Querida querida vida mía.

Chiquilla preciosa mi agonía.

Sin amar es pecado yo no sé qué hacer

En mi alma solo vives, solo tú

MI VECINO

CAPITULO # 9

Por. Tatita Andrew

La madre de Candy sonreía con la escena aquellos jóvenes se miraban mutuamente como si fuera la primera vez que se veían en la vida, su hija estaba en lo alto de la escalera sonriendo hacia Albert sin dar un solo paso y el rubio con aquella mirada que solo tenían los enamorados..

Carraspeo varias veces antes de hablar.

-Deberían darse prisa, si tienen intenciones de llegar a tiempo para ver la película.

Ni siquiera le contestaron. Seguían mirándose, a la vez que ella descendía. Cuando llegó junto a él, Albert reaccionó y dijo:

- Vamos, querida. Tiene razón tu madre. Llegaremos tarde.

La tomó del brazo con familiaridad. Como si fuera algo suyo, y Candy no se atrevió a protestar. Besó a su madre y se fue con Albert, se sentía tan feliz como si su única razón de vivir fuera aquella mano que oprimía su brazo y estar en compañía de su amado. Desde la ventana del salón Ricardito los miró burlón y soltó una carcajada:

-¡Ja, ja! Quien te viera Candy….

Su hermana lo fulminó con la mirada, pero a Ricardito no le asustaban las miradas de Candy. Con ironía dijo:

-Hacen una bella pareja. Cuando se casen, toda la vecindad querrá asistir a la fiesta solo para verlos.

-Cállate, charlatán rió Albert. Mientras le guiñaba el ojo al estar de acuerdo con aquella información.

-Quiero ser padrino de su primer hijo. Tengo ese derecho ya que gracias a mi ayuda fue que ustedes se conocieron.

-Vamos, vamos… apresuro Candy a Albert, roja de la vergüenza mientras le sacaba la lengua a su entrometido hermano.

Los dos caminaron muy juntos por el parque y luego en la calle mientras avanzaban hacia el cine. Albert la llevaba apretada contra sí, aspirando su olor y su fragancia que lo hacían desear mucho más a aquella muchacha, la miraba de vez en cuando. De súbito, dijo:

-Sí, tiene toda razón tu hermano Ricardo. ¿Cuándo nos casamos?

-Tu novia es Annie.

-Mentirosa dijo suavemente, nunca aceptarías salir conmigo si creyeras eso. Por favor, no te engañes a ti misma.

-Cállate. Albert. Prefiero las cosas así.

-Yo te deseo a ti Candy. Dijo de un modo brusco por la resistencia de la joven, jamás en su vida ni una sola mujer había sido inmune a sus encantos, prácticamente ellas eran las que se ofrecían en bandeja a él, y por supuesto Candy era la excepción y se sentía frustrado al ver que su pequeña Candy era una chica muy difícil de convencer.

-Ya tienes mi compañía. He aceptado salir contigo.

-Pero es sólo por un día, por un instante tal vez demasiado corto. Yo deseo estar contigo para el resto de mi vida.

-Pero Annie…volvía a insistir Candy necesitaba que Albert le contará que clase de relación había tenido con ella.

-Deja a Annie a un lado. Candy ella y yo somos tan distintos. La detuvo y la miro directamente a los ojos.

-Pero la has querido. Fueron novios, insistió Candy temiendo escuchar que Albert la había amado intensamente.

-¿Querer? No hagas caso. Sólo se quiere una vez en la vida amor y eso solo lo siento cuando estoy a tu lado. Todas las demás relaciones son solo mentiras y una aventura nada más.

-Entonces tú eres un mentiroso. Ella me dijo que estuvieron enamorados. Todavía no podía confiar en sus palabras por miedo a salir lastimada.

-Como todos los hombres, la mayoría de nosotros no sabemos de sentimientos y relaciones Candy, nos pasamos la vida de un lado a otro entre mujeres hasta encontrar la verdadera. Hasta sentir que has encontrado a la mujer correcta a la que deseas como madre de tus hijos y a quien quieres casi rallando a la locura.

