Hola! Aquí estoy de nuevo! Perdón por la tardanza pero estuve toda la semana pasada en cama con 40 de fiebre. Espero compensaros en estos días. Nos leemos mas abajo!

Disclaimer: tanto la historia como los personajes no son míos, la historia es de Lena Valenti y los personajes de Casandra Claire, yo solo juego con ellos sin animo de lucro.

EL LIBRO DE JADE

CAPITULO 15

A LA MAÑANA siguiente el sonido de la canción de Buffy Cazavampiros la despertó. Frunció el ceño y se frotó los ojos que todavía estaban húmedos después del ataque de llanto. Miró a su derecha y sobre la mesita de noche vio un iPhone sonando. «Isabel calling.»

Muy apropiada la música.

—¿De quién se suponía que era ese teléfono? —Clarissa cogió el móvil y lo descolgó.

—¿Sí?

—Buenos días —dijo la voz de Isabel al otro lado.

—Hola —se estiró y pensó inmediatamente en su hermano. —¿Está ahí Jace?

Isabel se quedó en silencio unos segundos.

—No. No está.

—¿Dónde le puedo encontrar?

—¿Lo quieres ver? —preguntó con un tono esperanzador.

—Tengo que hablar con él.

—Ven esta noche a Birmingham y lo verás. Hoy es noche de solsticio. Luna llena.

—¿Y qué hago con mis amigos?

—Tráelos. Mejor que estén con nosotros a que estén solos.

—¿Es seguro?

—Esta noche no hay nada seguro, Clarissa.

—Ya... —se quedó pensando. —Gracias por los vestidos. ¿Cuánto te debo?

—Nada. Es un regalo de Jace.

—Tengo que pagárselo, Isabel —contestó mientras pensaba conmocionada en el detalle del vanirio. —Hay mucho dinero en esas ropas.

—Si de verdad se lo quieres agradecer, encuéntrate con él en Birmingham. Ven esta noche.

—¿Y el móvil? ¿Se supone que es mío? ¿Puedo cambiarle la música del tono de llamada?

Escuchó como Isabel se reía.

—Aha. Están todos los teléfonos de los miembros del clan y de toda la gente que conocemos y nos ayudan casualmente. Cualquier cosa, los llamas y estarán dispuestos a entregar su vida por ti.

—Qué majos —susurró sin emoción caminando hacia la ventana y dándole al botón para que se abrieran las persianas. El día era muy nublado en Londres. Para variar. —Está bien. Esta noche nos vemos. ¿Dónde?

—En el The Queens Arms. En el centro de Birmingham. Allí estará nuestro grupo de guardia. Algunos berserkers vendrán también con nosotros.

—¿Y qué se supone que pasará esta noche?

—Lo que pasa la noche antes del solsticio y la luna llena. Guerra y caza, querida.

Clarissa sintió como algo en su interior se despertaba. Algo fuerte, desafiante y anhelante de adrenalina.

—Al atardecer, allí ¿ok?

—Sí. ¿Seguro que vendrá Jace?

—Sí. Él vendrá.

La mañana pasó rápida. Los tres amigos desayunaron juntos. Se rieron de los comentarios de Maya sobre los desayunos altos en grasas y estimuladores de hipertensión que comían los ingleses. Clarissa sorteó las preguntas sobre Valentine como pudo, y se inventó lo que creyó necesario para explicar cuál era el papel de Jace e Isabel en la empresa. Gaby no dejaba de mirarla a medio paso entre el embeleso y la extrañeza.

Clarissa sabía que Gaby notaba algo distinto en ella, algo que Maya al ser una hembra, no percibía. Pero Luck ya le había advertido sobre la reacción que ella haría tener al sexo opuesto como híbrida.

