Hola! Siento el retraso pero aquí os dejo el capi nuevo. Espero que os guste! Nos leemos mas abajo! ;)
Disclaimer: tanto la historia como los personajes no son míos, la historia es de Lena Valenti y los personajes de Casandra Claire, yo solo juego con ellos sin animo de lucro.
Capitulo 11
Los amplios jardines de la mansión de Luck estaban iluminados por las antorchas de suelo. El fuego de éstas centelleaba creando una atmósfera de sombras y secretos, de revelaciones y pactos. Había una zona con varias banquetas de piedra dispuestas en un radio circular. En el centro de ese círculo, clavado en el suelo, se hallaba el bastón del concilio.
En el interior, Eric, Jordan, Luck y Clarissa hablaban sobre los temas que se iban a tratar en la reunión.
Clarissa estaba sentada con Brave en brazos. Mientras lo acariciaba y le hacía masajes, el perro la miraba con adoración respirando por la boca y con la lengua larga y rosada fuera.
Pensaba en las palabras de Jace. «Te he quitado muchas cosas.» Realmente parecía estar arrepentido por lo que había pasado entre ellos. Como si él no fuera así.
Le dio una galleta Chips Ahoy a Brave mientras pensaba en él. Siempre le había costado negarle nada a su perrito. Jace.
No sabía nada de él ni siquiera si tenía apellidos. Tampoco sabía nada de sí misma. ¿Qué deseaba? ¿Qué instintos tenía? ¿Había cambiado algo la disculpa y la sorpresa de Jace?
Los berserkers, especialmente Eric y su abuelo, se habían quedado estupefactos al escuchar de boca de Clarissa lo que había pasado.
¿Un vanirio que pedía perdón? ¿Un vanirio que llevaba un cachorro de lobo siberiano?
Ahora los cuatro esperaban en silencio la llegada de los vanirios.
Luck le ofreció el brazo a Clarissa y ella se levantó y lo tomó con gusto. Su abuelo era todo un caballero.
Se dirigieron al exterior. Ella ya percibía ese afrutado olor tan tropical que la volvía loca. Jace ya estaba muy cerca, de hecho, se quedó tiesa cuando lo vio apoyado de brazos cruzados en el bastón del concilio. Tras él, los seis encapuchados del consejo, su hermana Isabel, Simon y Alec y unos cuantos vanirios más que nunca pasarían desapercibidos. ¿Por qué razón todos, fuesen hombres o mujeres, parecían salidos de una revista de moda?
Brave se apartó de los pies de Clarissa y avanzó hasta llegar a Jace. Lo olisqueó, se sentó enfrente de él y empezó a ladrarle y a mover la cola.
Clarissa se sintió un poco celosa al ver lo bien que se llevaba Brave con Jace. Pero luego se sintió violenta al ver que no sabía de quién de los dos tenía celos, si era porque Brave se llevaba bien con él o si era porque Jace se llevaba mejor con su perro que con ella.
Jace se agachó y le sonrió abiertamente. A Clarissa casi se le para el corazón. La sonrisa más espléndida del mundo, la más cautivadora que jamás había visto, era la de ese hombre.
Se pararon justo delante de él. Jace se levantó del suelo con Brave en brazos. Le acariciaba el cogote con dulzura a pesar de sus enormes manazas. Y el perro se rendía a él.
Clarissa pensó que Brave era un traidor. Pero luego desechó el pensamiento al ver la imagen tan tierna que ambos plasmaban.
Jace alzó la vista del cogote de Brave, miró a Luck y luego a Clarissa.
—Hola de nuevo —dijo él alzando una ceja.
—Hola a todos —contestó Luck mirando a los vanirios.
Clarissa miró hacia atrás y vio que no sólo estaban Eric y Jordan, sino que veinte berserkers más se alineaban tras ellos. ¿Cuándo habían llegado?
Miró al frente y vio que los seis encapuchados se liberaban de sus capuchones. Maryse inclinó la cabeza hacia Clarissa y el resto de vanirios hicieron lo mismo. Menos Jace, que dejaba a Brave en el suelo para luego, mientras se incorporaba, repasarla de arriba abajo, hasta cernir la mirada a esos ojazos rasgados de color lila, de pestañas tupidas y curvadas.
La mirada del embrujo. Los ojos de su cáraid, Clarissa.
Le había prometido que no entraría en su mente, que no hablaría con ella telepáticamente. Pero quería decirle muchas cosas sin que nadie los oyera. Sin embargo, no rompería su palabra. Ella debía confiar en él.
Maryse y Robert se adelantaron y se colocaron al lado de Jace, frente a Clarissa. Maryse la miró con los ojos llenos de pesar y de vergüenza.
—No sé si nos merecemos tu perdón, pero necesitamos expresarte lo arrepentidos que estamos por lo sucedido. Clarissa, te rogamos misericordia.
Luego todos hicieron algo que no estaba preparada para ver. Se arrodillaron ante ella y agacharon la cabeza. Maryse volvió a hablar.
—A veces, muy extrañamente se juntan un cúmulo de malos entendidos, hasta hacer una bola de enredos y mentiras que nadie puede desmentir. Eso es lo que ha pasado contigo, Clarissa. No nos excusamos por el trato que infligimos, lo habríamos hecho con cualquier persona que se dedicara a destruirnos, pero tú eres inocente. Estábamos equivocados.
Clarissa sintió que se le atenazaban los músculos del estómago.
—Nos equivocamos contigo, Clarissa —de repente Maryse levantó la cabeza para mirarla desde el suelo.
—Te pedimos perdón frente a tu familia —prosiguió Robert, —frente a Luck, el jefe del clan berserker. Ante ti también nos disculpamos, Luck. Sentimos lo que pasó con tu nieta —Robert alzó la cabeza hacia Luck. —Nuestras más sinceras excusas. Rogamos que esto no sea un motivo más de enemistad entre los clanes.
Luck miró a Clarissa y ella hizo lo mismo con él.