Candy seguía callada sin decir una sola palabra, y Albert en verdad deseaba que ella supiera de una vez que la amaba y no tuviera ninguna duda.

Llegaban al cine cuando el rubio la detiene y acariciando suavemente su rostro con la parte posterior de su mano, la miro directamente a los ojos azul y verde mirándose como si fuera la primera vez.

-Eres lo único verdadero y deseado en mi vida. Solo tú Candy.

Bajo hacia su rostro para darle un suave y dulce beso en los labios todo en aquella joven era tan inocente y tierno que hasta tenía miedo tocarla.

Sintió como se estremecía bajo sus caricias y un suave gemido broto de sus labios en respuesta al beso. Y Albert sintió que estaba equivocado, que bajo esa inocente apariencia estaba una mujer muy apasionada. Rozo sus labios sonrojados con su dedo pulgar.

-Vamos mi amor, si seguimos aquí no llegaremos a tiempo a la película.

La película había comenzado y el acomodador los llevó a su sitio. Candy no entendía nada aquella película sobre vampiros además no se podía concentrarse con Albert tan cerca suyo, su olor penetraba directamente a sus fosas nasales alterando sus sentidos.

La mano de Albert se deslizó silenciosa bajo su brazo y buscó sus dedos. Candy sintió la calidez de aquella mano un poco callosa, un escalofrío nunca antes sentido se apoderaba de ella pero no podía huir de su contacto. Se sentía sometida, pero era aquel lazo un lazo maravilloso del que tal vez no podría escapar en toda su vida.

-Candy…

-Dime… su voz era un susurro

-Aún no me has contestado.

No era la intención de la joven hacer sufrir a Albert, pero de repente era muy tímida en su presencia y no sabía que decir ni que hacer.

-Espera.

-¿Qué debo esperar?

-Sigamos así.

-¿Cómo puedes pedirme eso? ¿Cómo viviré intranquilo?, temiendo que otro te lleve.

-Sí piensas eso es que poco me conoces.

-Cállense —gritaban las demás personas tras ellos. Si desean hablar vayan a la calle. -¡Dejen escuchar la película!

Se callaron, pero sus ojos se buscaron en la oscuridad y se encontraron. Y los dos se rieron en complicidad por lo gracioso de la situación. Era delicioso sentir aquella sensación hasta ahora desconocida para los dos.

Los dedos de Albert cerraron los suyos con intensidad. Y luego se volvieron acariciadores y más tarde resbalaron por su mano y subieron hacia el brazo desnudo y ella se estremeció como si una descarga eléctrica la agitara de pies a cabeza. Aquello era el amor. Aquel loco palpitar del corazón y de los pulsos, y aquella agitación y falta de respiración, y de todo cuanto sensible había en ella.

-Candy.

-Shhh, silencio.

Se mantuvo callado, pero la mano acariciaba la suya. Y cuando la película concluyó ninguno de los dos supo cuál era la trama después salieron a la calle, llovía con mucha fuerza. Era una lluvia menuda que empapaba. Los dos, bajo el paraguas, iban muy juntos, como si ninguno se diera cuenta de aquella proximidad, pero de la cual disfrutaban calladamente.

-Candy -dijo él de pronto, estoy enamorado de ti. Quiero casarme contigo.

La joven se agitó, pero nada dijo.

-¿Me has oído? ¿Qué me contestas?

-He de pensarlo.

-¿Pensarlo aún? Grito exasperado. – Después de que te he abierto mi corazón.

-Es un paso decisivo en la vida.

-Pero no por pensarlo más, vas evitar posponer esto. El matrimonio, Candy, es como una aventura. Unas veces sale mal y otras bien. ¿De quién depende? De los dos, pero nadie puede estar seguro de cómo nos vaya a ir. Pero si hay amor podremos superar cualquier cosa.

-Más a mi favor: Déjame pensar en ello. Quiero estar segura de mis sentimientos.

-¿Me amas? A pesar de que lo sospechaba Albert necesita escucharlo de sus labios.

-Sí. Dijo en un suave susurro

-¿Entonces qué vamos a esperar?

