Disclaimer: la serie de Kuroshitsuji así como los personajes que en ella aparecen, son propiedad de Yana Toboso. Este fanfics es de fans para fans sin fines de lucro.

Advertencias: ortografía, relleno.

….

Vista Previa

(Antes, seis años atrás)

"Desde ahora volveremos a ser una familia completa. Ray será tu nuevo papá. Vamos a ser muy felices."

Mamá sonreía feliz otra vez. El relicario que guardaba la foto de su difunto padre ya no le pesaba.

Ser felices…

Los ojos de mamá brillaban como luceros. Brillaban.

Felices…

Ray le tomaba de la mano y le compraba dulces. Ray le acariciaba la cabeza diciendo "buen chico". Le agradaba Ray, era bueno. No podía compararlo con su verdadero padre, porque no recordaba nada de él, excepto el aroma a tabaco… y Ray olía a chocolate. Para Alois esa fragancia era sinónimo de felicidad. De seguridad; Tres meses después le produciría repulsión y miedo.

El día de la boda, su tío: Leonard Trancy, a quien todos conocían llanamente como el viejo Trancy, tenía una expresión agria. A él simplemente no terminaba de agradarle el supuesto Ray. A nadie le sorprendió verlo emborracharse y soltar blasfemias en la fiesta. Al viejo Trancy casi nadie le agradaba, ni siquiera su única familia: Alois.

Por ese entonces, Alois no sabía que el viejo Trancy, pese a su desagradable actitud, era el único individuo que infligía el dolor menos agudo y más agradable que desearía dentro de poco.

Esa noche casi todo el mundo se embriagó, la música sonaba, el aire era caliente. Su nuevo "papá" al igual que el resto estaba pasado de copas y mamá cantaba desafinada en el karaoke I can't smile without you. Alois sonreía con dificultad, sentía que los parpados le pesaban horrores; las luces de colores y el estridente sonido adormecían sus sentidos. Estaba por quedarse dormido en su asiento cuando Ray lo llevó al interior de la casa. Lo arropó y le dio un beso en la frente.

"Descansa."

Tal vez fuera por el sueño o la ausencia de luz en la habitación, pero en aquel instante le pareció ver al hombre deslizar su mano bajo la manta.

Los primeros dos meses fueron perfectos. Él se atiborraba de dulces y juguetes. "Papá" lo consentía en todo lo que quisiese y a mamá eso no le molestaba mucho, aunque de vez en cuando reprendía un poco a Ray por estar malcriándolo demasiado. Pero a mediados del segundo mes, algo comenzó a cambiar. Era algo que a su edad, Alois no entendía bien pero era capaz de percibir. La presencia de Ray comenzó a incomodarlo. Era un sentimiento extraño que palpitaba en su estómago cada vez que mamá salía por la puerta y Ray acudía casi de inmediato a visitarlo a su habitación. Era como si de pronto, un animal salvaje lo acechara, igual que ese perro que tenía el vecino, el señor Prescott.

"¿A qué quieres jugar, cariño?"

Y la respuesta siempre era la misma.

"A las escondidas"

Porque así, hasta que volviera mamá, podía sentirse seguro; escondido entre el montón de ropa sucia en el cuarto de lavado. Allí, donde a Ray nunca se le ocurría revisar y Alois había aparentado evitar debido a la oscuridad y humedad de la habitación. El juego podía extenderse horas pero él no salía aun cuando "papá" se lo pidiera, casi rogándole. Lo oía subir y bajar las escaleras, azotar las puertas de la alacena y en más de una ocasión, prometer regalarle el juguete de moda. Y aunque en varias ocasiones las propuestas fueron tentadoras, las punzadas en su estómago pudieron más, haciéndolo agazaparse contra el fondo del enorme cesto. Luego de que las negociaciones fracasaban, Ray se encerraba en su cuarto por largo rato y cuando salía, lucía calmado y ligeramente cansado.

Fue entonces cuando mamá y papá Ray comenzaron a tener disputas. Mamá se quejaba del computador. Ray pasaba horas encerrado frente a la pantalla. Todos los archivos y carpetas estaban encriptados y mamá se quejaba de ello. Las cosas se pusieron más tensas cuando Ray decidió comprar una laptop y dejar la de escritorio. Todo lo que antes había en ella pasó a la portátil. Alois no entendía lo que ocurría, pero la sensación inquietante se acrecentaba en su interior día tras día. Aquel aparato que tan recelosamente cuidaba papá Ray le producía escalofríos. Como si aquello fuese un monstro que de un momento a otro iría por él. Sonaba estúpido, pero Alois así lo pensaba. Esa cosa hacía que Ray fuese más… persistente, sus ojos le seguían incansables y a Alois la piel se le erizaba cuando la sugerencia de jugar se resbalaba de la boca del hombre. Ya no era como estar en presencia del enorme perro de al lado, sino más bien, del coco. La seguridad de estar en frente de un monstro era completamente palpable. La expresión hambrienta en su rostro le provocaba el impulso de echarse a correr y esconderse bajo alguna roca, sintiendo que escupiría el corazón de un momento a otro.

