Para la actividad Misiones de FFL. Gracias a Deutschland por la misma.
Una semana de entrenamiento más… ¿otra misión cumplida?
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Tercera misión: Entrenando a nuestros hijos… (o hijas…)
Lo había intentado todo, todo con tal de que ella abandonara aquella absurda idea, desde sobornarla con costosísimos y extravagantes regalos hasta fingirse enfermo, pasando por la recurrente e inútil excusa de tener mucho trabajo e, incluso, desaparecer unos días alegando un imaginario viaje promocional. Pero todos sus esfuerzos resultaron en vano.
«Es testaruda», pensó. «Quizá tan testaruda como su madre…». Por un instante, los recuerdos abnegaron su mente y una abierta sonrisa se formó en los labios del campeón. «Sí, ella también era obstinada…».
Mr. Satán agitó la cabeza, recuperando el hilo de sus pensamientos, y la expresión de su rostro volvió a denotar su creciente ansiedad. No era el momento de abandonarse a la melancolía, estaba metido en un buen lío. Jamás debió dejarse embaucar y hacerle esa disparatada promesa a su hija.
Inconscientemente tiró con insistencia de la punta izquierda de su bigote. «Aunque, ¿qué otra cosa podía hacer?», se preguntó. Quería a Videl y su felicidad era importante para él. Lo más importante, así que cuando ella le pidió volver a entrenar juntos un día como regalo de cumpleaños simplemente no supo negarse. Nunca había sabido negarse a sus caprichos.
«Es un verdadero orgullo que mi pequeña me tenga en tan alta estima», se dijo a sí mismo, evocando la ilusión en sus ojos cuando él accedió a sus demandas. Esbozó de nuevo una boba sonrisa al acordarse. «¡Voy a entrenar con el mejor!», había exclamado emocionada… pero ésta apenas le duró unos segundos.
No iba a ser la primera vez que entrenaran juntos, de hecho había sido él quién despertó su pasión por las artes marciales. Era lógico, siendo como era la única heredera del «hombre más fuerte del mundo». Guardaba celosamente en la memoria todas y cada una de aquellas tardes en que ambos practicaban un sinfín de técnicas ideadas por él, llaves y patadas, la mayoría más vistosas que efectivas. Su risa infantil, la manera en que se esforzaba por emularlo y esa mirada de admiración que le regalaba formaban parte de sus más preciados y felices recuerdos.
¿Entonces? ¿Dónde estaba el problema?
Obviamente, en que eso sucedió antes de que ella cumpliera los trece años de edad y había llovido mucho desde aquellos días. Sin apenas percatarse de ello, su adorada niñita había crecido hasta convertirse en una encantadora joven. «Una encantadora joven muy, muy fuerte», razonó. Aún podía rememorar la última vez que se ejercitaron juntos, el esfuerzo que le costó ganarle y, por supuesto, el dolor de uno de sus puñetazos, especialmente duro. Había tenido que tragarse las ganas de gritar y el moretón de su mejilla permaneció allí una semana entera, a partir de aquel momento se había guardado muy mucho de volver a entrenarla. A estas alturas ya debía estar en condiciones de vencerle sin despeinarse demasiado.
—¡Argh! No puedo hacerlo —voceó desesperado, llevándose las manos a la cabeza y negando repetidamente como un loco.
Estaba en un callejón sin salida, hiciera lo que hiciera no llevaba las de ganar. Si peleaba perdería su respeto, ella se daría cuenta de que su padre no era más que un fraude, un embaucador, que no era tan fuerte como presumía y que hacía tiempo le había aventajado. No podía permitir que eso pasara de ninguna de las maneras. No se trataba de su orgullo de campeón, ni mucho menos, era más bien una cuestión de admiración; quería seguir viendo durante muchos años ese brillo de admiración en las pupilas de su hija cuando hablaba de él. Sonrió de vuelta; sí, eso lo hacía inmensamente feliz… Por otro lado, si se negaba a cumplir su promesa, ella se sentiría igualmente decepcionada y el resultado sería el mismo.
