Querida querida vida mía.

Chiquilla preciosa mi agonía.

Sin amar es pecado yo no sé qué hacer

En mi alma solo vives, solo tú

MI VECINO

CAPITULO # 2

Por. Tatita Andrew.

Cuando se fue Candy Albert, fumó aprisa. Su tía Elroy, que seguía con atención todos sus movimientos, dejó la regadera sobre una maceta, fue a sentarse frente a él en otra silla.

-¿Te parece mal? —preguntó.

-No me parece muy bien. Él es su padre y tiene derecho a cuidarla

-Es una determinación razonable.

-Yo diría que absurda.

-De todos modos, eres un hombre. Y Candy una mujer

Albert la miró, enfadado.

-¿Qué hombre ni qué…? –Grito-. ¿Cree acaso don George que le voy a comer a su retoño? ¡Estaría bueno! No soy devorador de niñas ingenuas, tía Elroy. Y, además, siempre me descompuso perder el tiempo en tardes blancas. Si invité a Candy fue por no verla tan triste. Y el padre me hace pensar en cosas que nunca, hasta hoy, pasaron por mi imaginación.

-Un padre ha de velar por sus hijos -razonó la dama, sin mucha convicción.

Albert se molestó. Él ya no era un niño. Tenía veintisiete años y muchas horas de vuelo, y la vecinita le resultaba simpática, pero jamás se le ocurrió asociarla al núcleo de sus amiguitas del cual se servía para divertirse.

-Considero razonable que los padres velen por sus hijos -observó pensativamente. Pero esta mañana le había dado permiso para ir a la montaña con doce sinvergüenzas.

-Doce siempre son menos peligrosos que uno.

Albert se enfadó de veras.

-¿Es que yo también soy un sinvergüenza?

-Eres un hombre. Y dice el refrán que la mujer es estopa y el viento…

-¡Bobadas! Nunca se me ocurrirá imaginar a Candy de otro modo de como es. Bueno -alzó los hombros, después de todo, mejor para mí.

-¿Vas a decirle algo a George?

-Claro que no. Seria demostrar que me siento ofendido.

-Y te sientes ofendido por no dejarla ir contigo a pasear.

-Solamente por lo que esa loca idea lleva de absurdo. Sólo por eso.

Se puso en pie, aplastó el cigarrillo bajo el pie y pisó el escalón.

-Voy a jugar una partida al club.

-No tardes. Ya sabes que me gusta comer temprano.

-A las nueve y media estaré de regreso.

Se marchó, y Elroy lo siguió, pensativa, con los ojos, hasta que se perdió tras la verja de hierro.

Albert era muy guapo, todas las chicas del barrio hubieran deseado pescarlo para marido. Era un hombre de este mundo, real y consciente. Ni era un soñador ni pensaba en imposibles. Su tía Elroy nunca le conoció una novia determinada. Salía con todas, se divertía y la dama sabía muy bien que le gustaban las mujeres como a su loro los terrones de azúcar, pero Albert no era un perdido sensualista. Era un hombre simplemente con los sentidos bien despiertos, y el día que decidiera formar un hogar haría muy feliz a su esposa. Ella hubiera deseado que Albert se casara. Ya tenía edad para ello, pero el joven siempre decía que no lo haría hasta tanto no tuviera un despacho de su propiedad y clientela propia.

Elroy creyó que Williams, su cuñado, iba a quedarse a vivir con ellos, pero era un trotamundos y se dedicó a viajar. Cuando pensaba volver, le atacó una enfermedad y se murió. Desde entonces, ella se dedicó al sobrino y nunca pensó en un hombre, un marido, que pudiera darle un hijo propio. Cuando se dio cuenta, su juventud había pasado y también el deseo de encontrar marido. Se resignó. Elroy era una dama resignada y sabía perder con dignidad. Tenía una pequeña renta y con ésta y lo que el padre de Albert dejó a su muerte, reunió lo suficiente para dar carrera al muchacho. Ahora sólo faltaba que Albert encontrara una mujer que le hiciera feliz, y después la cadena continuaría, porque ella, considerándose abuela de los hijos del hombre, se dedicaría a criarlos.

