Previously on "fooling around since 1780"
—Estás muy buena, de verdad, pero... No eres mi tipo —su tipo es más viejo, gente con actitud de príncipe.
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—¡Te cambiaste el vestido! ¿Cómo?
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—Hoy no fuimos a misa.
—Vamos a mi cuarto.
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—Suelte. A. Mi. Mujer —pero es que ya va con algo de furia acumulada sembrada en sus palabras. Chile aprieta los dientes, porque le están jalando el cabello con fuerza.
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—Si sólo estoy yo, sólo podemos pasarla bien. Eso hasta que me comporte como un animal, ¿sabéis?
A Chile le queda rondando lo de animal... Pensando en un jaguar fiero, tranquilo, pero acechante... Que de la nada puede atacar y provocar una laguna de sangre, como hace sólo un rato.
Pegándolo a él cuanto puede, pero es que ¿no pueden ser firmes con su palabra?
Chile abre la boca para que le meta la lengua hasta las cuerdas vocales si quiere, quitándosele la modorra lo suficiente para abrazarlo... Así que cinco minutos después, le besa la comisura de los labios, recuperando la respiración.
Perú se va a dejar, entreabriendo los ojos pero en estado de letargo por el calor de su cuerpo.
—Te quieeeeerooooo —Chile se ríe despacito y le besa la mejilla, sin soltar el abrazo, y ya deben estar apoyados contra una pared (para su suerte, todo el que pasa los mira, ven a una puta y se dicen que bueno, si no es una mujer decente entonces no es tan escandaloso). Perú sonríe más y ya perdió la capacidad del habla, si respondiera sería en la linea de "Te quiero más... Mi negrito" que eso se le dice cuando es una situación extrema, de empalagosidad absoluta, de cariño. Lo mira tooonto, asistiendo.
Chile le mira de vuelta, con una sonrisa que seguro Perú no le ha visto en cien años, así grande, de oreja a oreja, con los ojitos vidriosos.
—¿Sabes que no me importa? Si eres un mestizo... O un chino... O un coyote... O un jaguar —eso último tenía más sentido en su mente. Perú se muerde el labio y traga saliva porque siente una intensidad de esas palabras por sus venas al oírle esa... honestidad.
—Si te importa, pero no me mientas, porque yo estoy orgulloso de serlo —contesta con una sonrisa igual de grande
—No me importa —frunce el ceño, porque lo dice en serio, pero no deja de sonreír—. ¿A ti te importa lo que soy? Porque ni yo sé lo que soy.
El peruano acerca sus labios, mirándole a los ojos, a la nuez de su cuello y empieza a acariciarlo y lamerlo, su cabello debe darle cosquillas en la barbilla a Chile, le da besos laaargos, inmensos y detallosos en la piel, subiendo por su barbilla, hasta el oído, le succiona el lóbulo y susurra "¿No sabes lo que eres? Eres mío", borrachera de la viiiiidaaaaaaa ésta.
—Nooooo, no lo soooooooyyyyy —se ríe, e intenta quitar la oreja—. Soy de Espaaaañaaaaa.
—Sííííííííííí, pero... España es nuestro papá, tú eres mío de otras formas, de otras formas que son un secreto para España —secreto pa ti oe, mocoso. Hace fuerza en sus piernas y sus manos se deslizan cuidadosas, lo suficiente para sonrojarle—. Eres mío, siempre estaremos juntos.
—No lo soy —Chile se retuerce, y le sostiene las manos para que no le siga tocando o se le va a notar el bulto del vestido—. Tú lo que quieres es mandarme más de lo que me mandas —se muerde el labio, mirándole.
—Bueno... Es que, así te dejo poco tiempo para otros —contesta y vuelve a susurrarle en el oído "La otra vez que me bañe solo, pensé en ti, pensaba en tu piel... Todo lo que he visto de ella" jadea, SONROJADOTE.
—¿Qué otros...? —le da un escalofrío con lo último—. No hay otros —dice y no se le debe entender bien.
—Otra gente, Río de la Plata... por ejemplo, ya que me pides ser especifico —le lame toda la línea de la oreja.
—No... —aprieta los ojos porque... CUYO. Mendoza. Eso es básicamente entregarle un hijo a Río de la Plata. Una zona con ciudades fundadas por él, habitada por su gente—. Fueron órdenes de España —intenta explicarse, la lengua se le enreda.
