Querida querida vida mía.

Chiquilla preciosa mi agonía.

Sin amar es pecado yo no sé qué hacer

En mi alma solo vives, solo tú

MI VECINO

CAPITULO # 8

Por. Tatita Andrew

Habían pasado varios días desde la última vez que vio a Albert, ni siquiera se lo había topado las veces que había ido al parque, al lago, o simplemente al cine.

Esa mañana durante el desayuno sus padres charlaban animadamente.

-En la mañana estuve con Albert, tomando el aperitivo dijo su padre.

Ella no levantó los ojos del plato. Ricardito siguió comiendo como si no hubieran dicho cosa de otro mundo. Sólo sus dos padres hablaban.

-Le veo un poco abatido de unos días para acá. ¿Le ocurre algo? ¿No van las cosas, como él desearía?

-Si te refieres al bufete que ha puesto solo, va todo normalmente. Si hay algo en Albert debe ser personal. A mí también me pareció triste miró a su hija y preguntó con naturalidad ¿Conoces las causas por las cuales anda Albert como alma en pena, Candy?

-No, papá.

Quiso ser lo más sincera que pudo. Ella desconocía los sentimientos y motivos por los que Albert pudiera andar así. Pero también se preguntaba si la razón de aquella tristeza no sería su ex amiga Annie.

-Es raro murmuró, pensativo, el caballero. Un hombre tan sereno como él… En fin ya se sabrá.

-¿Saber qué querido?

-Lo que le pasa. De buen grado se lo hubiera preguntado, pero no me atreví. Hablamos del futuro. Yo le dije que debiera casarse que ya era hora, es un hombre hecho y derecho y ahora que tiene su propio bufete y le va muy bien, no debería demorar tanto, es un buen muchacho de seguro que más de una le ha de querer echar el guante para atraparlo como marido y él me contestó que era lo que deseaba hacer.

-Lo hará con Annie supongo dijo su mujer.

Su padre se echó a reír. Candy se estremeció oyendo a su padre.

-De eso también hablamos.

Tuvo miedo que su padre no continuara y levantó los ojos. El corazón le latía a mil, no soportaría escuchar de la boca de su padre, que Albert se iba a casar con esa, bueno en el fondo de su alma, no podía aceptar la idea de que se casará con nadie. Para suerte suya su padre continuo hablando.

Albert no se casará nunca con Annie. Yo se lo dije, y él se echó a reír con tristeza. Dijo que Annie sabía desde el primer momento que no se casaría con ella.

-Pues sus familiaridades no lo indican así saltó Candy, sin poder contenerse.

-¿Ya quisieran ellos eso, querida hija? Que mejor partido para esa niña alocada de Annie, que Albert, pero te lo dije una vez un hombre a la hora de casarse, buscará una mujer que aparte de ser hermosa tenga buen corazón. No seas anticuada. Relaciones las tienen las parejas hoy en día antes de casarse, eso no quiere decir que se piense en casamiento.

-Es lo que me da tanta pena yo no puedo pensar así.

-¿Lo ves? Tú no has nacido para vivir en este siglo. Eres demasiado chapada a la antigua.

-Pues viendo todo eso, lo seré cada día más.

-No desaprobarás a Albert por ello, ¿verdad? Después de todo él es hombre.

-Lo critico y no puedo perdonarlo dijo terminantemente.

Los esposos se la quedaron mirando, asombrados.

-Albert no tiene la culpa de que una coqueta muchacha desee cazarlo apuntó el padre.

-Pero Albert da pie para ello. Sino porque Annie se ha hecho ilusiones.

-¿Sabes que observo que desde que llegaste tú amistad con Albert ha terminado? Acaso ya no lo aprecias.

-Creo que si mi hermana le tenía estima ahora es muy poca saltó Ricardito. El otro día la llamó por teléfono para salir y Candy le dijo que tenía un compromiso.

Candy enrojeció. Los esposos se miraron, pensativos, entre sí.

-¿Es cierto eso, querida?

-Sí, papá.

-¿Y por qué?

-No me agrada la forma de comportarse de Albert.

-Pero, Candy… Albert es un hombre.

-Y por sea un hombre puede hacer lo que le venga en gana

-Los hombres por naturaleza, son como los picaflor andan de flor en flor. ¿Qué virtudes deseas ver en él, que no tenga?