Jocelyn, a escondidas de Maya y Gaby, le presentó al resto del servicio entre los que había un chofer llamado Igor de piel negra de casi dos metros de alto y otros dos de ancho. Dos chicos más que se encargaban de los jardines y las piscinas. Y tres mujeres más, ambas de pelo blanco y largo y muy parecidas entre ellas. Era un servicio un tanto extraño, pero le gustaba. Eran sólo siete personas para una mansión. Allí había mucho que hacer.

—¿Cuánto os pagaba mi padre? —le preguntó Clarissa a Jocelyn.

—Lo suficiente señorita.

—Aquí hay mucho trabajo, Jocelyn. Yo os subiré el sueldo.

—Niña —le puso la mano en la espalda. —Nosotros vivimos aquí, contigo. Tú nos das un techo, y te aseguro que nos pagas muy, muy bien. Todo lo que hacemos, lo hacemos contentos y con gusto.

Jocelyn era un encanto de mujer. El grandullón de Igor era uno de esos hombres con cuerpo excepcional pero con la mente y el corazón de un niño pequeño. Clarissa le cogió cariño enseguida. Y las tres mujeres la miraban y sonreían pero hablaban bien poco. Habían sido monjas de clausura, según le había comentado Jocelyn.

—¿No hay ningún hombre contigo, Jocelyn? —le extrañaba porque la mujer seguía siendo hermosa a su edad. —¿Un esposo, tal vez?

—Mi marido murió, niña —le dijo dulcemente con la mirada llena de melancolía.

—Lo siento, mucho —se disculpó, pero seguía sin entender por qué no había encontrado a nadie.

Esa misma mañana le pidió a su nuevo chofer que los llevara a dar un paseo por Londres. Vieron el Hyde Park, el Big Ben, el Westminster y acabaron en el club de fútbol del Arsenal por petición expresa de Gaby.

Después comieron con Igor en un restaurante de comida japonesa donde descubrieron que a Gaby se le daba fatal lo de usar los palos para coger el sushi.

—Entonces... —comentó Gaby mientras se peleaba con un trozo de sushi. —¿Esta noche nos vamos a Birmingham?

—Sí —Clarissa se aclaró la garganta. —He quedado con Isabel, Jace y sus amigos. Los vais a conocer, tanto las chicas como los chicos son superatractivos.

—Yo me conformo mientras estén como el rubiales peligroso de Jace —había dicho Maya abiertamente mientras se reía de Gaby y su torpeza. ¿Rubiales peligroso? Sí. Sin lugar a dudas, pensó Clarissa.

—Clarissa —comentó Gaby alzando una ceja, —¿ya has hablado con la Universidad por lo de tu puesto de trabajo? ¿Ya los has conocido?

Clarissa tragó el arroz que tenía en la boca y se aclaró la garganta inquieta.

—No he tenido tiempo —ni lo tendría. ¿Cómo iba a ponerse a trabajar con un grupo de pedagogos y educadores cuando ella ya no era humana?

—¿El nazi de tu padre no te lo ha permitido? —preguntó Maya bebiendo de su vaso de Coca-cola Light. En serio, Clarissa, hay que pararle los pies de algún modo.

Cuantas ganas tenía de poderle decir a sus adorados amigos todo lo que le había sucedido. ¿Qué pasaría si les dijese que ella era una mezcla de mujer lobo y vampira?

—Sí —susurró. —Le pondré remedio.

Siguieron hablando del tiempo de Londres, de los días que se quedarían sus amigos allí, de su hasta ahora apartado trabajo de pedagogía... todas esas cosas de las que podían hablar tres personas que se conocían desde muy pequeños. Con confianza y animosidad pasaron el día hasta que llegó el atardecer.