De modo que así transcurrió el resto del mes, entre inquietudes y aquel juego que le permitía escapar de la atenta vista de "papá".

Y el último día, cuando culminó marzo, mamá y "papá" Ray tuvieron una disputa muy fuerte. Realmente espantosa. Mamá lloraba y gritaba histérica mientras le arrojaba cosas. Gritaba y señalaba el portátil de papá y decía cosas que no lograba entender, excepto "enfermo", lo cual le resultaba difícil de comprender puesto que Ray no padecía gripe o algo así. Platos rotos, libros volando cual proyectiles, arañazos y más gritos. Fue una locura. Alois se escondía aferrado a su felpudo compañero. Ray decía cosas también, cosas como "no lo entiendes", "no me amas" o "es culpa tuya", "todo es culpa tuya". Y luego la puerta principal se cerró tan fuerte que los cristales en ella se astillaron. Él se fue. Mamá sollozaba frente al teléfono. Pasaron dos días y al término del segundo, poco antes de la media noche hubo una llamada que arrancó lamentos y súplicas. Media hora después Ray volvió y su madre le imploró que no la dejara, que no soportaría estar sin él y que mientras estuviera a su lado, ella podría tolerar cualquier cosa.

Dos días después, mamá fue de compras. Las compras más largas que jamás había hecho y el juego de las escondidas terminó mucho antes de que ella regresara.

Oh, por favor, oh por favor…

La puerta se abrió. Alois sintió que la temperatura descendía a menos cero y el corazón casi se le detuvo cuando oyó a "papá" poner el pestillo.

Por favor…mamá ven pronto…

Nadie le ayudó.

.

.

.

La última vez que lloró fue cuando su "papá" lo encerró en el cuarto de lavado por quinta vez. Esa ocasión mamá estaba en casa, así que gritó hasta desgarrarse la garganta, gritó otra vez y muchas veces más. Era como si lo apuñalaran. Un dolor agudo que subía hasta su cabeza y se vertía como agujas clavándose en su carne.

La ropa sucia sobre el suelo, el ruido de la lavadora, el jadeo ronco de aquel hombre, la saliva sobre su cuello…

—Cállate ya, cállate.

Una y otra vez la misma frase.

Poco a poco las lágrimas dejaron de resbalar por su rostro, quedándose secas sobre la piel. Así mismo la voz se le fue apagando y el mundo entero se tornó monocromo. Se quedó afónico y papá le prometió romperle la boca si volvía a armar tanto escándalo. Después se vino en su cara. Le oyó decir que se lavara el rostro para luego abandonar el pequeño cuarto. Alois tomó una prenda del cesto y se restregó la cara, quitándose el esperma. Le dolía el cuerpo, le dolía mucho pero por encima de eso, estaba cansado. Probablemente, de llorar, de gritar, de pedir ayuda…

Quiso llorar pero no hubo una reacción, sólo un nudo en la garganta y el temblor involuntario.

Se incorporó torpemente. Giró la perilla y la luz de afuera lo cegó un instante. Después se apresuró al baño.

Mientras el agua tibia le acariciaba el cuerpo, se permitió pensar en papá. En el verdadero, el que olía a tabaco y del que estaba seguro, lo amó. Luego en mamá. Y se preguntó, ¿por qué mamá nunca acudió en su rescate? ¿Por qué? Se talló la mejilla con la esponja hasta que la piel comenzó a arderle. Podía sentir la suciedad allí y en el resto de su cuerpo, pero simplemente no podía lavarla y expulsarla. Estaba adherida. Y en tanto enjabonaba, cubriéndose de blanca espuma, volvió a pensar en los motivos de su madre al negarle el socorro. Y entonces pensó… pensó que tal vez porque el ruido de la lavadora amortiguaba el llanto y los gritos o porque era de vital importancia quedarse doblando sábanas y toallas en la habitación principal. O tal vez, porque a su madre le gustaba que todo estuviese limpio y a él lo habían arrastrado a la porquería, dejándolo sucio y percudido.

Miró en dirección a la puerta y pronto el sonido de los nudillos golpeando la madera se filtró en sus oídos.

"… Alois, te he comprado un regalo, ¿quieres salir y verlo? Sé que te encantará… sal…"

Las ganas por vomitar lo invadieron casi de inmediato y se sumergió en la bañera hasta que la voz de Ray se perdió.

