Disclaimer: la serie de Kuroshitsuji es propiedad de Yana Toboso, esto es de fans para fans sin fines de lucro.
Primera entrega del final de Luces de Neón.
Sin la interrupción de terceros
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«Así que hazme sentir otra vez
Sentir tu aliento otra vez
No importan los demás
Sólo somos tú y yo »
Aquella era una canción que le encantaba. Por la noches se colocaba los audífonos y la escuchaba entre su cama hasta quedar completamente dormido. Había algo en ella que le transmitía una sensación confortable. Aun cuando no le gustaba el romance y las cursilerías, a veces se permitía pensar en ello. ¿Cómo sería sentir el amor? No recordaba alguna vez haberlo sentido, al menos no con claridad. Pensar en ello le hacía recordar a su madre. Luego todo era confuso y la película en su cabeza se oscurecía. Había dejado de asistir con la psicóloga, esa mujer gorda que intentaba ser simpática con él lo único que lograba era revolverle el estómago. ¿No era mejor así? Bloquear los recuerdos dolorosos, ¿no es eso bueno? ¿Olvidar el pasado y continuar?
«… Y haré todo lo que necesite hacer
Para dejar a todos los demás atrás
Sólo para poder estar contigo »
La noche antes de encontrarse a Anafeloz, mientras se perdía en la melancólica letra, Alois rió en voz baja al recordar el mensaje de texto que una de sus mejores clientas le había enviado. Vaya mujer tan estúpida, arruinar su matrimonio de ese modo sólo por él. Subió el volumen. Mañana por la tarde en aquel lugar se encontraría con ella y le diría lo estúpida que era, no valía la pena hacerse el chico encantador que sus clientas creían, al menos no con una mujer futura a divorciarse, las de esa clase solían estar cortas de dinero y eso no le beneficiaba en nada.
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(Ahora)
Caminaba. En medio de la oscuridad era todo lo que podía discernir. Ni siquiera era capaz de verse las manos, sin embargo, pudiera ver o no hubo algo bastante peculiar que notó casi de inmediato.
Tap, tap, tap
Caminaba calzando un par de botas. Le llegaban a mitad de pantorrilla o un poco más arriba, podía sentir el borde rozándole encima de la tela. Entonces vio un lejano punto de luz. Avanzó hacia ella y al cabo de unos minutos se dio cuenta de que se hallaba en una especie de túnel. El resplandor se volvió poco más grande y la oscuridad pasó a ser parcial. Se vio las manos y sin dejar de moverse, echó un vistazo al vestuario. Parpadeó con fuerza creyendo ser víctima de un engaño visual. Simplemente debía haber un error. ¿Él usando todo aquello? Torció la boca sintiéndose avergonzado.
Tap, tap, tap
Botas con tacón.
Tap, tap, tap…
Botas con tacón y enormes moños…
Hmm…
El travestismo no era lo suyo. Al menos no lo creía. Soltó un bufido. Bueno, daba igual: Él caminaba en un sendero a media luz y al fondo podía vislumbrar un ya-no-tan-pequeño punto iluminado. Sintió una punzada en la cabeza cuando la luz de la salida se hizo más próxima. Se detuvo a lo que creyó era la mitad del camino. Extrañamente empezó a sentirse inquieto, no del tipo "¡Oh, por los clavos de cristo allá hay algo que me acecha!". No, más bien era parecido a la sensación de qué se olvida algo importante. ¿Pero qué? Se llevó el pulgar a la boca y se mordisqueó la uña. Echó un vistazo atrás, sólo vio oscuridad. Se miró la ropa una vez más y continuó mordisqueándose. Veamos, si hacía memoria de lo último tal vez comprendería que estaba sucediendo. Hacía unos momentos se encontraba prestando un servicio y ahora él…
Click, click
Un ruidito como el corte de una película. Sacudió la cabeza ligeramente y luego un sonido se filtró en ella, como una frecuencia que oyen los perros, aguda y molesta. ¿Qué mierda era todo aque-?
"Yo sólo quería… ser amado…"
Un eco.
¿De… su voz?
Retrocedió a penas un paso y luego se llenó de voces. Gritos, llantos, risas, frases incoherentes. Comenzó a buscar frenético con las pupilas dilatas el lugar de donde provenía aquel barullo, el temor le calaba los huesos, los tímpanos iban a estallarle. Tan pronto se dio cuenta que todo aquello se hallaba dentro de su cabeza, Alois se cubrió los oídos y apretó los ojos con fuerza. El corazón le palpitaba acelerado, el ruido aumentaba. Estaba aturdido y el miedo se volvió pánico. « ¡Basta, basta, basta, basta…!» Cuando estuvo por gritar, las memorias fluyeron como agua, la vista se le nubló. Fue como abrir una vieja caja llena de fotografías y recortes. Todo lo que creyó haber olvidado ahí estaba; Empolvado pero intacto. Apartó las manos de sus oídos y se tambaleó mareado, los recuerdos lo sobrepasaron. Cayó de rodillas al suelo, casi podía oler la fragancia de Claude que ahora le producía nauseas. Ese aroma a madera y pachulí. Como engranes volviendo a funcionar, su memoria proyectó momentos precisos y al azar: El rostro idéntico de los trillizos murmurando a sus espaldas, la mariposa con el ala rota, el fuego en el estudio, la sonrisa lujuriosa del viejo conde Trancy, Claude ignorándolo mientras se desangraba, Ciel retándolo y… « Hannah»…
El corazón se le oprimió. Dolía.