—Ojalá pudiera darte más... —se lamenta hasta 1883. Que Chile tendrá hijos contigo también pero todo a su guerra. Le mete la lengua dentro el oído, no sabe qué hacer, lo atrae, lo besa cuanto puede alrededor de esa zona, baja—. Me vuelves loco —jadea perdiendo el control.
—P-Perú, Perucito —le intenta parar, porque les pueden ver—. ¿Sabes llegar? —a la casa, se entiende.
—¿A donde? ¿A casa? —ido, totalmente.
—Sí —le va a costar caminar, se los digo desde ya.
—No... —se FROTA en Chile, suavecito pero se frota. Jadea en su cuello, bajándole el vestido para besarle las clavículas.
—Pero... Es tu ciudad —y se muerde el labio mirando hacia abajo... Hacia Lima, si me entienden—. Vámonos a casa.
—Vamos... Si —le hace un chupetón en medio de las clavículas, es que... Chile, tienes la culpa, feromonas. Y además Chile no hace esfuerzos por quitárselo de encima, ¿saben cómo se comportan los adolescentes? Pues así.
—Me tienes que soltar primero... —ejem.
Chile lo suelta de a poquito, con mirada vidriosa. Perú traga saliva, respirando pesado.
—¿A... casa? —le toca el codo, porque quiere que le lleve del brazo, para disimular el desequilibrio... Y porque es su mujer, ¿no? Por hoy. Perú asiente y alguien póngale babero que está bobo, le sostiene el codo. El brazo, para llevarle, porque lo nota con poca estabilidad (aunque él esté sólo un poco mejor).
—Vamos, vamos a mi casa, a almorzar.
Van a caminar leeeeentooooo por las calles de la Lima colonial.
—Perú, Perú —le llama la atención Chile, que con el aire de afuera, el sol, y la caminata se está despabilando un poco—. ¿Qué vamos a decir por el vestido y la rejilla?
El aire que les da sirve para bajar un poco las revoluciones. Perú, tomándolo de la cintura, traga saliva. La taberna no está muy alejada de su casa, a no más de cinco cuadras. Si no se ponen a dar vueltas en círculos, claro está.
—Pasamos por una tienda cuando esté cerca tu partida —contesta y en su brazo brilla el brazalete con el Sol—. Yo me hago cargo de los reales.
La gente de las clases más altas, que pasan por casualidad, les mira mal, ya que Chile va con los hombros muy descubiertos, como si fuera, quién sabe, una rotosa tentenelaire, y encima algunos notan que es hombre.
—Pero, y si se da cuenta antes... Dijiste que vino a visitarte —insiste Chile—. No quiero... Correazos —trauma a nivel latinoamericano con los correazos.
—No creo que esté en casa... —le tranquiliza Perú y sonríe, ahora España los espera como Seduza cuando trató de engañar al profesor Utonio saliendo con él y esperaba a Bombón, Burbuja y Bellota sentada en el gran sillón bajo la luz amarilla de la lámpara.
—Si está, no salgas corriendo... O yo saldré corriendo más rápido y te dejaré solo —amenaza Chile y apoya la cabeza en el hombro de Perú, porque en esta época todavía era más bajito que él. Perú inhala profundo, ese aire fresco, donde en Lima se respiraba verdadero oxigeno y no la gasolina quemada de los autos o el humo de las grandes fábricas. Faltan solo dos cuadritas.
—No saldré corriendo, no tengo porqué, es mi casa —el rebelde.
—Yo saldría corriendo —le confiesa Chile—, pero no puedo porque entonces ya no sería tan hombre como soy.
—Estás vestido de mujer —hace notar lo mismo que todos notamos desde que empezó la historia, pero que le hace gusto notar—. Si España no te reconoce y vamos a mi cuarto... Va a empezar que... Bueno —sonrojo pueril.
—¿Va a pensar que... Que tú...? —se ríe.
—Sí, va a pensar que por primera vez... y no... —suspira.
—¡¿O sea que nunca?! —Chile, plis, disimula tu sorpresa—. ¡¿Nunca nunca nunca?! —sí, nunca—. ¿Nunca de los nuncas? No te creo —seriedad total. Lo mira por el rabillo del ojo, algo cohibido porque PERÚ SIEMPRE ESTA UN PASO ADELANTE y ahora no.