-Quiero saber hasta qué punto te amo.

-Está bien, Candy -dijo resignado, vamos a hacer un pacto. Saldremos juntos todos los días, nos comportaremos como dos novios durante un mes. Y luego tú decidirás. Por mi parte ya estoy decidido.

-De acuerdo.

Continuaron el camino en silencio caminando muy juntos bajo el paraguas, cada uno inmerso en sus dudas y miedos. Llegaban junto a la puerta. Se detuvieron. El paraguas continuaba sirviéndoles como protección contra la lluvia. Bruscamente. Albert soltó el brazo femenino y rodeó con su brazo la cintura de Candy. Fue tan inesperado su gesto que la joven, no supo cómo reaccionar. Se vio bajo los llameantes ojos azules y una mirada intensa y parpadeó, deslumbrada. Ella muy joven, pero, en aquel instante, sintió cómo todo el mundo se detuviera en ese instante, todo se encendía en su ser, por la luminoso mirada del hombre al que amaba.

-Candy -dijo él roncamente. ¿Qué esperas de mí? Conoces mis sentimientos, los has palpado por ti misma. Tú me amas también. ¿Tendré que esperar hasta hacerme viejo esperando que tú medites?

Candy se sentía como ahogada, presa en el brazo de Albert, que la apretaba firmemente contra su duro cuerpo; no se atrevía a respirar, ni casi mirarlo.

Al ver que la muchacha no decía nada, Albert la apretó más a su cuerpo sin dejar centímetro alguno entre ellos, y totalmente torturado y confundido murmuro junto a su boca.

-Por el amor de Dios, deja ya de ser una niña. Piensa que somos sensatos. Baja de las alturas celestiales y mírame con ojos humanos. Ten piedad de mi sufrimiento.

-Albert…yo...

-Sí, soy un hombre, no un muñeco. Y te quiero para mirarte, besarte y poseerte de forma que ni te imaginas. ¿Te das cuenta? No es mi amor para nada de amigos. Y me gustaría que tú siguieras siendo ingenua, pero no una niña ingenua, sino una mujer ingenua. Mi mujer

-Nunca me hablaste así, Albert -susurró la joven. Te desconozco. Dijo un poco impresionada por el modo en que le estaba diciendo todas aquellas cosas.

-Es que hasta hoy te habló el amigo de tu hermano, el amigo, el vecino. Hoy te habla el hombre. Y los hombres, Candy, aman con el corazón y el espíritu, pero también con los sentidos.

-Por favor. Albert.

-Me callaría -dijo él, tiernamente, si no te deseara para esposa y madre de mis hijos. Pero te deseo para eso y para que compartas mis penas y mis alegrías, mi pasión y mi ternura. Te amo Candy quiero que seas, mi amiga, esposa y amante.

El agua caía con más intensidad y Albert no se dio cuenta que el brazo que rodeaba la cintura de Candy se había empapado.

Tampoco Candy se percató de que el agua subía por sus zapatos y se mojaban sus pies y sus piernas.

-En casa te están esperando para cenar -dijo Albert. Sin soltarla por un instante- Ven mañana y todos los días seguiremos esta conversación. Pero antes dime: ¿otra vez que me amas?

Sus rostros estaban muy juntos y Candy parpadeó varias veces consecutivas, sin saber qué responder. En ella todavía estaba presente aquel beso que la hacía soñar. Pero aquello era todavía más intenso y real. Ahora, y súbitamente, un loco y ardiente deseo temblaba en sus labios. Albert lo comprendió así y con suave ternura la atrajo más hacia él y la besó largamente en los labios. Candy se estremeció de pies a cabeza y sintió que el ardor de su boca se perdía la boca de su amado, en una entrega suave, gemía rendida en sus brazos, una eterna entrega. Supo que estaba destinada a ser suya, que así lo había querido el destino. Se besaron largo tiempo, quizás minutos u horas perdieron la noción del tiempo hasta que Albert tuvo que apartarse un poco para dejarla respirar. Hundió su nariz en sus cabellos y la apretó más contra sí.