Igor los llevaba en coche hasta el The Queen Arms. Clarissa se había puesto un vestido lila de Moschino, que le llegaba tres dedos por debajo de las nalgas, se le cogía a la nuca y que dejaba sus hombros al descubierto. Gaby le había dicho que no tenía claro si era un vestido o una camiseta un tanto larga. Maya sin embargo la había animado a hacer un pase de modelos en la entrada de la casa. Como calzado, llevaba unos zapatos negros que se cogían a la pantorrilla con tiras de piel de estilo romano y que dejaba que se le vieran los dedos. Se había hecho una manicura francesa, y sus pies tenían el toque femenino necesario para lucir ese tipo de accesorios. Tenían algo de tacón, pero tampoco mucho. Quería ir cómoda, pero también muy sexy. Guerra y caza, había dicho Isabel.

Había agarrado una levita negra para la noche. Seguro que refrescaría, como siempre. Inglaterra era así.

El coche los dejó delante de un edificio que abarcaba toda una esquina. La planta baja, tenía estructura de madera verde y estaba decorada con columnas blancas. La parte de arriba, era de ladrillo inglés rojizo y ventanas blancas. Había un letrero que ponía «MITCHELLS AND BUTLERS».

Clarissa se colocó la chaqueta. Las calles estaban abarrotadas de gente joven con ganas de fiesta. Muchos de ellos tomaban las cervezas afuera de los pubs, mientras charlaban animosamente.

Clarissa pensó que los ingleses parecían mucho más civilizados en su país que cuando pasaban las vacaciones bajo el sol de Barcelona. Entonces sí que se desmadraban.

Isabel salió del pub y los saludó. Clarissa se puso la chaqueta, y agarró su bolso colocándoselo tras la espalda.

—Pasad, estamos dentro —dijo Isabel mirándola con aprobación. —Caramba Clarissa, estás impresionante.

—¿Estáis... todos? —preguntó Clarissa abriendo los ojos.

—Sí, todos.

La última en entrar fue Clarissa. Los hombres la repasaban de arriba abajo y la vitoreaban.

—Atento, Jace —dijo Alec cuando vio entrar a la híbrida. Sonrió divertido.

Jace, yacía sentado reclinado contra la pared, bebiendo una cerveza. Cuando vio aparecer a Clarissa, el líquido espumoso se le quedó a medio camino. La joven se había alborotado un poco el pelo, que le enmarcaba de forma graciosa la cara. Sus ojos lilas hacían juego con el vestido. Sus piernas esbeltas, largas, exaltaban su feminidad y hacían desear a un hombre ser rodeado por ellas. El vestido que él mismo le había comprado por Internet era todo un desafío. Apretó la jarra de cerveza y deseó no haberlo encargado nunca. Los hombres se la comían con los ojos y las mujeres la miraban con admiración. Y él quería zarandearla, recriminarla por provocarlo de aquel modo y luego arrancarle el vestido y sustituirlo por sus propias manos.

Clarissa ignoró todas las alabanzas que oía a sus espaldas y se dirigió hacia la mesa. Su mirada pasó de Jace a las dos mujeres rubias que tenía sentadas al lado. Dos preciosidades nórdicas, observó irritada. Eran vanirias, si las observabas bien se podían ver sus pequeños colmillos apareciendo por su labio superior, aunque intentaban esconderlos. Jace estaba relajado, con los dos brazos apoyados sobre los respaldos de las sillas de las chicas. Como un conquistador.

Clarissa lo miró desafiante, y él vio como ella levantaba una ceja y le sonreía con frialdad. ¿Qué hacía él con ellas? Le entraron ganas de marcar el territorio, golpear a las rubias hasta hacer una versión femenina del hombre elefante y luego cortarle las pelotas a Jace. ¿De dónde salía toda esa furia corrosiva? Tenía que controlarse.

—Menos mal que hemos llegado —dijo Maya irritada mirando hacia atrás. —Hay una jauría humana que quiere tirarse encima de Claire.

Clarissa miró a Jace y lo sintió incómodo y molesto por ese comentario.

¿Por qué reaccionaba así? Por lo visto a él le gustaban las rubias, meditó rabiosa y decepcionada. Sintió los dardos de unos celos irracionales que le atravesaban el estómago.

—Perdona, bonita —dijo un chico tras ella.