Jadeó varias veces asimilando aquel torrente de recuerdos. Le tomó bastante tiempo ordenarlo todo (cronológicamente), pero una vez lo hizo, se levantó con torpeza, intentando asirse de algo mientras estiraba las manos en la penumbra. Cayó de nuevo, aun sentía la cabeza darle vueltas y las manos le temblaban. Exhaló serenándose. Sus latidos se regularizaron. Lento, volvió a levantarse. Miró la luz y apretó los labios al tiempo que se frotaba los brazos. De pronto el camino se le antojó muy largo y el tacón del calzado demasiado alto. Exhaló suavemente, como temiendo que alguien lo escuchara. En aquel momento se sentía reducido a un manojo de emociones. Tristeza, remordimiento, nostalgia, angustia, decepción, todo se mezclaba irregularmente en su interior. Respiraba por la boca, en silencio, escuchando sus latidos casi reventarle los tímpanos. Una vez más, sintió aquel temor irracional a la oscuridad. Apretó los dientes y sacudiendo con suavidad la cabeza se obligó a avanzar. Sentía el cuerpo pesado y el ánimo por los suelos. Poco a poco los músculos se le relajaron y luego de lo que creyó una eternidad, Alois comenzó a experimentar una especie de anhelo casi eufórico. No lo entendía, pero aquel sentimiento era mil veces mejor que la sopa mal hecha que había sido momentos antes. Esbozó una sonrisa, amplia y tonta y entonces empezó a reír fuerte. ¿Qué demonios? Ya nada importaba, sólo se echó a reír, burlándose de sí mismo, de las memorias, del dolor. Las lágrimas le bajaron por las mejillas mientras su risa hacía eco en aquel túnel. Cuando las carcajadas perdieron intensidad, convirtiéndose en una risita floja se preguntó, sintiendo las ansias bullir en su interior, si ella estaría allá afuera. Y fue como una inyección de adrenalina el hacerse tal cuestionamiento. La sonrisa se le congeló. Sí, ella tenía que estar en ese lugar. Apresuró el paso y luego de un rato se echó a correr. Los tacones no parecían interferir con la carrera ni los pies dolerle, de modo que en un par de zancadas más alcanzó el final del camino. La luz lo cegó por un instante y el aire perfumado le golpeó la nariz. Tardó un poco en acostumbrarse a la luz y cuando sus ojos dejaron de ser rendijas, apreció el lugar en el que se hallaba. Los ojos le brillaron y con andar lento fue hasta una banca y tomó asiento. Luego escuchó el sonido, el borboteo del agua. Sabía bien que no lejos de allí una fuente se ocultaba entre los rosales. Aun así miró en dirección contraria: al sendero en penumbras y cruzó las piernas adivinando de dónde provenía aquella sinfonía de cristalinas gotas. Aquel sonido no era producto de la fuente. Lo que llegaba a sus oídos, era…
—Supongo que puedo esperar un rato.
Cerró los ojos y sintió como se desconectaba, comenzado a despertar. Se permitió sonreír.
Oyó el agua corriendo y de a poco abrió los ojos, sintiéndose terriblemente agotado. Era la primera vez que le sucedía. Nunca antes había experimentado tanta pesadez después del sexo. Generalmente hacía lo suyo y se largaba no sin antes hacer un cumplido que terminaba por derretir a sus clientas. Pero en esta ocasión las cosas habían tomado un rumbo distinto. Incluso en ese momento mantenerse despierto era toda una proeza. Los parpados le pesaban horrores y fuera de querer enrollarse en las sábanas, aspirando ese delicioso aroma que le colmaba la nariz, Alois no tenía ningún interés por salir de la cama a sabiendas de que habrían pasado alrededor… hmm… de varias horas. ¿Cuánto jodido tiempo habría dormido? El sonido de la regadera le hizo reformular la pregunta. ¿Cuánto habrían dormido? Ni siquiera se tomó la molestia –e indudable esfuerzo- por tomar su celular y mirar la hora. Aunque, si lo pensaba bien, no tenía idea de a dónde habría ido a parar ese trasto. Cerró los ojos de nueva cuenta. A la mierda lo de pensar, sólo quería dormir arrullado por esa sensación tan reconfortante que palpitaba por todo su cuerpo. Luego se reprocharía por haber cometido semejante estupidez, pero no ahora. No en tanto aquella calidez de dulce y nostálgico aroma lo envolviera. Sí, más tarde se preguntaría seriamente cómo es que pudo quedarse dormido justo después de terminar. Había sido como si luego de aquel encuentro, que se le antojó –muy a su pesar- más que esperado, completamente urgido e impaciente. Fue como si luego de caminar durante horas o más tiempo, mucho, hubiese llegado a su destino, esa alegría que embarga a uno después de una larga, tediosa caminata y llegar finalmente al sitio deseado. Así, a groso modo, lo había sentido. Como si hubiese llegado a casa, a un hogar que, a secas, no existía y ahora parecía formarse en el cuerpo de Hannah.
Sin embargo, aquel pensamiento se había formulado en la delgada línea que separa los sueños de la realidad y cuya franja ahora él estaba cruzando. El sonido de la regadera terminó por dormirlo.
Mientras su conciencia se perdía, la imagen de aquel jardín de rosas emergió de lo profundo de su mente. Le encantaba ese lugar, allí se estaba bien. Especialmente en la parte donde crecían sus siempre amadas blue bells. El cielo tenía un hermoso color azul limpio. El clima era cálido. A lo lejos le pareció escuchar el trinar de las aves. Respiró hondo y el aroma a hierro le inundó la nariz. Hizo una mueca y la sensación de humedad comenzó a extenderse de su frente hasta el cuello. Goteaba en carmín. Cerró las manos alrededor de la tela originalmente púrpura y clavó los ojos en el azul etéreo. Ni un rastro de nubes, sólo una inmensa pincelada celeste. Cuando bajó la vista ella estaba ahí, con su eterna vestimenta azul y blanco. A la luz del sol casi parecía producto de una fantasía, lucía tan pura e indefensa. Ella se incorporó con una sonrisa en los labios y luego se alejó, internándose entre los rosales. Alois le sonrió levantándose de la banca y con andar lento la siguió hasta el pie de la enorme fuente de agua cristalina. Hannah lo miró, no traía los vendajes y el cabello le rodeaba el cuerpo, libre de su característica trenza. Él escurría sangre del costado y la mitad de su rostro se sentía pegajoso, pero eso no importaba. Se limpió con el dorso de la mano las gruesas gotas rojas que le caían sobre la mejilla.
—¿Por qué tardaste tanto?
Ella sonrió con dulzura al tiempo que un hilillo de sangre resbalaba de su ojo izquierdo.
—Estaba haciendo algunos arreglos…
Hannah miró hacia a un lado y sonrió antes de deshacerse en sombras. Alois siguió aquellas ráfagas negras y vio cómo se envolvían y atravesaban a otra mujer idéntica. La llamó alarmado sin entender qué sucedía. Entonces ella se irguió y habló nuevamente, con una sonrisa en los labios.
—Sí, estaba haciendo unos arreglos—sus ojos se volvieron rojizos—. Todo está bien ahora.
Alois la miró desconcertado pero Hannah se acercó a él con andar lento, ajena a lo ocurrido momentos antes. Él la miró dubitativo. Sintió deseos por preguntar qué había ocurrido pero algo en los ojos de Anafeloz le dijo que era innecesario. Y por primera vez no objetó en su contra.
—Arreglos, ¿eh? —reflexionó un poco al respecto sin apartar la vista de la criada.
Arreglos…
¿Qué eran arreglos?
Arreglos eran… ¿encontrarse en el plano mortal?
Esa promesa al hallarse en aquella pradera, cuando sus sentimientos evolucionaron justo al verla de pie junto a Luka y se permitió aceptar lo mucho que odiaba las mentiras, lo repulsivo que encontraba los engaños y a él mismo. Cuando a secas, el abrazo de Luka le supo a amarga tristeza y la mirada de Hannah se le antojó sólo para él. Que Claude estuviese allí sólo ayudó a acentuar lo que recién descubría. Aquel intento de paraíso no funcionaría. El reconocimiento de Claude era algo que lejos de desear, como lo hizo en el pasado, ahora carecía de aquella importancia que le había otorgado. Y pensó en todo lo que había hecho siguiendo el fantasma de su hermano. Era tiempo de que le dejara ir. Siempre lo querría pero tenía que parar de ser egoísta…
… al menos con Luka.
