongas esa imagen en mi cabeza! ¡Te lo prohíbo!

Malfoy rió apenas, y Harry frunció el entrecejo notablemente. Ya no quería recordar un coño. Le estaba molestado seriamente que Malfoy supiese más de su vida sexual que él mismo. Ya de por sí estaba sumamente irritado con todo lo que ha transcurrido en los últimos tres días desde que despertó en aquel lugar.

Algo húmedo en su palma le sacó de sus pensamientos. ¡El asqueroso ese estaba lamiendo su mano!

—Ahg, ¡eso es repugnante! —rápidamente alejó su mano de allí, y se la limpió con su túnica, mirando resentidamente al rubio—. Eres un asqueroso, ¿lo sabes?

—De nada —le sonrió levemente. Se incorporó de la banca donde anteriormente estaban sentados, observando el clima de Hogwarts, y le vio, la sonrisa aún paseándose apenas—. ¿Ya estás mejor, verdad? Ahora podremos entrar para irnos a comer. Ya tengo hambre.

Le tendió la mano, y Harry se le quedó observando como si todas las explicaciones del universo se encontraran ahí, sin reparar en el hecho de cuánto tiempo se quedó contemplándole.

— ¿Harry?

Dio un súbito sobresalto, saltando de la banca.

— ¡Ah, sí! Vamos, yo también tengo hambre.

Harry no sujetó la mano que le ofrecía, tan sólo se incorporó, pasando a su lado sin reparar en la mirada contrariada que le obsequió Draco de soslayo. No pudo evitar ignorarle en ese lapso de tiempo, porque estaba cavilando en lo anterior dicho por el rubio. Se sentía bien, ¿no? En ese pequeño momento que compartió con Malfoy, se le había olvidado todo: sus inquietudes, sus temores; la realidad que ahora se le presenta no parece ser más que un olvido imprevisto ante la situación anteriormente compartida.

Aquellos tres días de convivencia le habían parecido una desagradable eternidad. Pudo percatarse de cómo le observaban, de la forma en cómo le trataban, y no supo si sentirse aliviado por ello, o molesto por el hecho de ser uno alumno más en aquel lugar y no el chico-que-vivió de su turbulento pasado.

Las cosas no habían sido fáciles. Tener que fingir ser amigo de personas en las que algún momento odió, no fue sano para su integridad mental. ¿Quién diría que Pansy Parkinson le abrazaría preguntándole por qué demonios estaba en la enfermería y no le avisó? ¿Cómo era posible que esa chica le viese con afecto y no la antigua burla que una parte inconsciente de Harry se encargaba de recordarle constantemente? Adaptarse no fue sencillo, pero estaba haciendo un excelente trabajo en pasar desapercibido de todo, centrándose únicamente en la sombra que le perseguía y en develar el misterio que ahora envuelve toda su vida.

Dejar de lado todo el empeño que supuso adaptarse en ese mundo en aquel rato que había pasado a solas con Malfoy, fue algo que no previó. Lo había olvidado todo, así como ese fortuito hechizo había desaparecido en la espesa bruma todos los recuerdos que supone, debe tener de ese mundo. El peso muerto en sus entrañas se hace insoportablemente pesado, renaciendo en él un incomprensible sentimiento de culpabilidad. ¿Acaso estaba bien olvidar el motivo de todo lo que sucede? ¿Acaso estaba mal sentirse así de libre por primera vez en años? No puede comprenderlo, y todo absolutamente todo le perturba.

¿Qué debe hacer? ¿Alejarse y obviar que Malfoy está allí, viéndole… su rostro expresando sentimientos difíciles de descifrar?

—Harry… —la mano pálida de Malfoy se posó sobre su hombro, llamándole tenuemente—. ¿Harry?

Le escuchaba, atendía, pero no podía salir de su letargo. Necesitaba considerar qué hacer, cómo recordar y a qué enfrentarse. Alejarse de Malfoy era una opción, ¿acaso no le odiaba? Exacto, le odiaba. Ya ha compartido apenas unas setenta y dos horas con él, pero Draco Malfoy en aquellos pequeños intervalos de tiempo le ha comentado más de su vida, de lo que Ron o Hermione serían capaces de hacer en todo un año.

