Hola! Aquí os traigo otro capi, no es muy largo, pero nos ayuda a comprender un poco mejor la trama y lo que se nos viene encima. Espero que os guste! Nos leemos mas abajo

Disclaimer: tanto la historia como los personajes no son míos, la historia es de Lena Valenti y los personajes de Casandra Claire, yo solo juego con ellos sin animo de lucro.

El Libro de Jade

Capitulo 18

—Por Odin, Jace —Luck olisqueaba al vanirio con el rostro desencajado por la furia. —¿Qué has hecho con mi nieta? ¿La has vuelto a marcar? Hueles a ella por todas partes...

—No la he obligado a nada, Luck.

—No te acerques a ella, ¿me has oído? Todavía está superando la conversión como para que tú ahora la reclames. Déjala disfrutar un poco —su tono perdió el tono imperativo y se quedó en una súplica paternal. —Tiene que estar muy confundida ahora. Hay que dejar que se adapte, ¿entiendes?

Jace miró al suelo avergonzado. Luck se comportaba como un padre iracundo con su hijo. Era curioso ver ese comportamiento hacia él.

—¿Dónde está? —exigió saber.

—Aquí, abuelo —dijo una voz al otro lado del salón.

Jace ni se giró, pero Luck la miró a la cara consternado. Clarissa parecía indefensa, aunque seguía demostrando la determinación y el porte de una berserker. Sin embargo, la luz de sus ojos violeta ya no estaba. Se acercó a su abuelo y le rodeó la cintura con los brazos.

—¿Qué ha pasado? —su mirada helada sobre Jace.

Jace enderezó los hombros y miró hacia otro lado.

—Nada que no tuviera que pasar, abuelo —restregó la cara en el pecho del hombre. Quería oler a él y quitarse la esencia de Jace de encima.

—Tú no estás bien, cariño —la tomó de la cara. —Mira tus ojitos, están hinchados...

—Es sólo que estoy cansada —explicó ella. —Estos días están siendo agotadores y ayer hubo una pelea y...

—¿Te hicieron algo? —preguntó tenso. —Envié a los pelotones de Eric y Jordan a la zona donde ibas a estar.

—Sí, Luck —comentó Jace. —Ellos vinieron a echarnos una mano. Os lo agradecemos.

Luck ni lo miró. Tenía los ojos protectores sobre el rostro de Clarissa.

—¿Qué haces aquí, abuelo? —le preguntó ella jugando con su camisa roja y negra.

—Estaba preocupado por ti. Quería verte. Vente a mi casa a vivir, no tienes que quedarte aquí —no le gustaba que el vanirio se la llevara tan pronto y de una manera tan fulminante de su lado.

Jace admiró la facilidad con la que el berserker revelaba sus sentimientos. No los tenía que ocultar, decía lo que decía porque así lo sentía. Tal vez por eso tenía esa expresión de paz en el rostro.

—Tranquilo, abuelo Luck. Ayer estuve en la casa de mi padre, que ahora es mía ¿sabes? Mis amigos Maya y Gaby están aquí, él los trajo —señaló a Jace sin mirarlo.

—¿Por qué hiciste eso, colmillos? —preguntó asombrado. —Primero el perro, ahora esto...

Jace miró a Clarissa, pero ésta no le devolvió el gesto.

—Creí que se sentiría mejor con ellos aquí. Ya sabes, no tan sola.

—Aha —lo miró extrañado. —Todo un detalle. ¿Entonces te gusta tu casa, pequeña? —la volvió a sonreír.

—Es demasiado para mí.

—No lo es. Tú tienes lo que te mereces. Pero te lo repito: puedes vivir conmigo. Me gusta que estés en casa y además no quiero que estés sola. Necesitas protección.

Por una de las puertas de la casa, aparecieron Simon y Alec, ambos con su pelo moreno y sus caras de pecado, vestidos de riguroso negro.

—¿Qué pasa, amigos? —preguntó Jace.

—Te traigo el estudio de todo lo que obtuviste del camión —dijo Simon entregándole un amplio dossier con tapas negras.

Alec miró a Clarissa y a Jace intermitentemente. Inhaló el aire, pero frunció el ceño. No había el nudo emocional entre ellos. Sí una vinculación física, pero no estaban vinculados realmente todavía.