Pero dejar de serlo le tomó un poco más de tiempo. Viviendo en ese falso paraíso que Hannah había creado a fin de complacerlos, entre verdes colinas y bosques repletos de campanillas azules, decidirse a actuar resultaba difícil. La risa de Luka y sus enormes ojos marrones brillaban como dos luceros que acariciaban su alma herida y lo hacían olvidar. La mayoría del tiempo hablaban durante horas rememorando el pasado, sólo los recuerdos buenos cuando las altas figuras paternales existían. Luka le contaba una y otra vez las mismas historias sobre Hannah y Alois repetía fragmentos de recuerdos felices en los que generalmente figuraba Claude. Y en cada uno de esas narraciones sobre los tiempos alegres como Conde, Alois siempre adquiría ese matiz turbio en los ojos y su expresión parecía dolida.
Una de esas veces -recordó el rubio- lo hizo soltar una risita divertida.
Aquella memoria iba más o menos así, mientras ambos estaban sentados en el tierna hierba verde, uno a lado del otro…
"¿Todavía te duele?"
Alois lo miró sorprendido y compuso una sonrisa para su hermano.
"¿Qué cosa?"
"Que Claude te traicionara por ese otro niño… ehh, ahhm… ¿Ci-Ciel?"
El rubio volcó la vista al cielo antes de responder.
"Tal vez un poco. Aunque técnicamente no lo hizo"
"¿Hermano?"
"Verás, si en un contrato no especificas ciertas cosas entonces puedes utilizar vacíos legales para anularlo. Digamos que eso fue lo que sucedió. Yo nunca le di la orden a Claude que no tenía que traicionarme nunca o que nunca debía mentirme. Por aquel entonces yo daba muchas cosas por sentado"
Luka sonrió con dulzura y envolvió al otro en un abrazo.
"Hermano es el mejor, yo jamás te traicionaría… Hannah tampoco lo haría"
El estómago se le tensó al oír aquella afirmación. Lentamente colocó las manos sobre la pequeña espalda del menor. Fuera de Luka no esperaba que alguien más pudiese quererlo.
"¿Por qué confías en Hannah? Ella es un demonio"
"Pero ella también está aquí, con nosotros"
Alois hizo una mueca apartándose de Luka. Había algo que deseaba confirmar, aunque aún le quedaba algo de orgullo como para preguntarlo directamente.
"Quizás tenga algún complejo de madre y deseaba tener una familia… o jugar a tener una, después de todo los demonios son sólo eso: demonios. Además siempre me pareció que le gustaba Claude"
Luka de inmediato lo contradijo.
"¡No es verdad! Hannah nunca deseó algo así. Hermano, tú querías a Claude, por eso él está aquí y Hannah deseaba estar a tu lado. Es por eso que todos estamos… aquí, contigo. Yo quiero estar contigo, hermano"
"¡No quise decir que…! No, no llores… Oh, vamos Luka, realmente yo no…"
"Y decir que Hannah gusta de… sniff, cuando ella sólo sabe pensar en nosotros y… especialmente tú, hermano… en ti…"
Ah~, bueno, no iba a negar que eso sonaba bastante bien en sus oídos. Pero eso no bastaba, tenía que estar seguro.
"No llores Luka" pronunció suavemente, acariciando la cabeza castaña "No dudo que ella te quiera. Pero, ¿a mí? Hannah sólo tenía sentimientos por mí porque absorbió tus memorias y emociones. Todo lo que ella pudo llegar a sentir por mi sólo eran un reflejo del afecto que me tienes, ¿lo entiendes?"
"¡Pe-Pero yo nunca hice las cosas que ella hacía cuando pensaba en ti!"
Alois elevó una ceja.
"¿Qué cosas?"
Luka adquirió un aire dubitativo, mas luego de un rato de meditarlo con infantil seriedad se animó a compartir lo que parecía ser un secreto.
"A veces, cuando Hannah estaba muy extraña yo podía despertar y mirar lo que ocurría. Es difícil describirlo, pero en ciertas ocasiones podía sentir lo que… bueno, eso creo, lo que Hannah sentía."
"¿Ah sí~?"
"¡Hermano no pongas esa cara! ¡Lo que te digo es verdad!"
"Bueno~, no sé si creerte. Aun no me has dicho qué es lo que Hannah hacía… pienso que estas inventando las cosas"
"¡Eso no es verdad! Porque… porque yo nunca haría… yo" la voz de Luka se volvió un susurro y las mejillas se le colorearon "…bueno, yo no… no haría esas cosas y diría tu nombre, hermano"
"¿Qué clase de cosas?"
"Tú sabes qué cosas, hermano"
"No, no sé."
"¡He-Hermano!"
"Hay muchas cosas que no sé. ¿Cómo podría saber…?"
"¡E-Esas cosas de adultos! ¡De adultos!" chilló Luka apretando los ojos.
Hubo un silencio incómodo por parte de ambos, hasta que Alois se aclaró la voz.
"Dime Luka… ¿por qué rayos das por hecho que SÉ sobre estas cosas de ADULTOS?"
Luka entornó los ojos y con un leve rubor en las mejillas dijo sonriendo tímidamente.
"Porque tú eres el mayor, hermano, y siempre sabes mucho sobre muuuchas cosas, ¡por eso eres el mejor!"
"…Luka."
Él no era genial en ningún aspecto por saber sobre el tema. El sólo recordar todas esas noches en compañía del Conde le producían nauseas. Al menos era un consuelo saber que Luka nunca se enteraría de ello, contaba con eso.
Después de esa charla, Alois meditó mucho sobre la decisión que tomaría. Su egoísmo mantenía todo aquel teatro en pie, pero, ¿no deseaba Luka encontrarse con sus padres de nuevo? ¿No lo deseaba él mismo? Hacía tanto tiempo que habían fallecido, ni siquiera recordaba con exactitud sus rostros. ¿Cómo era el cabello de papá? ¿O la sonrisa de mamá? ¿Cómo sonaban sus voces? Él era rubio de ojos azules, Luka tenía los suyos marrones y el cabello castaño. Tenía los recuerdos confusos, no sabría decir con exactitud quién de los dos tenía el cabello rubio, ¿sería su madre?
