Previously on "fooling around since 1780"
—Después de misa nos espera el almuerzo en la casa, con postrecito especial. Y si demuestras ser una dama decente... Quien sabe si hasta te canto.
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—Entonces me permite... ¿Morderla aquí?
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—Eso te pasa por sacarme cachita, yo quería esa manzana y ahora la has botado al piso.
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—Ah, ahora tengo veneno. Y si tanto veneno tengo, por qué andái chupándome los labios, eh.
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—Ya pues... Siento el nudo en la garganta que me da dolor al hablar, discúlpame. Disculpame... No quise... Por favor...
—Te odio. Coyote de mierda.
—Yo no te odio, yo te quiero muchooooo —grita Perú, inútilmente. ¿No que ya eran tooooodos unos hombrecitos ya? Chile se mete en el primer callejón que encuentra, empujando gente, y se mete en una sombrerería, para que no le encuentre. Qué dramas. Perú camina sin ver hacia adelante porque las lágrimas le nublan, se queda parado.
Chile le espía desde la sombrerería, sin saber por qué quiere acercarse a abrazarle y al mismo tiempo que no le vea, se muerde el labio... Y le chifla. Perú se limpia las pocas lágrimas en sus mejillas, porque es una vergüenza que lo vean de esa manera por la calle, se yergue y mira a su alrededor. No se nota demasiado que haya llorado. Oye el chiflido y busca con la mirada.
Chile se tapa la boca, y sonríe un poquito detrás de su mano porque le ha oído... Y le chifla otra vez, ahora el típico «Fiú Fiú». El peruano camina dos pasos, mirando a su alrededor con el ceño fruncido, se ríe con ese último tono de silbido. Chile se ríe también. Se limpia los ojos, y ahora le chifla SÚPER fuerte y largo, como diciéndole «sí, te hablo a ti». Perú se sonroja y voltea a ver de dónde viene el sonido... nota el puesto de sombreros y sonríe grande. Camina hacia allá, limpiándose disimulado lo poco que le quedan de lágrimas, buena suerte para él que no se note. Chile empieza a chiflarle de nuevo, pero cuando lo ve que camina en su dirección, se atraganta, toma el primer sombrero grande y con cintas que encuentra y corre a pagarlo.
Perú camina hasta llegar a una distancia pronunciada del chileno en vestido.
—Mi... Mi amor —what happened?
Chile se hace el tonto, mirando los sombreros dándole la espalda y tapándose, con el que acaba de comprar, el cabello, como si no le fuera a reconocer el vestido. Silba una tonadita que suena mucho a una canción que le ha escuchado a Perú, quien se acerca más a su espalda, sonriendo de lado por todo el show de taparse la cara, le mueve el cabello a un lado con los dedos y le susurra
—Mi amor... ¿no me has oído?
—¿Perdone? —le mira, y se hace el sorprendido—. ¿Le conozco? Se parece a una persona querida mía —sea dicho que aún siente caliente donde le dio la cachetada, si hasta sonó fuerte, debió tener marcada la mano de Perú los primeros minutos.
—Ah... No, seguro que no me conoce, soy nuevo en la ciudad, un joven provinciano, un coyote, si me permite la confianza —dice y aleja la mano. Lo mira con los ojos brillantes, echemos la culpa a la lloradera que se dio.
—¿Un coyote, con lo blanco, bien vestido, y buenmozo que es? —esto es una disculpa por los insultos de hace un rato—. No me mienta —le sigue el juego, mirándole con ojitos suaves. Sólo ha dejado deslizar lo de buenmozo por la lamida y más sospechas que tiene.
—¿Blanco? Cholo soy y no me compadezca —sonríe, mirándole a los ojos—. Con orgullo.
—Mire usted, cholito e infiel —toma un sombrero y hace como que lo examina—. Cuánto le apuesto a que hoy no fue a misa.
—¡Cómo dice tremenda...! ¿Me va a obligar a confesar que no pude ir porque una diosa me secuestró? Me mandarían a la hoguera —dramatiza muy bien, aguantándose la ganas de darle un cariñito en la mejilla—. Y mi familia me extrañaría, misteriosa dama, de piel tan suave, era mi diosa, unos labios rojos hermosos, brillaban más que todo el oro de Cajamarca. Sus dedos eran como sábanas de la más fina tela... Y su aroma... —recita improvisado—. Su aroma era el veneno en esta tierra.