—¿Les disculpas, Clarissa? Si tú lo haces, yo también lo haré.
Nunca se hubiese imaginado que los vanirios reconocieran su error de ese modo tan humilde. Estaban arrodillados ante ella pidiéndole perdón.
¿Debía perdonarles?
—Por favor, levantaos —dijo incómoda por la situación. Ya no le dolía nada, ahora tenía dones increíbles y respecto a lo de Jace... Eso era algo entre ellos dos. —Las disculpas no sirven de mucho una vez se ha hecho el daño. Será algo que lleve conmigo durante toda mi vida. Pero quiero entender vuestros motivos. Sólo espero que la próxima vez, os aseguréis de que la persona a la que castigáis sea realmente quién creéis.
Todos la miraban expectantes. Querían saber la respuesta.
—Sí, acepto vuestras disculpas —se apresuró a contestar. —Pero no lo olvidaré. Mi caso tiene que servir de lección de ahora en adelante.
Maryse y Robert asintieron y se levantaron sin perder en ningún momento la elegancia. Ambos morenos, altos y esbeltos.
—¿Por qué él no se ha arrodillado? —preguntó Eric mirando a Jace.
—Jace ha escogido su propio modo para recibir la exculpación de Clarissa. Peanás follaiseach(castigo publico)—contestó Maryse sonriendo de un modo afable a Clarissa. —Cuando acabemos la reunión, procederá.
Clarissa miró a Jace. Estaba completamente inexpresivo, apoyado de nuevo sobre el bastón del concilio. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué quería decir eso?
Miró a su hermana Isabel que agachaba la cabeza con el rostro apenado y la mandíbula apretada como si fuese a echarse a llorar. Y sus amigos, lo miraban, orgullosos pero a la vez temerosos de lo que iba a pasar.
—¿De qué habla Maryse, Jace? —preguntó muy nerviosa, olvidando que ella misma había vetado ese tipo de comunicación entre ellos dos. Había sido una acción involuntaria como si fuese lo más natural del mundo.
El levantó la barbilla hacia ella.
—Te di mi palabra —contestó mirándola fijamente. —No hablaré contigo de ese modo hasta que tú me des permiso para ello.
Clarissa tragó saliva y se asustó por el matiz que tomaba la noche y esa espeluznante reunión entre clanes. Pero al mismo tiempo, sintió un extraño calor en las entrañas cuando Jace respetó su promesa.
—Bien, entonces —dijo Luck cortando la tensión, —iniciemos nuestra conversación.
Todos tomaron asiento sobre las banquetas de piedra, algunos se quedaron de pie. Un clan a un lado y otro clan al otro. Jace, Clarissa y Luck permanecieron de pie.
—Durante años —dijo Jace alzando la voz para que todos lo oyeran, —hemos creído que un grupo de cazadores humanos, nos daba caza tanto a vanirios como a berserkers, porque creían que éramos vampiros y lobeznos. Creímos que nos aniquilaban, porque estaban confusos respecto a nuestra verdadera naturaleza. Hoy sabemos que no es así. Saben perfectamente lo que somos y ahora lo sabemos gracias al libro de Jade. Tu madre, Clarissa —la miró y medio sonrió.
Clarissa se sintió como una quinceañera, tonta, estúpida y torpe.
—También creímos que berserkers y vanirios eran incompatibles físicamente. Que nuestras diferencias empezaban por ahí. Dos razas, destinadas a no entenderse, a vigilarse por encima de los hombros. Dos razas distintas y separadas precisamente por una serie de diferencias irreconciliables. Hoy sabemos que podemos relacionarnos físicamente los unos con los otros y crear a través de nuestra unión, magníficas criaturas como ella —la señaló y sus mejillas se riñeron de rojo.
Tanto vanirios como berserkers la miraban fascinados y asentían con la cabeza sin dejar de observarla.
—Han sido muchas bajas las sucedidas en tantos años de enemistad y de guerras. Hemos perdido el contacto con los dioses debido a nuestros errores y a nuestras actitudes. Somos creaciones de quiénes somos y eso no lo podemos negar —miró al cielo y abrió los brazos con las palmas hacia arriba. —Ellos también tienen sus diferencias allí arriba, pero somos nosotros quienes debemos enderezar la situación aquí abajo. Nos une un objetivo común al menos: proteger a los humanos.
Clarissa miró al cielo y se abrazó a sí misma. ¿Realmente estaban hablando de los dioses de verdad? ¿De los del cielo? ¿Dónde estaban las cámaras de Cuarto Milenio cuando se las necesitaba?
—¿Qué propones, Jace? —preguntó Eric.
—Tenemos que unirnos —contestó con determinación.
Los dos clanes empezaron a murmurar, la mayoría desaprobando esa opción. Otros reaccionando con sorpresa.
—¿Tú también? —replicó el berserker resoplando. —Son muchos años de diferencias para querer solucionarlas ahora. Muchos años de tradiciones completamente distintas las unas de las otras. ¿Cómo vamos a luchar juntos contra esas sociedades si no nos llevamos bien?
—Hay que hacer un esfuerzo —replicó Jace perdiendo la paciencia.
—No nos queda otra opción —sugirió Luck con voz de tenor. —Tenemos que llegar al fondo de este asunto y para ello debemos trabajar en común unión. No sabemos nada acerca de estas personas. ¿Desde cuándo están los humanos trabajando codo con codo con los nosferátums y los lobeznos? Eso era impensable... ¿Exactamente para quién trabajan estas organizaciones? ¿Qué quieren realmente de nosotros? Acaban matándonos cuando nos cogen, así que no nos convierten, pero, sin embargo, sí que nos estudian. ¿Por qué? ¿Qué quieren sacar de nuestros cuerpos?
—Algo que no obtienen de los nosferátums y de los lobeznos —contestó Clarissa volviendo a pensar en voz alta. Jace alzó las cejas y le sonrió. Oh, Dios. ¿Por qué era tan guapo?