El tiempo pasó, los días en aquel lugar eran largos y las noches cortas. Los juegos, las risas, la mirada de Luka llena de chispas de colores. Claude siempre a lo lejos, cerca de la orilla del lago. Hannah en el campo de flores, a veces con Luka, la mayoría del tiempo sola. Pero casi siempre lanzándole miradas furtivas que él no dudaba en devolver. La dulce monotonía y las campanillas azules menguaban su voluntad, sin embargo, así como las mentiras por más bien estructuradas que fueran, una vez llegada la verdad desaparecían, su egoísmo se vino abajo. Le había tomado mucho tiempo pero finalmente Alois decidió entregarle a Luka la felicidad que él no podía tener. De los dos, Luka era el único que continuaba como el rocío en la hierba. Él por otra parte, se asemejaba a la nieve lodosa.
Mientras Luka confeccionaba una corona de flores, Alois se acercó por detrás y cubriéndole los ojos con las manos le susurró al oído. La corona de campanillas cayó al suelo. Alois lo liberó, Luka se volteó hacia él. Eran tan diferentes el uno del otro. Luka, su pequeño y dulce hermanito, tan dulce y lindo. Su muerte fue lo mejor. De algún modo Hannah había sido una salvadora sin saberlo. El sólo considerar la posibilidad de que ambos hubiesen caído en las garras del Conde Trancy le robaba el aliento. Apretó los labios y depositó un beso en la frente de Luka; un último abrazo, una sonrisa. Había sufrido mucho y había hecho sufrir a muchos, no quería que su hermano formara parte de esa larga lista.
"Saluda a mamá y papá de mi parte… te quiero"
Luka le devolvió el abrazo con fuerza.
"También te quiero hermano"
Al fin libre, Luka se desvaneció entre una estela de pequeñas luces danzantes. Alois se limpió las lágrimas con la manga y le dedicó una última mirada al mayordomo antes de volcar toda su atención en la mujer de piel canela.
"Los demonios no pueden ir al cielo, ¿cierto?"
Sonrió. No estaba seguro si cuando pidiese que aquel lugar desapareciera él terminaría con el mismo destino que ellos. Bueno, no sonaba en absoluto descabellado teniendo en cuenta toda la mierda de cosas que hizo. Sin embargo, si podía retrasar un poco todo eso, había algo que deseaba intentar. Hannah fue quien lo sugirió. Ni siquiera le dio tiempo de hablar.
"Hasta la próxima vez, mi señor"
Y después todo lo demás. Recordó estar tendido en la cama de aquella nueva versión menos sumisa de Anafeloz. Sintió el deseo de recriminarle lo nefasto de sus arreglos. Si iba a volver a la vida le hubiese gustado tener una infancia feliz y armoniosa, llena de mimos y estupideces de ese estilo, no obstante tan pronto como la necesidad de echarle eso en cara surgió, las ganas se fueron. Principalmente al reflexionar en ello. Quizás sin toda esa basura por vivir no habría forjado el carácter y la personalidad que lo caracterizaba. Le fue difícil hacerse una imagen de él mismo sonriendo bobamente y ruborizándose por idioteces y chicas. Torció la boca.
Sí, una visión muy desagradable.
Drip, drip
Cerró el ojo, saliendo del breve ensimismamiento. Más sangre que le bajaba de la frente. Se limpió de nuevo, sintiendo como la tela se empapaba. Aun no se acostumbraba a la sensación y el penetrante olor de la sangre seca que yacía en su costado izquierdo. La imagen de Ciel cruzó por su mente por una fracción de segundo. No le guardaba rencor, no mucho. Pero al menos no por las razones que en el pasado tenía. Ahora más que nada, su enfado se concentraba en el enorme lunar amorfo rojizo-marrón que ensuciaba su gabardina, claro recordatorio de haber perdido en el combate de esgrima con el niño pirata. Alois guardó silencio un momento y miró con interés el color granate que le oscurecía la manga de la chaqueta. Posó la mirada de nuevo en Hannah y entrecerró los ojos, curvando hacia arriba la comisura de sus labios. Las memorias de sus últimos instantes con ella le produjeron un cosquilleo. El laberinto, la torre… Hannah. Pensó en Claude, en su rictus imperturbable y en aquella asquerosa sonrisa que le regaló antes de arrancarle el pulso. Sintió el estómago revolvérsele y luego un nudo formarse en su garganta al rememorar los sucesos en la torre del reloj. Saboreó la amargura reparando una vez más en la mancha, el recuerdo de aquella insólita desesperación por sentirse querido, deseando una mentira, implorándola… levantó la vista de nueva cuenta, advirtiendo en los ojos de Hannah un atisbo de tristeza. Dio un par de pasos al frente y echó un vistazo alrededor. Aquella sección del jardín estaba cubierta de rosas rojas.
Miró hacia atrás, a la banca. Más allá, las flores eran de color blanco y rosa.
Odiaba el rojo.
Claude…
Aquel color le recordaba un millar de cosas. Todas ellas dolorosas.
El rojo… lo odio tanto…
Preguntarse los motivos por los cuales una vez anheló el afecto de aquel hombre… demonio-araña. Alois sonrió con amargura. Debió estar en el fondo de un agujero muy profundo como para haber considerado a Faustus el centro de su mundo. Quizás si hubiese reparado en Hannah, notado sus furtivas miradas y hecho a un lado el abuso del viejo Conde, tal vez se habría interesado en ella. Probablemente no habría captado sus intenciones nobles, pero al menos la habría utilizado como confort durante las noches o las veces que hubiese sentido la necesidad de ser querido, hundiéndose en la carne morena de su sirvienta. Sea como fuere, no sucedió así. Y terminó torcido y con una orientación sexual dudosa luego de todas esas largas sesiones retozando dolorosamente entre la cama del decrépito Trancy. Pese a lo perturbador del asunto, Alois tenía la justificación perfecta al haberse sentido atraído por su mayordomo. Además de que, en su ceguera, fue fácil confundir las intenciones del demonio con el afecto. El cual Alois, no recordaba con al pasado, ahora todo parecía tan obvio, tan lógico. Sólo era un contrato, Claude sólo deseaba devorar su alma y él, cual imbécil, torció todo en su desequilibrada cabeza. Las rosas lucían hermosas. Alois tragó saliva. Si hubiese notado a Hannah en aquellos días... Si al menos hubiese tenido un maldito momento de lucidez y sus ojos hubiesen atrapado la anhelante y sincera mirada de Anafeloz…
Entonces…
¿Entonces algo habría sido distinto?
Tal vez no. Tal vez sí. Tal vez la habría humillado y reprendido. O tal vez sus inclinaciones habrían cambiado o al menos tambaleado al calor de la noche.
Quién sabe.
Si se encontrara con su yo del pasado, con el chiquillo dependiente de Claude, ¿qué le diría?
Hey, ¿sabes? Las tetas son mucho mejor que los penes.
