Querida querida vida mía.

Chiquilla preciosa mi agonía.

Sin amar es pecado yo no sé qué hacer

En mi alma solo vives, solo tú

MI VECINO

CAPITULO # 5

Por. Tatita Andrew.

Habían pasado varios días sin que Candy saliera de casa y George lo habló en la mesa aquella noche:

-Estás pasando unos días muy aburridos, Candy. He pensado presentarte en sociedad.

-No tengo ninguna prisa, papá.

-¿No tienes ambiciones? preguntó, maravillado.

-¿Qué clase de ambiciones?

-Amistades, novio, marido…

Candy se echó a reír.

-Por supuesto que no tengo ninguna de esas ambiciones.

-Es lo normal en una joven de tu edad.

-George intervino la madre, asustada, qué cosas le dices a tu hija.

-¿Acaso no es la verdad?

-Sí, la es, papá, pero yo aún no pensé en eso.

-Ni pienses saltó la dama. Tienes tiempo para todo, cuanto antes pienses y ambiciones, antes empezaras a sufrir.

-Ahora soy yo quien pienso que no son cosas para decir a nuestra hija.

-¿No es verdad? La mujer se divierte, es feliz. Empieza a amar y empieza a sufrir.

-Es ley de vida. Y lo curioso del caso es que ninguna joven desea pasar por la vida sin ese sufrimiento se volvió a su hija: Un amigo mío, Candy, dará una fiesta para la semana próxima. Tiene una hija llamada Patricia O'brien. Supongo que la conocerás.

-Patricia O'brien.

-Si. Ella. Se presenta en sociedad en esa fiesta. Y hemos acordado que tú lo hagas también.

-Como tú quieras, papá.

-Mañana por la tarde regresaré temprano de la oficina e iremos tu madre y yo contigo a comprar el vestido.

-Eres muy bueno, papá.

-Soy padre, querida mía.

Cuando Candy se retiró a su cuarto, pensó en aquella fiesta. La ilusionaba, por supuesto, pues dejaría de ser mujer si no ocurriera así, pero al mismo tiempo, como decía su madre, tenía miedo. Un miedo que no sabía explicarse, pero que salía de lo hondo y hacía daño.

Quizás la culpa la tenían Albert y Annie. Si todos los hombres pensaban como Albert y todas las mujeres como Annie, ella se sentía decepcionada. Es más, ya no le tenía tanta simpatía a Albert. Le parecía un hombre depravado, sin sentimientos honrados. Uno más de la especie humana masculina, llena de defectos y vicios.

Se alzó de hombros y pensó:

«Después de todo, ¿a mí que me importa? Cada uno es cada uno, y ese uno paga por sí mismo, y más si es mi vecino».

Con esta convicción se quedó dormida. Al día siguiente fue de compras con sus padres y estuvo entretenida de tal modo que pasaron dos días sin ir a casa de doña Elroy. Cuando al cuarto día se presentó allí, estaba sola la dama. Y le dijo con pesar:

-¡Cómo te olvidas de nosotros, queridita!

-Perdona, tía Elroy. La semana próxima me presento en sociedad y estoy haciendo los preparativos.

Se sentó en el brazo de un sillón y balanceó un pie.

La dama la contemplaba, embobada. Era muy bonita la hija de Elvira y tenía una dulzura en sus ojos verdes que por sí solos valían un mundo. Y como Albert, pensó: «Es una lástima que un día esos ojos tengan que sufrir».

-Estarás ilusionada con esa fiesta…

-Si.

-¿Mucho?

-¡Bah! No creas que me muero de ganas.

-Otra, en tu lugar, no cabría en si de felicidad.

-Pues es lo que me extraña dijo Candy, pensativamente, que no me agita la ansiedad.

-Porque eres pacífica por naturaleza. Una persona nace como ha de ser que se pula más o menos después, que se haga a sí misma o pretenda hacerse, puede ocurrir, pero en el fondo sigue siendo como cuando nació. A ti te ocurre eso.

-¿Y qué quieres decir con ello?

-Que naciste inocente y morirás inocente. Es una virtud que no tiene todo el mundo.

-Me halagas, tía Elroy.

-Sigue siendo así, querida. Te admirarán mucho.

-No soy así para que me admiren, tía Elroy.

