Querida querida vida mía.
Chiquilla preciosa mi agonía.
Sin amar es pecado yo no sé qué hacer
En mi alma solo vives, solo tú
MI VECINO
CAPITULO # 3
Por. Tatita Andrew.
Aunque ya se lo esperaban por las notas de Candy fue un golpe para su padre cuando le suspendieron el sexto año y don George se enojó tanto, que la hija, que jamás le había visto así, se asustó. El debate entre los dos esposos tuvo lugar delante de Candy, y la madre, que siempre condenó las cosas de la hija, salía en aquel momento en su defensa, lo cual extrañó a la joven.
-Te digo que esto no puede continuar así —gritó el abogado. Estamos perdiendo el tiempo y no tengo deseo alguno de que a mi hija le pongan orejas.
-¡George! Por favor
-Ya lo dije —cortó el caballero—. Un internado durante dos años le vendría muy bien.
Candy era tan inconsciente que le regocijaba ir a un pensionado, pero la madre no pensaba como ella, a juzgar por su expresión desolada y las frases persuasivas que trataban de convencer al marido.
-A los diecisiete años no es normal que una joven vaya al colegio. George. Que Candy te prometa aprobar para setiembre y…
Candy cortó las frases de la madre:
-No te preocupes, mamá. Me gusta ir a un pensionado.
Era lo que faltaba para que George hiciera hincapié en su decisión:
-Eso es, hijita. Eres más sensata que tu madre.
Fueron inútiles cuantos argumentos sacó doña Elvira para convencer a su esposo. Se dispuso el viaje de Candy y se decidió que la llevarían a Londres a un colegio elegante llamado San Pablo.
-Así se pulirá —adujo el esposo—. Hace mucho tiempo que debí hacerlo así. Las muchachas que estudian en los Institutos terminan no sabiendo nada.
-Es lo contrario, George.
-¿Aún seguimos así? En el mismo tema Candy irá a un colegio a Londres, y la llevaré yo mismo, y en vez de pasarse las horas muertas en la playa, estará todo el verano estudiando, que falta le hace.
La tía Elroy Albert no sabían nada, y fue la misma Candy quien les dio la noticia, sin un átomo de pesar.
Llegó a casa de su vecina una soleada mañana. Se sentó tranquilamente sobre el brazo del sillón y pronunció:
-¿No saben? Me llevan mañana a Londres.
Albert, que leía el periódico, alzó rápidamente sus ojos azules.
-¿A Londres? ¿Y qué vas a hacer tú en Londres?
-Estudiar. Voy a un colegio de monjas. Papá dice que necesito pulirme. Es gracioso, ¿no?
-Yo no le encuentro la gracia por ningún lado —adujo Albert—. Te vas a kilómetros de distancia y, lo que es peor, allí no tendrás quien te haga los deberes.
-Por eso mismo. Tendré que estudiar de firme.
Se acercó la tía Elroy.
-Y eso parece que te agrada —comentó.
Candy se alzó de hombros. Pues ella en realidad no sabía si quería ir o no pero la novedad era mucha y ella nunca había salido de la ciudad. Londres era para ella una meta deliciosa. ¿Qué tendría que estudiar? Bueno, otras estudiaban, y ella no se consideraba menos que las demás.
-Claro que me agrada —saltó, impulsiva. Es estupendo.
-Pero es absurdo que te encierren entre cuatro paredes durante los meses de verano —dijo Albert.
Candy volvió a alzarse de hombros.
La despedida al día siguiente fue alegre por parte de Candy. Su madre lloraba, y su padre, que la acompañaba hasta Londres, estaba muy serio. Annie, que también estaba presente en el pasillo, no cesaba de limpiarse los ojos.
La Tía Elroy y Albert se mantenían inmóviles y serios. La única que parecía encantada de la vida era Candy.
-Despídete de tu madre seriamente -dijo George su padre, porque no volverás hasta que termines tus estudios.
-¿Dos años? , se maravilló, con su inconsciencia habitual.
-Eso suponiendo que todo salga bien.
Los besó a todos con entusiasmo. Cuando llegó a su madre, se colgó de su cuello y le dijo al oído:
-«Yo voy contenta. No llores».
Al fin, el tren se perdió a lo lejos, y Candy estuvo diciendo adiós con el pañuelo hasta que dejó de ver el andén.
Seis días después regresó George, y dijo que su hija había quedado feliz y encantada de la vida.
-Creo, Elvira —confesó aquella noche a su esposa—, que debí determinarlo así hace algunos años. De todos modos, le harán mucho bien estos dos años de reclutamiento.