—Sigue, Clarissa. ¿Qué piensas tú de todo esto? —le preguntó Jace con dulzura. Su voz era música para sus oídos.
Clarissa carraspeó y se sintió nerviosa e importante. Jace quería oír de verdad sus comentarios, como si realmente los valorara. Todos estaban pendientes de sus palabras.
—Eh... creo que... mmm... —habla por el amor de Dios, se exigió a sí misma— creo que nos estudian. Sea lo que sea lo que quieren, no lo obtienen de los otros, aunque los usan para llegar hasta nosotros. Tú me dijiste —dijo mirando a su abuelo— que en realidad los lobeznos eran berserkers mutados.
—Sí, así es.
—Pues parece que no les interesan los mutados, sino los originales. Los cuerpos originales. ¿Se supone que los nosferátums también son vanirios mutados? —preguntó a Jace sin mantenerle la mirada.
—Lo son —contestó él comiéndosela con esos ojos dorados.
—Sí —asintió Eric. —Son vanirios débiles que cedieron al poder de Loki y se convirtieron en chupasangres.
—Exacto, como los lobeznos —dijo Jace sonriendo fríamente a Eric.
—Pues sea lo que sea lo que hizo Loki con los hijos descarriados de los berserkers y de los vanirios, no les sirve a estas sociedades. Hay que descubrir qué quieren hacer con sus descubrimientos acerca de nosotros.
—En el libro de Jade mencionan dos nombres más. Patrick Cerril y Sebastián Smith. ¿Los llegaste a conocer? —preguntó Maryse.
—No. Nunca conocí a nadie de la cúpula de Newscientists M.I.. Siempre pensé que mi padre era la mente ejecutora de todo.
—¿La empresa de Valentine recibía subvenciones? —preguntó Jace.
—No estoy segura —contestó ella apartándose el pelo hacia atrás con un gesto sexy. —Yo no controlaba la administración. Pero puedo volver para averiguarlo. Estando dentro podremos descubrir lo que queramos.
—Ni hablar... —la cortaron rápidamente Jace y Luck.
Clarissa abrió los ojos exasperada y los miró a los dos con el ceño fruncido.
—Un momento... —les dijo haciendo aspavientos con las manos. —Que yo sepa no estoy secuestrada, ¿verdad?
—No lo dudes ni por un segundo, Clarissa —dijo Jace cruzándose de brazos con una sonrisa machista y triunfante. —No te pondrás en peligro de manera innecesaria.
—Tú cállate, monstruo... —le espetó. —No mandas sobre mí.
Jace y Clarissa volvieron a mirarse echando chispas por los ojos. Ojos lilas contra dorados amarillentos. El resto los miraba contemplando una auténtica guerra de titanes.
—Valentine ha sido asesinado —dijo ella. —La gente se estará preguntando cuál es el motivo de su larga ausencia. Yo era su hija, al menos a ojos de los demás. Se supone que tengo que aparecer para seguir trabajando. Hablaré con ellos y...
—Puede que los demás también sepan qué eres —dijo Luck suavemente.
—No lo creo —contestó ella. —Valentine era un ser arrogante y avaricioso. ¿Por qué iba a compartir su secreto con otros cuando él sólito podía llevarse todo el mérito? Si todos los demás hubiesen sabido que yo era una híbrida, ¿qué les impedía al resto no secuestrarme y estudiarme? Nada. Me habrían perseguido —se encogió de hombros— y habrían hecho lo mismo que Valentine. No. Era mejor mantenerme en secreto.
Jace apretó los puños al imaginarse a Clarissa en manos de algunos de ellos.
—Creo que puedo ir a la empresa y ver...
—Si vas, no irás sola —era una orden imperante e irrevocable.
Clarissa miró a Jace y frunció el ceño.
—¿Y quién vendrá conmigo? ¿Tú? —alzó una ceja inquisitiva. —¿Cómo te atreves siquiera a sugerirlo? Tú no vas a...
—Deja de decir tonterías, niña —la cortó con arrogancia. —Valentine no te contaba nada a ti, pero eso no quita que no se lo haya contado a nadie más. Si te muestras, te expondrás. No vas a ir sola.
—Necesito volver a Barcelona —gritó.
—No iremos a Barcelona. Iremos a la sucursal que tenéis en Londres —prosiguió Jace haciendo caso omiso de las palabras de Clarissa. —Fingirás que es una visita de cortesía y citarás al segundo de a bordo de la empresa. El que se encarga de todo en ausencia de Valentine... ¿Quién es?
—No lo sé. Ya te he dicho que yo sólo trabajaba allí, no hablaba con mi padre ni con los empleados. Sólo con los enlaces externos.
Jace apretó los labios.
—Contactaremos con él y obtendremos toda la información administrativa que necesitemos saber. Iremos al atardecer, cuando...
—Iré con Eric y Jordan. No contigo —sentenció ella en un tono afilado.
—Yo iré con vosotros entonces —replicó él sin ningún tipo de duda.
—No puedes. Tú levantas sospechas sólo con verte —dijo Clarissa.
—¿Ah, sí? —preguntó él ocultando una sonrisa maliciosa.
—Sí.
—Necesitas protección.
—No la tuya.
—Ya es suficiente —dijo Maryse.
Clarissa y Jace se giraron para mirarla.
—Jace irá contigo —dictó sin posibilidad de réplica.
—Estás loca si crees que voy a aceptar —musitó entre dientes con los brazos tensos. —No quiero a ningún vanirio cerca de mí —dijo finalmente mirando a Jace a los ojos. Desafilándolo. —Eric y Jordan vendrán conmigo. Y tú no me vas a decir —alzó la barbilla y dirigió sus ojos relampagueantes a Maryse, —lo que voy a hacer o lo que no. Soy una berserker por decisión propia. No soy nada vuestro.
—Estás muy equivo... —clamó Jace.
—Cuidado con lo que dices, monstruo —le advirtió Clarissa alzando el mentón y señalándole con el dedo. —No pienses ni por un momento que soy alguna de tus posesiones.