Soltó una risita. Vaya que fue estúpido en aquel tiempo. Muy estúpido… tanto que los recuerdos todavía dolían. Si era por el mismo Claude y su traición o el hecho de haber sido tan fácil de embaucar... Fuese cual fuese, quedaba claro que aun sangraba inseguridad. Se palpó distraídamente el costado izquierdo de la cabeza.
Las rosas rojas lo miraban impasibles. Él se limitó a observarlas y Hannah le llamó en un susurro. Su voz le iba tan bien en aquellos momentos.
—¿Mi señor…?
—Detesto las rosas… especialmente las rojas.
Hannah agachó la cabeza un instante y con tenue voz se disculpó. Alois miraba las flores. Se aproximó a ellas y cortó una.
A Claude le gustaba el rojo. Al decrépito Conde Trancy le fascinaba. Desbarató la flor entre sus manos y con desdén dejó caer al suelo los trozos. Sintió la brisa acariciarle el rostro y el perfume, el aroma a canela se deslizó en su interior. Se volvió hacia Hannah. Reparó en sus labios. En el labial morado. Antes podría haber estado confundido, pero ya no más. La figura de Hannah se erguía delicada frente a sus ojos. Estaba tan guapa.
Y le pertenecía.
Ella abrió la boca para decir algo. Alois la interrumpió soltando una frase que noqueó por varios minutos a la mujer.
—…Creo que te quiero.
Creo. No podía asegurarlo, la herida que se abría paso en su sien dolía aun y se extendía a su pecho, como una espina ponzoñosa dentro de su corazón. Algunas heridas tardan en cicatrizar sin duda, pero aquella, Alois estaba seguro, le tomaría un poco más tiempo dejar de sangrar. Amplió la sonrisa, con seguridad, Hannah sabía en que había pensado.
—Sí, creo que te quiero…
Hannah apretó los labios, borrando la sonrisa de su rostro. Alois notó como las facciones de la mujer se tensaban. Antes de que Hannah dijera nada, él ya lo sabía. Ella parecía gritarlo con cada mirada que le dirigía, pero aun así, escucharla confesarlo sin la necesidad de pedírselo, le supo increíblemente bien.
—Yo lo amo…
Ya lo sabía, 'zorra'. No lo dijo, pero como le hubiese gustado hacerlo. Alois soltó una risita. Hannah se aproximó a él sin perder tiempo. Lo rodeó con los brazos, aspirando el perfume de aquel cabello color dorado y él le atrapó un largo mechón. La calidez que Hannah emanaba le llenaba de una sensación sanadora.
—También podría llegar a amarte, ¿sabes?
La tomó por sorpresa por segunda vez y con lentitud se separó de él, sólo un poco, lo suficiente como para admirar su rostro. Le sonrió acariciándole el lado ensangrentado de la cara.
—Nada me llenaría de tanta dicha como tenerlo todo de usted, mi señor…
Alois tiró del mechón arrancándole un débil gemido y con voz grave le ordenó la última cosa que ella habría esperado escuchar.
—…Hazme amarte.
Antes de besarlo, sus labios se abrieron para pronunciar aquella singular y anhelante confirmación.
—Yes, your Highness.
Si antes hubiese dicho con tanta devoción y ansia aquella frase, con seguridad, se habría echado a llorar silenciosamente.
Mientras la saboreaba, Alois pensó en que tal vez podría obligarse a remendarse él mismo. Sí, ¿por qué dejarle todo el trabajo a Hannah? Esta vez confiaría en ella, si bien su herida seguía abierta y sangrando debido a errores estúpidos –y bueno, se supone había adquirido experiencia-, si ese fuese uno, justo en aquel instante no le importaba. Hannah era sincera aun siendo un demonio, de hecho, lo era más que cualquier otra persona o demonio que alguna vez conoció (exceptuando su hermano menor. Él siempre lo amó).
No existía un contrato entre ellos, no había la necesidad de hacer otro, tampoco que ella estuviese a su lado. Pero allí estaba, robándole el aliento.
Sí, esta ocasión se jugaría la apuesta con Hannah.
Hannah observaba el techo del baño. El agua le lastimaba los ojos. ¿Durante cuánto tiempo seguiría allí? La cabeza iba a explotarle. Cerró la llave y tomó la toalla, secándose sin muchos ánimos. El sonido de la tela frotándose contra su cuerpo retumbaba en su cabeza como potentes martillazos.
Salió y su mirada se posó en el rubio. Alois dormía, su respiración lenta y pausada fue como morfina entrando por su torrente sanguíneo. Se sintió mareada y algo estúpida. La vista se le nublaba y el cuerpo entero comenzó a relajarse. De pronto se había convertido en una especie de zombi semi-consciente. Caminó hasta la cama para luego meterse en ella, mojando la almohada en el proceso. Ni siquiera reparó en el minúsculo detalle de estar desnuda otra vez en la cama con aquel chico.
Y soñó. De nuevo con la sirvienta, pero esta ocasión, la sirvienta era ella misma.
Sueño o no, ya no le sorprendía nada. Sabía a la perfección que debía de hacer y cómo. A qué lugares llevaban ciertos pasillos y la distribución completa de aquella mansión. Lo que continuaba desconociendo, era al dueño y señor de aquella despampanante propiedad. Mientras se movía a través de los pasillos, mientras cortaba las rosas destinadas a los floreros de las mesas, mientras sentía las miradas de los trillizos sobre su cuerpo y el desdén mutuo entre ella y aquel extraño mayordomo, Hannah percibía el ansia y miedo mesclados que burbujeaban dentro de ella a la espera del señor de la casa. Había algo en ello, aun sabiendo que soñaba, que le hacía temblar débilmente cada vez que aquel hombre de gafas se precipitaba hacia la voz que le llamaba. Siempre a él, siempre Claude. Lo más preocupante, era el sabor amargo que le manchaba la boca cada vez que presenciaba aquello. Tal vez porque se trataba de un sueño a Hannah no le costó trabajo aceptar que se trataban de celos. Finalmente, la autoría de aquel mundo irreal era suya. Si el amo deseaba el servicio que fuera, ¿no sería propio que llamara a la despampanante sirvienta? Claro, suponiendo que se tratara de un hombre… lo cual no debía suponer porque aquella voz era de uno. Tal vez alguien joven… ¡Con mayor razón! Si era joven a quien debería estar solicitando sería a ella y no al cuatro ojos antipático, que si bien era guapo no podía rivalizar con ella en cuanto a atractivo.
Dejó de limpiar la platería cuando al devolver su atención a la cuchara que pulía, vio con cierta irritación lo retorcida que estaba. La arrojó al montoncito de cubiertos doblados y rotos. y casi de inmediato fue tras el mayordomo. De inmediato aparecieron los trillizos. Hannah distinguió al instante que cada uno poseía un peinado diferente. Dudó en saludarlos, pero teniendo en cuenta que se trataba de un sueño se decidió por ignorarlos y continuar su persecución.
