Querida querida vida mía.

Chiquilla preciosa mi agonía.

Sin amar es pecado yo no sé qué hacer

En mi alma solo vives, solo tú

MI VECINO

CAPITULO # 1

Por. Tatita Andrew.

Candy White una muchacha rubia, Frágil, dinámica, ojos verdes y diecisiete años, salió del Instituto con la cartera de los libro bajo el brazo y riendo a carcajadas. A su lado, su amiga Annie sonreía tímidamente, un poco asustada de la exuberante alegría de su compañera.

Candy era la más mala estudiante del último curso de Bachiller, pero la más simpática y despreocupada de todas y los chicos la rodeaban a cada instante pues ella contaba chistes y los muchachos se reían. Para ella no había diferencia de sexos. Los muchachos eran tan camaradas como las amigas y departía con ellos sin malicia alguna y jamás pensaba, como sus compañeras, en hallar un posible novio entre ellos.

-Esta hija nuestra es un caso, decía su madre siempre, para ella la vida es una comedia o una parodia, todo menos vida.

-¿Y ello te asusta, aducía el marido. Déjala Mientras piense así será una joven feliz. El día que empiece con problemas sentimentales será una chica como todas.

Y era cierto Candy no sufría. No había sufrido jamás. Estudiaba a regañadientes, le importaba un comino todo cuanto decían los libros, y si no fuera porque en el Instituto se pasaba muy bien, haría mucho tiempo que lo hubiera dejado. Y aún menos mal que tenía a Albert que le hacia los deberes, pues el día que él se negara sus notas trimestrales se convertirían en un sin fin de ceros. Albert su vecino y mejor amigo de su hermano, a él le debía que presentará todas sus tareas a tiempo, porque a lo que respectaba a sus exámenes eran todo un desastre.

-¿Por qué te ríes de ese modo? le preguntó su amiga.

Y miraba a un lado y a otro, temiendo llamar la atención. A Candy, por el contrario, le tenía muy sin cuidado llamar la atención o no. Cierto es que Annie se pintaba los labios, lucía un ridículo rabito en los ojos e iba a la peluquería dos veces por semana y además amaba platónicamente al profesor de Historia, ella, por el contrario, no se pintaba jamás. No iba a la peluquería y nunca se le había ocurrido amar a un profesor tan pesado como el de historia.

-De nada.

-¿Y qué es nada?

-Todo -explicó breve, alzando los hombros. Todo me causa risa la mañana, que es espléndida; la brisa que acaricia mis cabellos, el bullicio de la calle, concluida gracias a Dios, y tu cara de pasmo.

Annie se agitó.

-Por lo visto, para ti todo es motivo de risa.

-Por supuesto, el día que deje de reír me muero.

Un grupo de chicos acudió hacia ellas. Annie se esponjó haciendo gestos coquetos, dispuesta a acaparar a uno o dos de aquellos chicos. Candy no se preocupó de semejante cosa, pero empezó a hablar y Annie quedó relegada a un segundo término. Todos los días pasaba igual, sin embargo Annie era más hermosa que Candy se pintaba los labios, se vestía bien y a la moda, arreglaba su cabello, en fin tenía un aspecto de mujer moderna. Candy por el contrario, no se pintaba, parecía una chica traviesa únicamente y no sabía coquetear. Pero su simpatía era tan arrolladora que acaparaba todas las voluntades de aquellos chicos sencillos, estudiantes de último curso. Así un día y otro. Todas las chicas, compañeras de estudios de Candy, habían ido dejándola a un lado por esta misma razón. Les acaparaba a todos los muchachos y a su lado se consideraban vejadas, humilladas en su amor propio. Annie se mantenía en la brecha. Le gustaban los chicos y les agradaba enormemente coquetear con ellos, pero también apreciaba a Candy, y su aprecio era sincero, tan sincero que prefería sufrir ciertas humillaciones a perder la amistad de su fiel amiga. Porque, sí, Candy era amiga fiel, y si acaparaba a los chicos, no lo hacía adrede, era algo innato en ella; algo que Dios le concedió como un don del cielo y ella no se daba ni cuenta.