-Es como enterrarla en vida —gimió la esposa.
-En modo alguno. Las monjitas son encantadoras, menos la madre superiora es un ogro ja ja pero sabes cómo es Candy hizo amiga al instante. Ya sabes que nuestra hija es feliz en cualquier parte.
-¿Hasta cuándo?
-¿Hasta cuándo, qué?
-Me pregunto hasta cuándo será feliz.
-Mujer, hasta que la vida no le proporcione amarguras personales. Y las amarguras personales de una muchacha son los hombres y el amor, y mientras esté en el colegio, continuará siendo una niña.
-Dicen que en los pensionados unas compañeras despiertan a las otras.
-¡Tonterías! No quiero creer que te creas esas mentiras, ya no quiero seguir hablando del tema…
El tiempo fue pasando y recibían de Candy semanalmente cartas que contaba todo lo que hacía en Londres, ella seguía siendo tan ingenua y desconcertante como lo era aquella joven. Y a medida que pasaba el tiempo, doña Elvira se tranquilizaba. En setiembre de aquel año, Candy escribió una carta diciendo sin titubeo habitual que la había suspendido de nuevo, pero que confiaba aprobar para junio siguiente. Su padre George se llevó un tremendo disgusto, pero se conformó al fin y escribió una carta a la superiora, rogándole que fuera muy severa con su hija.
Con gran alarma por parte del abogado y gran disgusto para doña Elvira, en junio siguiente, a Candy la volvieron a suspender, y la superiora escribió una carta diciendo que no se extrañaran, porque Candy estaba muy atrasada y todo lo que sabía a su llegada al colegio lo tenía en el cerebro como prendido con alfileres. George pensaba ir a Londres con su esposa, pero, tras leer la carta de la superiora, decidió quedarse en la ciudad.
-George, es nuestra hija.
El marido se enojó.
-¿Y quién lo duda? —gritó, descompuesto—. Pero es una hija sin gota de sentido común y vamos a darle un escarmiento. Mientras no apruebe el sexto no volverá a casa. Otro verano en Londres tendrá que pasar lejos de su familia y las personas que la quieren.
Candy no protestó. Escribió una carta sensata y diferente. Doña Elvira se echó a llorar y su marido salió de casa para no verla, pero no por eso se ablandó.
-Nunca pensé que fuera tan duro con su única hija —se lamentaba Elvira junto a su amiga Elroy.
-Mujer, tienes que hacerte cargo.
-¿Cargo de qué? ¡Es mi hija y hace un año que no la veo!
-Mira, Elvira, las madres tienen que hacer muchos sacrificios por los hijos. Yo nunca he sido madre, pero soy tía y sé las molestias que sobre sí trae un muchacho. Candy es una mala estudiante. Bien está que aprenda a disciplinarse.
-Pero soy yo la que sufro.
-Es tu deber aguantar. Escribe a tu hija, dile lo mucho que la echas de menos y pídele que estudie para que la separación se acorte.
Las palabras de su amiga Elroy fueron un gran alivio para Elvira quien siguiendo los consejos de su amiga. Así lo hizo, pero la inconsciente contestó diciendo que lo pasaba bárbaro en el colegio, que hacía deporte todos los días, que pintaba, cosa que le encantaba, y que estudiaba mucho. Pero no parecía darse cuenta del dolor de su madre.
Y otra vez se fue a lamentar con su amiga Elroy.
-La he criado mal decía la dama ante su amiga. ¿Te das cuenta? Para ella no hay problemas. Es como si se hiciera para ella sola, y sola la estuviera disfrutando.
-En tu lugar, yo me maravillaría de que fuera así. Mientras no se dé cuenta de que la vida es vida y trae consigo problemas y decepciones, no sufrirá.
-Eso es cierto; pero…
-Vive tranquila y espera.
Elvira no se resignaba en el fondo, pero, aparentemente, siguió el consejo de su amiga.
Mientras tanto en la casa de la Tía Elroy Esta se lo explicaba a Albert una noche:
-Nunca dejará de ser una chica inconsciente e ingenua.
-Es una virtud. Decía su sobrino Albert
-Elvira desea verla convertida en una mujer sesuda. -Un mal deseo.
-Pero ¿no te parece que debiera aprobar?
-No le interesan los estudios. Los considera una diversión, y no se concentra en ellos. Será una deliciosa esposa, pero nunca una buena estudiante.
-Pero ahora es estudiante.
-Si bien eso tiene muy sin cuidado a Candy. Tanto han de hacer todos hasta que le quiten el encanto personal.