No era, pues, una vida de soñadora la suya. Era una vida simple como hay miles de ellas. Pero Elroy estaba contenta y esperaba que la vida continuará hasta que se detuviera a su lado y le dijera: "Llegó tu hora". Y la hora para Elroy, al igual que para todo el mundo, era la muerte.

El domingo por la mañana, Candy regresaba de misa, cogió el traje de baño y se dirigió a la playa. Annie iba a su lado. Las dos, mohínas y disgustadas, comentaban la absurda negativa de sus padres.

-Lo que no comprendo es por qué no me dejó ir con Albert y en cambio me dejaba ir con los compañeros de clase.

Annie tenía los mismos años de Candy, pero era más maliciosa.

Con naturalidad, dijo:

-Albert es un hombre.

-¿Y qué?

-Mujer… está claro.

Candy alzó una ceja, interrogativa. No entendía nada y su amiga le daba latas al asunto en su mente ingenua, no veía porque su padre no la había dejado salir a solas con Albert, su amigo de toda la vida. Era la primera vez que se sentía sin humor.

-No veo la claridad por ninguna parte.

-Albert es un hombre muy atractivo.

-¿Cómo?

-Quiero decir que es un hombre muy… que gusta a las chicas, vaya.

-¿Y eso qué?

-Tú eres una niña como él que dice. Imagínate que te enamoras de Albert.

Ahora Candy si soltó la carcajada.

-¿Enamorarme yo de Albert? No seas tonta, es como un hermano.

-Pero no es tu hermano.

-Pero es mi amigo, y mejor amigo de mi hermano.

-Para el caso, como si fuera un extraño. Y bien podría gustarte

-No lo comprendo. Sigo ciega como antes.

-Pues ve al oculista -dijo Annie, enojada.

-Candy volvió a la carga:

-Que Albert sea un hombre atractivo como dices y guste a las chicas, no es motivo para que mi padre me negara el permiso.

-¿Otra vez?

-Y siempre.

-Pues eres tonta. Yo veo las cosas bien claras. Con los doce compañeros te dejaba ir. Era lo normal, aunque a mí me negaron el permiso. No había cuidado que te enamoraras de los doce. Pero sólo con Albert… una tarde entera… Ya sabes…

-No sé nada. Nunca se me ocurrirá ver a Albert como lo ven las demás chicas. ¿A ti te gusta?

Annie trago saliva.

-Mucho -dijo. Es el joven del barrio más interesante; pero… como si no me gustara. Para Albert no cuentan las niñas. Le gustan las mujeres hechas y derechas como Eliza Leagan y Susana Marlod…

-¿Esas tan viejas?

Para Candy, toda mujer que sobrepasara los veinte era vieja. Así era de ingenua aquella muchacha, y Annie, que no lo era tanto, exclamó:

-¿Tan viejas? Pero si se presentaron en sociedad hace dos años.

-Albert es un chico joven. Dijo Candy

-No hay quien te entienda. Candy, Albert es joven y tiene veintisiete años por lo menos, y Eliza y Susana…pues…

-¡Bah! –cortó Candy molesta. ¿Nos bañamos?

Lo hicieron. La playa no era grande y en ella se conocían todos. El edificio del club se alzaba sobre columnas al otro extremo de la playa, y en él estaba Albert y su pandilla de amigos. Las jóvenes no tenían acceso allí por ser demasiado niñas. Cuando se presentaran en sociedad, sería otra cosa. A Candy no le importaba, pero Annie, cuando veía a sus hermanas bailando en la terraza, se ponía de mal humor.

-Ya verán ésas cuando yo me presente en sociedad… Las anulo a todas.