Tenía unos hermosos ojos verdes casi como esmeraldas una boca provocadora pero ella rara vez se miraba en el espejo a su corta edad no le interesaban nada menos los chicos. Su único problemas era las matemáticas y la historia en fin todo lo que se refería a estudios es que no había nacido para aquello.

-Hemos pensado irnos de excursión este domingo- decía uno de los chicos.

-Fantástico.

-Pero nos hacen falta chicas.

-Pero sí aquí estoy yo y Annie que también será otra cierto amiga.

-Sí -asintió la aludida, moviendo sabiamente los rabitos oscuros de sus ojos. Los chicos no se fijaron en aquel detalle.

-¿No les gustamos?

-¿Pero ustedes solo son dos?

-¿Y qué pasa con ello?

-Nosotros somos doce chicos.

-¡Extraordinario! Exclamo Candy con total sencillez nos toca 6 chicos para cada una. Lo pasaremos muy bien.

Hicieron planes y cuando se alejaron su amiga le recriminó.

-Cuándo nuestros padres se enteren que iremos con doce chicos y nosotras dos, no nos dejaran ir.

-¿Y porque no? No le veo nada de malo.

-Porque no está bien no es correcto.

-Creo que exageras, mi padre nunca me ha negado nada en la vida y esto es algo muy normal.

-¿Normal doce chicos para dos chicas?

-Naturalmente. Lo peor sería que fuéramos doce chicas con dos chicos. ¿Qué íbamos a hacer?

-Bueno -dijo Annie, alzando los hombros. Pregunta en casa y yo haré otro tanto en la mía. Te llamo por teléfono por lo que sea.

-Está bien.

Cuando Candy llegó a casa, lo dijo inmediatamente. Su padre no estaba. No había regresado de su despacho. Era un abogado de renombre y tenía fama de hombre severo, si bien aún no había considerado necesario hacer uso de su severidad ante su hija.

-No -dijo la madre rotundamente.

Candy ni se perturbo después de todo ya estaba acostumbrada a las negativas de su madre, esperaba pacientemente que llegará su padre, ella como siempre le hacía unos cariñitos un beso en cada mejilla y en la punta de la nariz y el abogado no podía negarla nada, en la tarde llegaba su padre con su hermano Tom quien lo llevaba a diario a su despacho quería que se convirtiera en un gran abogado como su padre y su hermano era encantado con esto.

Tan pronto el padre se despojó del sombrero, Candy corrió hacia él y se estrechó entre sus brazos. Elvira sonrió sarcástica, pensando que aquella vez Candy se iba a llevar un susto tremendo ante la negativa paterna. Pero el susto se lo llevó ella cuando oyó a su marido dar su consentimiento con la mayor tranquilidad, y cuando la joven, tras comer apuradamente, salió de la casa, la esposa se enfrentó con el tranquilo marido.

-¿Te has dado cuenta lo que te pidió tu hija?

El abogado alzo la vista del periódico que leía pero no se daba por aludido.

-¿Te he preguntado si sabías lo que hacías?

-Naturalmente

-Te has vuelto loco, dejas ir a tu hija con Annie si es que le dan permiso con doce muchachos de paseo, esto lo encuentro absurdo y peligroso.

El marido dejo el periódico y la miro a los ojos.

-No permitiría esta excursión – hablo calmadamente- si fuera con un solo chico- pero doce ja ja me causa hasta gracia no tengo ningún motivo para apoyar esta idea.

-George…

-Dime querida

-¿Te das cuenta de lo que dices?