Clarissa se giró, mirando todavía de reojo a Jace, y cuando vio al chico que se le había acercado, agrandó los ojos con sorpresa y sonrió ampliamente.

—¿Bob?

El chico le devolvió la sonrisa y le dio un beso en la mejilla. Clarissa al momento se tensó. Bob estaba ligeramente achispado y a ella no le gustaba que otro hombre se le acercara tanto. Con todos sus sentidos desarrollados, supo al momento que Bob no la veía sólo como una amiga.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó ella.

—He salido a tomar unas copas con mis... amigos. ¿Y tú?

—Eh... como ves, al final encontré a mis amigos en Wolverhampton. Hemos sal...

Acercándose a ella más de la cuenta, se inclinó para hablarle al oído y cortarla.

—No me has llamado —le recriminó simulando enfado. —Supongo que perdiste mi papel con el número de teléfono.

Clarissa recordó que Bob le había dado el teléfono. El papel lo tendría en el tejano que le había prestado Isabel y que había entrado directamente a la lavadora.

—No me he olvidado de ti. Es que...

Inmediatamente Bob dejó de mirar a Clarissa, para mirar algo unos veinte centímetros por encima de su cabeza, sin duda más alto que él.

Clarissa se giró y vio a Jace, con la mirada oscurecida y la mandíbula pétrea.

—Toma —Jace le entregó cinco dólares a Bob. —El dinero que le prestaste. Al final, no tuvo que utilizarlo. Ahora, ya no te debe nada. Así que apártate de ella y deja de babear.

Bob arqueó las cejas, desafiándolo.

Clarissa los miró de hito en hito. ¿Cómo se atrevía? Jace, la tomó del codo sin ninguna delicadeza y la invitó a que saliera del pub. Todos los vanirios, lo siguieron.

Más vale que me sueltes, cerdo arrogante.

Jace no la escuchaba. La ignoraba. Una vez en la calle Jace la hizo girar bruscamente y frunció el ceño mirándola de arriba abajo.

Maya y Gaby se miraron extrañados. Aquella situación era muy violenta. Sin duda se encontraban en medio de una discusión. Pero no sabían, ni cómo ni por qué se había iniciado.

Clarissa empezaba a enfurecerse y respiraba agitadamente, el pecho le subía y le bajaba a gran velocidad.

—¿Por qué has hecho eso? Él me ayudó cuando... —intentó zafarse de su mano, —yo no te mencioné nada de Bob. ¿Cómo sabías que...?

—Tu abuelo me lo explicó. Y me importa una mierda, Clarissa. Andando —la empujó levemente para que emprendiera la marcha.

Clarissa nunca se había sentido tan avergonzada, y lo peor era que ella no tenía nada de lo que avergonzarse. Además, hacía un momento él estaba encantado con las atenciones de las dos rubias. Y de repente, se había levantado como alma que lleva el diablo al verla hablar con Bob. Y ahora se encontraba en la calle, yendo hacia algún lugar donde Jace se sintiera más cómodo. Ni hablar.

—Ni hablar, monstruo —lo miró a sus ojos llorosos y enrojecidos. Jace parecía débil.

El vanirio sintió una punzada al volver a oír esa palabra de su boca. Una boca carnosa, húmeda e hidratada.

—Oye, tú... —Bob apareció entre la multitud reunida en la calle. —¿Por qué no la sueltas? Ella no quiere irse contigo.

—Drama, drama —musitó Maya emocionada por los acontecimientos. —Una princesita despampanante entre un jugador de rugby y un hombre que parece uno de los inmortales. Claire, eres toda una rompecorazones.

Bob cogió a Jace por el hombro e inmediatamente Alec y Simon se le echaron encima.

—Ni se te ocurra, chaval —dijo Simon meneando la cabeza de un lado al otro. —Por tu bien.

—Ya veo —murmuró mirando a Jace. —Así que tienes niñeras... ¿Eres una nena?

