Continuación del Seven Days, éste es más corto porque me ha salido un poco porno y no sabía muy bien cómo seguir sin incendiar FF, así que os dejo todo lo que pasa después a vuestra imaginación. Gracias por seguir leyendo, me gustaría mucho que opinarais sobre lo que voy escribiendo, no sé, cosas como por ejemplo: no me gusta como haces a Mercedes, yo la veo más de tal forma, que con ese tipo de comentarios (siempre constructivos por favor) una acaba aprendiendo mucho. ¡Mañana más y mejor!

Obviamente, los personajes no me pertenecen a mi y blablabla.


Segundo día: cambio de ropas.

Sam se despertó con el sonido de algo metálico golpeando el suelo, abrió un ojo bostezando y se irguió en el colchón apartando las mantas a un lado. Sacó un pie fuera y al pisar el suelo profirió un grito inaudible pero estúpido, estaba demasiado frío. Buscó con la mirada las zapatillas de andar por casa y al ponérselas se dio cuenta de algo, no tenía ropa. Se rascó la cabeza intentando buscar algo más cuando los primeros recuerdos de la noche anterior comenzaron a aparecer, Mercedes a su lado rozándole los labios con la lengua y él empezando a desnudarla. Tragó saliva consciente de lo que acababa de recibir de ella, algo que siempre había sido un tesoro, algo que solo uno podría ganarlo y se lo había entregado a él.

Deslizó su pierna por el calzoncillo que estaba en el suelo y después repitió el movimiento con la otra pierna, dejando de pensar en la noche anterior porque sino iba a tener que darse una buena ducha de agua fría. Caminó con tranquilidad hasta donde escuchaba ruidos y vio a su chica con una camiseta suya puesta y unos pantalones del pijama que también eran de él. Sonrió con ternura mirando de arriba a abajo lo que era suyo, su mujer, su amada, su esposa. Se apoyó en la puerta sin hacer ruido, observando como ella cocinaba el desayuno y eso que él le había prometido que lo haría según se levantara pero se había quedado dormido y seguramente ella no habría querido despertarle.

Días atrás se estaban dando el sí quiero y no habían tenido un descanso hasta ese fin de semana el cual habían pedido permiso en sus respectivos trabajos para poder celebrar que ya eran marido y mujer, el muchacho desvió la mirada allí donde estaba su anillo de casado, algo simple pues no era de los que le gustaran las cosas ostentosas, y se encontró pensando que quizá ese era el proyecto más grande que podría tener en toda su vida. Volvió a mirar a Mercedes y se encontró con sus ojos, no pudo evitar sonreír y acercándose a ella metió un dedo en la masa de pancakes que estaba ya lista para hacer. Antes de chuparse el índice ella ya le estaba regañando por hacer tal cosa y él lo único que pudo hacer fue reír en alto y terminar su propósito.

- Te sienta genial mi pijama, pero ayer estabas perfecta con esa especie de trozo de tela transparente – besó el cuello ajeno agachándose un poco para poder hacerlo y apretó la mano en su cadera.

- Por el amor de Dios, Sam... se llama picardías y no es un trozo de tela transparente sin más... así le quitas la magia – dijo mientras intentaba zafarse de él. Cosa que le salió fatal porque la apretó más fuerte y le pasó el otro brazo por debajo de sus axilas haciendo que estuvieran a escasos milímetros de chocarse. Era incapaz de aguantar una vez que ya había probado lo que era capaz de hacer el rubio en la cama y sabía que si seguía besándola por el cuello tiraría todo lo que había encima de la mesa y haría que la tomara ahí. Dejó que él siguiera besando con cada vez menos delicadeza la piel que beso a beso se iba poniendo más de gallina e intentó nuevamente zafarse, ésta vez con más éxito del esperado - ¿no tienes hambre? - dijo Mercedes intentando cambiar de tema, o sacar uno ya que hablaban más dos besugos en diferentes peceras que ellos en esa situación.

El muchacho negó con la cabeza volviendo a apoderarse de su cuello antes de que ella no pudiera hacer nada - ¿sabes cuánto tiempo he estado deseando tenerte así para mi? - ella intentó no proferir un gritito cuando los labios de Sam rozaron el lóbulo de su oreja al susurrarle y agarró con fuerza la goma del boxer que llevaba puesto, no era consciente de lo mucho que ella había deseado eso hasta que se dejó llevar por sus sentimientos y comenzó a besarle con demasiada pasión para ser un domingo por la mañana. - Pienso arrancarte esa ropa mía ahora mismo - soltó mientras agarraba la camisa de la joven, que realmente era de él, y la tiraba hacia un lado para después ponerse manos a la obra con el pantalón a la vez que la guiaba de espaldas hacia la cama. Sin duda, la mejor luna de miel no tenía por qué ser en un país paradisíaco.