Alois tenía ocho años cuando descubrió que la indiferencia dolía más que aquella espantosa hora encerrado en el cuarto de baño. La mirada de mamá dejaba heridas que parecían no cicatrizar. Su afecto era algo que poco a poco, Alois, comenzó a olvidar. ¿Cómo se sentía una caricia o un gesto amable de parte de mamá? ¿Cómo es que se escuchaba su nombre al ser pronunciado por ella? Ser un desconocido fue algo con lo que tuvo que lidiar por lo que le pareció toda una eternidad. Lo único que parecía recordarle que existía y que tenía un nombre, era el colegio. Allí todos parecían saber quién era pero la noción de saberse real se desvanecía al cruzar el umbral de la puerta, cogido de la mano por Ray.

Mamá pasaba mucho tiempo fuera y cuando estaba en casa se limitaba a cocinar, encendiendo el televisor a todo volumen. A veces ella se quedaba durmiendo en el sillón, con el aparato en silencio mientras hacía sombras en la sala. Papá Ray no le daba importancia, incluso cuando esos episodios tenían lugar, él se veía más feliz a la mañana siguiente y Alois apretaba con fuerza el borde de su pijama hasta que la mano se le entumía. Odiaba esas mañanas, le producían repulsión. Ni siquiera el cereal acanelado endulzaba su gusto. La sonrisa malintencionada del hombre le propiciaba calambres en el estómago, produciéndole desagradables espasmos y ni tardo ni perezoso, deslizaba la mano por debajo de la mesa acariciándole. Mamá, de espaldas frente a la estufa, tarareaba y él sentía que un agujero negro se lo tragaba. Incluso estando tan cerca… tan cerca y mamá no se giraba. Los intentos por llamarle se habían desvanecido al igual que la mirada dulce de su madre.

Los fines de semana eran los más grises de todos. El clima en Londres rara vez era bueno, sin lluvia ni nubes en el cielo. Alois miraba programas infantiles, deseando que los superhéroes de la televisión no se quedaran dentro de la pantalla, ajenos a su dolor. Anhelando que el protagonista de rojo, con sus poderes especiales, le concediera alivio y le devolviese a su madre.

Mamá comenzó a practicar jardinería. Pasaba horas dedicándose a cultivar rosas, prímulas y acónitos. "Papá" fumaba, mitigando el aroma dulce de los chocolates que solía ofrecerle antes de la cena. No comían juntos. Mamá prefería cenar casi nada antes de volverse al jardín, echar una mirada concienzuda a sus flores en crecimiento y luego meterse a la cama, procurando tomar unas cuantas píldoras para dormir. Entonces la brecha entre Ray y él, se estrechaba con premura, arrebatándole el aire de sus pequeños pulmones, obligándole a levantar la vista de su plato aun con restos de comida y dirigirla a la del hombre frente a él. Era un azar. Si lo miraba, si sus ojos hacían contacto y la sonrisa estaba impresa en aquel rostro, sin duda acabaría contra la ropa sucia, mordiéndose el dorso de la mano hasta perderse en ese dolor. Pero, si "papá" decía algo antes de sonreírle, entonces esa noche no vería el pestillo ser puesto en aquel húmedo cuarto. Entonces dormiría en "paz" hasta la noche siguiente, aguardando por ese 50-50.

Una tarde, cuando se encontraba tratando de alcanzar un tazón, se le resbaló un vaso. El impacto lo hizo añicos y su madre apareció poco después.

"Lo siento…"

Ella no dijo nada, tomó una escoba y el recogedor para limpiar aquel desastre. Alois se disculpó una vez más y ella lo abofeteó con fuerza.

"Todo es por tu culpa… sino existieras yo sería tan feliz"

Después de eso nunca más volvió a dirigirle la palabra.

Y esa noche Alois admiró el papel tapiz de su habitación. "Papá" no le sonrió.

Casi había transcurrido un año. El tiempo se le antojaba dolorosamente lento. Quizás mamá no lo sentía así o tal vez lo hacía y por esa razón ingería más pastillas para dormir como la bella durmiente. Él quería algo similar. Si pudiera dormir hasta que todo terminara…

Una mañana, antes de cumplir los nueve años, notó en el aire un aroma peculiar y una nana familiar. Mamá estaba cantando… dulcemente… amorosamente…

"¿Te has despertado ya? Tranquilo, cariño, mamá ya casi tiene el desayuno listo"

Estaba sorprendido. Mamá le hablaba con dulzura pero aún se hallaba de espaldas a él, frente a la estufa, revolviendo animosamente algo similar a una sopa. Alois se sintió en una especie de sueño. Recordaba haber abierto los ojos y dirigirse a la cocina, guiado por la melodía y aquel olor extraño, sin embargo, la escena frente a sus ojos parecía producto de un sueño. Su madre le hablaba con cariño. Él existía de nuevo y su voz le llenaba de un confort que creyó no volver a sentir.

"Sí, sí… ya casi está listo… ¿sabes mi amor? Perdón por haberme portado tan mal contigo"

Se giró con la cacerola en manos y luego la dejó caer al suelo. Alois se asustó y ella tomó asiento a su lado, ignorando las salpicaduras en sus pies descalzos que le quemaban la piel, haciéndole dolorosas ampollas.