-Tú, por lo que veo consideras que, cuando se convierta en esa mujer sesuda que Elvira desea, la joven perderá el encanto.
-Como mujer, sí.
-Y lo dices rotundamente.
- Es como lo veo. Y así pienso.
En setiembre. Candy volvió a reprobar, y esta vez su padre George tomó el tren y llegó a Londres con ganas de matar a todo el mundo, si bien no mató a nadie. Candy le recibió sonriente, se colgó de su cuello, le dio una docena de apretados besos y le dijo con la mayor naturalidad:
-Los estudios son una pesadez.
Y el abogado, que iba dispuesto a darle dos bofetadas no pudo más que sonreír embobado. La niña había dejado de serlo, al menos aparentemente. Se había convertido en una linda y moderna mujercita y sus gestos más pausados y conscientes, tenían tal encanto que su padre regresó a la ciudad aún embelesado.
-¿Te ha prometido aprobar en junio? —preguntó la esposa.
-¿Qué? ¿Qué dices?
-Te he preguntado si Candy te ha prometido aprobar en junio.
-¡Ah!
-¿Te has quedado tonto, George?
-¿Cómo?
-Te han alelado en Londres, querido mío.
El abogado volvió a sonreír. ¿Si había hablado con su hija de estudios? No lo recordaba. Sólo sabía, y para él, que era padre, lo consideraba suficiente, que había salido de paseo con Candy, que se gastó un dineral en vestidos y zapatos y chucherías, y que se sintió orgulloso llevándola del brazo y demostrando a todos que aquella monada de muchacha era su hija. Lo demás no contaba.
-George, ¿aprobará en junio o no?
-Aprobará —dijo, sin convicción.
Y felicito así mismo para pensar en la monada de hija que Dios le concedió como don del cielo.
A los dos años justos de ingresar en el colegio San Pablo en Londres, George recibió un telegrama en el cual su hija le notificaba su aprobado. Su padre respiró y se lo enseñó, triunfal, a su esposa.
Esta empezó a llorar, emocionada, y preguntó cuándo iba a buscarla.
-Pasado mañana.
-¿Y se quedará con nosotros?
-Naturalmente. No volverá a coger un libro en toda su vida. Al menos, yo no se lo impondré.
-¿Y a qué se va a dedicar Candy en lo sucesivo?
El padre se alzó hombros como diciendo:
-«¡Qué pregunta más absurda!». A vivir, Elvira. A disfrutar de la existencia y a buscar marido, que es, en realidad, la verdadera carrera de la mujer.
-No me explico, entonces, por qué la has sacrificado tanto tiempo.
-Para que no sea una ignorante, mujer. Para que sepa hablar y conducirse.
Doña Elvira, cuando su marido marchó a Londres a buscar a Candy, habló con Elroy.
-Estoy emocionada.
-No me extraña. Dos años en la vida de una muchacha son muy importantes. Vendrá cambiada.
-¿Tú crees?
-Estoy segura de ello. Habrá cambiado física y moralmente.
-Yo preferiría —dijo Elvira, ingenuamente—, que Candy continuara siendo niña.
-Si bien nunca pasará de ser un deseo tuyo bastante absurdo.
-Ya lo sé. Pero ¿te imaginas los problemas que acarrea una joven con pretensiones a casarse? George dice que la verdadera carrera de la mujer es el matrimonio, y asegura que en adelante no obligará a Candy a tomar un libro.
-Tu marido tiene mucha razón.
Elvira suspiró y dijo:
-Mira, Elroy. Cuando yo tenía diecisiete años, era una joven feliz. Nada me afectaba porque vivía como inconsciente. Pero luego, al cumplir los diecinueve, me convertí en una mujer v todo fueron problemas y pesares.
-Eso les ocurre a todas las mujeres, ¿no?
Si bien yo desearía que no le ocurriera a mi hija.
-Una pretensión que lleva en si mucha fantasía, querida amiga. A la par que sufre, goza. ¿No lo sabías? ¿No te sucedió a ti así?
-Pero el sufrimiento no compensa el goce.
-Es ley de vida. No podrás tú torcer el destino de las criaturas sólo porque tengas una hija y quieras apartarla de ese núcleo humano que nos rodea.
-Por lo visto —dijo Elvira, con oculta amargura—, no tengo argumentos que exponer.
-De esa índole, no.
************************************************** ********************************************Por la noche, Elroy hablaba de lo mismo con su sobrino Albert Y éste, con gran asombro de su tía dio la razón a Elvira.
-Reconoce —dijo pensativo, que doña Elvira ya sabe que no podrá torcer el mundo y el destino de las criaturas. pero no te extrañe que desee para su hija un mundo diferente.
