N.A: perdón la tardanza, andaba de parranda. Ok, no. Lo siento, sólo estaba ocupada y bueno, de ida, venida y vuelta con problemas. Nada relevante porque he podido finalmente escribir. Ahora sí entraremos en materia con los eventos en la historia.

Perdonen el OOC, los errores de ortografía y bueno, las gaydades que se vean por allí…

Muchas gracias por los comentarios, de verdad. Me hacen muy, muy feliz -les lanza besos gays y huye en su pony rosa.


Uchronist

~O~

Capítulo 4 — Y el telón se abre

No sabía cómo sentirse al respecto. Tan sólo presiente un peculiar calor que nada tiene que ver con el clima gélido que debería arropar a Hogwarts, y sin embargo, no puede reparar en ello, no cuando observa detenidamente la sombría cicatriz que apenas se dibuja en unas finas líneas rosáceas, demasiado hinchadas. Colorean su cruel destino, y para Harry, completa finalmente una parte de su vida que creía perdida.

No halla lo irónico del asunto aún cuando éste se desnude frente a sí con seducción anticipada; quizá no desea reparar en él lo oprobio de su situación. Desciende con cuidado las escaleras del tercer piso, trayendo a colación mental, una vez más, que no debe girar a la derecha, hacia las escaleras de la Torre de Gryffindor, sino seguir descendiendo y descendiendo hasta el final, hacia las mazmorras, donde sabe que aguardan su llegada.

Aún sigue sin saber cómo sentirse al respecto con aquellos confusos sentimientos.

Por un momento se detiene, observando los imponentes vitrales que dejan entrever el clima. No puede evitar fruncir el ceño, rápidamente girando su vista para sacar su varita del bolsillo y realizar un tempus. Faltaban apenas quince minutos para las seis y Harry medita con profundidad por qué el sol aún no se oculta. Es más, ni siquiera debería estar allí, no cuando en Escocia expele invierno.

Pero está allí, brillando, anuncia que aún no ha sido congelado y sigue deslumbrante como siempre, derritiendo lánguidamente la gruesa capa de hielo que congela su espíritu. No sabe cuándo el clima comenzó a cambiar, tampoco reparó en la práctica de Quidditch que en su pasado se perdió y que hoy no necesitó ver, porque ya no formaba parte de aquel equipo familiar.

Sin embargo su mirada se dirige, tan anhelante que por un momento el pasado dibujó evocaciones en su mente, haciendo que un dolor florezca en su corazón como una exótica flor llena de deseo por los recuerdos anteriormente vividos. Mueve su cabeza, agitando las cavilaciones, intentando borrar las memorias antiguas mientras observa una vez más a través de las ventanas, y arguye definitivamente que el clima puede ser impredecible, por lo tanto, no debe preocuparse ante el súbito cambio horario. Después de todo, están en el mundo mágico, ¿qué podría suceder?

Concluido su hilo de contradictorios pensamientos, siguió bajando los escalones con lentitud. No sabe por qué lo hace, sólo sus reflexiones recrean una razón y llegan a la inevitable conclusión de que desea alargar el tiempo más de lo deseado, hasta que el encuentro con cierto rubio extrañamente preocupado fuese ineludible.


Los siguientes días de acuerdo con la detención, siguieron tan parecidos como dolorosos en su única y perfecta expresión. El patético intento de hechizo de glamour que se echó sobre su dorso para evitar las innecesarias preguntas, apenas le permitían escapar del inevitable sermón que se llevaría por parte de Malfoy.

Hace dos noches que había comenzado la detención con Dolores, y hace dos noches exactamente que Draco Malfoy le recrimina el hacer de la imprudencia su mejor compañera. La primera madrugada no le había dado la atención necesaria, pues en aquel bizarro momento, el rubio se había comportado como una Hermione Granger dispuesta a no soltarle hasta que haya aprendido la lección. En aquel instante se sintió en paz, porque puede recordar sin rencor o recriminación a su querida amiga, pese al hecho de que ella en ese momento estuviera en la torre de Gryffindor, sin reparar enteramente en su existencia.

