Pantone
Dicen que los primeros tres segundos son los segundos de valentía.
Rei se inclinó hacia Nagisa le besó el cuello, y después su hombro desnudo. Sin pensárselo una tercera vez (porque no había sido la primera en el día) introdujo despacio las puntas de sus dedos por dentro del ajustado traje de Nagisa, jugueteando un poco con la orilla.
-Estúpidos y nada bellos trajes de lycra- maldijo Rei para sus adentros tratando de disimular la batalla de sus dedos contra el traje de baño.
-R-Rei-chan- dejó ir Nagisa en un suspiro y tomó a Rei por los hombros.
En perspectiva de Nagisa, Rei siempre le había parecido un chico de lo más serio y reservado que pocas veces se mostraba tal como era, por lo que estar así con él y que pudieran expresarse sus sentimientos lo consideraba como algo especial. Sin embargo no podía dejar pasar una oportunidad como ésa.
-No creí que Rei-chan… fuera un pervertido -le susurró al oído maliciosamente.
-¡¿Ah?! –exclamó Rei y rápidamente retrocedió dejándolo en el piso -. Y-yo… ¡No lo soy!
Nagisa no podía dejar de reír. Pero entre sus risas y reclamos por parte del peli azul, vio en sus ojos, además de vergüenza un poco de furia. Una furia sedienta de él. Le encantaba provocarlo.
Rei se apresuró a opacar las carcajadas de Nagisa empujándolo de una manera poco delicada contra la pared, lo sujetó con firmeza por debajo de las piernas al tiempo que las separaba y se colaba entre ellas.
-¡R-Rei… esp-¡
No podía más. No podía dejarlo hablar.
Su lengua fugaz, húmeda y caliente invadió su boca con una urgencia que les extrañó a ambos. Nagisa, para evitar caerse, se aferró al marco superior de la ventana y a un brazo de su captor.
Los besos eran tan rápidos, necesitados, espontáneos pero al mismo tiempo iban impregnados de deseo, pasión, ternura. Eran como otra forma de detener el tiempo.
Morder. Lamer. Comer.
De la forma que fuera Rei aprovechaba la posición indefensa de Nagisa y saboreaba a cada segundo sus finos labios; el momento le parecía tan sublime que incluso podía sentir, casi juraba, que podía ver colores cada que lo besaba.
Rosa. Verde. Morado. Negro. Rojo. Blanco.
Entrar. Salir. Otra vez.
Se apartaron por un momento, agitados, sudados, extasiados.
La voz de Nagisa se había reducido a ligeros suspiros desacompasados; de la garganta de Rei se escapaban breves pero roncos gemidos que en cualquier momento podrían convertirse en rugidos.
Nagisa empezaba a dejar de estar al alcance de Rei, pero éste no lo iba a permitir.
El atrevido peli-azul, haciendo un poco de presión en los muslos del rubio lo impulsó rápidamente hacia arriba de su pelvis. De la boca del pequeño se escapó un suspiro agudo, profundo, y es que el sentir la presión de Rei en sus piernas, y, sobre todo, el roce de los miembros de ambos a través de una falsa piel era de lo más excitante. Y el más grande se dio cuenta.
Subir. Bajar. Repetir.
Los suspiros de Nagisa pronto se convirtieron en gemidos rápidos, continuos, deseosos. Rei no podía evitar corresponder a su llamado con otros gemidos igual de hambrientos. No tardó mucho para que sus miembros se endurecieran y necesitaran salir del espacio reducido de sus trajes.
Los ojos violáceos de Rei buscaban desesperados los de Nagisa preguntándole qué debía hacer. Nagisa, por su parte, se mordía los labios con apetito y a veces miraba a Rei, a veces no, porque no podía evitar cerrarlos por el intenso placer que le estaba dando.
Rei, sin dejar de moverse, de detuvo un momento a contemplarlo: Sus finos cabellos ahora de sudor humedecidos cubrían su frente perlada de miles de pequeños destellos luminosos de varios colores; sus ojos color cereza lo miraban de cuando en cuando, brillando a la luz del sol. Sus sonrojadas mejillas cubiertas de color destacaban lo su joven rostro. Sus dientes blancos y perfectamente cuidados le daban la bienvenida a una tierra que antes no conocía, en la que habitaba su rosada y traviesa lengua.
Su cuello delineado por la sombra de sus cabellos le invitaba a devorarlo a mordidas, sus clavículas, sus músculos, sus pezones rosados, sus abdomen terso y expuesto. Sus piernas y su miembro ceñidos por el traje negro. Todo de él lo hacía volverse loco.