Jace sintió una punzada a la altura del esternón. Fría casi dolorosa.
Ella tuvo que apartar la mirada al ver los ojos desgarrados de Jace. Le impactó darse cuenta de que tenía ese poder sobre él. Ella podía lastimar al fuerte y al terrorífico de Jace.
—Os he perdonado, pero no quiero relacionarme cercanamente con vosotros—decidió alejándose instintivamente del cuerpo de Jace y acercándose al de su abuelo. —Para mí todavía es pronto para empezar a confiar en vuestro clan.
Maryse la miró con respeto. Esa chica realmente era sincera y no tenía ni el más mínimo decoro o miedo al hablarle. Era refrescante.
—Seremos informados —ordenó Maryse.
—Tan pronto como obtengamos la información —dijo Clarissa asintiendo.
—Si tú no confías en nosotros, Clarissa —susurró Jace furioso por su rechazo, —¿por qué debemos confiar en tu palabra?
Clarissa no podía creer lo que oía. Él, el motivo principal de su desconfianza, la desafiaba.
—Porque hasta ahora no te he dado ningún motivo para que no lo hagas —estalló con todo el cuerpo en tensión. —Al contrario ¿no crees, monstruo? Todo cuanto te he dicho, ha resultado ser cierto.
Sí. Clarissa le había dicho que no tenía nada que ver con la persecución de su raza y que no sabía nada, y decía la verdad. Clarissa dijo que era virgen y decía la verdad. Clarissa lo llamaba monstruo y era verdad. Porque él para ella era un miedo, algo maligno, una pesadilla. Eso era Jace para Clarissa.
Pero él no podía dejarla sola. Era su cáraid, por decreto físico. Porque sus cuerpos, aunque no sus almas, se habían reconocido.
Clarissa se acercó a Eric intencionadamente y éste le tomó de la mano. Entrelazaron sus dedos. Los ojos de ella miraban a Jace regocijándose con su rabia, con sus... celos.
Ella tenía todos los instintos de las hembras berserkers. Sabía cómo se comportaban los hombres, qué tipo de emociones les hacía sentir con su actitud. No debería provocarlo así, se recriminó a sí misma. ¿Estaba mal?
Jace quería gritar de la frustración.
Eric miró a Clarissa y no la soltó mientras miraba sus labios y sus ojos con ansias de depredador.
Clarissa no quería dar esperanzas a Eric, pero el chico la hacía sentirse bien. Empezaba a ser un amigo.
—En todo caso, si hay alguien en quién desconfiar... mira dentro de tu círculo —escupió Clarissa con desdén. —Sebastian os ha estado ocultando muchas cosas. Por ejemplo que Will y Tessa tenían una hija y que, además, habían descubierto la existencia de sociedades secretas que os perseguían y os asesinaban. Y mientras, vosotros culpándoos los unos a los otros de vuestras pérdidas.
—Sebastian está recluido por su conducta. Esta noche lo vamos a someter a juicio —reconoció Robert mirando a Luck. —Los dos miembros del Consejo del distrito de Walsall lo interrogarán. No esperábamos que nadie ocultara ese tipo de información. Nos ha sorprendido tanto como a vosotros. No lo sabíamos.
Hubo un silencio sepulcral. A los vanirios esta revelación les había afectado realmente.
—Bueno... ¿Qué precauciones vamos a tomar entonces? ¿Cómo vamos a colaborar? —preguntó Luck buscando soluciones. —Centrémonos en eso. Creo que ahora no nos beneficia abrir heridas de ningún tipo.
—Tienes razón, Luck —Jace se negó a mirar de nuevo a esos dos. —Tenemos que reorganizarnos —sugirió tomando el mando. —Por nuestra parte, muchos vanirios están desperdigados por partes distintas del mundo y no estamos en contacto con ellos.
—Nos pasó lo mismo a nosotros. Tras las migraciones, perdimos comunicación con el resto —admitió Luck apesadumbrado. —Ni siquiera sabíamos que en los Balcanes teníamos miembros.
—Sin duda ha sido una sorpresa para todos —comentó Robert. —Y más sorprendente ha sido saber que berserkers y vanirios colaboraron juntos contra los cazadores.
—Hay que localizarlos. Hay que retomar la relación —sugirió Jace. —Si ellos pueden, nosotros también. Es cierto que sucedieron muchas cosas entre nosotros, pero está en juego nuestra supervivencia y también la del resto de humanos. Esas sociedades secretas ocultan sus descubrimientos a la humanidad. Nadie sabe que existimos. Pero nos están utilizando. Averigüemos qué hay detrás de todo esto. Mañana mismo viajaremos a Londres, al atardecer. Clarissa sabe cuál es la dirección del edificio que Newscientists M.I. tiene en la capital.
—Está en la calle Oxford. Iremos por la mañana —lo contradijo Clarissa. Así él no la acompañaría.
—Irás con Jace —le ordenó Luck mirándola fijamente y desaprobando la actitud de su nieta. —Al atardecer. Hay que trabajar en conjunto, pequeña. Este es un gesto que demuestra que los berserkers estamos dispuestos a confiar en ellos.
— Luck —Eric intervino. Él tampoco quería a Jace cerca de Clarissa, —ella no quiere que...
—Eric, es suficiente — Luck alzó la voz.
Clarissa miró a su abuelo y se sintió traicionada. Respiró con agitación, soltó la mano de Eric y se dispuso a salir de allí mirando a Jace por última vez, con rabia y frustración.
—Ya que ha quedado claro que mañana iremos a Newscientists M.I. al atardecer, ahora sólo queda el Peanas follaiseach —dijo Jace con la mirada sombría. —Clarissa, no te vayas —ordenó con un gruñido.
Clarissa se paró en seco cuando oyó la orden.
—Niña, acércate —le ordenó también Luck ofreciéndole la mano.
—¿Por qué? —exigió saber con los brazos en jarras. —¿Por qué tengo que obedecerle?