Por ello, cuando Malfoy se puso pesado, no le dio la debida importancia al asunto en cuestión, pero la segunda noche… la segunda madrugada, precisamente como a las tres de la mañana, un rubio en pijama de seda verde olivo se metió en su cama, sin su permiso. Harry tal vez en aquel instante no sabía si boquear de la impresión o fruncir el ceño en total desacuerdo por la intrusión.

Mas el querido y odiado Draco, por partes iguales, no sólo se instaló en su cama, sino que a partir de allí durmió con él, diciéndole expresamente: «hasta que aprendas la lección»

Harry decidió que podía importarle muy poco la preocupación que Malfoy cierne sobre él porque sabe que en vano sería intentar luchar contra la corriente. Así que le ignoró, no tomó en cuenta su sentir, ni cómo su cuerpo reaccionaba incómodamente a la cercanía del chico. Ignoró como siempre evadía las riñas de Hermione, como siempre le decía a Ron: «sé lo que hago», cuando era justo lo contrario.

Ignoró a Draco Malfoy, porque estaba consciente de que aquello es lo mejor que sabe hacer: ignorar todo lo que a su alrededor acontece. Es el único método que tiene para repeler los crueles ataques de su inevitable y contundente realidad.

—Harry.

Malfoy susurró a su oído, sacándole de sus cavilaciones. Es lunes, y por lo tanto, Pociones. Harry volvió su atención al chico, esperando que concluyera su monólogo para así continuar con la redacción del pergamino y las preguntas que escribía sobre la asignación recibida: soluciones de fortalecimiento.

—Esto se te cayó de la túnica —informó en un tono vago que Harry consideró extraño, aunque entre líneas podía percibir un leve furor que inútilmente intentaba ocultar.

Harry sujetó la carta finalmente entre sus manos, sintiendo un extraño sentimiento de familiaridad en ella. No había remitente, así que no era por ello, sino por el hecho de que, aunque la carta no fuese lo que él espera, la misma dice sin decir nada que su existencia no se ha ignorado del todo en ese mundo. Sonríe levemente, incapaz de contener su súbita alegría.

— ¿Quién es? —Malfoy pregunta, esforzándose en sonar impersonal, aunque por dentro su rabia lacerara todo a su paso.

—No tengo idea —confesó Harry, sin despegar los ojos del pergamino amarillento—. Ni siquiera sabía que la tenía.

Por un instante olvidó que Malfoy existía, o el hecho de que estaba en la clase de Pociones con un Severus Snape extrañamente silencioso para con su alumno favorito, hasta que trajo a remembranza que el profesor de pociones es su jefe de casa. Mentalmente encogiéndose de hombros, abrió la carta.

Una mísera y contundente línea escrita en una letra separada, demasiado puntiaguda en las « y «L» como para ser de Ron cuya letra cursiva apenas se comprendía lo necesario. Tampoco pertenecía a la circunstancial letra de Hermione ya que la de ella era más… estilizada, por así decirlo. Esta daba la impresión de ser escrita con suma rapidez, como si no quisiera que alguien más conociera de su existencia. Y ahí estaba Harry, permitiendo que Draco leyera. No se había percatado, mucho menos se enteró de la rabia lacerante del rubio porque Harry tenía sentimientos contradictorios ocupando sus pensamientos.

«Sábado a las doce y media en la Torre de Astronomía»

¿Era una broma pesada?, ¿o eso quería decir que tal vez era una trampa? Harry no sabía qué pensar al respecto. Por un lado la felicidad al saberse que no está enteramente solo empañó momentáneamente su complicada situación, sin embargo, debió hacer a un lado aquellos sentimientos porque si piensa con frialdad, todo indica que podría ser una trampa. Tal vez la desconfianza no sea su mejor aliada, pero ha pasado últimamente por muchas locuras como para venir y caer en otra. Frunce sus labios, meditando la situación con profundidad: en primer lugar, no puede declinar o aceptar la invitación porque no tiene remitente a quien devolver la misiva —no parece una invitación, sino una orden—, y mucho menos reconoce la letra allí plasmada y el mal presentimiento susurra a su oído, concordando con su lógica efectivamente.

