Previously on "fooling around since 1780"

—¡Acéptalo! Ja, te gané, como siempre, no me superas

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—¿Puede vernos alguien?

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—Los dos, junto a la carreta.

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—Señor, me temo que ese adorno le pertenece a mi mujer.

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—Corre.

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—Estuviste en una buena, ¿no?


Chile bufa, e intenta sacudirse las enaguas, la mujer se le acerca.

—Déjame que te ayude... Estás toda sucia —sonríe, le toma del brazo.

—No... No se puede. Tendría que lavarlo —refiriéndose a la ropa. Ella le limpia la cara con un paño húmedo, y detrás de las orejas... Chile le quita el paño porque puede hacerlo por sí mismo.

—Tengo otro vestido. Podemos hacer un intercambio —le insinúa, ya que obviamente aunque sucio, el vestido de Chile es de los caros.

Chile se mira el vestido... Y le da igual, es de la casa de Perú, ya perdió la rejilla de perlas, qué tanto un vestido.

—Te sigo.

Ella sonríe más amable y los bucles castaños de su cabello se mueven mientras le toma de la mano para meterlo a un cuartito y ahí cambiarse, ¡se ganó!

—¿Has venido de visita, eh?—comienza la charla.

—S-sí... Vine con alguien —Chile se sonroja, porque está mujer tiene un ESCOOOOOTEEEEE que casi se le ven los pezones, y seguro no lleva NADA bajo la falda además de los calzones.

—¡Oh! No me equivoco, el instinto de mujer nunca falla —guiña un ojo verde. Abre la puerta del cuartucho que más parece una ratonera con un colchón tirado y una lamparita en el piso—. ¿No será por el virrey...? Se cuentan historias, muchacha, se cuentan historias...

Chile respira rápido, como si la hubiese clavado.

—¡No es asunto suyo! —se escandaliza, o finge al menos, para que no insista, o al menos que desvíe su atención. La mujer se ríe de su pudor juvenil, la ternura de las jóvenes enamoradizas traviesas.

—Pasa —le abre la puerta. Chile entra, y de inmediato empieza a desamarrarse el corsé como un perro que intenta quitarse el collar, sin preocuparle si rompe algo o lo aprieta más. De hecho, creo que lo aprieta más. La mujer le sigue y cierra la puerta a sus espaldas, le pone seguro. Empieza a desatarse el vestido por atrás, mientras mira su bestialidad.

—Espera, espera, déjame que te ayude —pide, dejando de hacerlo con su vestido y acercándosele a Chile, horrorizá.

Chile la deja, porque no está consiguiendo nada, agacha la cabeza.

—No me deja respirar bien.

—Tranquila —hace unos cuantos aflojes al corsé, las tiras y todo hasta que le queda bailando—. Mira, ya está, puedes quitártelo.

Y vuelve a lo suyo con su propio vestido, ya más flojo, se lo baja por los hombros hasta que cae al piso... Uh lalá. Chile la mira de reojo, nervioso. Deja que se deslice el vestido, dándole la espalda a ella, y se cubre la blusa... Que está tiesa de polvo. No se la quiere quitar porque sería declararse... Si ella no le ha descubierto ya, que es lo más probable.

Y como se decía, ella no trae ropa interior... se agacha a recoger el vestido a sus pies y mira a Chile.

—Vamos, no te apuro, pero tengo que trabajar, ¿sabes? —rebeldía hembrista.

—Sí, sí, ejem —se quita la blusa y la tira al suelo... Debajo lleva sostenes, sépanlo. Se agacha (se confirma que el poto chileno, aunque flaco, existe, y en esta época Chile tomaba leche entera directa de la vaca y comía comida con mucha más grasa, está hasta apretable, ¿qué se hizo con los siglos? Sólo podemos lamentarnos) para bajarse las enaguas.

—Eres bien plana... —comenta la mujer mientras le ve los huesitos de la columna vertebral. Es que no le has visto el paquete, mon amour, que sigue medio alegre, si hace poquito no más estaban toqueteándose bajo la carreta, con Perú.

La muchacha recoge las ropas que va tirando al suelo y las inspecciona, su vestido lo ha tirado cerca de Chile para que lo tome cuando quiera y esté listo.

—Eh... ¿Cómo es que te llamas?

—Mmm... —es la respuesta neutra, se cubre cruzando los brazos... Y no sabe cómo taparse el paquete, aprieta las piernas—. ¿El vestido? —no se atreve a darse la vuelta para tomarlo—. ¿Me lo acercas, por favor? —pide, apenas mirándola. Mientras piensa un nombre y un apellido, o un apodo.

Ella se acerca a Chile con el brazo estirado para que lo tome. Y cuando lo tome la muchacha se va a tirar al colchón de piernas y brazos abiertos como una campesina en el campo a la orilla de una laguna. Chile lo toma y la mira de reojo... Más descaradamente, porque se queda pegado en eso, traga saliva.

