Querida querida vida mía.

Chiquilla preciosa mi agonía.

Sin amar es pecado yo no sé qué hacer

En mi alma solo vives, solo tú

MI VECINO

CAPITULO # 4

Por. Tatita Andrew.

El respetable abogado George y Candy su hija llegaron a la ciudad tres días después. Doña Elvira se quedó mirando a su hija como si ésta fuera una extraña. Pero Candy se hundió en sus brazos, cubrió de besos el rostro de su madre y ésta empezó a llorar como una Magdalena.

- Pero que te han hecho allá mi nena, ¡Si no pareces la misma!

-Pues, lo soy, mamita. Soy tu Candy.

En efecto lo era, Pero había cambiado. Ya no tenía aquella expresión ingenua en sus ojos verdes ni aquella mueca en la boca de niña tonta. Era una mujer. Una mujer elegantemente vestida, elegantemente calzada y elegantemente peinada. Y era una verdadera monada.

Ricardo su hermano la miraba embobado y su padre parecía muy satisfecho. En cuanto a la madre, daba vueltas en torno a su hermosa hija, como si ésta le fuera totalmente desconocida. Y fuera la primera vez que la viera en la vida.

Y lo era. De la niña de diecisiete años no quedaba nada, al menos en apariencia. Se había formado por completo y su esbeltez daba a su persona un aire moderno y desenvuelto que antes no tenía. Pero empezó a hablar y tanto el padre como la madre se dieron cuenta de que continuaba siendo la niña ingenua y pura que llevaba una interrogante en la punta de la lengua. Esto complació a Elvira de tal modo que, sin poder contenerse, se acercó a ella, la abrazó y la besó y susurró, emocionada:

-Hija, hijita mía. A pesar de todo sigues siendo tú, mi dulce y pequeña Candy

Comieron los cuatro reunidos como una verdadera familia tenían años que no lo hacían y hablaron de muchas cosas, entre ellas de aquellos dos años que pasaron para Candy como un soplo. De lo que Candy haría en adelante, de las amigas que había dejado, de Annie…

-¿No sabes? —dijo Ricardo, que siempre lo sabía todo. Paula sale con Albert.

Candy se asombró.

-¿Con Albert? ¿Mi vecino? ¿Tu mejor amigo?

-¡Qué graciosa Candy! ¿Cuál más?

Y de pronto recordó que no había ido a visitar ni a la tía Elroy ni a Albert.

-Es cierto, aún no fui a verlos. Si me dan permiso, iré un rato a saludar a la tía Elroy.

-Albert no está en casa -dijo Ricardo. Lo vi salir hace cosa de una hora.

-Pero que me importa que no esté yo voy por Doña Elroy.

Se puso en pie. Calzaba zapatos de altos tacones y vestía un modelo que le costó a su padre un buen dinero en Londres. Además de aquel lindo vestido que hacía de Candy una figura moderna y preciosa, había adquirido para su hija todo cuanto ésta quiso, pero de eso no podía enterarse su mujer. A Elvira, todo lo que fuera gastar para trapos y zapatos, collares y bolsos, era un despilfarro. En el fondo, George le daba la razón; pero estaba orgulloso de su hija y deseaba verla siempre bien vestida y bien calzada, y echaba al olvido el dinero que en ella gastaba.

-Volveré en seguida, mamá, y seguiré contándote cosas.

Salió despacio. Ya no corría como antes, ni hablaba a gritos. Sus modales eran pausados, su risa breve y sus frases cortas y precisas. En eso y en su físico, sí había cambiado Candy.

Salió a la terraza, descendió siempre sin prisas y atravesó el pequeño jardín, caminando directamente a la villa contigua a la suya.

La Tía Elroy se hallaba descansando en una silla de lona de color vivo. Al ver a la joven a contraluz, le costó reconocerla. Pero cuando lo hizo, dio un salto y exclamó, emocionada:

-Candy, muchacha, no te conocía.

La joven llegó a su lado y la besó por dos veces.

-Querida tía Elroy.

Y le temblaba un poco la voz, como cuando, momentos antes, besó a su madre.