-Lo sé, pequeña. Eres así porque lo eres y nada más.

Hablaron aún un buen rato, y cuando atravesaba el pequeño jardín, iba pensativa, con la cabeza inclinada hacia el suelo. Le daban demasiadas virtudes. Ella no era tan virtuosa como creían sus padres y tía Elroy. Era una joven más, con sus deseos y sus pasiones. Si bien se mantenía firme porque era recta, y le gustaban las cosas francas, sin evasivas ni dobleces.

-¿En qué piensas?

Alzó rápidamente la cabeza. Y vio a Albert a su lado. La lámpara caía lejos y su luz iluminaba sus facciones varoniles. Era Albert un hombre guapo, y gustaba a las chicas y a Candy también…

-No pensaba en nada determinado dijo, deteniéndose. ¿Ya regresas?

-Sí. ¿Y tú te vas?

-Sí.

-¿Nos sentamos un poco en este banco? Casi no te veo. Parece que te ocultas.

-¿Ocultarme? Claro que no. Estoy atareada. Me presento en sociedad para la próxima semana.

-¿En el club donde es socio tu padre?

-En una fiesta particular que dan los O'brien. El señor O'brien es amigo de papá, ¿sabes?

-Comprendo. ¿No te sientas un rato? Es temprano y en tu casa no comen hasta las diez.

Obedeció. Estaba muy linda. Vestía una falda blanca, modelando sus caderas, y una chaqueta negra abotonada hasta el cuello y asomando por este un pañuelo de seda natural de un color verde como sus ojos. Calzaba zapatos de altos tacones, y resultaba, dentro de su infantilidad, encantadoramente adulta. Y sintió que en medio de su seriedad, Candy fuera tan reservada. No era fácil entrar en el santuario espiritual de aquella joven, y Albert, que se tenía por un buen psicólogo, se encontró a ciegas respecto a ella.

-Supongo que irás a la fiesta —dijo ella de pronto.

-Si me invitas, por supuesto.

-Pienso invitar a todos mis amigos.

-Yo… uno más.

Lo miró sin saber que pensar.

-Claro.

-¿No puedo ser más amigo que los otros?

-Lo eres, sin duda. Con ningún otro me sentaría a tomar el fresco.

-Tanto peca lo mucho como lo poco, Candy. ¿No te ves a ti misma demasiado extremista?

-¿Por qué? Seguía sin comprender lo que su vecino intentaba decirle.

-Porque tu seriedad no concuerda con tu edad. Lo lógico es que una chica hable con un hombre, que este hombre se siente en un banco a la luz de la luna, o en el taburete de una cafetería, poco importa, ¿no? Estimo que no vas a pasarte la vida entre novelas, paredes y charlas de viejos.

-Me gusta como vivo.

-¿Hasta cuándo?

Ella alzó los hombros.

-¡Qué sé yo! Hasta que me enamore, si es que la vida me tiene reservado un amor.

-Eres precisamente la mujer hecha para el amor alegó Albert pensativamente. La vida te tendrá reservado no un simple amor, sino un gran amor.

Candy sonrió y se puso en pie.

-¿Ya te vas?

Miró el reloj.

-No me gusta que esperen por mí.

-¿Para todo eres así?

-Para todo.

Y agitando la mano se alejó, sonriente.

Albert se quedó allí, aspirando el perfume tan personal de la joven. Giró con cierta brusquedad. Y, por primera vez, pensó que era demasiado recta aquella niña, que cada día transcurrido le resultaba más deseable, más perfecta.

Habían transcurrido varios días desde la última vez que Albert había hablado con la pequeña Candy en el patio de su casa. Y allí estaba el en la fiesta que daban en su honor para presentarla en sociedad y acompañado de Annie, la cual no era que había querido asistir con ella sino que le insistió tanto que no pudo rechazarla abiertamente.

Albert y Annie estaban juntos en un ángulo del salón cuando entraron el Señor George su esposa acompañados con su bella hija. Candy parecía una aparición vestida de blanco, descotada, que dejaban ver sus hombros y su suave piel tan joven y mujer a la vez se veía.

-Bella en verdad aprobó Albert, casi sin darse cuenta.

Annie arrugó la nariz.