—¿No te vistes? —no da ningún nombre a propósito. Ella apoya un brazo tras su nuca, volteando la cabeza para verlo mejor aun desde el colchón mugriento.

—Es que no te dejas ver bien... —comenta ella, curiosa porque lo normal entre mujeres es hacerlo frente a frente y no andar tan pudorosa, y más tratándose de la facha que le nota a Chile, que ni sabe que es Chile—. Me vestiré cuando termines tú, no te preocupes —agrega.

Chile mira hacia el techo preguntándole a Dios si esto es un castigo o una prueba. Se pasa el vestido por la cabeza, y mete un brazo.

—Vine con alguien —reitera, por si acaso.

—Tienes... —ella frunce el ceño mirándole el paquete porque... Está muy a la vista, Chile está feliz—. Espera —se levanta y se queda sentada, los pechos le rebotan y los ojos los abre como platos—. E-Eres...

«Naaaaaaahhhhh, te pareceeeeeeee, boluda». Dios le responde a Chile «vos sabrás, nene, si esto es un castigo o una prueba, yo te aconsejo que no seás pelotudo, mírale las lolas». Porque Dios es argentino, viste.

Chile se baja el vestido... Y le queda la mitad del pecho descubierto, los hombros igual, así como los antebrazos.

—¿Sí? —ahora sí que voltea hacia ella.

—Tienes un... —no se atreve a decirlo, bloody hell. Lo mira en shock porque nunca ha visto a un travestido. Le mira las piernas y otra vez el... Ejem...

Perú se extraña de todo el tiempo que se demora Chile en volver... O sea, solo fue a lavarse aunque bueeeeeeeeeeno el camarero estampa las dos jarras de sangría en la mesa y yo ya no me responsabilizo de su estado a partir de ahora entre «un vasito más, ya viene ya».

—¿Un? —Chile mira a la mujer, se acomoda el vestido para que no se le baje tanto la parte del pecho—. ¿Tienes un cepillo para el cabello?

—Un pene. Eres hombre, ¿por qué te vistes como mujer? —más que pidiéndole cuentas de verdad intrigada. Se levanta del colchón, uuuuuuuuuuhhhhh, se le acerca para tocarle la cara—. Si no te lo veía... Tienes una carita de princesa.

—Sí, lo soy —ya no hay sentido en negarlo si ella se lo dice, de todos modos es un alivio que le diga que pasa desapercibido—. Eh... Es complicado —agacha la cabeza, con sonrojooooo hasta las oreeeeejaaaaas, se relame porque siente los labios secos. Una mujer de vida alegre, compañera de nuestra amiga, se acerca a Perú al ver que está solito.

—¿Y usted, patrón, no quiere compañía? —le pregunta, poniendo la mano sobre su mesa.

—No, no bajes la cabecita, ven aquí —nuestra amiga abraza a Chile, increíblemente compresiva con el muchacho—. No siempre estamos a gustos con nuestros cuerpos.

—¡¿Eh?! —la mira sorprendido, sin empujarla porque es una mujer. Prostituta, bueno, pero una mujer al fin y al cabo y no se le pega a una mujer.

Perú ya se terminó una jarra y está con la cabeza, cara y sangre caliente. Levanta la mirada al ver a la mujer.

—¡Hooooolaaaaa! —no sabe quién es.

—Hola —le responde cantarina y le acaricia el rostro con un dedo—. ¿Necesita compañía, patrón?

—Que te entiendo —le responde, mientras, la mujer a Chile, y le sube las manos al cuello, sin separarse.

—Ah... No, he venido cooooon... coooon... —Perú se ríe con el dedo en el rostro, ya está sonrojado de todo el rato—. He venido con mi mujeeeeerrrr, sólo que se ha ido a lavar, ¿sabéis? La extrañooo muuuuuchooooo.

—Oh, cariño, yo creo que se fue... —se le acerca, y busca sentarse en sus piernas, mientras Chile le da unas palmadas torpes a la mujer en la espalda.

—¿No te sientes bien con tu cuerpo? —le pregunta Chile a la mujer extrañadísimo, aunque intenta que no se le note en la voz.

—Noooooo... —responde Perú y abre más las piernas porque hasta un niño de 0 años se puede aprovechar de él en este estado, el alcohol en la sangre le ha relajado tanto los músculos que se mueven solos—. Ella no se vaaaaa, no podría, no sabe dónde, bueno sí, es inteligente, pero... pero... —bebe más sangria.

Ella se sienta, contentísima.

—Si se fue, yo le consuelo, puedo hacer todo lo que ella hace —le ofrece y la otra mujer le cuela los dedos por la nuca a Chile.

—Sí, me agrada, pero seguro a ti no, ¿te gusta mi cuerpo? —le susurra en su oído de vuelta. Chile le pone las manos en la cintura.

—Eh... Sí... O sea sí.