-Candy, pequeña…

Ella lo apartaba suavemente, y Albert sentía que le costaba apartarse de ella.

-Me tengo que ir, Albert -susurro.

-Antes dime si vas a pensar mucho en mí esta noche.

-Esta noche y todas las noches de mi vida.

Albert no cabía en gozo como un prisionero que obtiene su ansiada libertad, necesitaba escucharlo otra vez para calmar los latidos de su acelerado corazón era totalmente un chiquillo enamorado. Así se sentía.

-Dilo otra vez. Mi amor.

-Todas las noches de mi vida pronunció muy bajito. Mientras le daba un beso en los labios al mismo tiempo que se soltaba y corría hacia la casa.

Albert se miró a sí mismo y luego dio la vuelta.

Cuando llegó a casa, tía Elroy se alarmó.

-Pero si vienes empapado, muchacho. Para coger una pulmonía. ¿Dónde has estado?

Albert se derrumbó en una butaca y se quedó mirando a su tía con expresión radiante.

-Vengo de las nubes, tía Elroy.

-¿De dónde?

-De las nubes, del amor, de la gloria.

La dama se sentó junto a él y terminó la frase de su sobrino:

-Por Candy, ¿no es cierto?

Albert parpadeó. Confundido tanto se le notaba

-¿Cómo sabes?

-No voy a repetir la frase de amor que es ya muy usada en temas de esta índole, pero te diré que, sin haber amado nunca, poseo la madurez suficiente para comprender a dos jóvenes enamorados.

-Pues sí, tía Elroy. Candy y yo nos vamos a casar. ¿Cuándo? Ella lo decidirá. Yo estoy dispuesto desde este instante -y como viera pesar en los ojos bondadosos de su tía, añadió con ternura - No temas, no te dejaremos sola. Viviremos contigo y volverás a empezar tu cadena. Al igual que me has educado y me has hecho un hombre, así educarás a mis hijos.

Elroy no pudo hablar. Ocultó la cara entre las temblorosas manos y empezó a llorar. Y Albert fue hacia ella, le levantó el rostro y dijo fervorosamente.

-Te debo cuanto tengo y soy. Cuidaste de mí cuando mis padres murieron-No llores, tía Elroy, que me partes el corazón.

-Soy tan feliz, querido mío.

-Por eso mismo. Ríete, alegra esa cara. La vida aún te tiene reservadas muchas dichas. Y no sería yo hombre digno, si no te las abasteciera.

Candy lo dijo durante la comida del día siguiente, aun sin haber vuelto a ver a Albert.

Había pasado la noche en vela; tendida en la cama con los ojos semicerrados, pensando en Albert, analizando sus sentimientos, sintiendo en su boca los deslumbradores besos que acariciaban todo su ser y encendía el fuego y el amor que sentía por él.

-Albert y yo nos hemos hecho novios -dijo de golpe. Hemos decidido casarnos.

Ricardito se echó a reír. Sofía y George se miraron.

-Ja, ja -rió su hermano, como si estuviera al tanto de todo.

-Cállate -pidió el padre. ¿De qué te ríes?

-De la cara de tonta que pone mi hermana para decir lo que todos sabemos.

-Clara se sonrojó.

-¿Que lo sabes? ¿Quién te lo dijo?

-Intuición que tiene uno.

-No le hagas caso, querida -susurró su madre. Nosotros, ni tu padre ni yo, sabíamos nada, pero… era de esperar.

-¿Por qué? Pregunto confundida al notar que todos sospechaban de su relación con Albert.

Contestó el padre:

-Porque han nacido el uno para el otro, y era de esperarse este desenlace.

-¿Lo apruebas, papá?

-Naturalmente, querida. Te lo dije en cierta ocasión: el mejor marido para ti, Albert.

-Gracias, papá. Dijo Candy corriendo a abrazarlo.

-¿Dónde vais a vivir? -preguntó su madre con voz llorosa.

-No hablamos nada de eso, pero yo creo que no debemos dejar sola a tía Elroy.