-Pues claro. Una mujer y un hombre solos son un peligro. Doce hombres con dos mujeres, ninguno, y yo tengo una hija que no posee una gota de malicia y no pienso despertársela. El don más preciado de la mujer es la inocencia, y mi hija, gracias a Dios, disfruta de ella plenamente. Tengo bastante entendimiento y conozco lo suficiente a la pequeña para no saber cuándo tengo que frenarla. Hasta la fecha… no me dio motivos. Déjala que siga viviendo en las nubes. El día que caiga yo lo veré. No es Candy de las que pueden disimular una caída.

-No te comprendo, no te comprendo.

-Yo me comprendo perfectamente -y con ironía-¿Puedo leer tranquilamente el periódico?

La dama refunfuñó algo entre dientes y se alejó en dirección al comedor, donde la doméstica recogía el servicio.

En aquella vecindad se alzaba una urbanización de casas muy parecidas, no de gente rica, pero si bien acomodada la Sra. Elroy tenía un sobrino que hacia sus prácticas en un buffet de abogado sus casas eran contiguas y se las familias se llevaban bien desde que hace muchos años, y la amistad se había afianzado más con el pasar de los años.

Elroy y Elvira se pasaban todas las tardes cosiendo, hablando en el jardín como buenas amigas, y claro Candy entraba por el jardín trasero como si fuera su casa brincando y gritando por toda la casa. Y aquella tarde no era la excepción.

-¿No sabes Tía Elroy el domingo me voy de excursión a una montaña?

La solterona la besó en la mejilla y le dio dos palmaditas en los hombros. Le agradaba que la joven la llamara tía Elroy, igual que Williams, su auténtico sobrino.

Albert, que se hallaba tendido bajo la sombra de un árbol, abrió un ojo y después los dos.

-¿Con quién vas? Pregunto el rubio

Candy giro en redondo y corrió a su lado. Se sentó junto a él y le tiró de una oreja. Era el saludo de todos los días, y a él ya no le llamaba la atención. Tenía veintisiete años, y cuando nació Candy, él la acunó; y cuando luego dio los primeros pasos, él reía, entusiasmado, de los primeros balbuceos. Ahora era joven y para Albert seguía siendo una niñita. Le hacía los deberes, la regañaba y hasta en alguna ocasión le propinó un azote.

-Voy con los compañeros. ¿Sabes cuántos son? Doce.

-Hum. Buen número. ¿Y vosotras?

-Dos, Annie y yo.

Albert arrugó el ceño. Era blanco tenía los ojos azules y era muy alto. En apariencia era un hombre común, pero don George siempre decía de él que llegaría a ser un gran abogado y que de común no tenía nada.

-¿Dos chicas para doce chicos?

-Sí. ¿No te parece estupendo?

Albert alzó los ojos y miró a su tía. Elroy encogió los hombros como diciendo No lo comprendo.

Candy, ajena a los pensamientos de sus vecinos, se puso en pie y con su volubilidad habitual se despidió, diciendo que iba a ver a Annie.

Albert se puso en pie y fue a sentarse en el borde de un gran macetero.

-La planta, Williams…

-¡Hum!

-Te has sentado sobre ella.

Albert no se movió. Miraba hacia la plaza por la cual se perdía la esbelta adolescente.

-No eres su padre -adujo Elroy, como si penetrara en sus pensamientos.

-Es cierto. Pero me extraña que don George… Bueno -alzó los hombros, ¿y a mi qué me importa?

-Eso digo yo.

-Pero es absurdo que le permitan ir con doce muchachos y, pensativo, añadió. Los muchachos de hoy no son como los de ayer. Tienen más malicia y Candy es una chiquilla deliciosa. La van a estropear, ¿sabes?

-No exageres.

-Y yo te digo a ti que no disimules. Piensas como yo, exactamente igual, ¿no es cierto?

-Pues… me extraña de Elvira.

-Doña Elvira ni aguja inserta aquí. Es cosa de su marido. Don George cree que su hija va a seguir eternamente siendo niña y es un gran error.

-Yo en tu lugar no me preocuparía.

-Es cierto. Allá ella y sus padres y los doce gamberros que la acompañarán el domingo.