—B-Bueno... Una vez en la selva... Me la chuparon —bestia—. Pero nunca se la he metido a ninguna dama —bestia con azuquitar.
—Ahhhh... Pero eso no cuenta —Dios mío, estos son bestias por culpa de España, seguro, qué les habrá enseñado al respecto—, ¿ni siquiera con las negras que hay en tu casa? —insiste, sin creerle.
—¡No! ¡Cómo va a ser! Son como mis hermanas —no miente, para asombro del Dios argentino, angelito uruguayo y chileno con vestido sexy de prostituta—. Ya habrá tiempo de eso, además, España ha estado fuera y me han venido problemas que requieren mi suma atención —yaaaaa, ya, ya te creí pe—. ¿Tú sí, no?—pregunta algo incómodo sin hacerlo notar demasiado.
—Claro... —venga, es que eso es lo que distingue a un hombre de un niño, ¿no? Eso y saber pelear—. Bueno... Eh... —se incomoda porque se le pega la incomodidad de Perú—. Hay muchachas lindas y... Todos lo hacen... —se las violan—, para algo están, ¿no? —Chile, cállate, por favor—, a veces cuando alguna quiere... —claro, arréglala—, y me meto en su cama... —se queda callado y agrega rápido—. Ningunamehademandadonuncaasíquecreoquelesgusto —porque eres joven, si lucieras de 50 otra sería la historia.
Traga saliva, sí, Perú es un niño y por eso piensa demasiado y actúa poco y lo poco que hace es torpe porque España le sataniza taaaaaaaaaantas cosas que no sabe cómo actuar cuando se le presenta, no torpe porque sea idiota sin una buena razón.
—Bueno... El día que me pase te lo contaré con lujo de detalles —promete, con una sonrisa dulce, le toma de la mano porque ya están cerca.
—Deberías hacerlo ya. No puedes casarte sin experiencia previa —él po, el que sabe. Puede contar con los dedos de las manos las ocasiones y no vamos a decir que haya satisfecho a nadie de manera espectacular... Pero se esfuerza y mejorará, seguro—. No te respetas como hombre si no demuestras que lo eres —tan joven y tan machista.
—¡Sí! ¿Y sabes qué? No será sólo una, serán cuatro a la vez. Hay Perú para todas —sigue alucinando, que una se te insinúa y ya es una "mandada", estira el brazo hacia el cielo, flexionado... Haciendo el bultito de su músculo en el antebrazo.
—¿No será mucho? —Chile se ríe, y le besa la barbilla, dejando que sea Perú el que vea que no se tropiece con nada o choque con alguien. Perú mece su barbilla por el lado del beso y niega con la cabeza.
—No, y no voy a compartir —mira, no estamos hablando de la cena de hoy—. Ya llegamos... —avisa, mirándolo de reojo.
—No creo que les guste con más de una mujer. Son celosas. Te podrían envenenar —un negro portero reconoce a Perú y le abre la puerta, algo confundido por su acompañante, pero no dice nada.
—Quién decide si les gusta soy yo —bien digno, sin saber. Le sonríe al negrito y le saluda con una palmada en el hombro. —¿Y? ¿Cómo estamos? ¿Alguien me espera? —refiriéndose a España, of course.
—Está en el comedor, señor —le sonríe con un montón de dientes blancos—. ¿Anuncio su llegada?
Chile mira a Perú con cara de pánico.
—No... Ya lo recibo yo, gracias —sonríe nerviosito. Y camina hacia adentro ignorando la mueca de pánico de Chile.
—Estamos jodidos —le susurra Chile en el oído para que nadie le escuche más que Perú... Cuando no hay nadie allí cerca realmente que les pueda escuchar. Le jala hacia la pared, no para besarle más, sino para ir más oculto, no vaya a ser que España se aparezca de la nada con su sonrisa de «soy un tarado al que nada le preocupa» que Chile ya no le cree del todo.
—No... No, mi amor —igual se dejará llevar. Aunque España no esté cerca porque está almorzando en el comedor.
España termina de sopear y la criada solamente lo observa a ver si no le falta algo para correr, el periódico, el zumo de frutas o el chocolate cargado, cuando oye la puerta cerrarse, vocifera un "¿Quiééééén?", porque a España le parece muy bien enseñar esa mala costumbre, al tiempo que Perú le niega a Chile. Los apus no están de su lado hoy.