Chile deja el sombrero allí mismo.
—¿No le digo que es un infiel? —frunce el ceño de verdad, queriendo saber si lo que dice Perú es invención del momento o si se refiere a alguien de verdad. Camina lento hacia la salida, para dejarle que le siga, pero se detiene cuando escucha lo del veneno... Entrecierra los ojos—. Será que la mujercilla esa no se baña. De allí que apeste.
Perú lo sigue de cerquita.
—¿O es que se muere por probar si de verdad soy infiel con tanta terca acusación? Aunque le digo que este cholito no tiene compromiso... —sonríe travieso.
—Já, me disculpará —finge voz de señora... Que no le sale tan bien por los gallitos, pero lo intenta, eh—, pero soy una señora decente, a menos que usted sea el mismo virrey... —camina hacia la salida, dándole la espalda pero con insinuación, se muerde el labio nervioso.
—¿O sea que con el virrey si... ? Dios mío, es usted una diabla... —sigue con su sonrisa feliz a pesar de que no lo vea. Caminando atrás de Chile como cola. Éste se detiene afuera, mirando por donde puede salir corriendo. Porque piensa en echar a correr nada más tenga la oportunidad, sólo por juguetear con Perú, y porque Chile es difícil de ganar.
—Podría aceptar a otro... Pero tendría que cumplir con una condición.
Perú camina hasta alcanzarlo, chocándose en el camino (por estar mirandole la nuca a Chile) con una mujer que tiene pinta de gitana, se disculpa con una risita nerviosa.
—¿Qué condición, sumaq?
—¡Que me atrape! —echa a correr entre la gente, riéndose, se sostiene el sombrero con una mano.
Perú oye el "matrape" y ve la falda ondearse en el viento, abre los ojos y le acelera el paso.
—¡Ya vas a ver! —cooooorreeeee, a mucha velocidad, riéndose porque... Siempre tiene este tipo de competencias improvisadas con Chile—. ¡Oye, oye te vas a quedar sin agua calieeenteeeeeee! —vocifera, empezando a sudar con una sonrisa, ¿dejará de sonreír? Un misterio por resolver, Sherlock.
Seguramente lo alcanza más pronto que tarde, Chile se tropieza con la falda en varias ocasiones soltando improperios indignos de una señorita, echa miradas para atrás para comprobar si Perú está cerca y eso le causa risas (no sabe por qué, la adrenalina, seguro).
Perú debe estar con cara de agitadaso y risas entrecortadas para tomar aire.
—Empieza los rezos —acelera un poco más y cuando está a una distancia pronunciada de Chile salta como jaguar sobre él, gritando un "grrrruuuuaaaaaaaahhhhhhhh". Ruedan por el suelo y Chile SE RÍE, porque en esa época todavía no tenía dolor de huesos y era bastante más bestia, levantan polvo y giran hasta quedar casi bajo las patas de una mula. Allí entre un montón de verduras que está descargando un mulato, de una carreta, con ayuda de su hijo, hay tomates, zapallo, y un montón de papas*.
Es que Perú se esta DESTORNILLANDO de la risa, al igual que Chile, los dolores a las costillas no los sentirá ahora, le cae una papa en la cabeza y rueda por el suelo.
—La atrapé, la atrapé —trata de tomar aire apoyando la frente en el hombro del chileno, chorreando de sudor, se siente niño otra vez—. Podríamos ir a la cima de la Cordilleraaaaa.
—Noooooooooo —intenta escaparse, retorciéndose (el vestido le quedará todo sucio, tsk tsk), el cabello se le despeina al caérsele la rejilla de perlas con la que se lo ha recogido.
—¡Acéptalo! —Perú hace presión hacia abajo con su cuerpo, para retenerlo contra el piso y con sus manos busca las muñecas de Chile para agarrarlo—. Ja, te gané, como siempre, no me superas —risas de victoria perruna. Chile se ríe, con el pecho subiendo y bajando al compás de su respiración, le queda mirando cuando le agarra de las muñecas, sin sentirse para nada amenazado. Deja de luchar.
—Ahora quizás no pueda —porque Perú es más fuerte y grande—, pero algún día lo haré —le dice, no como amenaza, sino como una promesa. Perú acompasando su respiración mueve un poco las piernas en A, así abiertas como cuando uno se echa en la arena de la playa para relajarse.