—Miss Hannah, si Claude se entera de que no ha terminado su tarea la reprenderá.
Se detuvo al escuchar la pregunta y volteó enseguida. Uno de los chicos, no supo cual, le había hablado.
—Ya es bastante desagradable tener que obedecerlo, ¿Por qué seguimos aquí Miss Hannah? —dijo el de dos mechones.
—El amo no es nada agradable tampoco. —agregó el tercero.
Quiso decir algo, preguntar lo que tanto le picaba la curiosidad pero en su lugar, Hannah sonrió. Su fuero interno estaba desconcertado. ¿Qué había sido esa reacción tan impropia de ella? Poco después, aun con la sonrisa en labios, volvió a los cubiertos y levantando una cuchara doblada dejó escapar una risita.
—Ciertamente—concedió maliciosa. Vio sus ojos adquirir ese tono rojizo en la superficie pulida de la cuchara. Sintió algo en su interior bullir, como si el color le recalcara poder. Y pensó en aquel hombre llamado Claude. Las entrañas se le retorcieron. Devolvió el utensilio al montoncito de los torcidos. Sentía la ira creciendo con premura, subiendo por su garganta amargando como líquido caliente.
¿Por qué?
Le gustaba. Sencillamente por eso. Pero, ¿por qué reaccionar de ese modo contra el mayordomo? No había duda, se trataba de un caso de celos pero nuevamente, ¿a qué se debía esa exagerada reacción? ¿Celos de que el mayordomo pudiera…?
Abrió los ojos exageradamente. Ni hablar, no podía tratarse de eso. ¿Qué ese tipo Claude intentara ligárselo? Casi estuvo por echarse a reír. Casi, porque no lo hizo. Una vez más los ojos los tenía como platos y los trillizos frente a ella la miraron intrigados. Chasqueó la lengua y se puso en marcha.
—Ah, Miss Hannah…
—Silencio—siseó molesta sin mirar atrás. De una vez por todos iría en busca de ese amo que, evidentemente, la traía vuelta loca. ¿Sería acaso un adonis? Por la voz sería alguien joven. Se sintió ligeramente pedófila, pero al cabo de unos segundos recordó al príncipe William cuando tenía dieciséis. Bueno, si era como el hijo de Carlos entonces no le importaría estar caliente por un menor. Además era un sueño, podía ser pedófila si quería.
Subió las escaleras tan rápido como aquel vestido le permitió y más de una vez estuvo a punto de caer al enredarse con la tela. Cuando llegó al piso correspondiente se paralizó. De pronto ya no estaba tan segura de querer continuar. Echó un vistazo hacia atrás, considerando la idea de volver. Si era real o no toda esa situación, podía sentir la inseguridad clavársele en el pecho. La tarea antes fácil que consistía en avanzar hasta llegar a esa puerta y ver finalmente a quien se hallaba descansando en esa alcoba le hacía temblar las piernas. Quería saberlo, pero… ¿y si era rechazada? Tragó saliva forzosamente. ¿Ese era el motivo? Algo dentro suyo le informó que aquello era parte de, pero no todo. Se mordió el labio inferior y se repitió con fuerza que estaba soñando. Poco a poco sintió que aquellas palabras le inyectaban energía. Hannah dio un paso al frente y luego otro y otro, otro más. Antes de llegar a la entrada sintió un espasmo e inmediatamente después una descarga de imágenes; recuerdos de un ayer que desconocía. Frente a sus ojos desfilaba la vida de alguien más, la película de su doble. Mientras se tambaleaba hasta apoyarse contra la pared, Hannah comenzó a asimilar esa vida como la propia. Se mordió el interior de la mejilla en medio de aquel torbellino de emociones. Resultaba extraño y confuso, pero abrazó los recuerdos como suyos; aquello le pareció lo más correcto. No estaba segura de si aún era ella o si se había convertido en la otra Anafeloz, pero en aquel momento sólo tenía una cosa en mente: el rubio embustero. Sonrió perturbada, sintiendo que las pupilas se le dilataban. Oh, sí, sí, el muchacho rubio. Hannah abrió la boca ligeramente sorprendida y luego se separó de la pared con torpeza. El chico del uniforme, oh~, ¿cómo pudo haberlo desconocido? ¡Pero cómo!
Se sentía ebria, caminar resultaba difícil, sin embargo se las arregló para llegar a la puerta de su señor. De repente notaba como una felicidad estúpida le subía a la cabeza. Oía su voz llamándola. Esa voz que le producía deliciosos escalofríos. Hannah se mordió el dorso de la mano derecha y lo imaginó en la cama. Allí, acurrucado bajo el fino edredón de plumas, presa de un sueño profundo. Hannah paró de morderse y llevándose ambas manos al pecho, comenzó a masajearse los senos con cierta rudeza. Justo como imaginaba que Alois lo haría.
Oh, Alois.
Mentiría si dijera que sólo deseaba poder tocar aunque fuese un pedacito de piel desnuda o rozarle con la yema de los dedos la zona de la espalda baja y erizarle la piel entera. Ella quería más que eso, ¿cómo podría conformarse con besarle el cuello o lamerle los dedos? ¡Lo quería todo de él! Saborearlo entero, robarle el aliento. De sólo olerlo el estómago se le tensaba para luego dar entrada a esa explosión de calor que se regaba hasta la última fibra de su cuerpo. Jadeó apoyando el rostro contra la puerta de caoba, percibiendo aquel inconfundible aroma. Apretó los labios permitiéndose fantasear con el indefenso rubio a pocos metros de distancia. Tantas veces estuvo a punto de perder los estribos y hacerlo suyo. Tantas noches en las que visitó su alcoba y subió a su cama ardiendo en deseo, conteniendo sus impulsos por devorar esa boca. Encogió los dedos de los pies sintiendo el hormigueo entre las piernas. La lujuria reflejándose en sus pupilas con aquel matiz rojo, la respiración a punto de volverse pesada y las manos escocerle, ansiosas por recorrer aquella geografía.