-Ese día todas las chicas están bellas. Recuerda cuando yo me presenté en sociedad hace un año. Desde entonces eres mi asiduo acompañante.

Albert la miró como ausente. Era cierto. Estaba muy bella, pero… en seguida se dio cuenta de que por dentro no era la mitad de bella que por fuera, y de ahí su desilusión.

-¿Bailamos, Albert? preguntó melosa.

Albert la tomo entre sus brazos y bailaron. Él parecía ausente. Miraba a Candy. La miraba de tal modo que la joven se volvió hacia él como si la empujara una fuerza magnética. Albert la saludó y ella correspondió al saludo con una deliciosa sonrisa. Al terminar aquella pieza, propuso a Annie ir a felicitar a Candy, y fueron los dos.

Candy estaba rodeada de jóvenes y sonreía, y su sonrisa era como una velada promesa, si bien Albert sabía que aquella promesa sólo se cumpliría para un hombre, y se preguntó, agitado, quién sería y dónde estaría aquel hombre que el destino le tenía reservado a Candy.

La muchacha correspondió a las felicitaciones de Albert y Annie con una gentil sonrisa.

Albert le dijo:

-Me reservarás un baile, ¿verdad?

-Si. El que tú digas.

-Vendré luego a reclamarlo.

Y tomando a Annie por un brazo se alejó de ella.

-No es tan virtuosa como quiere hacer ver comentó Annie, despechada.

Albert no respondió. Bailaba automáticamente y veía a Candy pasar de unos brazos a otros; y esto, sin saber por qué, le molesto mucho.

Súbitamente, se hizo una pregunta que le dejó como paralizado:

«¿Me estoy enamorando de ella o es que lo estuve siempre?».

-¿Qué te ocurre? le preguntó Annie.

-¿A mí?

-Sí, a ti. Eres el tipo sereno por excelencia y de pronto pierdes la serenidad y hasta el dominio en el baile.

-Son figuraciones tuyas. ¿Lo dejamos? Puedes encontrar por ahí mejor pareja.

-Eres un desconsiderado.

-Ya sabes cómo soy, Annie.

-Si, para desgracia mía, ya lo sé.

Dejaron de bailar. Annie estaba enfadada. Albert, indiferente.

-Cada día te comprendo menos, Albert le dijo con reproche.

-¿Y qué quieres que haga?

-Ser más claro.

-Soy absolutamente claro, tal vez aplastantemente claro. Tú lo sabes muy bien.

Annie se mordió los labios, y entonces Albert dijo:

-En este momento, Candy está libre. Permíteme que vaya a cumplir con mi palabra.

-Si vas… me iré con otro.

Albert rió. Sí, era desconsiderado y burlón, y Annie le odió en aquel instante, como lo odiaba en muchos otros.

Albert hizo una reverencia y atravesó el salón para buscar a Candy, pero antes de llegar, otro se la había llevado.

Se mordió los labios, y como inconscientemente miró hacia Annie, ésta reía triunfal, y Albert sintió asco, rabia y pesar. Se quedó junto a una columna, fumando un cigarrillo. Esperó que Candy quedara libre, pero transcurrieron los minutos y la joven fue de unos brazos a otros que al parecer le había prometido.

«Me veo a mí mismo como un muñeco», se dijo malhumorado, y en un arranque de los que tenía muchos, salió del salón y luego a la calle.

El fresco del amanecer acarició sus rostro. Se sintió reconfortado. Vagó de un lado a otro y, al final, se vio ante su casa.

«Me acostaré», se dijo en voz alta. «Al demonio todo».

Cuando a las dos regresaba de la oficina al día siguiente, Candy estaba sentada en la terraza con su tía.

Saludó con indiferencia y Candy se echó a reír.

-¿A qué hora te fuiste del baile, ayer a la noche? —preguntó con naturalidad.

A Albert le enfureció que ella le diera tan poca importancia. Y pensó:

«De pronto me estoy convirtiendo en un niño. Y toda la culpa la tiene esta joven», se dejó caer en una silla y estiró las piernas.

-A las tres de la mañana me sentí cansado y me vine a casa. Como ves, ya va uno haciéndose viejo.

-Parece mentira que el primer día que me presento en público, tu no hayas bailado conmigo.

-Lo siento. Candy.

-Y yo también. Debo tomarlo como un desaire.