—Habla, Simon. Es bueno que Luck esté aquí para oírlo todo. Sentémonos, por favor —dijo Jace censurando a Alec con la mirada.

—Estamos enfrentándonos a hombres que saben lo que se hacen —Simon entrelazó las manos y se inclinó sobre la mesa. —Ya no se trata de los típicos grupos con crucifijos, ajos y estacas. Nosotros no somos vampiros, así que esos utensilios no nos afectan. Sin embargo, estos hombres son expertos en la ciencia y la medicina y saben muy bien como aplacarnos —puso una bolsa negra sobre la mesa de diseño y sacó de ella todos los artilugios.

Clarissa abrió los ojos para ver todo lo que había allí. Sprays, perdigones, balas con puntas en forma de erizo, bolsas aislantes de la luz...

—Empieza Simon —sugirió Jace.

—En este frasco —tomó uno rojo metálico con el pitorro negro, —hay componentes fenólicos y terpénicos: tinol, carvanol, geraniol, linalol y terpinerol.

—Estos potes —dijo Clarissa observándolo con atención— son los que se utilizan en las salas de operaciones para esterilizarlas. Es como un desodorante. Yo he vendido estos productos.

Simon alzó las cejas y asintió.

—Tú lo has dicho —le dijo el rubio. —Es lo que crees, sólo que se utilizan para otros medios. Lo usan para disimular nuestros olores cuando expectoramos. Nuestro sudor, nuestro olor corporal es muy fuerte, que no desagradable. Si están haciendo daño a alguno de los nuestros, nuestra nariz lo detecta, pero si camuflan el olor con esto... no olemos nada. Son sustancias que eliminan los olores. Desodorantes, como indica la palabra. Las salas donde hacen las operaciones están selladas herméticamente para que no transpire el olor. Por eso, aunque haya una sede aquí de Newscientists M.I. y hayan cogido a uno de los nuestros, nosotros no lo hemos notado. No podemos olerlos. Rocían los cuerpos con esto, y voilá. Si a esto le sumas que como dijo el chucho...

—Eric —corrigió Clarissa reprochándolo.

—Perdona... que como dijo Eric —corrigió— tienen cuerpos criogenizados en los laboratorios, ¿cómo íbamos a detectarlos? El cuerpo congelado no huele.

—Pero encontrasteis a mi padre —dijo Clarissa.

—Lo encontramos porque alguien quiso que así fuera —explicó Jace sin mirarla. —Su cuerpo había sido criogenizado y cortado a trozos. Parte de los miembros tenían resto de congelación... Es como si lo hubieran sacado de la nevera a propósito. Lo pusieron en un container público en la calle Oxford. Eso es algo ridículo, impensable, a no ser que...

—Una provocación —siseó Luck.

—O tal vez no. Lo colocaron ahí para que lo encontráramos. Su cuerpo, particularmente un sello que tenía en el brazo, nos llevó a la sede oficial en Barcelona. Allí fue estudiado y luego lo reportaron aquí, pero no llegó al edificio de la calle Oxford. Nosotros no sabíamos que en el mismísimo Londres teníamos otros laboratorios Newscientists M.I.. Lo teníamos enfrente y no nos dimos cuenta. Lo que me hace pensar que alguien ha querido destapar el tinglado dejando el cuerpo a la vista de todos.

—¿Alguien os ha querido ayudar? —susurró Clarissa.

—Puede ser... no lo sabemos con seguridad. Lo único que sí sabemos es que la noche que sacaron el cuerpo de Will, los dos mejores rastreadores del clan —dijo Simon, —que son Jace y Sebastian, estaban de guardianes. Lo olieron y lo descubrieron. El cuerpo no olía a berserker ni a nosferátum, sólo a humano. Eso, por eliminación, ya daba una pista sobre quiénes lo habían tocado.

—¿Qué más hay? —preguntó Luck memorizando toda la información.

—Esta crema que hay aquí es la antítesis del desodorante —señaló Simon frotando parte de la crema entre su dedo índice y el pulgar. —Feromonas.

Los hombres se echaron para atrás e intentaron no inhalar.

—De las dos especies —concretó Simon. —Imaginaos que desaparece un berserker. Al cabo de un tiempo aparece muerto con este olor por toda su piel. Huele —ordenó a Jace.