Quiso creer rotundamente lo contrario, pero las palabras de Malfoy pesan más que la realidad pasada a la que Harry tanto quiere abrazarse.

—Recuerdo que hace una semana llenamos de pompas rosadas el baño de prefectos y tuvimos un desmadre intenso, Harry. Hasta cantaste esa canción muggle que tanto le gusta a tu padrino.

— ¿En serio?

—Sí, fue un autentico logro sacarte de ese patético estado Hufflepuffdeprimido cantando esa canción de esa banda de rock muggle.

—Vaya…

—Ojalá pudieras recordarlo.

—Me gustaría hacerlo.

—Sería bueno, así recordarías como Blaise y Pansy se besaron cantándose esa canción de los Beatles, y al día siguiente hacían de cuenta de que nada había pasado. En serio, si recordaras ahorita estarías riéndote.

Riéndote.

¿Hacía cuánto que esa palabra tenía un significado carente en su vida? Él reía, pero apenas esa mueca esbozada llegaba a sus labios, porque sus ojos reflejaban un vacío incapaz de ser consolado. Riéndote. ¿Sería verdad? ¿Acaso podría ser capaz de reír como un chico normal por alguna vez en su complicada vida?

—Harry… ¿estás bien? —la voz de Draco sonó leve, preocupada.

—Estoy bien —respondió automáticamente, apenas observándole de reojo, y notó su tez llena escepticismo—. En serio, es sólo que esto de recordar y a la vez no, es complicado, ¿comprendes? —vio al rubio asentir, ahora su expresión suavizándose. Sonrió inconscientemente—. Ahora vayamos a comer, que llegaré tarde a Adivinación.

Retomó su caminar, adentrándose al pasillo, interceptando a varios metros de distancia la esquina que guiaba a los portones del Gran Comedor. Draco se le unió, posándose a su lado, caminando en un cómodo silencio. Harry pudo sentir cómo le veía, y supo de reojo que el chico quería comentarle algo, o al menos esa fue la sensación que le dio.

— ¿Qué?

— ¿No has considerado dejar esa materia? —preguntó. Harry sabía que se refería a Adivinación—. Es tan estúpida y patética que en serio no sé cómo la soportas.

—No puedo —respondió, sonriendo sin ganas—. Tenemos los T.I.M.O.s encima, y la ventaja que tengo sobre Adivinación es que no es doble. Además, Trelawney ya nos encargó que hiciéramos un diario de sueños durante todo un mes —Malfoy resopló, por toda respuesta. Harry no dijo nada más.

Llegaron al Gran Comedor, y como había hecho en la mañana, Harry se deslizó no sin cierta aprensión hacia la mesa de las serpientes, correspondiendo los asentimientos de cabeza a modo de saludo. A diferencia de los Gryffindor, los Slytherin son sumamente educados a la hora de comer. Ejercen con una perfección irritable todas las normas alimenticias. Es desquiciante, pero por alguna razón incomprensible, Harry puede soportar estar al lado de ellos sin desesperarse por el espeso silencio. Malfoy apenas le habla cuando come, y no quiere admitir que le gustaría que el rubio le dirigiera algunas palabras, mientras.

Agarra su chuleta de cordero sin muchas ganas, trayendo a colación mental las normas de etiqueta que nunca le enseñaron; sin embargo, sorpresivamente lo estaba haciendo bien, eso de comer con elegancia. O eso piensa, pues nadie le ha mirado con desdén, más del necesario.

—Oye Harry.

Alzó su vista del platillo, para posar sus orbes frente a la chica de aspecto elegantemente desaliñado, si así podría llamársele al estilo curioso de Pansy Parkinson. No sabía cómo tratarla, pero al menos no le llamó con el usual tonito burlón que ejercía en otros tiempos. Enarcó una ceja interrogante, aguardando a que ella hablara.

— ¿Leíste El Profeta? —preguntó ella, no con burla, si no con una curiosidad anticipada.