-Me parece muy bien. Aun con ustedes allí, ha de sentirse sola esa excelente mujer -observó el abogado, cariñosamente. Por nosotros no te preocupes. Te tenemos cerca. Y cuando Ricardo se case, ya tendremos aquí otra mujer.

-Tu comprensión me emociona, papá.

-Es la comprensión de un padre que ama y desea la felicidad de sus hijos.

-Primero la besó su padre, luego su madre, cuando le llegó el turno a su hermano, éste le dijo con picardía, con una voz tenue que sólo ella oyó:

-Los volví a ver ayer a la noche bajo el paraguas.

Candy sintió arder su cara y desvió los ojos del rostro de su hermano, pero éste rió en sus propias narices.

-Ja, ja.

-Mentecato.

-Ya. ¿Mentecato porque los vi?

-Mentecato porque lo dices.

Pasó la tarde sola. A las seis, una hora antes de reunirse con Albert, salió del su casa atravesó la calle y fue directamente al de tía Elroy. se hallaba en la terraza regando las flores, tan pronto la vio fue a su lado. La abrazó en silencio y susurró:

-Hoy es el día más feliz de mi vida, Candy.

-Para mí también, tía Elroy. ¿Y no sabes? Vamos a vivir contigo.

-Dios te lo pague, hija mía.

-Seremos muy dichosos los tres, ¿verdad?

-Desde luego Mira -dijo de pronto, ahí llega Albert.

Clara miró. Albert subía de dos en dos las escalinatas, con mucha elegancia era tan guapo y sintió en su corazón que sería feliz con su rubio, con impulso que Candy desconocía en él, las abrazó a las dos a la vez.

-Aquí están -dijo fervoroso, las dos mujeres que más admiro en este mundo. Las más completas. Las más hermosas de espíritu. El complemento que el hombre necesita para ser feliz. A las que amo con todo mi corazón.

La dama escapó de sus brazos y se ocultó para que ellos no vieran sus lágrimas. Candy pasó un brazo por los hombros de su novia y dijo:

-Me parece, vida mía, que no necesito preguntarte si has pensado en nosotros…

-He pensado.

-¿Necesito saber la conclusión?

-No. Ya la sabes. Dijo con una risita tonta

-Sí, la sé.

-No me mires así.

-¿Cómo te miro?

-De ese modo.

-¿Y de qué modo es?

-Así. Como si fuera la mujer más hermosa del mundo

-Así he de mirarte siempre. Porque lo eres. Solo tú Candy la única.

-¿Has mirado a Annie así alguna vez?

Albert rió. La llevaba prendida por la cintura, camino al parque. Al contrario del día anterior, la tarde era espléndida.. Y la brisa de aquel atardecer era tibia, como el corazón de Candy.

Albert se detuvo junto a un árbol y apoyó en él a la joven. Puso sus dos manos en el tronco y Candy quedó atrapada dentro del breve círculo.

-Escucha, Candy, y que esto se meta bien en tu linda cabeza. No he querido nunca a Annie. Ha sido un pasatiempo como tenemos muchos hombres.

-Ella me dijo…

-No me interesa lo que haya dicho. Conozco a Annie. Sé de lo que es capaz. Pero escucha -y sus labios rozaban los suyos. Para mí no hubo, ni hay, ni habrá, más mujer que tú.

Y sus labios sea apoderaron intensa y ardientes, en los labios juveniles, que con la misma intensidad devolvían sus besos.

Se casaron. Un año después. Vestida de blanco con su familia y amigos más cercanos, ellos fueron felices y tuvieron dos hijos, a la niña la llamaron Rosemary y al pequeño de dos años Anthony a quienes tía Elroy confiaba en hacerlos personas de bien.

El matrimonio, como en todos, tuvo sus penas, sus alegrías, sus satisfacciones y sus contratiempos. Albert y Candy sabían que la vida no era como los cuentos de hadas, pero mientras se tuvieran ambos y existiera amor y comprensión podrían superarlo todo, incluso los celos de padre al saber que su hija Rosemary se había enamorado por primera vez y la historia empezaba nuevamente a repetirse.

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