—Jace va a recibir un castigo ante todos —respondió Luck. —Por lo que te hizo. Tú debes estar presente. Es lo correcto. Fuiste tú la agraviada.
Clarissa frunció el ceño y los labios, y dirigió sus ojos a la agitación que se formaba detrás de Jace. Tres vanirios acercaron una mesa baja de piedra circular y la colocaron en el centro de la reunión.
Jace se dirigió a su hermana Isabel y, colocándose enfrente de ella, se sacó el polo negro por la cabeza y se lo entregó.
—Jace —le dijo Isabel angustiada. —No tienes que hacerlo.
Clarissa agudizó el oído y escuchó la conversación.
—Tengo que hacerlo, Isabel, y ni esto va a ser suficiente para curar el daño que le hice.
—Vas a perder mucha sangre... y recuerda que si no consigues que ella te alimente...
—No te preocupes, Isabel. Bráthair es fuerte —sonrió.
Aunque no podía engañarla. Aquello iba a ser muy doloroso.
A Isabel se le humedecieron los ojos y agachó la mirada.
Alec y Simon estaban preparando unas cuerdas largas y gruesas. Las untaron con algo parecido a miel y luego las rebozaron en un cuenco lleno de fragmentos desiguales de cristales. ¿Qué iban a hacer?
Simon le ofreció las cuerdas debidamente preparadas y Jace las examinó. Asintió con un gesto de su cabeza rubia y éste las dejó sobre la mesa.
Jace se giró y miró a Clarissa.
Ella lo miró de arriba abajo. Tenía el torso desnudo y los ojos oscurecidos. Se quitó la cinta de cuero negro de la cabeza y dejó que los mechones le cayeran por la cara y por los laterales del cuello.
—¿Qué haces? —preguntó ella tragando saliva.
—Acércate aquí, Clarissa —dijo Jace.
Clarissa se quedó inmóvil ante la orden.
—Por favor —rogó él.
Clarissa miró a su abuelo y a los berserkers y, llena de dudas, se plantó ante él. Jace dio un paso hacia ella sin apartar la vista de sus ojos, rodeó su cintura con un brazo y empezó a palpar su baja espalda.
Clarissa se sobresaltó y percibió un montón de mariposas que volaban por su estómago. Empezó a respirar con dificultad. Jace se detuvo cuando encontró lo que buscaba. Cogió el puñal que llevaba Clarissa en el cinturón y lo desenfundó.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le dijo ella alterada y dando un paso hacia atrás.
Jace dio uno hacia delante, la tomó de la mano insistente, le abrió los dedos y le colocó la empuñadura del puñal de Will. La obligó a cerrar la mano en torno a él. Cogió su muñeca con las dos manos para acercar la punta del puñal que cogía Clarissa a la fuerza y dirigirla a su corazón. Se arrodilló ante el murmullo insolente de los berserkers y la incomodidad de los vanirios.
Clarissa tembló por lo que estaba pasando entre ellos.
—Clarissa —dijo Jace con la voz casi rota y la cabeza agachada, —mi vida está en tus manos. Te pido perdón por mi agravio hacia ti. De poder volver hacia atrás, lo rectificaría, pero no puedo... así que —la miró a la cara con los ojos llenos de vulnerabilidad y arrepentimiento. —Lo mínimo que puedo hacer es que tú seas quien dicte mi veredicto. Vivo o muero. Tú decides.
—Yo no... Suéltame... —se removió intentando soltarse. Si había algo que ella quería hacer, era levantarlo del suelo y sugerir que todos se fueran a casa.
—Clarissa —Jace la mantuvo en su lugar. —Éste es el puñal del que fue mi mejor amigo. Es justo que sea su hija quién sea la que acabe conmigo después de lo que te hice pasar. Insulté su recuerdo, te insulté a ti... Me lo merezco. Tómate la revancha. Véngate.
—¿Me estás pidiendo que... que te clave el puñal en el corazón? —estaba acongojada.
Se había recogido su cabellera pelirroja en un moño, pero le caían mechones por la cara y el cuello. Se le había secado la boca y sentía que las rodillas se tornaban gelatina.
Jace curvó un poco los labios y la miró con ternura.
No. Ella no sería capaz de hacer eso: era buena y compasiva.
—En realidad tienes que arrancármelo o no moriré. Si lo deseas, puedes cortarme la cabeza. Te estoy ofreciendo mis disculpas. No merezco seguir aquí —reconoció él abatido. La misericordia de Clarissa lo impulsaba a rendirse ante ella y eso era lo que estaba haciendo.
Volvió a empujar la punta del puñal hacia su corazón. Clarissa sintió cómo la hoja se clavó ligeramente en su pecho.
—No... Para... —le gritó ella afligida queriendo liberarse de sus manos.
Jace la miró con sus preciosos ojos llenos de agonía.
—No puedo hacerlo —susurró ella mirándolo a su misma vez. —¿No lo entiendes? No... puedo. No quiero matarte.
No quería hacerle daño ni mucho menos matarlo. En aquella posición, Jace parecía inseguro, sensible, frágil... Y a Clarissa se le partió el corazón y le vinieron unas ganas irresistibles de abrazarlo y hacer que hundiese su bonito rostro en su estómago. De acariciarle el pelo y mecerlo como a un niño que después de una reprimenda por haberse portado mal, necesitaba consuelo y calor.
—No lo haré —le dijo con la barbilla temblorosa y reprimiendo las ganas de apartarle uno de sus preciosos mechones rubios de la cara. —No soy así.
Suspiros de alivio se oyeron entre el clan de los vanirios. El más absoluto silencio en el de los berserkers.
—Entonces —Jace se levantó como si llevara el peso del mundo a sus espaldas, —ven.
La agarró de la muñeca, ella intentó librarse y la hizo caminar hasta la mesa. Cogió las cuerdas rebosadas de cristales y se las entregó a ella. Clarissa las miró aterrorizada. Aquellos cristales pinchaban.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Jace mirándola con firmeza.