—Algún día lo harás —repite con la mirada fija en los ojos, como si fuera un reto... Porque eso significa que aún lo considera su superior. Chile forcejea en un último intento, de esos que se nota son por jugar.
—Ya po, pesas —levanta lentamente una mano, a ver si se la suelta, en dirección a su cara.
—Quédate así un ratito, quedémonos así... —pide Perú haciendo fuerza para que no lo doblegue.
—Solamente quiero arreglarte un mechón —le reclama con mal tono. Sí, como enojado, aunque no lo está. Perú deja de hacer fuerza, obedeciéndole y acerca más la cara.
—Estamos en la sombrita.
—¿Puede vernos alguien? —pregunta Chile, realmente quitándole basuritas del pelo (pelitos de choclo, seguro). Se siente feliz sin saber la respuesta, y no se atreve a mirar él, pero debe saber. Perú voltea la cara cuando le recuerda que hay gente, queda mirando un rato hasta que ve solo faldas pasar, bastones, piecitos sin zapatos... De negritos, perros.
—Naaaaaadie nos ve, todos están ocupados en sus cosas, en qué van a cocinar, que postre van a hacer, cuantos reales van a gastar, sus cuentas... —contesta, sólo sintiendo su pecho acelerado.
—Si nos aplasta la carreta... —resopla—. Me voy a reír. ¿Volvemos al mundo civilizado? —le sacude el cabello para quitar el polvo. Perú tira la cabeza a su pecho.
—Perdóname, te juro que no lo vuelvo a hacer —susurra, con la oreja en los latidos de Chile.
Chile sabe perfectamente a que se refiere. Respira profundo, su corazón se ha tranquilizado de a poco, principalmente por esto que está haciendo ahora, acariciar el cabello de Perú... El contacto así le calma.
—Me dolió más que un correazo.
—Mira que tú para hacerme sentir escoria... —suelta en una risa flojita no del todo feliz, pero se burla un tantito para no fregarla después con alguna matonería, acaricia su perfil con el pecho del otro, cerrando los ojos—. Puedo cambiar tu dolor.
—¿Cómo?
—Con licor... —susurra como si fuera un misterio, desaflojando su otra muñeca. Chile sonríe maligno y levanta la cabeza, le hace un cariño nariz llena de polvo con nariz llena de polvo.
—Suena... Interesante —dice como si beber no le gustaaaaaraaaaa. Perú se le mueve un rato y sube la cabeza, le da un beso en la barbilla.
—¿Quieres ir ya...? —le mira a los ojos desde ahí, porque el cuerpo se le ha relajado.
—Yo podría beber y emborracharme aquí mismo —le está tirando una indireeeectaaaaa cuuuuuuursiiiiiiiii. Cosas que pasan cuando vives en la época barroca, basta leer la literatura. Le masajea suaaaaaveeee con la yema de los dedos. Perú cierra los ojos y abre los labios ahí en la piel de Chile, donde se quedó.
—¿Lo dices por mi?—sí, discúlpenlo... Un poco menos despierto que las demás personas.
Se le acelera el corazón.
—No —responde Chile tajante y le abraza del cuello, esconde el rostro allí. Muy consecuente, Chile, muy consecuente. Perú frunce el ceño así y parpadea porque ya no hay masajitos, lo siente en su cuello con un escalofriiiiiooo.
—Creo que... Ya entiendo.
Pero dice ya entiendo, el cursi, porque siente lo mismo que él...
—¿En serio? —le dice contra la piel, nervioso.
¡O sea que Perú por primera vez habla con trasfondo!
—Sí, sí y mil veces sí —siente un tirón en el estómago—. Quieres hacer... Lo que hacen las parejas cuando se encierran en el cuarto...
Facepalm mundial.
—¡Perú! —le tiene húmeda la piel del cuello con su respiración—. Eso sólo se hace con las criadas... O con la esposa —Le aprieta más fuerte. Al lado siguen pasando zapatos, vestidos, pies descalzos. Perú lo abraza, (sí mete las manos entre la tierra y el vestido) y sin saber porque le muestra más el cuello.
—¡Yo no sabía!—se defiende bajito.