—Si me ve aquí con usted se va a molestar y es bien arrebatada mi negrita —advierte Perú con un dedo, pero con una sonrisa que no se la quita nadie. Chile, en la habitación, traga saliva. Porque ella SIGUE desnuda.

Dios se ríe en el cielo.

«Esto te pasa por chilenito y la guerra de las Malvinas. Que ya sabrás que es».

—Mira que suerte la mía... —susurra un vez más ella y le besa por el cuello... Chiiiiileeeee, sé fuerte WEÓNNIUNAWEÁ. Perú te espera.

«Eh, callá vo'... Unos años después lo consolaré yo» contesta el angelito uruguayo.

—No se molestará, patrón... Porque ella no está, mire, no está por ninguna parte —se acerca a tocar nariz con nariz con Perú la prostituta N° 2.

Como dicen por allí... La ocasión hace al ladrón... Chile baja la mano... Y un angelito bueno le dice «che, no seás pelotudo, te está esperando tu cholito, mirá, todo en pedo el pobre», con acento uruguayo. Perú solo exhala su espeso aliento a licor contra los labios de la prostituta N° 2 pero se aleja, porque él SÍ sabe rechazar, pero sin perder los modales de levantarse como resorte y hacerla caer como un saco de papas, no... Él prefiere agotar las vías del diálogo.

—Va a ver cómo llega, va a ver...

—¿Y mientras esperamos, eh? —le da una buena vista a su escote ella. Perú baja los ojitos dorados inevitablemente a su escote.

—Por los clavos de Jesucristo... —se emboba Perú.

La prostituta que besa a Chile en el cuello hace un sonido muy sexual con la saliva en su oído para que no se resistaaaaa.

—Diosmío —ése es Chile. Perú lo dejó caliente, qué quieren, y en Santiago SÍ recurre a prostitutas porque, aunque no lo crean, es más diablo de lo que parece. Ella lo pega más a la pared, y le apega más los pechos.

—Que buen mozo eres —piropea dándole besos bien dados en la nuez.

Perú sigue embobado y les anunciamos que Chile NO le será fiel hoy. Sube las manos hacia los pechos de la mujer y se los amasa. Lo peor es que Chile lo va a hacer con cierta rabia, como un descargo porque justamente NO ES Perú... Y no lo será nunca, no se puede.

—¿Le gusta lo que ve? —le pregunta N° 2 a Perú. Y la prostituta de Chile, a propósito suelta ruidos de satisfacción más exagerados con las manos en sus pechos. Perú esta muy en shock, es que las mujeres lo cohíben.

—Tápese, señorita, no vaya a ser que la vean... —advierte, siendo un caballero, y sonrojado aparta la mirada, tomando más sangría.

Chile se va a esforzar en que los gemidos de ella sean de verdad... Va a ser complicado, allí contra la pared, tomándola de las piernas, levantándose el vestido...

—Eso es lo que quiero —le ronronea N° 2 a Perú y le besa el cueeeeellooooo laaaaargamente. N° 1 se separa de Chile, mirándole a los ojos y se tumba en el colchón, de piernas abiertas.

—Ayayyyyyyy... —se queja Perú sonriendo, porque todo le da risa. Alejándola un poco—. De verdad, va a venir mi señora... Y ni sé que le va a decir, señorita... —recuerda.

Chile mira a N° 1 y, por un momento, antes de subírsele encima, duda.

—Pero al menos invíteme a un trago, patrón —le ronroneaaaaa N° 2 a Perú. La prostituta de Chile se mete los dedos a la boca, hasta llenarlos de saliva y... Los baja hasta meterlos en... Ejem, mientras lo mira a los ojos.

—¿No vienes?

—¡Ah! Mira... —Perú jala un vaso vacío, porque pidió dos, y sirve sangría—. Eres guapísima ¿vale?, pero anda, siéntate en la otra silla para que bebamos mejor —pide, acomodándole un mechón de cabello tras la oreja.

Chile traga saliva y siente que no puede. O más bien, que puede, pero hay algo que no le deja. Da un paso dubitativo hacia la cama.

N° 2 deja que Perú le sirva en el vaso y bebe.

—¿Trabajas aquí, primor?—pregunta Perú bebiendo más sangría, no es necesario decir que anda con una sonrisa porque el 80% del tiempo esta en su cara, mirando a la prostituta, que tiene cara de niña. La otra suelta lamentos por sus propios dedos, pensando que eso alentará al muchacho.

La prostituta de Perú se ríe, y dice que sí, y le cuenta un cuento para mantenerlo entretenido en lo que ella bebe y pide más, tocándole la pierna. Perú le seguirá entre vaso y vaso hasta que vaya a pedir otra jarra más. Chile se muerde el labio... Mirando a la mujer que le seduce...

—Estás muy buena, de verdad, pero... No eres mi tipo —su tipo es más viejo, gente con actitud de príncipe.