—No hace falta —dijo él, —lo huelo desde aquí. Huele a vanirio.

Luck inhaló y asintió.

—Durante mucho tiempo los berserkers han creído que tras las muertes de sus miembros estábamos nosotros detrás. ¿Cómo no iban a creerlo? Eso les decía su nariz.

—Y a nosotros nos ha pasado lo mismo —afirmó Alec mirando a Luck.

—¿Y que son estos perdigones? —preguntó Clarissa.

—Son cápsulas con Pentotal y Propofol. Se deshacen en el torrente sanguíneo una vez perforan la piel. Se utilizan en las anestesias intravenosas y balanceadas. Nos disparan con esto y si aciertan, nos dejan en alfa. Tienen dosis muy altas, capaces con sólo una de ellas de tumbar a un elefante. Éstas de aquí —señaló unas minúsculas de color amarillo— contienen ácido. Deshacen el músculo y la carne una vez te perforan.

—Señor —suspiró Clarissa abrazándose.

Jace la miró de reojo y sin poder evitarlo se acercó a ella queriendo transmitirle calor. Clarissa lo vio y se movió contra su abuelo, alejándose de él. Así estaban las cosas.

—Más cosas... —Simon cogió un sobre plateado, lo abrió y sacó un pañuelo húmedo. —Paños con halotano, isoflurano, desflurano... es una variedad de morfina. La inhalas y caes en redondo hasta que se te aparece Moisés. Y éstas de aquí —señaló las jeringas y los frascos, —fentanilo, succinilcolina... Morfina intravenosa y relajantes musculares. Esto lo utilizan en las carnicerías que hacen con nosotros, seguro.

—¿Cómo actuamos contra todo esto? —preguntó Luck señalando el arsenal de la mesa.

Simon alzó los hombros y las cejas al mismo tiempo.

—Contra las balas de ácido, lo único que te protege es que no te den. Contra todo lo demás... sólo se me ocurre que llevemos encima, el tratamiento de los contrarios. Desbloqueantes. Droga —aclaró. —A un humano lo mataría, pero a nosotros, no. Sólo nos puede dejar un poco excitados.

—¿De qué estás hablando? —dijo Luck removiéndose en la silla.

—El único modo de que nada de esto nos afecte es llevar en nuestro cuerpo una sustancia que nos excite y nos ayude a eliminar lo que sea que nos meten. Es como una terapia de choque. Se elimina a través del sudor, del orín y del... sexo.

—¿Qué estás insinuando? —dijo Luck frunciendo el cejo.

—Afrodisíacos y estimulantes. Sólo si nos alcanzan —puntualizó Simon seguro de sí mismo. Sacó una pequeña bolsa negra de tela y la abrió. En ella había un pote de pastillas de color morado y unas minis jeringuillas. —Aquí hay la dosis justa para que no nos dé un colapso, las he preparado yo mismo. Cada uno de nosotros llevará esto encima, en sus guardias. Si vienen a por nosotros y nos alcanzan, tendremos que ser bólidos para inyectarnos éstas de aquí o ingerir éstas otras —miró las pastillas y las jeringas.

—¿Efectos secundarios? —preguntó Jace tomando la jeringuilla.

—Bueno —sonrió Alec, —después de la guerra necesitarás desahogarte o te dolerán tanto los huevos que no podrás sentarte. El veneno sale del cuerpo cuando las glándulas apocrinas que segregan el sudor se ponen en funcionamiento. La ansiedad y el dolor que sentiremos sólo se verán calmadas a través de la estimulación sexual. Pero ninguno de nosotros tiene problemas para encontrar a una hembra dispuesta —sonrió con vehemencia. —Sólo que no podremos conformarnos con una.

Luck y Simon se rieron abiertamente. Clarissa sintió que su corazón era pasto del dolor y de la ira. Jace iba a querer a más de una si se inyectaba eso. Y puesto que él le había dicho que no era suficiente mujer, seguro que ella no iba a hacerle falta.

Jace la miró desafiante, y parecía que se burlaba de ella con la mirada. Clarissa apartó los ojos con resentimiento.

—¿Qué hay dentro de las jeringas exactamente? —volvió a preguntar Jace.