—¿Qué pretendes? —enfurecida tiró las cuerdas al suelo. No le gustaba nada cómo Jace la estaba haciendo sentir en ese momento. Ella no iba a ser el verdugo de nadie y menos de él.
—¿Cuántos años tienes? —le volvió a preguntar.
—Ya lo sabes.
—Dilo en voz alta.
—¿Por qué? —preguntó temerosa.
—Dilo...
—Veintidós —contestó pidiéndole en silencio que dejara lo que estaba haciendo. —Por favor, detente, Jace.
—Bien —se puso de rodillas y dejó caer su torso sobre la mesa, dejando la espalda al descubierto, ofreciéndose para algo que parecía horrible. —Quiero que me des veintidós latigazos y que en cada uno de ellos, te desahogues por lo que te hice. Un latigazo por año de tu vida. Es lo mínimo.
—No... —intentó correr hacia su abuelo Luck para cobijarse. Ella no quería hacerle eso a nadie.
Jace se levantó como alma que lleva el diablo y detuvo a Clarissa cogiéndola de los brazos.
—¿Qué te pasa? —la zarandeó. —Es tu momento de vengarte, Clarissa. Descarga tu enfado conmigo. Yo soy el responsable de tu miedo, de tu...
—No voy a hacer eso. Me niego a torturar a nadie—afirmó en redondo. —Eres un animal, pero no voy a azotarte.
—¿Te niegas? —alzó las cejas desafiándola y miró a la multitud. —Si no lo haces tú, lo hará otro.
—No... Te perdono, vale... —no soportaría ver que alguien pegara a Jace y ese pensamiento la turbó bastante— ¿No es eso lo que querías oír? Ahora deja esto ya y...
—No, Clarissa. No lo dices en serio —miró sus pupilas, sus ojos rasgados y tupidos de pestañas. Estaba viendo su interior y ella no podía apartar la mirada de él. —No me dejas elección. Es lo que me merezco. No quiero clemencia y tengo que pagar de algún modo por lo que pasó.
La soltó, recogió las cuerdas y se plantó enfrente de Eric.
Clarissa sintió que se le paraba el corazón.
—Jace, te he dicho que pares... —le empujó, pero él la ignoró. Eric lo mataría. No podía dejarle que hiciera eso.
—Toma las cuerdas, Eric —dijo Jace ignorando a Clarissa. —Veintidós latigazos.
—No le escuches, Eric... —gritó ella rogándole desesperada que desestimara su petición.
Eric miró a Jace y a Clarissa. Ella estaba asustada y muy angustiada por lo que le iban a hacer a Jace. El berserker chasqueó la lengua y tomó las cuerdas mirando a Jace. Éste asintió y se dirigió a la mesa para tumbarse allí como antes.
—Por favor, detente... —sentía cómo las lágrimas no derramadas le irritaban los párpados.
—Es su decisión, Clarissa —le explicó Eric encogiéndose de hombros y dirigiéndose a la mesa circular. —Nada me podría impedir flagelarle. Se lo merece. Pero... —alzó las cejas.
Clarissa entornó los ojos. Eric, de todos los berserkers, era el que más odio parecía tenerle a Jace. ¿Por qué Jace lo había escogido a él? Él no iba a tener piedad.
—¿Pero qué? —preguntó ella humedeciéndose los labios secos.
—Me detendría si dijeras que sientes algo por él. Tú eres de mi clan. No podría desobedecer tus ruegos cuando se tratan de esas emociones, de... tu supuesta pareja... Eres la hija de la princesa Jade.
¿Se estaba burlando de ella? ¿La estaba desafiando? Clarissa se enfureció con Eric.
—Dilo, Clarissa. Di que te preocupas por él, que sientes algo por él y yo no seré quién le flagele. Vamos, sé lo suficiente loca para admitir algo así. Ni yo ni nadie podría herirle si dijeras eso, porque demostraría que a ti no te importó lo que te hizo —era un ultimátum. Eric sabía que la ponía entre la espada y la pared. —Ser violento y rudo en la cama todavía no es un delito, así que... —se encogió de hombros.
Clarissa desechó la idea de arrancarle el pelo a Eric. Además, ya se lo había rapado. La estaba avergonzando. Miró a Jace, que ya se había agachado y estaba tumbado sobre la mesa.
Ella tragó saliva. Admitir que lo que pasó entre ellos fue de mutuo acuerdo no era... Meneó la cabeza. No era cierto.
Jace alzó la cabeza para mirarla. Estaba rígida. Su cara tirante. Sus ojos llenos de nervios, dudas y contradicciones. ¿Lo diría? ¿Diría que sentía algo por él? Dios, deseaba oír esas palabras de sus preciosos labios, más que el aire para respirar.
Clarissa clavó sus uñas en sus palmas y el dolor le alejó de las palabras que tenía en la punta de la lengua. Tenía miedo de admitir algo tan incoherente después de todo lo ocurrido entre ellos. Pero, entonces, ¿por qué se sentía tan apenada? Es-to-col-mo.
Inmediatamente, reaccionó.
—No, no fue de mutuo acuerdo. Lo que hizo Jace no estuvo bien —contestó con frialdad. Apartó la vista de Jace y le dio la espalda para ir con su abuelo.
Jace sintió que flagelaban su corazón. ¿Qué esperaba? ¿Que ella dijera: sí, Jace, después de todo lo que me hiciste, creo que siento algo por ti? Clarissa sólo podía sentir odio y resentimiento.
Giró la cabeza hacia Eric y le dijo:
—No te cortes, chucho. Véngate. No tendrás otra oportunidad como ésta.
Eric torció la boca en un gesto no muy conforme.
—Lo hago por ella —le dejó claro con un brillo de incomodidad en la mirada. —Alguien tiene que vengarla. No vas a llorar, ¿verdad, colmillos?
Jace miró por última vez a Clarissa que intentaba hundir su cara en el pecho de su abuelo. Pero Luck la obligó a mirar.