«Piensa, piensa, piensa...», se instó, enarcando su ceja izquierda a la par que apretaba los puños al frente. Tenía que haber una salida, siempre la había y él era todo un experto en escapar airoso de este tipo de situaciones.
Una fugaz idea se le cruzó de repente por la cabeza y sus ojos se abrieron como platos. No… ¡No podía ser tan sencillo!... ¿O quizás sí?... Su rostro se iluminó de la emoción y puso las manos en jarra, carcajeándose estrepitosamente. Acababa de encontrar la solución a todos sus problemas. ¡Era un genio!
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Allí estaba, frente a su hija en el tatami, observando con la mandíbula desencajada por la sorpresa y cierto temor los rápidos movimientos de sus puños en el aire y la velocidad de sus innumerables patadas, mientras se preparaba para enfrentarlo. Cualquier pequeña esperanza que pudiera albergar de vencerla se desvaneció en ese momento. ¡No hacía falta tomárselo tan en serio! Tan sólo se trataba de un entrenamiento.
Videl detuvo una de sus piernas en alto y volvió la mirada hacia su padre para encontrárselo con la boca bien abierta y los ojos desorbitados. Frunció el ceño algo confusa, parecía aterrorizado. Al percatarse de ello, Mr. Satán recompuso su gesto habitual y río sonoramente, pasando los dedos entre los espesos rizos que poblaban su cabeza.
—¡Veo qué has estado entrenándote bien! —voceó alegremente, disimulando por entero su nerviosismo. Ella relajó su expresión de sorpresa y le dedicó una sonrisa satisfecha—. Aún así, no creo que puedas ganarme todavía —fanfarroneó—. Quizás… quizás deberíamos dejarlo pasar, ¿no? —Su voz sonó especialmente duce. Estaba seguro de que ella no se avendría a razones pero tenía que intentarlo una vez más.
—Ni hablar —rehusó con convicción—. Sé que no puedo ganar pero como mínimo podré medir mis progresos. —Mientras hablaba, Videl observó con detenimiento a su padre que, concentrado, se había perdido en sus propios pensamientos. ¿Por qué estaba tan nervioso? Ya habían pospuesto aquel entrenamiento un sinfín de veces y parecía empeñado en atrasarlo una vez más.
Un rayo de entendimiento iluminó de pronto su mirada color azul. ¿Acaso a él le inquietaba la posibilidad de hacerle daño durante el combate?... ¡Claro, debía ser eso!
—Escucha, no tienes de qué preocuparte —dijo, con el ánimo de tranquilizarlo—. Soy más fuerte de lo que parezco y si veo que hay alguna probabilidad de que me lastimes, detendré la pelea de inmediato. ¿De acuerdo? —Mr. Satán miró perplejo a su hija, que le regalaba una cálida sonrisa de confianza y admiración, y no pudo evitar que su corazón se hinchiera de emoción. Lo único que pudo hacer es un gesto de asentimiento con su cabeza que hizo que la sonrisa de la joven se ampliara aún más—. Bien, comencemos.
Fue la palabra comenzar y la pose defensiva que adoptó Videl, lo que lo devolvió a su horrible realidad. ¿Comenzar? ¡Él no estaba listo para comenzar! ¡Y por qué diablos aquel tipo tardaba tanto en hacer lo que le había pedido! Su ceja derecha se levantó y volvió a su posición original repetidamente. Su maravillosa solución estaba a punto de irse al garete.
—¡Espera! —gritó. Tenía que ganar algo de tiempo—. Yo todavía no he calentado. Hay que ejercitar bien los músculos antes de cualquier combate para evitar una lesión —comentó como quién recita una lección aprendida y, ante la cara estupefacta de Videl, flexionó una de sus rodillas, apoyando ambas manos en ella, estiró la pierna contraria e inició sus estiramientos.