Latrodectus mactans mezclado con metanfetamina, veneno de la viuda negra con un poco de droga. Si no nos inyectamos esto, probablemente nos caigamos desplomados al momento que una de estas preciosidades —cogió una bala— nos atraviese la piel.

—Está bien, Simon. Prepara una bolsa de éstas para todos los guerreros berserkers y vanirios —ordenó Jace pasándose la mano por el pelo negro. —¿Alguna cosa más que debamos saber?

—Por mi parte eso es todo.

—¿Y qué hay de lo que has obtenido tú del disco duro? — Luck pasó el brazo por los hombros de Clarissa y la abrazó con posesividad.

Jace gruñó. Mía. Agitó la cabeza intentando alejar aquellos pensamientos posesivos y se dispuso a hablar.

—La empresa tiene una intranet conectada únicamente para ellos —explicó mirándola de reojo. —He obtenido códigos de acceso, passwords para entrar en la base de datos...

Clarissa se cruzó de brazos y apoyó la cabeza sobre el hombro de Luck, gesto que agradó sobremanera al berserker. Mientras Jace explicaba cómo había asaltado el sistema de seguridad de Newscientists M.I. y había adquirido todos los emails enviados y recibidos entre toda la corporación, Clarissa pensaba en lo mucho que le dolía el pecho.

Ésa misma noche había hecho el amor y había sido increíble. Se había sentido poderosa, hermosa... adorada. Miró las manos del vanirio, que gesticulaban abiertamente. Esos dedos habían estado dentro de ella y habían agarrado sus nalgas para acompasarla a sus movimientos, la habían acariciado con una reverencia exquisita. Los labios de Jace habían repasado su cuerpo, besado y mordido... y sus ojos de aquel dorado tan intenso la habían amado y admirado sin reservas. ¿Y ahora?

Jace exigía una relación con ella, la exigía a ella al doscientos por ciento, cuando Clarissa nunca había estado atada a nadie. El vanirio la quería a su lado, y no sólo las veinticuatro horas del día, sino para toda la eternidad. Y después de eso, de demandarle todas esas cosas... la había vapuleado, y todo porque lo había ofendido con su negativa a ceder.

Era normal que Clarissa se asustara. Aunque su naturaleza híbrida le había enseñado a sobrellevar lo de la sangre de un modo natural, había cosas a las que no era fácil acostumbrarse. Desde que había tomado de su cuello, no había pensado más en lo que había hecho. Es más, estaba deseando volver a hacerlo. Miró los cuellos fuertes y bronceados de Simon y Alec, incluso el de su abuelo. La más absoluta indiferencia para ellos. Sin embargo, era mirar la yugular de Jace, su piel, sus músculos, sus ojos, oír su voz y, de repente, los colmillos le volvían a hormiguear.

Jace era toda una sorpresa para ella. Ella misma era toda una sorpresa para su propia conciencia. Los tres vanirios también lo eran.

Beber de la sangre de Jace no sólo la había confortado sino que además le había revelado información sobre el resto de vanirios.

Simon era el médico, el cirujano, se había aficionado a las artes sanadoras. Alec era el druida por excelencia. Por lo visto tenía gran poder. Y Jace era el guerrero más temido, el líder respetado.

Isabel era toda una incógnita. La protegían como si fuera algo muy valioso para ellos. La mujer sabía luchar, pero su figura era muy especial en el clan. ¿Por qué?

Simon tenía hospitales y clínicas. Un buen cirujano, un buen sanador, eso es lo que era.

Alec era dueño de dos centros de investigación para la energía alternativa y propietario de centros de orientación espiritual.

Y Jace se había vuelto millonario gracias al boom de la informática. No sólo era fuerte y un excelente luchador, sino que además era todo un cerebrito. Había trabajado en Microsoft, ideado programas para protección de datos y él había sido uno de los precursores de las páginas web. Tenía una empresa privada que vendía indistintamente a Apple y a Microsoft, ideando todo tipo de programas. De ahí que pudiera hacer virguerías con el Pen Drive que había conseguido Clarissa. Era el mejor hacker del mundo, no había nadie que tuviera más experiencia que él.

Jace seguía hablando, explicando qué tipos de emails había encontrado y descodificado. Había vídeos de toda índole, grabaciones en directo de las operaciones a las que eran sometidas las especies que capturaban.