"He sido una mala madre y una mala esposa… mala, mala…"

"Mamá…"

"Ray ya se fue… él ya se fue…"

"¿Ma-?"

"Shhh… ahora ya no tengo que preocuparme."

Y cerró su mano alrededor del delgado brazo de Alois. Él se removió ante el dolor del agarre.

"Mamá me duele… mamá-"

"He sido una mala madre. No te eduqué bien. Zorra sucia… sólo querías quitármelo…"

"Mamá, para, para por favor…"

"Mi hijo, mi pequeño Alois… ¿por qué haces sufrir a mamá?"

Y se echó a llorar, histérica, clavándole las uñas mientras Alois contemplaba como la cordura se le esfumaba a su madre.

Raymond Parsons yacía muerto en el suelo de la sala de estar. Más tarde, el forense dictaminaría que la causa de la muerte había sido una dosis letal de veneno para hormigas, mismo que se utiliza en la jardinería. Estefany Parsons, terminó recluida en un centro psiquiátrico.

Alois quedó bajo la tutela del único familiar del que disponía: el viejo Leonard Trancy.

Ninguno de los dos se presentó en el funeral de Ray. Estefany, entregada a un mundo ya ajeno, jamás dijo palabra alguna sobre los motivos que la orillaron a cometer el crimen, ahora ella estaba completamente sumida en su mutismo, incapaz de despertar a la amarga realidad que de apoco le había arrebatado la cordura, llenándola de odio contra su único hijo, inocente de todas las acusaciones que su desequilibrada cabeza le atribuía. Alois tampoco dijo nada y la policía no insistió, atribuyendo el caso a una posible infidelidad; conjetura a la que llegaron recogiendo las últimas palabras de la señora Parsons: todo es tu culpa, zorra sucia. A saber quién podría ser la mujer que ella culpaba. Pero Alois lo sabía. Él conocía bien los motivos y las respuestas de los oficiales. Finalmente, el responsable de aquel lienzo sucio y repulsivo era él. Aun cuando (sin saber) el mundo entero le gritara diciéndole que nada era culpa suya y que todo se resolvería, en el fondo, Alois concordaba con su madre. Era su culpa… de algún modo torcido, lo era.

¿Y si yo…?

Si hubiese hablado con alguien del colegio sobre lo que Ray le hacía, ¿algo habría cambiado? Alois se acurrucó en la cama del cuarto de invitados, que ahora era su habitación y que el tío Trancy le había preparado. Se quedó en aquella idea y luego apretó contra su pecho un gato de felpa. ¿Si hubiese hablado con alguien al respecto…? Pero no lo hizo. ¿Miedo? ¿Vergüenza? Cerró los ojos y rememoró los acontecimientos: Ray estaba muerto. Mamá se había vuelto loca. Nunca le deseó la muerte a Ray, sino algo distinto e igual de doloroso que lo que le hacía. Simplemente, él lo había tenido muy fácil. Mamá por otro lado… con ella no sabía que pensar.

En medio de la oscuridad, Alois se aferró de su pequeño peluche a quien había llamado "Señor Miau-Miau". Él era el único que sabía la verdad, él único con un conocimiento preciso de todas aquellas tardes y noches en las que Alois deseó escapar lejos. Sólo El Señor Miau-Miau sabía y compartía su dolor. Nadie más. El resto del mundo era indiferente y cruel. Esa noche, cuatro meses después de aquella mañana en la que creyó mamá le amaba otra vez, Alois besó la cabeza de El Señor Miau-Miau, profirió una última queja, una plegaria, un lamento y se despidió del chiquillo que alguna vez le gustó trepar árboles, comer dulces y jugar. Sólo le traía amargos recuerdos. Dolor y tristeza. Por eso se despidió de ese Alois, del que ya no quedaba casi nada y se teñía de un desagradable color marrón. Ese pequeño, de él ya no quedaría nada… ni de El Señor Miau-Miau, quien se iría también, se llevaría todos los secretos que prometió guardar, directo al vertedero.

Sí. Era el adiós. Lo sepultaría en el fondo, de manera que si alguna vez quisiera echar un vistazo al pútrido pasado, no pudiera hacerlo.

Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, Alois notó algo extraño en él. Fue como si hubiese despertado de un largo letargo y nada antes de ese amanecer hubiese sido real. Estaba exhausto, igual que después de un largo viaje y por algún motivo se sentía ligeramente nostálgico, aunque en ese momento él no conociera la palabra ni el significado. Miró a su alrededor, percatándose del ruido del televisor que se colaba por su puerta. Bajó de la cama con lentitud, palpando con sus pies descalzos el par de pantuflas situadas al pie de ésta. Entonces, cuando sus ojos tropezaron con un pequeño reloj dorado sobre la mesita de noche, tuvo una extraña sensación. Fue como si el mirar las agujas moverse le recordaran que el tiempo seguía corriendo y él estuviese esperando en una vieja entrada rodeada de enredaderas desde hacía mucho, demasiado tiempo y aquello lo embargó de un sentimiento que a sus nueve años, le arrojó un sabor amargo. Apartó la vista confundido y se dirigió al baño para cepillarse los dientes con la esperanza de que el dentífrico borrara el mal sabor. Tan pronto entró, abrió el grifo del lavabo y se lavó el rostro. La frescura del agua apartó un poco aquel cansancio que parecía trascender de un tiempo lejano. Pero la nostalgia continuaba allí y la sensación de haber estado soñando por largo rato crecía más y más. Alois alzó sus azules orbes y en el espejo del baño, por un instante breve, apenas un visaje, tuvo una alucinación muy extraña.

Tendría cuatro años más o quizás cinco. Pero aquel muchacho que lo miraba con maliciosa actitud, aquel reflejo era él. Un parpadeo después, se había ido.

Para cuando cumplió los doce, al viejo Trancy ya se le dificultaba tratar con él. No eran las notas, iba bien en el colegio. Era la actitud, la expresión engreída en su rostro. Pero sobre todo, era esa mirada turbia y la sonrisa que acompañaba aquel despreciable tono de superioridad. Alois era, tristemente, igual que su difunto hermano menor. Y eso sólo podía significar dos cosas: Que habría tarde o temprano una chiquilla embarazada o… El viejo Trancy se rehusó a terminar aquel pensamiento. No, no, él podría arreglarlo, anhelaba poder hacerlo. Con mano dura tal vez lograría componer a su sobrino. La posibilidad era pequeña pero la había. Miró con gesto cansado al pre adolescente uniformado que tendido sobre el sofá miraba aburrido las noticias. Trancy vio en él a su pequeño hermano y luego le pareció ver a alguien más; un completo desconocido. Sacudió la cabeza y al verlo de nuevo, allí estaba Alois, haciendo muecas con la programación. Y una vez más pensó en aquella predicción que momentos antes su cabeza había formulado.

"… o una puta barata"

El viejo reprimió un suspiro. Se levantó de la silla y caminó hasta la puerta, no sin antes anunciar que regresaría tarde. Luego pensó en Alois otra vez. Cierto era que el chico había atravesado una verdadera mierda años atrás y que el psicólogo con el que solía ir una vez por mes (y que el gobierno pagaba), le había diagnosticado amnesia debido al trauma. Su sobrino no recordaba más que algunos fragmentos de su niñez, fuera de eso, su memoria estaba llena de enormes lagunas. El viejo tomó su abrigo y se dispuso a ir al pub de siempre para embriagarse hasta que el cantinero llamara al muchacho para que lo recogiese. No era algo por lo que estar orgulloso, pero Trancy lo veía como una forma de desahogarse de la jodida vida y cobrarle una renta imaginaria al rubio.

A penas un año después, Alois conoció el placer del tacto femenino. Era la hermana mayor de un compañero de clases. Tenía el cabello castaño, le caía en delicadas ondas hasta los hombros y un par de pechos de talla C. Aquel día, mientras caminaba de regreso a casa, ella apareció. Cruzaron un par de palabras, luego la lluvia cayó como un torrencial y tras refugiarse bajo la cornisa de un negocio una chispa saltó entre ambos. Desde ese día comenzó a frecuentar la casa de aquel amigo. Cualquier excusa era buena. Miradas ocultas, sonrisas imperceptibles. Hasta que finalmente sucedió. La química era buena entre ambos. Ella le hacía sentir bien y él aprendía rápido. Fue bastante obvio al cabo de unas cuantas sesiones que él poseía una habilidad innata de saber en dónde tocar y de qué manera hacerlo. En seis meses, ella le había enseñado más que suficiente, motivo por el cual las cosas terminaron por enfriarse. Alois perdió el interés pero ella parecía estar reacia a terminar aquella relación. No obstante, cambió de opinión cuando el rubio le mostró su verdadera personalidad. Después de eso jamás volvió a verla y por aquellos días conoció a un hombre de aspecto ligeramente desaliñado que ayudaba en el pub donde su tío se ahogaba en alcohol. Jamás habría considerado dirigirle la palabra de no haber sido por una noche en la que el viejo bebió más de lo que podía y aquel sujeto, Larry, le ayudó a arrastrarlo calle arriba hasta el interior de la casa. Que el viejo Trancy vomitara encima de él provocó una contagiosa risa en Alois y esa noche-madrugada él y Larry conversaron por poco más de dos horas.

