N/A: He tardado más de lo previsto en escribir este capítulo, lo siento. Me dio un ataque de bloqueo de escritor de esos que se alimentan de mi inseguridad, los muy putos. Pero bueno, aquí está, al fin.

"Me defiendo como gato panza arriba,

sin llegar a distinguir a mi enemigo."

A veces se me olvida, Quique González.


De gatos y de magos (y brujas)

La primera semana en su nuevo piso, Hermione apenas vio a Draco. Sí, vivían juntos, pero el muchacho se pasaba la mayor parte del tiempo metido en su habitación y, para qué negarlo, Hermione se sentía aliviada. Ya tenía bastante con su trabajo, como para encima tener que preocuparse de Malfoy al volver a casa.

Y es que no se lo estaban poniendo nada fácil en el Ministerio. Hacía tiempo que el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica colaboraba con el Departamento de Accidentes Mágicos y Catástrofes para resolver los temas relacionados con la guerra, lo cual resultaba en un auténtico lío. El doble de papeleo, de burocracia, el doble de jefes que te daban absurdas órdenes que tenías que acatar si no querías ver tu trasero volando hacia la calle.

Hermione estaba harta. No se arrepentía de haber rechazado el premio en metálico que el Ministerio le había ofrecido al acabar la guerra, pero eso no significaba que le gustara que la gente le mangoneara para poder ganar dinero. Podía haber obtenido un puesto mucho mejor, y lo sabía, porque era una heroína de guerra y todo eso. Sin embargo, prefirió elegir lo correcto y empezar desde abajo. No quería un trato especial.

Pero cuando Beverley Chapman, la encargada de coordinar ambos Departamentos, le gritaba todas las mañanas por la estupidez de turno, en su interior Hermione se cagaba en su manía de hacer lo que era justo, de una manera muy poco correcta. Aunque enseguida se le pasaba. Era consciente de que estaba ayudando al Mundo Mágico a recuperarse de la posguerra, y eso era motivo más que suficiente para aguantar unos cuantos chillidos.

Así que se callaba y seguía archivando los papeles de los casos de personas desaparecidas que tenían que resolver, que por desgracia eran muchos más de los que habían solucionado. Hermione no había tenido que tratar cara a cara con las personas que venían a denunciarlos, pero sí los había visto entrar en la oficina, con la mirada perdida. Cada vez que los veía marcharse con las manos vacías, una sensación de impotencia y desamparo se apoderaba de la joven. Tragaba saliva, apretaba los puños y continuaba con su trabajo.

En el escritorio del cubículo que ocupaba Hermione había un par de fotos, colocadas en sendos marcos de madera. La primera era estática, con sus padres y ella en Francia, del verano de 1993. En ella, su madre reía, seguramente por algo que había dicho su padre, y él las abrazaba a las dos, mientras arrugaba la nariz quemada por el sol. La segunda, con el movimiento propio de las fotografías mágicas, los representaba a ella, Ron y Harry, en un eterno abrazo. Sus amigos parecían algo incómodos porque ella los apretaba con demasiada fuerza, pero Hermione sabía que en el fondo sólo era una fachada, y que cuando creían que nadie miraba, se reían y la abrazaban a ella también. Habían tomado aquella foto en alguna Navidad en la Madriguera, y todos tenían las mejillas rojas y el aire de satisfacción que rodea a la gente que está con aquellos a los que más quiere.

Cuando creía que el trabajo era demasiado y los gritos y las mierdas la sobrepasaban, miraba esas fotos y sonreía. Sólo durante unos segundos.

Después venía Beverley, o cualquier otro, y le devolvía a la realidad.

Pero valía la pena. Porque le recordaba la razón por la que trabajaba tan duro. Para que otra gente pudiera recuperar lo que ella sentía al mirar esas fotos.

Cuando salía de trabajar, y no quedaba con Harry, Ginny y Ron para tomar algo y hablar en el Caldero Chorreante, a Hermione le gustaba pasear. Y más ahora, que se acercaba el invierno. El frío le enrojecía la nariz y las hojas caídas de los árboles crujían bajo sus botas. El ajetreo de coches y de gente, las luces, la lluvia omnipresente, la envolvían. Se calaba el gorro en su mata de pelo, hundía las manos en slos bolsillos, respiraba todos los olores malditos de la ciudad, notaba cómo la piel se le erizaba bajo el abrigo, y se sentía viva.