-Huy, huy, qué desconocida estás. Has crecido, te has hecho una mujer. Siéntate. Albert no tardará en llegar. Se alegrará mucho de verte.

La muchacha se sentó y miró a un lado y a otro con entusiasmo. No entendía porque razón se sentía feliz de volver a ver a su vecino y mejor amigo es que había pasado mucho tiempo, habrá cambiado, se habrá dejado crecer la barba.

-Me encontraba bien en el pensionado —dijo. Pero ya sentía nostalgia de todo esto. De mi ciudad, de mi familia, de mis amigos, y sobre todo de ti Tía Elroy.

-¿No volverás?

-Claro que no. Papá dice que ahora me dedicaré a ser mujer…

-¿Y te agrada? Esa idea

Típico en Candy alzo sus hombros como lo hacía antes y saco la lengua. En aquello no había cambiado. Era un gesto natural, innato, que la favorecía, y demostraba que, pese a su cambio físico, continuaba siendo la niña sin ambiciones psicológicas.

-¿Ser mujer?

-Si. No me interesa. Me gusta ser niña, pero es imposible.

-Se puede ser niña y mujer a la vez. Dijo la tía sabiamente.

-Algo extraño, pero que no deja de tener sentido. ¿Qué tal durante estos dos años, tía Elroy?

-Muy bien, querida. Te echamos mucho de menos.

-Y yo a vosotros. Ya me dijo papá que Albert se estableció por su cuenta y que le va muy bien.

-No puede quejarse. La ciudad está falta de abogados. Hubo un tiempo en que la mayoría de los hombres estudiaban esa carrera. Ahora hubo una tregua, y los que hay se aprovechaban. Creo que Albert tiene buen porvenir aquí.

-¿No tiene novia?

-No, dice que no tiene prisa.

-¡Siempre lo mismo! Ricardo me contó que se paseaba continuamente con mi amiga Annie. Es raro que ella nada me haya dicho por carta, y nos escribimos con frecuencia.

-¡Bah!, tonterías eso solo es un pasatiempo.

-¿Pasatiempo? Es lo que no acabo de asimilar bien. También mis amigas del pensionado llamaban pasatiempo a salir con un muchacho durante un mes o dos. ¡Qué raro!

-Porque tú no piensas así…

-Claro que no. Considero que una semana es más que suficiente para que un hombre y una mujer sepan si se gustan y si se comprenden.

-¿Y bien?

-Después, el noviazgo, y más tarde, la boda.

-¡No corres tú nada! —rió una voz tras ella.

Dio un salto. Albert reía y la contemplaba. Candy alargó la mano y aunque nerviosa dijo suavemente:

-¿Cómo estás Albert?

Este estrechó fuertemente aquella linda manita de mujer y con galantería besó los finos dedos.

-Tú estás mucho mejor rió irónico. ¿Qué te han dado por allá para que hayas cambiado así?

-¿Cambié?

-Sí. Y muy favorablemente. ¿Nos sentamos?

Lo hicieron frente a la dama, en dos sillitas extensibles de lona. Albert sacó un cigarrillo y le dio a Candy, pero está rechazó con una sonrisa.

-¿No fumas?

-No.

-Eso lo enseñan en el pensionado.

-No hagas caso. Allí fuman muchas chicas a escondidas, pero yo, que probé a imitarlas, nunca hallé placer en ello.

-De modo que, según tú, un hombre y una mujer no necesitan más que una semana para comprenderse y amarse…

-Quizá es poco tiempo una semana, pero a la mujer, y hablo por mí sin mucha experiencia, le es suficiente un día o dos para saber si el hombre que la acompaña le agrada o no.

-Eres muy rápida.

-No lo creas. Me gustan poco las falsas situaciones.

-O sea, que tú sólo saldrás con un chico cuando éste te agrade.

-Exactamente.

-Hum, hum… -y rió.

Candy se puso en pie con gracioso ademán.

-Los tengo que dejar estoy muy cansada, el cambio de horario, el viaje, me voy a la cama. Mañana será otro día y seguiremos esta conversación, Albert. Hay mucho que decir sobre ello.