Trascurridos quince minutos y agotado todo su repertorio, estaba sudando la gota gorda. ¡Ya no se le ocurrían más ejercicios! Había estirado y recogido los puños, alternativamente y a la vez, rotado el cuello, pateado al vacio, saltado e incluso corrido varias vueltas alrededor del tatami y aquel maldito tipo seguía sin dar señales de vida.
—Creo que ya estás listo —opinó Videl, volviendo a adoptar su posé defensiva, dispuesta a iniciar el entrenamiento de una buena vez. ¡Qué diablos le pasaba a su padre!
Mr. Satán boqueó varias veces como pez fuera del agua intentando buscar en su cabeza alguna excusa plausible que pudiera atrasar el enfrentamiento un poco más.
—Se… se ha hecho un poco tarde —balbuceó sin mucha convicción, no sabía qué inventar para evitar lo inevitable.
—Lo prometiste —le recordó su hija, relajando sus músculos y dibujando un mohín de reproche en su desilusionado rostro. Ahí estaba esa decepción que él había tratado de evitarle a toda costa.
Una estridente carcajada resonó repentinamente en la sala.
—¡Por supuesto que pelearemos! —voceó, alzando su brazo en señal de victoria para seguidamente apuntarla con el dedo índice —. Espero que estés lista —Y mientras se colocaba en posición de combate, internamente no dejaba de temblar como un flan.
Una sonrisa satisfecha se cinceló de vuelta en los labios de Videl que inmediatamente retomó su pose defensiva. Parecía tan segura de sí misma.
Ti, ti… Ti, ti, ti, ti, ti…
«¿Por qué tuvo qué pasarme esto?», se lamentó cuando la vio lanzarse sobre él. Y apretó con fuerza los párpados preparándose para un primer y fuerte mamporro… Ti, ti, ti, ti, ti… que sorpresivamente no llegó nunca.
—¿Eh? —murmuró trascurridos unos segundos, abriendo los ojos y pestañeando repetidamente por la confusión.
Videl se había detenido sin ni siquiera rozarlo y, a escasos centímetros de él, observaba con cara seria y el ceño fruncido la pantalla de su busca.
—Lo siento, —se disculpó, saltando del tatami para salir corriendo hacia la puerta—. Parece que hay una emergencia y la policía necesita mi ayuda —explicó, sin volver la vista atrás, antes de abandonar la sala dando un buen portazo que hizo retumbar las paredes.
Incapaz de articular palabra, durante un par de minutos, Mr. Satán se quedó quieto, mirando perplejo y con la boca abierta el lugar por donde su hija había desaparecido. Gruesas gotas de sudor perlaban su rostro. ¡Se había librado por los pelos!
—¡Maldito jefe de policía! —renegó a gritos, aún conmocionado por los acontecimientos. «¡¿Qué parte de: llamar a Videl exactamente a las cinco para una urgencia, no entendió?»— ¡En cuanto lo pille va a saber quién es el campeón del mundo!
Respiró en profundidad, tratando de calmarse, y emitió un sonoro suspiro de alivio al tiempo que relajaba sus músculos. «Aunque mejor le hago un buen regalo y lo felicito por su labor», recapacitó, mucho más tranquilo. «Supongo que tendré que volver a utilizarlo…».
Una repentina sonrisa afloró en sus labios.
—Al fin y al cabo tiene a quién parecerse. Es tan obstinada como su madre…—susurró, dejándose llevar ahora sí, por la melancolía.
Gracias por leer y por sus comentarios.
No pude agradecer a Any Chan por su review, así que lo hago desde aquí. Me alegra estar de vuelta, es divertido volver a escribir sobre esta serie aunque sea algo diferente esta vez. Un fuerte abrazo también para ti y un millón de gracias por leer y comentar.