—¿Cómo no lo vas a saber? —rueda los ojos—. Si España nos descubre nos va a DESOLLAR a correazos.
Se escucha un golpecito en la carreta, sobre sus cabezas. Chile lo ignora.
—Está bien, mentí pero no me acuses —suplica, apachurrándolo más—. Hay que quedarnos un ratito más... no quiero correa, noquieronoquieronoquieronoquiero
Chile traga saliva. No le cree que le haya mentido... Pero al mismo tiempo le hace sonrojar el que haya dicho eso, porque significa que quiere hacerlo. Se sonroja y le entierra más el rostro hasta morderle en el cuello. Baja una mano por su espalda.
—¿De dónde lo robaste? —se escucha a un hombre decir afuera, y a otro contestarle «no es mío, no lo sé, patrón».
Perú se sonroja en ipso facto al sentir la boca más en su cuello... y la mordida.
—C-Chile... ¡eres un vampiro!—con la mano bajando por su espalda siente calor en el cuerpo (que ya le había bajado, bollocks).
Chile levanta la cadera para que no se haga daño en la mano, le besa en el cuello, con los ojos apretados y la cara calieeeeenteeeee.
—¿Qué otras cosas deshonestas escondes, eh, mulato ladrón? —dice el primer hombre de los que discuten, y se sienten pisadas en la carreta, es decir, por sobre sus cabezas.
El hijito del mulato empieza a saltar encima de la carreta, ¡mi papi no, nada, señor, mi papi no! Al mismo tiempo, Perú empieza a jadear y baaaaaaaaaaja sus manos entre el vestido de Chile, debe tener los nudillos rojitos del mismo color que su cara, y no se entera de NADA.
Chile ahora sí nota algo porque cae polvo sobre ellos, pero no le presta atención (han estado bajando verduras todo el rato, polvo ha habido). Perú quizás encuentre algo... Algo más firme... Entre los pliegues del vestido. Chile le agarra del cabello con la mano que aún conserva allí, bruto, bestia, le aprieta con fuerza el cabello para girarle el rostro hacia sí.
—¿Entonces de donde salió esta rejilla de dama, eh? —la voz 1 replica... Refiriéndose a la rejilla que se le cayó a Chile del cabello.
Perú se deja, y si siente polvo caer piensa que simplemente es el viento tirando todo lo que hay en el piso, se relame los labios con la mirada más intensa, la enfoca en los ojos de Chile... sube los dedos por los muslos para ver si ese calor no solo sucede con él (que el no es pervertido, a punto de ser ex-comulgado... Dios), roza con el... Ejem duuuro de Chile, le causa sorpresa.
—Patrón, patrón yo no sé. Apareció de la nada, antes que viniéramos no estaba, patrón. Zambito no miente, no miente —JURA, con las manos entrelazadas a modo de rezo.
—¡Zambo! —el guardia le mira PEOR a como lo miraba recién, pensando que debe ser un esclavo huido.
Chile de cintura para abajo da un saltito con el roce, y BESA a Perú, en el primer beso más bruto, brusco, lleno de tierra, chocado (de dientes) y en peor circunstancia de la Historia, le muerde el labio y abre la boca para seguir besándole, como con hambre.
Primer beso porque lo de antes no cuenta como beso, no hubo consentimiento allí.
—¡Que querías que dijera, eh! No voy a dejar que me culpen si no lo he hecho —se defiende el zambo.
Perú con el mismo nivel de brutalidad y bestialidad le sigue, besando como si todo Chile fuera un buffett que ya no van a presentarle jamás, literalmente, mordiendo sus labios, sacando un poquito la lengua a medida que se acostumbran con lentitud...
Y algo se va endureciendo bajo sus pantalones de corte fino.
Chile debe tener la falda del vestido a medio trepar, las enaguas blancas quedando todas empolvadas... Y suavecitas hacia el calzón, esto es porno para la época.
—Ay —suelta despacio en una que Perú le muerde, se lame y siente sabor a sangre... Y le sigue besando, sin soltarle del cabello, aun apretado más fuerte, flexiona una rodilla.
—Los dos, junto a la carreta —ordena el guardia—. O los envío directamente a una panadería —que eran un sistema de castigo en ese tiempo, no los lugares que evocan la hora de la merienda hoy en día.