-En modo alguno.

-¿Cómo debo tomarlo entonces?

-Pues… Ya te he dicho que me sentí cansado.

-No te comprendo.

Y él estuvo a punto de decir: «Ni yo tampoco», pero no dijo nada y se limitó a encogerse de hombros, fumó aprisa y con ganas. No podía exteriorizar su mal humor, pero estaba muy enojado con ella y consigo mismo y con todo el mundo, hasta con el cigarrillo que fumaba, al cual apretaba sin piedad.

-Lo pasé muy bien dijo Candy de pronto, como siguiendo el curso de sus pensamientos. Ha sido una noche feliz.

-Como tendrás tantas apuntó tía Elroy.

-¿Tú crees, tía Elroy?

-Claro, criatura. Es lo normal.

-He conocido a chicos muy simpáticos.

-¿Lo ves?

-¿Qué he de ver? preguntó, mirando a Albert.

-Pronto te veré paseando con un chico.

-¿Es eso lo que he de ver?

-Eso y más. Pasearás con uno y no te gustará y luego pasearás con otro, y así, como una cadena interminable.

-¿Hasta cuándo?

-Hasta que llegues al altar.

-No corres tú nada.

-Como la vida.

-¿Y para ti no corre la vida?

-Como para todos, si bien tengo la voluntad suficiente para detenerla a mi antojo.

-¿Eres excepcional o te crees?

-Ni lo soy ni me creo.

Tía Elroy alzó una ceja.

-¿Están peleando? preguntó.

Candy se echó a reír, pero Albert se mantuvo muy serio.

-Albert está hoy de mal humor, tía Elroy.

-¿Es cierto, querido?

-Estupideces de niña.

Las dos se quedaron perplejas.

Albert, con brusquedad, se puso en pie y se alejó hacia la baranda. Candy le miró con insistencia.

-¿Tengo yo la culpa de tu enfado, Albert?

-¿Qué enfado ni qué tonterías, niña? exclamó.

Y salió a paso ligero.

La dama y la joven se lo quedaron mirando hasta que desapareció. La primera dijo:

-No lo comprendo. Qué raro en Albert, él tan cortés. ¿Notaste algo ayer en el baile?

-No, nada.

-Pues su enfado es real.

Candy no respondió. Iba a despedirse cuando Albert reapareció. Le miró con curiosidad. Ya no era el amigo entrañable a quien se le podía contar todo. Y se preguntó, desconcertada, qué daño le había hecho ella para que se comportara de modo tan inexplicable.

-¿Ya te marchas? preguntó Albert, con naturalidad, como si momentos antes no estuviera enfadado.

Candy alzó una ceja. Y, perpleja, dijo:

-Sí, ya me voy. Espero que cuando vuelva a verte estés menos enfadado.

A Albert le dio rabia que ella pensara así. Sonrió desdeñoso y dijo:

-¿Enfadado yo, niña?

-Si, enfadado. No me dirás que estás contento. Y siento que yo, sin darme cuenta, te haya hecho enojar de este modo.

-No te creas tan poderosa. Al menos, yo… no te doy tanta importancia.

Candy le miró un instante con asombro. Luego con desconcierto y después con pesar. Giró en redondo, y sin decir adiós, se deslizó escalera abajo.

La dama, quo estuvo presente durante el extraño debate, no dijo nada a Albert. Lo vio alejarse en dirección al interior de la casa y cuando descendió para irse a la oficina, se limitó a recibir su beso. Pero pensó mucho en la rara actitud de su sobrino para con una amiguita que sólo consideración y admiración merecía.

Esperó que Candy volviera a visitarlos, pero transcurrió aquel día y otro y una semana más y la muchacha pasaba de largo frente a la casade sus vecinos, saludaba con la cabeza y continuaba su camino indiferentemente.

Veía a Albert abatido y malhumorado y hablaba más bien con gruñidos que con palabras.

Una noche, ocho después de lo ocurrido, tía Elroy no pudo más y, hallándose los dos en la terraza tomando el fresco después de la cena, abordó el tema con naturalidad:

-Albert, hace muchos días que me apremia el deseo de decirte algo y si no le lo dije antes fue porque apenas si paras en casa.

Albert alzó la cabeza y la miró. Tenía un cigarrillo prendido en la boca y fumaba sin quitarlo de ésta, expeliendo el humo por la nariz.