La prostituta para de tocarse y se sienta en el borde del colchón, traga saliva.

—Claro, que voy a ser tu tipo si no tengo un pene —wuah, fierilla.

—¡Yo no he dicho eso! —voz chillona. Ella suspira y se tira boca abajo estirando el brazo para alcanzar el vestido que le dio Chile.

—Ah, vale... No queréis decirlo tan claro porque ni vos os lo tenéis claro, vaya —contesta, sin interesarle realmente.

—No, yo tengo las cosas claritas —¿y por qué te sonrojas, Chile?—. Adiós —se da la vuelta hacia la puerta, intenta abrirla, pero está apretada, así que le da un golpe con el hombro para abrirla, bien macho.

—Adiós, princesa —a todos le gusta joder a Chile.

—Tsk —cierra y camina por el pasillo, hay que decir que esta zona de habitaciones para arrendar deja mucho que desear al burdel de don Prado. Cuando ve las primeras mesas, levanta la mirada, y ve a una mujer besando la mejilla de Perú mientras le amasa la pierna, Perú riéndose medio muerto/medio en vida. Con tres jarras vacías alrededor y dos por tomar.

—Oooooyyeeeeeeeeee...

Chile se traga la rabia... Y camina hacia Perú taconeando fuerte para que le note, que mira casi todo borroso porque los ojos los abre a medias, está chino de risa como dirían, no lo nota porque todo el rato oye taconeos y ruido en general.

—Ejem —le llama la atención, a él y a la mujer, que deja de besar a Perú, todavía sentada sobre sus piernas. Perú lo mira, haciendo una mueca chistosa y abre los ojos.

—¡Mi amor! Yo le dije que se bajara pero no quería —dice para Chile y a ella—: Ya ves y tú que no me creíagaahhsss—la lengua se le pega al paladar.

—¿Ésa es tu mujer? —hace una mueca graciosa—. ¿Viniste a verla trabajar? —le susurra a Perú, en la oreja, le lame. Perú tiembla y mira con ojitos tristes a Chile.

—Señorita, por favor —otro que no sabe decir no a las mujeres, menos borracho, aleja la carita. Esa es la sangre latina. Perú cree que decirle no a una mujer es de mala educación.

—¿Te bajas? —Chile frunce el ceño para la mujer, que le pasa la lengua sexy sensualmente a Perú por tooooda la oreja y le chupa el lóbulo. Perú suelta un jadeo porque ya esta caliente por la bebida.

—Mi... Negrito —llamado de auxilio.

—Te bajas —le dice ahora con tono de orden—. O te bajo.

—Aaaayyyyy patróóón —le frota un poco la pierna a Perú mientras observa entre maliciosa y entretenida a Chile—. Pero si a ésta se le ve planaaaaaaaa.

Perú quiere llorar su miseria. Chile facepalm.

—Sí, soy plana. Ahora quítate de encima de mi marido —voz aguda, le pone una mano en el hombro y si no fuera mujer la empujaría al suelo. Ella lo fulmina.

—Está bien... Patrón, igual si se aburre me puede pasar a buscar... —«susurra» lo suficiente alto en el oído de Perú para que Chile escuche y le lame el cuello, Perú suelta un «wagahhhhhh» y aprieta los ojos impotente—. Lo espero con mi mejor ropaje —y se levanta, bien digna, mirando a Chile como «tssss».

Chile la mira como si le fuera a arrancar la cabeza de un mordisco. Ella se va, meneando las caderas, para los mostradores dentro del lugar. Perú siente que respira por primera vez.

—¡Te demoraste! —hace notar/reclama a Chile. Éste resopla, y se sienta junto a Perú... De piernas cruzadas, como mujer.

—No te voy a decir nada —«porque yo mismo estuve con otra»—. Sólo sírveme.

—Me tenías todo asustado. Tanto que ya ves cómo me ha dejado el licor —aunque ahora con todo ese episodio le ha bajado, y habla maso menos bien, se esfuerza para que Chile no se burle—. Ta bien, ta bien —jala el vaso y sirve en los dos, le da el que ha estado tomando él y el de la prostituta se lo queda, porque sería falta de respeto, a modo de ver de Perú. Se abre la camisa, un poco y se da aire con una mano—. Qué calor hace, no corre aire.

—¿Tú crees? Con este vestido ni noto el calor —toma el vaso, se lo lleva a la boca y agrega, con el borde del mismo ya en los labios—, y quitarme las enaguas ayudó mucho.

Perú oye soltar a Chile tan tranquilo esa frase y le vuelve a ver.

—¡Te cambiaste el vestido! ¿Cómo? —nota, con los ojos como platos. Es un distraído GRAVE.

—Una mujer mayor —cambia un poco la historia—, me ayudó. Me pasó éste a cambio del otro —le mira con ojos de «nos van a matar».