Candy rió. Era su risa tan luminosa y linda que resplandecía todo en su bonita cara.

-A mí no me interesa -dijo con la mayor tranquilidad. Tengo tiempo de sobra…

-Pues lo pasan muy bien.

-¿Es que tú no lo pasas bien?

-Tonterías, solo a medias nada más.

-Yo disfruto mejor en la playa que en la piscina.

-No puedes saberlo porque nunca estuviste allí -razonó Annie, burlona.

-¿Y eso qué? ¿Para qué tengo la imaginación?

Annie se alzó de hombros. Cada día comprendía menos a su amiga. Esta, indiferente, corrió hacia la orilla y pronto se le reunieron un grupo de chicos. Eran todos estudiantes de su edad, y a Candy le divertían horrores. Annie se aproximó y trató de acaparar la atención de uno o dos. Ya se contorneaba, pero ni eso logró. Candy hablaba por los codos en aquel instante y todos estaban pendientes de ella. Albert pasó cerca del grupo y se quedó un momento mirando a la joven bañista y a sus acompañantes. Moviendo la cabeza de modo extraño, siguió su camino. Tendría que decirle a Candy que no era de buen gusto hablar con los chicos tan desenvueltamente. Y se rió pensando en que don George prefería que estuviera junto a doce chicos, a su lado. ¡Absurdo!

Al atardecer de aquel mismo domingo, Albert salía de casa cuando Candy cruzaba el jardín.

-¿Te marchas? —preguntó.

-Sí. Y tú llegas. Tía Elroy te atenderá.

-No pienso darle mucho la lata. Luego vendrá Annie a buscarme para ir al cine. Ponen una buena esta noche cerca de aquí.

-Pues que te diviertas, queridita -le dijo, como si se tratara de una niña.

Candy se le quedó mirando detenidamente y Albert preguntó:

-¿Por qué me miras asi?

-No sé. Tal vez es por lo que me dijo Annie esta mañana.

-¿Y qué es ello?

-Dijo que eres un hombre muy atractivo. Y que le gustaban las chicas hechas y derechas, como, por ejemplo, Eliza y Susana… ¿Es verdad? -Albert se quedó desconcertado. ¿Es verdad, Albert?

-Tal vez. Dijo sonriendo

-¡Qué mal gusto!

-¿Mal gusto?

-Pues claro. Eliza es una vieja.

Albert alzó una ceja.

-¿Vieja?

-Casi. Río Candy

-¿A quién, entonces, me elegirías por novia?

Candy se quedó pensando. Estaba muy linda bajo la luz del atardecer. Tenía unos ojos verdes extraordinariamente vivos y una boca que, transcurrido algún tiempo, sería maravillosa, y unos dientes y un cuerpo y un todo que…

-Nunca he pensado en ello, pero lo haré. Le dijo con una sonrisa triunfante.

-Cuando me la hayas encontrado me lo dices, niña.

-Claro que te lo diré.

-Hasta mañana, bonita Candy.

-¿Con quién sales hoy?

-Con Eliza precisamente.

-¡Puaf! Que mal gusto le saco la lengua.

Y se dirigió a la terraza, donde descansaba la tía Elroy. Candy llegó a su lado, la besó en la frente y luego se dejó caer con un suspiro en la otra silla, frente a la dama.

-¡Qué bien lo hubiera pasado en la montaña! -exclamó. Pero, bueno, tampoco pienso pasarlo mal en el cine. Ponen una de Bratt Pitt.

Doña Elroy la miraba, embobada. Era una lástima que la vida y la malicia destrozaran aquella alma de niña inmaculada. Algún día, Candy perdería su encanto más preciado, como antes lo perdieron otras. Sería una verdadera lástima.

-¿Tus padres no han salido hoy?

-Papá hubo de hacer un viaje y mamá dijo que luego vendría a pasar un rato contigo.

-Y, entretanto, tú te vas al cine.