-¿Tan grave es?

-No lo sé. Es lo que me intriga. Tú juzgarás.

-Dilo, pues.

-¿Qué te hizo Candy?

Albert todo lo esperaba menos aquella pregunta hecha con cierta oculta irritación. Hizo un gesto impreciso con los hombros y replicó:

-A mí, nada.

-¿Puedes decirme entonces por qué le dijiste aquellas cosas tan feas?

-¿Feas?

-Le dijiste que no le dabas importancia.

Albert sonrió, desdeñoso, como si bajo aquella sonrisa que era una simple defensa y no engañaba a la dama, quisiera o pretendiera ocultar su verdadero sentir.

-¿Y por qué he de dársela?

-Aunque no se la des, es de mal gusto tu comportamiento. Estimo que Candy es demasiado de nuestra intimidad para que la insultes de ese modo.

-Vamos, tía Elroy, no extralimites las cosas. Candy, al fin y a la postre, no deja de ser una joven como otra cualquiera y no tengo por qué, al dirigirme a ella, medir mis palabras.

-Aparte de que un caballero las mide siempre, considero que con Candy, por tu calidad de vecino y amigo, has de medirlas más. A menos que…

-¿Qué? apremió.

-Tenga para ti más importancia de la que pretendes insinuar.

-Tía Elroy, ¡por favor! no hagas una novela romántica de algo muy natural.

-Si persistes en tu actitud agresiva con respecto a la joven, tendré que hacerla.

-Con lo cual sólo lograrás entorpecer tu imaginación se puso en pie. ¿Algo más, tía?

-Sí, mucho más. Pero ya veo que tienes prisa.

-En modo alguno dijo convencionalmente. Estoy a tu entera disposición, aunque considero descabelladas tus suposiciones.

-Lamento que Candy no haya vuelto por aquí. Y toda la culpa la tienes tú.

-No te preocupes por ello. Tan pronto la vea, me disculparé.

-No me agradan los hombres que se disculpan, Albert. Ellos procuran los momentos vividos como momentos pendientes. Como en actos de los cuales puedan arrepentirse.

-¿Crees que soy un ser invulnerable en toda una vida? Pues no podrá ser, mi querida tía, tengo muchas flaquezas como muchas debilidades como muchos de nosotros. Tú me has formado de mí.

-Tienes respuestas para todo como que eres abogado.

-No, respondo buscando afinidad con lo que hablamos en este instante.

-De todos modos tienes la inteligencia bien despierta y yo, en cambio, soy una pobre y anciana mujer.

-Te admiro mucho rió Albert, galante. De todas las mujeres que he conocido, eres la que más admiro.

-Eres, además, un adulador.

Albert la besó y se fue silbando. Al dejar atrás la puerta, las facciones de Albert se endurecieron, dejó de silbar y una profunda arruga surcó su frente.

Atravesó la calle, desorientado. No pensaba ir al club ni a un bar. Estaba harto de todo y de todos. Por primera vez en su vida, estaba desorientado y furioso consigo mismo. Tenía razón su tía: se había portado mal con Candy y la prueba la tenía en que la joven se consideraba ofendida.

Miró en la avenida y sin darse cuenta de la ruta que seguía se vio ante un cine. Entraría para pasar las horas y no pensaría qué era precisamente lo que deseaba. No pensar. Embotarse el cerebro mantenerlo quieto, lo cual no era nada fácil.

¿Se había enamorado de Candy? No era posible, él no era de los que se enamoran fácilmente; pero si no era amor aquello que sentía, ¿que era pues? ¿Por qué odiaba con toda el alma cuanto lo separaban de la joven? Y el muy imbécil se ensañaba con ella como si Candy tuviera la culpa. Si, sí, tenía razón su tía.

Entró en el cine. La película no había comenzado y lo primero que vio fue a Candy, bonita, joven, luminosa, sentada junto a sus padres. Pensó retroceder, pero no lo hizo. Se vio a sí mismo como un adolescente, y él era un hombre hecho y derecho, con muchas aventuras en su vida.

El primero que lo vio fue don George y lo saludó afablemente.