Besó a la dama, agitó los dedos delante de las narices de Albert y, después, descendió las escalinatas y atravesó el jardín.

Tía y sobrino la siguieron con la mirada.

-¿Qué me dices, Albert?

-Hum…

-¿Sólo eso?

Albert rió.

-Extraordinariamente guapa.

-¿Nada más?

-Con gustos personales que agradan al hombre. Ha cambiado y no ha cambiado —añadió, pensativamente. Sigue siendo pura y cerebralmente honrada. Eso está bien.

En realidad es una niña con cuerpo de mujer, una combinación letal para algunos hombres tía. Bueno yo también me retiro a dormir que pases una linda noche, estoy muy cansado.

-Ve muchacho descansa.

La tía se quedó sonriendo sentada en la butaca la verdad que no hay más ciego que el que no quiere ver pensaba con mucha certeza.

Después de varios días sin tener noticias de su mejor amiga Candy reflexionaba, es extrañó que Annie no acudiera a verla. Era lo correcto y lo normal, pero, por lo visto, su amiga ya no era correcta ni normal. Pensar que Annie ignoraba su arribo a la ciudad, era absurdo. La ciudad era pequeña, se conocían todos y las noticias corrían rápidamente, y, por otra parte, si Albert salía con ella, como decía su hermano Ricardo, ella tenía que saber que había regresado.

Al día siguiente cogió el traje de baño y se fue a la playa. Iba sola. A Candy le gustaba la soledad y sus pensamientos, en los cuales no deseaba intrusos. Durante el trayecto la saludaron unos estudiantes. Fue amable y cortés con ellos y éstos la invitaron a una fiesta que tendría lugar en casa de una amiga aquella tarde. Al hacer la invitación la miraban embobados. Candy estaba infinitamente más bonita que dos años antes, si bien no parecía hablar tanto ni interesarle su compañía. Con gran alarma por parte de los ex compañeros de estudios, la joven se había convertido en una mujer, y lo peor es que ellos quedaban estacionados. Una muchacha de diecisiete años puede ser amiga de un joven de la misma edad, pero una mujer de diecinueve se convierte en un ser adulto, y ellos seguían siendo unos muchachos adolescentes.

-¿Irás?

-No -dijo con sencillez. No podré.

-¡Oh!

-Llegué ayer en la noche y tengo que organizarme.

-Bueno.

Se despidieron y Candy siguió su camino. Vestía una falda blanca de seda y una camiseta de roja. Calzaba zapatos bajos, llevaba gafas y, colgada al hombro, la bolsa de baño. Al cruzar ante un café, los hombres la miraron.

-¿Esa es la hija de George White. Bonita muchacha», dijo uno.

Los otros asintieron. Candy, ajena a las miradas masculinas, siguió su camino. Caminaba sin contoneos, sin vanidad, y esto lejos de restarle encanto, se los aumentaba.

Cuando llegó a la playa, miró a un lado y a otro. Había mucha gente, y a Candy le costó reconocer a algunas muchachas que dos años antes eran sus compañeras. Saludó de lejos y vio venir a Annie, sola, y con la bolsa de baño colgada al hombro. Esperó. Annie se detuvo a su lado, se inclinó y la besó convencionalmente.

Candy se sintió desilusionada. ella fue siempre su mejor amiga, y le profesaba afecto y cariño como de hermanas. En cambio, la recién llegada parecía ajena, indiferente, como si el encuentro no le interesara en absoluto.

-Me sentaré un rato a tu lado -dijo, dejándose caer sobre la arena. ¿Qué tal durante estos dos años de internado?

-Bien. ¿Y tú?

-Nada bueno, ya puedes imaginarte.

Candy esperaba que, como todos, Annie le dijera que había cambiado, pero no se lo dijo. Empezaba a hablar de sí misma, de los amigos, de las amigas, de su presentación en sociedad, que tuviera lugar un año antes en su Mansión con una fiesta deslumbradora. Pero no mencionó a Albert, y a Candy le extrañó, y como ella aún no tenía malicia, abordó el tema con la mayor naturalidad:

-¿Cuándo te casas?