—Diositomíojuroquenovuelvoapecarporfavorporfavor —Chile busca la primera habitación para encerrarse en ella... Y de allí directo a un rincón o debajo de la mesa, conoce la casa, pero no tanto, muchos corredores.
—YOOOOOOO, PAPIIIIIII YA LLEGUÉÉÉ —pero es que es IDIOTA, grita feliz, porque está España, pero luego toma conciencia que está con Chile al lado... Traga saliva.
—¿Perú? ¿A qué estás esperando para venir a saludar?
El nombrado jala a Chile por un corredor, muuuuuy oscuro, llegando tras las escaleras de caracol y siguiendo más lejos aún.
—Eh... Eh... ¡Es que me han entrado ganas de ir al baño, con urgencia! —griteríos van y vienen.
Chile tiene el corazón en un puño, pero hay una buena noticia: La borrachera le bajó con el susto, lo que no quita que la lengua se le traba y que se tropiece a ratos. Logra seguir a Perú con un revoloteo del vestido, que se le desliza por los hombros. Perú debe notar que le suda la mano.
—Escóndeme. Donde sea —urge a Perú.
—Nos... Escondemos. Estoy contigo —recuerda, dando unos cuantos pasos más y encontrando una habitación de puerta pesada al final a la derecha, la abre (porque es su casa y no le pone llaves a la cosas que no guarden materiales demasiado valiosos) para que pase Chile primero. A Perú le suda hasta la espalda. Ya no borracho-borracho pero si mareadito y con tufo, lo mira.
Chile pasa sin chistar, confiando en que, mientras más alejado de España, mejor. Se da la vuelta inmediatamente para ver que Perú entre y, en lo posible, le ponga llave a la puerta.
Perú entra tras él como una sombra y cierra la puerta a su espalda, le cruza el pestillo. Suspira.
—Qué adrenalina —le sonríe en la mediana oscuridad, las cortinas hasta el piso encapotan su territorio. Sin soltarle de la mano.
—¿Dónde estamos? —pregunta Chile, poniendo una mano en la puerta, y acercando la oreja para escuchar si hay pasos o si España habla. Aprieta la mano de Perú con nervios, pero su voz suena «tranquila» para la situación. Es mentira, está que se mea del susto.
—En uno de los cuartos que España ambientó para visitas, las mías y las suyas. Son varios pero preferí este último —explica Perú y trata de alejarlo de la puerta—. Aquí no nos oye nadie, mira que es un buen sitio para despistarlo —la casa tiene tres pisos, tendrá tiempo de sobra de buscarlos y España es medio amnésico con estos cuartos, solamente se acuerda de ellos cuando va muy tomado y... Ejem—. Ven, ni se va a dar cuenta que estamos acá —le habla bajito para que se tranquilice.
Chile mira alrededor, encontrando el lugar espacioso, con una cama para que la visita descanse cómodamente (y se da cuenta que esa cama de visitas es mejor que la suya propia allá de vuelta en Santiago. Decide que dormirá allí durante su estadía), un armario, un espejo y tocador y hasta un cuadro. Pasea admirando todo con la boca abierta, sin darse ni cuenta.
Perú le sigue los pasos porque sus manos siguen unidas.
—¿Te gusta? En la madrugada puedo subirte a mi cuarto —que es como el cuarto de Hannah Montana versión hombre y colonial, con walking closet incluido.
—Se puede habitar. No está mal —no va a decir que es precioso todo y que se ve costoso y de lujo—. ¿Por qué a tu cuarto? —le mira extrañado.
—Para dormir en mi cama los dos y que no estés tan solito acá.
—Ya no tenemos cien años, Perú —le regaña, imaginando lo que podría pasar si se duermen juntos.
—Estas pensando cochinadas —acusa Perú, con el ceño fruncido.
—No es verdad —frunce el ceño él, y cambia el peso de pie, culpable.
—¿Ah no? —Perú se acerca más a Chile, le pasa los dedos los huesos del hombro—. Ahhhh nooooooo... —levanta una ceja, y sus dedos van por las claviculas de Chile, viéndole a los ojos.