—Había un enlace oculto con un vídeo de Tessa y de Will —masculló Jace entre dientes. —Incluso en los archivos personales de la cuenta de Valentine encontré vídeos de Clarissa —informó sin mirarla, como si ella no existiera. —Su crecimiento, su progresión conforme iba cumpliendo años. Os aseguro que no hay nombre para definir lo que esos desalmados hacen con todos nosotros. Han cogido a muchos y creo que algunos siguen con vida todavía. Hay que localizarlos, coger al cerdo de Valentine y averiguar dónde se encuentran para liberarlos.

Clarissa palideció al oír eso. Si ella había estado en su cabeza, ¿cómo había hecho el vanirio para ocultarle esa información? ¿Por qué no le había dicho nada? Sintió un chispazo dentro del estómago y luego como un sudor frío recorría toda su piel. Lo vio todo rojo. Eso quería decir que entre cáraids no había una confianza mental total, no al menos entre ellos dos porque como él bien le había dicho, a lo mejor ella no era su cáraid ¿Por qué Jace se había guardado eso? «Me he abierto a ti con todas las consecuencias, no quería reservarme nada. Quiero que me conozcas.»

Mentiroso. Se trataba de sus padres, de ella y de todos los demás. Habían tenido suficiente intimidad como para que él le hubiera dicho todo lo descubierto, pero no para qué. Era mejor desahogarse con su cuerpo, follarla y beber de ella, no era necesario hacerla partícipe de nada. Él había utilizado su cuerpo y por lo visto sólo compartido lo que le interesaba. Estaba decepcionada con él y consigo misma por permitirse pensar que había algo un poco mejor que eso entre ellos. Él había podido saquearla telepáticamente entrando en sus lugares más recónditos y viendo hasta los detalles más vergonzosos de su vida. Y él podía reservarse lo que quisiera. No era justo.

Quería estrangularlo con sus propias manos, pero sobre todo quería aprender a bloquear su mente para que él no volviera a entrar nunca más. Explotar todo su potencial para saber defenderse no sólo de él, sino de aquellos que querían hacerle daño.

Se sentía estúpida y utilizada.

—¿Por qué no me has contado nada de eso? —rugió Clarissa con la voz vacía.

Todos se quedaron en silencio, incómodos por el tono de la chica. Alec y Simon miraron para otro lado y Luck se irguió en el asiento al oler el enfado de Clarissa.

—Iba a hacerlo —contestó Jace sin dar importancia a su reproche.

Lo habría hecho si no se hubiesen discutido. La habría preparado en la cama, sacándole el tema, y luego mientras se duchaban juntos y él la enjabonaba, se lo habría explicado todo y habrían acabado abrazados y arrullados con la misma toalla, mientras él la consolaba. Pero no había sido así y él, ofendido como estaba, había decidido no decirle nada hasta ahora.

—Mentira... —golpeó la mesa con los puños y se puso de pie, hecha un manojo de rabia incontrolada.

Jace se apoyó en el respaldo de la silla y la miró sin inmutarse.

—¿Quieres discutir aquí, Clarissa? —señaló al resto presente. —Deberías comportarte, se te está dando la posibilidad de que formes parte de esto. Te estoy haciendo partícipe de nuestra reunión, no hagas que me arrepienta. Para mí sería mucho más fácil encerrarte en un lugar seguro y no sacarte de ahí hasta que esto acabe, créeme. Todos estaríamos más tranquilos y no serías una preocupación constante, pero no tengo potestad sobre ti todavía, así que debo comentar todas mis ideas con tu abuelo Luck, que tiene tu custodia al cincuenta por ciento.

¿Qué? Clarissa tuvo que cerrar los ojos para contener las lágrimas que rugían rabiosas por derramarse. ¿Era un incordio para él? ¿Para todos? ¿Le estaba molestando?

—Deberías habérmelo contado, Jace —murmuró con la barbilla temblando y los ojos vidriosos.

Luck iba a levantarse para tranquilizarla, pero allí había mucho más que un enfado por ocultar información. Era una discusión de pareja en toda regla, lo percibía en Clarissa y en el lenguaje no verbal de Jace. Sí que habían intimado, pensó Luck, más de la cuenta.

—No veo porqué —contestó él indiferente y cruzándose de brazos. —Has dicho que no eras mi chica. Entonces tengo que darte el mismo trato que a los demás.