Él se acercó. No miró a Candy. Pero sintió en su rostro los ojos de la joven. Los saludó a todos a la vez y dijo:

-Pasaba por aquí y me entraron deseos de ver esto..

-Quizá rió don George. Pero el salón está refrigerado y en casa no hay quien pare de calor a estas horas. ¿No te sientas? ¿O tienes compromiso por ahí?

-Ninguno.

-Pues siéntate. Ahí junto a Candy tienes una butaca. Están sin numerar y puedes elegir el asiento a tu gusto.

Se sentó. Sintió el perfume de la joven, aquel perfume sutil, suave, puro como ella. La miró de reojo.

-Hola le dijo.

-Hola replicó ella, quedamente.

Se apagaron las luces y empezó el inicio. Albert se movió. Se sentía intranquilo, confundido, y era raro en él, que siempre fue objetivo y sereno. Sin poder contenerse, se inclinó hacia ella y dijo bajísimo.

-Hace mucho que no te veo. ¿Qué es de ti?

-Lo mismo que de ti.

-Lo mismo, no. Yo tengo mis ocupaciones.

-Yo tengo las mías.

Sus voces eran casi un susurro, nadie podía oírlos a excepción de ellos.

-Candy.

Ella no contestó. Albert la miró fijamente. A través de la oscuridad veía el puro perfil de la joven. A tientas buscó su mano. Era un acto natural, pero que llevaba en sí mucho de valentía. Cuando rozó los dedos femeninos ella los retiró y se volvió hacia él con expresión interrogante en los bellos y grandes ojos. Albert hundió las manos en los bolsillos del pantalón y se quedó quieto, mudo, lejano.

La película era bonita, pero a él le resultó larga y pesada, y cuando se vio en la calle junto a ellos se sentía avergonzado.

-Hasta mañana saludó.

-¿No das un paseo con nosotros?

No lo deseaba. Que le perdonara don George, pero seguir un minuto más junto a Candy, una Candy muda y tal vez interrogante, lo sacaba de quicio. Era la primera vez que se sentía cortado junto a una chica Y aquella chica era Candy, una muchacha a quien conoció desde niña, y le parecía que no la había conocido nunca hasta aquel instante. Los saludó en general, sin detenerse a mirar a la joven y se alejó calle abajo.

-Cada día comprendo menos a este chico comentó don George, echando a andar, entre su esposa y su hija. ¿Lo entienden ustedes?

-Nunca me he detenido a pensar eso dijo su esposa.

Candy no respondió.

-¿Y tú, hija?

-Tengo poco trato con él.

-¿Estas bromeando? ¿No eran muy amigos? y con naturalidad, añadió. Yo pensé que algún día se casarían.

-¡George!

-Qué cosas tienes, papá dijo Candy, estremeciéndose imperceptiblemente.

-Pues… siguió el abogado con su habitual sinceridad. He pensado muchas veces, Albert es un muchacho excelente, formal, serio, trabajador… Esos son los buenos maridos riendo y mirando a su hija prosiguió bromista. Es de los hombres que no se les deja escapar.

-Se casará con Annie dijo doña Elvira.

George se echó a reír.

-¿Con Annie? No seas ingenua, Elvira. Annie es una chica muy mona, con la cual se pasa bien.

-¿Qué dices, George?

-Lo que oigo a mis pasantes refunfuñó. ¿O es que soy sordo? Es una chica divertida y joven, pero no de las que los hombres serios buscan para esposas.

-Los hombres son unos chismosos observó la esposa.

-Chismosos porque decimos las verdades miró a su hija que continuaba silenciosa. Si puedes pescar a Albert, hija mía, no lo dejes escapar. Es hombre que tiene madera de buen marido.

-George, qué consejos das a tu hija.

-¿Qué quieres que le diga? ¿Que ande por ahí coqueteando con todos? Le digo la verdad. Le doy un consejo de padre. Supongo que tú, como madre, no vas a desear que tu hija ande con nosotros de cine en cine y de café en café.

-Tiene amigas.

-¿Las amigas? tonterías No sirven más que para quitarle el novio.

-¡George!

Este rió fuertemente.

-¿Recuerdas cuando empecé contigo, Elvira?

-Sí, sí, y cállate ya.

-De ningún modo. Ahora emprendí la marcha y tengo que hablar y sobre todo explicar a Candy por qué no me interesa que tenga amigas.