—Enhorabuena —sonríe y toma del vaso hasta la mitad—. Tenemos que disfrutar lo que nos queda del día. Pensé que te habías ido... —apoya la barbilla en su antebrazo

—Por supuesto que no me había ido —Chile finge ofenderse. Ríe bajito y le hace un cariño en el cabello.

—Tengo mucho calor y el aliento a sangría —dice Perú, sonrojado, voltea y le da un beso en la muñeca, en el punto donde convergen las venas azules. Chile siente un escalofrío, se agacha sobre Perú y le susurra:

—Hoy no fuimos a misa.

—Vamos a mi cuarto —suelta el otro lo primero que se le viene a la mente.

—Tu cuarto no está aquí, amor —le sigue haciendo cariño (y he de decir que le trata con tanto cariño porque está seguro que Perú después no recordará nada)—. ¿Sigues molesto por la reforma? —esa de los Borbones que le hizo económicamente independiente. Perú cierra los ojos y aprieta los dientes. Of course sigue incómodo con el tema, es tan reciente. Desde que se adueñaron del trono, todo está cambiando tan aceleradamente.

—Me lo recuerdas por lo que te hice hoy, ¿verdad? —toma un poco más de sangría a pesar de la posición.

—No... Es una duda que tengo. Nada importante —le sigue acariciando suavemente, le habla bajito mientras bebe de vez en cuando—. Olvídalo, no importa. Mejor dejarlo así.

Perú no le contesta y sólo toma, con la vista afuera, tras la ventana. El chileno se sirve más vino, y van a estar así hasta que Perú diga algo, o Chile se pase de copas. Lo que ocurra de nuevo.

—¿Hoy tengo que dejarte en el puerto? Es peligroso viajar de noche —Perú siente que ése será el próximo paso de Chile: Marcharse, sólo está formulándole. Se sirve más licor, levantando la cabeza y abandonando la antigua posición.

—No... Me quedaré unos días más... El tiempo que se quede el barco —que puede llegar a ser meses—. ¿Quieres que me vaya ya? —bebe más.

—Claro que no, ¿por qué de una vez ya no vuelves y arreglamos las cédulas? —lo suelta como una risa pero lo mira intenso. Bebe otro sorbito.

—¿Volver a...? —frunce el ceño—. No. No, Perú. Sigo siendo parte del virreinato... Sólo que tengo más libertad ahora. Y puedo hacerte rabiar —le da un beso en el cabello.

—No... No, ya lo sé, pero... Yo me refería que podríamos ser uno —le mira ilusionado, sin dejar en claro en que sentido.

—¿Uno? —no le entiende—. No... ¿Quieres una provincia? ¿Un puerto en común? O lo dices... En el sentido de... —deja caer la frente contra la mesa porque se imagina a Perú desnudooooo dándole besooooos y es demasiado para su ser adolescente. El peruano traga saliva, confundido por esa reacción en el fondo.

—No... Deja, que el alcohol me afecta —se ríe aligerando el asunto. Lo mira, al mismo nivel ahora—. ¿En que sentido lo digo? —susurra, examinando detenidamente cada pliegue de la cara de Chile, las líneas de los ojos, las cejas, la caída de los párpados, la nariz, sus facciones más gruesas que de una mujer corriente, el color en las mejillas, la sonrisita traviesa que Chile no sabe que le está dando.

—¿Mmm? —le acaricia tras las orejas a Perú. Y éste se deja llevar de modo pasajero por la caricia y sonríe de lado.

—Tú también lo piensas —declara, muy seguro porque ya se figuró lo que ha imaginado Chile, por la evasión a su pregunta, ha dado mil vueltas en un segundo.

—Nooooo —niega—. Bebiste mucho —se acerca un poquiiiiitooooo. Perú le sopla, mientras se acerca más, mejillas sonrojadas. Se muerde el labio apeniiiiiiiiiitas.

—Ya no tienes...

—¿Ya no tengo quééé? —intenta beber de su vaso desde esa altura.

Hace ademán con el dedo, enseñándole el lugar cerca a su boca, distraído a todas luces con los ojos contrarios—. Colorete, tu boca, no —mucha coherencia, Perú. Chile se chupa los labios, como para comprobarlo.

—No... ¿Me sirves más vino? Es rojo. Como las frutillas... Como el colorete... —se acerca hasta que sus narices se topan.

Perú respira más lento y pesado, lo mira a los ojos, y atrae el pico de la jarra (que debe quedar poquitisimo de sangría) y bebe de ahí, incómodo pero sin dejar de estar atento a su cercanía. Con la boca maso menos llena de sangría acorta la distancia.