Beso, beso tras beso Perú se acostumbra a los labios de Chile y mete la lengua lentito, sin dejar de verlo que se quiere grabar todas sus expresiones en este preciso instante y en los que le sigan, mete los dedos en un costado del calzón. La falda los tapa de perfil... Asi que no creo que hayan ataques cardiacos.
—Mmmm... Chile, ¿así te pongo? —empezamos, empezamos con la habladuría.
Zambito traga saliva y camina hacia donde le indica el blanco... Bloody white people.
—Para nada —le susurra Chile, negando, negando todo como siempre, echa el cuello hacia atrás, con los ojos cerrados, su pelo quedará hecho un aaaascoooooooooo porque toca la tierra...—. Perú, Perú, no estoy seguro de esto —empieza a echar pie atrás.
—Abre los brazos —le ordena el guardia al hombre cuando el hijo de éste salta y se pone a un lado... Pero un paso más atrás, porque es un niño y tiene miedo.
Lo mira, su cuello... digamos que Perú no lo va a confesar pero el cuello de Chile es su parte favorita del cuerpo, ver su nuez, su yugular palpitante. Se hipnotiza y le da unos buenos besos ahí, separando con los dedos unos cuantos mechones de cabello.
—... Yo tampoco, al menos no acá... Quién sabe si en mi cuarto —no se dejen llevar por la "habilidad" de sus palabras, tiene 0 experiencia.
El niño igual va a abrir los bracitos, mirando con temor al guardia, que empieza revisando al padre. Mete las manos en los bolsillos, entre la ropa... Toma el morral que lleva cruzado y revisa su interior, sin encontrar nada adentro. El zambo debe estar pensando en su señora, una mulata liberta que está en casa embarazada... Joder, la vida no es fácil, el guardia toma las monedas que encuentra allí y se las echa al bolsillo.
Chile se ríe nerviosito, mirando hacia el lado y se queda tieso de pronto, se le borra la sonrisa.
Porque hay tres personas paradas a medio metro de su rostro (si es que no menos).
—¡Oiga! —con chulería el niño protesta—. Oiga, las monedas —patea el suelo.
Perú está exactamente igual, estático, traga saliva.
—¡Callado, rapaz! —le manda el guardia, y eso que es un mestizo cualquiera, sólo porque salió más blanco... Y odia a los negros porque de niño uno se metió con su hermana...
Chile respira leeeeeeeeeentoooooooooo...
—DiosmíoDiosmíoDiosmíoDiosmío
—¡MESTIZO!—grita el niño como insulto, aguatándose las ganas de saltarle encima y patearlo y escupirle. Malditas mezclas de malditos blancos que vinieron a sacarlo de su país (tiene 10 años esta criatura. Seguro son las historias que le ha contado su madre, debe haberlo arrullado con canciones de su tierra en su idioma natal).
—Shhhhhhhhhh —le susurra Perú a Chile, cagado de miedo trata de jalarlo más a la derecha para que no sean vistos. En sumo silencio.
—¿Quieres ver cómo este mestizo te compra, negrito? —oye, que el muchacho es chocolate. Sigue revisando al padre, los bolsillo de los pantalones... Y se acuclilla para palparle las piernas.
Chile se corre hacia la derecha, asustadísimo.
—Levántate —le susurra a Perú.
El niño aprieta las piernas y los ojitos se le ponen aguados.
Chile, abogado de corazón, está que le grita que no puede comprarlo porque el niño nació libre.
—Espera —Perú se levanta, sacando los dedos y se palmea las manos para quitarse el polvo, de cuclillas mira para que lado hay menos gente —Primero salgo yo y luego esperas 10 segundos a salir tú —ordena. Malditos príncipes mestizos.
—¿Eh? —pero así le pueden pillar a él una vez vean a Perú salir corriendo. El guardia, por suerte, no mira en dirección a ellos, pero no se para.
—Ahora tú —llama al niño.
Chile se incorpora en sus manos, y recoge las piernas lo que puede con Perú aún allí encima.
—Yo primero.
—No, yo voy primero —se limpia el polvo del saco. Es más y se para, todo lo que se puede parar bajo una carreta, que no es mucho espacio.
—No puedes dejarme aquí. Yo primero, si te vas antes no sabré para donde correr —susurros van, susurros vienen, intenta levantarse.
El niño mira con furia al guardia y no hace caso, jum.