-Sí.

-¿Con quién?

-Con Annie.

Ésta ya llamaba desde el otro lado de la verja. Candy besó a la dama precipitadamente y salió disparada

Candy se encontró con Albert la siguiente semana cuando regresaba de clases. Tenía clases por las mañanas y por las tardes dos clases particulares, si bien poco adelantaba en ninguna de ellas.

Albert se disponía a entrar en una cafetería y Candy atravesó la calle y le tocó en el brazo.

El muchacho se volvió.

-¡Caramba! ¿De dónde sales?

-De clases.

- ¿Tú en clases?¿Quieres tomar algo conmigo?

-¡Ay, sí! Un helado.

-Vamos pues.

Entraron juntos. No llamaron la atención. En la pequeña ciudad, todos se conocían y nadie ignoraba la amistad de las dos familias. Por otra parte, a Candy se la consideraba una niña y Albert un hombre serio y formal, que no jugaba a engañar a niñas ingenuas.

Se sentaron en altos taburetes ante la barra.

Candy, entusiasmada, exclamó:

-Es la primera vez que entro en una cafetería tan elegante.

-Y ello te divierte.

-Mucho. Cuando termine el Bachiller y me presenten en sociedad, podré entrar en todas partes sin que papá me llame la atención. Será estupendo, ¿no te parece Albert?

-De todo se cansa uno -dijo Albert, sin dejar de contemplarla.

-Eso dice mamá. Yo, hasta la fecha, no me cansé de nada, excepto de las matemáticas. ¿Por qué serán tan pesadas?

Albert se echó a reír por las ocurrencias de esta pequeña.

Acudió un camarero y pidió un helado y una cerveza. Hacía un calor sofocante y la gente caminaba por la calle buscando la sombra bajo las marquesinas de los edificios.

Candy atacó el helado y siguió hablando con su volubilidad habitual:

-Tendrás que ayudarme a preparar los exámenes, Albert, que no lo sepa papá, ¿eh?

-Cuando hagas la revalidación te vas a ver en un lío. Y como supongo que tu padre te obligará a…

-Si tú me ayudas, saldré bien de todo.

-Eres una mala estudiante. Esperemos -añadió, que en la vida seas más aplicada.

-¿Qué quieres decir?

Y sus grandes ojos verdes se abrían deliciosamente.

Albert, como su tía, pensó que sería una lástima que aquella ingenua y bonita joven se convirtiera un día en una muchacha más, haciendo de la vida un solo objetivo: casarse.

-Quiero decir que la vida es más seria que un libro. Y hay que tomarla tal como es.

-¿Tú cómo las tomas?

-Hasta ahora -se rió, un poco en broma -y apartándole un mechón de cabello detrás de su oreja, añadió. Tú aún no sabes nada de eso y es mejor así. No existe época más deliciosa en la vida de una muchacha que es la que tú recorres.

-¿Y después?

Abría los ojos interrogantes, curiosos, y Albert apartó un poco los suyos. Aquella niña, en su ingenuidad, era infinitamente más peligrosa que Eliza con todo su mundo recorrido.

-La vida, por sí sola, te irá enseñando el después -dijo evasivo, y añadió. Es muy tarde. Tu padre te reñirá. Termina el helado.

-Papá nunca se enfada conmigo. Cuando tardo, me pregunta dónde estuve. Si la compañía no le agrada, me dice: Que no vuelva a ocurrir. Y no ocurre.

-¿Hasta cuándo vas a obedecer?

-Hasta siempre.

-Ya veremos.

La tomo del brazo y la ayudó a bajar de la banqueta.

Anduvieron juntos la calle, no tomaron el trolebús. Uno al lado del otro, atravesaron la avenida y buscaron el camino más corto para llegar a casa.

Candy dijo de pronto:

-Annie dio la razón a papá porque se negó a dejarme ir contigo a la montaña.

-¿Sí? ¿Y por qué?