Apartó las manos de sus pechos y clavó las uñas en la superficie de la puerta notando el cuerpo entero ardiendo. Sonrió ampliamente y se echó a reír eufórica, escuchando crujir la madera bajo sus dedos. Las astillas se le clavaron debajo de las uñas que poco a poco fueron partiéndose. Hilillos de sangre se asomaron. Las carcajadas inundaron el pasillo oscuro. Era el peor demonio de la historia, el ridículo, la burla. No era ya, y no volvería a serlo jamás, el demonio designado como la funda de la espada demoniaca. Estaba rota, infectada, defectuosa, lo que fuera, lo que sea que justificara esa especie de obsesión que la sometía a los pies de su amo. Sin importar que no hubiese un contrato de por medio, sin desear el alma como alimento, sólo poseerlo y que la poseyera. Sólo eso. ¿Era posible? Sí, lo era. Y aunque absurdo, a Hannah aquello le parecía lo más sensato. Alois era un imán y aunque él odiara el color rojo, a ella le parecía que era fuego. Una llama luminosa e hipnótica que la atraía como la polilla a la luz. Arder hasta las cenizas era lo de menos en tanto pudiese ser envuelta en la calidez del rubio. La puerta comenzó a partirse. Oh, cuanto regocijo si pudiera convertirse en el centro de su mundo, en su todo. Las risas fueron en decremento. Hannah suspiró excitada. Vaya mierda tan injusta que ella fuese la única víctima de aquella bizarra situación, estaba tan harta de eso, de ser la sirvienta Hannah Anafeloz anhelando con desesperación la carne del niño entre las sábanas.
" Él también debería…"
Entrecerró lo ojos con malicia. Sí, Alois debía… tenía que desearla del mismo modo. Porque aguardar por una oportunidad, esperar a que su afecto floreciera… ni hablar, la paciencia había llegado a su límite. Si en todo ese maldito tiempo él sólo tuvo ojos para Claude, ahora los tendría para ella, así tuviese que ser por la fuerza. Lo obligaría, lo haría gritar bajo su cuerpo, temblar, sudar, gemir. La amaría.
Le importaba un bledo que el universo entero, las reglas de los demonios y toda esa basura que los regía estuvieran en su contra. Esta vez no habría excusas, iría por lo que deseaba.
—No te lo mereces, Claude. —sentenció con voz áspera.
La puerta se vino abajo en pedazos y la habitación se vio envuelta en una luz deslumbrante que la cegó.
En medio del jardín de rosas… ahí estaba Alois, junto con su otro yo. La otra mujer se volvió oscuridad, sombras que la atravesaron con vehemencia y se alojaron en su interior. Cuando sus ojos volvieron a posarse en el rubio, ella era –enteramente- Hannah Anafeloz.
"Él es mío"
—¿Hannah?
Alzó la vista, divisando enseguida al rubio. Ah~, era tan perfecto que debería írsele encima de una buena vez. Le bastó una fracción de segundos responder en tanto rememoraba los eventos que la llevaron a terminar entre las sábanas con él. Aun no era suficiente, pero ya lo sería ahora que ella estaba completa.
—Sí, estaba haciendo unos arreglos. Todo está bien ahora.
.
.
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Afuera amanecía. Probablemente pasaban de las seis, pensó Alois mientras miraba dormir a Hannah. Bostezó un par de veces desperezándose para luego recriminarse mentalmente el haberse quedado dormido. Nunca antes le había ocurrido, dormirse justo después de un servicio era algo sumamente impropio de él. Sin embargo, pese a lo mucho que deseaba darle importancia al asunto no podía evitar restarle importancia a casi todo. Comenzó a atarse las agujetas. Había algo en él que parecía haber cambiado. No podía decir con exactitud qué, pero con seguridad había algo distinto. Terminó de anudar los cordones y sentado al borde de la cama respiró profundamente. Era curioso, de pronto se le antojaba una taza de té.
Revisó la cartera, no llevaba encima más que unos cuantos billetes, echó una mirada a la mujer que aun dormía y sin siquiera notarlo le sonrió. Intentó peinarse con los dedos sin obtener buenos resultados. Su flequillo se mantuvo en pie de guerra al igual que algunos mechones en la parte trasera. Al final optó por detener aquella tarea inútil. Echó un último vistazo a Hannah y colocándose la mochila al hombro se encaminó a la salida. Aquel departamento le gustaba, era agradable. Se prometió regresar y dormir en él las noches que quisiera. Era un buen sitio. Las cosas y lugares con clase le gustaban.
Especialmente le gustaba esa enorme cama.
Cerró la puerta sin hacer ruido y bajó por las escaleras al percatarse que el ascensor estaba en uso.
Caminó hasta la parada de autobús más cercana. Se frotó las manos entrando en calor. Había algo de frío, nada de que sorprenderse en Londres. El cielo lucía tan nublado como casi siempre; Alois miró a las personas congregarse a su alrededor en espera del transporte público. Al cabo de dos minutos el autobús llegó. Estaba repleto; gran parte era trabajadores y estudiantes. No le agradaban los sitios muy congregados y cerrados, especialmente cuando olía a perfume de mujer con el uniforme arrugado lleno de visibles rastros de labial. De inmediato las miradas se cernieron sobre él. Los murmullos no se hicieron esperar. Inspiró profundo y en silencio al tiempo en que se colocaba los audífonos.
"…Put your lipstick on
Couldn't just let it alone
On the collar of my white shirt
You let every body know
Got your lipstick on…"
El trayecto hasta su hogar fue relativamente largo. Tomó dos autobuses y caminó un rato. Para cuando sus ojos visualizaron aquella vieja construcción su tranquilidad se vio alterada. Una vez estando más cerca de la realidad era complicado mantenerse calmo. Miró indeciso la puerta de su casa y tras un rato de vacilación introdujo las llaves en la cerradura. La puerta se abrió con un chirrido, adentro apestaba a grasa requemada, huevos fritos y café. Alois tomó una bocanada de aire cerrando la puerta tras de sí. Caminó por el pasillo que daba a las escaleras haciendo crujir la madera vieja del suelo con cada paso. En la cocina el viejo tío Leonard esperaba sentado a la mesa con dos desayunos. Alois subió el primer escalón y se detuvo. Apretó los ojos e inmediatamente después retrocedió. Fue a la cocina a su encuentro con el viejo Trancy.
—¿Crees que son horas de llegar?
Alois se quedó callado en la entrada. Trancy se llevó la taza de café a la boca y le dio un sorbo.
—¿Quién mierda te crees? ¿Piensas que puedes llegar a la hora que quieras?
De nuevo silencio.
—No me tomes por imbécil, sé lo que haces. Ya podrías darme un porcentaje por vender el culo. Si quisiera te pondría de patitas en la calle como a una puta —alzó la mirada y gruñó—. Siéntate de una vez.
—No tengo hambre.
—He dicho que te sientes. —repitió entre dientes.
—No tengo…
Trancy se puso de pie abruptamente y con una de sus manos enormes le atrapó el cabello. Alois no hizo amago por soltarse, se dejó tironear sin soltar queja. El viejo lo arrastró hasta la mesa y lo arrojó violentamente al asiento gritando a su vez.
—¡Siéntate, mierda! —dejó caer un golpe seco sobre el hombro izquierdo del muchacho—¿No tienes hambre dices? ¿Por qué? ¿Estuviste mamando vergas hasta llenarte? ¿Coños? Eres basura, niño, porquería nada más. Me das asco. Me alegra saber que mi hermano está muerto, si viera la mierda de hijo que tiene seguro se pegaría un tiro.