—Eso es un sacrificio para un hombre, pequeña —le dijo su abuelo tomándola de los hombros y dándole la vuelta para encarar el castigo del vanirio. —Jace admite su error. Como mínimo, míralo.
Ella lo miró, pero cuando el primer latigazo cortó la piel del vanirio, ella apartó los ojos.
Brave se lanzó a morder el pantalón de Eric, gruñendo y defendiendo a su nuevo amigo. Clarissa corrió a tomarlo en brazos. Se abrazó a él y lo apretó con fuerza, mientras el perrito no dejaba de ladrar.
Jace, por su parte, no dejó de mirarla en ninguno de los veintidós latigazos. Tenía la carne abierta. Los músculos de la espalda desgarrados. La mesa, inundada de sangre, chorreaba formando un charco largo y profundo en la tierra. Su mandíbula apretada y los ojos rojos de la ira y del dolor. Se había clavado los colmillos en el labio inferior y tenía la boca manchada de su propia sangre.
Ella había oído el ruido de la cuerda y el cristal lacerando su piel bronceada, cortando su espalda. Sus sentidos le habían dado detalles que no hubiese querido percibir jamás. La sangre de Jace inundaba su pequeña nariz y le erizaba todo el cuerpo.
Él no había rugido ni gritado en ninguna de los veintidós golpes.
Cuando Eric acabó, ni siquiera el berserker pudo reprimir un gesto de horror al ver la carnicería que había hecho con Jace. Tiró las cuerdas al suelo con disgusto, queriéndose zafar de esa atrocidad.
Clarissa temblaba y lloraba en silencio. Estaba pálida, sus ojos de color violeta estaban enrojecidos e irritados.
—¿Jace?—preguntó con recelo e inseguridad retorciéndose las manos sobre el regazo— ¿Jace?
Sólo escuchó un pequeño rugido de animal herido. Jace tenía los ojos cerrados y las manos cerradas como puños. Le temblaba la barbilla y las venas del cuello estaban hinchadas palpitando furiosamente.
—Habla conmigo —le estaba dando permiso para hablar con ella telepáticamente.
Jace permanecía rígido sobre la mesa. De repente, ella vio cómo Jace movía los labios y se acercó a él.
—Isabel... —susurró él con más esfuerzo del que deseó.
Clarissa vio cómo Isabel, con el rostro desencajado, le ponía una manta húmeda a la espalda. Él siseó de dolor hundiendo la cara sobre la mesa.
Los vanirios abandonaron el lugar, así como la gran mayoría de berserkers. Muchos de ellos, se habían ido antes de que acabara la tortura. No querían ver aquel espectáculo.
Luck dio unas palmaditas de ánimo a Clarissa, chasqueó la lengua y se fue hacia la mansión. Eric pasó por su lado e intentó evitar su mirada llena de rabia y de dolor.
—Creo que ya ha saldado la cuenta pendiente —le dijo con el ceño fruncido. —Se lo merecía, pero no he disfrutado aunque pienses lo contrario.
Clarissa lo miró con furia. Eric tenía chorretones de sangre de la espalda de Jace tanto en la cara como en los antebrazos.
—Eres un salvaje, Eric —espetó con todo el cuerpo temblando.
—Soy lo que soy. Jace es lo que es. Y tú eres ambas cosas. Así procedemos —le dijo fríamente. —Acostúmbrate, princesa. No somos humanos.
—Hijo de perra —estaba tan enrabiada que lo empujó.
Eric se quedó sorprendido ante la reacción de la joven. Luego sonrió afablemente y añadió, comprensivo:
—Sí, bonita. Soy hijo de una perra. Como tú —no esperó a ver su reacción. Le dio la espalda y siguió a Jordan que hacía rato que lo esperaba. —Ve a ver cómo está, Clarissa. No puede ni pestañear.
Clarissa se negó a llorar. Estaba tan harta de esa situación, de ese mundo cruel y visceral al que pertenecía... Enderezó la espalda y caminó hasta la mesa. Isabel levantaba a su hermano con la ayuda de los dos hermanos. Jace no tenía fuerzas ni para alzar la cara y mirarla. Los brazos le colgaban inertes alrededor de los cuellos de Alec y Simon, e Isabel ayudaba a mantener la manta húmeda encima de la espalda.
Clarissa se detuvo enfrente de ellos. Le dolía ver al vanirio así. Incluso había sentido los latigazos en carne propia, como si le pegaran también a ella.
—Esto no era necesario —le dijo controlando sin éxito el temblor de su voz. —¿Me oyes, Jace? Esto no era necesario.
—Clarissa —la voz de Isabel salió de detrás de la espalda musculosa y herida de Jace, —no es buen momento...
—Me da igual —la contestó con los ojos llenos de dolor por él.
Se acercó al cuerpo abatido de Jace y, con una mano insegura y trémula lo cogió de la barbilla y lo obligó a mirarla. La sangre chorreaba por su cuello y caía por su pecho ancho y tan bien definido.
Sintió ganas de lamerlo de pies a cabeza. Ganas de curarlo y de aliviarlo.
Dios... Se estaba convirtiendo en una mujer bipolar. A ratos lo odiaba y a ratos quería ayudarlo.
—¿Me oyes? —repitió con la voz ronca por el dolor de Jace. —Yo no quería que lo hicieras.
Jace tuvo las fuerzas suficientes para abrir los párpados y mirarla con los ojos semi-abiertos.
Ella sintió que se le partía el corazón. Él tenía lágrimas en los ojos. Seguro que le dolía una barbaridad.
—Eric te dio una oportunidad. Si hubieses dicho la verdad, nadie podría haberle tocado un pelo —contestó Alec encarándose con ella. —Fuese como fuese te has vinculado a Jace y...
—Déjala, Alec —le dijo Isabel. —Por favor, llevaos a mi hermano y dejadnos solas.
Clarissa clavó la mirada en los ojos semi-cerrados de Jace y soltó su barbilla. Se llevaban a Jace, que arrastraba los pies y se mantenía sólo por los fuertes brazos de sus amigos. Ella quiso ir con él.
