Para la actividad Misiones de FFL, doy las gracias a Deutschland por la misma.
Bien, ésta es la última y definitivamente esto de las misiones acabó desquiciándome. Cada vez se me ocurrían cosas más raras…
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Quita misión: Detrás de mi más grande capricho, ¿qué es lo que realmente deseo?... (Porque hay deseos… ¡Y deseos!)
No importaba cuantas veces hubiera estado en peligro, ni cuantas puesto en riesgo su vida. Siempre eran las circunstancias, los amigos y su familia postiza quién lo empujaban a ello, pero eso no significaba que fuera valiente. Nunca había sido valiente.
En realidad para él la valentía era una virtud sobrevalorada y mal entendida. No concebía cómo muchos de los que conocía corrían a enfrentar el peligro al igual que las moscas acuden a la miel. Es absurdo disfrutar cuando está en riesgo tu pellejo, más si la única recompensa que te espera por ello es lograr una épica batalla, hacerse más fuerte o salvar el mundo.
Claro que bien pensado, era precisamente el altruismo gratuito de algunos o ese pasatiempo de medirse con enemigos, cuanto más fuertes y malvados mejor, de otros, lo que le había permitido sobrevivir hasta ahora. Así que en el fondo debía estarle agradecido a Goku y al resto por ello. Y, aunque pensará que había mejores y más «livianas» maneras de pasar el rato que andar todo el día de combate en combate, lo estaba.
Sin embargo, a pesar de sus ideas preconcebidas a cerca del valor, hay veces en que uno tiene que arriesgarse en esta vida para conseguir lo que desea y eso era, sin lugar a dudas, lo que estaba a punto de hacer.
Oolong leyó de nuevo el letrero que había en el escaparate del establecimiento y respiró en profundidad al tiempo que una maliciosa sonrisa asomaba en sus labios.
«¡Adelante!», se dijo a sí mismo. «Puedes hacerlo… ¡Tienes que hacerlo!». La malévola sonrisa se amplió en su rostro. Era una ventaja carecer de conciencia para algunas cosas, eso hacia sus charlas mentales mucho más cortas. «¡Imagina la cara del Maestro Roshi cuando se entere!». Y este último pensamiento acabó por darle el empujón definitivo.
Como el cerdito precavido que era, miró a izquierda y derecha del pasillo para cerciorarse de que los demás no se encontraban cerca. Había acudido junto a todos los moradores de Kame House al centro comercial para hacer unas compras y la casualidad quiso que se fijara en el anuncio de aquella tienda. Bueno, la casualidad y el hecho de que Muten Roshi empezara a sangrar copiosamente por la nariz en cuanto vio los modelos de lencería femenina que se exhibían en el escaparate.
Debía recordar agradecer al viejo verde aquella hemorragia espontanea gracias a la cual y, exceptuando a la rubia androide que se había desmarcado del resto en cuanto llegaron al establecimiento, todos se vieron obligados a buscar un baño. Por supuesto fue arrastrado a acompañarlos, Kirlim no iba a dejarlo solo después de aquello, pero en aquel momento la idea ya había fraguado hondamente en su mente así que, en cuanto se presentó la ocasión, les dio esquinazo y volvió sobre sus pasos.
¡Pop! Una nubecilla de humo se formó en el aire y sintió el acostumbrado cosquilleo de la transformación…
En seguida sus pies tocaron de nuevo el suelo. Satisfecho recorrió su reflejo en el vidrio, contoneando provocativamente las caderas a izquierda y derecha. No había duda alguna de que la forma femenina la dominaba total y completamente. Piernas largas y bien torneadas, buenas curvas, cintura estrecha… «Y está muy bien dotada…», pensó, bajando la vista para prestar especial atención a esa parte de su anatomía. Ni siquiera podía evitar ser un pervertido con él mismo.
Agitó la cabeza para deshacerse de inoportunas distracciones y se centró nuevamente en su plan. Disponía sólo de cinco minutos, antes de volver a ser el de siempre, para hacerse con el puesto. No tenía experiencia en eso de pedir empleo y apenas poseía las nociones básicas de la profesión pero confiaba en que sus secretos fisgoneos durante años en los cajones de Bulma, Lunch y A18, las noches en vela junto al Maestro Roshi viendo los desfiles de Victoria's Secret y su adorada colección de PlayBoys pudieran ayudarlo. Más decidido que nunca arrancó el anuncio de «se busca dependienta» del escaparate y entró en la tienda. Al fin y al cabo, si había alguien que entendía de lencería femenina era él.
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—¿Dónde andabas? —le susurró una de las dependientas en la entrada de la zona de probadores—. La encargada ha preguntado por ti varias veces. No parece muy contenta. —Oolong miró de refilón a la susodicha, que lo observaba desde la caja con el ceño fruncido.
Llevaba cerca de una hora trabajando en aquel paraíso y la verdad es que el asunto le estaba resultando mucho más estresante de lo que en un primer momento pensó. Nunca antes se había arrepentido tanto de no completar su educación. De haberlo hecho ahora no tendría que andar escondiéndose cada cinco minutos en los probadores y esperar uno más a poderse transformar nuevamente en Shasha, la voluptuosa dependienta que estaba representando.
—Sólo estás a prueba. No conseguirás el empleo si sigues desapareciendo así —concluyó la chica con cierto matiz de marisabidilla en la voz.