Frunció el ceño. El tan querido Profeta. ¿Hasta en ese mundo le tocaría las pelotas? Jamás podría deshacerse de él. ¿Qué habría en ese patético periódico? Tal vez lo mismo de aquel año, dándose el caso de que las cosas se repitieran en algún tipo de bizarro ciclo que sólo serviría para atormentarle hasta la locura. Iba a negar con la cabeza, hasta que la voz siseante de Malfoy le interrumpió.

—A Harry no le interesa lo que haya allí —masculló en dirección a Pansy, que como siempre no se dejaba amedrentar por el humor del rubio.

—No lo he leído —terminó de responder, frunciendo el ceño en dirección a Draco.

—Draco, cariño, deja de proteger a Harry, él debe saber lo que sucede fuera, ¿verdad que sí Blaise? —Pansy preguntó en dirección al chico de piel oscura quien levantó la mano en señal de total neutralidad. Ella frunció el ceño, e hizo un mohín frustrado. Se giró en dirección a Harry, lanzándole el periódico—. ¡Ahí tienes, y asegúrate de leer bien!

Harry lo atajó antes de que se manchara con la comida, mientras observaba de reojo a Draco quien ya poseía esa cara de circunstancias tan usuales en él. Al menos desde que comenzó ese lío de recordar y no. Decidiendo preguntarle más tarde los motivos, volvió su atención al Profeta, preparándose mentalmente para lo que leería a continuación.

Pero no, no se preparó como debía. Su máscara inquebrantable se cuarteó apenas. Pansy volvió a su asunto y Zabini no tenía intenciones de dirigirle la palabra de momento. La única persona que le vio quebrarse fue Malfoy, quien como ya venía siendo usual en ellos, al menos desde hace tres días, le tomó la mano por debajo de la mesa, apretándosela.

¿Por qué demonios se empecinaban en ocultarle las cosas? El resentimiento se apoderó de él, y fue inevitable no alejar la mano de Malfoy de forma ruda. Se incorporó, perdiendo ya el poco apetito que tenía.

—Parkinson, me lo llevo —alzó el diario, mostrándoselo mientras se alejaba rápidamente de un Malfoy que se levantaba rápidamente del mesón.

Cuando salió del Gran Comedor, ni siquiera se percató de las miradas, o de cómo sus mejores amigos le ignoraban. No le importó, al menos no de momento. La rabia cegó todo raciocinio, y lo único que quedó en sí fue un sentimiento hondo de resentimiento hacia Malfoy, y todos aquellos que una vez decidieron ocultarle información por su bien.

Iba doblando la esquina cuando una mano sujetó su brazo con fuerza. Giró, y con brusquedad se asió de la extremidad que le sujetaba.

—Harry, espera. ¡Déjame explicarte! —en vano intentó detenerle.

—No, déjame en paz, Malfoy —espetó con rabia mal contenida.

Por un extraño instante sintió que algo encajaba. Que ahora no podía contenerse cuando pronunciaba aquel apellido con ira desdeñosa. Sin embargo, cuando vio el sutil dolor reflejado en tez albina, tuvo que contenerse, recordándose una vez más que ese no es el Malfoy al que le corresponde llevar toda su ira. Frunció los labios, haciendo acopio de toda su paciencia

—No quiero hablar ahora, ¿entendido?

—Pero…

—No, cuando llegue a la sala común me explicarás por qué tanto secreto. Ahora debo ir a Adivinación —sin esperar otra fútil explicación, se giró sobre sí y caminó.

Apenas dio unos pasos, volvió a girarse. Malfoy ya estaba caminando de vuelta al Gran Comedor seguramente para terminar de comer. Vio su espalda apenas encorvada, actitud que demostraba un atisbo de pesimismo. Sabe que no las tiene todas consigo y Harry no puede hacer mucho para aliviar su malestar porque hay algo que recordó sobre lo que estaba haciendo, o debía hacer esa mañana.

Daba gracias a que su memoria no estaba tan atrofiada con los recuerdos pasados.