-¿Yo? se extrañó Annie, Ay, qué risa. ¿Quién ha pensado en casarse, niña?

-Ricardito me dijo que salías con Albert.

-Es Albert el que sale conmigo rectificó con cierta sequedad.

Candy, que era muy sincera, saco la lengua y comentó con naturalidad:

-Salen juntos, que es lo que quise decir. A decir verdad, no me fijo en esos detalles. Siempre es el hombre el que sale con la mujer, para eso la Naturaleza le concedió la iniciativa. Lo que depende de la mujer es que siga saliendo o no.

Annie no respondió. Sacó un cigarrillo y le ofreció, mostrándoselo a Candy.

-Gracias respondió la rubia. No fumo.

-Qué anticuada eres.

-¿Anticuada por no fumar?

-Siempre serás la misma.

Candy pensó:

«No soy la misma, y Annie tiene que observarlo. ¿Por qué me dice lo contrario?». No hizo objeciones y cambió el giro de la conversación:

-Entonces, ¿no piensas casarte?

-Aún no hablamos sobre eso.

-Pero son novios.

-Claro que no.

Otra vez se asombró. Candy ya no tenía punto de afinidad con ella. Y se preguntó quién de las dos había cambiado más, ella o Annie. La miró detenidamente, con cierta curiosidad. Ella fumaba y expelía el humo elegantemente. Estaba pintada con exageración y sus cabellos habían dejado de llevarlos sueltos con un cintillo para llevarlos recogidos en una coleta. Sus ropas eran tan exageradas como su rostro, cuyos rasgos, realzados y desfigurados por la pintura, no guardaban armonía alguna con su juventud. Era joven y parecía una mujer madura. No había cambiado gran cosa, pues cuando tenía diecisiete años aparentaba veinte, y ahora que tenía diecinueve parecía una mujer de veinticinco.

-¿Seguirás estudiando? Le pregunto Annie

-No.

-¿Cuándo te presentarás en sociedad?

-No lo sé. Dependerá de papá.

-Mientras no te presenten, no te dejaran entrar al club exclusivo para mayores.

Candy se encogió de hombros.

-No tengo ninguna prisa dijo con naturalidad. Hay tiempo para todo.

-Sigues siendo tan despreocupada. Pues, chica, hay muchos hombres este verano… Algo serio, te lo aseguro.

-No me interesa.

-¿Qué es lo que te interesa a ti?

-Por ahora, nada determinado.

-No comprendo tu indiferencia dijo Annie, poniéndose en pie. Un poco molesta

-¿Te marchas?

-Claro. Hay en las terrazas del club unos bailes estupendos todos los días. ¿De veras no vienes?

-No. Que te diviertas.

-Gracias —y contoneándose se fue caminando. Adiós, niña Ya nos volveremos a ver.

La vio alejarse contoneándose en dirección al club. A su paso, los bañistas la piropeaban, pero Candy sonrió desdeñosa. Ella no desearía por nada del mundo aquellos piropos que, en cambio, a Annie parecían encantarle.

Suspiró. «Siempre fuimos diferentes», se dijo. «Pero siempre amigas. Ahora seguimos siendo diferentes, pero creo que la amistad se la llevó el viento. Tanto mejor».

Y abriendo un libro se dedicó a leer. El sol empezó a calentar exageradamente y Candy decidió ponerse el traje de baño. Entró en la caseta y salió minutos después enfundada en un conjunto negro. Se ruborizó. Estaba demasiado blanca y llamaba la atención. Un descarado dijo, desde lo alto del malecón:

-Ponte al sol niña, que estás como la leche.

Candy no hizo caso.

En traje de baño su cuerpo se dibujaba perfecto, erguido y esbelto como el de una sirena. Vestida era una joven de aire distinguido, muy esbelta. En traje de baño resultaba aún infinitamente más codiciable. No era alta ni una moza extraordinaria, pero tenía sello, algo puro y verdadero que la diferenciaba de muchas otras bañistas. Quizás tan hermosas o más que ella.