El cerdito zoomórfico, o mejor dicho, Shasa levantó los hombros en señal de resignación, de todas maneras tampoco pensaba quedarse, y emitió un sonoro suspiro. Tanta transformación era agotadora, ya apenas le quedaban fuerzas y empezaba a preguntarse si el riesgo valía la pena.
—Disculpe, —le llamó una exuberante pelirroja, asomando la cabeza por la cortinilla del probador—. Creo que ésta no es mi talla —dijo, descorriendo algo más la cortina para mostrar como lucía con el delicado sostén de encaje negro que se estaba probando.
Sus ojos se abrieron como platos y casi le da un infarto de la impresión, aquello era un sueño hecho realidad.
—Le traeré enseguida una 95B —contestó, haciendo un gran esfuerzo por mantener las manos quietas. ¿Qué si merecía la pena el riesgo, el cansancio y las miradas asesinas de la encargada? Sus dudas se disiparon al instante. ¡Por supuesto que lo valía!
Mientras buscaba en el perchero la talla que le había pedido la pelirroja, vio a través del escaparate cómo, por enésima vez en la última media hora, Krilim y el resto pasaban frente a la tienda con la apariencia de estar buscando algo. «O a alguien», se dijo a sí mismo, agostando la mirada y dándoles disimuladamente la espalda, no iba a permitir que aquellos aguafiestas le estropearan la diversión.
«Quién sabe, quizás la chica de pelo rojo se anime también a probarse esto», pensó, sosteniendo en alto y con los ojos desorbitados unas minúsculas braguitas de color rosa chicle. En ese momento decidió que se llevaría alguna «chuchería» en los bolsillos como pago cuando dejara el empleo. ¡No iba a trabajar gratis! Ya podía imaginarse la cara del maestro cuando se la mostrara. ¿Qué estaría dispuesto a ofrecer el anciano libidinoso por algo como aquello?
Absorto en sus propios y pecaminosos pensamientos, mientras se dirigía de nuevo al probador con un montón de lencería entre las manos, no se percató de la estilizada y conocida rubia que acababa de entrar en la tienda.
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—La verdad es que el índigo me gusta más que el negro —anunció la clienta pelirroja, descorriendo las cortinas—. La talla me queda bien, aunque creo que todavía me aprieta un poco —dijo, dando un paso al frente para encarar a Shasha con una sonrisa amable en los labios y un gesto de duda en el rostro.
«¡Sí, sí, sí!» Vitoreó en silencio Oolong, con la boca hecha agua y el corazón desbocado por la emoción. Aquello era mil veces mejor que las películas picantes del canal satélite. «¡Mil veces mejor!»
—¿Por qué no se prueba también el rosa? —preguntó meloso, mostrándole en alto el conjunto y esforzándose por mantener la compostura. Al anciano le iban a chirriar los dientes por la envidia cuando le explicara cómo había pasado la tarde. ¡Bendita casualidad, bendito cartel y bendita hemorragia!
Ya estaba tendiéndole la percha cuando sintió un leve cosquilleo…
«¡Ops! Ahora no…», rogó en el mismo momento en que se supo perdido… ¡Pop!
La nubecilla de humo se disipó y algo mareado alzó la cabeza justo a tiempo de ver a la perpleja clienta en las alturas abrir la boca y empezar a gritar desaforadamente. «¡Maldita sea!», renegó, tapándose los oídos con las manos. «Me olvidé por completo del tiempo».
Rápido de reflejos y acostumbrado a esas situaciones, Oolong tiró de las braguitas que aún sostenía (¡no iba a marcharse con las manos vacías!) y dejando caer al suelo la percha, echó a correr esquivando así el puño de la pelirroja que, reaccionando por fin a la sorpresa inicial, estaba a punto de golpearlo en la cabeza.
El probador se convirtió entonces en un verdadero caos que rápidamente se extendió al resto de la tienda. ¡¿Por qué gritaban tanto todas aquellas mujeres?! ¿Mirón? ¿Depravado? ¿Pervertido?... ¡¿Degenerado?! No se estarían refiriendo a él, ¿verdad?
La encargada intentó cortarle el paso pero el audaz cerdito logró darle esquinazo pasando limpiamente por debajo de sus piernas, en ocasiones ser bajito tenía sus ventajas. «Y ser capaz de transformarse también», pensó, torciendo los labios a modo de sonrisa y apretando el paso.
Apenas le quedaba medio metro para alcanzar la puerta, una vez fuera se mezclaría con la gente y sería difícil para todas aquellas histéricas encontrarlo, cuando una mano lo agarró fuertemente de la camisa impidiéndole seguir corriendo. Él se revolvió nervioso tratando de desasirse.
—Suéltame —protestó, pataleando violentamente en el aire al tiempo que volteaba la cabeza atrás para ver a su captora.
Melena rubia, almendrados ojos azules, nariz respingona y cara de muy pocos amigos. Inmediatamente su expresión cambió a una de autentico pavor. ¡¿Qué diablos hacía A18 allí?!...
«Realmente ahora entiendo mucho mejor a Goku y a los demás. Hay veces en que debes arriesgar tu trasero para poder cumplir un sueño», reflexionó satisfecho, mientras volaba por los aires con una huella de zapato estampada en su dolorido pompis.
Estaba convencido de que aquello le iba a salir bien caro y sin embargo, ¡había sido una de las mejores tardes de toda su vida!
Gracias a todos por leer.