—Draco —le llamó esta vez por su nombre de pila, jamás percatándose del hecho de que esta vez pudo pronunciarlo con normalidad.

Con cautela le vio girarse, apenas viéndole de soslayo. Pareciera que temiera algo, y Harry no supo a qué.

— ¿Sí?

Lo más importante era saber qué había hecho esa mañana.

— ¿Sabes si envié algo esta mañana? —preguntó con suavidad, acercándose una vez más al rubio. Lo que quería averiguar no podía llegar a oídos ajenos, y ahora en ese instante, la rabia que sentía se había esfumado un poco.

Pero por toda respuesta Malfoy sólo sonrió un poco, casi con ironía.

— ¿Tú? —inquirió dudoso, señalándole. Harry frunció el ceño, y Draco se apresuró a aclarar—. No. Al menos tú no, pero sí le pediste el favor a Pansy hace cuatro noches—explicó.

Harry volvió a fruncir el ceño una vez más, pero esta vez no de enojo, sino de meditación. Si era lo que estaba pensando, ¿por qué le pediría a Pansy Parkinson enviar una carta que considera de suma importancia? Además, las fechas no coincidían con la información que en El Profeta yace plasmada.

—No entiendo —susurró, meditabundo.

— ¿Qué?

Se llevó el dorso de su mano a sus labios, en un ademán de analizar algo a profundidad. Malfoy había acortado la distancia que les separaba, pero Harry no hizo gesto alguno de querer alejarse, por lo que no se apartó.

— ¿Harry? —inquirió, dudoso, frunciendo un poco sus pálidas cejas—. ¿Qué no entiendes?

—Las fechas no concuerdan —murmuró para sí mismo, sin atisbar en el hecho de que Draco Malfoy, estaba allí, escudriñándole con la mirada.

¿Por qué El Profeta enviaba ese día información concerniente a Sirius Black, si se supone que hacía cuatro noches Pansy le envió la carta en su lugar? ¿Qué estaba mal? ¿Acaso no se supone que ese mundo seguía las mismas normas que el otro? En primer lugar, ¿qué mundo sigue a cuál?

No puede comprender.

— ¿Qué no concuerda?

Dio un pequeño respingo, observando a Draco. Harry por primera vez se percata de la cercanía, y de lo pálida que son las cejas de aquella nívea tez. No puede evitarlo, la sangre se le sube a la cabeza y apenas dibuja una silueta rosada en sus mejillas.

—Nada —se alejó un poco, agradeciendo que su piel morena ocultó parte de su sonrojo—. Es sólo que no entiendo algo, mejor dicho, no recuerdo.

—Qué no recuerdas —inquirió nuevamente, viendo directamente a Harry a sus orbes.

Harry no quería pensar que la mirada escrutante de Malfoy le turba un poco. Tragó saliva silenciosamente.

—No recuerdo por qué le di esa carta a Pansy—confesó ambiguamente. No sabía si Draco estaba enterado o no del asunto, pero era mejor no arriesgarse.

Vio como Malfoy fruncía el ceño profundamente, mientras le veía. Harry no pudo evitar enarcar una ceja interrogante.

— ¿No recuerdas lo de hace cuatro noches?

—Considerando que desperté hechizado hace setenta y dos —mascullo irritado.

—Sí, bueno —Malfoy se encogió de hombros—, ya sabes que como la cerda de Umbridge te tiene vigilado, apenas podías salir de la sala común la semana que te tuvo en detención.

Harry se sorprendió, e instintivamente observó el dorso derecho de su mano, donde una cicatriz ya desvaída por el tiempo debería permanecer cicatrizada, apenas abultada en un pálido horror. Palabras que deberían decir: «no debo decir mentiras»

Tan limpia de raya o bulto alguno, la mano de Harry libre yacía de cualquier vestigio. Frunció el ceño incapaz de comprender cómo aquella cicatriz autora de dolores y traumas no estaba dibujada en su dorso.

— ¿Qué tanto te miras? —preguntó Draco, queriendo saber qué cosa Harry tenía en su mano.