—No, y punto final —dice tajante, pero los ojitos se le cierran con el cariño—. A...y, Perú... —le pide con voz de suplicio. Los dedos de Perú se cuelan por el escote, sólo dos, sin dejar de observar su expresión.
—Chile, duerme conmigo.
—¿Es eso una orden? —pregunta desviando la mirada hacia el cuadro—. ¿Directa del Virreinato? —es imposible saber, por su tono, si eso le complace o disgusta.
—Si fuera una orden no me importaría tu placer.
Chile tiene un escalofrío.
—Si fueras un buen jefe, sí —retrocede un paso, chocando con el armario.
—No entiendo —discúlpenle se quedó mirando su boca, bollocks. Sin parar sus caricias.
—Te importaría mi felicidad si fueras un buen jefe —no es culpa de Perú, es que la lengua de Chile no coopera tampoco—. Perú... No —miren, el que se cree tan hombre tiene miedo de hacerlo con Perú.
—O sea que crees que no me importas, nunca he oído algo más bruto —Perú suelta una risa, avanza hasta pegarle más el cuerpo—. Tu felicidad... —saca los dedos, del escote y se relame los labios, deja en el aire la frase.
—Cuando son cosas oficiales, no —le dice tan firme como le sale con la cabeza elevándose en una nubecita. Le toma las manos, para que no se las vuelva a meter—. No quiero esto. Ni siquiera has tenido una mujer alguna vez —intenta echarle la culpa de su propia inseguridad. Perú lo mira confundido unos segundos y le aleja las manos. Traga saliva, le ha dicho que no quiere... y no entiende lo demás. Su sentir es de rechazo.
—Las mujeres no tienen nada que ver aquí.
—Claro que lo tienen... Yo no soy un maricón, ¿lo eres tú? —Chile, haznos un favor y cállate. Lo peor es que SABE que está siendo muy duro con una tontería. Aprieta las manos sin saber qué hacer con ellas. Y por maricón quiere decir una serie de cosas que no se limitan a si le gustan o no los hombres única y exclusivamente.
Al peruano se le acelera el corazón con ello, soltando un suspiro, luego una risa por la incomodidad del momento.
—He tomado tanto que hasta tú vestido de mujer me has excitado —trata de burlarse y ser un tantito cruel—. No, claro que no lo soy, ni menos por ti —se da la vuelta porque no quiere seguir viéndole, pero no camina—. Qué puto asco debo dar —agrega. Perú es un DRAAAAAMAAAAA de proporciones épicas pero no tanto como los europeos, joder, España, esto es tu culpa indirectamente, ahora que te has quedado con un palmo de narices en medio de la comilona.
A Chile le hiere el orgullo que le recuerde que está vestido de mujer. Se arregla los hombros tan dignamente como puede, siendo que nuevamente se le va a deslizar esa parte de los hombros. No le gusta cuando Perú se pone así, lo prefiere como un príncipe buenón, momentos así le hacen poner los pies en la tierra y borrar la imagen que se crea durante los años en que no le ve y le llegan solamente sus cartas.
—No das asco —es lo que atina a decir entre todo lo cruel que ha dicho Perú.
—Ah, no claro. Tienes que consolarme, seguramente —camina hacia la cama y se sienta en el borde—. Me voy a ir al infierno y lo peor es que será contigo —trata de aligerar el asunto pero lo hace mal. Es como que le quieren salir las bromas y la lengua la tiene ácida.
Chile traga saliva porque esa posibilidad es casi una certeza. Se para a su lado, sin tocarlo.
—No te irás al infierno... Eres inmortal, ¿recuerdas? —le contradice consolándolo de mala forma. Perú tampoco le toca, no todavía. Tira la espalda a la cama y se queda contemplando el techo, los latidos de su corazón no dan tregua bajo su pecho y le hacen sudar por el puente de la nariz.
—Me había olvidado, entonces el infierno no existe, no existe Dios, no existe nada —BLASFEMO, HEREJE, ATEO, A LA HOGUERA, AL POTRO—. No existe el amor, sólo una fiebre que te da por beber demasiado —no empecemos con tu victimización, me tienes harta con el tema ese, Perú, ya—. ¿Y si el demonio nos hace querer fornicar con nuestra familia engañándonos con que ése es el amor? Es pecado, pero lo siento... y el amor no es un pecado, Dios amó.
Chile se arrodilla en el suelo haciendo un círculo con el vestido, apoya la mejilla en la cama y le mira.