—Bob, déjalo —le dijo Clarissa poniéndole una mano en el pecho. Jace tenía mucha fuerza y podría hacerle daño.

Inmediatamente Jace gruñendo le cogió de la muñeca y le apartó la mano de él, mirándola iracundo. Se le removía el estómago cuando su cáraid tocaba a otro.

—No lo toques, Clarissa.

Clarissa apretó la mandíbula y sintió que la ira le recorría las entrañas y quemaba los últimos vestigios de su control y de su comprensión.

—Déjame en paz, Jace... Me iré con quien me dé la gana... —le gritó apretando los puños a ambos lados de su cuerpo.

Jace la ignoró y la cogió de la mano, tirando de ella.

—Tu hermano es un poco posesivo, ¿no crees? —preguntó Gaby a Isabel.

Isabel hizo una mueca con los labios. Bob era un inconveniente a su plan. Se suponía que Clarissa debía arder de celos al ver a Jace con Mina y Lona y que al sentir ese sentimiento su vena berserker tan territorial la hubiera hecho arrancarlo de ellas y después de una soberana bronca su vena vaniria la hubiera hecho comérselo entero. Will le hizo eso a Tessa y funcionó. Pero no, ese tal Bob estaba complicando las cosas.

¿Sabes qué? Eres un auténtico hijo de perra —le dijo Clarissa mientras forcejeaba con él. Para variar, no le contestó.

Entonces todo sucedió demasiado rápido. Bob corrió tras ellos y placó a Jace tirándolo al suelo. Clarissa se apartó asustada. Jace gruñó de dolor y se quedó tosiendo, a cuatro patas.

Simon y Alec fueron a por Bob y lo inmovilizaron. Maya y Gaby corrieron y se colocaron al lado de Clarissa. Isabel socorrió a Jace, que intentaba respirar.

Un montón de gente rodeó la escena y de repente se oyeron gritos espeluznantes. De los cristales del pub, salieron cuerpos despedidos que caían sin vida contra el arcén de la calle. Dos bestias inhumanas corrieron a cuatro patas, como los monos, y con un rugido mostraron los dientes llenos de sangre.

—Lobeznos... —gritó Simon.

Alec y Simon corrieron a detener a las bestias, sobrevolando los coches y saltando por encima de las cabezas de los peones. Tres hombres muy pálidos y delgados se acercaron a Clarissa. Tenían las melenas negras y los ojos del mismo color. Las caras frías y sin expresión miraron a Isabel y la desafiaron. La gente corría desquiciada de un lado al otro.

Isabel se movió a la velocidad de la luz y con un movimiento propio de un samurái sacó su puñal y lo clavó en el cuello de uno de ellos rebasándole la garganta. El vampiro cayó de rodillas sujetándose la carne abierta y haciendo aspavientos. Uno de los otros dos la cogió por la espalda y entonces Gaby lo golpeó con una de las maderas que habían salido despedidas del pub. El vampiro se giró hacia Gaby y sólo con la mirada lo hizo volar por los aires hasta que impactó en la ventana delantera de un Volkswagen rojo. La alarma empezó a sonar inmediatamente. Gaby miró al vampiro y vio como este perdía el brillo malvado de sus ojos. Con los ojos abiertos dirigió la mirada a su pecho, y vio como la mano de Isabel había hundido su daga hasta el corazón. Nada más quedar desplomado en el suelo, el cuerpo empezó a arder por sí solo.

—Púdrete en el infierno —espetó Isabel.

Maya estaba paralizada, el otro vampiro sonrió a Clarissa y luego la miró a ella. Maya no supo cómo lo logró, pero el vampiro la tenía entre sus brazos y ella tenía el cuello descubierto e inclinado hacia atrás.

—No, Maya... —gritó Clarissa.