—La detención con Umbridge…

—Merlín, ¿tampoco la recuerdas?

— ¡Claro que la recuerdo! —exclamó, irritado, esta vez metiendo su mano en el bolsillo derecho de su túnica—. Es sólo que es extraño —confesó, teniendo en la punta de la lengua la interrogante: «¿acaso odias a Umbridge, Malfoy?»

Pero sabe que debe calmarse, y aguantarse aquellos recuerdos irritantes sobre un rubio perteneciente al grupo Inquisitorial que le tocaron más las pelotas que Ginny y Cho juntas.

Malfoy parecía querer preguntarle algo, pero por algún extraño motivo no se atrevía. Harry decidió que era mucha habladuría en medio de un pasillo donde la suma Inquisidora de Hogwarts podría estarles espiando. Ahora que sabía que la existencia de Umbridge le tocaría las pelotas una vez más, optó por dejar la conversación para una ocasión donde se aseguraran de estar únicamente los dos.

—Bueno, no importa —dijo a la final—, me voy a Adivinación. Hablamos en DCAO.

—Está bien, pero por las pelotas de Merlín, Harry, no le jodas la paciencia —Draco pidió, y por alguna razón que no advirtió, parecía preocupado. Harry se encogió de hombros, metiendo la otra mano en su bolsillo, casualmente.

—No puedo asegurarte que ella no me las toque a mí —masculló irónico, mientras se preparaba para la clase.

—Es en serio, ella comenzará las inspecciones pronto —Draco frunció el ceño—. Ya hemos perdido muchos puntos. Flint te quitará la cabeza.

Pero Harry ya estaba girándose para ir hacia la torre para ver la clase de Adivinación. Por toda respuesta, alzó su mano en dirección, despidiéndose del rubio que se quedó varado frente a los imponentes portones que dan al Gran Comedor.


Tenía razón. Tal vez decirle aquellas palabras, harían que el rubio le mandara un golpe, pero bueno, no se le podía culpar por la animadversión que la loca del Ministerio le profesa hacia su persona como ondas de energía y le quema. Ese odio que le tiene le quema.

Lo comprobó cuando entró a la clase de DCAO, la primera de ese mundo que recuerda. Apenas puso sus pies dentro con toda su esencia serpentina, Umbridge le dirigió la sonrisa más perturbadora que jamás le hayan regalado en sus ahora 15 años de vida. Pero aun así Harry entró, sin dejarse amedrentar por la energía que irradiaba la mujer cuya túnica rosada laceraban los ojos de los pobres desgraciados que osaran mirarla demasiado.

Decir que estaba preparado para enfrentarla era mentir vilmente, pero aun así había aceptado su realidad. Y la realidad es que debe seguir las pautas que rigen ahora su vida. ¿Importa acaso que esté en un mundo distinto? No cuando Umbridge está en él, dispuesta a joderle la vida, más si se puede.

Y ahora estaba sentado en silencio al lado de un Draco que parecía más preocupado de lo usual. Por lo general actuaba como el estúpido que Harry conoce. Por las apariencias, le había soltado Malfoy. Harry decidió que podía importarle menos a quién jodía con su asquerosa actitud mientras a él le dejara tranquilo. Después de todo, ¿qué podía decirle al rubio? Está en su casa, es su compañero de cuarto, duerme en su cama cuando se descuida, y es la única persona que le habla en ese jodido mundo. Ventajas no tiene, y ponerse irritante contra Malfoy no sería el curso de acción adecuado.

—Harry —Malfoy susurró suavemente en su oído, mientras veía como Umbridge volvía a dejar que la tiza escribiera en el pizarrón el capítulo cinco de la Magia Defensiva, y por supuesto, sumamente legal—. Sea lo que diga la cerda esa, te quedas callado, ¿entiendes?

No pudo evitarlo, y enarcó una ceja en dirección al rubio que le hizo un ademán con su dedo índice posado apenas en sus rosáceos labios. Un gesto silencioso que puso nervioso a Harry sin razón aparente. Decidido a obviar aquello, volviendo su atención a Umbridge. Ella le devolvió la mirada en una silenciosa batalla donde el odio mutuo fluyó. La tensión en el recinto era palpable, por no decir que todos acataban obedientemente a las peticiones de la individuo cuyos regordetes dedos señalaba una y otra vez las ventajas de la teoría.