Harry continuó con su clase, anotando en todo momento las pautas para la composición de la poción, ignorando, una vez más, que ciertos ojos grises escrutadores le observaron fijamente hasta que se fue, inevitablemente, al tercer piso con la suma Inquisidora de Hogwarts.


Era la tercera vez que estaba en compañía con la profesora de Defensa contra las Artes Oscuras, sin contar el pasado, y aún no terminaba de acostumbrarse a la cháchara moralista de la suma Inquisidora de Hogwarts, mucho menos al punzante dolor que significaba escribir en aquel pergamino, reflejándose cruelmente en su piel agrietada.

Cuando salió finalmente de aquella detención, Harry seguía acariciándose su adolorido dorso. Eran las cinco y treinta, y no quería ir aún hacia las mazmorras porque definitivamente no quería aguantarse a cierto rubio acosador. Así que descendió las escaleras, girando hacia la izquierda para ir a la cocina. No es como si tuviese hambre, pero un chocolate caliente no le caería nada mal.

— ¡Harry!

Se detuvo, sus pies en un parálisis sorpresivo, negándose a continuar. ¿Había sido su imaginación? Giró, dándole la espalda al pasillo que caminaba, observando hacia la distancia la soledad que reinaba. Definitivamente había sido su imaginación. Tal vez su mente jugándole una mala pasada. Se encogió de hombros, girándose una vez más para continuar su camino hasta que…

— ¡Harry, aquí!

Frunció el ceño, eso no había sido su imaginación. La voz era un susurro anticipado lleno de exasperación, y Harry volvió a girarse en la dirección que creía su raciocinio, sus ojos viendo a diferentes lados con rapidez, sintiendo un súbito presentimiento que no sabe cómo etiquetar.

— ¿Quién anda ahí? —preguntó, el recelo apoderándose de sí.

Mas no tuvo tiempo de preguntarse, unas manos salieron de la nada y lo abrazaron, arrastrándolo a un estrecho pasillo que no había notado. Un grito de sorpresa murió en sus labios, y fue inevitable el no cerrar los ojos ante el súbito cambio de luz a penumbra. Volvió a abrirlos, y la oscuridad húmeda del pasillo impidió que observara con claridad, pero allí con él, yacen tres cuerpos apretándose al suyo con dolorosa fuerza.

Harry nunca sintió temor o sospecha.

— ¿Qu-

—Oh, Harry, ¡te hemos extrañado tanto!

Esa voz… la reconoce, pero había pasado tanto tiempo que apenas podía rememorar con claridad. Sonaba un poco más…masculina, con más confianza, y fuerza de la que el recordaba.

— ¿Neville? —inquirió, con duda, apenas susurrándolo temerosamente, no creyéndoselo.

Pero cuando el lumus que realizó la otra persona confirmó la sonriente cara del chico, soltó un jadeo, impresionado y tan feliz por partes iguales que no sabe cómo ambos sentimientos pueden convivir sin entrar en plena discordia.

—Hola, Harry —su querido Neville le saludó, con timidez, aunque no la que él recordaba porque la confianza que expele el chico es tan intensa que a Harry le importó un comino, se le lanzó a sus brazos, y le abrazó con fuerza.

— ¡Neville! —enterró el rostro en su cuello, le fue inevitable no olerlo, reconocer el aroma familiar: su amigo. Alguien que le conoce en aquel espantoso mundo.

Por primera vez Harry no se sintió solo, por primera vez se sintió completo. Agradeció inmensamente a quien sea que fuere.

—A mí me parece

—Que nos ignoran

—No lo sé, ¿tú qué crees, Gred?

—Yo creo que sí, mi querido Feorge.

—Chicos, Harry está conmocionado —regañó Neville, aún sujetando protectoramente a Harry en sus brazos.