Untó el cuerpo con crema. Y se tumbó al sol boca abajo, con un libro abierto ante los ojos. Se olvidó de todo. Le gustaba leer y no obritas de dos al tres, sino obras buenas, que le enseñaran algo. Dos años antes estudiaba y leía por hacer algo, tal vez por obligación. Ahora no. Leía porque lo necesitaba su espíritu y éste asimilaba bien cuanto leía.

-Hola.

Levantó un poco la cara. Era Albert. Traía el traje de baño y la toalla bajo el brazo. Vestía pantalón de baño y camisa blanca por fuera del pantalón y abierta un poco en los lados.

-Hola, Albert.

-¿Cómo tan sola?

-¿Sola? se extrañó. ¿Y quién quieres que me acompañe?

-Los amigos. Hace dos años, nunca estabas sola.

-Tonterías rió. Antes era antes y ahora es ahora.

Albert la contemplaba de modo raro. Candy no se dio cuenta de que era fijamente observada.

-¿Puedo sentarme a tu lado?

-Claro que puedes, pero…

-¿Pero?

-Hace un rato pasó Annie hacia el Club no quiero que tengas problemas por mi culpa.

Albert se echó a reír y dijo:

-¿Permites que entre en tu carpa a cambiarme de ropa?

-Naturalmente.

Lo hizo así. Cuando reapareció se dejó caer a su lado. Estaba rubio como el sol y sus músculos fuertes se acentuaban. Era hermoso y fuerte, y Candy, bajo la mirada ruborizada mientras Albert la miraba fijamente, ella se agitó sin saber por qué.

-Annie pensará que te he retenido yo y no quisiera… —indicó un poco cohibida.

-Annie ya sabe que no tengo ningún compromiso concertado con ella.

La pecosa se asombró.

-¿No son novios?

-Claro que no. ¿Por qué habíamos de serlo?

Se quedó más asombrada. No concebía aquellas cosas, No las asimilaba. Que las personas pudieran andar juntas sin ninguna clase de compromiso.

Y lo dijo con su habitual sencillez:

-Es extraño.

-¿Qué es lo que te parece extraño?

Candy se sentó en la arena y hundió sus finos dedos entre los granos diminutos.

-El que pasen tanto tiempo juntos y no sean novios.

-Claro, Ayer en la noche dejamos esa conversación en suspenso. Tú decías que una mujer necesita poco tiempo para saber si el hombre le agrada.

-Dije eso y pienso así.

-Pero tienes que reconocer que todas las chicas no piensan igual. Annie, por ejemplo…

Candy no quería saber detalles de su relación y no quería analizar porque así que lo interrumpió.

-Annie estuvo a mi lado unos minutos hace un rato. Le pregunté cuándo se casaba y me dijo que aún no lo había pensado o algo parecido. Le hablé de ti y no me dijo que no fueran novios.

-Pues no lo somos. Al menos, no la considero como tal. Cuando yo le pida a una mujer relaciones, no será para perder tiempo, sino para casarme con ella.

-¿Y no puedes pedírselas a Annie?

-No —dijo categórico.

Candy abrió los ojos desmesuradamente. Como platos

-Entonces, ¿por qué sales con ella?

-Por pasar el tiempo. Porque antes salía con otras, aún saldré con muchas más. El hombre, rara vez busca al hombre para divertirse. Busca a la mujer: que ésta sea una u otra poco importa.

Candy no podía creer lo que estaba escuchando, aquel era Albert su vecino y amigo quien hablaba como todo un mujeriego. le miro acusadoramente negando la cabeza.

-Me decepcionas —dijo muy enojada.

Albert empezó a reír. Su risa era muy sincera y juvenil, y a Candy le gustó. Pero no se lo haría saber porque no le gustó tanto su forma de pensar de aquel hombre quien era su vecino, y así lo hizo saber.

-No concibo lo que dices. No lo comprendo.

-Dime, tú, cuando te llegue la hora de enamorarte, ¿lo harás del primero que se te acerque a ti?

-¡Qué sé yo. Puede ser y puede no ser.

-Pero tendrás que tratarlo antes para saber si te gusta.