Chile entreabre la boca, habiendo visto todo. Junta sus labios... Y a Chile se le va a ir la olla si Perú le corresponde. Y SÍ que le corresponde... abriendo los labios, midiendo cuanto licor sale de su propia boca, esperando que Chile le reciba. No pidan mucha coherencia, yo no sé cómo este día del Señor puede ser más blasfemo. Chile recibe lo que Perú le entregue y sonríe, acercándole con la mano con que le acaricia. Perú empuja con la lengua la bebida dulce que se quiere escurrir por su garganta y bajo la mesa busca su mano. Le succiona los labios tan lentiiiiito. La mano de Chile debe estar sobre su rodilla, aferrada como si el mundo se fuera a acabar. Le lame los labios, para quedarse las últimas gotitas. Perú comienza a besar más subido de tono, cuando encuentra su mano bajo la mesa hace que la entrelacen a la fuerza.

Alá, se van a besar allí hasta que el alcohol les duerma.

—No me odies —le pide Chile despacito—. Si me odias entonces no te querré... Y nunca te dejaré visitar mi casa —dudo que Perú lo haya hecho alguna vez, Chile es siempre el que viaja a Lima.

—¿Por qué me lo dices ahora? —desconfía.

—Por nada —aprieta su mano—. ¿Por qué podría ser?

—Mmmm... Prefiero no saber, si me traicionas sería tu peor jugada —le sigue besando, porque está desvariando por el alcohol, no es muy cuerdo, eh... pero si es seguro que eso lo diga en pleno estado de honestidad.

—Sólo te estafaré en venganza por tooooodos los años en que me estafaste tú —no sé si comprendas, Chile querido, que en el sistema de colonias, tú eres el último eslabón de la cadena alimenticia—. Ahora está tambaleante, pero algún día mi economía será la envidia de tooooodaaaaas las Indias —le besa—, y exportaré a tooooodo el mundo —otro beso—, y tendré muuuuucho oro —otro beso... Ahora con lengua.

Perú le iba a rebatir eso de «oro» y todo su discurso, en realidad, pero prefiere confiarle sus acciones a la sensaciones, empezando por los labios y el calor de la lengua de Chile, imita esos movimientos dentro de la boca contraria y guía la mano entrelazada, bajo la pequeña mesa redonda de madera, al medio de las piernas de Chile, encima del vestido.

—Ah... —se da cuenta, entreabre los ojos—, aquí no, cholito —le susurra.

—Está bien, está bien —desliza la mano a su lugar original y trata de no besarle tan apasionado.

Prostituta Nº 2 le está pasando el dato a un amigo de lo ajeno que hay un hombre con ropas de rico súper borracho adentro.

Chile termina por suspirar y juntar sus frentes.

—Podría quedarme aquí todo el día... —y piensa en algún poema que dedicarle al momento. Suficiente sangría por hoy. Sonríe.

—Yo no... Contigo sí, pero acá no.

—Me gusta aquí —los borrachos, el ambiente de bajo pueblo, medio de mala muerte, las prostitutas por allí... Estás loco, niño—. ¿Te quieres ir? ¿Alcanzamos a ir a la misa de las seis?

—A mi casaaaaa, quiero dormir —confiesa Perú.

—Pero... Debemos confesarnos —le da un beso sólo de labios.

Perú le da otro más largo a un vaso con bebida, porque ésta parece eterna en el lugar entre tantos besos.

—No hemos hecho nada malo —miren, cuando aún había inocencia en este cuerpo.

—¿Seguro? Porque yo no lo estoy. Ya... Sabes —beeeeesooooo y se olvida de lo que le iba a decir.

—Me calientas, amor mío. A tu merced y locura me hallo —sigue el beso, con versos improvisados que no tienen nada que envidiarle a Borges.

Este de aquí, léase Chile, ya no piensa. LENGUASO VIRREINAL por parte de Perú, que está siguiendo el rollo una vez instruidas las reglas de juego, práctica, práctica todo es práctica.

A Chile se le murió el cerebro o algo. Perú se lo chupó.

Perú igual de perdido en el espacio, pero si se ha tomado CUATRO jarras de vino... No sé yo, opto por el baldazo de agua fría. Que les llega cuando se les acerca un hombre grande a cobrarles, porque sabe lo que se viene: La prostituta se lleva al cliente y promete pagar después y nunca le pagan. Aunque Perú me da la contra y besa a Chile con más pasión latina, haciendo soniditos.

—Mmm —Chile disfruta los soniditos, le parecen sexys y le hacen sonrojar porque son... Sexo. Sonríe en el beso.

—A-Ah... Mmmm... —Perú hasta mueve la cabeza suave a un lado para darle más cuerda al beso. Y lengua, mucha lengua, saliva con olor a vino, manos entrelazadas sudorosas. Chile ni le hace caso al hombre que les pide el dinero por el vino... Y les dice, o bueno, le dice a Perú, cuánto sale una habitación. Perú no sabe de qué está hablando ni porque le pregunta de la habitación y sigue besando a Chile, subiendo su mano otra vez.