Otra se callaría. Candy tenía que decirlo todo. Ignoraba aun el significado de este todo, y era lógico que obrara así. Allí radicaba su mayor encanto, pero cuando el tiempo la hiciera una mujer… Albert lamentó que los años corrieran para Candy.

-Dijo que eras muy atractivo. Que yo podía enamorarme de ti.

Albert se sobresaltó.

-¿Y tú qué contestaste? -preguntó, por decir algo.

-Yo me reí.

-¿Por qué?

-¿No es gracioso? Enamorarme de ti… Me parece muy divertido. ¿Estaré enamorada y no lo sabré, Albert?

Ahora el hombre se desconcertó.

-No, por supuesto que no -se apresuró a decir. Esas son tonterías de Annie.

Candy pareció pensativa, alzó los ojos y los fijó en el semblante serio de Albert.

-¿Cómo es el amor, Albert? ¿Qué se siente? ¿Qué se hace cuando una está enamorada?

-No lo sé -saltó, evasivo. Nunca estuve enamorado.

-¡No! ¿Entonces, por qué sales con Eliza y las otras? ¿No las quieres?

-Las aprecio, son mis amigas.

-¿Y eso no es amor?

-Claro que no.

-Pues no lo comprendo.

-Ni es preciso que lo comprendas. Tienes tiempo para todo. La vida, por sí sola, te lo irá enseñando.

-No puedo esperar tanto eso tarda.

-¿Qué es lo que tarda?

-Que la vida enseñe esas cosas.

Llegaron ante las dos villas.

Candy agitó la mano, y, con su forma acostumbrada, gritó:

-Hasta la noche, Albert. Iré a tu casa a que me ayudes a hacer los deberes.

Y se perdió tras la verja. Albert se dirigió a su casa, pensativo y, en cierto modo, malhumorado.

CONTINUARÁ…

Hola chicas un nuevo capítulo… gracias por sus comentarios a:

Isa Iran: no te preocupes tratare de terminar algunos antes de comenzar unos nuevos.

Letita: un trato es un trato por ti este nuevo capítulo espero y te guste mi linda amiga..

Stear'lover Girl: Elisa gracias por tu comentario claro que promete ja ja, ya verás después.

Usagi13chiba: ja ja ya sabes cómo son los padre, amiga quien los entiende la deja ir con 12 chicos y con Albert, un chico serio y responsable no, pero será que mi moreno George ha visto algo que nosotros no entre estos muchachos. Ja ja si me encanta poner a Albert celoso.

Karina: gracias por tus comentarios sobre mi historia, gracias a tu sugerencia, he decidido terminar algunas historias que tienen algunos meses, antes de empezar otras por ejemplo La heredera que está en su recta final, gracias por siempre alentarme y darme consejos saludos amiga.

Gaby chikno: oh espero haber escrito muy bien tu apellido ya lei, por otro comentario que siempre te lo cambio linda perdóname la vida ja ja, si quien sabe será que nuestro galán ya está enamorado y no se ha dado cuenta mmmm.

Gatita: mi linda gatita prima, ja ja que comentario más hermoso, sabes que yo amo al wero es mi prioridad en todo, bueno Candy es la actriz pero te juro que preferiría ponerla a mí o a ti ja ja no crees que nos veríamos mejor como protagonistas, yo al igual que tu soy 1000000000000000 Albertfans y por eso con mi linda Mayra, tratamos de que haya más historia sobre ellos, porque antes de que llegará ella esto era solo terrytano, y creo que ya llego la hora de emparejar las cosas a nuestro favor, ja ja que frase me hiciste a acordar de bok layer en Story ja ja al infinito y más alla, no te preocupes tus mensajes también me vuelven sensible saludos… hasta el atentamente

Gwendolyn: wow que profundo eso de que este es el que más te gusta, me hizo sonrojar tratare de que te siga gustando linda muchas gracias por comentar.