-Si te callaras.

-No, no, papá. Sigue. Todo lo que dices me agrada.

-Pero, niña…

-Déjalo, mamá.

-¿Sabes por qué tu madre no desea que hable?

-¡George!

Este rió burlonamente.

-Porque cuando yo la conocí era amiga de mi novia.

Candy se echó a reír, olvidada ya de las cosas que su padre dijo de Albert. Elvira se ahogó.

-Qué ganas tienes de bromear, George.

-No son bromas, Elvira, y tú lo sabes muy bien miró a su hija, que sonreía regocijada ante el debate de sus padres. Yo tenía una novia. Se llamaba Rosemary. Era morena y tenía unos ojazos tremendos. Un día apareció tu madre, que era amiga de Rose y yo no lo sabía. No me gustó nada aquella amiga de mi novia…

-¡George!

-Nada, Elvira rió feliz. Pero tú empezaste a coquetear conmigo por detrás de Rosemary…

-No le hagas caso, Candy.

-Es la pura verdad y pongo rió burlón, a las estrellas del firmamento por testigos de mi sinceridad. Yo, al fin, me di cuenta de que Elvira era más atractiva que Rose y como mi compromiso con esta última era como los compromisos que tiene Albert con Annie, Eliza y etc., un día la invité al cine y Elvira aceptó.

-¿Qué culpa tuve yo de que Rose no supiera retenerte?

Llegaban a casa. George abrió la puerta y pasaron su mujer y su hija. Después cerró tras sí y en medio del vestíbulo iluminado, dijo, dichoso.

-Nunca me arrepentí de haberla elegido a ella, hijita.

Elvira se emocionó como una niña y Candy se sintió enternecida.

-Pero sigo pensando añadió don George, que las amigas no sirven más que para quitar novios.

Besó a su hija y le dijo bajo:

-No imites a Annie ni a ninguna de sus amigas. Busca un hombre que te agrade, sea Albert o Terry y pórtate formalmente. Es lo que hizo tu madre.

-Gracias, papá.

-Ahora a dormir. Son las tres de la madrugada. Menos mal que mañana es domingo.

Candy besó a su madre y se retiró a su cuarto. Se desvistió lentamente. Las ventanas estaban abiertas y hacía un calor sofocante. No entraba corriente por ningún lado. La joven se metió en el baño y se duchó. Luego, envuelta en la bata, se acercó a la ventana.

Parecía pensativa o disgustada, Albert le había pretendido coger una mano. ¿Por qué? ¿Y qué quiso decirle con su mirada? ¿Y por qué su padre le decía aquellas cosas en las cuales ella no había pensado jamás?

Angustiada, se retiró de la ventara y se tendió en la cama. Cerró los ojos. No, quería pensar. Deseaba dormir…

Cuando se levantó a la mañana siguiente, se asomó a la ventana. En la terraza de la villa contigua estaba Albert en batín. Tenía un cigarrillo entre los labios y fumaba sin quitarlo de la boca. Miraba al frente y de súbito levantó los ojos y los fijó en ella. Candy parpadeó recordando las frases de su padre… ¿Por qué le diría nada? Ahora, siempre que viese a Albert, pensaría en ello, y se sentía molesta.

Albert la saludó con la mano y ella correspondió al saludo con cierta sequedad. No podía olvidar fácilmente lo que le dijo aquella vez. Desde entonces no había vuelto a su casa ni pensaba volver.

Se retiró de la ventana y bajó al comedor, una vez vestida y lista para ir a misa. Su padre se había ido muy de mañana al trabajo. En el comedor estaban su madre y Ricardito.

-Me voy a la playa, Candy. ¿No te animas? le preguntó el hermano.

-Voy a misa y luego iré a buscar a Patricia para dar un paseo y tomar una gaseosa.

-¡Qué aburrimiento!

-Cada uno se entretiene como le parece, Ricardito dijo la madre. A ti te gusta la playa más que a Candy.

-A mi también me gusta saltó Candy. Pero hoy no voy.

CONTINUARÁ…

Chicas lamento tanto la espera pero siempre tengan en cuenta que jamás dejare una de mis historias sin terminar gracias por la paciencia y por sus mensajes los leo todos y esto me motiva a seguir… saludos y besos…