—O me paga, o me paga —insiste el hombre, mientras Chile suspira y suena un splash splash de lenguas. Perú no oye nada aparte de los cocheros al otro lado de la ventana—. EJEM —le pone una mano a Chile en el cabello y lo jala hacia atrás, pensando que es otra de las prostitutas que trabajan por allí (lo vio venir de ESE pasillo y con ESA ropa, qué más quieren)—. O me paga, o no puede llevarse a esta lindura —ni mira a Chile.

Perú genuina cara de desconcierto, con los ojitos medio cerrados por el sopor y el licor... Y la boca de Chile pero... Enfoca mejor la mirada en él y lo ve con una mano gigante y ASQUEROSA de cantinero en el cabello. Frunce el ceño, se tarda pero llega. Y lo que llega es pararse como resorte de la silla.

—Suelte. A. Mi. Mujer —pero es que ya va con algo de furia acumulada sembrada en sus palabras. Chile aprieta los dientes, porque le están jalando el cabello con fuerza.

—Pague y se puede ir —le dice el cantinero. Puede oírse un gruñido chileno.

—¿Qué MIERDA le voy a pagar yo?—«que miegggda lehh vo a pagá io» suelta como puede, acercándose para quitarle la mano de ahí, mirada de odio/tristeza/frustración.

—¿Qué más va a ser? ¡Todo lo que ha consumido! ¡Nadie se bebe mi mejor licor a cambio de nada!

—Pues para ser el mejor... —Chile hace un gesto con la mano de que está más o menos el trago... Y le jalan con más fuerza hacia atrás—. ¡Ay!

Perú aprieta los dientes y... con las dos manos, en un movimiento espectacular, las aprieta en el cuello aaaancho del cantinero, en la yugular misma. Con tanta fuerza que estoy segura lo puede matar, porque fuerza tiene este mocoso... No por nada ha sido un niño multiusos en el Imperio y ahora con España, ha matado a uno que otro.

—Yo ya le había dejado pagado todas las jarras, justo por esta misma razón... —dice tranquilamente, mirando hacia abajo a ver si ya le soltó el cabello a Chile, sino para aumentar la fuerza.

El cantinero lleva, sí, sus dos manos a las muñecas de Perú (ayayay, hay que temerle cuando no está al cien por ciento sobrio), poniéndose rojo porque le dificulta la entrada de aire y la respiración en general. Chile se soba allí donde le tenía agarrado y se levanta... Pero ¿ustedes pensaron que se arrojaría sobre Perú rogándole algo como «suéltalo, Miguel Alejandro, no lo mates o el capitán de guardia don Mateo Agustín te atará a la pica y me seducirá mientras no estás»? Pues no. Sólo mira como el cantinero hace toda la fuerza que puede para que Perú le suelte. Es eso o unirse a la pelea del lado peruano, que es un tema más complicado.

Y Perú que le va a mandar un rodillazo de muerte a la entrepierna del pobre cantinero, que se debate, para que caiga todos sus buenos kilos al suelo de madera. En el suelo le va a patear la cara porque está descargando también lo del guardia y su estupidez al mandarle esa cachetada a Chile. Si no lo para nadie, va a correr sangre antes que lo hagan sus piernas y luego tendrán que partirlo en pedacitos en casa para no hacer el funeral y tanta vaina.

La gente de alrededor va a ayudar al cantinero, Chile no. Es más, está bebiendo lo que queda de sangría mientras otros asiduos se acercan a Perú a detenerlo y a decirle que ya seguro aprendió su lección, que para qué sigue, no lo volverá a hacer. No piensen que Chile es un desalmado... Pero eran tiempo más violentos y además de estar medio bebido, en general no quiere nada con el mundo por todo lo que ha pasado hoy... A menos que se trate de Perú.

—Que me diga él si no lo va a volver a hacer —exige Perú y le lanza otra patada con el filo del zapato, el FILO DEL ZAPATO QUE PARECE DE FIERRO. Seguro sólo le deja la cara desfigurada con tres patadas más al cantinero que a estas alturas se cubre lo mejor que puede—. Porque ha sido grave lo que ha hecho este miserable.

Perú solo quiere que todo acabe y estar sentado en el balcón de su cuarto con Chile.

—Déjalo, Perú. Si no me dolió tanto —Chile deja el vaso a un lado y arregla los hombros del vestido... Se tambalea un poco, pero eso al menos le hace menear las curvas.

Perú va a dar unas patadas a las costillas y se van a oír los soniditos de los huesos crock, y lo va a dejar con mucha sangre por la cara y gemidos. Que como también esta borracho piensa que no le ha dado tan fuerte.

—Pero mi asco si fue mucho, amor.

—¿Asco? —no le entiende, le empuja del hombro para que se aleje del cantinero, sin ser brusco—. ¿Asco por la sangría?

—Asco que te tocara de esa manera —contesta con el ceño fruncido y se aleja con él, para su lado.

—No me tocó nada... Me han tocado peor —Chile controla tu lengua por favor por favor por favor—. Hay que ir a tu casa... A la capilla...