-En efecto. Puedo tratarlo antes, pero no salir continuamente con él sin tener planes serios

-¿Nos bañamos? Pregunto el rubio con una sonrisa de actor de telenovela.

-Prefiero que sigas tu camino –sonrió Candy deliciosamente. No quiero que Annie piense que te acaparé.

-Escucha, Candy, ya me estoy cansando de esto, ten esto bien presente en el futuro. Annie sabe que no me voy a casar con ella. Se lo he dicho, ¿me comprendes?

-¿Que se lo has dicho?

-Sí.

-Dios santo, yo hubiera preferido quedarme en el Colegio de pensionista. Y no me mires con esa interrogante en los ojos. Veo cosas que no asimilo ni asimilaré jamás. No me gusta tu modo de proceder ni el de Annie.

-Somos jóvenes, Candy, y humanos. No quieras hacer de nosotros unos santos.

-La virtud no está reñida con lo razonable.

-Es que lo que a ti tal vez te parezca razonable, a nosotros no nos parecerá así.

-Eso es verdad. Pero yo tengo mis puntos de vista, y no me desviaré jamás de ellos, y el que quiera tomarme, tendrá que hacerlo tal como soy.

-¿Dejamos esto y nos bañamos? Tenemos tiempo de seguir disertando sobre lo mismo.

-Prefiero no volver sobre ello. No coincidimos.

-¡Qué sabes tú! ¿Vienes o no vienes al agua?

-Voy.

Se zambulleron a la vez. Nadaron de un lado a otro sin volver a cruzar una palabra. A Candy le gustaba el deporte y nadaba como un pez. A Albert le encantaba el agua y nadaba de igual modo. Cuando salieron estaban bajo las terrazas del Club. Annie, recostada en la baranda, les miraba. Y era su mirada fría y acusadora de tal modo que Candy se sobresaltó.

Salió del agua y cruzo la playa hacia su carpa, sin mirar si Albert la seguía. Por eso cuando se envolvía en la toalla, al oír la voz del hombre, se sobresaltó.

-¿Por qué has corrido tanto?

-Tenía ganas de secarme. Y otra cosa. Albert. Ya sabes cómo soy. Me gustan las cosas claras.

-Lo se Candy eres igual de dulce que tu nombre —la detuvo, sonriente.

-Eso es, como mi nombre, Annie nos ha visto, y me miró con fea expresión, y yo no tengo deseo alguno de enemistarme con mis amigas.

-¿Y qué culpa tengo yo?

-Tienes mucha. Annie te considera algo suyo.

-¿Y tú? Candy

-¿Yo? —se asombró. Por supuesto que no —dijo, rotunda. Annie no sabe comprender el alcance de una amistad. Yo, sí. Es un farol que me tiro en beneficio propio, pero, como te dije, me gusta ser sincera para mi eres un excelente amigo, pero Annie también lo es.

-Está bien, pequeña. Ya me voy.

Entró en la carpa, se vistió y salió fumando un cigarrillo.

-Hasta la noche, amiguita. Voy a bailar un poco al club. ¿No te animas?

-No.

-Hasta luego, pues.

Mientras tanto Candy le vio alejarse, y sin saber por qué se sintió muy sola y decepcionada.

Albert hablaba a la mañana siguiente con su tia Elroy.

-Es una chiquilla encantadora nuestra bonita Candy. Era una ingenua cuando se fue. Ahora es… firme en sus conceptos, recta, honrada… Un raro ejemplar no se compara en nada a las chicas de hoy, lleno de mezquindades y deseos.

-Ten cuidado.

-¿Cuidado?

-Claro. Por lo que dices, es la mujer que buscas para ti.

-Eso es una estupidez tía ella es como una hermana.

Pero se quedó pensativo. Pensando que la pequeña Candy se había convertido en una hermosa mujer pero no lo admitiría delante de su tía.

CONTINUARÁ…

Hola chicas un nuevo capítulo… otra vez apelo a su paciencia estoy pasando por varios problemas personales y cambios en mi vida, pero siempre con las ganas de continuar saludos….