Isabel echó la cabeza hacia atrás y se masajeó la nuca con una mano.
—¿Lo vais a curar? —preguntó Clarissa intentando fingir indiferencia.
—Ahórrate ese tono conmigo —contestó seria. —Mi hermano ha hecho esto por ti, porque él creía que se lo tenía merecido y porque quería tu perdón. ¿Lo has perdonado?
—Yo no sé si...
—Escúchame bien, Clarissa. Los vanirios no somos lo que tú crees. Jace se equivocó contigo y hoy ha decidido castigarse por ello. Ante todos —señaló. —Tú no entiendes lo que eso significa. Ser humillado por un berserker ante el Consejo y los clanes... No lo puedes comprender. Pero mi hermano hoy se ha comportado como un hombre justo.
—No... No quiero entenderlo. Sois unos salvajes. Siempre arregláis las cosas así.
Isabel bajó la voz para hablarle con dulzura.
—Júzganos cuando nos conozcas. No te dejes guiar por ese error que cometió. Mira —le limpió una lágrima que caía por su mejilla, —cuando quieras hablar de lo que sea, cuando tengas ganas y estés preparada para conocernos, puedes contar conmigo, acudir a mí —le sonrió acariciándole la barbilla.
Clarissa no pudo hacer nada más que asentir como una niña pequeña y agradecer el gesto de Isabel.
—Sé que ha sido muy duro para ti.
—Lo es —sollozó Clarissa. —Es extraño.
—Yo te brindo mi amistad, Clarissa. ¿La aceptas? Puedo ayudarte a encajar en el mundo de tu padre. En tu nueva vida.
—¿Qué vida? —gritó ella frustrada. —¿Esta vida? —se señaló los ojos y los colmillos.
—Hay vida en la noche, Clarissa —contestó ella enternecida. —Hay belleza y justicia. Y tú formas parte de ella.
—Es... estoy aterrorizada... —reconoció sin titubeos. Isabel sonrió y se encogió de hombros.
—Supongo que damos un poco de miedo.
—Lo dais —le contestó la joven. —Pero tu hermano es el peor de todos.
Tenía miedo a Jace. Ni Simon ni Alec ni Isabel ni siquiera Maryse o el desgraciado de Sebastian podían intimidarla tanto como Jace. Él era el único que la hacía sentir débil y vulnerable, por todo lo que había despertado en su interior. Por los anhelos que tenía cuando estaba cerca de él.
—Es normal que te sientas así. ¿Quieres que hablemos de ello ahora? —le preguntó Isabel.
—No. No me encuentro bien.
Por supuesto que no estaba bien. Necesitaba ver a Jace, con una irracionalidad y un desespero, que no era lógico, no era normal. Y lo peor era que él se acababa de ir...
Cuando le había tocado la cara, había sentido electricidad en las manos. Calor en los pechos. Ardor en el vientre. Y estaba convencida, porque así se lo decían sus instintos, que algo le estaba pasando con el vanirio.
El olor de su sangre la excitaba como nada en el mundo, su voz la dominaba y la hacía entrar en un trance de deseo incontrolable hacia él, hacia su piel, hacia su cuerpo. No se sentía así con nadie más. Nunca se había sentido así.
—Mañana haremos guardia en Birmingham. Los nosferátums y los lobeznos atacan a menudo por esa zona.
—Lo sé. Me lo dijo mi abuelo —se secó las lágrimas en un gesto rápido.
—Hay mucho ambiente por la noche allí. Si te apetece que hablemos... Podrías acompañar a los berserkers en sus guardias. Mientras no haya altercados, podemos conversar. También habrá grupos de los nuestros. Podríamos charlar entonces con tranquilidad. Hay tregua entre los clanes ahora, así que no tiene por qué haber más conflictos.
Clarissa tenía deseos de hablar con alguien femenino. Aquel mundo de testosterona la estaba volviendo loca. Y echaba de menos a Maya y a Gaby. ¿Qué pensarían de ella y de lo que le había sucedido? A lo mejor la rechazarían. A lo mejor ya no tendría amigos como ellos en la vida.
Se mordió el labio para retener los sollozos.
—Está bien —dijo finalmente. —Mañana podríamos hablar.
Isabel sonrió abiertamente y Clarissa pudo apreciar lo hermosa que era.
—Me alegra oír eso. Bueno, entonces nos veremos allí por la noche. Ahora tengo que hacerme cargo de mi hermano.
Clarissa asintió y se armó de valor para realizar la siguiente pregunta:
—¿Él... va a estar bien?
La vaniria la miró con atención sorprendida y a la vez aliviada de que ella le preguntase algo así.
—Jace se recuperará más rápido de lo que crees, pero sólo si tú le ayudas.
—Dime cómo.
Estaba dispuesta a ayudarlo. Esas heridas eran horribles y se había dejado castigar por ella. ¿Por qué tenía que ser tan misericordiosa?
Isabel la repasó de arriba abajo y levantó la comisura de los labios.
—¿De verdad quieres ayudarle? ¿Después de todo?
Clarissa asintió con seguridad.
—Entonces intenta escucharlo. Habla con él. Perdónalo.
Pues esto ha sido todo por hoy. ¿Qué os ha parecido? ¿Qué pensáis del castigo de Jace? Yo creo que ha sido brutal… pero bueno, los vanirios son asi, y Jace tenia que pagar de algún modo el daño que le hizo a Clary.
¿Se recuperara Jace de las heridas? ¿Lo ayudara Clary? Ya me contareis.
Nos leemos pronto!
Mil besos de Jace!
Quiero agradecer a todas las que os pasáis por la historia, las lectoras silenciosas, a las que activáis las alertas de favoritos y a las que dejáis comentarios. Gracias Ritza Herondale, Clace, Yocel, SebbiLoverTMI, Morgenstern18, Alex Black Moon, Jonathaclary, Leyre12 y Amo el libro por los comentarios.