El resto del año, optó por hacerse de un nada habitual hobby para alguien de su edad -el cual Larry no aprobaba en absoluto pero tampoco ponía mucho empeño en impedírselo-. Desarrolló cierto fetiche por las mujeres mayores, ya fuera por experimentar más placeres o regodearse con su habilidad para hacerlas gritar en éxtasis y dicho sea de paso, hacerse de algo de dinero. Pero había algo en ellas que lo obligaba a cazarlas, especialmente a las de cabello largo y grandes pechos, todo un cliché. Cada vez que conseguía acercarse a una, tenía la impresión de buscar algo en ella. En el fondo, luego de que la adrenalina se disipaba tras los encuentros-generadores-de-ingresos-adicionales, Alois miraba el reloj de su móvil y la frustración acudía a él presurosa, recordándole aquel extraño sueño en donde aún continuaba de pie, esperando en aquel portón cubierto de maleza y el vacío en su estómago crecía como un abismo.

Hasta que ese día llegó, cuando Susan, la hija de una clienta suya intentó desfigurarle la cara achacándole el futuro divorcio de sus padres y él se había hecho el niño inocente para ser socorrido por algún valiente ciudadano. Entonces aquel sentimiento que se disparaba luego de cada sesión llegó a su fin. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando el puño de aquella mujer se estrelló contra el rostro de Susan, dejándola tendida en el suelo de aquel callejón.

No fue capaz de recordarlo, pero esa noche después del incidente en el auto, soñó con un enorme jardín y allí, en el medio, sentado en una banca de mármol entre los rosales se hallaba él mirando un reloj de oro macizo. Formó una sonrisa y volteó hacia un lado, guardando en el bolsillo de la gabardina purpura el pequeño artefacto.

"Llegas tarde…"

Los labios coloreados de morado, se curvaron hacia arriba y la larga trenza se sacudió suavemente con la brisa. Alois se incorporó y la sirvienta de piel canela, se arrodilló frente a él.

"Lo lamento"

No quedó duda en él de la veracidad de esas palabras y en su interior, el regocijo y la felicidad bulleron con ferocidad.

Poco a poco, los rosales se disolvieron.

"Lo sé"

Cuando el despertador lo arrancó de los brazos de Morfeo, Alois Trancy no guardaba memoria alguna del largometraje desarrollado en su mente. Sólo un leve aroma dulzón impregnado en su subconsciente le indicó haber soñado y Alois, tras varios minutos intentando sin éxito rememorar el sueño, pensó en Hannah, cuya figura se dibujó entre lascivos gemidos y entrecortadas respiraciones. La ávida necesidad por castigarla después de aquella grave ofensa al rechazarlo se avivó en su interior. Salió de la cama y al mirar la hora en su celular, sin notarlo sonrió, sintiéndose inexplicablemente aliviado mientras la imagen de Hannah danzaba enredándose entre listones y cadenas.

Se estiró, desperezándose antes de meterse a la ducha. Fuese lo que fuese que había soñado, con certeza, no podría haber sido mejor.

(Poco antes de ahora…)

Había una escalera. Una larga escalera de manera. Hannah estaba al pie de ella y su mano derecha sostenía firmemente un candelabro. De nuevo, se encontraba dividida en dos personajes: ella misma y aquella mujer idéntica vestida de sirvienta. Miró el candelabro de tres velas y volvió su vista a la mujer cuyo rostro era cubierto parcialmente por un vendaje que ocultaba el ojo izquierdo. El semblante de su réplica se miraba sereno, pero Hannah intuía que aquel rictus imperturbable no era más que una farsa. Algo en ella le decía que esa mucama, estaba molesta. Luego lo sintió; ira contenida se apoderó de ella. Fue como un golpe que atinó en su pecho, colmándola de una cólera implacable, quería gritar y destrozar. Retrocedió un par de pasos, luchando con aquellos impulsos mientras sus ojos observaban la inmóvil figura de la mujer. Pasaron alrededor de unos minutos antes de que la rabia se esfumara de su cuerpo y cuando eso sucedió, Hannah ya se hallaba en el suelo, jadeando agotada. De nuevo, su vista enfocó a su doble, ella continuaba allí, luciendo tranquila e indiferente. Hannah se incorporó y retrocedió tres pasos antes de darle la espalda. Saldría de ese lugar, estaba segura se trataba de un sueño, pero fuera como fuera, no planeaba quedarse. Buscaría la salida y se forzaría a soñar otra cosa, tal vez una playa paradisiaca en Hawai junto a Ewan Mcgregor o una cita en un lujoso restaurante con Robert Downey Jr. Sí, eso le agradaba. En la penumbra, vislumbró el final de la sala y la enorme puerta principal esculpida en fina madera. Sonrió aliviada y se dispuso a largarse de allí. No obstante, sus piernas se paralizaron cuando oyó murmullos provenir de un pasillo a su izquierda. Un par de segundos más tarde, fue capaz de oír claramente pisadas. No supo bien por qué, pero volvió hacia atrás, a lado de aquella Hannah con cabello trenzado. Pronto notó la luz que irradiaban las tres velas y se sintió tentaba a apagarlas. Pero de nuevo se repitió que todo aquello se trataba de un simple sueño y no había la necesidad de temer. Así pues, aun con sus dudas, optó por dejar la tenue luz del candelabro.