-No lo sé exactamente papá, antes pensaba que era el mejor chico del mundo, pero luego al verlo jugar con tantas chicas no sé qué esperar.

-Candy, hay que ser más justa para juzgar a un hombre. Si quieres santos los tienes en los altares, pero no pidas al hombre, que sea también un santo. Como te dije el hombre tiene que andar de flor en flor, para saber apreciar cual es la flor, más bonita, hermosa, y perfecta para él, pero créeme que cuando el hombre se enamora no tendrá más cabida en su corazón para otra mujer que la que este escoge, y jamás volverá a mirar a otra. Me parece, hija, que te hemos criado demasiado infantilmente. Nadie en este mundo es perfecto, la perfección solo existe en Dios.

-Estoy contenta de cómo soy, papá. Yo cuando me case mi esposo tiene que quererme tanto o más de lo que yo lo quiero.

-Y yo estoy feliz de cómo eres querida dijo su padre tomando su mano. Pero… todos los extremos son peligrosos piénsalo.

Eran las mismas frases que le había dicho Albert. ¿Tendría razón su padre?

Sin responder, pidió permiso para retirarse y se lo concedieron. Tenía tantas cosas que pensar, tal vez estaba juzgando a Albert precipitadamente sin darle tiempo a explicarse ni a escucharlo.

Al salir Candy su hermano también pidió permiso para retirarse y los esposos se quedaron solos mirándose interrogantes.

-¿Qué me dices, querido?

-Que Albert y Candy están enamorados y no se comprenden.

-¿Qué dices?

-Lo que oyes.

-¿Cuándo lo has descubierto?

El abogado dobló la servilleta y la puso al lado del plato vacío. Alzó los ojos y miró a su mujer. Había en sus ojos una tibia sonrisa.

-Querida, déjame decirte que si me casé contigo fue porque eras una ingenua, como ahora lo es Candy. Y lo gracioso del caso es que tenemos dos hijos, una ingenua, el otro un buen mozo, y tú rió nuevamente, sigues siendo la eterna ingenua. ¿Es preciso, acaso, que Albert y Candy me digan que están enamorados? Lo están, se ve fácilmente. Albert no hizo ningún daño a Candy y, no obstante, nuestra hija le reprocha sus libertades para con Annie. ¿Recrimina a todos los hombres que son solteros? Por supuesto que no. Ahí tienes, pues, la respuesta.

-¡Ah! —exclamó su mujer.

-¿Ahora entiendes?

-Creo que sí. ¿Y qué debernos hacer tú y yo?

Su esposo se puso en pie y consulto su reloj, se le hacía tarde para el trabajo le dio un beso en la frente y le dijo.

-Me marcho, querida .No haremos nada. Tú te callaras lo que acabas de saber y yo te imitaré. Deja que ellos, por si solos, arreglen ese asunto.

Estaba contento. Siempre deseó para Candy un marido como Albert, y ambos terminarían casándose. ¿Que no se comprendían? Llegarían a comprenderse. Candy se daría cuenta un día de que Albert la amaba y aquel mismo amor los acercaría uno a otro. ¿Para qué preocuparse? Eran jóvenes y tenían tiempo para todo. Con esta convicción salió de casa y se adentró en la avenida, en dirección a su oficina.

Hacía mucho tiempo que Candy no iba a casa de tía Elroy y aquella mañana tenía un deseo enorme de ver a la dama. Le apetecía sentarse en el saloncito íntimo de la tía y oírla hablar, aunque, como siempre, no dijera nada en concreto.

A la dama, al verla llegar, se le iluminaron los ojos y le reprochó, besándola en la frente:

-Muchacha ingrata.

-Perdona, tía Elroy.

-Estás perdonada. ¿Qué remedio nos queda a los viejos que perdonar a la juventud? Ven, siéntate aquí conmigo. A decir verdad, me aburría mucho en este instante. Me aburro en muchos otros, ¿sabes? Una solterona es como un estorbo. En todas partes cansa y a nadie entretiene.

-No digas eso.

-¿Acaso no es cierto? Albert apenas si se detiene en casa, tú no vienes a visitarme.

Clara no pudo por menos de inclinarse y rozar con sus dedos la mano temblorosa de la dama.

-Algún día, yo seré una solterona como tú.

-¿Qué dices?