Aquello fue como una bofetada. Jace tenía la sensibilidad en el culo y no se daba cuenta de lo mucho que la estaba avergonzando ante todos.

Alec y Simon se levantaron de la mesa, dispuestos a irse.

—No, no os molestéis —les dijo Clarissa sin apartar los ojos de Jace. —Nada de esto me incumbe al parecer, así que seré yo la que se va ya que parezco molestar. Soy como una especie de florero ¿verdad? —le preguntó a Jace. Los ojos del vanirio chispearon, pero no alteró su pose. —Me necesitas para hacer tu casa un poco más bonita, tu vida algo más acogedora —susurró con desprecio. —Soy un alimento. Y tú eres un cerdo.

—¿De qué te estás quejando ahora? —gritó él golpeando la mesa también. —¿Por qué te haces la ofendida? Allí abajo me has dejado las cosas muy claras.

Clarissa alzó el mentón, y se puso recta como una reina. Él también le había dejado las cosas claras.

—Y tú también a mí. Esto es una mierda, una gran mierda —repitió más para sí misma que para ellos. —Abuelo, me voy a mi casa. Ya me diréis qué es lo que decidís hacer conmigo. Si queréis, claro.

—Te acompaño, cariño —su abuelo se dispuso a dejar la reunión pero ella le detuvo.

—No. Tú te quedas aquí y acabáis de perfilar las cosas —su mirada violeta lo paralizó. —Necesito ver a mi amiga Maya y a Gaby. Y quiero estar a solas, ver la luz del sol —miró de reojo a Jace, que la seguía con los ojos y tensaba los músculos de la mandíbula. —Hay demasiada oscuridad aquí.

—Maldita sea. No se te ocurra salir de mi casa, Clarissa —la voz glacial de Jace resonó por todo el salón.

—¿Qué vas a hacer sino? ¿Detenerme? Estoy harta de tus amenazas —lo desafió sabiendo que a él no le podía tocar el sol. —Que te den, Jace —respondió ella dirigiéndose a la puerta.

El vanirio se levantó con tanta fuerza que la silla salió despedida hacia atrás, pero cuando se dispuso a correr hacia ella el brazo musculoso de Luck le prohibió el paso.

—Lo siento, muchacho —le dijo con serenidad. —Cálmate o no te acercarás a mi nieta.

— Luck, no puedes dejarla sola por ahí, y lo sabes —gruñó él.

—No está sola. Eric y Jordan están afuera. No la dejarán sola —susurró para que ella no lo oyera.

—Abuelo, los he olido antes de que tú picaras a la puerta. Sé que están ahí —inhaló con indiscreción. —Me gusta el perfume que se ha puesto Eric —sonrió mirando a Jace. —Huele muy, muy bien.

Los cuatro se quedaron parados ante el potencial de Clarissa. Jace apretó los puños frustrado y encolerizado por ese comentario.

—Antes de que tú me dijeras que venía mi abuelo —explicó ella con desdén— yo ya percibía que venía hacia aquí.

¿Con cuánta antelación había sabido Clarissa que Luck y sus dos perros se acercaban a su casa? Jace estaba asombrado ante los sentidos tan desarrollados de Clarissa.

—Simon —dijo ella abriendo la puerta de la calle, —Jace necesita que le extraigas sangre, ponlo en una botellita —echó un último vistazo a Jace y se fue. —Agradecería que alguien me la llevara a mi casa.

Jace apretó la mandíbula y miró impotente como Clarissa se iba de su casa sin él y lo peor era que se iba acompañada de esos dos enormes berserkers que olían tan bien, según ella.

Simon miró a Jace y mostró preocupación por él. Aquello era muy triste para un vanirio. Clarissa no quería a Jace y por lo visto Jace tampoco a ella. Pero eso no era lo que decía la tensión sexual entre ellos.

—Hijo —dijo Luck mirando a Jace con ojos amenazadores. —No sé lo que ha pasado entre vosotros, pero si veo a mi Clarissa de nuevo con esos ojos tristes y descubro que el culpable de su pena eres tú —masculló tomándole del cuello de la camisa, —te arrancaré los colmillos, Jace, y te los meteré por el culo. Sin importarme pactos de clanes ni cojones de pato.

Jace lo agarró de las muñecas.