—¿Han terminado ya?

Hannah se sobresaltó al escuchar su voz salir de la boca de su doble. Aunque a diferencia de la suya, el tono empleado era absolutamente frío. Forzó la vista en busca del individuo al que se dirigía y vio con sorpresa tres rostros idénticos emerger de la oscuridad. De no ser por la forma en que sus cabellos estaban peinados, Hannah no habría podido distinguirlos pero aun así, le sorprendió que lo notara. Centró su atención en su réplica, a quien de momento decidió nombrar con su apellido, y sus ojos captaron otro curioso detalle: Anafeloz llevaba entre sus manos una pequeña ramita cubierta de flores. Eran pequeñas flores azules en forma de campana.

—Siendo así, no queda más por hacer.

Los trillizos asintieron y de inmediato comenzaron a murmurarse al oído. Hannah no supo que pensar y cuando sus ojos volvieron a posarse en la sirvienta, ésta ya subía por las escaleras. Se apresuró tras ella dándole alcance al cabo de unos cuantos pasos. Se sintió torpe al echar un vistazo escaleras abajo, temiendo que aquel trío la siguiera. Al momento de llegar al primer descanso se percató de que Anafeloz se había quedado quieta. Ella la imitó y permanecieron inmóviles largo rato. Sintió impacientarse pero el sentimiento la abandonó rápidamente al advertir la expresión en el rostro de su doble. Tenía un semblante afligido y claramente sintió bullir en su interior algo similar al miedo. Justo como antes, Hannah experimentó las emociones de aquella mujer por un breve instante. Le resultaba incomprensible el motivo que movía a esa Anafeloz a pasar de la cólera a la aflicción con tanta rapidez.

—¿Qué hay arriba? —preguntó suavemente. No obtuvo respuesta y no le sorprendió. Era un sueño, no esperaba que aquella proyección le contestara, pero aun así deseó estar equivocada. Era la segunda ocasión que soñaba con ese doble que vestía de sirvienta. Le resultaba extraño y lejos de figurarse a un sueño, parecía y se sentía real. Dirigió la vista al tramo siguiente, la escalera se extendía más arriba, perdiéndose en la oscuridad. Cuando Anafeloz se puso en movimiento, Hannah la siguió sintiéndose ansiosa. Avanzaron hasta la segunda planta y una vez allí Anafeloz se tomó otro descanso. Hannah intentó continuar pero sus pies parecieron adherirse al suelo. No era capaz de avanzar, al menos no si la proyección no lo hacía. Sin embargo era libre de retroceder. Hannah pensó que al tratarse de un sueño y al ser consciente de que aquello era parte de su subconsciente, debería tener la habilidad de seguir adelante si se lo proponía. Pero no sucedió. Miró con fastidio a su versión mucama y le cuestionó un par de veces. Nada sucedió, ni un pestañeo.

Hannah hizo un puchero. Vaya fastidio. Tch. De todos modos, ¿qué demonios había allí? Sólo un enorme pasillo a oscuras y una larga hilera de puertas. Aquella escena parecía salida de un cuento de horror. Volvió la vista a su doble. Entonces se le ocurrió. Sí había una forma de saber, o al menos, intuir que ocurría o habría allí. La alcanzó con su mano y tan pronto sus dedos rozaron la superficie de la tela experimentó una oleada de calor. Sintió la sangre aglomerarse en sus pómulos y una sensación dulce y sobrecogedora la abordó. Creyó sentir que un hilillo de baba se le escapaba y tan pronto como le fue posible retiró la mano. Se limpió la barbilla con la manga, forzándose a abandonar aquellas agradables sensaciones. Momentos más tarde volvió a depositar su entera atención a Anafeloz. Ahora se hallaba más desconcertada que al principio.

Habría pasado un cuarto de hora para cuando la versión sirvienta se dispuso a adentrarse en el pasillo. Hannah la siguió sin dejar más distancia entre ambas que el largo de un brazo. Cuando la igualó, se encontraban frente a una puerta. De nuevo la vio vacilar. Resopló con cierto fastidio, ¿otros 15 minutos admirando la madera labrada? Las ganas por saber qué cruzaba por la cabeza de su doble había dejado de existir. No volvería a aventurarse a hacerlo. No la tocaría otra vez. Entonces Anafeloz tomó la perilla entre sus dedos y con desesperante lentitud la hizo girar. Hannah haría esperado un chirrido de ultratumba cuando la puerta se abriera, no lo hubo. Entraron y no le costó reconocer que en aquella habitación se encontraba alguien durmiendo plácidamente. La cama era enorme y hermosa. Sintió celos. Era la habitación más exquisita que había visto, incluso en la penumbra podía apreciarse el lujo. Boquiabierta intentó acercarse a la cama, chocando contra una especie de barrera invisible. Hannah reviró los ojos. Oh, perfecto, Anafeloz estaba indecisa otra vez.