¿Acaso no era turno de Hermione para levantar su mano e interrumpir la clase? Eso no sucedió, ella escribía en un tenso silencio donde lo único que se escuchaba era el siseo de la pluma deslizarse por la superficie rugosa de los amarillentos pergaminos.

Umbridge aprovechó para insultar a Remus como se le vino en gana, desacreditar al director y a casi todos los profesores de Hogwarts. Nadie alzó la mano, Dean no interrumpió para defender a Remus, Hermione no habló para decir que ya había leído toda la teoría; nada. Anonadado estaba, shockeado de que Umbridge hiciera lo que quisiese. No podía soportarlo.

Sus labios se convirtieron en una fina línea tensa, su tez contrayéndose en rabia.

—Harry, no —susurró Draco bajito, sosteniéndole con fuerza la mano bajo el mesón.

Pero él la movió con tal brusquedad que hizo temblar el mesón, el tintero casi derramándose peligrosamente sobre su pergamino.

— ¿Tiene algo que aportar Sr. Potter? —inquirió Umbridge en tono meloso.

Harry se removió en su asiento rígido, y Draco apretó dolorosamente su nívea mano contra la suya, aguantando la respiración. ¿Por qué coño le tenía tanto miedo? ¿Así habría sido en el pasado?

¿Valdría la pena arriesgarse?

Volvió su atención hacia la individuo cuyas facciones llenas de arrugas le sonreían, mas no era una mueca de esas que ella pretendía que fuesen adorables, sino más bien una de superioridad. «Yo sé cosas que tú no». Frunció el ceño, sosteniéndole la mirada más tiempo del necesario. El recinto se sumió en un silencio, las plumas habían dejado de escribir sobre el pergamino y Malfoy veía la batalla campal que se desata ante sí.

Siempre tuvo sospechas sobre Umbridge, pero ahora era un tipo de recelo sobre la información que ambos compartían. En su reciente estadía en ese mundo, pudo darse cuenta de que las personas que habitan en Hogwarts no son los individuos que Harry conoció en su pasado. Lo notaba por la forma en cómo le trataban, ignoraban o veían. Pero con esa mujer era distinto. Sabe algo. Una cosa por la que Harry mataría, y ella está consciente de sus deseos. Lo vio en su mirada esmeralda perdida ante los nuevos conocimientos de ese mundo.

Pero, ¿realmente podría arriesgarse y salir victorioso? Harry lo dudaba sinceramente.

— ¿Me está ignorando Sr. Potter? —la voz melosa de la profesora volvió otra vez a llenar el recinto de un eco sordo, el silencio interrumpiéndose abruptamente. Al ver que Harry no respondía, sólo le miraba, sonrió abiertamente—. Me lo suponía.

Ella caminó de nueva cuenta para posarse frente a todo el salón, mas se detuvo cuando la voz de Harry interrumpió el súbito silencio, una vez más.

— ¿De qué nos serviría esta teoría en la vida real? —preguntó, frunciendo el ceño ante el apretón que le dio Draco.

Umbridge se volvió, sonriéndole condescendiente.

—Sr. Potter, por si no se ha dado cuenta, Hogwarts es un colegio, no la vida real.

— ¿Para qué se supone que es la teoría? —siseó Harry.

—Para conocer, Sr. Potter.

— ¿Y la práctica? ¿No se supone que debemos prepararnos para lo que hay fuera de estas paredes? —preguntó bruscamente, apenas mascullando una maldición cuando las uñas de Draco lo pellizcaron. Le observó resentido, mas el rubio negó ferviente con su cabeza.

—Sr. Potter, no hay nada afuera.

— ¿De verdad?