Le encantaba Londres. Puede que dijera que había dejado la casa de sus padres porque quería estar más cerca del trabajo, ser más independiente... Pero aquella ciudad también había tenido mucho que ver.

Además, había descubierto que cada vez le gustaba más estar sola. No es que no quisiera ver a sus amigos, por supuesto que lo deseaba, mas estar con ellos siempre despertaba recuerdos... Y había algunas cosas de las que prefería no acordarse.

Para su mente racional y práctica, todo aquello se le antojaba una contradicción, porque amaba a sus amigos y pensaba de ellos cuando no estaban. Pero tenerlos frente a frente era un tema muy distinto. A veces observaba a Ron y veía en él algún gesto de Fred, y sentía su corazón morir un poco por dentro. En otras ocasiones era George el que se les unía, con esa mirada extraviada que se había instalado en su rostro tras la Batalla de Hogwarts. Casi siempre que decía algo, después se quedaba en silencio unos instantes, como si estuviera esperando a que alguien terminara sus frases.

Había demasiadas cosas que aún dolían. Y cuando estaba despierta, Hermione aún era capaz de esconderlas, aún podía centrarse en las cosas buenas y trabajar, leer, estudiar, porque eso era su refugio, eso era lo que se le daba bien. Sin embargo, cuando llegaba la noche, las pesadillas la esperaban en su almohada. No habían empezado inmediatamente después de que terminara la guerra. A decir verdad, habían comenzado aquel mismo verano, y Hermione ni siquiera sabía por qué. Estúpidamente, había creído que cambiar de casa mejoraría las cosas, pero no. Imágenes horribles y perturbadoras la perseguían cada vez que cerraba los ojos.

Había probado con la poción para no soñar, pero eso sólo hacía que, si la dejaba de tomar, las pesadillas fueran aún peores, y no quería depender por siempre de ello. Por eso había decidido arreglarlo a la "manera Hermione". Con valor y rabia. Y libros. Muchos libros. La cantidad de enormes mamotretos que le habían ayudado a pasar las noches en vela era tan grande que dentro de poco se habría leído Flourish & Blotts entero.

Aquel lunes llegó a casa con un nuevo ejemplar adquirido en la célebre librería bajo el brazo, dispuesta a acurrucarse en su habitación bajo una manta con el calorcito de Crookshanks a sus pies. Se rió para sí misma ante la imagen de loca de los gatos que se había pintado en su mente en sólo un momento.

Había venido paseando desde el trabajo, bajo la lluvia, lo que había provocado que su pelo aún abultara más, debido a la humedad. Con un leve movimiento de varita se secó por completo, y colgó su abrigo en el perchero de palisandro de la entrada, extrañada porque aquel piso poseyera un mueble de madera tan exótica, teniendo en cuenta que el resto del mobiliario era bastante mediocre en comparación. Se quitó las botas y se puso las zapatillas de casa. Arrastró sus pies por la alfombra del pasillo, en la semioscuridad, rodeada del olor a libros viejos que tanto le gustaba y al que estaba empezando a acostumbrarse. Se paró en el umbral de la puerta del salón, admirando la biblioteca de Wil. Aún no había tenido tiempo de explorarla a gusto, pero lo haría, sin duda.

Fue entonces cuando lo oyó. Un grito y un gran estrépito. Y lo que parecía ser gente discutiendo. Todo ello proveniente de la cocina. Hermione sacó la varita del bolsillo en un acto reflejo, anduvo con decisión los pocos pasos que la separaban del alboroto y abrió la puerta con ímpetu, como si su varita pudiera sentir lo alarmada que estaba la joven y lo canalizara a través de ella. Pero nada podría haberla preparado para el espectáculo que se vio obligada a presenciar en aquel momento.

Los contenidos de una olla de peltre se encontraban esparcidos por el suelo, proporcionándole un agradable color verde vómito. Wil estaba subido encima de la encimera, mirándole con una cara que gritaba culpabilidad por los cuatro costados. Tenía la camiseta desgarrada y diversas heridas por el torso, el rostro y los brazos, como si le hubieran arañado. Su pelo, desordenado, parecía pegajoso, probablemente debido a que también se había visto afectado por la poción. Llevaba un cuchillo en la mano.