Clarissa corrió como un ciclón y cogió al vampiro por el pelo. Tiró de él y lo hizo volar por los aires. Impresionada por su fuerza, se miró las manos. Eran igual de frágiles que siempre, pero ella por dentro ya no lo era. Era una híbrida.

Maya salió de su letargo y miró extrañada alrededor.

—¿Qué ha pasado?

—No te apartes de mí —le dijo.

Clarissa colocó a Maya detrás de ella y miró hacia el cielo. Venían más, muchos más. Pero entonces divisó a un grupo de chicos que corrían hacia ellos.

Eran berserkers, liderados por Eric y Jordan. Se colocaron a su lado y las rodearon haciendo de escudos humanos.

—Se acercan —les dijo mientras observaba el cielo.

Sus vaticinios se cumplieron. Un grupo de cinco vampiros aterrizaron sobre sus piernas y los rodearon. Uno de ellos se desvió y se centró en Jace, que todavía yacía postrado a cuatro patas, mirando impotente todo lo que pasaba. Dos lobeznos fueron a por Isabel, que luchó como pudo con ellos.

—Clarissa, mi hermano... —gritó ella con el rostro asustado. Jace estaba indefenso.

En ese momento, las dos rubias lo ayudaron a levantarse. Pero un lobezno se les acercó por detrás y ambas se tiraron encima de él dejando a Jace solo de nuevo.

Jace perdía el conocimiento y apenas les prestaba atención.

Los berserkers se cargaron a los vampiros. Alec y Simon llegaron a tiempo para detener a tres nosferátums más que llegaban recientemente. Parecía que llovían del cielo.

Simon esquivó un puñetazo, se agachó para esquivar una patada que le iba a la cara y cuando volvió a levantarse atravesó el pecho del vampiro con su propio puño. Enrabietado, cogió el cuerpo sin vida del vampiro y lo lanzó contra los Lobeznos que luchaban con Isabel. Acompañando el impacto de los cuerpos, Simon se lanzó sobre uno de ellos y le abrió la mandíbula con las manos hasta descoyuntarla y abrirle el cráneo.

Isabel y él se miraron fijamente. Simon sacó el puñal de su bota, y de un salto bloqueó al otro lobezno que se lanzaba de nuevo a por ella. Le arrancó la cabeza con el puñal. La volvió a mirar.

—¿Problemas? —le preguntó él. —No deberías estar aquí, Isabel.

—Oh, cállate... ¿quieres?

Clarissa estaba horrorizada por lo que veía. Aquellas cosas eran bestias sin alma. Sólo sabían hacer daño, atacar a los humanos y destrozar todo lo que se les cruzaba por el camino. Sin perder detalle de nada, dio un salto por encima de los berserkers y socorrió a Jace, que ya se había levantado del suelo.

Entonces el vampiro que ella había lanzado por los aires volvió para prohibirle el paso. La cogió de la garganta y la alzó del suelo.

—Tú te vienes conmigo, bonita —le dijo enseñándole los colmillos y arrastrando las letras de un modo que hizo que Clarissa se retorciera de asco.

—Suéltala ahora mismo.

Clarissa miró a Jace, que estaba de pie, mirándolo. Tenía la cara llena de agotamiento pero los ojos plenos de determinación.

—Vaya, vaya... ¿A quién tenemos aquí? —dijo el vampiro.

—Tócala, y te abro en canal —su voz era una seria amenaza. Una promesa.

Clarissa se retorció y golpeó la cara del vampiro con el tacón. La soltó con un grito de dolor y ella cayó de espaldas. El vampiro tenía un agujero abierto en la mejilla del cual chorreaba sangre espesa y negra.

—Puta... te vas a... —se cernió sobre ella.

No pudo decir más. Jace lo agarró por el cuello y movió su brazo de arriba abajo, clavándole el puñal en el corazón.

Clarissa se arrastró hacia atrás, apartándose asustada cuando el cuerpo del vampiro empezó a arder.

—Déjame... —se oyó gritar a Maya.