—Ven. Acá. O te llevo a la panadería.
—No me voy a ir, sólo saldré a esperarte, confía en mí —Perú le da un beso en la comisura de los labios al chileno.
—¡Me niego! ¡soy libre! —exclama la piltrafa.
El guardia mira al muchachito... Y piensa en su sobrino, el que tuvo su hermana con el negro, venga, que el patrón del negro y su padre llegaron al acuerdo de alejar al niño que, aunque libre, era una vergüenza para la familia... Ahora debería ser más grande que el niño éste, pero se lo imagina así, en alguna plantación...
A Chile le cuesta, pero... Acepta.
—Si me dejas atrás, te corto las manos —amenaza a Perú. Y se toma el vestido para poder correr mejor, doblado por la mitad, echa una mirada hacia el guardia acuclillado. Puede verle los hombros y la barbilla.
El niño mira de igual calibre al guardia, traga saliva porque está siendo valiente por su familia.
—¿Dónde está mi sombrero? —pregunta Chile, mirando alrededor. Se toca el cabello—. ¿Y mi rejilla? —Chile plis.
España les va a pegar cuando sepa que perdieron tantas perlas.
Perú le sonríe y sale. Y solo camina unos pasos lejos de la carreta, para que Chile pueda ver que está ahí, ¡sus zapatos! Se limpia el polvo de las rodillas del pantalón y mira de reojo el rollo de los negritos. Por ahí debe estar la rejilla... Pero no. Jala más el chisme.
Chile busca alrededor, mira las piernas de Perú... Sus zapatos de niño rico (pone los ojos en blanco) alejarse, y sigue buscando frenéticamente o les van a pegar cuando descubran que perdieron las perlas.
—¿Esto es tuyo? —le pregunta el guardia al niño, mostrándole la rejilla—. ¿Lo robaste?
—No, señor, nunca en mi vida lo había visto yo —contesta mirándola. Perú parpadea y ve lo que le muestra, se le hace conocida, mmmmm... Espera, de España no puede ser, definitivamente. ¿O se la vió a una mujer que cuchicheaba cuando armó todo ese escandalo con Chile...? ¡Ah, no! Es la que llevaba Chile.
Corre a ellos.
—Buenos días.—empieza Perú en toda su altura. De paso y los salva de algún castigo.
Chile aprieta los dientes al tirar del sombrero, que está pisando el animal... Recién comprado y ya todo aplastado. La rejilla no está por ninguna parte, le echará la culpa a Perú, ruega que no noten la perdida hasta que vuelva a Santiago.
El guardia se voltea a mirarlo... Y lo que ve es a un muchachito de, quizás, 18 años, todo lleno de tierra de pies a cabeza (bueno, quizás los pantalones menos sucios ya que se los intentó limpiar), y la ropa toda desordenada.
Sonriente y sudoroso también. Esa sonrisa de que no mata ni a una mosca.
—Buenas tardes. Estoy ocupado, si me permite, manteniendo el orden en esta ciudad —y justo cuando iba a dejar ir a padre e hijo.
—Señor, me temo que ese adorno le pertenece a mi mujer.
El guardia le queda mirando con lo que le dice, sin creerle.
—¿Y dónde está la señora?
Chile se MUERE de vergüenza escuchándolos, camina, doblado, hacia el lado por el que salió Perú, no se atreve a que lo vea algún transeúnte salir de allí en esas condiciones.
"Mierda... ¿ya habrá salido éste...?" Piensa Perú y se aclara la garganta.
—Está terminando de comprar ingredientes para el almuerzo en el mercado. Se le cayó de camino allá y ésa es la razón por la que estoy tan sucio también —declara, muy serio.
—Mmm... —el guardia no le cree nada. Se incorpora... Y es alto—. ¿Y ha dejado algún aviso sobre la pérdida de la joya?
Chile cuenta hasta tres... Y no sale. Vuelve a contar hasta tres y al dar un paso hacia adelante, ve pasar a un grupo de monjas, y retrocede.
Perú suelta un "pffffffffffff".
—¿Aviso yo? ¿El virreinato del Perú?
Los negritos lo miran como si fuera Dios, con la boca abierta pero luego se ríen
—¡Mira, papá! Esto es lo más chistoso desde que me dijiste que podía ser virrey —suelta el niño. Perú frunce el ceño.