—¿Es enserio? —se quejó frotándose la frente con la mano libre—, ¿todo el camino hasta aquí y ahora tú…?

Bufó. Comenzaba a cansarse de hablarle al viento. La curiosidad le picaba como urticaria. ¿Quién sería la persona entre las sábanas? Tras pensarlo un poco llegó a una obvia conclusión. Si ella era una sirvienta, y a juzgar por el decorado de aquella alcoba, le propietario no podía ser otra persona que el señor de la mansión. Pero aún quedaba flotando en el aire la duda. ¿Quién era el dueño de esa mansión? Más importante aún, ¿a ella que le importaba? ¡Era un maldito sueño!

Al diablo con eso. Ya tenía suficiente de misterio. Se largaría a ese restaurante o playa con una celebridad lo que le restara por dormir. Dio media vuelta y cuando estaba por cruzar el umbral, sus oídos zumbaron.

—... Esperaré por usted, el tiempo que sea necesario.

Volteó como posesa y su mirada se topó con la imagen de la sirvienta a horcajadas del cuerpo envuelto en sábanas. Se apresuró a la cama pero antes de ver el rostro del segundo, un aroma dulzón le invadió la nariz.

Luego calor. Mucho calor.

(Finalmente: Ahora…)

Demasiado calor. Había demasiado calor. Hannah gimoteó enterrando la cabeza bajo la almohada en busca de frescura. Deslizó uno de sus brazos intentando deshacerse del cobertor. Casi de inmediato sus dedos tropezaron con algo cálido y suave. Fue allí cuando la cinta rebobinó en su cabeza y el mundo entero tembló. Lentamente fue incorporándose, admirando en estado de shock la delicada figura que se hallaba a su lado. El estudiante dormía plácidamente apenas cubierto. Un arañazo en el costado izquierdo del rubio la hizo enrojecer hasta las orejas y casi de inmediato lo cubrió con la frazada. De un momento a otro se pondría histérica o, lo más probable, se encerraría en el baño calificándose de inmoral y reprochándose hasta el cansancio el despreciable pedazo de ser humano que era. Apretó la cobija contra su pecho. Los recuerdos de aquel suceso en el auto se le antojaron muy lejanos. Las vívida escenas de apenas unas pocas horas atrás acudían a su mente sin poder detenerlas. Los gemidos, las caricias, la sensación deliciosa de aquel tacto. El estómago se le acalambró. Anafeloz notó como el aire le parecía insuficiente y la presencia del menor se apoderaba de cada centímetro de la habitación. Se llevó las manos a la cabeza; estaba a punto de colapsar.

Afuera, la noche caía sobre la ciudad. Hannah se obligó a tranquilizarse. Nada iba a cambiar con un ataque de histeria. Ella, una mujer adulta, tenía que hacer frente a los problemas. Se cubrió el rostro. Esa situación la había provocado sólo ella. Se había involucrado con un estudiante de secundaria y ahora, el jovencito se hallaba descansado a su lado, exhausto de haberle prestado sus servicios. Esos eran los hechos y ella tenía que manejarlos con cabeza fría. Tras un rato logró moverse de nuevo. Se deslizó fuera de la cama con sigilo, echando un vistazo por si acaso Alois despertara. Esperó un momento antes de alejarse y tan pronto lo hizo, el cuerpo entero le tembló. Se mordió con fuerza el labio, sintiendo el rubor crecer en su rostro. Algo escurría por su entrepierna lentamente, dejando un tacto viscoso. Ella apretó las piernas casi de inmediato. El recuerdo de la sensación caliente y culminante le aporreó la cabeza cual migraña. Tomó una toalla del estante en donde guardaba las sabanas y entró a la ducha. Abrió la regadera y debajo del chorro de agua, Hannah se echó a llorar.

Era lo más bajo que un ser humano podía llegar a ser. Sexo con un niño.

Lo peor no era el sentirse culpable por haber sucumbido a semejante metedura de pata. Lo peor radicaba en que su cuerpo aun ardía bajo el recuerdo de las caricias.

Continuará…

.-.-.-.-.-.-.-

Notas de la autora: sé que les hice esperar mucho, pero dado que el último capítulo es largo, hice este capítulo para explicar por qué Alois hace lo que hace. Más o menos. Con esto, me ahorraré de explicaciones en el futuro último capítulo; el cual lleva apenas cinco páginas y al parecer, con algunos pasajes que he escrito habrá algo de humor. Pero les traigo algo al menos. BTW, estoy en semana de exámenes.

Ojalá que lo disfruten.