—Si fuera así, tendríamos que ser fuertes... Y hablarlo con un cura. O con un obispo, si lo prefieres. Quizá puedan quitarnos del cuerpo ese deseo —le hace un cariñito suave en la pierna—. Podemos ir mañana mismo si quieres —suena como si no le importara, pero lo hace, y mucho, le da temor que Perú diga que sí, que lo hagan, le da incluso más temor que el hecho de que el Diablo les esté tentando. Total, Chile planea pelear con uñas y dientes por seguir existiendo, ya lo ha logrado por cientos de años, ¿cuándo le va a llevar el infierno entonces?—. Así... Todo esto podría quedar olvidado —se muerde el labio.
—Eres cruel —susurra Perú estrangulado, porque Chile lo ha formulado.
—No, digo que hagamos lo que tú quieras. Tú elige —eso es aún más cruel. A Perú, sin quitar la mirada del techo, le baja una lágrima, en silencio, aprieta la mandíbula.
—Pero si es una decisión mutua, es que yo de verdad pensé... Pensé, y pensé y lo imaginé —débil, jo. Esto no le es fácil. Chile no le ve la lágrima, pero le nota la voz con un algo, un no-sé-qué distinto.
—¿De verdad crees que es el Demonio? —le pregunta un minuto después, aun haciéndole cariñitos circulares con el pulgar en la pierna.
—Mmm... —afirma, medio ido. Se limpia la lágrima con un dedo, disimuladamente.
—Entonces no es amor de verdad. Es sólo una ilusión. No lo sientes realmente —apoya la mejilla contra la pierna de Perú. Éste parpadea y suelta una risa
—¿Tú puedes saber lo que siente o no un Virreinato?—levanta la espalda para sentarse mejor. Lo mira desde arriba, y Chile le queda mirando desde abajo, con la vista desenfocada por el alcohol. Perú desciende de la cama, con la mirada puesta en él y se arrodilla entre sus piernas, acariciándole con los dedos el cuello, suavemente.
—No me voy a declarar —admite porque eso sería humillarse. Pega más el cuerpo y se desabrocha los botones de la camisa—. Yo sé lo que quiero.
Chile quita la cabeza al sentir que se mueve, sin saber qué va a hacer, pero cuando le ve desabrocharse los botones, aprieta las piernas y se echa hacia atrás, alejándose (dos centímetros) de Perú. Obviamente no puede cerrar las piernas totalmente porque Perú está allí, pero al menos lo aprisiona a él y eso ya es algo.
—No creo que lo sepas realmente.
—Han pasado muchas cosas en el pasado cuando me has retado, un ejemplo más fresco es este vestido —deja sus botones y pone dos manos en el escote, lo agarra fuerte y tira de los lados, razgandolo a la mitad, unos veinte centimetros. Traga saliva—. Ahora, ¿qué crees tú que pase? Porque ya veo que confianza en mis palabras nos tenéis, no en este momento.
Chile echa el torso hacia atrás cuando le rasca el escote, se sostiene con una mano el vestido a un hombro, para que no resbale más.
—Bebiste demasiado, yo me voy —se para, tirando de la parte de la falda sobre la que está sentado Perú—, no me gustan tus bromas.
Perú mete más la rodilla, para que Chile no pueda levantarse y se acerca a sus labios.
—El único rastro de alcohol lo he dejado en tu boca —susurra—. ¿Enserio te quieres apartar de mí? —le toma la otra mano con delicadeza, así que Chile no se puede parar. Y Perú está serio. Va enserio. Muy. Muy enserio.
Chile siente miedo. De verdad. No le gusta Perú cuando se pone así... Porque está seguro que Perú está acostumbrado a tener todo lo que está determinado a tener.
—No quiero —le dan nervios desde la muñeca hasta el codo cuando le toma la mano, pero se la toma de vuelta, tiene que tener cuidado porque un paso en falso y tendrá que irse de Lima por quién sabe cuánto tiempo—. Pero tampoco no quiero... —la pregunta es cómo, no tiene lo que tienen las mujeres, y la idea que se hace NO SUENA BONITA ni placentera—. No soy una mujer —intenta explicarse, seguro suena a «llno sssoy muher»—. Aunque me haya vestido como una —rueda los ojos.
Perú le besa.