—No volverás a verla así —las apartó bruscamente. —Y ahora suéltame, Luck, te tengo respeto suficiente como para pelearme contigo por una mujer.

—Es por una mujer por lo único que se puede pelear en este mundo, chaval —le alisó el cuello de la camisa y le dio una palmada en el hombro. —Todo lo demás son estupideces, nimiedades. Y más que por una mujer, se pelea por su corazón, por el amor que sana nuestros corazones de salvajes y nos llena de luz. Yo espero que el de ella no salga magullado ¿me entiendes?

—Perfectamente.

—No debes dudar de mi protección hacia ella, Jace. He tardado mucho tiempo en recuperar un trozo de mi familia. Ahora que Clarissa está aquí, mataría a todo aquel que le hiciese daño. No es que le deje hacer lo que le venga en gana. Ella me ha contado cómo vivía con Valentine y ese hombre era un demonio prohibitivo. Ella tiene que sentirse bien aquí con nosotros, libre pero a la vez segura. Si me comporto con ella como lo hizo ese indeseable se alejará de mí y eso no me lo puedo permitir. Es parte de mi hija y nieta de mi mujer. Sangre de mi sangre. Tengo que darle espacio —lo miró fijamente, exigiéndole al vanirio que él hiciera lo mismo. —Ella es muy especial —se sentó de nuevo. —Es dulce y cariñosa y no está preparada para alguien como tú todavía.

—Y tiene un carácter de perros —comentó Jace exasperado. —Y puede que esté más preparada de lo que crees —recordó cómo se aferró a él mientras hacían el amor. —Tiempo al tiempo.

Luck alzó las cejas y sonrió.

—El carácter de perros lo lleva en la sangre —sus ojos chispearon. —Y está muy disgustada contigo, por cierto. Y —puso las botas sobre la mesa— eres un completo memo si tú eres la causa de su tristeza.

—¿Has acabado Luck?

—¿Te molesta que te digan la verdad, Jace?

—No me molesta, pero Clarissa es mi pareja y tú lo sabes. Todos los berserkers sabéis que ella es mía, está marcada para que quede bien claro —advirtió. —Agradezco tus consejos, pero creo saber cómo controlar la situación.

—Muchacho —bostezó Luck, divertido. —No tienes ni idea de cómo tratar a una mujer como ella. Ella no tiene claro que tú eres su pareja y por lo visto no sabes demostrárselo. Las mujeres son diferentes de nosotros, pero entre ellas todas buscan lo mismo. Yo tardé tiempo, sudor y lágrimas hasta que comprendí a mi mujer. Tú tardarás lo tuyo, chico.

—Bien —contestó Jace queriendo acabar con el tema. Sentémonos entonces y sigamos conversando como hasta ahora —propuso amigablemente. —No quiero seguir hablando de mi mujer.

Luck era más maduro, ponía el toque necesario de responsabilidad entre esos vanirios. Con el ambiente enrarecido, siguieron hablando sobre todo lo descubierto por Jace. Pero Jace aunque estaba en cuerpo, parte de su alma había salido por la puerta. Su cáraid se la había llevado.

Pues esto es todo por hoy, ¿qué os ha parecido? Las cosas entre Jace y Clary se han enfriado un monton… a ver que pasa a partir de ahora… y sobre todo cuanto aguantaran separados el uno del otro…

Nos leemos pronto!

Espero vuestros comentarios que me hacen mucha ilusión!

Nos leemos pronto!

Mil besos de Jace!

Quiero agradecer a todas las que os pasáis por la historia, las lectoras silenciosas, a las que activáis las alertas de favoritos y a las que dejáis comentarios. Gracias Ritza Herondale, Clace, Yocel, SebbiLoverTMI, Morgenstern18, Alex Black Moon, Jonathaclary, Leyre12, Amo el libro, Yours Truly Arabella, Yukiko17, Andeiihospital, Missy-2412 y Lina por los comentarios, significan mucho para mi.

Missy-2412: Te escribo aquí porque no puedo contestarte de otra forma. Por supuesto que me encantaría cambiar opiniones sobre el libro, así que aquí te dejo mi mail para que eme escribas cuando quieras : basileia-arroba hotmailpuntocom (ya sabes que aquí no se pueden poner los mails) Espero leerte pronto!

Mil besos de Jace!

Bea