-No sé por qué te asustas así. Digo que seré una solterona, y como tú lamentaré quizá mi soledad.

-No te aconsejo que te quedes soltera. No hay ninguna satisfacción. Al principio, mientras te consideras joven, ves pasar los días con agrado. Pero un día te das cuenta, que tu pelo se llena de canas, todas incluso las que son tus mejores amigas, han formado un hogar y tienen sus propios hijos, es allí donde más te reprochas haberte quedado sola, sin la compañía de la otra persona que te haga feliz.

-No me pongas nostálgica, tía le reprochó la muchacha.

-No me gustaría que me imitaras. Pensarás que soy una casamentera, pues a Albert siempre estoy diciéndole lo mismo.

Candy inclinó los párpados para que la dama no notara el brillo de su mirada.

-Candy no se quedará soltero dijo como no queriendo darle importancia a lo que acaba de decir.

-No lo sé. Al paso que va, temo que sí. Faltan pocos años para que cumpla treinta

-Tiene una novia que no le agradará quedar soltera.

La dama se extrañó.

-¿Novia? Albert no tiene novia.

-Me refiero a Annie

-¡Oh, no! Te equivocas. Albert no se casará nunca con Annie. Que ella desee casarse con él es una cosa, pero que lo logre es otra muy distinta.

Candy no respondió. Habló luego de otros temas después de algunas horas se despidió.

-Vuelve pronto por aquí, querida. No te olvides fácilmente de los ancianos amigos.

-Te lo prometo, tía Elroy.

Cuando salió rumbo a su casa empezaba a llover. Abordó el pequeño parque y lo atravesó corriendo. Al abrir la puerta, sus dedos quedaron apresados bajo otros dedos y se vio bajo el paraguas, de Albert. Se quedaron mirándose mutuamente como si no se hubieran visto jamás y se conocieran en aquel instante. En ese momento sobraban las palabras era una mirada larga, íntima, extraña. Los dedos de Candy seguían bajo los de Albert. Y ambos, bajo el paraguas, ella tembló de pies a cabeza no sabía exactamente si era por la proximidad de Albert o por el frío de la lluvia.

-Vas a mojarte dijo él muy bajito.

-El trayecto es corto…

-Te acompaño.

-No te molestes.

-Nunca es molestia para mí acompañarte.

Caminaron bajo la lluvia a pesar de que él tenía paraguas le había soltado la mano pero Albert la había apretado más a su cuerpo por medio de la cintura, iban sin decir nada solo se escuchaba sus corazones y las gotas de lluvia al caer al suelo.

De pronto, Albert rompió el embarazoso silencio.

-Me gustaría invitarte al cine esta tarde.

Candy se mantuvo callada. Sentía los dedos de Albert en su cintura le hacía daño, y al mismo tiempo le producían placer. Un raro placer hasta entonces desconocido. Dios mío ya era inevitable que pudiera negar que estaba enamorada de su vecino, su cuerpo lo confirmaba

-Vendré a recogerte a las siete, ¿quieres?

-Si dijo con un hilo de voz.

-Seré puntual.

Llegaban junto a la entrada. Albert seguía mirándola de aquella manera profunda, tan hondo como si su razón de vivir radicara en los bellos ojos de Candy.

-¿Tienes predilección por una película determinada?

-No.

-Bueno, pues la elegiremos juntos, ¿te parece?

-Sí.

Parecían dos chiquillos ante la primera cita de amor. Albert, que tenía fama de mujeriego y su frescura ante las mujeres era bien notoria, ante Candy, la única que le interesaba de veras, se convertía en un estudiante adolescente. Y ella se mostraba tímida, deliciosamente ruborizada, y Albert, que sabía mucho de mujeres, se dio cuenta de que no le era indiferente a la joven. Y que ella también tenía sentimientos por él.

-Hasta pronto, pues, querida mía. Dijo soltándola de la cintura y acariciando su mejilla.

-Hasta pronto.

Albert se alejó sonriente, no sin antes envolverla en una acariciadora mirada y Candy subió, temblorosa, hacia la terraza. Allí se apoyó contra una columna y miró hacia el cielo oscuro que enviaba una lluvia pequeña que ella no olvidaría nunca.

Y se preguntó ¿Hice bien en aceptar su invitación? ¿Y por qué no, después de todo? Si él prefiere mi compañía a la de Annie, ¿qué debo hacer yo? No es ningún crimen que quiera estar con él.