Alois se frotó la cabeza. Ardía la zona violentada y palpitaba un poco. Bajó la cabeza, aparentemente escuchando a su tío. Leonard Trancy resopló airado continuando con la línea de insultos. Entonces una risita se escapó de los labios más jóvenes. El viejo no tardó en atraparle del cuello de la camisa, encarándolo furioso.
—¿Quién te crees que eres mierdecilla?
—¿Celoso tío o es que también quieres una mamada?
Apenas terminar de decirlo sintió que un lado de la cara le estallaba. Cayó de espaldas al suelo. La pierna derecha había quedado encima de la silla volcada y un hilo de sangre le escurría del labio superior. Así estaba bien. Esa reacción la prefería por encima de todo. Sentir el dolor estallar y arder en su rostro, el sabor de la sangre filtrándose por su boca. Ver la rabia del viejo, el desprecio y la impotencia reflejada en aquel rostro marcado por los años era, llanamente, lo más cercano a sentirse querido. Alois estalló en carcajadas desde el suelo, viendo la exagerada expresión del viejo Trancy. ¿Cuánta desesperación habrá sentido esperando su llegada? ¿Cuánta cafeína habría ingerido mientras miraba la aguja del reloj avanzar? ¿Sintió miedo? No supo decirlo, pero Alois quiso pensar que así fue, que el anciano alcohólico en el fondo le tenía afecto y aunque él mismo no supiera con seguridad si existía algo parecido en su interior para Leonard Trancy, le agrada esa idea; el viejo preocupándose por él.
Para cuando fue capaz de levantarse la risa se había esfumado cediendo el paso a una mueca adolorida. Vaya que le había roto la cara. Sintió la hinchazón extenderse y pronto se abalanzó al refrigerador. Tomó los cubitos de hielo y los depositó sobre un pañuelo que luego utilizó para aliviar la zona afectada. En ese estado era incapaz de asistir al colegio, mientras consideraba sus opciones escuchó la puerta principal cerrarse. Caminó hasta la sala, asomándose por la ventana principal. Desde allí vislumbro al viejo Leonard caminando con premura. Quizás iría a beber o a sacar sus frustraciones con alguna prostituta barata. Eran opciones, sin embargo dada la hora, Alois dudaba que pudiese refugiarse en alguna de esas dos. No conocía establecimientos que abrieran a esas horas. Bueno, quizás acudiría a una licorería. Sí, eso sonaba factible.
Se recostó sobre el viejo sofá mientras ejercía presión en el pañuelo con el hielo. En verdad dolía. Sintió algo clavársele en la espalda y con cierta dificultad sacó con la mano libre aquella cosa. La acción hubiese sido menos dolorosa de haberse levantado, no obstante sus niveles de pereza le impidieron realizar tal esfuerzo obligándolo a doblar el brazo libre bajo su cuerpo. Al final, la molestia rectangular resultó ser el control remoto del televisor. Observó aquel trasto sin interés alguno para luego dejarlo caer al suelo. Repentinamente se sentía aburrido y…
Solo.
Inmensamente solo.
Aquello lo hizo fruncir el ceño. Es más, de pronto tenía demasiados deseos por ser mimado y consentido. Antes se había sentido de ese modo, pero nunca con tanta intensidad y ambas cosas a la vez. No pudo evitar reírse ante tales emociones. Era extraño, ¿el golpe le habría movido el cerebro? Se sentía como un niño caprichoso. Y no negaba que lo era, pero Además, tenía aquella sensación de…
"Ah, joder, con lo bien que se veía Hannah como sirvienta. Ya podría empezar a usarlo de nuevo…"
¿Eh?
—¿Ha…nnah? —pronunció aturdido al tiempo en que se incorporaba y dejaba caer la comprensa fría.
¿Traje de sirvienta? Alois abrió la boca desconcertado. ¿Qué había pensado? Eso era…
—Tal vez tengo un fetiche con los uniformes…—murmuró justificando aquel pensamiento.
Claro, eso sonaba lógico. Aunque Hannah lucía especialmente deseable en el viejo uniforme de sirvienta. El azul le sentaba muy bien…
—¡¿Qué?! —respingó alarmado. A penas dio unos cuantos pasos en dirección a la puerta, sus pies se pegaron al suelo. Sintió que la mandíbula se le desencajaba y que las pupilas se dilataban desmesuradamente. Era un torbellino. Miles y miles de imágenes, cientos de fragmentos de recuerdos, una vida entera pasando frente a sus ojos. ¿Era él? ¿Aquel chico idéntico a él? Cayó al piso alfombrado. Estaba perplejo. Aun se reproducía en su mente aquella película y cuando estuvo lo suficientemente asustado como para creerse loco los recuerdos cesaron. Frente a él se hallaba aquel chico rubio con vestimentas del siglo XIX. Una réplica exacta. Alois le sonrió aterrado y el otro le devolvió la sonrisa.
—¿No me recuerdas? —preguntó aquel Alois de gabardina púrpura.
Estuvo a punto de negarlo cuando, tan repentino como todo eso, el rubio separó los labios dejando salir un suspiro de alivio. Era como si una llave girara en su interior y abriera una puerta en su subconsciente.
—Me había olvidado—sonrió de forma condescendiente—… de lo infeliz que fui hace tanto tiempo…
—Ya no hay necesidad de seguir durmiendo.
Alois, aquel que se encontraba en el suelo estiró uno de sus brazos atrapando al segundo. Fue un parpadeo y un estallido de miles de chispas de luz etérea cubrió la habitación.
—Ah, claro… ya lo recuerdo—se echó a reír con fuerza. Las lágrimas escurrían de sus ojos.
Él era Alois Trancy.
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Continuará…
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Notas de la autora: ¡Feliz Navidad atrasada! Sí, ya sé que me he pasado con los tiempos de entrega. Cielos, casi tres años o más con este fic y aún falta un último capítulo -el cual lleva ya tres página; al muy infeliz le gusta extenderse-. Pero he de informales que sí, definitivamente el siguiente es el último. Decidí cortarlo porque no me sentía justa haciéndolos esperar más. Como antes había dicho que solo faltaba un capítulo para terminar este fic me siento un poco culpable. Pero sólo un poco. Cuando vi las 24 páginas que ya tenía y que sin dudas iban a incrementar tomé la decisión de dividir el fic. Así será más fácil para mí extenderme un poco más con la última parte y acomodar ciertas cosas para que se ajusten con el final; porque ya tiene final. Coff, coff, bueno, entonces, ¡felices fiestas y año nuevo!
Nos vemos en Julio o algo así ;)
Pd: ¡Sí~! Alois es otra vez Alois ¡Wiii! ¡Fic de reencarnaciones!