Situado cerca de la puerta que daba al jardín trasero, Draco, mojado de arriba abajo, como si hasta entonces hubiera estado bajo la lluvia, tenía los pies descalzos metidos en el charco verde, una expresión furiosa, y una varita en cada mano, apuntando en dirección a Wil. También tenía marcas de arañazos por la cara.

Entre ambos, Crookshanks bufaba, impregnado por completo de aquel desagradable mejunje que parecía cubrirlo todo. Justo cuando Hermione irrumpió en la estancia, corrió hacia ella, haciendo tintinear su cascabel.

–¡Draco me ha atacado! –exclamó Wil, señalándolo con el cuchillo.

El acusado le lanzó una mirada asesina y enarboló sendas varitas, en movimiento amenazador.

–¡Estaba intentando matar a tu gato! –se excusó, sin apartar los ojos de Wil.

–¡Eso no es cierto!

–¡Lo ibas a echar a la poción!

–¡Mentira!

–¡No me jodas, por poco me maldices si no te llego a desarmar!

Lo que siguió fue tal cúmulo de gritos e improperios, que Hermione apenas pudo distinguir una sola palabra.

–¡Callad! –chilló, por encima del alboroto.

Después, con una calma inusitada, se agachó, limpió a Crookshanks con un sencillo hechizo, y lo cogió en brazos. Wil y Draco se quedaron petrificados, sin atreverse a abrir la boca siquiera.

–Wil–comenzó Hermione, tratando de mantenerse tranquila–, ¿es cierto lo que dice Draco?

–¡No! –exclamó el chico, desesperado. Draco frunció el labio superior, con desprecio–. Yo sólo quería un poco de su pelo... Y de su oreja.

Draco bufó. El párpado izquierdo de Hermione se contrajo en una especie de tic nervioso.

–¿De su oreja?

Hermione inspiró. Espiró. Varias veces. Apretó su varita.

–¿De su oreja? –repitió.

–Sí, ¡pero todo el mundo sabe que las orejas de los gatos vuelven a crecer solas!

Draco soltó una carcajada. Hermione lo fulminó con la mirada.

–¿Lo dices en serio, Wil?

–¡Claro! Es así, ¿no?

–No.

–¿No?

–No.

–Ah.

Con los hombros caídos, Wil bajó de la encimera, parsimonioso. Hizo un ruido de chapoteo al pisar el suelo de la cocina.

–Lo siento, Hermione –musitó, sin atreverse a mirarla.

La muchacha estaba enfadada, pero no tenía el corazón de piedra. Y Wil, con su pelo sucio, su camiseta rota y sus mejillas coloradas, parecía genuinamente arrepentido. No podía gritar y maldecir a alguien con un aspecto tan patético. Además, su gato estaba bien. Ronroneaba en su regazo.

–Está bien, Wil. Me basta con que no lo vuelvas a hacer. Y con que limpies esto.

Wil sonrió, con una expresión casi infantil. Draco, que observaba la escena sin decir nada, hizo un mohín de disgusto y dejó la varita de Wil encima de la mesa de la cocina con un golpe seco. Wil la recuperó y comenzó a limpiar las manchas verdes del suelo.

Cuando Draco llegó a la puerta, se paró y miró a Hermione a los ojos. A ella se le cortó la respiración por un instante. Sólo entonces cayó en la cuenta de que, joder, era Draco Malfoy. "Bien, Hermione, eres la bruja más brillante de tu generación. Bravo por ti." Draco Malfoy le había ayudado. No a ella, a su gato, pero era lo mismo. Intentó escudriñar su rostro en busca de una razón que explicara aquel extraño comportamiento, pero sus ojos se mantuvieron igual de fríos e inexpresivos. Algunas gotas de lluvia se habían quedado atrapadas en sus pestañas (rubias, casi transparentes), por lo que parecía que había estado llorando. "Ja. Como si eso fuera posible."

–¿Me vas a dejar pasar? –le espetó, al fin.

En su ensimismamiento, Hermione se había quedado quieta, bloqueando la salida.

–Sí, perdona... –musitó, y se apartó de inmediato.

Draco se escabulló, dejando huellas verdes en la alfombra y una sensación de incomodidad en su pecho.