Se fue al trabajo y dejó de pensar en aquel asunto; pero cuando llegó, al anochecer, a casa, se encontró con una Candy desolada.

-¿Qué te ocurre? -preguntó Albert, intrigado.

-No habrá excursión.

A Albert le supieron gratas aquellas frases, sin saber por qué.

-¿Y eso?

-A Annie no le dan permiso.

-Estupendo.

-¿Qué dices?

-Que… en fin. ¿Y por qué no se lo dan?

-¡Qué sé yo! Manías de los padres.

Albert le puso una mano en el pelo y le dijo cariñoso:

-No le apures. Yo te llevaré a la montaña en mi coche y pescaremos truchas.

Candy resplandeció de gozo.

-¿Lo harás?

-Naturalmente.

-Voy corriendo a decírselo a papá.

Y salió disparada.

Don George la oyó en silencio. Dobló la Prensa de la tarde y dijo estas escuetas palabras:

-¡No irás!

-¿Qué? ¿Cómo?

-Que no irás.

Era la primera vez que su padre le negaba algo y Candy, más que dolida, se sintió perpleja. No intentó replicar ni una sola palabra, ni el padre parecía dispuesto a continuar hablando. Se puso los lentes y se dedicó de nuevo a su periódico mientras Candy, dando la vuelta, salió de la salita.

Elvira, tanto o más perpleja que su hija, cuando ésta marchó, fue a sentarse frente a su esposo y se le quedó mirando, interrogante, sin decir palabra. Transcurrieron varios segundos y de súbito George levantó los ojos del periódico, miró a su mujer y dijo desabrido:

-¿Qué pasa?

-Eso me pregunto yo.

-Esta mañana te dije que prefiero ver a mi hija con doce muchachos que junto a uno solo. Así pues, sobran las explicaciones.

-Pero es que Albert no es un muchacho.

-Por eso mismo es un hombre.

-Un hombre que profesa a nuestra hija el afecto de un hermano.

-¡Ya!

¿Qué es lo que piensas, George?

-Nada determinado.

-A Albert le parecerá muy mal tu negativa.

-Pues que venga a hablar conmigo y le daré explicación. ¿Puedo continuar leyendo el periódico?

Elvira se puso en pie.

-Te aseguro, George, que te comprendo aún menos que esta mañana.

El abogado no respondió, dedicándose nuevamente a su periódico.

Entretanto, pensativa y descontenta, Candy atravesó el jardín y salió de éste, yendo hacia el de sus vecinos. En la pequeña terraza. Albert fumaba un cigarrillo y tomaba los últimos rayos de sol, tendido en una extensible. No lejos de él, doña Elory regaba las plantas. Candy ascendió despacio y se dejó caer en el último escalón con un prolongado suspiro. Tía y sobrino la contemplaron, interrogantes.

-¿Qué te ocurre, pequeña? -preguntó Albert.

-¿Ocurrirme? Ejem, casi nada. Mi padre no me da permiso para ir contigo el domingo.

-¡Ajá!

Candy se molesto

-¿No te enfadas?

-¿Por qué he de enfadarme? Lo que deciden los padres no deben discutirlo los hijos.

-No lo discutí -saltó la joven malhumorada, pero me pareció muy mal.

-Pues a mí me parece muy razonable. Dijo el rubio

La muchacha miró a Elroy.

-¿Qué piensas tú, tía Elroy?

-Pues… no sé. La negativa me parece en principio algo absurdo, si, como dices, estaba dispuesto a dejarte ir con la pandilla de estudiantes. Pero como en realidad ya no debiera dejarte ir con ellos, bien está que no te permita ir con Williams.

-Yo no lo comprendo -rezongó Candy, levantándose y bajando de nuevo las escaleras.

Tía y sobrino la siguieron con los ojos. Era gentilísima, y cuando pasaran unos años y se convirtiera en mujer, traería de cabeza a todos los chicos del barrio.

CONTINUARÁ…

UN NUEVO FIC ESPERO SUS COMENTARIOS…