Harry recordaba esa conversación como si la hubiese vivido ayer. Sabía que le estaba tocando la tecla de la paciencia a Umbridge, pero eso es justo lo que desea. Saber qué esconde esa mujer y por qué le da la sensación de que ella sabe algo que él no. Una leve sonrisa se dibujó, pero así de rápido se esfumó.

— ¿Acaso usted no sabe que hay peligros afuera?

— ¿Usted irá directamente al peligro, Sr. Potter? —sus minúsculos parpados apenas entrecerrados se abrieron mostrando un brillo de malicia inusual que desentonaba con el intento de sonrisa que esbozaba.

Lo sabía, ella esperaba que Harry mencionara aquel nombre, y entonces todo se jodería. Pero no le daría el gusto, principalmente porque él no sabe si ese individuo que ya derrotó exista en ese mundo, y si es lo suficientemente peligroso como para usar su nombre sólo con el firme propósito de ganarse una detención. No le daría el gusto a Umbridge.

—No hay nada afuera, Sr. Potter. Nadie lo lastimará si no se lo busca.

— ¿Entonces de qué sirve esta clase? —preguntó con falsa curiosidad, enarcando una ceja. Sabía que tenía la mirada de Draco posada sobre sí, la única, porque todos observaban al frente, como autómatas.

Casi pudo saltar de júbilo cuando una de las cejas de la profesora vibró de la cólera contenida. Sólo debía presionar un poco más para que el estallido anticipado llegara y él pudiese saber qué esconde aquella mujer.

—Diez puntos menos para Slytherin, Sr. Potter —masculló, sonriéndole con falsa pena.

El apretón en su mano se hizo más fuerte.

—Permítame decirle unas cuantas verdades —explicó ella, acercándose a su mesón—. No hay peligros allá afuera, Sr. Potter. No existe, no si no se los busca, como le dije. Usted no debe temer, nadie le lastimaría… ¿o sí? —Umbridge había susurrado lo último sólo para que él y Draco escucharan.

Ahí estaba, ella lo sabía. Harry abrió los ojos desmesuradamente con cada palabra que la mujer articulaba. ¡Umbridge lo sabía!

— ¡Miente! —exclamó fuerte—. ¡Usted sabe que está allá afuera y aun así-

— ¡Señor Potter, recuerde que ha perdido puntos para su casa, le recomiendo que mantenga la compostura!

Pero Harry había perdido el norte. Porque se había dado cuenta de que Umbridge no solo le conoce, sino que aquella horrible mujer esperaba que se descuidara para apuñalarle por la espalda. Está al tanto de lo que allá afuera está, aguardándole.

— ¡Usted es una mentirosa! —le acusó, olvidando por completo que no sólo estaba denigrando abiertamente a un profesor, sino a la misma Inquisidora—. ¡Sabe que está ahí-

—Sr. Potter, está usted castigado —siseó Umbridge, la victoria bailando en sus pequeñas orbes de cerdo.

Harry profirió una silenciosa maldición. De alguna forma se esperaba la detención, después de todo, había descubierto que en ese mundo las cosas siguen su curso y él no puede evitarlas, por mucho que se hubiese querido saltar aquel castigo, a la final habría sido inevitable.

Tal vez lo que más le dolía a Harry serían las marcas que quedarían de ese apretón que Draco ejercía sobre su brazo. Grabado de un sentimiento profundo y completamente indescifrable; huellas rojizas que le mantuvieron hipnotizado durante el resto de la clase cuando las hubo visto.

Harry no se percató de cómo sobre él se posaron varios ojos escrutadores, ni de cómo le vieron. Mucho menos de la revelación que en estos se reflejaron, porque Harry Potter estaba más que dispuesto a averiguar sobre la primera pieza de ese ajedrez que colocaban a su favor en el tablero que jugaba con su destino.

Tal vez vendría siendo hora de colocar la siguiente.


Como dicen acá en mi país: esto es un arroz con mango, haciendo la graciosa referencia al hecho de lo confuso del asunto o de las trampas que pueden haber en este. No se preocupen, en serio. Este irritable Harry se hace muchas preguntas, pero cada una tendrá su debida respuesta para que ustedes puedan comprender como Merlín manda.