Un lobezno le había rasgado la camiseta arañándole la piel y haciéndole un feo rasguño en el estómago.

Jace corrió hacia ella y se interpuso entre los maxilares y las garras del lobezno y el cuerpo pálido y frágil de Maya. El hombro, el pecho y el cuello de Jace quedó desgarrado, abierto y sangrante. Jace cayó de rodillas al suelo y se desplomó como un peso muerto hacia delante, no sin antes alargar el brazo y abrir al Lobezno en canal desde el pecho hasta el pubis.

—¡No...! —Clarissa corrió hacia Jace con lágrimas en los ojos.

Isabel que acababa de matar a otro lobezno que mordía a un polizón, se arrodilló al lado del cuerpo de su hermano. Y Maya se limitó a arrodillarse de cuclillas y abrazarse las piernas.

—Bratháir... Pelea, Jace... —los ojos azules de Isabel lo miraban llenos de lágrimas. —Simon...

Simon corrió hacia ellos.

—Por favor, Simon, por favor... Jace está muy mal, hay que hacer algo —miró a Simon como si él pudiera solucionar aquella situación.

Simon soltó una maldición y cargó con el cuerpo de Jace. Se impulsó y desapareció en los cielos.

Una manada de berserkers y vanirios fueron a socorrerles, y eso provocó la retirada de los vampiros. Pero ninguno pudo salir de allí con vida. Los vanirios les dieron caza en el cielo y se vio como los cuerpos caían ardiendo en llamas.

—¿Adonde lo llevan? —preguntó Clarissa levantándose desesperada.

—Escúchame —Isabel la cogió por los hombros y la zarandeó obligándola a mirarla. Su tono era duro. —Jace está así por ti. ¿Me oyes? Está débil por tu culpa.

—¿Qué dices? —se intentó zafar de ella.

—Cuando Jace te tomó, él todavía no sabía quién eras. Nadie lo sabía, Clarissa. Lo que él tenía pensado para ti después de acostarse contigo era convertirte. Jace quería intercambiar la sangre contigo para hacerte una vaniria como nosotros. Pero no lo hizo. No lo hizo porque descubrió que tú eras inocente, así que te dio la oportunidad de vivir, de seguir viviendo tu vida con normalidad. Te dejó escoger. Ahora incluso te deja escoger. Jace descubrió que tú eras su cáraid después de acostarse contigo y beber tu sangre.

Clarissa palideció. Las lágrimas caían por sus mejillas. Los labios le temblaban y no dejaba de negar lentamente con la cabeza.

—Otros vanirios te habrían sometido a ellos ¿sabes? No te habrían dejado elegir, porque su supervivencia depende de ti. Pero él sí, porque quería que su pareja lo perdonase y luego acudiera a él por propia voluntad. Desde entonces mi hermano ha dejado que lo azotaran y lo hirieran de muerte, Clarissa. Ha sufrido el dolor del rechazo de su cáraid. Cuando un vanirio prueba la sangre de su cáraid, ésta se convierte en su energía vital y tiene que tomar de ella cada día. Si su cáraid lo rechaza, Clarissa —se aseguró de que le prestara atención tomándola de la barbilla, —el vanirio se convierte en mortal y muere a los pocos días, a no ser que decida alimentarse de humanos y se convierta así en un maldito vampiro. Las heridas de Jace son mortales, ya no tiene poder, no si tú le prohíbes tu cuerpo, no si tú no lo aceptas. Mi hermano se muere por ti y lo peor es que cree que es lo mejor, que se lo tiene merecido. Él es un guerrero, Clarissa. Lucha contra el mal, contra lo que has visto tú esta noche. Se equivocó, sí. Pero no es un monstruo. Ha salvado a tu amiga, y posiblemente ahora se esté muriendo porque quiere salvarte de él. Ayúdame, Clarissa. Sálvalo, por favor —susurró acongojada. —Él necesita que lo salven. Y tú lo necesitas a él.