—Yo solo conozco... —baja por las mejillas prodigando más besos, por la barbilla, por el cuello...—, algo, que quizás nos... —baja por las clavículas, rompe más el vestido a medida que baja, hasta el ombligo, le mete la lengua—. Pueda aliviar...
Chile se muerde el labio, viéndole hacer, no vamos a negar que Santiago está interesantísimo en Perú desgarrando su ropa como haría un jaguar. Suspira cuando los besos llegan a su cuello, si estuviera sobrio habría empujado a Perú hasta sacarlo de la habitación o algo y luego se habría pasado la siguiente hora complaciéndose por sí mismo, y de hecho, una vocesita en su cabeza (con acento uruguayo, viste) le dice «che, te van a partir al orto, vos no querés eso, ¿o sí?». Cierra las piernas hacia un lado, incómodo, le empuja la cabeza sin mucho tino.
—No...
Perú le sigue besando y rasgando más abajo, porque del ombligo a Santiago ya no le queda demasiado lejos, ¿saben? Levanta la mirada con el leve empujón en la cabeza que sintió y nah, no le va a partir el orto, ¿que va a saber en esas épocas a hacerlo? ¿Qué? Naaaaada, lo único que piensa hacerle es lo mismo que le hicieron a él.
—¿No...? —Perú le da un beso y coge con los dientes el borde de su calzón, se toca con una mano que tiene libre, sobre la ropa, porque está tan tan tan tan con este preámbulo que yo no me hago responsable de la explosión...
Chile traga saliva y... Bueno ya, le hace un asentimiento con la cabeza.
—¡Pero espera! —le mira con seriedad.
—¿Qué? —para de besarle y solamente lo mira intenso.
—No en el suelo. Esa es mi condición.
—Sube a la cama —ordena Perú, separándose de Chile, y se para. EL chileno le mira hecho un desastre con el vestido roto, los ojos vidriosos, seguramente le quedan restos del maquillaje, pero sólo eso: Restos. Y la mirada es de esas de «no me apures o te muerdo». Perú lo va a ver de igual forma y se va a agachar a darle un abrazo, un abrazo sincero, de mucho cariño y compresión y todo. Porque están en las mismas de inexpertos, sólo Perú sabe besar y BESAR, si me dejo entender... Y está nervioso y cohibido, ¡hasta le da vergüenza que le vea el cuerpo desnudo! Sí, eso de los botones de la camisa fue para presionarle, vale... Pero tiene miedo que no le guste, ODIA el rechazo.
A Chile le toma por sorpresa el abrazo, pero le ayuda a sonreír y a quitarle parte de la tensión. Le devuelve el abrazo y le palmotea la espalda.
—¿Y si mejor lo dejamos para otro día? —le sugiere, de esa forma que usará siglos después para hacer tratados de libre comercio—. Yo no iré a ningún lado por unas cuantas semanas.
—Bueno... Iré a bañarme y luego te busco ropa para que te cambies, ¿vale?—sonríe Perú y le acaricia el cabello, separándose. Chile siente algo cálido en el pecho... Alivio, se convence a sí mismo.
—Que sea de hombre, por favor —bromea.
—Pensaba que de las criadas... —le sigue el juego, con una sonrisa y se para. Suspira.—Dios mío, tendremos que ir con España después —camina hacia la puerta.
—¿Sabe que estoy aquí en Lima? —Pregunta Chile, ya que llegó en la madrugada sí que quizá ni se ha enterado.
—No, ya vuelvo —abre la puerta y sale, aunque antes agarra el filo de la puerta y sólo se ven sus ojitos y luego se le ve la boca, le manda un beso volado—. Me lo enseño España en tu ausencia —guiña el ojo.
—No le digas que estoy aquí —le pide Chile con la boca pequeña y un sonrojo—. No te sale bien —agrega por agregar.
Perú sonríe y cierra la puerta con cuidado.
No me gustan los finales, que frase más cliché Trigi. Pues sí es que te dejan en la incomodidad, ¿cómo se puede saber si este es el verdadero final de una historia entre ellos? Ahora mismo están fabricando alguna, solo me queda decir que... ninguno de los dos está en mejor rango cuando se trata de controlar las inseguridades frente a los demás.
¡Esperamos que les haya gustado la historia! Tanto como para dejar un review, ¿no?