—Nos estás quitando a Harry.

—Creo que merecemos algo también.

Los gemelos se mostraron, ambos ahora realizando un lumus suave. Harry, que hasta ese entonces no había reparado en su existencia, salió de los brazos de Neville, para contemplar a Fred y George como si hubiese visto al mismísimo Merlín. Ellos, allí, tan Weasley como siempre, lleno de unas rojizas llamas que componen su alborotado cabello. Estaban allí, con él…

—Chicos… —jadeó, la impresión pasada renaciendo nuevamente.

—Hola, Harry —saludaron los gemelos al unísono, tan sonrientes como siempre.

Harry no pudo soportarlo, y como había hecho con Neville se les lanzó encima a ambos, atrapándolos en un doloroso abrazo que hasta él resintió, mas no le importó en lo absoluto.

— ¡Tenemos a Harry! —exclamaron ambos, abrazándole igual de fuerte.

— ¡Los he extrañado tanto!

Neville también se había unido al séquito de abrazos, ahora formando una gran masa de brazos, cuchicheos de alivio, palabras de consuelo, y achuchones que hasta las parejas más melosas envidiarían.

Y sin embargo:

—Esperen, tenemos algo que discutir —el que había asesinado el encuentro emotivo fue Neville, su rostro antes alegre mostrando una seriedad inusual, pero su tez tan aliviada y relajada como no había estado antes.

Harry asintió, dejado su alborozo para más tarde, cuando los asuntos importantes fuesen tratados.

—Esto es extraño —comenzó Harry, separándose finalmente—. ¿Cómo ustedes también están aquí?

— ¡Eso es lo que íbamos a decir! —interrumpió Fred, robando el protagonismo.

—Despertamos un día —siguió George.

— ¡Y todo estaba cambiado!

—No te habíamos visto para ver si se trataba de una nueva táctica de ese

—Sí, de ese

—Voldemort —dijo Harry.

—Ajá, para ver si no era un nuevo método-jodedores-de-existencia, ya sabes, algo innovador.

—Pero definitivamente. No te habíamos visto, y creíamos que te tenía, hasta que un día te vimos practicando Quidditch.

—Y a que no sabes… —el rostro de circunstancias de Fred era gracioso, si no fuese porque Harry ya sabía a dónde iban a llegar con todo eso. Por la forma que mira el uniforme que tanto se había esforzado en ignorar…

—Slytherin —respondió.

—Sí, Slytherin —concordó Neville, atrayendo la atención de Harry, y tomando el liderazgo de la conversación. No sabía a dónde pararían con los gemelos explicando—. Harry, esto es muy extraño. Tenemos un mes aquí-

— ¡Un mes! —Harry boqueó de la impresión.

—Eso creemos. Ha sido horrible —empezó Fred, de nuevo, pero esta vez más serio, extraño en él—. Nuestro Ron no nos dirige la palabra, mucho menos Hermione, y qué decir de tu grupo…

—Sólo Neville nos habló un día —continuó George—, pero notamos que éramos los únicos… no lo sé, ¿diferentes?

—Los únicos que no actúan como si tuviesen la Imperius encima —sentenció Neville.

Todos se crisparon, hasta Harry, quien se consideraba resistente a la maldición imperdonable, pero él bien sabía lo espantosa de la sensación, y no quería imaginarse si Ron o Herm estuviesen hechizados. Su estomago se contrajo dolorosamente, sintiendo una culpa apesadumbrada, no sabía por qué se sentía así, pero sí que es por su causa.

—Harry, no es tu culpa —susurró Neville con cuidado, posando la mano en su hombro, apretándosela afectuosamente—. No sabemos qué sucedió, y nos alegramos de que seas el Harry de siempre y no aquel Slytherin extraño.

Harry no sabía cómo tomarse aquellas palabras, pero de igual forma asintió.

—Err… ¿no han visto a nadie más-

— ¡Mierda! —ambos gemelos gimieron bajito, como si tuviesen un lío. Sujetaron las varitas agitándola con rapidez. Luego, observaron a Neville y asintieron.