—¿Cómo que te han tocado peor? Oye, oye un momentito... —alguien pare este gallo, que hasta ya va a caminar como uno. Con expresión descolocada, es una máquina de sangre, dude. Todas las historias de la Sierra precisamente no la forjaron angelitos, eh.

—Tsk, no recuerdo a nadie ahora... —afuera hay luz. Mucha luz. Entrecierra los ojos porque duele—. Una vez me dieron con la punta de una espada, aquí —le señala cerca de la cadera—. Allá en la guerra. La pusieron en la punta de una lanza.

Perú se relame, y paladea, quedándose con lo que queda del sabor de la sangría.

—Ah... Me refería a hoy —se ríe ahora sí, rodeándole con un brazo la cintura y atrayéndolo—. ¿Me das el último beso en la cantina?

—¿Ahora? —piensa en la prostituta, mientras le mira los labios por la petición de un beso—. Ningún hombre me ha tocado ni un pelo... Más que ése —que no es una mentira—. En Santiago me pasan cosas peores... Y en Concepción —le da un escalofrío.

—Olvídate, es que... Tenía en mente que sólo pensaras en mí, ahora... sí... —le da un beso suave, con los ojos cerrados, al rato los vuelve a abrir—. Si sólo estoy yo, sólo podemos pasarla bien. Eso hasta que me comporte como un animal, ¿sabéis? —otro beso más largo, pero sólo de labios—. No tengo palabras para describirlo si estoy tan bebido, perdón —beso más largo que el anterior.

A Chile le queda rondando lo de animal... Pensando en un jaguar fiero, tranquilo, pero acechante... Que de la nada puede atacar y provocar una laguna de sangre, como hace sólo un rato.

—Un día podríamos viajar... —le susurra—, a la sierra. Quiero conocerla —apoya su frente en la de Perú... Se va a quedar dormido.

—A la Selva si quieres probar calor —es que ese sitio tiene la temperatura del estómago del infierno. Le mira cerrar los ojos ahí cerquita—. Pero ahora volvámonos a la casa, ya muchas travesuras por hoy —admite con una sonrisa y le sopla el cabello, jalándolo por la cintura. Chile se ríe bajito, dejándole hacer... Y le besa leeeeentamente el cuello, debajo de la oreja, ocultándose de la luz.

Perú no puede evitar cerrar los ojos y detenerse porque está débil, y el besarlo así es aún peor. Suelta un «Chile... Pero...».

—¿Mmmm? —le sigue besando, con los ojos cerrados, apoyándose en él como... Si fueran pareja.

Un hombre que pasa junto a ellos, les choca, y sigue caminando, haciéndose el borracho (dile adiós a tu cartera, Perú).

—¿Te... Quieres... Quedar? —logra centrarse en preguntar, sin dejar de abrazarlo, por supuesto—. A-Ah... —Ya saben que siente de todo y con todo menos que le roban la billetera. Sus dedos, nerviosos, no saben si subir o bajar.

Chile suspira y se centra. O al menos lo intenta. Todavía le quedan varios días en Lima, nunca se sabe cuándo el barco terminará de cargarse, en especial si de trata de un viaje a Chile... Es decir, no hay por qué apurarse. Quizá después de volver a Santiago no vuelva a ver a Perú en una década o más, pero para eso aún falta.

—A casa. Me siento un poco borracho —noooooooooo, ¿en serio?

—Vamos, me vas a matar tú —Perú mira a Chile a los ojos y parece un niño, de veras, que ha tardado en crecer mentalmente y en actos. Está en el proceso. Le da un beso más en la oscuridad, con lengua, y lo jala de la cintura, están medio mareaditos. A Perú se le ha pasado fugazmente la borrachera (por la pelea), pero no significa que no esté caliente.

Chile le corresponde el beso, y van a seguir así hasta que se les decrezca la borrachera, está muy cómodo besando a Perú, se le hace hasta más fácil tenerse en pie.

Perú le besa más porque con esta borrachera siente que Chile besa con maestría, doctorado, bachiller y título nobiliario y se deja llevar más. Sus manos suben rápido hasta su nuca y entierra los dedos en su cabello como un «ohmmm». Sí, muge la bestia.


Dios es argentino, y el angelito, uruguayo.

¿Se dan cuenta que Perú siempre necesita tomar de la mano a Chile?

Inannah, muchísimas gracias por el consejo, pero lo hablamos y no podemos prometerte dejar el spanglish porque, por una parte, se tratan de expresiones sin relevancia para la trama que ayudan a crear un estilo narrativo, tal como hacen escritores de la talla de Pedro Lemebel (Dios quiera que se recupere pronto del cuadro grave en que está), y por otra, nos acomoda y es nuestro estilo, obviamente subjetivo y que no tiene por qué gustar a todos. Y saliendo del tema, ¿sabías que en México hacen helado de ají?