-¿Sueñas? se burló Ricardito tras ella.

Se volvió y le obsequió con una dura mirada.

-Siempre apareces en los momentos menos oportunos.

-Qué romántico, ¿verdad? río su hermano mi mejor amigo y mi hermana bajo el paraguas mirándose como embobados.

-¿Te quieres callar?

-Claro que sí. ¿Cuándo se casan?

Candy se sonrojó.

-Eres un idiota..

-Qué lenguaje más pulido usa mi correcta hermana.

La joven huyó de la mirada de su hermano, no podía seguir provocándole después de todo él tenía mucha más experiencia amorosa que ella. Y de seguro se había dado cuenta la forma en la que se miraron.

A la hora de la comida, el padre dijo.

-Observo, Candy, que te pasas los días en casa. ¿Tampoco sales hoy?

-Saldré.

-¡Ah! ¿Con quién?

-Con… Albert. Me ha invitado al cine. Si tú no tienes inconveniente.

-¿Yo? Claro que no rió su padre, satisfecho, mirando significativamente a su esposa. Nadie mejor que Albert para acompañarte.

-En muy alto concepto lo tienes.

-Sí. En el que se merece, ya te dije mi opinión sobre Albert.

Después de la comida se retiró a su cuarto todos lo apreciaban a Albert, todos tenían de él una elevada opinión. Sólo ella lo juzgaba mal y, no obstante, aceptaba sin vacilaciones su invitación.

Se pasó la tarde nerviosa, intranquila, como si los nervios no la dejaran vivir. Y era así en realidad. Albert suponía para ella la vida entera. ¿Cuándo empezó a amarlo? Nunca sabría decirlo. Tal vez cuando se marchó al pensionado pensando en Albert y lo que estaba haciendo en su ausencia. Por eso nunca aceptó las invitaciones de otros hombres. Y en ese momento se dio cuenta que ya no podía seguir juzgando a Albert. Después de todo él siempre ha sido su mejor amigo, y lo conocía muy bien para saber que no era capaz de engañar a nadie con falas promesas de amor. Pero no podía tolerar que Annie pusiera los dedos en su hombro con aquella confianza, y por eso le juzgaba mal. Porque le dolía que otra mujer hiciera lo que ella sola quisiera hacer. Soy demasiado egoísta. Pero todo ser que ama lo es.

A las siete en punto su madre la llamó:

-Clara, te espera Albert.

-Bajo en seguida.

Se miró al espejo por último vez. Se encontró bien. Vestía un vestido de noche de un color morado. Llevaba zapatos con un tacón muy pequeño. Miro por la ventana seguía lloviendo. A Candy le gustó el agua y hasta la fría brisa que entraba por la ventana abierta mezclada con las menudas gotas.

Albert la esperaba en el vestíbulo. Era un hombre hermoso como había muchos otros en la ciudad. Pero él tenía algo que lo hacía único y especial, un magnetismo que cuando mirabas aquellos ojos azules era como una llama que lo dominaba todo, como que todo lo entendía.

Vestía de oscuro con el paraguas colgado del brazo. Él también la miró, y al encontrarse sus miradas los dos sonrieron.

CONTINUARA….

Hola chicas Gracias por sus rewieds chicas:

Elluz: como ves llegue con nuevo capitulo

Candyfan72: je je veo que le tienes amor a la morena, pero en este capítulo no toca velo ni corona así que mejor para nuestros enamorados.

Quevivacandy: otra en la lista de las fans de Annie, je je pobre creo que en este fic gana popularidad, como ves todo llega en su momento, y aunque la Candy se haga la apretada bien que se babea por el rubio que ya la tiene a sus pies.

MiluxD: calmate bájale a las hormonas je je, que en este capítulo todo salió bien para nuestro rubios, que la morena ni siquiera hizo su aparición.

Karina: yo también estuviera molesta, pero se le perdona todo a Candy por culpa de los celos, además el wero está ganando terreno ja ja.

Gatita Andrew: gracias a tu comentario quería prima del picaflor je je cuando el padre de Candy le habla de los hombres me acorde del picaflor y no me quedo más que comparar al wero con este pajarito lindo, pero coqueto espero te guste el capítulo.

Azulgep: gracias linda siempre me haces sonrojar con tus comentarios.

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