-Pero es absurdo, cuando sabemos que no podrá alcanzarse.
-Estoy de acuerdo en lo de no poder alcanzarse, pero no en lo de absurdo. Toda madre desea, y máxime siendo una madre como doña Elvira, que sus hijos se detengan en cierta época de la vida. Ya sabemos que es imposible, pero yo, como ella, pienso que la existencia, los hombres, los amores y la experiencia, despojarán a Candy de su mejor encanto.
-Pero es así para todos.
-De acuerdo. Si bien no deja de ser penoso.
-¿Y tú crees que Candy habrá cambiado?
-A juzgar por las cartas que escribe, considero que no ha cambiado mucho. Pero al salir del colegio y ver la vida cara a cara, sin tapujos, tal como es, cambiará. Y si, como tú dices, no volverá a estudiar y se dedicará a vivir, todo lo que no aprendió en diecinueve años, que son los que tiene ahora, lo aprenderá en un solo día. Y a mí, como a su madre, me dará mucha pena. Además, tía Elroy, yo lo lamento más que doña Elvira, porque conozco la vida tal como es y veo las miserias, las mezquindades que encierra el ser humano. La mujer sólo tiene un objetivo en la vida: encontrar marido. Que éste sea bueno o malo, poco importa. Al principio, lo pidieren rico, con coche y negocio propio.
-En muy pobre concepto tienes a la mujer.
Albert añadió, haciendo caso omiso de la interrupción:
-Estos deseos se afianzan en la mujer cuando cuenta de veinte años para bajo. Cuando tiene veinticinco años, se conforma con el hombre rico, sin coche y sin negocio. Al llegar a los treinta, se conforma con un hombre simplemente y se casa si puede. ¿El amor? Es un mito estúpido, fruto únicamente de la imaginación de un novelista. Antes la mujer era un ser sentimental, ahora es un ser positivo. Y lamento que Candy vaya a engrosar ese núcleo femenil que tantas desgracias le acarrea al hombre.
-Me asombras Albert.
-¿Nunca te hablé así?
-Es la primera vez, y me dejas consternada.
-Te advierto, tía Elroy—dijo suavemente, que no tengo yo la culpa de pensar así. Hace año y medio, cuando era un simple pasante en el despacho de un abogado de renombre, yo era un hombre joven, divertido. Ni Eliza, ni Annie, ni Fulanita, ni Menganita deseaban cazarme para marido. Era, como dije ya, un hombre divertido con el cual lo pasaban bien. Hoy tengo bufete propio, me voy abriendo paso en la abogacía y poseo un despacho que me pertenece por entero, y pasantes a mi servicio; pues bien, ahora ya soy un marido codiciable, y ello me asquea.
-Si miras la vida desde ese prisma, nunca te casarás.
-Y lo lamentaré, porque un hombre soltero es como un andarín en pleno desierto. Mas no por ello me casaré a lo loco.
-No obstante, ya tienes veintinueve años.
-Sí —admitió pensativo, veintinueve años, durante los cuales las mismas mujeres me enseñaron a pensar así. Cuando me case, si es que lo hago algún día, será con una mujer que me quiera de veras. No podría soportar a mi lado el egoísmo humano de una hija de la Sra. Leagan y, como te dije antes, la vida y las mujeres me han demostrado que vivimos únicamente de egoísmos.
Terminó la comida y se puso en pie.
-¿Sales?
-No. Leeré un rato y luego me iré a la cama.
-Ricardito me ha dicho que sales mucho con Annie. Desde que la presentaron en sociedad eres su paladín. ¿Acaso esa muchacha es mejor que las demás?
Albert rió de buena gana.
-Por lo visto, mi mejor amigo—comentó, sin dejar de reír—, es una gacetilla.
-Yo le pregunto, y él, que es tan inocente como Candy…
-Como era Candy, tía Elroy —apuntó. Ignoramos cómo es ahora.
-Mientras la vida no la azote, seguirá siendo igual, ¿no crees?
-Ya veremos.
-¿Y qué hay de Annie?
-Una más con la diferencia de que tiene cierta inteligencia para engañar a los hombres.
-¿A ti no?
-No —dijo sin jactancia—. A mí, no.
Y cogiendo el periódico de la tarde, se hundió en un sillón y se dispuso a leer.
CONTINUARÁ…
Hola chicas un nuevo capítulo… vuelvo a decir que gracias por su comprensión, espera y paciencia estoy haciendo lo posible para escribir todas las historias y compensarlas por el tiempo que he estado sin escribir saludos y un gran abrazo a todas….