El guardia también se ríe de buena gana, a carcajadas.
—¿Me está diciendo que es usted —y le señala, refiriéndose a su ropa sucia y su edad tan joven—, el intermediario entre Dios y nuestra nación?
Perú se sonroja porque odia quedar en ridículo. Es jovencito pls.
—¡Sí, hijo de España! Y el mismísimo Inca. Atahualpa—uy, fuerte declaraciones hijo, eso es sacrilegio. Chile se arma de valentía y sale de debajo de la carreta, con tan mala suerte que se tropieza con el vestido y se cae a un metro de Perú, en todo su largo.
—Auuuuch... —se lamenta despacito, y rumia su mala estrella con la cara contra el suelo. Perú salta al oír el ruido del caer de Chile. Se voltea antes de que el guardia conteste y corre a él.
—Ya cállese o lo encarcelaré por blasfemo.
—Mi amor —Perú se agacha para levantar a Chile, aprieta los dientes cuando el guardia le lanza eso...—. ¿Ah, sí? Usted me encarcela y termina en la horca —amenaza, el demonio de los Andes.
El guardia se lo piensa... Mira la rejilla... Mira al padre y al hijo...
—Quedan libres de sospecha —les comunica.
Perú debe oír algo como «odioelsueloodioLimaodioestevestidoodiotodoodioelmundo».
El niño sigue sonriendo de las risas y abraza a su papá.
—Levanta, vamos —jala a Chile, que se levanta, de a poco y sujetándose casi al 100% de Perú. Tiene cara de culo en este momento. El guardia no entiende quién es esa... Mujer. Perú también está con cara de fastidio por no imponer respeto como es debido. Abraza a Chile de la cintura con un brazo y estira el otro brazo al guardia.
—Deme la rejilla y seguirá con vida, no tiente su suerte.
Hasta la voz de Loquendo da más terror.
El guardia tira la rejilla al aire y la vuelve a tomar, jugando con ella.
—¿Existe algún joyero —poniendo en duda todo el rato la veracidad de sus palabras, aún más ahora que ve a la «señora» del... Eh... Cholo este—, que pueda dar fe de que esto es suyo?
Chile ni se limpia de inmediato, intentando comprender toda la situación. Mira a Perú con cara de «me quiero ir a la casa y esconderme todo el resto del día». Perú traga saliva y hace un sonido de la pura cólera e indignación. Sin mirar la expresión que le hace el otro. No son buenos tiempos para nadie.
—Su cabeza. Estará. Colgada. En. Una. Estaca. En. Mi. Patio —suelta a Chile, suavemente y se dirige al guardia, amenazante. Los pardos le brillan con la ropa hecha un meollo—. Es de mi mujer le dije yo, al único que le doy fe es nuestro Señor. Así que démela de una buena vez.
—¿Y de donde saca plata un chino para comprar perlas así? —okey, esto debe ser peor en Lima, pero Chile no lo encuentra ningún insulto porque para él todas las mujeres son chinas, le parece hasta un bonito apodo.
—Déjalas. Vámonos —le pide a Perú, y se sacude el cabello.
—¡Ahhhhh! Chino soy ahora... —sonríe de lado, molesto—. Ojalá se atrangante con esas perlas, y cuando eso suceda: no habrá ni un hueco en el Virreinato donde enterrarle —le pincha el dedo en el pecho. Dios mío...
Perú termina de hablar y se da media vuelta, para volver con Chile.
Momento en que el guardia toma los grilletes que lleva entre sus cosas de guardia, y agarra a Perú del hombro.
Chile, que por un momento se sintió mejor... Lo ve y jala a Perú con fuerza, interponiéndose, todo en menos de dos segundos.
Perú parpadea, atrás de Chile. Lo abraza de la cintura, y mira al guardia tras su nuca.
—Mi vida, tienes razón, vamos a disfrutar si nos vamos ahora... —luego llamamos a España y completamos la travesura.
—Mándamelo a mí, yo me encargo —dice Chile, con rabia contenida, porque por estos años, un castigo terrible y usado para amenazar era ser enviado a Chile... O peor, a las prisiones al sur de Chile.