—Isabel... —la abrazó con fuerza y se echó a llorar. —Yo no quiero que le pase nada... ¿Yo soy su cáraid?

—Sí, Clarissa —se apartó y la tomó de la cara. —Y él es tu pareja. Dime... ¿cuál es tu sabor favorito?

—El mango... —susurró contrariada.

—Él huele a mango ¿verdad? —le preguntó secándole las lágrimas con las manos. —¿Necesitas verlo? ¿Necesitas tocarlo? ¿Hablar con él mentalmente?

—Dios, sí... —reconoció bajando la cabeza y sacudiéndose entre sollozos.

—El hambre que arrastras desde tu conversión desaparecerá en cuanto lo pruebes. Ves a por él, Clarissa. Ayúdalo. Sálvalo. Te lo ruego Clarissa... no quiero perder a mi hermano, él es muy valioso para nosotros y la única familia que me queda. Es más, no lo hagas por mí. Hazlo por ti. Si lo dejas morir, nadie podrá complementarte como él. Jamás.

Clarissa sintió un miedo atroz. Miedo de entregarse a él, miedo de no hacerlo. Temor de perderlo, temor de tenerlo. Alzó los ojos al cielo y dio un largo suspiro. Miró a su alrededor y contempló el caos en persona. Allí acababa de haber una guerra entre mortales e inmortales. El suelo estaba cubierto de charcos de sangre por doquier. Los pubs estaban destrozados, los coches bollados por todos lados. Vio a Gaby sujetándose la cabeza con las dos manos, completamente desorientado, y a Maya en estado de shock abrazada al fuerte cuerpo de Jordan, que la cubría y la hacía desaparecer entre sus brazos.

—Isabel... ¿Te encargarás de mis amigos? ¿Qué pasará con los humanos que han visto lo que pasaba?

—No te preocupes. Tus amigos estarán bien, como los demás —le aseguró. —Les inculcaremos otras imágenes para recordar. Corre y ve a por Jace —le guiñó un ojo y se dirigió a los peatones en shock.

—Alec... —gritó Clarissa, —¿me llevas?

Alec miró a Isabel, y luego a Clarissa.

—Faltaría más —dijo cogiéndola de la cintura.

En un momento Clarissa estaba volando agarrada al cuerpo duro de Alec.

—¿Entonces te has decidido, ya? —le preguntó mirándola a los ojos —¿Vas a salvar a mi amigo?

—No lo voy a dejar morir, si eso es lo que te preocupa —contestó ella con determinación.

—No tienes ni idea de lo que es una relación con un vanirio ¿verdad? Cariño, prepárate —sonrió del mismo modo lobuno como hacía Jace. —Nada va a ser igual para ti. Y esa indiferencia que finges sentir, desaparecerá.

Clarissa miró al frente.

—Que se prepare él, porque antes me va a oír.

Por supuesto que la iba a oír. Ella haría lo que le decía la conciencia. Iba a salvarlo, pero después él tenía que explicarle muchas cosas. Además, estaba loco si creía que podía tratarla y humillarla como había hecho esa noche.

—Sí, señor. Toda una amazona para Jace —aulló de alegría.

La abrigó metiéndola dentro de su chaqueta y adquirieron más velocidad.

Bueno bueno bueno! Parece que Clary va a ayudar a Jace, ¡ya era hora! Esperemos que llegue a tiempo, porque a Jace no le queda mucho. Espero vuestros comentarios!

Nos leemos pronto!

Mil besos de Jace!

Quiero agradecer a todas las que os pasáis por la historia, las lectoras silenciosas, a las que activáis las alertas de favoritos y a las que dejáis comentarios. Gracias Ritza Herondale, Clace, Yocel, SebbiLoverTMI, Morgenstern18, Alex Black Moon, Jonathaclary, Leyre12, Amo el libro, Yours Truly Arabella y Yukiko17 por los comentarios, significan mucho para mi.