—Es hora, Harry —Neville sujetó también su varita, y apuntó a Harry quien frunció el ceño, desconfiado.

— ¿Qué sucede?

—No tenemos tiempo de explicarte, pero esto es necesario, si no nos encontrarán —explicó con rapidez, su frente llena de sudor frio.

— ¿Qué- ¡Pero explícame qué sucede! —demandó, exaltándose.

—No podemos ahora —dijo Fred.

—Sólo una cosa —prosiguió George—, no te molestes mucho.

—Sí, ha hecho calor —le sonrió Fred de vuelta.

Y antes de que pudiese preguntar a qué demonios se referían, Neville le lanzó un desmaius que le dejó en el piso de aquel pasillo, quien sabe cuánto tiempo.

Despertó con el olor de hierbas medicinales y fragancias parecidas al almizcle quemado de un incienso recién prendido, y se preguntó vagamente por qué Malfoy estaba perfumando la habitación, pero luego recordó que no estaba en las mazmorras, mucho menos con Malfoy. A él no lo veía desde Pociones y lo último que había visto…


Abrió los ojos con rapidez, incorporándose ofuscado de la cama de la enfermería, respirando con dificultad. Observó a ambos lados de la sala en búsqueda de sus amigos, mas nada encontró. ¿Habría sido un sueño? Pero fue demasiado real como para ser uno. La tristeza inundó su mente, pensando en lo feliz que había estado con aquel reencuentro, y antes no había sentido aquel sentimiento de felicidad.

Esperaba sinceramente que no fuese una mala jugada de su mente.

—Señor Potter —la jefa de enfermeras le llamó.

Harry alzó su mirada acuosa, posándola en ella, hasta que se percató de que no cargaba sus lentes. Madam Pomfrey se los colocó de inmediato, sonriéndole apenas con pesar, mientras le dejaba en sus manos una taza de té.

—Bébaselo, por favor —ordenó con suavidad, y Harry por su bien le obedeció.

El té no estaba mal, pero no era de tomar mucho aquellos líquidos demasiado dulces y aguados para su gusto. Sin embargo no rechistó, y se lo acabó al instante.

— ¿Qué me sucedió? —preguntó, dejando la taza en la mesita contigua a la cama individual de la enfermería.

—Usted se ha desmayado, Sr. Potter —respondió sin preámbulos.

Sintió que el mundo se hundía ante él con una rapidez imparable. ¿Había sido encontrado por alguien? ¿Dónde estaba Malfoy recriminándole por lo sucedido? ¿Se había dejado ver mucho? El alivio y la felicidad que sentía anteriormente fueron sustituidos por un temor sordo que empañó todo a su paso. Esto era malo, muy malo.

—Pe-pero, ¿por qué?

—Esto se ha salido de control, Sr. Potter —dijo madam Pomfrey, expresando sincera pena y disculpa—. Me temo que necesitaremos un experto en la materia.

Y antes de que pudiese preguntar a qué se refería, de la oficina de la enfermera, salió, ondeando su túnica negra a su caminar. El jefe de su casa, nada más y nada menos que Severus Snape venía a su encuentro, su rostro expresando todo y a la vez nada. Tan serio y circunspecto como siempre, el profesor de pociones se plantó frente a sí, al lado de la enfermera Pomfrey.

—Profesor… —gimió bajito, el temor sordo haciendo un eco intermitente en las profundidades de su mente.

—Sr. Potter —el profesor Snape hizo una leve inclinación de cabeza, volviendo a su sitio rápidamente. No parecía divertido con la situación, ni feliz por ponerle algún castigo malévolo. Sus ojos escrutadores le observaban, invadiéndolo—. Me parece que tiene unas cuántas cosas qué explicarme.

Parecía tan serio, lleno de una capa de impersonalidad extraña en él, que no supo si sentirse aliviado o abrumado ante el cambio.

Sólo sabía que estaba en serios problemas.