—Podemos divertirnos con él, en ESE cuarto —deben sospechar, sí, bueno habla del sótano de la casa que tiene armas y cuchillas gigantes, sogas fuertísimas para agonizar... Ven lo que España y la Inquisición ocasionan. Le besa en la nuca sin dejar de ver al guardia.
Chile tira un escupitajo a los pies del guardia, que los mira sin comprender nada.
—Quédeselas. Le van a salir caras —le mira bien para acordarse de su rostro después. Un par de indígenas que van por el lado, se detienen a mirar, y reconocen al guardia como el que los echó de la plaza en que se ponían a vender los tejidos que hacen sus mujeres.
Perú sonríe y le da otro beso más largo, mostrando la lengua, ahí, lo cual es sensual y avergonzante para ser de esas épocas.
Los indígenas deben de hablar en quechua o aimara a propósito, de la sorpresa.
—Vamos, estamos perdiendo el tiempo aquí.
—No se va hasta que yo no lo permita —les niega el guardia, y un negro zapatero que lleva viendo todo el asunto desde la zapatería de en frente, sale. Una vendedora ambulante, de casta no identificable, saca una navaja, sólo les digo que el guardia la conoce (hubo besos y orgasmos de por medio).
Es que la bravuconería de Perú y Chile los alienta.
El niño solo se va de la manito con el padre para no meterse en más líos pero una verdulera acompaña a la vendedora ambulante. Le tiene cólera porque la golpeó sin razón una vez, borracho.
Perú abraza a Chile más fuerte de la cintura para escapar en cualquier momento.
—Oye, deja a la dama —le increpa la vendedora, llamando la atención del guardia, y Chile agarra a Perú de la muñeca—. No te metes con hombres porque no eres uno.
—Corre —le susurra Chile a Perú. Sigue mirando amenazante al guardia, al cual los negros acorralan más, y solo queda una nube de polvo de donde estaban Chile y Perú. Corren, Perú le agarra de la mano para poner rumbo a una taberna, para esconderse. Chile corre detrás medio a tropezones, todo lo rápido que puede, y aunque se le pueda hacer más fácil correr solo, no suelta la mano de Perú, es más, la prieta con fuerza, el meñique entrelazado.
Llegan a tropiezos a la taberna de la esquina, bajo el balcón graaaaande de madera tallada, donde alguien toca con el acordeón adentro, hay dos pabellones, así que entrando con Chile caminan lo más al fondo posible, para el lado de la ventana. Cuando bajan el ritmo, ya a la sombra y en ese lugar más reducido, Chile comienza a limpiarse la ropa, queriendo lavarse.
—Eso... Estuvo muy cerca. Pensé que te apresaría —le confiesa, poniendo atención a su ropa, como si no estuviese confesando algo que le dio miedo.
—Estás conmigo, estás con Dios —tranquiliza Perú, ocultando su miedo de igual forma. Siente sus manos pegajosas de polvo. Mira de reojo a Chile—. ¿Vamos al baño? ¿O tú vas primero y yo voy ordenando? Ya sabes, las damas... —sonríe.
—Prefiero conseguir agua... —se sacude por la frente, intenta peinarse—. ¿Tengo muy sucia la espalda?
—Sí, está asquerosa, anda a limpiarte. Yo te espero —sentado, levanta una mano para llamar al camarero.
—Creo que me rasmillé los codos —se los muestra—. Espérame un momento, ¿sí? Pide algo para mí.
—Anda, anda —dice Perú, sonríe con dulzura y el camarero llega con su delantal blanco. Le pide dos jarras de sangría, el camarero lo estudia severamente pero no dice nada. Y se va.
Chile se desaparece dos minutos... Y se encuentra con una mujer de buena vida, si me entienden, que le mira la ropa.
—Estuviste en una buena, ¿no? —le pregunta, sin especificar.
Perú mientras se quita el saco y se arremanga la camisa hasta la mitad del antebrazo, con el brazalete de oro alrededor de éste. Abre los vidrios de la ventana que tiene al lado. El brazalete brilla en su piel, con algunos tallados, flexiona los brazos, apoyando los codos en la mesa y cerrando los ojos. Que tal, tarde.
Chiflido es ese silbido súper fuerte.
Apoyen la moción Chile Para Actriz Porno Del Año Versión 1780, Perú les agradecerá.
¡Nos vemos pronto!
*Porque no pueden faltar las papas en un PeChi.
